Con el paso de los años con Agus, el fetiche dejó de ser un secreto para convertirse en el motor de nuestra intimidad. Pero hay noches donde el juego no empieza entre cuatro paredes; empieza desde el momento en que se viste y salimos a la calle. Agus sabe exactamente el poder que tiene y, cuando le pinta la noche de dominación, disfruta llevarme al límite enfrente de cualquiera sin que nadie más se dé cuenta de lo que está pasando.
Una noche de sábado habíamos quedado en ir a cenar a un lugar coqueto y después tomar algo. Mientras me terminaba de cambiar en el living, escuché el sonido inconfundible que me dispara las pulsaciones: el suave roce de las telas, el chasquido del cuero ajustándose y los cierres subiendo. Cuando me asomé al dormitorio, la vi parada frente al espejo alto y me quedé helado.
Estaba de espaldas, acomodándose unas medias de nylon negras semi-transparentes que le envolvían sus piernas duras de gimnasio, marcando el contorno perfecto de sus muslos y el brillo fino del entramado sobre la piel. Arriba llevaba un vestido ajustado color vino que le marcaba cada curva y la firmeza de las tetas, pero la obra de arte se completaba abajo: se estaba calzando unas botas de cuero negro acharolado, de caña alta por encima de la rodilla y un taco aguja infinito. El contraste entre el nylon negro envolviendo la piel de sus piernas y la rigidez del charol brillante bajo la luz velada de la habitación era una locura total. Me miró por el espejo con esa sonrisa de lado en sus labios carnosos, sabiendo perfectamente que ya me tenía anulado.
—Nos vamos, Fede. Manejo yo —me dijo con tono firme, tirándome las llaves del auto al pecho mientras el taconeo rotundo ya marcaba el ritmo de la noche.
Desde el segundo en que subimos al auto, la noche ya estaba jugada. Verla acomodarse en el asiento del conductor, subirse levemente el vestido para tener libertad de movimiento y apoyar la suela de la bota de charol sobre el acelerador me generó un nudo violento en el estómago. Cada vez que peinaba el pedal y el motor levantaba vueltas, la tensión en la caña de cuero contra sus muslos vestidos de nylon me volvía loco.
No me aguanté. Estiré mi mano hacia el lado del conductor, buscando el muslo de la pierna. Sentir la suavidad sedosa del nylon negro e ir bajando lentamente los dedos hasta llegar al borde superior de la bota de charol, donde el cuero duro y frío apretaba la firmeza de su pierna, me hizo temblar. Agus sintió mi caricia, soltó un suspiro grave y apretó un poco más el acelerador, mirándome directamente de costado con una sonrisa cómplice y desafiante al ver cómo me deshacía ahí nomás, al lado de ella.
Llegamos al restaurante. El trayecto desde el auto hasta la mesa fue un tormento de excitación pura. El tac, tac, tac de sus tacos aguja contra la vereda retumbaba en toda la cuadra. La gente se daba vuelta para mirarla —era imposible no hacerlo con esa presencia, ese cuerpo esculpido y esas botas imposibles—, pero solo yo sabía que cada pisada fuerte era una marca de territorio dirigida a mí.
En la mesa, la tortura psicológica escaló a otro nivel. El lugar estaba lleno, la gente cenaba tranquila, pero por debajo del mantel blanco se jugaba otra historia. Agus se acomodó de costado, buscó mi pierna a ciegas con la punta de su bota y empezó a subir lentamente la caña de charol frío por mi pantorrilla hasta llegar a la entrepierna. Sentir el nylon y el charol presionando justo donde me quemaba la sangre, mientras ella sostenía la copa de vino y me clavaba esos ojos celestes helados hablándome con la voz más dulce, me tenía completamente sometido.
Apenas pedimos la cuenta, Agus no esperó a llegar a casa. Me agarró del brazo, me llevó casi a rastras hasta el auto estacionado en una calle oscura a la vuelta y, antes de que pudiera reaccionar, me empujó dentro, reclinando el asiento del acompañante hacia atrás.
—Te portaste muy bien toda la cena —me susurró al oído con la voz agitada, pegándome sus labios carnosos a la oreja—. Ahora vas a ver lo que te espera.
