Isabel siempre había llevado la iniciativa, en la cama, y en el resto de las cosas. Era una mujer con carácter y las cosas claras, y yo había dejado que ella marcara el ritmo desde que eramos novios. Me llamo Adrián, soy un hombre de cuarenta años con un trabajo aburrido y que, por no general, no suele llamar mucho la atención. Todo lo contrario que mi esposa, que es una mujer espectacular y una empresaria de éxito acostumbrada a que todos la hagan caso. Para alguien como yo, profundamente sumiso, siempre ha sido una bendición.
Al principio empezó como algo suave. Cuando eramos novios, solía poner sus manos en mis hombros para empujarme contra el colchón, con una sonrisa, para sentarse encima y mover las caderas como ella quería, hasta hacerme correrme. A mi me encantaba. Pero año tras año, fuimos llevando la dinámica mas allá, hasta que fue nuestra rutina, e Isabel le cogió tanto o más gusto que yo a su papel de dominarme y humillarme.
Dejamos de follar poco después de casarnos. No fue una decisión consciente, solo una deriva. En su lugar, empezó a masturbarme para que dejase de pedirla sexo cuando no la apetecía, y rápidamente se dió cuenta de que yo disfrutaba de eso tanto o más como del sexo normal. Pero yo sabía que eso tampoco podía durar para siempre, así que llegó el día donde Isabel fue donde nunca.
...
Había llegado de trabajar un día más, y lo primero que había hecho era sentarse conmigo en el sofá, para preguntarme como había ido mi día. Pocos minutos después ella estaba tumbada a mi lado, con la mano izquierda apoyada en mi pecho mientras la derecha trabajaba mi polla con movimientos expertos, sin prisa. Sus dedos largos y finos, con las uñas pintadas de rojo oscuro, subían y bajaban agarrando con fuerza. Yo apenas podía mover las caderas, y cada golpe de muñeca arrancaba de mi un gemido que no podía controlar. Me miraba con sus grandes ojos azules con una mezcla de lástima y diversión.
Entonces se incorporó y se desabrochó la camisa de trabajo con lentitud deliberada. La camisa cayó hacia atrás, y sus largas manos apartaron el sujetador con un movimiento rápido. El encaje negro resbaló por sus hombros y cayó a un lado.
Sus tetas quedaron al descubierto y a pocos centímetros de mi cara. Firmes y llenas, con grandes pezones oscuros que me volvían loco solo con verlos. La piel blanca, suave, con venas azuladas que apenas se dibujaban bajo la superficie. Ella sabía que no podía resistirme a verlas, mucho menos a tocarlas, y que era una de las razones por las que siempre acababa aceptando todo lo que me hacía.
—Así me gusta, perrito —decía, con su voz grave de dar órdenes—. No te muevas.
Su pulgar trazaba círculos lentos alrededor de la cabeza de mi polla mientras el resto de la mano se cerraba en un puño con fuerza, sin lubricante. A mí me gustaba el roce. Me gustaba el pequeño dolor que precedía al placer, y ella disfrutaba de dejarme un pequeño recuerdo para el resto del día. Además, apenas podía hablar, ni apartar los ojos de sus tetas.
—Te pones tan duro, Daniel. Siempre igual. Cada día eres un poco más adicto a mis manos.
Hizo una pausa. Sus dedos apretaban un poco más y yo jadeaba con la boca abierta y las manos agarradas a la sábana.
—Llego hecha polvo —dijo, y su voz cambió, se volvió más fría—. Me paso el día trabajando, tratando con auténticos idiotas para ganar una buena pasta, y luego llego a casa tengo que encargarme de mi perrito —apretó la mano un poco más, sus dedos haciendo fuerza alrededor de la base—. De un marido se pasa el día excitado y al que tengo que vaciar las pelotas, porque que es un pervertido masoquista de mierda.
Con el último insulto, aceleró el ritmo de su mano. Ahora era algo casi agresivo, el puño cerrado, subiendo y bajando contra mi piel con una furia contenida que me hacía retorcerme de placer y dolor. No podía evitar sentirme como el saco donde Isaben descargaba toda la tensión del día.
