El martes amaneció con un calor insoportable, de esos que te pegan la ropa al cuerpo a los cinco minutos de salir de la cama. Para mí, la temperatura real de la casa no la dictaba el clima, sino la expectativa de lo que pasaría abajo. Pasé la noche entera imaginando el siguiente movimiento. Ya no me bastaba con ver a Pedro mirándole el pecho a mi esposa; ahora necesitaba que Laura diera un paso más agresivo, que rompiera la barrera del respeto que ese maldito albañil mantenía por pura educación.
Antes de que Pedro llegara, entré al vestidor mientras Laura elegía su ropa. Estaba de espaldas, con un conjunto de ropa interior de encaje negro que delineaba perfectamente la curva de su culo. Sentí un vuelco en el estómago. Me acerqué por detrás, pegué mi cuerpo al suyo y le apreté las nalgas con fuerza, respirando en su oído.


Ángel: Hoy vas a usar algo que lo vuelva loco, Laura. Quiero que cuando te vea, no pueda pensar en otra cosa que no sea meterte la mano debajo de la ropa.
Laura: (Soltando un gemido ahogado por mi agarre, mirándome al espejo con timidez) Ángel, por favor... me da mucha vergüenza. Ayer casi me muero cuando noté cómo miraba mis tetas. Sentí que me quemaba la piel.
Ángel: Y te encantó, mi vida. Vi cómo te pusiste. Hoy vas a usar esa blusa de tirantes gris, la que no necesita sostén. Quiero que tus pezones se marquen con el frío del aire acondicionado cuando bajes a la biblioteca.
Laura: (Tragando saliva, con los ojos brillantes por la mezcla de miedo y sumisión) Está bien... lo haré. Pero prométeme que estarás cerca. No me dejes sola en esto.
Ángel: Siempre estoy contigo, mi amor. Voy a estar observando cada milímetro de tu cuerpo reaccionando ante él.


A mediodía, el ruido de los martillazos y la cortadora de azulejo cesó. Era la hora del descanso de Pedro. Sabía que el tipo se quedaba dentro de la biblioteca a comer su almuerzo para no salir al sol abrasador de la calle. Era el momento perfecto.
Laura preparó una jarra de agua de limón con mucho hielo. La vi cambiarse la blusa frente a mí; se quitó el sostén y se puso la prenda gris de algodón. El tejido era delgado, casi traslúcido bajo la luz directa. Al no llevar soporte, el peso natural de sus pechos se balanceaba de forma tentadora con cada paso, y sus pezones, ya erectos por los nervios, se dibujaban con total nitidez a través de la tela. Era una provocación descarada.
La seguí sigilosamente hasta el pasillo de arriba. Me acomodé en el piso, pegando la cara a los pilares de madera de la barandilla para tener una vista panorámica de la biblioteca.
Laura bajó los escalones despacio. El eco de sus sandalias alertó a Pedro, que estaba sentado en un banco de madera, con una playera de tirantes blanca que dejaba ver sus hombros anchos, sudados y llenos de polvo de ladrillo. Cuando el tipo levantó la mirada y vio entrar a mi esposa, se quedó con el vaso a medio camino de la boca. Su mirada bajó directo, como un imán, a los pechos libres de Laura. Pude ver cómo la manzana de Adán de Pedro se movía al tragar saliva.
Laura: Qué calor hace hoy, ¿verdad, Pedro? Te traje un poco de agua fresca. Pensé que la necesitarías con este clima tan pesado.
Pedro: (Poniéndose de pie rápidamente, visiblemente nervioso, intentando no clavar los ojos en los pezones de Laura pero fallando miserablemente) Eh... sí, señora Laura. Muchas gracias. La verdad es que allá abajo se encierra mucho el bochorno. Qué buena falta me hacía.
Laura: (Caminando con un contoneo lento, exagerando el movimiento de sus caderas para que el trasero se le marcara en los jeans ajustados) Sí, lo imagino. Estaba revisando los planos en la sala y... sentí que el aire acondicionado no era suficiente. Creo que me puse una ropa demasiado ligera hoy.
Al decir eso, Laura se llevó una mano al cuello, estirando la blusa hacia el frente para abanicarse, un movimiento que abrió el cuello de la prenda y expuso casi por completo la redondez de su teta derecha desde el ángulo donde Pedro estaba parado. El albañil se tensó por completo; sus manos grandes y curtidas se apretaron alrededor del vaso de plástico. El deseo en su rostro era bruto, primitivo.
Laura no se detuvo ahí. Con el pretexto de dejar la jarra en la mesa de trabajo, se inclinó hacia adelante. Al doblar la cintura, la blusa holgada se separó de su pecho, colgando hacia abajo. Desde mi posición, supe exactamente lo que Pedro estaba viendo: el panorama completo de los pechos de mi esposa, balanceándose en el aire, totalmente expuestos a su mirada.
Pedro dio un paso involuntario hacia adelante, completamente hipnotizado por la vista. Estaba a solo unos centímetros del culo de Laura, que quedaba elevado hacia él debido a la postura.
Laura: (Girando la cabeza un poco, mirándolo de reojo con una sonrisa felina que nunca le había visto antes) Pedro... ¿podrías ayudarme a mover esta caja de herramientas? Pesa demasiado para mí y estorba para alcanzar los vasos.
Pedro: (Con la voz notablemente más gruesa, carraspeando) Sí... sí, claro, señora. Déjeme... déjeme ayudarle.
Pedro se acercó por detrás para levantar la caja. Al hacerlo, su cuerpo quedó peligrosamente cerca del de Laura. Mi esposa, siguiendo el plan, se enderezó con lentitud, pegando deliberadamente su trasero contra la pelvis del albañil por una fracción de segundo. El contacto fue directo. Pude ver la sorpresa en los ojos de Pedro, seguida de una chispa de pura lujuria. Su mano, al retirarse de la caja, rozó de forma "accidental" la cadera de Laura, bajando apenas un centímetro hacia el inicio de su nalga.

