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El Cambio de Alba

Mi nombre es Alba, soy una mujer de 50. Soy divorciada desde hace una década. Mi vida ahora gira en torno a mi hija, que ya es una joven adulta forjando su propio camino.

Me considero una mujer recatada. Prefiero los vestidos de colores suaves y elegantes, las conversaciones profundas, y encuentro más placer en una tarde de lectura. Mi hogar es mi santuario, un lugar donde puedo ser completamente yo misma sin juicios externos.

Una noche de martes como cualquier otro, estaba recostada en mi recamara, sumida en uno de esos pensamientos vagos. El silencio solo lo rompía el lejano del ajetreo de la calle.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró con esa notificación tan característica de Messenger. Sin darle mayor importancia, extendí el brazo y desbloqueé la pantalla. La notificación era de un perfil que no reconocía. 

Con recelo, pues no solía aceptar mensajes de extraños, toqué la conversación. La pantalla se cargó por un segundo y una imagen apareció. Era la imagen de un miembro masculino, erecto y de un tamaño que me resultó obscenamente desproporcionado.

Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de asco y una vergüenza ajena. Debajo de la imagen, un mensaje breve y directo: "Para usted".

Mi primer impulso fue el de la rabia. Mi pulgar se dirigió al botón de bloquear a ese desconsiderado individuo de mi existencia digital y borrar esa imagen ofensiva de mi memoria. 

Pero una oleada de indignación me inundó. ¿Y qué? ¿Pensará que soy un mero recipientes pasivos para sus impulsos, una de tantas mujeres destinadas a borrar y callar?

Con la mandíbula tensa, empecé a escribir mi reprimenda, un acto de rebelión contra la vulgaridad. Le daría una lección de respeto.

"Señor, no sé quién es usted, ni cómo ha obtenido mi contacto. Lo que usted ha hecho no es un cumplido, es una forma de acoso. Le sugiero que busque en otro lado a quien perturbar con sus pobres y patéticos intentos de llamar la atención".

Me sentí victoriosa, como si hubiera limpiado una mancha sucia de mi día. Me disponía a bloquearlo cuando la pantalla se iluminó de nuevo con una nueva notificación. Su respuesta.

"Le gusto? Así me pone usted al ver las fotos de su galería. ¿Me va a negar que su cuerpo no reaccionó a eso? Si no, ¿por qué me respondió?"

Me quedé inmóvil. ¿Fotos de mi galería? Un escalofrío recorrió. Un pánico ciego, comenzó a revolver mis recuerdos. ¿Qué fotos? ¿Había sido hackeada? ¿O había sido descuidada en algún momento? 

Y lo peor... esa pregunta final, retumbando en mi cabeza: "Si no, ¿por qué me respondió?". Porque era cierto. No lo había bloqueado al instante. Le había respondido. Le había dedicado tiempo, energía, palabras. 

Escribí de vuelta, intentando que mis palabras no delataran el caos que se apoderaba de mí.

"No sé de qué diablos está hablando. No tiene ninguna foto mía, le aseguro que no obtendría más de mi que asco. Soy una mujer de cincuenta años, no una niña impresionable. Su intento de intimidarme es patético. No se meta conmigo".

La respuesta llegó casi al instante. Y lo que vi me robó el aliento por completo.

"No se asuste, no es ninguna foto íntima, pero por lo que veo, las tiene, ¡¡eh!!".

El mensaje iba acompañado de un video. Con un nudo en la garganta, toqué para reproducirlo. La imagen se cargó y mi mundo se detuvo. 

Allí, sobre la pantalla brillante de una Tablet, estaba mi cara. Sonreía profesionalmente, con mi blusa de cuello alto y mi peinado impecable. Y sobre esa imagen, descansando pesadamente sobre mi sonrisa, estaba su miembro. 

Un grito ahogado se quedó atascado en mi garganta. No era hackeo. No era una foto íntima robada. Era mi imagen pública, la que había sido violada, convertida en el lienzo para su depravación. Mis dedos se movieron con una torpeza que me era ajena hasta que finalmente, logré teclear una respuesta.

"Usted está enfermo. Necesita ayuda profesional. Lo que está haciendo es delictivo, es una violación. Me da lástima. Deje de molestarme o se arrepentirá. Esto es su última advertencia".