—Que gemidos tan patéticos —dijo, y su voz se volvió venenosa, como una aguja clavándose en mi cabeza—. No importa cuántos años pasen, tu polla se pone dura solo con verme las tetas. Y cuanto más te digo lo patético que eres, más duro. ¿Lo ves? —apretó el puño alrededor de la base y lo mantuvo unos segundos, sus dedos largos y fuertes férreos.
¿Ya estás así? —dijo, con desdén, señalando la punta de mi polla con el dedo índice—. Acabamos de empezar y ya estás goteando. Así es imposible que te tome en serio.
El líquido brillaba bajo la luz, una pequeña gota que se había formado en el glande sin que yo hubiese podido evitarlo. Ella lo observó con desprecio y lo extendió con la yema del dedo alrededor de la cabeza, como si estuviera pintando un círculo.
—Patético —dijo—. Eres tan patético que hasta me da pena. Aunque ya me he acostumbrado, y me gusta.
Entonces apoyó la punta de su uña postiza justo en la hendidura de la uretra y presionó. El dolor fue agudo, eléctrico, un pinchazo que me arrancó un jadeo y me hizo tensar todo el cuerpo.
—No puedes caer más bajo, perrito —susurró, y su voz estaba cargada del desprecio de siempre—. Apenas te he tocado y ya estás a punto de manchar las sábanas. ¿Así pretendes que te deje follarme?
Sin soltar mi polla, usó su otra mano para quitarse la falda con un movimiento rápido y la dejó caer al suelo. Las bragas cayeron después, el encaje negro resbaló por sus muslos y se enganchó en sus tobillos antes de que las apartara con un pie.
Entonces se abrió de piernas y yo no pude evitar centrar allí la mirada. Su coño depilado, perfecto, los labios ligeramente hinchados, el brillo húmedo que empezaba a asomar entre ellos. Sobre él, su vientre plano, la cintura marcada y la curva de sus caderas.
—¿Ves lo que te pierdes? —preguntó.
Levantó la mano que no me estaba masturbando, y la llevó entre sus piernas. Sus dedos se deslizaron entre sus labios y los abrieron, mientras el pulgar empezó a rozar su clítoris en círculos lentos. Yo veía cada movimiento y no podía dejar de mirar. Veía cómo su cuerpo respondía, cómo su pelvis se movía apenas hacia adelante, cómo sus dedos se mojaban más rápido, el rojo de sus uñas contra con la humedad de su coño.
—Seguro que estás fantaseando con follarme, perrito —dijo, y su voz era un susurro ahora, un susurro que cortaba como una cuchilla—. Seguro que piensas que vas a poder hacerlo, aunque llevamos años sin que me montes. ¿Sabes por qué?
No respondí. No podía. Sus tetas se movían ligeramente con cada respiración, y sus manos seguían trabajando mi polla y su coño al mismo tiempo.
—Porque no siento nada —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Con esa polla tan pequeña no siento nada. Tú lo sabes. Yo lo sé.
Aunque no es muy grande, nunca había creído que mi polla fuese tan pequeña como ella solía decirme, pero cuando soltaba esos comentarios, se me ponía más dura sin poder evitarlo. Y ella lo sabía desde hacía tiempo, por eso siempre me lo decía cuando sabía que estaba cerca de romperme.
Sus dedos se movían entre sus piernas, el pulgar sobre el clítoris, los otros dos dentro de su coño. El sonido era húmedo, obsceno, acompañando el ritmo de su mano derecha sobre mi polla, sus dedos resbalando por mi piel.
—Necesito una polla de verdad, Daniel —dijo, y esta vez su voz no tenía el mismo tono de antes. Era la voz que usaba cuando quería hablar de cosas serias, igual que llamarme por mi nombre en vez de perrito—. Una que me llene. Una que no tenga que fingir que siento algo cuando me la meten. Llevo tiempo pensando que debería buscar una.
Mi corazón se detuvo un segundo. Mi cuerpo se excitó y se alarmó a la vez. No era la primera vez que me decía algo así, pero sentía que esta vez era diferente.
—¿No te sirve con humillarme así? —pregunté, con la voz rota. Mi cuerpo deseaba correrse ya, pero tenía que aguantar.
