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María la Santa (9)

María la Santa (9)

Lucía había llegado al jardín apenas unos meses antes.

Era buena docente, pero todavía había situaciones que la desbordaban. Sin proponérselo, María terminaba ayudándola en todo. Nunca se ofrecía. Simplemente estaba.

Con el tiempo, Lucía empezó a admirarla profundamente. Más de una vez terminaba hablando de ella en su casa con Eduardo, su pareja.

Fue un jueves, mientras ordenaban la sala, que Lucía apoyó una caja de témperas y sonrió.

—¿Van a venir el sábado? Carla organiza una fiesta de disfraces en una quinta. Va casi todo el jardín.

—Qué buena idea.

—Tengo muchas ganas de que conozcas a Eduardo. Le hablo bastante de vos.

María sonrió.

—Entonces va a ser lindo ponerle cara al nombre.

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Agustín resolvió su disfraz en menos de media hora. Se negó a gastar plata. Sacó un saco bordó que llevaba años sin usar, un pantalón negro, un chaleco oscuro, un moño viejo, y dibujó dos rombos alrededor de los ojos. El resultado se parecía a un mimo sofisticado.

María, en cambio, llevaba tres días peleándose con el suyo. Había pedido por internet un conjunto similar al de las estudiantes japonesas. En las fotos parecía tierno. Cuando abrió el paquete entendió que algo no estaba bien.

La camisa le ajustaba más de lo esperado. La falda era muchísimo más corta que en las imágenes. Cada movimiento parecía subirla unos centímetros. Ya de por sí era de fisionomía muy exuberante, sumado a las largas horas de gimnasio, era casi utópico imaginar que esa pequeña tela podría tapar más de la mitad de su pomposo culo.

—No pienso salir así.

Agustín apareció detrás de ella, la abrazó.

—Es una fiesta de disfraces. Nadie va a estar midiendo el largo de una pollera.

María suspiró. Resignada.

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La quinta estaba iluminada con guirnaldas colgadas entre los árboles. Música. Risas. Personas disfrazadas caminando con copas en la mano. Piratas. Brujas. Vampiros. Superhéroes.

María volvió a acomodarse la falda antes de cruzar la entrada. Agustín le dio un suave apretón en la mano.

—Vas a pasarla bien.

No alcanzó a terminar la frase cuando escuchó una voz conocida.

—¡María!

Lucía apareció caminando entre la gente. Llevaba un vestido negro ajustado, una capa roja translúcida, guantes largos y una máscara roja sobre los ojos. Elegante y teatral.

—Qué hermosa estás.

—Esperá... ahora me toca a mí.

La recorrió con la mirada. Sin apuro.

—No esperaba que vinieras así.

—¿Así cómo?

—Preciosa.

María bajó la vista.

—El disfraz vino con un talle raro.

Lucía sonrió.

—Entonces fue un error bastante afortunado.

En ese momento apareció Eduardo. Alto, de hombros anchos, cabello canoso y barba recortada. Las primeras arrugas alrededor de los ojos delataban una edad que rondaba los cincuenta y largos. Vestía un traje negro impecable y una máscara veneciana oscura. Su presencia imponía calma antes que autoridad.

Lucía tomó a María del brazo.

—Ella es María.

Eduardo le sonrió.

—Al fin nos conocemos. —Le dio un beso y la observó—. Lucía se quedó corta.

María lo miró, confundida.

—Cuando hablaba de vos. Ese disfraz parece hecho especialmente para vos.

Agustín regresó con cuatro copas.

—¿Me perdí de algo?

—Le estábamos diciendo que ganó el premio al mejor disfraz.

Agustín sonrió.

—¿Viste? Te dije que estabas preocupándote por nada.

Mientras Agustín conversaba con Eduardo, Lucía se acercó a María y acomodó el cuello de su camisa.

—Ahora sí. Perfecta.

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Pasadas varias copas, fuee entonces cuando Eduardo notó algo.

La pollerita de María se había ido encogiendo con cada paso, cada giro, cada movimiento de cadera. La tela apenas cubría la generosa curva de sus glúteos, dejando asomar la parte inferior de esa redondez firme y blanca. La tanga azul —chiquita, delicada, casi un susurro de encaje— se insinuaba en el límite entre lo cubierto y lo expuesto.

Eduardo estiró el brazo y, con naturalidad, deslizó sus dedos por el borde de la tela, acomodando la falda con un movimiento preciso. La yema de sus dedos rozó apenas la piel desnuda de María, un contacto tan breve que podría haber sido casual.

Pero no lo era.

