Asà fueron pasando las semanas en esa finca aislada de Boyacá. La rutina de la cosecha se convirtió en el escenario perfecto para una maratón de sexo constante y sin tregua, donde la casa parecÃa respirar pura calentura a cualquier hora del dÃa.
​En las mañanas, cuando el cuñado terminaba su turno de vigilancia en la siembra y llegaba a la casa molido de frÃo, no se iba a dormir sin antes pasar por mi cuarto. Entraba en silencio, se tiraba encima de mà en la cama y, aprovechando que el papá estaba en el lote, me quitaba la ropa con violenciaÂ

Gracias a eso empeze fue ya a dormir solo en cucos por qué me estaba acabando la ropaÂ
 Yo me le hacÃa la difÃcil, le volteaba la cara cuando intentaba besarme y me quejaba entre dientes para alimentarle el morbo, pero dejaba que me abriera de piernas y me culeara con rabia sobre las cobijas hasta venirse dentro de mÃ.



​Por las tardes, el turno era para Don Humberto. Con el viejo la cosa era más coqueta pero igual de salvaje. Un dÃa me acorraló contra el mesón de la cocina mientras yo picaba las verduras; me levantó la falda, y se dió cuenta que ya ni cucos llevabaÂ
Suegro : jummmmm ya estás preparadaÂ
Yo : claro suegrito lindo tengo que compensarte
A él ya me le lamÃa las. Venida este viejo sacaba lo más perra de mi ese dia me dió tan duro que hizoÂ

sonar los platos y las ollas con el vaivén de sus embestidas. Otro dÃa el encuentro era en el baño antes de que él saliera al lote: me pedÃa chupadas rápidas pero profundas, disfrutando ver cómo me tragaba su saliva y su lÃquido preseminal inclinada frente al inodoro, dejándolo listo para su jornada.

​La casa era un constante relevo: mientras uno me tomaba en la cocina

 o en el baño, el otro descansaba, y viceversa. Los dÃas se convirtieron en un ciclo sin fin de nalgadas

 jadeos a escondidas y manchas de semen que me tocaba limpiarme a toda prisa antes de cambiar de ambiente.

​Hasta que una tarde de domingo casi se nos cae el teatrito.
​Don Humberto me tenÃa puesta de rodillas en el piso de la sala, metiéndome el pene hasta el fondo de la garganta mientras me agarraba fuerte del cabello

 El cuñado dormÃa en su habitación al fondo del pasillo. De repente, escuchamos el ruido metálico de una moto apagándose en el patio delantero.
​¡Era Maicol! Mi esposo habÃa llegado de sorpresa de la mina, varias horas antes de lo previsto.
​El viejo reaccionó con una agilidad increÃble para sus 66 años: se subió la cremallera de un tironazo, me levantó del brazo y susurró un "¡Cálmese y disimule!" justo cuando la puerta de la entrada se abrÃa. Yo me limpié la boca rápido con la manga de la blusa y me puse a sacudir un mueble con las manos temblando de los nervios.
​Maicol entró lleno de barro, cansado del viaje en la moto, pero con una sonrisa de lado a lado.
​Maicol: ¡Buenas tardes, gente! Viejo, no me esperaba encontrarlo en la casa a esta hora.
​Suegro: (Con una tranquilidad pasmosa, ajustándose la correa): Ajá, mijo... vine a tomarme un tinto y a buscar una herramienta que se me quedó. Ya me iba para el cultivo.
​Don Humberto salió al patio como si nada hubiera pasado, lanzándome una mirada cómplice por encima del hombro. Maicol no sospechó absolutamente nada. Se acercó a mà por la espalda, me abrazó la cintura con fuerza y empezó a besarme el cuello con desesperación. VenÃa muerto de ganas tras semanas de trabajo duro en la mina.
​Maicol: Hola, mi amor... no sabes cuánto extrañaba esto. Traigo una calentura que no me aguanto...
​Sin darme tiempo ni de lavarme la cara, Maicol me llevó a empujones hacia nuestro cuarto, cerró la puerta con patada y me tiró sobre el colchón. Me arrancó la ropa y se me puso encima, dándome una culeada salvaje, rápida y desesperada