Envié el mensaje y dejé el teléfono boca abajo sobre la colcha, como si pudiera quemarme a través de la funda. Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar esa imagen de mi retina, pero era inútil.

El teléfono vibró de nuevo. No quería mirarlo. Sabía lo que esperaba. Pero una morbosidad que me avergonzaba hasta la médula, me obligó a volver a voltearlo. La respuesta estaba allí.

"Aunque me lo niegue, sé que seguro tiene una humedad creciendo entre sus piernas".

Y debajo, otro video. La cámara estaba más cerca. Su mano se movía con una rapidez frenética sobre su miembro, que ahora estaba completamente erecto y apuntando directamente a la pantalla de la tablet. 

El sonido de su respiración agitada y el frote de su piel llenaban el silencio de mi habitación. Y entonces, vi el clímax. Un chorro espeso y blanco brotó con fuerza, salpicando la pantalla.

El semen se extendió sobre mi imagen, sobre mis ojos, mi sonrisa, manchándome. La imagen era poderosamente atrayente. El pensamiento me golpeó como una bofetada. ¿Atrayente? ¿Dónde había surgido esa palabra? Era asquerosa, era humillante... y, Dios mío, era magnética. No podía apartar la vista.
Mi cuerpo reaccionó. Un calor profundo se extendió por mi vientre, descendiendo hasta anidarse en el centro de mis piernas. Una humedad. Él tenía razón. Mi propio cuerpo me traicionaba, respondiendo a esa humillación con una pulsión primaria que no reconocía como mía.
Con una agitación que no entendía, volví a escribir. 
"No sabe nada de mí. Esto que me muestra... no es poder, es patético. Es la necesidad desesperada de un hombre pequeño de sentir que controla algo. ¿Cree que esto me da miedo? ¿O me excita? Solo me confirma lo que sospechaba: usted es un pobre diablo. 
Me sentía extrañamente fuerte, como si hubiera logrado darle la vuelta al tablero. Creí que lo había herido donde más le dolía: en su frágil ego. Esperaba una respuesta furiosa o quizás el silencio derrotado. Lo que recibió me desintegró por completo.
"Mañana quiero que me espere sobre su mesa de centro, recostada sobre ella boca abajo, empinada y con su falda arrollada en su cintura, sus pantys a media pierna y con sus manos abriendo sus nalgas".
Leí la frase una vez, dos, tres. Sentí náuseas, un rechazo visceral que me hizo encogerme sobre la cama. Era lo más repugnante que nadie me había pedido jamás.
Pero entonces, justo debajo de ese pensamiento de pánico, otra sensación comenzó a florecer, oscura y traicionera. Era excitación. Una punzada caliente y húmeda que se expandió desde mi vientre hasta el centro de mis muslos.
 La imagen que él pintaba con sus palabras era tan vívida, tan detallada, que mi cuerpo respondió a ella con un estremecimiento involuntario. Mis ojos, pegados a la pantalla, continuaron leyendo.
"Ya sabe lo que le haré, pero para eso necesito que me envíe su dirección... la decisión es suya".
Mi mente me ordenaba tirar el teléfono, llamar a la policía, bloquearlo, borrarlo todo. Pero mis manos ya no me pertenecían. Miré cómo mis dedos, con una autonomía aterradora, se movían sobre la pantalla. 
Abrieron el mapa. Pulsaron sobre el icono azul de mi ubicación. Y luego, con un toque que pareció durar una eternidad, presionaron "enviar".
Luego, su respuesta. Breve. Final. Aterradora.
"Nos vemos a las diez, deje la puerta abierta".
El teléfono se me resbaló de las manos. Quedé allí, inmóvil, mirando el techo sin verlo. Tomé un respiro profundo, tembloroso. No podía creer lo que acababa de pasar. No podía creer lo que yo acababa de hacer. 
La noche fue un infierno de insomnio. Cada vez que cerraba los ojos, su mensaje se grababa a fuego en el interior de mis párpados.
 "Es una broma", me repetía una y otra vez. "Un pervertido cobarde que solo se atreve en el anonimato de una pantalla. Nadie se atrevería. Nadie vendría". La lógica luchaba contra el pánico, pero ambas me robaban el sueño.
