Antes de empezar, quiero agradecer a Laura, quien me acerca esta historia suya para compartirla con ustedes. Hemos cambiado nombres y lugares para evitar algún tipo de problemas. Esperamos que les guste!
Me convertí en Puti-profe

Me llamo Laura, tengo 45 años y soy profesora titular de Literatura Latinoamericana en una universidad privada. Prefiero no dar mi apellido; es una cuestión de privacidad. Soy pelirroja, con un tono anaranjado vibrante y pelo largo, ondulado y abundante. Mi cuerpo se ha mantenido muy bien: pechos grandes y firmes, cintura marcada, caderas generosas y un culo redondo que todavía sé lucir. Me visto con elegancia, pero siempre con un toque sensual: blusas que se ajustan, faldas lápiz y tacones.
Llevo dieciocho años casada con Pedro, contador senior de una empresa importante. Tenemos dos hijos: un varón de 24 y una chica de 22. Ya son grandes, casi de la misma edad que muchos de mis alumnos, algo que últimamente me genera un morbo silencioso que no me animo a verbalizar.
Mateo, de 25 años, era uno de mis mejores alumnos de último año. De ascendencia italiana, alto, de buen físico, pelo castaño oscuro y mirada profunda. Hacía poco había terminado una relación con una alumna de otro curso. Según los rumores que llegaban al claustro, la ruptura había sido dura y bastante reciente. Eso se notaba: tenía una especie de hambre en los ojos, una mezcla de tristeza y necesidad que lo hacía más intenso.
Había pedido ser mi ayudante de cátedra y acepté. Al principio todo era estrictamente profesional. Pero con el correr de las semanas, las reuniones semanales empezaron a tener otra temperatura.
Esa tarde de jueves en particular, me vestí con cuidado. Blusa blanca de seda ajustada, con los primeros botones abiertos, falda negra lápiz que marcaba mis curvas y tacones. Me sentía atractiva y con energía.
Mientras revisábamos el programa, me incliné sobre el escritorio para señalar un párrafo. Mis pechos se juntaron dentro de la blusa, marcándose claramente contra la seda.
Mateo se quedó mirando más tiempo del que debía. Tragó saliva. Sus ojos reflejaban claramente el deseo acumulado después de su ruptura.
—Laura… disculpe —dijo con voz más ronca de lo habitual—. Es muy difícil concentrarse cuando usted se ve… así.
Sentí un calor subir por el cuello y el pecho. Me enderecé rápidamente y cerré un botón más.
—Mateo —respondí con tono serio pero suave—, soy tu profesora. Esto tiene que mantenerse en lo profesional. ¿Entendido?
Él bajó la mirada, avergonzado.
—Sí, claro. Perdón. No volverá a pasar. Ha sido un mes complicado y… bueno, no es excusa.
Terminamos la reunión hablando solo de literatura, pero el ambiente quedó cargado. La chispa ya estaba ahí, aunque ambos intentamos ignorarla.
Esa noche llegué a casa más inquieta de lo normal. Pedro estaba en la sala, relajado después de un día largo de trabajo. Me serví una copa de vino y me senté a su lado en el sillón.
—¿Todo bien? —preguntó al notarme pensativa.
—Más o menos… Hoy tuve una reunión con Mateo, el alumno que quiere ser mi ayudante.
Pedro levantó una ceja, interesado.
—¿Y qué pasó?
Dudé un momento, pero terminé contándole lo sucedido, suavizando un poco las palabras.
—…y me dijo que le costaba concentrarse porque me veía “así”. Me miró… bastante.
Pedro se quedó callado unos segundos, procesando. No parecía enojado, pero sí sorprendido.
—¿Y vos cómo te sentiste?
—Incómoda… pero también halagada —admití—. Hace mucho que nadie me mira de esa forma. Es un chico de 25 años, Pedro. Y recién salió de una relación complicada. Se nota que está… necesitado.
Pedro respiró profundo y apoyó su mano en mi rodilla, acariciándola suavemente.
—No sé bien qué decirte. Me genera algo raro… celos, sí. Pero también curiosidad. ¿Te gustó que te mirara?
Me mordí el labio.
—Un poco sí.
Nos quedamos en silencio un rato, solo mirándonos. Ninguno de los dos se animó a ir más profundo esa noche, pero sentí que se había abierto una puerta que antes solo entreveíamos.
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Los días siguientes intenté actuar con normalidad, pero la tensión ya estaba instalada.
Mateo seguía viniendo a las reuniones, cumplía con su rol, pero sus miradas se volvían más largas. Yo, conscientemente o no, elegía ropa que me hacía sentir deseable: blusas de seda que se ajustaban a mis pechos grandes y firmes, faldas lápiz que marcaban mi culo redondo y tacones que estilizaban mis piernas.
Una noche, después de una reunión especialmente cargada, llegué a casa con una inquietud que no podía disimular. Pedro lo notó enseguida.
Cenamos y luego nos sentamos en el sillón. Después de un rato de charla trivial, le conté lo que había pasado.
—Mateo me miró mucho hoy… otra vez —dije en voz baja—. Me confesó que terminó hace poco con una alumna y que está complicado. Se le nota el hambre en los ojos.
Pedro se quedó callado, pero vi cómo su mano apretaba el vaso. En lugar de tensarse, me atrajo hacia él y me besó con más intensidad de la habitual. Me tomó de la mano y nos levantamos de la mesa.
Terminamos en la habitación. Pedro me desnudó lentamente, como si estuviera redescubriéndome. Me acostó en la cama y se tomó su tiempo con mis tetas: las besó, las chupó con fuerza, mordisqueando mis pezones hasta que gemí. Bajó por mi vientre y me abrió las piernas. Su lengua recorrió mi concha ya mojada, lamiendo mi clítoris con dedicación mientras yo pensaba en la mirada de Mateo. Hacía mucho tiempo que no se ponía así.
—Decime qué pensás —susurró Pedro, subiendo de nuevo.
No sabía si decirle la verdad. Pero verlo tan excitado, y jugando con mí morbo confesé.
—Pienso en cómo me mira… —admití entre gemidos.
Eso lo encendió. Me penetró de un solo empujón, fuerte y profundo. Mientras me cogía con ritmo firme, mis tetas grandes se movían con cada embestida. Pedro las agarraba con las manos, apretándolas.
—¿Te imaginás que sea él el que te esté cogiendo? —preguntó con voz ronca.
Yo más allá de todo rastro de moralidad, me entregué a mis instintos morbosos y le respondí:
—Mmmm... Siiiii… —gemí, sin poder evitarlo.
Pedro aumentó el ritmo, cogiendome más duro. Acabé pensando en las manos jóvenes de Mateo sobre mi cuerpo, y Pedro me siguió poco después, sacando su pene erecto y depositando sus líquidos sobre mis pechos y vientre. Se abalanzó sobre mí y me beso con amor y pasión. Quedamos abrazados, respirando agitados. Ninguno de los dos dijo nada más esa noche, pero ambos sabíamos que algo había cambiado.
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Al día siguiente, cerca de las diez de la noche, recibí un mensaje de Mateo.
Mateo:
Laura, perdón por escribirte tan tarde. Estaba releyendo “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez para la clase y no pude evitar pensar en nuestra conversación del otro día. Ese libro habla tanto del deseo que espera, del fuego que se mantiene a pesar de todo… Me hizo acordarme de lo que hablamos. ¿Qué pensás vos de esa novela?
Sonreí en la oscuridad de la habitación. Me encantó la sorpresa de recibir un mensaje, me sentí adolescente nuevamente. Miré hacia mí costado en la cama y Pedro ya dormía a mi lado. Me acomodé mejor y Respondí.
Yo:
Me encanta esa novela. Ese amor paciente, casi obsesivo, de Florentino. El deseo que no se apaga con los años… es muy poderoso.
Mateo:
Sí. Yo ahora me siento más como Florentino. Después de la ruptura con esa chica, siento que tengo mucha hambre acumulada. Y verte a vos todos los días… con tu forma de ser, tu voz, tu presencia… no ayuda. Perdón si soy demasiado directo.
Me sentí con un calor en todo el cuerpo al recibir el mensaje. Leí varias veces antes de responder. Sentí que me mojaba debajo...
Yo:
Ay Mateo… tenés que tener cuidado con lo que decís o escribís... Soy tu profesora.
