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Travesti cornudo: Mi esposa sale a ligar y yo en casa 2

El sonido de la puerta resonó en la sala al cerrarse, seguido por el taconeo de Gabriela y las pesadas pisadas del hombre que la acompañaba. No hubo saludos ni miradas hacia mí; ellos entraron como si mi casa les perteneciera, ignorando mi presencia completamente. Me quedé clavado en el centro de la sala, con mis manos juntas y nerviosas retorciendo el borde del vestido entallado, mientras ellos caminaban directamente hacia el sofá de la sala.
Se dejaron caer sobre los cojines, y al instante sus bocas se encontraron en un beso húmedo, ruidoso y brutal. Él la agarró por la nuca con fuerza, inclinándola hacia atrás, mientras ella suspiraba y respondía con una avidez que me hizo sentir un nudo en la garganta y un calor en la entrepierna. Yo era invisible, un mueble más en la escena, condenado a observar cómo ese hombre devoraba a mi esposa con una autoridad que yo jamás poseería. El ruido de sus lenguas chocando y el roce de la ropa llenaban el silencio de la casa, amplificando mi vergüenza y, al mismo tiempo, esa excitación intensa que me recorría la espalda.
Entre beso y beso, él separó los labios de ella apenas un centímetro y, sin siquiera voltear a verme, le susurró algo con voz ronca y profunda que alcancé a distinguir.
—Quiero marcar mi territorio aquí, ahora —dijo él.
Gabriela soltó una carcajada, acariciando el pecho musculoso de él a través de la camisa. —Hazlo, papi. Hazle ver quién manda.
Fue entonces cuando él finalmente giró la cabeza hacia mí. Su mirada fue fría, evaluadora, como si estuviera inspeccionando a un animal de carga. Me señaló con un dedo, un gesto imperioso que no admitía réplicas.
—Tú, ven aquí —ordenó.
Mis piernas se movieron antes de que mi cerebro pudiera procesar la orden. Me acerqué hasta estar frente a ellos, temblando ligeramente con los tacones claveteados contra la madera. Él se recostó, abriendo las piernas con prepotencia, y señaló su entrepierna.
—Ábreme el pantalón. Sácalo.
Mis manos sudorosas temblaban mientras alcanzaba por el cinturón de cuero. La hebilla crujió al desabrocharse, y el zípper bajó con un sonido metálico que pareció un trueno en la sala. Desabotoné el pantalón y, con el corazón golpeándome las costillas, bajé la ropa interior hasta que su miembro, grueso, semi-erecto y oliendo a sexo y masculinidad, se liberó ante mis ojos. Gabriela observaba la escena con una sonrisa pícara en los labios rojos, disfrutando de mi degradación.
—Tócalo —dijo él. —Mastúrbalo. Hazlo duro para mí.
Introduje mi mano en su ropa interior y envolví su verga. Era pesada, caliente y mucho más grande que la mía. Comencé a mover la piel arriba y abajo, sintiendo cómo se endurecía en mi palma a cada golpe. La humillación se quemaba en mis mejillas, pero mi pequeño pene, presionado dentro de mi tanga, latía con una vida propia. Gabriela se rió, un sonido agudo y burlón.
—Míralo —dijo ella, dirigiéndose a él pero señalándome a mí. —Mira a mi perrito obediente, tan feliz de servirte. Le encanta tener una verga de verdad en la mano, ¿verdad, maricón?
Asentí con la cabeza, incapaz de hablar, sintiendo las lágrimas de vergüenza picándome en los ojos, pero sin detener el movimiento de mi mano. Él gruñó de satisfacción, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y cerrando los ojos un momento, disfrutando de mi servicio servil. Me emocioné un poco la verdad, muy trabajo dio frutos.
—Ya está —dijo él de repente, apartándome la mano con brusquedad. —Ahora ayúdame a meterla en tu esposa.
Mi estómago dio un vuelco, pero mi obediencia era automática. Gabriela se recostó en el sofá, levantando su falda y abriendo las piernas, revelando que no usaba ropa interior. Su sexo estaba húmedo, brillante y listo. Me arrodillé entre las piernas de ambos, mi rostro a centímetros de donde sus cuerpos se unirían. Con una mano, agarré el miembro erecto de él, y con la otra separé los labios de Gabriela. La guía hacia su entrada fue un acto de traición y sumisión absoluta. Sentí la cabeza de su pene rozar mis dedos mientras penetraba a mi esposa.
Él empezó a moverse, embistiendo con fuerza. Gabriela gritó de placer, agarrándose los brazos del sofá. Yo permanecí allí, de rodillas, observando el espectáculo de primera fila. La vista de su verga deslizándose hacia adentro y hacia afuera de ella, estirando su piel, hundiéndose en lo que yo supuestamente debía proteger, era hipnótica y devastadora.
Travesti cornudo: Mi esposa sale a ligar y yo en casa 2