La mañana llegó gris y pesada. Intenté encontrar refugio en la rutina. Encendí la televisión, los noticieros parloteaban sobre cosas que me parecían de otro planeta. Abrí un libro, las palabras se convertían en manchas negras sin sentido. 
Mi mente no estaba allí. Estaba en la mesa de centro, escuchando el eco de su voz en mi cabeza. Y sí, también estaba viendo, una y otra vez, ese video. El chorro de semen manchando mi rostro sonriente. 
Un movimiento en el borde de mi visión me devolvió a la realidad. Miré el reloj de la pared. El mundo se detuvo. El sonido del televisor se desvaneció. El libro se me cayó de las manos. Las nueve y cincuenta y cinco. Recordé sus palabras con una claridad aterradora. "Deja la puerta abierta".
Mi corazón latía con fuerza. Me levanté como un autómata. Caminé hacia la puerta principal. Mi mano temblaba tanto que me costó trabajo girar el pomo. La abrí. La calle estaba desierta. Ni un coche, ni un vecino, ni un perro paseando. Solo el silencio y el sol mañanero. La dejé entreabierta, solo emparejada. Faltaban cinco minutos.
Con una incredulidad que me paralizaba, mis pies me llevaron de vuelta a la sala. Allí estaba. La mesa de centro. Mi mente gritaba, mi cuerpo se movía. Con movimientos torpes, subí la tela de mi falda hasta anidarla en mi cintura. Mis dedos engancharon mis pantys y los deslizaron hasta que quedaron atrapados a mitad de mis muslos.
Luego me recosté sobre el cristal frío y levanté mis caderas, como él había ordenado. Mis manos, temblando, se movieron hacia atrás hundiéndose en la carne de mis nalgas, abriéndome. Exponiéndome.
En esa pose podía ver el reloj de la pared. Las manecillas se movían con una lentitud cruel. Y justo debajo, en su marco de plata, el retrato de mi hija, sonriendo, ajena a todo. 
Entre el reloj que marcaba mi cuenta regresiva y la inocencia de mi hija, estaba yo. Alba. Temblando. Exponiendo lo más íntimo de mi ser en el centro de mi propio hogar, esperando a un fantasma que me había deshecho con solo palabras.
La manecilla del segundero avanzaba, cada tic un latido en mi sien. Diez segundos. Nueve. Ocho. El silencio en la casa era absoluto. Siete. Seis. Nada. No oía nada en la calle. Cinco. Cuatro. Miraba para todos lados. Tres. Dos. Qué estúpida y patética tonta. Me había dejado llevar por la fantasía de un pervertido anónimo, por la traición de mi propio cuerpo. 
Estaba allí, en mi propia sala, expuesta y en una posición ridícula para... para nada. Uno. Las diez en punto. La risa se liberó, un sonido seco y triste. Me relajé, los músculos que había mantenido tensos en obediencia se aflojaron. 
Estaba a punto de levantarme, de terminar con esta pesadilla y reírme de mi propia locura, cuando algo sonó. Un rechino largo y agudo. Las bisagras de la puerta principal.
La risa murió en mis labios. Mi corazón, que apenas se estaba calmando, se lanzó de nuevo en una carrera frenética. Escuché unas pisadas. No eran apresuradas ni nerviosas. Eran lentas, calculadas. Paso a paso. Hacia mí.
No me atreví a voltear. Seguí con la cara hacia abajo, mis manos todavía abriendo mis nalgas, mi cuerpo ahora rígido como una estatua de piedra. 
Sentí una presencia detrás de mí, una sombra que me cubría, un calor que no era mío. Luego, la voz. Era la misma de mis peores sueños, pero ahora era real, vibrando en el aire de mi casa.
"Vaya, sí que había imaginado tremenda visión... pero esto, esto sí que es un culo hermoso".
Sentí una ráfaga de aire caliente cerca de mi ano. Se estaba inclinando. Me estaba oliendo. La humedad en mi vagina había comenzado. Podía sentir cómo me lubricaba hasta escurrir lentamente por el interior de mis muslos. La vergüenza y la excitación se mezclaban en un cóctel embriagador y nauseabundo.
"La tienes peludita", susurró. Su aliento caliente rozando mi piel más íntima. "Así es más rico!!".
Tenía razón. Desde el divorcio había abandonado esa rutina de depilación. Me daba pereza, me parecía una farsa. Y ahora, este hombre, este violador de mi espacio, estaba comentándolo. Validándolo.