Ella giró la cabeza, atónita, y se encontró con su mirada. Serena. Cálida.

—Si bien el resto de los presentes podrá verme como un aguafiestas —dijo en voz baja—, es tu decisión si vas a querer mostrar más o no.

María sintió que algo se quebraba dentro de ella. La sensación de ser cuidada sin ser juzgada. De ser deseada sin ser devorada. Entendía por qué Lucía lo había elegido.

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Eran casi las tres y media cuando decidieron volverse, ya producto de que la fiesta iba muriendo...

—Si quieren los llevamos así no piden un Uber —dijo Eduardo.

Fueron hasta su coche, un vehículo alemán sofisticado. Los hombres adelante por insistencia de Lucía, las dos amigas atrás, entre risas y cuchicheos.

—Hermosa mujer —dijo Eduardo—. Se nota que se llevan muy bien.

—Gracias, ustedes también tienen una linda dinámica.

—Sí, a Lucía la conocí y me cambió la vida. Confiamos mucho el uno del otro.

—Coincido que la confianza es importante...

—Lo que vos tenés con María no podría ser sin confianza. Ella fue el centro de las miradas, más de uno la devoró mentalmente, y vos confías que ella siempre te va a elegir.

Agustín sintió un nudo en el estómago.

—Perdón si me entrometo. De hecho, veo que sos una persona que aprecia eso.

—Sí, sé que ella fue muy provocativa hoy. Quizás hasta me sentí incómodo, pero no quise que se frustre.

—Un acierto. Se veía increíble. Tiene un cuerpo único.

—Va mucho al gimnasio.

—Es divina. Seguro disfrutas de que se luzca.

—Cla... claro.

—Me di cuenta. En la fiesta pudimos ver la tanguita de ella y se notó que no te preocupaba... Azul, ¿no?

—Sí...

—Tranqui. A mí también me gusta ver a mi mujer con otros. Por eso te saqué la ficha rápido.

Agustín estaba sin palabras.

De pronto, atrás se hizo silencio. Volteó rápido y se encontró con algo que lo dejó sin aire.

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Lucía y María tenían sus lenguas trenzadas, las manos de ambas recorrían tetas y cintura. Un beso apasionado, ajeno a todo.

María tenía los ojos entrecerrados, los dedos de Lucía enredados en su melena negra. La mano de Lucía ascendía por su muslo, deteniéndose en el borde de la falda. La mano de María, temblorosa, se aferraba a la nuca de Lucía.

Cuando separaron los labios, un hilo de saliva las conectó.

—Te estaba esperando —dijo Lucía.

Eduardo miró por el espejo retrovisor. Sonreía.

—Son hermosas.

María apoyó la frente en el hombro de Lucía.

—Agus —dijo Eduardo—, esta noche te vamos a dar el gusto. Vamos a casa que ellas dos lo merecen.

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El auto se detuvo frente a una casa grande. Iluminación cálida. Jardín cuidado. Puerta de madera maciza.

—Pasá nomás.

Agustín entró primero. María y Lucía atrás, con las manos entrelazadas.

La sala era amplia. Muebles de diseño pero cálidos. Un sillón de cuero negro.

—Siéntanse como en su casa.

María y Lucía se dejaron caer juntas en el sillón. Casi encimadas. Las piernas de María sobre las de Lucía.

Eduardo sirvió dos copas de vino y un vaso con agua. Se sentó en el piso. Frente a ellas.

—¿Cómodas?

Lucía sonrió. María lo miró. No era la misma. Era otra.

—Perfectamente.

Eduardo levantó su copa.

—Brindo por las sorpresas.

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El vino hizo efecto rápido. María reía más alto. Su mano se deslizó hasta la nuca de Lucía. Los dedos de Lucía se metieron por debajo del dobladillo de la falda.

Eduardo puso música suave. Cuando volvió, María estaba de espaldas a Lucía, recostada contra su pecho, los brazos de Lucía anudados alrededor de su cintura.

Lucía comenzó a besarle el cuello. Una mano bajó. Rozó el borde de la tanga azul.

—Agustín está mirando —susurró.

María abrió los ojos. Lo buscó.

—¿Te molesta?

Negó con la cabeza.

Eduardo se arrodilló frente a María.

—Creo que ya está lista para decidir lo que quiere.

Deslizó una mano por su pierna, subiendo.

—Lucía la quiere mucho.

Lucía asintió.

—Y vos también.

Agustín asintió.

—Entonces lo mejor que podemos hacer es cuidarla.

—¿Qué querés, María?