Sus manos se detuvieron en seco. Sus dedos rojos se quedaron quietos y me miró fijamente. En sus ojos no había diversión, ni tampoco crueldad. Solo una sonrisa enorme, que nunca había visto antes.
—No, Daniel. Llevo años diciéndotelo en broma. Pero ya no es broma.
Su mano se movió de nuevo sobre mi polla, más lenta ahora, más deliberada. Posó la otra mano también sobre mi polla, húmeda de su coño, lubricando la base.
—No necesito que digas nada, perrito. Solo te estoy avisando, para que te vayas haciendo a la idea.
Yo seguía allí, con la polla a punto de reventar, sintiendo que todo el suelo se movía bajo mis pies. Quería creer que era parte del juego. Quería creer que en un rato se reiría y me diría que era una broma. Pero su mirada me decía lo contrario.
—¿Te acuerdas de Adrián? —preguntó de repente.
El nombre me golpeó en el pecho. Mi corazón dio un vuelco tan brusco que casi lo sentí en la garganta.
—¿A-dri-an? —tartamudeé, y mi voz sonó más aguda de lo que quería.
—Mi ex-novio de la universidad. El que había estado en la cárcel. Te he hablado de él algunas veces —dijo, y su tono era casual, como si hablase de algo normal—. Me lo he cruzado un par de veces últimamente. Resulta que se ha venido a vivir al barrio. Está reformando una casa en la urbanización y va a ser nuestro vecino. ¿Te lo puedes creer, perrito?
Su mano derecha se movía lenta, de arriba a abajo, mientras hablaba. Sus dedos se deslizaban por mi polla con una suavidad que volvía loco y apenas podía procesar lo que oía.
—¿En la urbanización?
—Sí. Me lo encontré por la calle la semana pasada. Tomamos un café juntos.
—¿Un café? —repetí, estúpido.
—Sí. Me preguntó cómo estaba y hablamos un rato Me contó lo de la casa y yo le dije que me alegraba de verle tan bien —su voz resultaba coqueta, como si de pronto fuese una adolescente enamorada—. Y sí, está muy bien.
Me encontraba completamente desconcertado.
—Sigue igual de fuerte, aunque ahora tiene más tatuajes. Y no recordaba que fuese tan alto.
Sus manos bombeaban más rápido ahora. Sus tetas se movían con cada impulso, de forma hipnótica.
—¿Y sabes qué, perrito? —susurró junto a mi oído—. Creo que a Adrián le gustaría follar conmigo. Y yo creo que a mí me gustaría acostarme con él de nuevo. Tiene una polla enorme y te reconozco que nunca he podido olvidarme del todo de ella.
El mundo se detuvo, pero su mano no. Mi cuerpo seguía respondiendo a pesar de que todo lo demás parecía desmoronarse a mi alrededor. Sus dedos eran una tortura implacable y sus pechos una trampa de la que no podía apartar la mirada.
—Te has puesto todavía más duro —dijo—. Yo aquí hablando de follarme a otro y tu a punto de correrte. Eres todavía más patético de lo que pensaba.
—Isabel, por favor...
—De hecho, nunca te había visto tan duro —cortó—. Quiero que te corras pensando en ello. En que otro hombre se va a follar a tu mujer. En Adrián metiendo su enorme pollón donde tú no llegas.
Apretó el puño con fuerza y lo mantuvo inmóvil. Sus dedos cerrados con fuerza justo debajo del glande. Yo estaba al borde, temblando, con cada músculo tenso, pero ella no me dejaba llegar.
—Primero quiero oírte decirlo —dijo.
—¿Decir el qué? —jadeé.
—Que quieres que me acueste con él. Que quieres que Adrián me folle. Que quieres que te ponga los cuernos con él. Dilo en voz alta. Quiero oírte suplicarlo.
Sus manos no se movían y mi cuerpo gritaba por el final.
—No puedo —dije, pero mi voz sonaba débil, incluso para mí.
—Sí que puedes. Seguro que ya lo has imaginado. Ahora dilo.
Su pulgar, con su uña roja brillante, presionó justo debajo del glande. Un pequeño movimiento, apenas un milímetro. Mi pelvis se levantó sola y mi mente terminó por romperse. Tras tanto tiempo corriéndome en sus manos, mi cuerpo era incapaz de desear otra cosa.