 Y mi maldito cuerpo, respondía a sus palabras con una nueva ola de calor. Me sentía expuesta no solo físicamente, sino en mi descuido, en mi intimidad más descuidada.
El sonido de su respiración era un ronroneo bajo, animal, y al aspirar. Un sonido húmedo y profundo, como si estuviera intentando atrapar mi olor, absorberlo, hacerlo suyo. Y eso, Dios, eso me excitaba de una forma que mi mente se negaba a procesar. Era tan primitivo que mi vagina respondió con otra ola de lubricación.
Escuché el crujido de sus rodillas al enderezarse, el sonido de sus botas separándose un poco más en el suelo. Y luego, el metálico sonido de una cremallera bajando. La imagen de su miembro, enorme y arrogante en los videos, me golpeó la memoria. Sentí una punzada en el estómago, una mezcla de pánico y un hambre voraz.
Y entonces, lo sentí. Un calor, una dureza de piel viva frotándose contra mi vagina. No entraba, solo se deslizaba mojándose con mi excitación. Mis labios, obedeciendo a un impulso que no era mío, parecían abrirse solos, para besarlo, para saludarlo. 
Frotó una vez, dos, tres veces, un masaje lento y tortuoso que me tenía al borde de la locura.
Y de pronto, se detuvo. La ausencia de su contacto fue un shock.
"¿Ya le has dado el culo a alguien? ¿A tu marido?".
La pregunta me heló la sangre. Mi marido. En todos nuestros años de matrimonio, esa había sido una línea que nunca cruzamos. Una barrera de recato, de... no sé, de decencia quizás. Nunca lo permití. A nadie.
Continuó, su voz un murmullo bajo y seguro que vibraba sobre mi espalda. 
"¡¡Yo creo que no... porque si pudieras verte, tu ano palpita impaciente!!".
La vergüenza. Sabía que tenía razón. Podía sentirlo, una contracción rápida y ansiosa en mi entrada trasera, un pulso que delataba mi curiosidad y mi miedo. Contesté un "no" seco, contenido, casi inaudible. Una confesión.
Tan pronto como la sílaba abandonó mis labios, lo sentí de nuevo. Pero esta vez no fue en mi vagina. Sentí la punta de su glande, lisa y caliente, frotándose con una lentitud deliberada contra los pliegues de mi ano. Un gemido involuntario y tembloroso, se me escapó de lo más profundo de mi garganta. Un sonido de pura rendición.
Cerré los ojos, abandonándome por completo a esa fricción lenta y deliberada. Cada movimiento de su glande era una promesa, una amenaza que mi cuerpo recibía con un temblor ansioso. Disfrutaba esa sensación prohibida, ese juego en el umbral de algo que nunca había explorado.
Sin avisar, el contacto desapareció. La ausencia fue tan brusca que abrí los ojos, confundida. Pero antes de que pudiera procesar, una humedad caliente y sorprendente me hizo estremecer. Su lengua. Hacía círculos lentos, explorando esa zona con una delicadeza brutal que me desintegraba por dentro.
Mis ojos se pusieron en blanco. Mi mente, casi me abandona por completo, incapaz de procesar la intensidad de lo que estaba sintiendo. Y de pronto, su lengua me traspasó. La sentí entrando en mí, firme y húmeda, moviéndose dentro. 
Un grito ahogado se perdió en mis manos. Antes cumplían su orden de mantenerme abierta, ahora inútiles intentaban callarme. El control se había desvanecido. Ya no era mío. Era suyo.
Mi vagina decidió explotar. Un orgasmo me golpeó como una ola gigante. No era un orgasmo que yo conociera; este nació de la humillación, de la prohibición, de esa lengua que me violaba de la forma más íntima imaginable. Era un clímax tan poderoso que mi cuerpo se convulsionó sobre la mesa.
Medio arqueé la cabeza hacia atrás, el cuello tenso, la boca abierta en un silencio absoluto. Mi lubricación escurría y goteaba, golpeando contra el piso de madera con unos pequeños "plink, plink, plink" que eran la banda sonora de mi completa y total rendición. Era el sonido de mi recato hecho pedazos.
Miré hacia adelante, a través del cristal empañado de la mesa, pero no veía nada. Solo el caos de placer que me inundaba. Y entonces, su voz, cortando el aire como un latido.