Agus se trepó sobre mí en el espacio reducido del auto. El olor a cuero acharolado, su perfume costoso y el calor de su cuerpo me envolvieron de golpe. Levantó la pierna y me puso la bota directamente en la cara. El brillo del charol encandilaba en la penumbra. Sin pensarlo dos veces, empecé a lamer el cuero pulido, desde la punta afilada hasta el taco aguja, sintiendo la dureza del material bajo mi lengua mientras ella soltaba un gemido sordo de placer al ver mi devoción absoluta.
Agus se levantó el vestido hacia la cintura. Con la desesperación del momento, enganché los dedos en la tela fina de sus medias de nylon negras y se las rompí de un tironazo en la entrepierna, haciendo un agujero justo en su centro y corriendo la tanga hacia un costado. Dejó al descubierto su vulva completamente empapada. Se acomodó de rodillas sobre mi pecho, manteniendo las botas de charol puestas. Me agarró de la nuca con fuerza y me enterró la cara en la abertura que le había hecho entre las piernas. La comí con una ferocidad salvaje, tragándome sus jugos mientras sentía los bordes rasgados del nylon, la piel tibia y el peso del cuero apretándome los hombros. Agus arqueaba la espalda, agarrándose del techo del auto, gimiendo mi nombre mientras el taco aguja se clavaba en el tapizado con cada sacudida de su cadera hasta que se vino con una fuerza que la hizo temblar entera.
Apenas recuperó el aliento, me agarró de la camiseta, me calzó encima de ella y me guio para hundirme a través del agujero de las medias rasgadas. El sexo dentro del auto fue brutal, hambriento, rítmico. El crujido del charol contra los asientos y la textura del nylon roto friccionando contra mi piel marcaban el ritmo de cada embestida. Ella me rodeaba la cintura con sus piernas enfundadas en esas increibles botas, aprisionándome con la fuerza de sus muslos de gimnasio, clavándome la mirada celeste cargada de lujuria.
Cuando sentí que no aguantaba más, la saqué de ella, me arrodillé entre sus piernas y empecé a pajearme como un desquiciado frente a sus botas. Agus levantó una pierna, cruzando la bota de charol sobre su otra rodilla para darme el blanco perfecto. Acabé con furia, soltando chorros espesos y calientes que fueron a parar directo sobre el cuero negro brillante de la bota.
Quedamos los dos agitados, escuchando el choque de nuestras respiraciones en la oscuridad del auto. Agus miró su bota manchada por mi semen, sonrió con suficiencia, me dio un beso lleno, con esos labios carnosos y me susurró:
—Así me gusta, Fede. Rendido a mis botas.
Continuará...
Una noche de sábado habíamos quedado en ir a cenar a un lugar coqueto y después tomar algo. Mientras me terminaba de cambiar en el living, escuché el sonido inconfundible que me dispara las pulsaciones: el suave roce de las telas, el chasquido del cuero ajustándose y los cierres subiendo. Cuando me asomé al dormitorio, la vi parada frente al espejo alto y me quedé helado.
Estaba de espaldas, acomodándose unas medias de nylon negras semi-transparentes que le envolvían sus piernas duras de gimnasio, marcando el contorno perfecto de sus muslos y el brillo fino del entramado sobre la piel. Arriba llevaba un vestido ajustado color vino que le marcaba cada curva y la firmeza de las tetas, pero la obra de arte se completaba abajo: se estaba calzando unas botas de cuero negro acharolado, de caña alta por encima de la rodilla y un taco aguja infinito. El contraste entre el nylon negro envolviendo la piel de sus piernas y la rigidez del charol brillante bajo la luz velada de la habitación era una locura total. Me miró por el espejo con esa sonrisa de lado en sus labios carnosos, sabiendo perfectamente que ya me tenía anulado.
—Nos vamos, Fede. Manejo yo —me dijo con tono firme, tirándome las llaves del auto al pecho mientras el taconeo rotundo ya marcaba el ritmo de la noche.
Desde el segundo en que subimos al auto, la noche ya estaba jugada. Verla acomodarse en el asiento del conductor, subirse levemente el vestido para tener libertad de movimiento y apoyar la suela de la bota de charol sobre el acelerador me generó un nudo violento en el estómago. Cada vez que peinaba el pedal y el motor levantaba vueltas, la tensión en la caña de cuero contra sus muslos vestidos de nylon me volvía loco.
No me aguanté. Estiré mi mano hacia el lado del conductor, buscando el muslo de la pierna. Sentir la suavidad sedosa del nylon negro e ir bajando lentamente los dedos hasta llegar al borde superior de la bota de charol, donde el cuero duro y frío apretaba la firmeza de su pierna, me hizo temblar. Agus sintió mi caricia, soltó un suspiro grave y apretó un poco más el acelerador, mirándome directamente de costado con una sonrisa cómplice y desafiante al ver cómo me deshacía ahí nomás, al lado de ella.