 Mientras mi esposo me embestÃa con rabia y gemÃa en mi oÃdo, yo no podÃa dejar de pensar en lo enferma que era toda la situación: me estaba culeando mi marido en la misma cama donde su hermano me tenÃa sometida por las mañanas, y con el sabor de la verga de su propio padre todavÃa fresco en mi garganta.
​En las mañanas, cuando el cuñado terminaba su turno de vigilancia en la siembra y llegaba a la casa molido de frÃo, no se iba a dormir sin antes pasar por mi cuarto. Entraba en silencio, se tiraba encima de mà en la cama y, aprovechando que el papá estaba en el lote, me quitaba la ropa con violenciaÂ

Gracias a eso empeze fue ya a dormir solo en cucos por qué me estaba acabando la ropaÂ
 Yo me le hacÃa la difÃcil, le volteaba la cara cuando intentaba besarme y me quejaba entre dientes para alimentarle el morbo, pero dejaba que me abriera de piernas y me culeara con rabia sobre las cobijas hasta venirse dentro de mÃ.



​Por las tardes, el turno era para Don Humberto. Con el viejo la cosa era más coqueta pero igual de salvaje. Un dÃa me acorraló contra el mesón de la cocina mientras yo picaba las verduras; me levantó la falda, y se dió cuenta que ya ni cucos llevabaÂ
Suegro : jummmmm ya estás preparadaÂ
Yo : claro suegrito lindo tengo que compensarte
A él ya me le lamÃa las. Venida este viejo sacaba lo más perra de mi ese dia me dió tan duro que hizoÂ

sonar los platos y las ollas con el vaivén de sus embestidas. Otro dÃa el encuentro era en el baño antes de que él saliera al lote: me pedÃa chupadas rápidas pero profundas, disfrutando ver cómo me tragaba su saliva y su lÃquido preseminal inclinada frente al inodoro, dejándolo listo para su jornada.

​La casa era un constante relevo: mientras uno me tomaba en la cocina

 o en el baño, el otro descansaba, y viceversa. Los dÃas se convirtieron en un ciclo sin fin de nalgadas

 jadeos a escondidas y manchas de semen que me tocaba limpiarme a toda prisa antes de cambiar de ambiente.

​Hasta que una tarde de domingo casi se nos cae el teatrito.
​Don Humberto me tenÃa puesta de rodillas en el piso de la sala, metiéndome el pene hasta el fondo de la garganta mientras me agarraba fuerte del cabello

 El cuñado dormÃa en su habitación al fondo del pasillo. De repente, escuchamos el ruido metálico de una moto apagándose en el patio delantero.
​¡Era Maicol! Mi esposo habÃa llegado de sorpresa de la mina, varias horas antes de lo previsto.
​El viejo reaccionó con una agilidad increÃble para sus 66 años: se subió la cremallera de un tironazo, me levantó del brazo y susurró un "¡Cálmese y disimule!" justo cuando la puerta de la entrada se abrÃa. Yo me limpié la boca rápido con la manga de la blusa y me puse a sacudir un mueble con las manos temblando de los nervios.
​Maicol entró lleno de barro, cansado del viaje en la moto, pero con una sonrisa de lado a lado.
​Maicol: ¡Buenas tardes, gente! Viejo, no me esperaba encontrarlo en la casa a esta hora.
​Suegro: (Con una tranquilidad pasmosa, ajustándose la correa): Ajá, mijo... vine a tomarme un tinto y a buscar una herramienta que se me quedó. Ya me iba para el cultivo.
​Don Humberto salió al patio como si nada hubiera pasado, lanzándome una mirada cómplice por encima del hombro. Maicol no sospechó absolutamente nada. Se acercó a mà por la espalda, me abrazó la cintura con fuerza y empezó a besarme el cuello con desesperación. VenÃa muerto de ganas tras semanas de trabajo duro en la mina.
​Maicol: Hola, mi amor... no sabes cuánto extrañaba esto. Traigo una calentura que no me aguanto...
​Sin darme tiempo ni de lavarme la cara, Maicol me llevó a empujones hacia nuestro cuarto, cerró la puerta con patada y me tiró sobre el colchón. Me arrancó la ropa y se me puso encima, dándome una culeada salvaje, rápida y desesperada




 Mientras mi esposo me embestÃa con rabia y gemÃa en mi oÃdo, yo no podÃa dejar de pensar en lo enferma que era toda la situación: me estaba culeando mi marido en la misma cama donde su hermano me tenÃa sometida por las mañanas, y con el sabor de la verga de su propio padre todavÃa fresco en mi garganta.
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