"Mira nada más, si resultaste ser toda una puta".
La palabra no me golpeó. No me ofendió. En medio de los temblores de mi orgasmo, me sentía definida. Toda mojada y abierta, esa "puta" era yo, y en ese momento, no había nada más glorioso.
Sin darme tregua, una mano se enredó en mi cabello y me jaló hacia atrás con una fuerza brusca. En esa posición forzada, con mi espalda curvada, mi rostro levantado hacia el techo, pude sentir el verdadero terror de la excitación. Mi ano se contrajo en una patética resistencia, cerrándose ante la inminente invasión.
Sentí la presión de su glande, enorme y duro, contra mi entrada. Un "ahhh" se me escapó, un sonido que mitad era miedo y mitad anhelo. Y sin más, sin preparación, sin clemencia, sentí cómo mi esfínter cedía.
El estiramiento fue brutal. Un dolor agudo y seco me recorrió como un rayo. Cada milímetro que avanzaba sentía que desgarraba mis paredes internas, que me abría de una forma que mi cuerpo no estaba diseñado para soportar. 
Intenté articular palabras, una súplica, un grito. "Para... por favor... es tan dolor... roso...", logré balbucear, las sílabas rotas por jadeos y sollozos. Mis caderas sentían que se rompían, la presión era insoportable. Me sentía tan llena, que pensaba que reventaría mis intestinos.
Justo cuando creí que no podía aguantar más, que iba a desgarrarme por completo, escuché su voz, calmada, casi burlona, resonando sobre mi espalda.
"Calma, si apenas va la mitad".
Me sentía empalada, unida a él por esa barra de carne caliente y dolorosa que me atravesaba. Sentí el peso y la textura rugosa de sus testículos golpear contra mis nalgas. Estaba dentro de mí, por completo. 
Por un instante irracional pensé que su miembro iba a salir por mi boca, a perforarme por completo. Y esa imposibilidad grotesca, esa idea de ser traspasada de arriba abajo, me excitaba con una ferocidad que me asustaba más que el propio dolor.
Y entonces, comenzó a moverse.
Las embestidas eran brutales. No había ritmo, no había consideración. Solo golpes secos y profundos, acompañados de gruñidos bajos que salían de su pecho, de insultos susurrados entre dientes y jadeos ahogados. 
Cada empuje me lanzaba hacia adelante, mi pecho rozando el cristal frío de la mesa, y me jalaba de vuelta hacia atrás. Me traía y me sacaba de la realidad. Ya no era Alba. Era un cuerpo sin voluntad, un objeto siendo utilizado. Era obsceno. Y era real.
Escuché su voz entre los ruidos de nuestros cuerpos chocando, una mezcla de asco y deleite.
"Eres una puerca! Tienes el tanque lleno".
Mi poca razón, sumergida en un mar de dolor y placer, tardó un segundo en entender a lo que se refería. Y cuando lo hizo, una ola de vergüenza tan profunda que me hizo desear desaparecer me inundó. 
No había ido al baño esa mañana. Mis intestinos estaban llenos... de suciedad. Era humillante. Era lo más degradante que se me podía ocurrir.
Pero él no parecía disgustado. Al contrario, no dejaba de meter y sacar su pene, y con cada embestida repetía, como un mantra: "¡Qué rico! Así es mejor, sacarle la mierda, una señora tan fina".
Y en medio de ese caos, mi mente me llevó a otro lugar. Pensé en mis amigas. En Carmen, en Laura. En nuestras reuniones de café, en nuestras conversaciones sobre libros, sobre nuestros hijos, sobre lo "difíciles" que eran nuestros maridos. 
¿Qué dirían si pudieran verme ahora? A mí, Alba, la recatada, la discreta, la de las faldas hasta la rodilla y las blusas de cuello alto. ¿Qué dirían si me vieran aquí, sobre mi mesa de centro, con un hombre que no conozco desgarrándome por detrás, llamándome puerca mientras me llenaba de su miembro? 
La imagen era tan absurda, tan terrible, que un nuevo y perverso calor se extendió por mi vientre.
Mientras me seguía embistiendo con una ferocidad que me robaba el aliento, sentí cómo sus palabras me golpeaban tan fuerte como su cuerpo.
—¡Te estás cagando! —gritó, con una voz ronca de placer—. ¡Vaya que tu culo es apretado, pero no te puedes contener!
