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Abuela y su Niño Enfermo parte 4

A medida que pasaban las semanas, empecé a fijarme más en su silencio. Mi abuela nunca preguntaba directamente. Nunca decía “esto no está bien” ni se sorprendía de la cantidad de semen que salía de mí. Simplemente actuaba. Sus ojos se volvían suaves, casi distantes, y hacía lo que le pedía con una naturalidad que me ponía aún más cachondo.
Abuela y su Niño Enfermo parte 4

Noche del 18 de julio
Estaba lloviendo. Le pedí que se quedara a dormir conmigo otra vez. Se puso un camisón corto color crema que apenas le tapaba el culo. Me acurruqué contra ella en cucharita y, como ya era costumbre, saqué mi polla gruesa y empecé a frotarla lentamente entre sus nalgas, por encima del tanga negro que llevaba.
Ella permanecía en silencio. Solo se escuchaba su respiración, un poco más profunda de lo normal. No se movía, no protestaba, no decía nada. Sentí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente cada vez que el glande hinchado rozaba cerca de su entrada, pero seguía callada.
Cuando me corrí, soltando chorros abundantes sobre su espalda baja y empapando el tanga, ella solo dejó escapar un suspiro largo y tembloroso. Luego, sin decir una palabra, tomó una toallita de la mesita y se limpió con movimientos lentos, casi ausentes. Me acarició el pelo y susurró:
—Duerme, mi niño.
Nada más.
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Noche del 25 de julio
Esa noche decidí probar hasta dónde llegaba su silencio. Le dije que el ardor estaba muy fuerte y que necesitaba que usara la boca más tiempo.
Se arrodilló entre mis piernas solo con el top blanco corto y un tanga rojo. Sus manos envolvieron mi verga gruesa y empezaron a masturbarla con movimientos firmes y cariñosos. Luego se inclinó y comenzó a dar besos por todo el tronco, como siempre.
Pero esta vez no pedí solo besos.
—Abuela… métela más… necesito sentir calor adentro.
Ella me miró un segundo. Sus ojos tenían algo distinto: una mezcla de confusión, ternura y algo más profundo que no supe identificar. No dijo ni una sola palabra. Simplemente abrió la boca y dejó que mi polla gruesa entrara entre sus labios. Chupó con lentitud, tomando varios centímetros, su lengua moviéndose suavemente debajo del glande. Sus ojos estaban medio cerrados.

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Mientras yo gemía y empujaba suavemente entre sus labios, ella permanecía en completo silencio, salvo por los sonidos húmedos de su boca trabajando mi rabo. Cuando empecé a correrme, llenándole la boca con leche espesa, tragó todo sin quejarse, sin apartarse, sin hacer ningún comentario. Solo un leve temblor en sus manos.

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Después se limpió los labios con el dedo, se acostó a mi lado y me abrazó. Silencio absoluto.
Noche del 2 de agosto
Esta fue la más intensa hasta ahora.
Le pedí que se quitara el top y se quedara solo con un tanga negro. Sus pechos grandes y caídos quedaron libres, balanceándose mientras me masturbaba con las dos manos. Mi polla gruesa brillaba de aceite y precum.

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—Abuela… quiero frotarme entre tus tetas esta noche. Me alivia mucho el contacto suave.
Ella no respondió con palabras. Solo se colocó encima de mí, se inclinó hacia adelante y presionó sus pechos caídos alrededor de mi verga. Sus manos los sostuvo mientras yo movía las caderas, follando el canal caliente y blando que formaban sus tetas.

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Su mirada estaba baja, fija en mi polla entrando y saliendo entre sus pechos. Respiraba más agitada, pero seguía callada. Solo se escuchaban mis gemidos y el sonido húmedo de la carne contra carne.

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Cuando me corrí, pinté sus tetas, su cuello y parte de su barbilla con semen espeso. Ella se quedó quieta unos segundos, mirando cómo mi leche corría por su piel. Luego, sin decir nada, tomó una toalla y se limpió con movimientos lentos y metódicos.

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Esa noche durmió pegada a mí, con mi semen aún seco en alguna parte de su piel. Su silencio se había vuelto más pesado, más cargado.
Reflexión de Iván
Empecé a entender que su silencio no era solo inocencia. Había algo más. Tal vez la soledad de tantos años como viuda, tal vez el cariño desmedido hacia mí, tal vez una parte de ella que sabía perfectamente lo que estaba pasando pero prefería no nombrarlo. Nunca me rechazaba. Nunca me detenía. Solo… callaba y obedecía.
Y ese silencio me excitaba más que cualquier palabra.

Abuela y su Niño Enfermo parte 4

2 comentarios - Abuela y su Niño Enfermo parte 4

Sshm
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