Mateo:
Lo sé. Pero no puedo evitarlo. Cuando te inclinás sobre el escritorio y se te marca el escote… o cuando cruzás las piernas… me cuesta mucho concentrarme. Sos una mujer muy hermosa, Laura. Y muy deseable.
Me mordí el labio. Mi mano bajó lentamente por mi cuerpo mientras leía.
Yo:
Esto no puede pasar de mensajes, Mateo. Pero… me halaga. Mucho.
Mateo:
Entiendo. Solo quería que supieras lo que provocás en mí. Buenas noches, Laura.
Yo:
Gracias por contarmelo. Te mando un beso... Que descanses.
Mateo:
Otro para vos, Lau...
Dejé el teléfono a un lado, con el corazón latiendo fuerte y la concha húmeda. No pude evitar jugar con mí clítoris y llegar a un orgasmo como nunca me había pasado. Esa noche me dormí pensando en sus palabras y muy relajada.
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Los mensajes con Mateo se volvieron cada vez más frecuentes. Al principio eran sobre literatura, pero pronto empezaron a mezclarse con comentarios más personales. Yo respondía con cuidado, manteniendo un límite, pero cada vez me costaba más.
Una tarde teníamos programada una reunión larga para terminar de armar el programa del cuatrimestre. Llegué a la oficina con una blusa blanca de seda bastante ajustada y una falda negra que se pegaba a mis caderas y culo. Sabía que me veía bien. Muy bien.
Mateo ya estaba allí. Cuando entré, sus ojos me recorrieron sin disimulo.
—Laura… estás espectacular hoy —dijo en voz baja apenas cerré la puerta.
—Mateo… —lo reprendí suavemente, pero no pude evitar sonreír.
Trabajamos durante casi una hora. La tensión era palpable. En un momento, mientras yo estaba de pie señalando algo en la pizarra, él se acercó por detrás para mirar mejor. Sentí su pecho rozar mi espalda y su aliento cerca de mi cuello.
—Perdón —murmuró, pero no se alejó inmediatamente.
Me giré. Estábamos muy cerca. Podía oler su perfume joven, ver el deseo crudo en sus ojos. Mis pechos grandes subían y bajaban con la respiración agitada. Por un segundo pensé que iba a besarme. Y por un segundo, quise que lo hiciera.
Pero me aparté.
—Tenemos que parar esto —dije, aunque mi voz no sonaba muy convincente.
Mateo asintió, frustrado.
—Lo sé. Pero es muy difícil.
Esa noche, cuando llegué a casa, Pedro me esperaba. Le conté todo: la cercanía, el roce, cómo casi nos besamos. Mientras hablaba, vi cómo se le ponía dura debajo del pantalón.
Nos fuimos al dormitorio. Esta vez fue más intenso.
Pedro me tiró sobre la cama y me sacó la blusa casi con violencia. Tomó mis tetas grandes con ambas manos, las apretó y las chupó con hambre, mordiendo mis pezones mientras yo gemía. Me sacó la falda y las medias, me abrió las piernas y me comió el concha con ganas, metiendo la lengua profundo y chupando mi clítoris hinchado.
—Contame más —exigió—. Contame cómo te miró.
—Como si quisiera cogerme ahí mismo… —gemí.
Pedro se subió, me penetró de golpe y me folló fuerte, sujetándome las caderas. Mis tetas rebotaban con cada embestida.
—¿Querés que te coja él? —preguntó entre jadeos.
—Sí… quiero sentirlo joven y duro…
Me corrí pensando en Mateo, gritando. Pedro me siguió, llenándome con su corrida.
Después, mientras recuperábamos el aliento, me abrazó.
—Quiero que sigas —me dijo al oído—. Quiero que explores esto. Pero me tenés que contar todo.
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Al otro día, de nuevo a la noche, un día en el que no nos habiamos visto con Mateo, y un horario donde pareciera saber que mí marido duerme, me ma habló él.
Mateo:
No dejo de pensar en el momento de ayer en tu oficina. Estuvimos tan cerca… Tu olor, tu perfume mezclado con el calor de tu cuerpo… Casi no pude dormir. ¿Vos sentiste lo mismo?
Estaba acostada al lado de Pedro, que ya dormía profundamente. Dudé un momento, pero respondí.
Yo:
Sí. Lo sentí. Estuvimos demasiado cerca. Me puse muy nerviosa.
Mateo:
Nerviosa de la mejor forma, espero. Laura, tengo tantas ganas de tocarte… De besarte el cuello despacio, de bajar por tu escote y sentir tus tetas grandes y suaves en mis manos. Imagino lo pesadas y firmes que deben ser. Sos demasiado tentadora para mí.
Sentí un calor intenso entre las piernas. Miré a Pedro dormido y respondí:
Yo:
Mateo… me estás poniendo muy mal con esto. No deberías decirme esas cosas.
Mateo:
Pero es la verdad. No dejo de imaginarte. Cómo se te moverían las tetas si te saco la blusa, cómo gemirías si te chupo los pezones. Tengo la pija dura ahora mismo solo de escribirte. ¿Vos estás mojada, Laura? Yo sé que te debe pasar porque no me paras tampoco...
Me mordí el labio con fuerza. Este pendejo me había sacado la ficha, y me encantaba honestamente... Mi mano bajó lentamente por mi cuerpo, metiéndose dentro del pijama, por debajo de mí prenda ya húmeda.
Yo:
Sí… estoy muy mojada. Esto está mal, pero no puedo dejar de leerte.
Mateo:
Tocate para mí. Imaginate que soy yo el que te toca. Meté un dedo y pensá que es mi lengua. Quiero hacerte correr pensando en mí.
Empecé a masturbarme despacio, imaginando las manos jóvenes y ansiosas de Mateo recorriendo mi cuerpo maduro, apretando mis tetas, bajando hasta mi concha. Le escribí entre gemidos bajos:
Yo:
Ya me estoy tocando… Dios, Mateo... No podemos...
Mateo:
Sos una mujer tan caliente. Quiero cogerte despacio primero, después fuerte. Quiero que sientas lo duro que estoy por vos. Una mujer como vos se merece que la cojan bien. Estoy muy excitado mirá: Foto de un bulto grande debajo de un boxer, donde se veía el torso desnudo y joven de Mateo.
Me corrí en silencio, mordiendo la almohada, con el cuerpo temblando mientras leía sus últimos mensajes. Dejé el teléfono a un lado, respirando agitada, con una mezcla de culpa y excitación enorme.
Yo: Sos un pendejo atrevido eh... Mañana vamos a hablar de esto Mateo... A las 5 después de clase, venite a mí despacho...
Dejé el teléfono en la mesita de luz y me quedé mirando el techo, con el corazón latiendo a mil. Acababa de citarlo. Ya no había vuelta atrás.
Al día siguiente, el tiempo pasó lento. Mí marido en la mañana me notó diferente, pero no preguntó nada, apoyo sus manos en mis hombros, y me beso el cuello.
Pedro: Estás más hermosa que nunca hoy.
Tomé su mejilla, y nos miramos como dos personas que ya se conocen y saben lo que el otro planeta. Nos dimos un beso apasionado y me fui a la universidad.
Di mis clases distraída, curiosamente Mateo no asistió, me volvía loco pensando en él, si iba a venir, si se arrepintió... luego recordaba lo de ayer y estuve con la concha húmeda casi toda la tarde solo de pensar en lo que podía pasar. Finalicé mis clases y a las 4:50 cerré la puerta de mi despacho, corrí las cortinas y me senté en el borde del escritorio, cruzando las piernas. Me había puesto una blusa blanca algo más transparente de lo normal y una falda negra ajustada. Miraba el reloj pero no había escrito, tampoco me animaba hacerlo yo sinceramente.
A las 5 en punto tocaron la puerta.
—Adelante —dije con la voz algo temblorosa.
Mateo entró y cerró la puerta con llave. El sonido del pestillo fue definitivo. Se quedó parado allí, mirándome de arriba abajo como si quisiera devorarme. Sus ojos se detuvieron especialmente en mis tetas, que se marcaban claramente bajo la blusa blanca semi-transparente sin corpiño. Las aureolas de mis pechos se dibujaban vagamente sobre la tela de la blusa, y eso fue un imán para un joven tan hambriento.