—Quiero —empecé, y la voz me tembló—. Quiero que te acuestes con Adrián.
—Más alto.
—Quiero que Adrián te folle —dije, y las palabras salieron como un vómito.
—¿Y qué más?
—Quiero que me pongas los cuernos —la voz se me rompió en la última sílaba—. Quiero ver cómo te folla.
Sus manos se movieron de nuevo. Rápido. Sin piedad.
—Bien. Ahora córrete. Y piensa en ello mientras lo haces. En cómo va a ser cuando esté encima de mí, cuando me abra las piernas, cuando me meta esa polla tan dura.
Y lo hice. Con sus manos alrededor de mi polla, sus dedos apretando hasta el último espasmo y con su nombre en mis labios, pero con la imagen de Adrián clavada en mi cabeza, al cerrar los ojos.
Me corrí en su mano, caliente, temblando, los ojos totalmente cerrados y sintiendo que algo se rompía dentro de mí.
Y mientras el semen caliente resbalaba entre los dedos de Isabel, mientras mi cuerpo temblaba y mi respiración se entrecortaba, mi mente siguió allí. En la imagen que ella había introducido en mi cabeza. Adrián, con su espalda ancha y sus manos enormes, tumbando a mi mujer boca abajo, abriéndole las piernas y metiéndole esa polla que yo nunca había visto pero que podía imaginar perfectamente. Llenándola como yo nunca la había llenado.
El placer recorría cada parte de mi cuerpo, y una parte de mi mente no quería solo imaginarlo. Quería que fuese real. Quería que Adrián, o cualquier otro, le diera lo que yo no podía darle, y quería estar allí para verlo, para olerlo, para sentirme pequeño mientras ella temblaba bajo otro hombre.
Porque en ese momento, con el semen aún caliente cayendo por su mano, supe que ya no había vuelta atrás. Había decidido cruzar una línea, y estaba seguro de que Isabel también.
—Bien —dijo, limpiándose contra mi camiseta, sus dedos manchados de blanco—. Mañana más.
Se giró y se marchó a la ducha.
No volvimos a hablar de ello el resto del día, pero ambos teníamos claro lo que había pasado. Y lo que iba a pasar. Ese día, mi mujer había decidido volverme un cornudo y yo solo había podido correrme de placer al pensar en ello.
Al principio empezó como algo suave. Cuando eramos novios, solía poner sus manos en mis hombros para empujarme contra el colchón, con una sonrisa, para sentarse encima y mover las caderas como ella quería, hasta hacerme correrme. A mi me encantaba. Pero año tras año, fuimos llevando la dinámica mas allá, hasta que fue nuestra rutina, e Isabel le cogió tanto o más gusto que yo a su papel de dominarme y humillarme.
Dejamos de follar poco después de casarnos. No fue una decisión consciente, solo una deriva. En su lugar, empezó a masturbarme para que dejase de pedirla sexo cuando no la apetecía, y rápidamente se dió cuenta de que yo disfrutaba de eso tanto o más como del sexo normal. Pero yo sabía que eso tampoco podía durar para siempre, así que llegó el día donde Isabel fue donde nunca.
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Había llegado de trabajar un día más, y lo primero que había hecho era sentarse conmigo en el sofá, para preguntarme como había ido mi día. Pocos minutos después ella estaba tumbada a mi lado, con la mano izquierda apoyada en mi pecho mientras la derecha trabajaba mi polla con movimientos expertos, sin prisa. Sus dedos largos y finos, con las uñas pintadas de rojo oscuro, subían y bajaban agarrando con fuerza. Yo apenas podía mover las caderas, y cada golpe de muñeca arrancaba de mi un gemido que no podía controlar. Me miraba con sus grandes ojos azules con una mezcla de lástima y diversión.
Entonces se incorporó y se desabrochó la camisa de trabajo con lentitud deliberada. La camisa cayó hacia atrás, y sus largas manos apartaron el sujetador con un movimiento rápido. El encaje negro resbaló por sus hombros y cayó a un lado.