Nunca había hecho esto, jamás me habían penetrado por ahí, y menos con una brutalidad semejante. Y lo peor, lo que me llenaba de un pánico y una excitación a la vez, era que mi cuerpo estaba reaccionando. Estaba avergonzada, sí, pero también extasiada.
De pronto, paró. La detención fue tan brusca como su inicio. Sentí cómo ese miembro enorme me iba saliendo del ano, centímetro por centímetro, desgarrándome con una lentitud tortuosa hasta que terminó con un "pop" obsceno que resonó en la silenciosa sala. 
El vacío que dejó fue inmenso, una sensación de abandono tan profunda que me hizo gemir. Estaba temblando, con el cuerpo pegado a la mesa de centro y la mente completamente en blanco.
Me ordenó jalando de mi cabello y poniéndome de rodillas contra el piso. Caí sobre el charco tibio de mis propios orgasmos, sin fuerzas para sostenerme. Y por primera vez, vi esa verga enorme y descomunal en vivo, palpitando y completamente llena de mi suciedad.
Volteé hacia arriba, buscando su rostro. Era apenas un joven, de unos veintitantos. Podría ser el hijo de alguna de mis amigas, podría ser mi hijo. El desconcierto me paralizó por un segundo ante de que su voz me devolviera a la cruda realidad.
—Anda, ¿qué esperas? Limpia mi verga. Mira como la dejaste embarrada de tu mierda.
La mujer decente que fui sentía un tirón irresistible hacia esa humillación.
La respetable Alba, arrodillada ante un muchacho a punto de lamer su propia suciedad de un miembro que la destrozó. 
Mi mano temblaba mientras levantaba esa mole lentamente, acercándome a esa carne sucia y caliente. 
Él no esperó más a que mi titubear se resolviera. Me tomó del pelo de la nuca con firmeza y me dio un pequeño empujón. Justo lo necesario para que su glande, rozara mis labios. El contacto fue como una chispa. Por increíble que parezca, abrí la boca.
Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la realidad. Su miembro comenzaba a invadirme, sobre estirando mis labios hasta el límite. La entrada fue lenta, deliberada. Él me estaba haciendo sentir cada centímetro, me estaba obligando a ser consciente de mi propia sumisión.
Y luego vino el sabor.
Fue un impacto directo a mi paladar. Salado, terroso, amargo... era mi propio excremento. La revelación me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Estaba a punto de vomitar, de rechazarlo, de gritar. 
Pero algo dentro de mí, algo oscuro y retorcido, se aferró a esa humillación como si fuera el último bote salvavidas en un mar de locura. Y por alguna razón que aun no entiendo, no dejé de chupar.
Comencé a succionar como un bebé, con una necesidad primaria. Mi lengua, sin que yo se lo ordenara, comenzó a explorar cada pliegue, cada textura de su carne sucia. Solo podía tomar apenas el tercio de su miembro, era demasiado grande para mi boca, pero lo trataba con una devoción casi religiosa, como si estuviera purificándolo con mi saliva.
Ya no pensaba en mis amigas, en mi hija, en la mujer que solía ser. Solo existía ese momento: yo, de rodillas, con la boca llena de él y mi propia suciedad, sintiendo cómo el poder se desvanecía de mi cuerpo para concentrarse en la erección palpitante que tenía entre mis labios.
Y de pronto, sentí cómo me obligaba a introducir más. Mi instinto de supervivencia se activó, mis ojos se abrieron de par en par, y mis manos subieron instintivamente para apoyarme contra sus muslos, una forma de detener la invasión, pero no para rechazarlo, sino para soportarlo.
Fue entonces cuando sentí cómo se dislocaba mi mandíbula, un dolor agudo y repentino que se mezcló con una extraña sensación de plenitud. Continuó su avance, curvándose hacia abajo, hasta que sentí su cabeza golpear el fondo de mi garganta. Empujó más allá, y seguí la curva de mi cuello hasta que, de forma imposible, sus testículos pesados y calientes descansaron contra mi barbilla.