No hizo falta hablar. Me levanté del escritorio y caminé hacia él. Tuve un leve pensamiento sobre Pedro, al ver mí anillo de casados, pero sabía que como pareja, necesitábamos esto... En cuanto estuve a su alcance, Mateo me agarró de la cintura y me besó con desesperación. Su boca era ansiosa, casi agresiva. Su lengua entró en mi boca buscando la mía con urgencia. Sus manos recorrieron mi cuerpo con hambre: primero apretó mi cintura, luego bajaron directo a mi culo, agarrándolo con fuerza por encima de la falda, amasándolo, separando mis nalgas.
Gemí dentro de su boca y empecé a desabotonarle la camisa. Deslicé mis manos por su pecho joven, firme y caliente. Sentí sus músculos tensos bajo mis dedos.
Mateo me empujó suavemente contra el escritorio sin dejar de besarme. Sus dedos torpes pero ansiosos desabotonaron mi blusa. Cuando la abrió completamente, mis tetas grandes, pesadas y redondas quedaron totalmente expuestas. Soltó un gemido ronco y profundo.
—Dios mío, Laura… —murmuró.
Se inclinó y se lanzó sobre ellas. Las agarró con ambas manos, sintiendo su peso y suavidad. Las apretó, las levantó y empezó a chupar mis pezones con verdadera devoción. Los lamía en círculos, los succionaba con fuerza, los mordía suavemente y tiraba de ellos. Alternaba entre una teta y la otra, gimiendo contra mi piel.
—Tenía tantas ganas de hacer esto… —susurró con la voz entrecortada—. Tus tetas son increíbles…
Yo le tiraba del pelo, arqueando la espalda, empujando mis pechos contra su cara. Mis pezones estaban duros y sensibles. No podía hablar de los gemidos que salían de mí ser, hacía mucho no sentía esa hermosa sensación.
Después de varios minutos en los que casi me hizo acabar con solo su boca en mis tetas, Mateo bajó lentamente. Besó mi vientre, mi ombligo, y se arrodilló frente a mí.
Me subió la falda hasta la cintura con manos temblorosas de excitación. Me miró un segundo a los ojos antes de bajar mi tanga negra empapada por las piernas. La dejó caer al piso y hundió la cara entre mis muslos sin perder tiempo.
Su lengua recorrió toda mi concha, lamiendo mis labios hinchados y mojados con lentitud al principio, luego con más urgencia. Chupó mi clítoris con dedicación, haciendo círculos y succionando suavemente. Metía la lengua dentro de mí, saboreándome, mientras sus manos me agarraban fuerte del culo.
Hacía ruidos húmedos y golosos. Yo tenía que taparme la boca con una mano para no gemir demasiado fuerte.
—Mateo… ahh… así, justo ahí… —gemí, empujando mi cadera contra su cara.
Me comió con verdadera hambre durante varios minutos. Mis piernas temblaban. Estuve a punto de acabar en su boca, pero me contuve. Lo levanté tirándole del pelo. Me miró con los labios brillantes de mis jugos. Me di vuelta, me incliné sobre el escritorio ofreciéndole mi culo y abrí un cajón. Saqué un preservativo.
Pero antes de ponérselo, me arrodillé frente a él.
Su pija estaba durísima, gruesa, venosa y apuntando hacia arriba. La agarré con una mano y, sin decir nada, me la metí en la boca. Primero lamí la cabeza lentamente, saboreando el líquido preseminal. Luego la chupé con más profundidad, metiéndomela hasta donde podía, moviendo la cabeza mientras lo miraba a los ojos.
Mateo soltó un gemido ahogado y puso una mano en mi pelo.
—Laura… qué boca tenés… —jadeó.
Lo chupé con ganas durante un minuto, disfrutando de su grosor y calor en mi boca. Luego saqué la pija brillante de saliva y le puse el preservativo lentamente, desenrollándolo mientras lo masturbaba con la mano.
Me levanté, me di vuelta y me incliné de nuevo sobre el escritorio, abriendo las piernas.
Mateo no esperó más. Me agarró de las caderas y me penetró de un solo empujón profundo.Sentí cómo me abría completamente. Su pija gruesa entraba hasta el fondo. Empezó a cogerme con ritmo firme, constante y profundo. Su pelvis chocaba contra mi culo con fuerza, haciendo que mis tetas grandes se aplastaran y rebotaran contra la madera del escritorio.
—Estás tan apretada y caliente, Laura… —gruñó mientras me cogía—. Mejor de lo que imaginaba…
Aumentó el ritmo. Me cogía más duro, más rápido. Una mano subió y me agarró del pelo, tirando mi cabeza hacia atrás. La otra mano bajó y me apretó una teta con fuerza, pellizcándome el pezón.
Yo gemía sin control.
—Más fuerte… cogeme más fuerte… —le pedí entre gemidos.
Mateo me dio lo que quería. Me cogía como un animal, embistiendo profundo y rápido. Sentí que el orgasmo se acercaba. Sus huevos rozaban mí vagina y me tenía muy emputecida.
—Estoy por acabar… —avisé casi sin voz.
Él aceleró todavía más, cogiéndome salvajemente. Mis tetas grandes rebotaban contra el escritorio con cada embestida fuerte. Sentí que el orgasmo me invadía como una ola.
—Estoy por acabar… ¡no pares! —gemí.
Mateo me cogió con más intensidad, golpeando profundo. Mi concha se contrajo alrededor de su pija y acabé intensamente, temblando entera, apretándolo fuerte dentro de mí mientras mordía mi brazo para ahogar los gemidos.
Cuando sintió mis contracciones fuertes alrededor de su pija, Mateo gruñó:
—Mierda… Laura… estoy a punto…
Me saqué su pija rápidamente, todavía inclinada sobre el escritorio con las piernas abiertas. Me di vuelta apenas, mirándolo por encima del hombro, y le saqué el preservativo con una mano.
—Acabá afuera… llename el culo —le pedí con voz ronca y necesitada.
Mateo se agarró la pija gruesa y empezó a pajearse rápido, apuntando directo a mi culo levantado. Yo me mantuve inclinada sobre el escritorio, empujando mi cola hacia atrás, ofreciéndosela.
Con un gemido largo y gutural, empezó a acabar. Chorros gruesos, calientes y abundantes de semen salieron disparados, cayendo sobre mis nalgas redondas y firmes. Sentí varios impactos calientes: en la parte alta de mi culo, entre mis cachetes, y corriendo por mi piel hacia abajo. Mateo seguía pajeándose, vaciándose completamente sobre mí mientras temblaba.
—Mierda… qué lindo… —gruñó, mirando cómo su semen cubría mi culo.
Nos quedamos unos segundos en silencio, solo respirando agitados. Mi cuerpo todavía temblaba ligeramente. Sentía el semen caliente de Mateo corriendo lentamente por mis nalgas y por la parte interna de mis muslos. Era una sensación sucia, prohibida y extrañamente excitante.
Mateo fue el primero en hablar, con la voz ronca y aún recuperando el aliento:
—Laura… esto fue… increíble. No sabés cuánto lo necesitaba.
Todavía inclinada sobre el escritorio, giré un poco la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Sonreí con una mezcla de satisfacción y culpa.
—Vos tampoco te quedaste atrás, pendejo —le dije en voz baja—. Me cogiste como si llevaras meses esperando esto.
Él se acercó, me dio un beso suave en la espalda y luego en el cuello. Sentí su pecho joven contra mi piel.
—Llevo semanas imaginándolo —admitió—. Desde que empezamos las reuniones… no podía sacarte de la cabeza.
Me incorporé lentamente. Mi falda seguía levantada y tenía su semen por todo el culo. Me di vuelta y lo miré a los ojos. Le acaricié la mejilla con ternura.
—Esto no puede convertirse en algo habitual, Mateo. Soy tu profesora. Tengo un marido… dos hijos casi de tu edad. Esto fue… un momento.
Él asintió, aunque se notaba que no quería que terminara tan rápido.
—Lo sé. Pero… ¿podemos repetir alguna vez? —preguntó con esa mezcla de timidez y deseo juvenil.
No le respondí inmediatamente. Me limpié un poco con unos pañuelos de papel que tenía en el escritorio, me acomodé la tanga y bajé la falda. Mientras me abotonaba la blusa, no podía dejar de pensar en Pedro.
¿Qué pensaría si me viera ahora? ¿Con el culo lleno del semen de un chico de 25 años?
Extrañamente, esa idea no me generaba solo culpa… también un cosquilleo nuevo.