Llegamos al restaurante. El trayecto desde el auto hasta la mesa fue un tormento de excitación pura. El tac, tac, tac de sus tacos aguja contra la vereda retumbaba en toda la cuadra. La gente se daba vuelta para mirarla —era imposible no hacerlo con esa presencia, ese cuerpo esculpido y esas botas imposibles—, pero solo yo sabía que cada pisada fuerte era una marca de territorio dirigida a mí.
En la mesa, la tortura psicológica escaló a otro nivel. El lugar estaba lleno, la gente cenaba tranquila, pero por debajo del mantel blanco se jugaba otra historia. Agus se acomodó de costado, buscó mi pierna a ciegas con la punta de su bota y empezó a subir lentamente la caña de charol frío por mi pantorrilla hasta llegar a la entrepierna. Sentir el nylon y el charol presionando justo donde me quemaba la sangre, mientras ella sostenía la copa de vino y me clavaba esos ojos celestes helados hablándome con la voz más dulce, me tenía completamente sometido.
Apenas pedimos la cuenta, Agus no esperó a llegar a casa. Me agarró del brazo, me llevó casi a rastras hasta el auto estacionado en una calle oscura a la vuelta y, antes de que pudiera reaccionar, me empujó dentro, reclinando el asiento del acompañante hacia atrás.
—Te portaste muy bien toda la cena —me susurró al oído con la voz agitada, pegándome sus labios carnosos a la oreja—. Ahora vas a ver lo que te espera.
Agus se trepó sobre mí en el espacio reducido del auto. El olor a cuero acharolado, su perfume costoso y el calor de su cuerpo me envolvieron de golpe. Levantó la pierna y me puso la bota directamente en la cara. El brillo del charol encandilaba en la penumbra. Sin pensarlo dos veces, empecé a lamer el cuero pulido, desde la punta afilada hasta el taco aguja, sintiendo la dureza del material bajo mi lengua mientras ella soltaba un gemido sordo de placer al ver mi devoción absoluta.
Agus se levantó el vestido hacia la cintura. Con la desesperación del momento, enganché los dedos en la tela fina de sus medias de nylon negras y se las rompí de un tironazo en la entrepierna, haciendo un agujero justo en su centro y corriendo la tanga hacia un costado. Dejó al descubierto su vulva completamente empapada. Se acomodó de rodillas sobre mi pecho, manteniendo las botas de charol puestas. Me agarró de la nuca con fuerza y me enterró la cara en la abertura que le había hecho entre las piernas. La comí con una ferocidad salvaje, tragándome sus jugos mientras sentía los bordes rasgados del nylon, la piel tibia y el peso del cuero apretándome los hombros. Agus arqueaba la espalda, agarrándose del techo del auto, gimiendo mi nombre mientras el taco aguja se clavaba en el tapizado con cada sacudida de su cadera hasta que se vino con una fuerza que la hizo temblar entera.
Apenas recuperó el aliento, me agarró de la camiseta, me calzó encima de ella y me guio para hundirme a través del agujero de las medias rasgadas. El sexo dentro del auto fue brutal, hambriento, rítmico. El crujido del charol contra los asientos y la textura del nylon roto friccionando contra mi piel marcaban el ritmo de cada embestida. Ella me rodeaba la cintura con sus piernas enfundadas en esas increibles botas, aprisionándome con la fuerza de sus muslos de gimnasio, clavándome la mirada celeste cargada de lujuria.
Cuando sentí que no aguantaba más, la saqué de ella, me arrodillé entre sus piernas y empecé a pajearme como un desquiciado frente a sus botas. Agus levantó una pierna, cruzando la bota de charol sobre su otra rodilla para darme el blanco perfecto. Acabé con furia, soltando chorros espesos y calientes que fueron a parar directo sobre el cuero negro brillante de la bota.
Quedamos los dos agitados, escuchando el choque de nuestras respiraciones en la oscuridad del auto. Agus miró su bota manchada por mi semen, sonrió con suficiencia, me dio un beso lleno, con esos labios carnosos y me susurró:
—Así me gusta, Fede. Rendido a mis botas.
Continuará...
0 comentarios - Noche de Salida: Cuando Ella Tiene el Control Absoluto