Laura soltó un suspiro audible que resonó en toda la biblioteca, pero no se apartó de inmediato. Se quedó ahí, sintiendo la cercanía del cuerpo sudoroso y rudo del trabajador, rompiendo finalmente la última línea del respeto profesional.
Laura: (Con la voz trémula, mirándolo fijamente a los ojos) Gracias, Pedro... Eres un hombre muy fuerte.

Pedro: (Mirándola con una intensidad que me hizo sudar las manos del morbo, sin apartar la mirada de sus labios) Para lo que necesite, señora Laura. Ya sabe que estoy para servirle... en lo que sea.
Laura dio media vuelta y subió las escaleras casi corriendo, con el rostro completamente rojo y la respiración desbocada. En cuanto cruzó el umbral de nuestra habitación, yo ya la esperaba con los pantalones abajo.
La tomé del brazo, la arrojé sobre la cama y me puse encima de ella. Su cuerpo emanaba un calor abrasador, mezclado con el aroma de su perfume y la tensión del encuentro abajo.
Ángel: (Gimiendo, metiendo las manos debajo de su blusa para apretarle las tetas con desesperación) ¡Dios, Laura! ¡Vi cómo te tocó! ¡Vi cómo te miraba el culo cuando te inclinaste! Estaba listo para cogerte ahí mismo.
Laura: (Gimiendo fuerte, abriendo las piernas para recibirme mientras se subía la blusa ella misma) ¡Me vio todo, Ángel! ¡Me vio las tetas enteras cuando me agaché! Sentí su cuerpo duro detrás de mi culo... Dios mío, me puse empapada ahí abajo solo de sentirlo tan cerca... ¡Acuérdate conmigo pensando en él, Ángel, cógeme ya!


Esa tarde la poseí con una furia salvaje, usándola como el canal de una fantasía que ya había cobrado vida propia. Pedro estaba abajo, trabajando, pero su presencia ya se había metido por completo en nuestra cama.
Antes de que Pedro llegara, entré al vestidor mientras Laura elegía su ropa. Estaba de espaldas, con un conjunto de ropa interior de encaje negro que delineaba perfectamente la curva de su culo. Sentí un vuelco en el estómago. Me acerqué por detrás, pegué mi cuerpo al suyo y le apreté las nalgas con fuerza, respirando en su oído.


Ángel: Hoy vas a usar algo que lo vuelva loco, Laura. Quiero que cuando te vea, no pueda pensar en otra cosa que no sea meterte la mano debajo de la ropa.
Laura: (Soltando un gemido ahogado por mi agarre, mirándome al espejo con timidez) Ángel, por favor... me da mucha vergüenza. Ayer casi me muero cuando noté cómo miraba mis tetas. Sentí que me quemaba la piel.
Ángel: Y te encantó, mi vida. Vi cómo te pusiste. Hoy vas a usar esa blusa de tirantes gris, la que no necesita sostén. Quiero que tus pezones se marquen con el frío del aire acondicionado cuando bajes a la biblioteca.
Laura: (Tragando saliva, con los ojos brillantes por la mezcla de miedo y sumisión) Está bien... lo haré. Pero prométeme que estarás cerca. No me dejes sola en esto.
Ángel: Siempre estoy contigo, mi amor. Voy a estar observando cada milímetro de tu cuerpo reaccionando ante él.