—Vamos a ver —le dije finalmente, acercándome y dándole un beso suave en los labios—. Hoy fue intenso. Necesito procesar esto. Pero… me gustó. Mucho.
Mateo sonrió, todavía con la pija semi-dura colgando. Se vistió mientras yo me arreglaba el pelo frente a un espejito.
Antes de irse, me dio un último beso, más largo y profundo.
—Gracias, Laura. De verdad.
Cuando cerró la puerta, me quedé sola en el despacho. Me senté en la silla, todavía sintiendo su semen pegajoso en la piel. Miré el reloj. Pedro me estaría esperando en casa.
En el camino de vuelta, no dejaba de pensar en él. En cómo le contaría esto. En cómo se pondría cuando le dijera que me había cogido Mateo en el escritorio y que me había acabado en el culo. Sabía que se iba a poner duro al instante. Y eso, de alguna forma, me excitaba aún más.
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Llegué a casa con las piernas todavía débiles y el corazón lleno de emociones contradictorias.Eran las 7 de la tarde. No me había duchado. Todavía tenía el semen de Mateo seco en el culo y entre los muslos, y sentía la tanga pegajosa contra mi piel. Cada paso me recordaba lo que había hecho.
Apenas abrí la puerta, vi que Pedro estaba sentado en el living, en su sillón habitual. La luz era tenue. Tenía una copa de vino en la mano y me miró directamente. No hizo falta que dijera nada. Su expresión lo decía todo: sabía.
Cerré la puerta detrás de mí y me quedé parada en la entrada del living. Me sentía expuesta, sucia, excitada y culpable al mismo tiempo.
—¿Cómo te fue? —preguntó con voz calmada, pero con un tono ronco que conocía bien.
Me acerqué lentamente y me senté en el sillón frente a él. Crucé las piernas. Sentía el semen tirante en mi piel.
—Pasó —dije en voz baja, mirándolo a los ojos.
Pedro respiró profundo. Dejó la copa sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante.
—Contame todo.
Me mordí el labio. Sentía el corazón latiendo fuerte.
—Llegó a las 5. Apenas cerró la puerta nos besamos. Me tocó todo… me chupó las tetas con mucha hambre. Después se arrodilló y me comió la concha como si estuviera desesperado.
Pedro tragó saliva. Vi cómo se le marcaba la erección debajo del pantalón.
—¿Y después?
—Me inclinó sobre el escritorio. Le puse el preservativo yo misma… pero antes se la chupé un poco. Después me cogió fuerte. Muy fuerte. Me agarraba del pelo y de las tetas mientras me cogía. Acabé muy intenso.
Hice una pausa. Pedro estaba completamente atento.
—Y al final… le saqué el preservativo y le pedí que me acabara en el culo. Me llenó toda la cola de semen. Todavía lo tengo encima, Pedro. No me duché.
Hubo un silencio denso. Pedro me miraba con los ojos brillantes de excitación y celos mezclados.
—¿Te gustó? —preguntó casi en un susurro.
—Mucho —admití—. Es joven, tiene mucha fuerza y ganas. Me cogió distinto a vos… más animal. Me sentí deseada de una forma que hacía mucho no sentía.
Pedro se levantó, se acercó y se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas lentamente y subió mi falda. Miró mi tanga y mis muslos, donde todavía se notaban rastros secos.
—¿Esto es de él? —preguntó, pasando un dedo por la piel pegajosa de mi muslo interno.
—Sí.
Se quedó mirando un rato largo. Luego levantó la vista hacia mí.
—¿Querés que te coma la concha ahora… sabiendo que él te cogió hace un rato?
Sentí una nueva oleada de excitación.
—Sí… —respondí.
Pedro no esperó más. Me abrió más las piernas allí mismo, en el sillón del living, y acercó su cara. Me corrió la tanga a un costado y hundió la lengua en mi concha todavía sensible por lo que había pasado horas antes.
—Huele a sexo… —murmuró contra mí antes de empezar a lamerme.
Me comió con ganas, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. Su lengua recorría mi clítoris y entraba en mí, como si estuviera buscando rastros de lo que Mateo había dejado. Yo le agarraba la cabeza con una mano y gemía sin vergüenza.
—Pedro… Dios… seguí así…
Levantó la vista un segundo, con los labios brillantes.
—¿Te cogió rico? —preguntó.
—Sí… me cogió fuerte sobre el escritorio. Me tiraba del pelo mientras me daba duro.
Eso lo encendió más. Me chupó el clítoris con más intensidad, metiendo dos dedos dentro de mí. Yo me retorcía en el sillón, moviendo las caderas contra su boca.
Cuando estuve cerca de acabar, me levantó, me dio vuelta y me inclinó sobre el respaldo del sillón. Me subió la falda y me bajó la tanga hasta las rodillas. Me penetró de un empujón. Mi concha estaba empapada.
Empezó a cogerme desde atrás, agarrándome fuerte de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas se movieran y chocaran contra el respaldo.
—Decime cómo te acabó —pidió con voz ronca.
—Me llenó todo el culo… chorros calientes… me corrió por las nalgas —gemí.
Pedro me cogió más fuerte, casi con rabia excitada. Me daba cachetadas suaves en el culo mientras me penetraba profundo.
—¿Querés que te coja otro día otra vez? —preguntó.
—Sí… —respondí entre gemidos—. Quiero que me coja de nuevo.
Eso fue demasiado para él. Me cogió con fuerza durante un minuto más y acabó dentro de mí, gruñendo mi nombre.
Quedamos los dos jadeando. Me abrazó por detrás, todavía dentro de mí, y me besó el cuello.
—Te amo —me dijo al oído—. Esto es raro… pero me excita mucho saber que te deseó tanto.
Me di vuelta y lo besé en la boca, suave esta vez.
—Yo también te amo. Y gracias por dejarme vivir esto.
Nos quedamos abrazados un rato largo en el living, con mi falda todavía levantada y el cuerpo marcado por dos hombres en el mismo día.
Era el comienzo de algo nuevo.
Esa noche, después de ducharnos juntos y cenar algo liviano, Pedro y yo nos fuimos a la cama. No volvimos a hablar mucho del tema, pero había una energía distinta entre nosotros. Me abrazó por detrás y me besó el hombro.
—Gracias por contármelo todo —susurró—. Fue… intenso. Pero me gustó verte así. Tan viva.
Me di vuelta y lo miré a los ojos en la penumbra.
—No pensé que iba a llegar tan lejos tan rápido —admití—. Pero cuando estuve con él… me dejé llevar. Me sentí deseada de una forma que hacía años no sentía. No es que vos no me desees, pero esto fue distinto. Más urgente. Más joven.
Pedro asintió, acariciándome el pelo.
—Lo entiendo. Y no te voy a pedir que pares… siempre y cuando me sigas contando todo. Quiero ser parte de esto, aunque sea desde acá.
Sonreí y lo besé suavemente.
—Te lo prometo.
Los días siguientes fueron extraños pero excitantes. En la universidad, Mateo y yo manteníamos la compostura profesional delante de los demás, pero cuando nos cruzábamos por los pasillos las miradas eran cargadas. Hubo un par de mensajes más por la noche, discretos pero llenos de deseo. Las reuniones él siempre se mantuvo descente, cómo un caballero y aunque quizás hubo algún que otro comentario, entendió que la próxima jugada... Si la había... La iniciaba yo.
Por mi parte, me sentía más viva. Más mujer. Miraba a Pedro con otros ojos también. Nuestra vida sexual se volvió más intensa, más honesta. Hablábamos abiertamente de fantasías, de lo que había pasado, y eso nos acercaba.
Una noche, casi dos semanas después, mientras estábamos en la cama, Pedro me preguntó:
—¿Querés volver a cogerlo?
Me quedé pensando un momento, recorriendo su pecho con los dedos.
—Creo que sí… una vez más. Pero no quiero que esto se convierta en algo habitual. Quiero que sea algo nuestro. Algo que nos excite a los dos.
Pedro me besó en la frente.
— Y si el pibe es de confiar, no te hagas la cabeza... hacelo. Y después vení a contármelo todo.
Sonreí en la oscuridad.
Esa fue la verdadera sorpresa: no era solo yo explorando. Éramos nosotros, de una forma nueva y retorcida, redescubriéndonos.
Y por primera vez en mucho tiempo nos sentimos plenos como pareja.