Sus tetas quedaron al descubierto y a pocos centímetros de mi cara. Firmes y llenas, con grandes pezones oscuros que me volvían loco solo con verlos. La piel blanca, suave, con venas azuladas que apenas se dibujaban bajo la superficie. Ella sabía que no podía resistirme a verlas, mucho menos a tocarlas, y que era una de las razones por las que siempre acababa aceptando todo lo que me hacía.
—Así me gusta, perrito —decía, con su voz grave de dar órdenes—. No te muevas.
Su pulgar trazaba círculos lentos alrededor de la cabeza de mi polla mientras el resto de la mano se cerraba en un puño con fuerza, sin lubricante. A mí me gustaba el roce. Me gustaba el pequeño dolor que precedía al placer, y ella disfrutaba de dejarme un pequeño recuerdo para el resto del día. Además, apenas podía hablar, ni apartar los ojos de sus tetas.
—Te pones tan duro, Daniel. Siempre igual. Cada día eres un poco más adicto a mis manos.
Hizo una pausa. Sus dedos apretaban un poco más y yo jadeaba con la boca abierta y las manos agarradas a la sábana.
—Llego hecha polvo —dijo, y su voz cambió, se volvió más fría—. Me paso el día trabajando, tratando con auténticos idiotas para ganar una buena pasta, y luego llego a casa tengo que encargarme de mi perrito —apretó la mano un poco más, sus dedos haciendo fuerza alrededor de la base—. De un marido se pasa el día excitado y al que tengo que vaciar las pelotas, porque que es un pervertido masoquista de mierda.
Con el último insulto, aceleró el ritmo de su mano. Ahora era algo casi agresivo, el puño cerrado, subiendo y bajando contra mi piel con una furia contenida que me hacía retorcerme de placer y dolor. No podía evitar sentirme como el saco donde Isaben descargaba toda la tensión del día.
—Que gemidos tan patéticos —dijo, y su voz se volvió venenosa, como una aguja clavándose en mi cabeza—. No importa cuántos años pasen, tu polla se pone dura solo con verme las tetas. Y cuanto más te digo lo patético que eres, más duro. ¿Lo ves? —apretó el puño alrededor de la base y lo mantuvo unos segundos, sus dedos largos y fuertes férreos.
¿Ya estás así? —dijo, con desdén, señalando la punta de mi polla con el dedo índice—. Acabamos de empezar y ya estás goteando. Así es imposible que te tome en serio.
El líquido brillaba bajo la luz, una pequeña gota que se había formado en el glande sin que yo hubiese podido evitarlo. Ella lo observó con desprecio y lo extendió con la yema del dedo alrededor de la cabeza, como si estuviera pintando un círculo.
—Patético —dijo—. Eres tan patético que hasta me da pena. Aunque ya me he acostumbrado, y me gusta.
Entonces apoyó la punta de su uña postiza justo en la hendidura de la uretra y presionó. El dolor fue agudo, eléctrico, un pinchazo que me arrancó un jadeo y me hizo tensar todo el cuerpo.
—No puedes caer más bajo, perrito —susurró, y su voz estaba cargada del desprecio de siempre—. Apenas te he tocado y ya estás a punto de manchar las sábanas. ¿Así pretendes que te deje follarme?
Sin soltar mi polla, usó su otra mano para quitarse la falda con un movimiento rápido y la dejó caer al suelo. Las bragas cayeron después, el encaje negro resbaló por sus muslos y se enganchó en sus tobillos antes de que las apartara con un pie.
Entonces se abrió de piernas y yo no pude evitar centrar allí la mirada. Su coño depilado, perfecto, los labios ligeramente hinchados, el brillo húmedo que empezaba a asomar entre ellos. Sobre él, su vientre plano, la cintura marcada y la curva de sus caderas.
—¿Ves lo que te pierdes? —preguntó.
Levantó la mano que no me estaba masturbando, y la llevó entre sus piernas. Sus dedos se deslizaron entre sus labios y los abrieron, mientras el pulgar empezó a rozar su clítoris en círculos lentos. Yo veía cada movimiento y no podía dejar de mirar. Veía cómo su cuerpo respondía, cómo su pelvis se movía apenas hacia adelante, cómo sus dedos se mojaban más rápido, el rojo de sus uñas contra con la humedad de su coño.