—Quiero a Agustín —dijo—. Y quiero que me vea con ustedes.

Eduardo sonrió. Su mano continuó su camino.

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Lucía desabrochó la camisa de colegiala. Un botón. Dos. Tres. La camisa se abrió. María no llevaba corpiño. Sus pechos, chiquitos y firmes, con pezones rosados, quedaron expuestos.

—Hermosa.

Los dedos de Lucía acariciaron sus tetas. María arqueó la espalda. Gimiendo.

—Míralo cómo te mira.

—Agus... ¿estás bien?

Él no respondió.

—Está bien —dijo Eduardo—. Solo está aprendiendo.

Su mano se deslizó por debajo de la tanga, encontrando el calor de su conchita.

María jadeó.

—Míralo mientras lo decís.

Ella obedeció.

—Mirá, Agustín. Mirá lo que hacen conmigo.

Y él miró.

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Eduardo retiró su mano. Se levantó.

—¿Qué quieren hacer conmigo, chicas?

Lucía lo miró con los ojos brillantes.

—Todo.

María giró hacia Lucía, buscó su boca. El beso fue más profundo, más posesivo. Cuando se separaron, Lucía tomó su mano.

—Vení.

Se pararon frente a Eduardo. Una a cada lado.

Lucía se arrodilló primero. Desabrochó su cinturón. María la miró, esperando permiso.

—Vos también.

Y María se arrodilló.

Las dos mujeres frente a él, en el piso. Agustín no existía.

Lucía bajó el pantalón. Eduardo estaba erecto.

—¿Te da miedo?

María negó.

—Entonces ayudá a Lucía.

Sus manos encontraron las de Lucía, y juntas bajaron el pantalón.

María se inclinó. Su lengua encontró la punta, lo rodeó. Eduardo suspiró.

Agustín lo vio desde el sillón. La pija de otro tipo. La boca de su novia. La mujer de ese tipo mirando con admiración.

Eduardo tenía una mano en la cabeza de Lucía y otra en la de María. Como si fueran iguales. Como si fueran suyas.

—Así me gusta. Las dos.

Lucía se inclinó. Su boca encontró la de María sobre el miembro de Eduardo. Sus lenguas se encontraron alrededor de él. Eduardo gimió. Tomó el cabello de ambas y las guió. Mostrándoles el ritmo. Pidiéndoles sin palabras que continuaran.

Ellas obedecieron.

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Eduardo mantenía las manos en sus cabezas, guiándolas con presión apenas perceptible. No era brusco. No hacía falta.

Lucía se apartó, observó a María trabajar. Su mirada era entrega.

—Así me gusta —repitió—. Las dos.

María no levantó la vista. Su lengua rodeaba el glande con precisión natural. Eduardo movió la mano, apenas un centímetro. María entendió el mandato. Aceleró.

Lucía comenzó a besar el costado del miembro, donde María no llegaba. Las dos, trabajando juntas.

—Miren cómo las veo. Dos nenas hermosas, arrodilladas, haciendo lo que les pido.

María sintió un escalofrío, "nenas". Le gustó. Se sintió cuidada.

Eduardo acarició su mejilla con el pulgar.

—Tan linda. Con esa carita de ángel y esa boquita haciendo lo que hace.

—¿Te gusta? —preguntó Lucía. No a Eduardo. A María.

María asintió.

—Decíselo.

Separó los labios.

—Me gusta. Me gusta hacerlo.

Eduardo apartó un mechón de su cara.

—Vos hacé lo que sientas, nena. No hay apuro.

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Lucía se apartó. Ya no besaba la pija. Observaba a María.

—Es hermosa.

Eduardo asintió.

—Es tuya.

Lucía negó.

—No. Ahora es tuya.

Se levantó. Fue al sillón. Se sentó al lado de Agustín.

—Mirá. Mirá cómo la disfruta.

Agustín miró. María arrodillada, boca ocupada, manos en los muslos de Eduardo, falda levantada, tanga azul visible.

—¿Te gusta?

—No sé.

—No hace falta que lo sepas. Solo mirá.

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María sintió que el mundo se reducía al calor de la mano de Eduardo, al peso de su pija en su lengua.

No pensaba en Agustín. Solo en el macho que tenía frente a ella.

Eduardo empujó más profundo. María sintió que su garganta se abría. Sin atragantarse. Su cuerpo sabía qué hacer.

—Qué bien lo hacés. Parece que hubieras nacido para esto.

Eduardo retiró su pija.

—Quiero verte toda. Parate. Sacate el resto.