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Fin del relato... Por ahora. Gracias nuevamente a Laura por dejarme relatar está historia, pueden comentarle aquí mismo, ella leerá los comentarios con mucha alegría.
Me convertí en Puti-profe

Me llamo Laura, tengo 45 años y soy profesora titular de Literatura Latinoamericana en una universidad privada. Prefiero no dar mi apellido; es una cuestión de privacidad. Soy pelirroja, con un tono anaranjado vibrante y pelo largo, ondulado y abundante. Mi cuerpo se ha mantenido muy bien: pechos grandes y firmes, cintura marcada, caderas generosas y un culo redondo que todavía sé lucir. Me visto con elegancia, pero siempre con un toque sensual: blusas que se ajustan, faldas lápiz y tacones.
Llevo dieciocho años casada con Pedro, contador senior de una empresa importante. Tenemos dos hijos: un varón de 24 y una chica de 22. Ya son grandes, casi de la misma edad que muchos de mis alumnos, algo que últimamente me genera un morbo silencioso que no me animo a verbalizar.
Mateo, de 25 años, era uno de mis mejores alumnos de último año. De ascendencia italiana, alto, de buen físico, pelo castaño oscuro y mirada profunda. Hacía poco había terminado una relación con una alumna de otro curso. Según los rumores que llegaban al claustro, la ruptura había sido dura y bastante reciente. Eso se notaba: tenía una especie de hambre en los ojos, una mezcla de tristeza y necesidad que lo hacía más intenso.
Había pedido ser mi ayudante de cátedra y acepté. Al principio todo era estrictamente profesional. Pero con el correr de las semanas, las reuniones semanales empezaron a tener otra temperatura.
Esa tarde de jueves en particular, me vestí con cuidado. Blusa blanca de seda ajustada, con los primeros botones abiertos, falda negra lápiz que marcaba mis curvas y tacones. Me sentía atractiva y con energía.
Mientras revisábamos el programa, me incliné sobre el escritorio para señalar un párrafo. Mis pechos se juntaron dentro de la blusa, marcándose claramente contra la seda.
Mateo se quedó mirando más tiempo del que debía. Tragó saliva. Sus ojos reflejaban claramente el deseo acumulado después de su ruptura.
—Laura… disculpe —dijo con voz más ronca de lo habitual—. Es muy difícil concentrarse cuando usted se ve… así.
Sentí un calor subir por el cuello y el pecho. Me enderecé rápidamente y cerré un botón más.
—Mateo —respondí con tono serio pero suave—, soy tu profesora. Esto tiene que mantenerse en lo profesional. ¿Entendido?
Él bajó la mirada, avergonzado.
—Sí, claro. Perdón. No volverá a pasar. Ha sido un mes complicado y… bueno, no es excusa.
Terminamos la reunión hablando solo de literatura, pero el ambiente quedó cargado. La chispa ya estaba ahí, aunque ambos intentamos ignorarla.
Esa noche llegué a casa más inquieta de lo normal. Pedro estaba en la sala, relajado después de un día largo de trabajo. Me serví una copa de vino y me senté a su lado en el sillón.
—¿Todo bien? —preguntó al notarme pensativa.
—Más o menos… Hoy tuve una reunión con Mateo, el alumno que quiere ser mi ayudante.
Pedro levantó una ceja, interesado.
—¿Y qué pasó?
Dudé un momento, pero terminé contándole lo sucedido, suavizando un poco las palabras.
—…y me dijo que le costaba concentrarse porque me veía “así”. Me miró… bastante.
Pedro se quedó callado unos segundos, procesando. No parecía enojado, pero sí sorprendido.
—¿Y vos cómo te sentiste?
—Incómoda… pero también halagada —admití—. Hace mucho que nadie me mira de esa forma. Es un chico de 25 años, Pedro. Y recién salió de una relación complicada. Se nota que está… necesitado.
Pedro respiró profundo y apoyó su mano en mi rodilla, acariciándola suavemente.
—No sé bien qué decirte. Me genera algo raro… celos, sí. Pero también curiosidad. ¿Te gustó que te mirara?
Me mordí el labio.
—Un poco sí.
Nos quedamos en silencio un rato, solo mirándonos. Ninguno de los dos se animó a ir más profundo esa noche, pero sentí que se había abierto una puerta que antes solo entreveíamos.
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Los días siguientes intenté actuar con normalidad, pero la tensión ya estaba instalada.
Mateo seguía viniendo a las reuniones, cumplía con su rol, pero sus miradas se volvían más largas. Yo, conscientemente o no, elegía ropa que me hacía sentir deseable: blusas de seda que se ajustaban a mis pechos grandes y firmes, faldas lápiz que marcaban mi culo redondo y tacones que estilizaban mis piernas.
Una noche, después de una reunión especialmente cargada, llegué a casa con una inquietud que no podía disimular. Pedro lo notó enseguida.
Cenamos y luego nos sentamos en el sillón. Después de un rato de charla trivial, le conté lo que había pasado.
—Mateo me miró mucho hoy… otra vez —dije en voz baja—. Me confesó que terminó hace poco con una alumna y que está complicado. Se le nota el hambre en los ojos.
Pedro se quedó callado, pero vi cómo su mano apretaba el vaso. En lugar de tensarse, me atrajo hacia él y me besó con más intensidad de la habitual. Me tomó de la mano y nos levantamos de la mesa.
Terminamos en la habitación. Pedro me desnudó lentamente, como si estuviera redescubriéndome. Me acostó en la cama y se tomó su tiempo con mis tetas: las besó, las chupó con fuerza, mordisqueando mis pezones hasta que gemí. Bajó por mi vientre y me abrió las piernas. Su lengua recorrió mi concha ya mojada, lamiendo mi clítoris con dedicación mientras yo pensaba en la mirada de Mateo. Hacía mucho tiempo que no se ponía así.
—Decime qué pensás —susurró Pedro, subiendo de nuevo.
No sabía si decirle la verdad. Pero verlo tan excitado, y jugando con mí morbo confesé.
—Pienso en cómo me mira… —admití entre gemidos.
Eso lo encendió. Me penetró de un solo empujón, fuerte y profundo. Mientras me cogía con ritmo firme, mis tetas grandes se movían con cada embestida. Pedro las agarraba con las manos, apretándolas.
—¿Te imaginás que sea él el que te esté cogiendo? —preguntó con voz ronca.
Yo más allá de todo rastro de moralidad, me entregué a mis instintos morbosos y le respondí:
—Mmmm... Siiiii… —gemí, sin poder evitarlo.
Pedro aumentó el ritmo, cogiendome más duro. Acabé pensando en las manos jóvenes de Mateo sobre mi cuerpo, y Pedro me siguió poco después, sacando su pene erecto y depositando sus líquidos sobre mis pechos y vientre. Se abalanzó sobre mí y me beso con amor y pasión. Quedamos abrazados, respirando agitados. Ninguno de los dos dijo nada más esa noche, pero ambos sabíamos que algo había cambiado.
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Al día siguiente, cerca de las diez de la noche, recibí un mensaje de Mateo.
Mateo:
Laura, perdón por escribirte tan tarde. Estaba releyendo “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez para la clase y no pude evitar pensar en nuestra conversación del otro día. Ese libro habla tanto del deseo que espera, del fuego que se mantiene a pesar de todo… Me hizo acordarme de lo que hablamos. ¿Qué pensás vos de esa novela?
Sonreí en la oscuridad de la habitación. Me encantó la sorpresa de recibir un mensaje, me sentí adolescente nuevamente. Miré hacia mí costado en la cama y Pedro ya dormía a mi lado. Me acomodé mejor y Respondí.
Yo:
Me encanta esa novela. Ese amor paciente, casi obsesivo, de Florentino. El deseo que no se apaga con los años… es muy poderoso.
Mateo:
Sí. Yo ahora me siento más como Florentino. Después de la ruptura con esa chica, siento que tengo mucha hambre acumulada. Y verte a vos todos los días… con tu forma de ser, tu voz, tu presencia… no ayuda. Perdón si soy demasiado directo.
Me sentí con un calor en todo el cuerpo al recibir el mensaje. Leí varias veces antes de responder. Sentí que me mojaba debajo...
Yo:
Ay Mateo… tenés que tener cuidado con lo que decís o escribís... Soy tu profesora.
Mateo:
Lo sé. Pero no puedo evitarlo. Cuando te inclinás sobre el escritorio y se te marca el escote… o cuando cruzás las piernas… me cuesta mucho concentrarme. Sos una mujer muy hermosa, Laura. Y muy deseable.
