
Capítulo 1: El peso de la inmadurez y un giro inesperado.
Me llamo Nelson, tengo 18 años y soy un chavalo garífuna con el cuerpo bien macizo, musculoso por tanto trabajar. A pesar de estar bien tierno, tengo una buena chamba a la orilla de las playas de La Ceiba, con un futuro prometedor. Fue precisamente en estas playas donde conocí a la Claudia cuando los dos teníamos 17 años. Nos enamoramos rápido, con la calentura de la edad, y decidimos juntarnos a vivir en la misma casa. Ya llevamos un año compartiendo el mismo techo, pero la realidad nos ha pegado un buen pencazo en la cara.
A sus 18 años, la Claudia se maneja un cuerpazo espectacular, pero esa belleza la hace ser bien altiva, engreída y con un carácter perra, de lo más difícil. Ella cree que lo tiene todo controlado y solo piensa en disfrutar su juventud, irse de jarana y vivir sin ataduras. En cambio, yo ya quiero ponerme serio; me muero por tener cipotes y formar una familia sólida, pero para ella eso es motivo de viaje, una discusión fija de todos los días. Su inmadurez la hace ponerse insoportable: cada vez que peleamos por esa papasada, arma su maleta y se me va de la casa por tres o cuatro días, dejándome solo, ahogado en los celos, el coraje y metiéndole al guaro.
En medio de nuestros pijeos siempre ha estado mi suegra, doña Elsa. Ella tiene 37 años y es la dueña del mercadito y restaurante playero donde conocí a su hija. Esa doña es una verdadera belleza: de piel clara, con su pelo corto teñido de rubio y con un cuerpo que todavía parece el de una cipota. Aunque viste bien recatada, con blusas flojas y faldas amplias, no puede ocultar sus jugosas carnes, sus grandes pechos y un culazo de campeonato. Muchos hombres han intentado conquistarla y llevarla siquiera a primera base, pero todos rebotan; la doña está sola desde que enviudó hace diez años. Ella y la Claudia son uña y mugre, y doña Elsa siempre ha estado ahí de intermediaria, queriendo aconsejar a su hija para que nuestra relación no se vaya a la mismísima porra.
Hace tres meses tuvimos la peor macaneada hasta la fecha. La Claudia se descontroló horrible, agarró sus trapos y me gritó que se iba para la casa de una su amiga que vive bien largo de aquí. Antes de subirse al bus, la Claudia llamó a su mamá para avisarle, quejándose de mí y diciéndole que estaba furiosa. Doña Elsa intentó por todos los medios convencerla de que eso no era lo correcto, que escapar no resolvía las cosas, pero la muchacha, bien caprichosa, le colgó la llamada. Preocupada por el pijeo y pensando en cómo me iba a poner yo, doña Elsa me llamó de inmediato.
—Nelson, vení a la casa, por favor —me dijo preocupada—. Tenemos que platicar sobre esta cipota para ver cómo arreglamos este relajo. No te me vayás a poner a tomar, vení hablá conmigo.
Al principio me negué; me sentía de la patada y el despecho ya me había hecho bajarme varias SalvaVidas bien heladas, pero la doña insistió tanto que me dio pena decirle que no.
Una hora después, llegué a su casa. Toqué el timbre un montón de veces y nadie salía. Como andaba medio a pija con el alcohol y con una gran impaciencia, decidí saltarme por una ventana trasera y meterme por la puerta de servicio. Al entrar a la casa empecé a llamarla:
—¡Doña Elsa! ¡Doña Elsa!
Nadie contestaba. Fue cuando escuché a lo lejos el ruido del agua en la ducha. Me acerqué pasito a pasito al baño y vi que la puerta estaba apenas entreabierta. Entré pensando que ya iba a salir tapada con alguna bata, pero qué va. De un solo me topé con doña Elsa completamente bica, desnudita bajo el agua. Su abdomen era plano, sus senos grandes y firmes, y su pubis escaso dejaba ver su intimidad en todo su esplendor. Ella pegó un grito asustada, se dio la vuelta para cubrirse y en ese movimiento me fijé en semejante portento de nalgas que se carga mi suegra. De inmediato, mi miembrote se puso duro como una tranca.
—¡Salí de aquí, Nelson! ¡Salí, por favor! ¿Qué te pasa, estás loco? —me gritó sumamente avergonzada, con la cara roja.
Me salí en carrera del baño y me fui a la sala principal. Me tiré en uno de los sillones, intentando agarrar aire. Haberla visto sin ropa y contemplar ese tremendo mujerón me había puesto al cien de alborotado. Sentía una gran lujuria; mi verga completamente erecta me dolía encerrada en el pantalón. Mientras tanto, doña Elsa se había ido a su dormitorio para ponerse la ropa interior. El deseo me dominó por completo, me apendejó el cerebro y me levanté guiado por la calentura. Caminé con paso firme pero tembloroso hacia su cuarto. La puerta estaba abierta. Ella estaba de espaldas, poniéndose apenas una bombacha negra, con sus tetas todavía al aire.
No lo medité. Entré y la agarré duro por la cintura. Ella quiso zafarse, pero pegué mi cuerpo al suyo y empecé a lamerle todo el cuello. Sentí cómo su calor corporal se disparaba a cada segundo.
—No, Nelson... soltame... ¡Ideay! ¿Qué estás haciendo? Somos familia, esto está mal, pensá en mi hija —me decía en puros susurros débiles, aunque ya no se movía.