—Seguro que estás fantaseando con follarme, perrito —dijo, y su voz era un susurro ahora, un susurro que cortaba como una cuchilla—. Seguro que piensas que vas a poder hacerlo, aunque llevamos años sin que me montes. ¿Sabes por qué?
No respondí. No podía. Sus tetas se movían ligeramente con cada respiración, y sus manos seguían trabajando mi polla y su coño al mismo tiempo.
—Porque no siento nada —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Con esa polla tan pequeña no siento nada. Tú lo sabes. Yo lo sé.
Aunque no es muy grande, nunca había creído que mi polla fuese tan pequeña como ella solía decirme, pero cuando soltaba esos comentarios, se me ponía más dura sin poder evitarlo. Y ella lo sabía desde hacía tiempo, por eso siempre me lo decía cuando sabía que estaba cerca de romperme.
Sus dedos se movían entre sus piernas, el pulgar sobre el clítoris, los otros dos dentro de su coño. El sonido era húmedo, obsceno, acompañando el ritmo de su mano derecha sobre mi polla, sus dedos resbalando por mi piel.
—Necesito una polla de verdad, Daniel —dijo, y esta vez su voz no tenía el mismo tono de antes. Era la voz que usaba cuando quería hablar de cosas serias, igual que llamarme por mi nombre en vez de perrito—. Una que me llene. Una que no tenga que fingir que siento algo cuando me la meten. Llevo tiempo pensando que debería buscar una.
Mi corazón se detuvo un segundo. Mi cuerpo se excitó y se alarmó a la vez. No era la primera vez que me decía algo así, pero sentía que esta vez era diferente.
—¿No te sirve con humillarme así? —pregunté, con la voz rota. Mi cuerpo deseaba correrse ya, pero tenía que aguantar.
Sus manos se detuvieron en seco. Sus dedos rojos se quedaron quietos y me miró fijamente. En sus ojos no había diversión, ni tampoco crueldad. Solo una sonrisa enorme, que nunca había visto antes.
—No, Daniel. Llevo años diciéndotelo en broma. Pero ya no es broma.
Su mano se movió de nuevo sobre mi polla, más lenta ahora, más deliberada. Posó la otra mano también sobre mi polla, húmeda de su coño, lubricando la base.
—No necesito que digas nada, perrito. Solo te estoy avisando, para que te vayas haciendo a la idea.
Yo seguía allí, con la polla a punto de reventar, sintiendo que todo el suelo se movía bajo mis pies. Quería creer que era parte del juego. Quería creer que en un rato se reiría y me diría que era una broma. Pero su mirada me decía lo contrario.
—¿Te acuerdas de Adrián? —preguntó de repente.
El nombre me golpeó en el pecho. Mi corazón dio un vuelco tan brusco que casi lo sentí en la garganta.
—¿A-dri-an? —tartamudeé, y mi voz sonó más aguda de lo que quería.
—Mi ex-novio de la universidad. El que había estado en la cárcel. Te he hablado de él algunas veces —dijo, y su tono era casual, como si hablase de algo normal—. Me lo he cruzado un par de veces últimamente. Resulta que se ha venido a vivir al barrio. Está reformando una casa en la urbanización y va a ser nuestro vecino. ¿Te lo puedes creer, perrito?
Su mano derecha se movía lenta, de arriba a abajo, mientras hablaba. Sus dedos se deslizaban por mi polla con una suavidad que volvía loco y apenas podía procesar lo que oía.
—¿En la urbanización?
—Sí. Me lo encontré por la calle la semana pasada. Tomamos un café juntos.
—¿Un café? —repetí, estúpido.
—Sí. Me preguntó cómo estaba y hablamos un rato Me contó lo de la casa y yo le dije que me alegraba de verle tan bien —su voz resultaba coqueta, como si de pronto fuese una adolescente enamorada—. Y sí, está muy bien.
Me encontraba completamente desconcertado.
—Sigue igual de fuerte, aunque ahora tiene más tatuajes. Y no recordaba que fuese tan alto.
Sus manos bombeaban más rápido ahora. Sus tetas se movían con cada impulso, de forma hipnótica.