Me mordí el labio. Mi mano bajó lentamente por mi cuerpo mientras leía.
Yo:
Esto no puede pasar de mensajes, Mateo. Pero… me halaga. Mucho.
Mateo:
Entiendo. Solo quería que supieras lo que provocás en mí. Buenas noches, Laura.
Yo:
Gracias por contarmelo. Te mando un beso... Que descanses.
Mateo:
Otro para vos, Lau...
Dejé el teléfono a un lado, con el corazón latiendo fuerte y la concha húmeda. No pude evitar jugar con mí clítoris y llegar a un orgasmo como nunca me había pasado. Esa noche me dormí pensando en sus palabras y muy relajada.
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Los mensajes con Mateo se volvieron cada vez más frecuentes. Al principio eran sobre literatura, pero pronto empezaron a mezclarse con comentarios más personales. Yo respondía con cuidado, manteniendo un límite, pero cada vez me costaba más.
Una tarde teníamos programada una reunión larga para terminar de armar el programa del cuatrimestre. Llegué a la oficina con una blusa blanca de seda bastante ajustada y una falda negra que se pegaba a mis caderas y culo. Sabía que me veía bien. Muy bien.
Mateo ya estaba allí. Cuando entré, sus ojos me recorrieron sin disimulo.
—Laura… estás espectacular hoy —dijo en voz baja apenas cerré la puerta.
—Mateo… —lo reprendí suavemente, pero no pude evitar sonreír.
Trabajamos durante casi una hora. La tensión era palpable. En un momento, mientras yo estaba de pie señalando algo en la pizarra, él se acercó por detrás para mirar mejor. Sentí su pecho rozar mi espalda y su aliento cerca de mi cuello.
—Perdón —murmuró, pero no se alejó inmediatamente.
Me giré. Estábamos muy cerca. Podía oler su perfume joven, ver el deseo crudo en sus ojos. Mis pechos grandes subían y bajaban con la respiración agitada. Por un segundo pensé que iba a besarme. Y por un segundo, quise que lo hiciera.
Pero me aparté.
—Tenemos que parar esto —dije, aunque mi voz no sonaba muy convincente.
Mateo asintió, frustrado.
—Lo sé. Pero es muy difícil.
Esa noche, cuando llegué a casa, Pedro me esperaba. Le conté todo: la cercanía, el roce, cómo casi nos besamos. Mientras hablaba, vi cómo se le ponía dura debajo del pantalón.
Nos fuimos al dormitorio. Esta vez fue más intenso.
Pedro me tiró sobre la cama y me sacó la blusa casi con violencia. Tomó mis tetas grandes con ambas manos, las apretó y las chupó con hambre, mordiendo mis pezones mientras yo gemía. Me sacó la falda y las medias, me abrió las piernas y me comió el concha con ganas, metiendo la lengua profundo y chupando mi clítoris hinchado.
—Contame más —exigió—. Contame cómo te miró.
—Como si quisiera cogerme ahí mismo… —gemí.
Pedro se subió, me penetró de golpe y me folló fuerte, sujetándome las caderas. Mis tetas rebotaban con cada embestida.
—¿Querés que te coja él? —preguntó entre jadeos.
—Sí… quiero sentirlo joven y duro…
Me corrí pensando en Mateo, gritando. Pedro me siguió, llenándome con su corrida.
Después, mientras recuperábamos el aliento, me abrazó.
—Quiero que sigas —me dijo al oído—. Quiero que explores esto. Pero me tenés que contar todo.
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Al otro día, de nuevo a la noche, un día en el que no nos habiamos visto con Mateo, y un horario donde pareciera saber que mí marido duerme, me ma habló él.
Mateo:
No dejo de pensar en el momento de ayer en tu oficina. Estuvimos tan cerca… Tu olor, tu perfume mezclado con el calor de tu cuerpo… Casi no pude dormir. ¿Vos sentiste lo mismo?
Estaba acostada al lado de Pedro, que ya dormía profundamente. Dudé un momento, pero respondí.
Yo:
Sí. Lo sentí. Estuvimos demasiado cerca. Me puse muy nerviosa.
Mateo:
Nerviosa de la mejor forma, espero. Laura, tengo tantas ganas de tocarte… De besarte el cuello despacio, de bajar por tu escote y sentir tus tetas grandes y suaves en mis manos. Imagino lo pesadas y firmes que deben ser. Sos demasiado tentadora para mí.
Sentí un calor intenso entre las piernas. Miré a Pedro dormido y respondí:
Yo:
Mateo… me estás poniendo muy mal con esto. No deberías decirme esas cosas.
Mateo:
Pero es la verdad. No dejo de imaginarte. Cómo se te moverían las tetas si te saco la blusa, cómo gemirías si te chupo los pezones. Tengo la pija dura ahora mismo solo de escribirte. ¿Vos estás mojada, Laura? Yo sé que te debe pasar porque no me paras tampoco...
Me mordí el labio con fuerza. Este pendejo me había sacado la ficha, y me encantaba honestamente... Mi mano bajó lentamente por mi cuerpo, metiéndose dentro del pijama, por debajo de mí prenda ya húmeda.
Yo:
Sí… estoy muy mojada. Esto está mal, pero no puedo dejar de leerte.
Mateo:
Tocate para mí. Imaginate que soy yo el que te toca. Meté un dedo y pensá que es mi lengua. Quiero hacerte correr pensando en mí.
Empecé a masturbarme despacio, imaginando las manos jóvenes y ansiosas de Mateo recorriendo mi cuerpo maduro, apretando mis tetas, bajando hasta mi concha. Le escribí entre gemidos bajos:
Yo:
Ya me estoy tocando… Dios, Mateo... No podemos...
Mateo:
Sos una mujer tan caliente. Quiero cogerte despacio primero, después fuerte. Quiero que sientas lo duro que estoy por vos. Una mujer como vos se merece que la cojan bien. Estoy muy excitado mirá: Foto de un bulto grande debajo de un boxer, donde se veía el torso desnudo y joven de Mateo.
Me corrí en silencio, mordiendo la almohada, con el cuerpo temblando mientras leía sus últimos mensajes. Dejé el teléfono a un lado, respirando agitada, con una mezcla de culpa y excitación enorme.
Yo: Sos un pendejo atrevido eh... Mañana vamos a hablar de esto Mateo... A las 5 después de clase, venite a mí despacho...
Dejé el teléfono en la mesita de luz y me quedé mirando el techo, con el corazón latiendo a mil. Acababa de citarlo. Ya no había vuelta atrás.
Al día siguiente, el tiempo pasó lento. Mí marido en la mañana me notó diferente, pero no preguntó nada, apoyo sus manos en mis hombros, y me beso el cuello.
Pedro: Estás más hermosa que nunca hoy.
Tomé su mejilla, y nos miramos como dos personas que ya se conocen y saben lo que el otro planeta. Nos dimos un beso apasionado y me fui a la universidad.
Di mis clases distraída, curiosamente Mateo no asistió, me volvía loco pensando en él, si iba a venir, si se arrepintió... luego recordaba lo de ayer y estuve con la concha húmeda casi toda la tarde solo de pensar en lo que podía pasar. Finalicé mis clases y a las 4:50 cerré la puerta de mi despacho, corrí las cortinas y me senté en el borde del escritorio, cruzando las piernas. Me había puesto una blusa blanca algo más transparente de lo normal y una falda negra ajustada. Miraba el reloj pero no había escrito, tampoco me animaba hacerlo yo sinceramente.
A las 5 en punto tocaron la puerta.
—Adelante —dije con la voz algo temblorosa.
Mateo entró y cerró la puerta con llave. El sonido del pestillo fue definitivo. Se quedó parado allí, mirándome de arriba abajo como si quisiera devorarme. Sus ojos se detuvieron especialmente en mis tetas, que se marcaban claramente bajo la blusa blanca semi-transparente sin corpiño. Las aureolas de mis pechos se dibujaban vagamente sobre la tela de la blusa, y eso fue un imán para un joven tan hambriento.