A mediodía, el ruido de los martillazos y la cortadora de azulejo cesó. Era la hora del descanso de Pedro. Sabía que el tipo se quedaba dentro de la biblioteca a comer su almuerzo para no salir al sol abrasador de la calle. Era el momento perfecto.
Laura preparó una jarra de agua de limón con mucho hielo. La vi cambiarse la blusa frente a mí; se quitó el sostén y se puso la prenda gris de algodón. El tejido era delgado, casi traslúcido bajo la luz directa. Al no llevar soporte, el peso natural de sus pechos se balanceaba de forma tentadora con cada paso, y sus pezones, ya erectos por los nervios, se dibujaban con total nitidez a través de la tela. Era una provocación descarada.
La seguí sigilosamente hasta el pasillo de arriba. Me acomodé en el piso, pegando la cara a los pilares de madera de la barandilla para tener una vista panorámica de la biblioteca.
Laura bajó los escalones despacio. El eco de sus sandalias alertó a Pedro, que estaba sentado en un banco de madera, con una playera de tirantes blanca que dejaba ver sus hombros anchos, sudados y llenos de polvo de ladrillo. Cuando el tipo levantó la mirada y vio entrar a mi esposa, se quedó con el vaso a medio camino de la boca. Su mirada bajó directo, como un imán, a los pechos libres de Laura. Pude ver cómo la manzana de Adán de Pedro se movía al tragar saliva.
Laura: Qué calor hace hoy, ¿verdad, Pedro? Te traje un poco de agua fresca. Pensé que la necesitarías con este clima tan pesado.
Pedro: (Poniéndose de pie rápidamente, visiblemente nervioso, intentando no clavar los ojos en los pezones de Laura pero fallando miserablemente) Eh... sí, señora Laura. Muchas gracias. La verdad es que allá abajo se encierra mucho el bochorno. Qué buena falta me hacía.
Laura: (Caminando con un contoneo lento, exagerando el movimiento de sus caderas para que el trasero se le marcara en los jeans ajustados) Sí, lo imagino. Estaba revisando los planos en la sala y... sentí que el aire acondicionado no era suficiente. Creo que me puse una ropa demasiado ligera hoy.
Al decir eso, Laura se llevó una mano al cuello, estirando la blusa hacia el frente para abanicarse, un movimiento que abrió el cuello de la prenda y expuso casi por completo la redondez de su teta derecha desde el ángulo donde Pedro estaba parado. El albañil se tensó por completo; sus manos grandes y curtidas se apretaron alrededor del vaso de plástico. El deseo en su rostro era bruto, primitivo.
Laura no se detuvo ahí. Con el pretexto de dejar la jarra en la mesa de trabajo, se inclinó hacia adelante. Al doblar la cintura, la blusa holgada se separó de su pecho, colgando hacia abajo. Desde mi posición, supe exactamente lo que Pedro estaba viendo: el panorama completo de los pechos de mi esposa, balanceándose en el aire, totalmente expuestos a su mirada.
Pedro dio un paso involuntario hacia adelante, completamente hipnotizado por la vista. Estaba a solo unos centímetros del culo de Laura, que quedaba elevado hacia él debido a la postura.
Laura: (Girando la cabeza un poco, mirándolo de reojo con una sonrisa felina que nunca le había visto antes) Pedro... ¿podrías ayudarme a mover esta caja de herramientas? Pesa demasiado para mí y estorba para alcanzar los vasos.
Pedro: (Con la voz notablemente más gruesa, carraspeando) Sí... sí, claro, señora. Déjeme... déjeme ayudarle.
Pedro se acercó por detrás para levantar la caja. Al hacerlo, su cuerpo quedó peligrosamente cerca del de Laura. Mi esposa, siguiendo el plan, se enderezó con lentitud, pegando deliberadamente su trasero contra la pelvis del albañil por una fracción de segundo. El contacto fue directo. Pude ver la sorpresa en los ojos de Pedro, seguida de una chispa de pura lujuria. Su mano, al retirarse de la caja, rozó de forma "accidental" la cadera de Laura, bajando apenas un centímetro hacia el inicio de su nalga.

Laura soltó un suspiro audible que resonó en toda la biblioteca, pero no se apartó de inmediato. Se quedó ahí, sintiendo la cercanía del cuerpo sudoroso y rudo del trabajador, rompiendo finalmente la última línea del respeto profesional.
Laura: (Con la voz trémula, mirándolo fijamente a los ojos) Gracias, Pedro... Eres un hombre muy fuerte.

Pedro: (Mirándola con una intensidad que me hizo sudar las manos del morbo, sin apartar la mirada de sus labios) Para lo que necesite, señora Laura. Ya sabe que estoy para servirle... en lo que sea.
Laura dio media vuelta y subió las escaleras casi corriendo, con el rostro completamente rojo y la respiración desbocada. En cuanto cruzó el umbral de nuestra habitación, yo ya la esperaba con los pantalones abajo.
La tomé del brazo, la arrojé sobre la cama y me puse encima de ella. Su cuerpo emanaba un calor abrasador, mezclado con el aroma de su perfume y la tensión del encuentro abajo.
Ángel: (Gimiendo, metiendo las manos debajo de su blusa para apretarle las tetas con desesperación) ¡Dios, Laura! ¡Vi cómo te tocó! ¡Vi cómo te miraba el culo cuando te inclinaste! Estaba listo para cogerte ahí mismo.
Laura: (Gimiendo fuerte, abriendo las piernas para recibirme mientras se subía la blusa ella misma) ¡Me vio todo, Ángel! ¡Me vio las tetas enteras cuando me agaché! Sentí su cuerpo duro detrás de mi culo... Dios mío, me puse empapada ahí abajo solo de sentirlo tan cerca... ¡Acuérdate conmigo pensando en él, Ángel, cógeme ya!


Esa tarde la poseí con una furia salvaje, usándola como el canal de una fantasía que ya había cobrado vida propia. Pedro estaba abajo, trabajando, pero su presencia ya se había metido por completo en nuestra cama.
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