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Tentando a mi vecino serio 5

Durante tres meses fuimos los espectadores de una ruina anunciada. El primer mes eran escapadas con el corazón en la boca, pero para el segundo,
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la presencia de la esposa a Ernesto ya le apestaba. Las peleas en su casa eran constantes; desde mi sala Juan y yo escuchábamos los gritos, disfrutando cómo ese hogar "perfecto" se caía a pedazos por mi culpa. Ya arrancando el tercer mes, el viejo no aguantó más la marea y la echó con maletas en mano. Por fin la casa de al lado estaba sola.
​Con la casa sola, la obsesión de Ernesto se disparó. Para podernos ver sin "miedo", armamos la jugada perfecta, o al menos la que él creía perfecta: le dijimos a Ernesto que a juan le habían encargado unos proyectos pesadísimos en la empresa y que le tocaba quedarse haciendo horas extra hasta la madrugada. Ernesto juraba que Juan estaba a kilómetros de distancia metido en una oficina, sin sospechar que mi novio dejaba el carro parqueado a dos cuadras y se metía a oscuras y en silencio a nuestro apartamento para gozarse todo el show desde la ventana y o el celular.
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​La primera noche cruzamos a la casa del viejo. El ambiente olía a limpio, pero había un aura pesada. Mientras Ernesto se descuidó un segundo en la cocina sirviéndome una copa de vino con las manos temblándole de la emoción, me acerqué a la cama que hasta hace días era de su esposa. Agarré una loción de ella que aún estaba en el peinador, me eché un toque en el cuello con cinismo, saqué mi celular, lo acomodé disimuladamente entre unos libros en la mesa de noche apuntando directo a la cama, y dejé la transmisión privada en vivo corriendo para Juan.​
​Cuando Ernesto entró al cuarto con las copas, no alcanzamos ni a brindar. Me quitó la ropa con una desesperación bruta. Me tiró a la cama, exactamente en el lado donde dormía la exesposa, y mientras me besaba el cuello bajando hacia mis senos, me susurró al oído: "Hueles delicioso... eres mil veces más mujer que ella". Escuchar eso en su propia cama me encendió la sangre.

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​Ernesto me abrió las piernas y se metió de un solo golpe, sacándome un gemido ahogado. La culiada era dura, sabrosa y sin afán. El viejo agarraba mis caderas marcando un ritmo profundo, hundiéndose hasta el fondo. De repente, la pantalla del celular que estaba en la mesa de noche brilló en la penumbra. Sin que el viejo lo notara, eché una mirada de reojo: era una notificación de Juan en tiempo real que decía:
"Mueve más esas caderas, perra... me estoy viniendo desde aquí viéndote con el cucho".
El shock de sentir a Ernesto adentro y saber que mi novio me estaba dirigiendo desde la sombra me hizo escurrir de la excitación.

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​Nos cambiamos de pose. Me puse en cuatro en la orilla de la cama, dándole la espalda a Ernesto pero quedando de frente a la cámara. El viejo me tomó del pelo con ganas, dándome nalgadas suaves que sonaban en todo el cuarto mientras me embestía sin piedad. Apreté las sábanas de la exesposa con rabia y me vine gimiendo duro, nombrando a Ernesto mientras el viejo terminaba de reventarse adentro mío.

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​Quedamos sudados y agitados. Ernesto me abrazó por la espalda y, en vez de voltearse a dormir, me tomó la mano con una ternura que me desconcertó. Me miró a los ojos y me dijo con la voz cortada: "Gracias por devolverme la vida, Dani. Con mi esposa nunca sentí esto... te juro que por ti soy capaz de lo que sea". Un corrientazo frío me atravesó el pecho. Ahí, viendo la sinceridad y la vulnerabilidad en sus ojos, me di cuenta de que el juego de voyeurismo con Juan se había acabado para mí... este viejo se me había metido en el corazón de verdad.

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