No hizo falta hablar. Me levanté del escritorio y caminé hacia él. Tuve un leve pensamiento sobre Pedro, al ver mí anillo de casados, pero sabía que como pareja, necesitábamos esto... En cuanto estuve a su alcance, Mateo me agarró de la cintura y me besó con desesperación. Su boca era ansiosa, casi agresiva. Su lengua entró en mi boca buscando la mía con urgencia. Sus manos recorrieron mi cuerpo con hambre: primero apretó mi cintura, luego bajaron directo a mi culo, agarrándolo con fuerza por encima de la falda, amasándolo, separando mis nalgas.
Gemí dentro de su boca y empecé a desabotonarle la camisa. Deslicé mis manos por su pecho joven, firme y caliente. Sentí sus músculos tensos bajo mis dedos.
Mateo me empujó suavemente contra el escritorio sin dejar de besarme. Sus dedos torpes pero ansiosos desabotonaron mi blusa. Cuando la abrió completamente, mis tetas grandes, pesadas y redondas quedaron totalmente expuestas. Soltó un gemido ronco y profundo.
—Dios mío, Laura… —murmuró.
Se inclinó y se lanzó sobre ellas. Las agarró con ambas manos, sintiendo su peso y suavidad. Las apretó, las levantó y empezó a chupar mis pezones con verdadera devoción. Los lamía en círculos, los succionaba con fuerza, los mordía suavemente y tiraba de ellos. Alternaba entre una teta y la otra, gimiendo contra mi piel.
—Tenía tantas ganas de hacer esto… —susurró con la voz entrecortada—. Tus tetas son increíbles…
Yo le tiraba del pelo, arqueando la espalda, empujando mis pechos contra su cara. Mis pezones estaban duros y sensibles. No podía hablar de los gemidos que salían de mí ser, hacía mucho no sentía esa hermosa sensación.
Después de varios minutos en los que casi me hizo acabar con solo su boca en mis tetas, Mateo bajó lentamente. Besó mi vientre, mi ombligo, y se arrodilló frente a mí.
Me subió la falda hasta la cintura con manos temblorosas de excitación. Me miró un segundo a los ojos antes de bajar mi tanga negra empapada por las piernas. La dejó caer al piso y hundió la cara entre mis muslos sin perder tiempo.
Su lengua recorrió toda mi concha, lamiendo mis labios hinchados y mojados con lentitud al principio, luego con más urgencia. Chupó mi clítoris con dedicación, haciendo círculos y succionando suavemente. Metía la lengua dentro de mí, saboreándome, mientras sus manos me agarraban fuerte del culo.
Hacía ruidos húmedos y golosos. Yo tenía que taparme la boca con una mano para no gemir demasiado fuerte.
—Mateo… ahh… así, justo ahí… —gemí, empujando mi cadera contra su cara.
Me comió con verdadera hambre durante varios minutos. Mis piernas temblaban. Estuve a punto de acabar en su boca, pero me contuve. Lo levanté tirándole del pelo. Me miró con los labios brillantes de mis jugos. Me di vuelta, me incliné sobre el escritorio ofreciéndole mi culo y abrí un cajón. Saqué un preservativo.
Pero antes de ponérselo, me arrodillé frente a él.
Su pija estaba durísima, gruesa, venosa y apuntando hacia arriba. La agarré con una mano y, sin decir nada, me la metí en la boca. Primero lamí la cabeza lentamente, saboreando el líquido preseminal. Luego la chupé con más profundidad, metiéndomela hasta donde podía, moviendo la cabeza mientras lo miraba a los ojos.
Mateo soltó un gemido ahogado y puso una mano en mi pelo.
—Laura… qué boca tenés… —jadeó.
Lo chupé con ganas durante un minuto, disfrutando de su grosor y calor en mi boca. Luego saqué la pija brillante de saliva y le puse el preservativo lentamente, desenrollándolo mientras lo masturbaba con la mano.
Me levanté, me di vuelta y me incliné de nuevo sobre el escritorio, abriendo las piernas.
Mateo no esperó más. Me agarró de las caderas y me penetró de un solo empujón profundo.Sentí cómo me abría completamente. Su pija gruesa entraba hasta el fondo. Empezó a cogerme con ritmo firme, constante y profundo. Su pelvis chocaba contra mi culo con fuerza, haciendo que mis tetas grandes se aplastaran y rebotaran contra la madera del escritorio.
—Estás tan apretada y caliente, Laura… —gruñó mientras me cogía—. Mejor de lo que imaginaba…
Aumentó el ritmo. Me cogía más duro, más rápido. Una mano subió y me agarró del pelo, tirando mi cabeza hacia atrás. La otra mano bajó y me apretó una teta con fuerza, pellizcándome el pezón.
Yo gemía sin control.
—Más fuerte… cogeme más fuerte… —le pedí entre gemidos.
Mateo me dio lo que quería. Me cogía como un animal, embistiendo profundo y rápido. Sentí que el orgasmo se acercaba. Sus huevos rozaban mí vagina y me tenía muy emputecida.
—Estoy por acabar… —avisé casi sin voz.
Él aceleró todavía más, cogiéndome salvajemente. Mis tetas grandes rebotaban contra el escritorio con cada embestida fuerte. Sentí que el orgasmo me invadía como una ola.
—Estoy por acabar… ¡no pares! —gemí.
Mateo me cogió con más intensidad, golpeando profundo. Mi concha se contrajo alrededor de su pija y acabé intensamente, temblando entera, apretándolo fuerte dentro de mí mientras mordía mi brazo para ahogar los gemidos.
Cuando sintió mis contracciones fuertes alrededor de su pija, Mateo gruñó:
—Mierda… Laura… estoy a punto…
Me saqué su pija rápidamente, todavía inclinada sobre el escritorio con las piernas abiertas. Me di vuelta apenas, mirándolo por encima del hombro, y le saqué el preservativo con una mano.
—Acabá afuera… llename el culo —le pedí con voz ronca y necesitada.
Mateo se agarró la pija gruesa y empezó a pajearse rápido, apuntando directo a mi culo levantado. Yo me mantuve inclinada sobre el escritorio, empujando mi cola hacia atrás, ofreciéndosela.
Con un gemido largo y gutural, empezó a acabar. Chorros gruesos, calientes y abundantes de semen salieron disparados, cayendo sobre mis nalgas redondas y firmes. Sentí varios impactos calientes: en la parte alta de mi culo, entre mis cachetes, y corriendo por mi piel hacia abajo. Mateo seguía pajeándose, vaciándose completamente sobre mí mientras temblaba.
—Mierda… qué lindo… —gruñó, mirando cómo su semen cubría mi culo.
Nos quedamos unos segundos en silencio, solo respirando agitados. Mi cuerpo todavía temblaba ligeramente. Sentía el semen caliente de Mateo corriendo lentamente por mis nalgas y por la parte interna de mis muslos. Era una sensación sucia, prohibida y extrañamente excitante.
Mateo fue el primero en hablar, con la voz ronca y aún recuperando el aliento:
—Laura… esto fue… increíble. No sabés cuánto lo necesitaba.
Todavía inclinada sobre el escritorio, giré un poco la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Sonreí con una mezcla de satisfacción y culpa.
—Vos tampoco te quedaste atrás, pendejo —le dije en voz baja—. Me cogiste como si llevaras meses esperando esto.
Él se acercó, me dio un beso suave en la espalda y luego en el cuello. Sentí su pecho joven contra mi piel.
—Llevo semanas imaginándolo —admitió—. Desde que empezamos las reuniones… no podía sacarte de la cabeza.
Me incorporé lentamente. Mi falda seguía levantada y tenía su semen por todo el culo. Me di vuelta y lo miré a los ojos. Le acaricié la mejilla con ternura.
—Esto no puede convertirse en algo habitual, Mateo. Soy tu profesora. Tengo un marido… dos hijos casi de tu edad. Esto fue… un momento.
Él asintió, aunque se notaba que no quería que terminara tan rápido.
—Lo sé. Pero… ¿podemos repetir alguna vez? —preguntó con esa mezcla de timidez y deseo juvenil.
No le respondí inmediatamente. Me limpié un poco con unos pañuelos de papel que tenía en el escritorio, me acomodé la tanga y bajé la falda. Mientras me abotonaba la blusa, no podía dejar de pensar en Pedro.
¿Qué pensaría si me viera ahora? ¿Con el culo lleno del semen de un chico de 25 años?
Extrañamente, esa idea no me generaba solo culpa… también un cosquilleo nuevo.
—Vamos a ver —le dije finalmente, acercándome y dándole un beso suave en los labios—. Hoy fue intenso. Necesito procesar esto. Pero… me gustó. Mucho.