Las arcadas aparecieron de inmediato, un espasmo violento e incontrolable que hizo temblar todo mi cuerpo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, salando mi piel y mezclándose con el sudor. Me estaba ahogando en él, y él lo sabía.
Mi vagina, esa parte de mí que había sido ignorada en esta brutalidad, no hacía más que escurrir. Un torrente de mi excitación me corría por los muslos, una traición absoluta a mi propio cuerpo.
 El dolor de mi mandíbula, la falta de aire, las lágrimas que me cegaban... todo se fusionó en una única y abrumadora sensación de ser usada, de ser reducida a un simple agujero para su placer.
La retirada de su verga fue lenta, casi tortuosa. Sentí cada centímetro de carne abandonando mi garganta, dejando un rastro de saliva y mi propia suciedad. Cuando estuvo afuera apenas la mitad, se detuvo. Y entonces comenzó el verdadero ataque. 
Empezó a mover su cadera, a usar mi boca como si se masturbara con mis labios. No era una felación, era una violación. Yo era un objeto inanimado diseñado para su gratificación. Y lo peor mi cuerpo se había rendido, mi mente se había rendido. Ya no luchaba. Solo estaba allí, de rodillas, siendo usada.
Fue en ese preciso momento sonó mi celular. El tono era inconfundible, era el que había puesto para mi hija, Lore. Una melodía alegre que ahora sonaba como una burla cruel en medio de aquella depravación. 
Lo miré sin decir palabras, con los ojos llenos de una súplica silenciosa. Una lágrima nueva, diferente de las anteriores, se deslizó por mi mejilla.
Él sonrió, una mueca sádica que comprendió todo al instante. Con una agilidad alcanzó mi celular, desbloqueó la pantalla con mi propio rostro —¡Dios mío, lo tenía configurado así! — y contestó la llamada. Luego, con una crueldad calculada, me lo puso en la oreja, pero sin sacar su miembro de mi boca.
—¿Mamá? ¿Me oyes? —La voz de mi hija sonó clara y feliz al otro lado de la línea.
Con su miembro todavía moviéndose lentamente en mi boca, luché por controlar mi respiración, para que no sonara como lo que era: el jadeo de una mujer siendo usada.
—L-Lore, cariño... —logré decir, con la voz pastosa y ahogada. El sonido que salió de mí era extraño, gutural—. Sí... sí te oigo, mi amor.
—¡Qué bien! Te llamaba para avisarte que mañana voy a pasarte a visitar. Pensaba llegar sobre el mediodía, ¿te viene bien? ¿Hacemos algo para comer? Hace tiempo que no nos vemos a solas.
Cada palabra de mi hija era una puñalada. Mientras ella hablaba de planes inocentes, él comenzó a moverse de nuevo, más profundo. Las lágrimas brotaron de nuevo, esta vez de pura humillación.
—Ma...ñana... —gagí—. Sí, mañana... me viene... viene bien, cielo. Pero... pero es que mañana no me iría bien... tengo... ugh... tengo muchas cosas que hacer. Un compromiso.
—¿Un compromiso? ¿El sábado? Mamá, nunca tienes nada el sábado. ¿Qué es? ¿Algo importante?
Él aceleró el ritmo, embistiéndome con más fuerza. Sentía cómo sus testículos golpeaban mi barbilla con cada embestida.
—Es... es que... —tragué saliva, con el sabor a mi propia porquería impregnado en mi lengua—. Es un... un tema con... con la comunidad. Sí, de la comunidad del edificio. Es... es urgente, cariño. No puedo faltar. Lamento mucho.
—Oh, vaya. Pues qué pena. ¿Y para el domingo? ¿O la semana que viene?
Mientras mi hija hablaba, sentí cómo él se tensaba. Un gruñido bajo escapó de su garganta. Su cuerpo se endureció y, de repente, una explosión de líquido caliente y espeso llenó mi boca. Era tanto que no podía contenerlo. Se derramó por los lados de mis labios, cayendo sobre mi pecho y mis piernas.
—¡Mamá! ¿Estás ahí? ¿Te pasa algo? ¡He oído un raro!
Tragué con toda mi fuerza, sintiendo cómo su semen se mezclaba con el resto de la inmundicia en mi garganta.
—No, no, cariño. Es que... he atragantado un poco con agua. Sí, nada más. El domingo sí, el domingo perfecto. Llámenme y lo vemos, ¿vale? Te... te quiero.
—También te quiero, mamá. Cuídate. Mañana hablamos.