—¿Y sabes qué, perrito? —susurró junto a mi oído—. Creo que a Adrián le gustaría follar conmigo. Y yo creo que a mí me gustaría acostarme con él de nuevo. Tiene una polla enorme y te reconozco que nunca he podido olvidarme del todo de ella.
El mundo se detuvo, pero su mano no. Mi cuerpo seguía respondiendo a pesar de que todo lo demás parecía desmoronarse a mi alrededor. Sus dedos eran una tortura implacable y sus pechos una trampa de la que no podía apartar la mirada.
—Te has puesto todavía más duro —dijo—. Yo aquí hablando de follarme a otro y tu a punto de correrte. Eres todavía más patético de lo que pensaba.
—Isabel, por favor...
—De hecho, nunca te había visto tan duro —cortó—. Quiero que te corras pensando en ello. En que otro hombre se va a follar a tu mujer. En Adrián metiendo su enorme pollón donde tú no llegas.
Apretó el puño con fuerza y lo mantuvo inmóvil. Sus dedos cerrados con fuerza justo debajo del glande. Yo estaba al borde, temblando, con cada músculo tenso, pero ella no me dejaba llegar.
—Primero quiero oírte decirlo —dijo.
—¿Decir el qué? —jadeé.
—Que quieres que me acueste con él. Que quieres que Adrián me folle. Que quieres que te ponga los cuernos con él. Dilo en voz alta. Quiero oírte suplicarlo.
Sus manos no se movían y mi cuerpo gritaba por el final.
—No puedo —dije, pero mi voz sonaba débil, incluso para mí.
—Sí que puedes. Seguro que ya lo has imaginado. Ahora dilo.
Su pulgar, con su uña roja brillante, presionó justo debajo del glande. Un pequeño movimiento, apenas un milímetro. Mi pelvis se levantó sola y mi mente terminó por romperse. Tras tanto tiempo corriéndome en sus manos, mi cuerpo era incapaz de desear otra cosa.
—Quiero —empecé, y la voz me tembló—. Quiero que te acuestes con Adrián.
—Más alto.
—Quiero que Adrián te folle —dije, y las palabras salieron como un vómito.
—¿Y qué más?
—Quiero que me pongas los cuernos —la voz se me rompió en la última sílaba—. Quiero ver cómo te folla.
Sus manos se movieron de nuevo. Rápido. Sin piedad.
—Bien. Ahora córrete. Y piensa en ello mientras lo haces. En cómo va a ser cuando esté encima de mí, cuando me abra las piernas, cuando me meta esa polla tan dura.
Y lo hice. Con sus manos alrededor de mi polla, sus dedos apretando hasta el último espasmo y con su nombre en mis labios, pero con la imagen de Adrián clavada en mi cabeza, al cerrar los ojos.
Me corrí en su mano, caliente, temblando, los ojos totalmente cerrados y sintiendo que algo se rompía dentro de mí.
Y mientras el semen caliente resbalaba entre los dedos de Isabel, mientras mi cuerpo temblaba y mi respiración se entrecortaba, mi mente siguió allí. En la imagen que ella había introducido en mi cabeza. Adrián, con su espalda ancha y sus manos enormes, tumbando a mi mujer boca abajo, abriéndole las piernas y metiéndole esa polla que yo nunca había visto pero que podía imaginar perfectamente. Llenándola como yo nunca la había llenado.
El placer recorría cada parte de mi cuerpo, y una parte de mi mente no quería solo imaginarlo. Quería que fuese real. Quería que Adrián, o cualquier otro, le diera lo que yo no podía darle, y quería estar allí para verlo, para olerlo, para sentirme pequeño mientras ella temblaba bajo otro hombre.
Porque en ese momento, con el semen aún caliente cayendo por su mano, supe que ya no había vuelta atrás. Había decidido cruzar una línea, y estaba seguro de que Isabel también.
—Bien —dijo, limpiándose contra mi camiseta, sus dedos manchados de blanco—. Mañana más.
Se giró y se marchó a la ducha.
No volvimos a hablar de ello el resto del día, pero ambos teníamos claro lo que había pasado. Y lo que iba a pasar. Ese día, mi mujer había decidido volverme un cornudo y yo solo había podido correrme de placer al pensar en ello.
2 comentarios - La nueva vida de cornudo (parte 1)