Para terminar de convencerla, le metí la lengua en el oído. Eso la terminó de volver loca. Arqueó la espalda y frotó sus nalgas directamente contra mi erección. Verla ceder y notar que estaba bien excitada me puso más cachondo. La acosté en la cama y probé la miel de sus labios carnosos, bajando con mis besos por todo su cuerpo, chupando sus senos hermosos hasta llegar al pubis. Le arranqué la bombacha y, abriéndole bien las piernas, ignoré sus últimas súplicas.
—¡No, Nelson, por lo que más querás, no lo hagás! ¡Me vas a arruinar! —decía con la voz quebrada, pero sus manos ya se aferraban a mis hombros.
La penetré de un solo viaje. Elsa pegó un gemido de placer tremendo, un alarido de esos que asustan. Al calor de la faena, mientras yo le daba duro y los resortes de la cama chillaban, la doña se transformó por completo.
—¡Ay, Dios mío, Nelson! ¡Qué bruto sos! ¡Dale, dale más duro, mi negro, no parés! —me gritaba con los ojos desorbitados—. ¡Llevo añales de estar sola, perdiéndome de esto! ¡Esa cochinada de aparato de mi amiga no sirve para nada comparado con este pedazo de hombre!
Saber que yo estaba despertando ese cuerpo dormido me excitó al máximo. Luego nos acomodamos y ella empezó a mamarme la pija con una pasión tan perra que creí que se la iba a tragar entera, soltando ruiditos de pura glotonería.
—¡Mmm, qué rico le das amor a mi fierro, suegrita linda! —le gruñía yo, vuelto loco.
—¡Es que lo tenés divino, mi amor! ¡Callate y dejame disfrutarte todo! —me contestó ella con la respiración entrecortada, antes de volver a meterse mi miembro en la boca.
La adrenalina andaba por las nubes. La puse en cuatro patas, le abrí los glúteos y la penetré también por el culo sin contemplaciones. Ella pegó otro alarido bárbaro que debió escucharse hasta la playa.
—¡Ay, me matás! ¡Nelson, me estás partiendo! ¡Soy virgen por ahí, bicho maldito, pero no salgás! ¡Metelo todo, destrozame si querés! —gritaba desaforada, enterrando las uñas en el colchón.
Me tocó empujar con más fuerza. Doña Elsa estaba disfrutando ese encuentro amatorio como nunca en su vida; se le notaba en la forma en que contorsionaba el cuerpo pidiendo más. Esa noche fue una locura de lujuria descontrolada: aprovechando que ella estaba entregada por completo, eyaculé un montón de veces, dejándole grandes cargas de mi leche dentro de su vagina.
Al día siguiente, desperté en su cama completamente chulón. Antes de que me entrara la culpa o el remordimiento, sentí un gran calor en la entrepierna. Doña Elsa ya estaba despierta y, lejos de arrepentirse o mandarme al carajo, me estaba haciendo una mamada de antología mientras yo todavía seguía medio dormido. Cuando abrí los ojos, ella se detuvo un segundo para mirarme con una sonrisa pícara y los labios mojaditos.
—Buenos días, mi rey. No creás que te vas a ir tan fácil de esta cama. Hoy sos mío otra vez, apurrate y ponete firme —me dijo con una voz ronca que me encendió la chispa de un solo viaje.
Mi miembro volvió a la carga con la misma fuerza de la noche anterior. Volví a poseerla una y otra vez, recorriendo cada rincón de su suculento cuerpo, entregados los dos a una maratón de sexo y fluidos.
—¡Ay, Nelson, metelo todo, dame más adentro! ¡Qué rico sentírte, entrá profundo, mi amor, que este coño es tuyo! —me gritaba ella abrazándome con las piernas mientras nos veníamos juntos otra vez.
Finalmente, el cansancio nos fundió. Mi miembro no daba para más y el cuerpo de mi suegra quedó lleno de chupetes. Nos despedimos con sentimientos encontrados. Antes de salir, me dio un último beso apasionado en la boca y me susurró:
—Andate ya, mi negro hermoso, que si te quedás más tiempo no te dejo ir nunca. Esto queda entre los dos, ¿oíste?
Caminé de regreso a mi casa bien adolorido. Mientras caminaba, la cabeza me daba vueltas: por un lado pensaba en la gran caballada que había hecho, en la tremenda traición a mi mujer, pero por el otro, no podía evitar sentirme orgulloso y bien gallo. Me había tirado a mi suegra, un mujerón maduro y hermoso, y la había hecho vibrar como ningún hombre lo había hecho antes. El recuerdo de su cuerpazo me tenía hipnotizado.
Tres horas después de haber llegado a la casa, escuché que abrieron la puerta. Era la Claudia que venía regresando de su viaje. Para mi sorpresa, traía un semblante completamente cambiado, se veía mucho más madura y comprensiva. Se me acercó, me dio un gran abrazo y me miró a los ojos.
—Mirá, Nelson, este viaje y las cosas que me dijo mi mamá antes de colgarme me hicieron pensar un montón —me dijo con la voz suave—. Ya estuvo bueno de pijeos, mi amor. Ya me voy a portar bien, te lo prometo. Ya nos vamos a poner serios y si querés que tengamos cipotes, pues tengamos. Ya no voy a andar con inmadureces, me voy a poner seria con lo nuestro.
La abracé con fuerza, sintiéndome como la peor basura del mundo por el tremendo secreto que ahora cargaba en el pecho, pero decidido a aprovechar esta nueva oportunidad con mi mujer y a mantenerme bien largo de doña Elsa... o al menos eso era lo que yo creía en ese momento.
0 comentarios - Preñando a mi suegra por accidente! 🥵