Colgué. Él retiró su miembro de mi boca con un "pop" húmedo y obsceno. Me miró desde arriba, con una sonrisa de triunfo absoluto. Yo solo podía quedarme allí, arrodillada, con el rostro cubierto de lágrimas, semen y mis propios fluidos, habiéndole mentido a mi hija mientras era usada como un objeto desechable.
El sabor de su semen, salado y agrio, se mezclaba con el de mi propia suciedad en un cóctel de depravación que me quemaba la garganta. Pero cuando logré enderezarme, vi que él seguía allí, de pie, imponente. Erecto, desafiante.
Con un movimiento brusco, me agarró de los brazos y me recostó boca arriba sobre la mesa de centro. Mis pantys, que aún colgaban rotos a mitad de mis piernas, no le ofrecieron ninguna resistencia. Con un tirón seco, los rompió por completo, separando mis extremidades con una fuerza.
Sujetó mi nuca con una mano, sus dedos enterrándose en mi cabello, forzándome a mantener la mirada en él. Con la otra mano, tomó su miembro y comenzó a frotar su glande contra mis labios vaginales, ya húmedos y hinchados por la excitación.
—¿La quieres? —su voz era un murmullo bajo, cargado de poder—. Anda, pídemela. Pídeme que te coja como una puta.
Sus palabras fueron como una llave que abrió la última puerta de mi inhibición. Ya no había vuelta atrás. La mujer recatada, la madre solícita, la amiga respetable... todas murieron en esa mesa de centro.
—¡Sí! —grité, con una voz que no reconocía como mía—. ¡Quiero esa verga! ¡Cógeme, por favor! ¡Cógeme como a la perra que soy, rómpeme, úsame, hazme tuya!
El torrente de vulgaridad que me asustó y me excitó a la vez. Era la forma más depravada y humillante de pedir lo que ansiaba, y eso le dio el combustible que necesitaba.
Con un rugido de triunfo, se lanzó hacia mí. Sentí cómo su miembro me penetraba de un solo golpe, brutal y sin piedad. No hubo delicadeza, no hubo preparación. Fue una invasión total. Me abrió como nadie lo había hecho antes, estirándome hasta el límite del dolor y el placer. 
Cada embestida era más profunda, más fuerte, haciéndome sentir que me partía en dos. Mis piernas temblaban, mis manos se aferraban a los bordes de la mesa mientras él me poseía con una ferocidad animal, reclamando cada centímetro de mi cuerpo como su propiedad. 
El tiempo se perdió en una neblina de carne y dolor. No sabía si habían pasado minutos o horas. El mundo se redujo a los sonidos de nuestros cuerpos: mis gemidos ahogados mezclados con sus gruñidos animales, el golpe rítmico de su pelvis contra la mía, el crujido de la mesa de centro que amenazaba con romperse bajo nosotros. Cada embestida era un recordatorio de mi sumisión, una afirmación de su poder sobre mí.
Hasta que sentí su descarga.
Fue potente, como todo lo que él hacía. Una explosión de calor que inundó mi útero, tan abundante que sentí cómo se desbordaba, escurriéndose por mis paredes vaginales y saliendo al exterior.
Caí rendida sobre la mesa, completamente exhausta. Mi cuerpo ya no respondía, era solo un saco de huesos y carne temblando. Sentí cómo su verga me abandonaba por última vez, dejándome vacía, abierta, usada. 
Quedé allí como una muñeca rota, con las piernas colgando inerte de los bordes de la mesa y su semen goteando lentamente de mí, formando un charco en el suelo de madera.
Mientras yo yacía inmóvil, él se arregló con una rapidez insultante. Se subió los pantalones, se ajustó la camisa, como si no hubiera acabado de destrozarme. Me miró desde arriba, con una mezcla de desdén y satisfacción.
—Eres una de las mejores putas que me he cogido —dijo, con la voz casual de quien comenta el tiempo—. Estate atenta a tu celular, porque seguro lo repetiremos.

Y con esas palabras, se dio la vuelta y se fue. Me dejó allí, sola, en medio de mi sala, destrozada y humillada en ese charco de semen y vergüenza. Pero una parte de mí, una parte oscura y retorcida, alcanzo a sujetar el cel. y ponerlo contra el pecho, ya estaba esperando el siguiente mensaje.

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