Mateo sonrió, todavía con la pija semi-dura colgando. Se vistió mientras yo me arreglaba el pelo frente a un espejito.
Antes de irse, me dio un último beso, más largo y profundo.
—Gracias, Laura. De verdad.
Cuando cerró la puerta, me quedé sola en el despacho. Me senté en la silla, todavía sintiendo su semen pegajoso en la piel. Miré el reloj. Pedro me estaría esperando en casa.
En el camino de vuelta, no dejaba de pensar en él. En cómo le contaría esto. En cómo se pondría cuando le dijera que me había cogido Mateo en el escritorio y que me había acabado en el culo. Sabía que se iba a poner duro al instante. Y eso, de alguna forma, me excitaba aún más.
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Llegué a casa con las piernas todavía débiles y el corazón lleno de emociones contradictorias.Eran las 7 de la tarde. No me había duchado. Todavía tenía el semen de Mateo seco en el culo y entre los muslos, y sentía la tanga pegajosa contra mi piel. Cada paso me recordaba lo que había hecho.
Apenas abrí la puerta, vi que Pedro estaba sentado en el living, en su sillón habitual. La luz era tenue. Tenía una copa de vino en la mano y me miró directamente. No hizo falta que dijera nada. Su expresión lo decía todo: sabía.
Cerré la puerta detrás de mí y me quedé parada en la entrada del living. Me sentía expuesta, sucia, excitada y culpable al mismo tiempo.
—¿Cómo te fue? —preguntó con voz calmada, pero con un tono ronco que conocía bien.
Me acerqué lentamente y me senté en el sillón frente a él. Crucé las piernas. Sentía el semen tirante en mi piel.
—Pasó —dije en voz baja, mirándolo a los ojos.
Pedro respiró profundo. Dejó la copa sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante.
—Contame todo.
Me mordí el labio. Sentía el corazón latiendo fuerte.
—Llegó a las 5. Apenas cerró la puerta nos besamos. Me tocó todo… me chupó las tetas con mucha hambre. Después se arrodilló y me comió la concha como si estuviera desesperado.
Pedro tragó saliva. Vi cómo se le marcaba la erección debajo del pantalón.
—¿Y después?
—Me inclinó sobre el escritorio. Le puse el preservativo yo misma… pero antes se la chupé un poco. Después me cogió fuerte. Muy fuerte. Me agarraba del pelo y de las tetas mientras me cogía. Acabé muy intenso.
Hice una pausa. Pedro estaba completamente atento.
—Y al final… le saqué el preservativo y le pedí que me acabara en el culo. Me llenó toda la cola de semen. Todavía lo tengo encima, Pedro. No me duché.
Hubo un silencio denso. Pedro me miraba con los ojos brillantes de excitación y celos mezclados.
—¿Te gustó? —preguntó casi en un susurro.
—Mucho —admití—. Es joven, tiene mucha fuerza y ganas. Me cogió distinto a vos… más animal. Me sentí deseada de una forma que hacía mucho no sentía.
Pedro se levantó, se acercó y se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas lentamente y subió mi falda. Miró mi tanga y mis muslos, donde todavía se notaban rastros secos.
—¿Esto es de él? —preguntó, pasando un dedo por la piel pegajosa de mi muslo interno.
—Sí.
Se quedó mirando un rato largo. Luego levantó la vista hacia mí.
—¿Querés que te coma la concha ahora… sabiendo que él te cogió hace un rato?
Sentí una nueva oleada de excitación.
—Sí… —respondí.
Pedro no esperó más. Me abrió más las piernas allí mismo, en el sillón del living, y acercó su cara. Me corrió la tanga a un costado y hundió la lengua en mi concha todavía sensible por lo que había pasado horas antes.
—Huele a sexo… —murmuró contra mí antes de empezar a lamerme.
Me comió con ganas, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. Su lengua recorría mi clítoris y entraba en mí, como si estuviera buscando rastros de lo que Mateo había dejado. Yo le agarraba la cabeza con una mano y gemía sin vergüenza.
—Pedro… Dios… seguí así…
Levantó la vista un segundo, con los labios brillantes.
—¿Te cogió rico? —preguntó.
—Sí… me cogió fuerte sobre el escritorio. Me tiraba del pelo mientras me daba duro.
Eso lo encendió más. Me chupó el clítoris con más intensidad, metiendo dos dedos dentro de mí. Yo me retorcía en el sillón, moviendo las caderas contra su boca.
Cuando estuve cerca de acabar, me levantó, me dio vuelta y me inclinó sobre el respaldo del sillón. Me subió la falda y me bajó la tanga hasta las rodillas. Me penetró de un empujón. Mi concha estaba empapada.
Empezó a cogerme desde atrás, agarrándome fuerte de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas se movieran y chocaran contra el respaldo.
—Decime cómo te acabó —pidió con voz ronca.
—Me llenó todo el culo… chorros calientes… me corrió por las nalgas —gemí.
Pedro me cogió más fuerte, casi con rabia excitada. Me daba cachetadas suaves en el culo mientras me penetraba profundo.
—¿Querés que te coja otro día otra vez? —preguntó.
—Sí… —respondí entre gemidos—. Quiero que me coja de nuevo.
Eso fue demasiado para él. Me cogió con fuerza durante un minuto más y acabó dentro de mí, gruñendo mi nombre.
Quedamos los dos jadeando. Me abrazó por detrás, todavía dentro de mí, y me besó el cuello.
—Te amo —me dijo al oído—. Esto es raro… pero me excita mucho saber que te deseó tanto.
Me di vuelta y lo besé en la boca, suave esta vez.
—Yo también te amo. Y gracias por dejarme vivir esto.
Nos quedamos abrazados un rato largo en el living, con mi falda todavía levantada y el cuerpo marcado por dos hombres en el mismo día.
Era el comienzo de algo nuevo.
Esa noche, después de ducharnos juntos y cenar algo liviano, Pedro y yo nos fuimos a la cama. No volvimos a hablar mucho del tema, pero había una energía distinta entre nosotros. Me abrazó por detrás y me besó el hombro.
—Gracias por contármelo todo —susurró—. Fue… intenso. Pero me gustó verte así. Tan viva.
Me di vuelta y lo miré a los ojos en la penumbra.
—No pensé que iba a llegar tan lejos tan rápido —admití—. Pero cuando estuve con él… me dejé llevar. Me sentí deseada de una forma que hacía años no sentía. No es que vos no me desees, pero esto fue distinto. Más urgente. Más joven.
Pedro asintió, acariciándome el pelo.
—Lo entiendo. Y no te voy a pedir que pares… siempre y cuando me sigas contando todo. Quiero ser parte de esto, aunque sea desde acá.
Sonreí y lo besé suavemente.
—Te lo prometo.
Los días siguientes fueron extraños pero excitantes. En la universidad, Mateo y yo manteníamos la compostura profesional delante de los demás, pero cuando nos cruzábamos por los pasillos las miradas eran cargadas. Hubo un par de mensajes más por la noche, discretos pero llenos de deseo. Las reuniones él siempre se mantuvo descente, cómo un caballero y aunque quizás hubo algún que otro comentario, entendió que la próxima jugada... Si la había... La iniciaba yo.
Por mi parte, me sentía más viva. Más mujer. Miraba a Pedro con otros ojos también. Nuestra vida sexual se volvió más intensa, más honesta. Hablábamos abiertamente de fantasías, de lo que había pasado, y eso nos acercaba.
Una noche, casi dos semanas después, mientras estábamos en la cama, Pedro me preguntó:
—¿Querés volver a cogerlo?
Me quedé pensando un momento, recorriendo su pecho con los dedos.
—Creo que sí… una vez más. Pero no quiero que esto se convierta en algo habitual. Quiero que sea algo nuestro. Algo que nos excite a los dos.
Pedro me besó en la frente.
— Y si el pibe es de confiar, no te hagas la cabeza... hacelo. Y después vení a contármelo todo.
Sonreí en la oscuridad.
Esa fue la verdadera sorpresa: no era solo yo explorando. Éramos nosotros, de una forma nueva y retorcida, redescubriéndonos.
Y por primera vez en mucho tiempo nos sentimos plenos como pareja.
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Fin del relato... Por ahora. Gracias nuevamente a Laura por dejarme relatar está historia, pueden comentarle aquí mismo, ella leerá los comentarios con mucha alegría.
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