—Mira bien, Luna —gritó ella entre jadeos. —Así es como se coje a una mujer. Así es como se siente un macho de verdad.
Él la tomó por las caderas y aumentó el ritmo, los golpes eran fuertes, haciendo crujir el sofá. Yo, en un impulso irrefrenable, me incliné y comencé a acariciar sus testículos mientras él la penetraba, masajeándolos suavemente.
—gracias...—susurré, mi voz quebrada. —Gracias por follarla como yo nunca podría.
El hombre miró hacia abajo, hacia mí, y sonrió con desdén.
—Maldito maricón —dijo él, sin dejar de embestir. —Disfrutas viendo cómo te la quito, ¿eh?
—Sí, señor —respondí, sintiendo la última pizca de dignidad abandonar mi cuerpo.
Después de lo que pareció una eternidad de golpes y gemidos, él se detuvo de golpe.
—Vámonos a la cama —ordenó.
Se levantaron, dejándome en el suelo, y caminaron hacia el dormitorio principal. Yo los seguí como un espectro. En la cama, la escena continuó con frenesí. Él la tomó a cuatro patas, y ella gritó su nombre. Al final, cuando él estuvo a punto de correrse, se retiró y se puso de pie junto a la cama.
—Vengan, putas —dijo.
Gabriela y yo nos acercamos de inmediato. Él se masturbó frente a nuestros rostros con movimientos rápidos y violentos.
—Abran la boca —gritó.
Ambos abrimos las bocas, lenguas al aire, esperando su premio. Con un rugido, eyaculó. La primera ráfaga cayó sobre la lengua de Gabriela, la segunda dio de lleno en mi boca y el resto salpicó nuestros labios y mejillas. El sabor era salado, fuerte y potente. Él nos miró, exhausto.
—Compártanlo.
Gabriela agarró mi nuca y me llevó hacia ella. Nuestros labios se encontraron en un beso lleno de semen, pasando su líquido de una boca a otra, lamiéndonos las caras, limpiándolo todo mientras él observaba con los brazos cruzados.
—Mira a mi esposo —dijo ella, separándose de mí con un hilo de esperma conectando nuestros labios. —Un maricón tragasemén disfrutando de la verga de otro hombre. Eres patético, Luna.
Él se comenzó a vestir, arreglando su ropa con calma.
—Me voy, putas —anunció. —Pero volveré. La próxima vez, voy a coger también al esposo. Voy a romper ese culito.
—Lo esperaremos, papi rico—dijo Gabriela, sonriendo.
—Sí, señor... gracias —agregué, sintiendo una mezcla de terror y emoción.
El hombre salió del cuarto y luego escuché la puerta principal cerrarse. Gabriela se volteó hacia mí, su expresión cambiando de lujuria a una burla fría y calculadora. Me empujó suavemente hacia atrás hasta que caí sobre la cama, con mi vestido levantado y mi tanga expuesta.
—Qué puta eres, Luna —dijo, acercándose y recorriendo mi cuerpo con la mirada. —Te excitó ver todo eso, ¿verdad? Eres inútil como hombre, pero eres un excelente juguete.
Se paró sobre la cama, dominándome desde arriba.
—No te toques —ordenó, notando que mis manos se dirigían instintivamente a mi entrepierna. —Quiero ver si puedes venir solo con esto, ¡limpiame!
Comenzó a insultarme, describiendo lo que acabábamos de hacer, lo bien que él la había cogido y lo patético que yo me veía de rodillas. Con cada insulto, con cada descripción gráfica de su verga dentro de ella, sentí una presión crecer en mi abdomen. No me tocaba. Mi pene estaba flácido dentro de la tela apretada, dolorosa y húmeda de pre-cum. Pero el estímulo mental, la humillación verbal absoluta, estaba llegando al límite.
—Eres un maricón que se corre en su tanga sin ni siquiera tener una erección —dijo ella, riéndose. —Hazlo. Ven para mí ahora.
Mi cuerpo se tensó como un arco. Sin una sola caricia en mi miembro, sin que estuviera siquiera erecto, el orgasmo me golpeó como un tsunami. Un gemido ahogado escapó de mi garganta mientras sentía cómo el semen se derramaba caliente y líquido dentro de la tela de la tanga, manchándome, humedeciéndome, una prueba física de mi derrota total y mi sumisión absoluta. Gabriela se rió a carcajadas, viendo la mancha crecer en mi entrepierna, sellando mi destino como su marido cornudo, usado y travesti.
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3 comentarios - Travesti cornudo: Mi esposa sale a ligar y yo en casa 2

bluesold11 +1
Excelente calidad de relato,me dejó como Luna todo el precum en mí tanga.... gracias

infiel