María obedeció. La camisa por encima de la cabeza. La falda se deslizó. Quedó en tanga.

Eduardo la miró. Sin apuro. Recorrió sus piernas, caderas, cintura, pechos, cuello, cara.

—Dá vuelta.

Giró. Sabía que su cola estaba ahí, firme, generosa, apenas cubierta por la tela azul. Sabía que él la miraba. Le gustaba.

—Agarrate de la pared.

Se acercó, apoyó las manos, se inclinó.

—Así te quiero.

Su mano encontró la tanga. La deslizó hacia abajo. Quedó completamente desnuda.

Eduardo pasó una mano sobre su cola. Una caricia lenta, conociendo la forma.

—Hermosa. Hermosa cola.

—Vos no te vas a mover. Te quedás así. Y yo hago lo que quiero.

—Sí. Hacé lo que quieras.

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Eduardo la acariciaba. Sus manos recorrían la curva, presionaban apenas.

—Esta cola es una obra de arte.

María se ruborizó. De orgullo.

Su mano se deslizó entre sus muslos, encontrando el calor de su sexo.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Qué te gusta?

—Que me toques.

—Te gusta que te toque otro. Que te toque alguien que no es tu novio.

—Sí. Me gusta.

—Entonces te voy a dar más.

Sus dedos encontraron el punto exacto.

María sintió que se desvanecía.

---

Lucía observaba desde el sillón, con la mano en el muslo de Agustín.

—Es hermosa.

—Sí.

—Y es tuya. Pero ahora es de él.

Agustín sintió que esas palabras le excitaban. No entendía por qué. Pero le excitaban.

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Los dedos de Eduardo se movían dentro de María. Acelerando.

—Voy... voy a...

—Todavía no.

Retiró los dedos.

—Por favor —dijo María—. Por favor, no pares.

—Vas a tener que pedirlo mejor.

—Por favor —rogó—. Por favor, no pares. Hacé lo que quieras. Todo lo que quieras.

Eduardo inclinó su boca hacia su oído.

—Tranquila, nena. Te voy a dar todo lo que necesites.

Sus dedos volvieron a entrar.

---

—¿Querés que Lucía te toque también?

—Sí. Sí, quiero.

—Vení a tocarla.

Lucía se arrodilló frente a María.

Su mano encontró el muslo de María, subiendo. Los dedos de Eduardo dentro de ella, los de Lucía en su clítoris.

María sintió que se desarmaba.

—No... no voy a...

—Vas a aguantar hasta que yo te diga.

Lucía inclinó su rostro y besó el vientre de María. Después más abajo. Su lengua siguió el camino de los dedos de Eduardo.

—Por favor —rogó—. Por favor, ya.

—Todavía no.

Lucía levantó la vista.

—Dale. Dale, ya.

Eduardo asintió.

—Ahora.

Los dedos aceleraron. La lengua se intensificó.

Y María sintió que el mundo explotaba.

Gritó. Su cuerpo se arqueó contra la pared. Si no hubiera sido por la mano de Eduardo en su cadera, se habría caído.

—Así. Así, nena.

Lucía prolongó el orgasmo hasta que María sintió que ya no podía más.

—Ya... ya no puedo.

Lucía se apartó. Sonrió.

—Bienvenida.

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María abrió los ojos. Estaba temblando.

Apoyada contra la pared, completamente desnuda. Su piel blanca brillaba con una fina capa de sudor que le recorría el pecho, el cuello, el vientre. La melena negra, salvaje, pegada en mechones a las sienes y la nuca.

Sus pechos, pequeños y firmes, se movían con cada respiración entrecortada. Los pezones rosados, erectos. El pecho le subía y bajaba con urgencia.

Estaba completamente depilada. Su conchita, lampiña, suave, brillaba húmeda. Los labios hinchados, abiertos. Un hilo de sus fluidos le corría por la cara interna del muslo, hasta la rodilla. Un rastro brillante, translúcido.

Su cola, esa curva generosa, seguía ligeramente levantada. La tanga azul en el piso. La falda arrugada en la cintura.

María estaba completamente expuesta.

Y no le importaba.

Abrió los ojos. Verdes, brillantes, nublados. Su boca entreabierta
, labios inflamados, brillantes.

María era la imagen del deseo satisfecho. Y también del deseo insatisfecho. Quería más. Quería todo.

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Sintió una mano en su brazo. Suave.

—María.

Era Agustín. A su lado, mirándola con asombro.

—Agus...

Él la recorrió con la mirada. Vio su cuerpo desnudo, brillante. El rastro en su muslo. El temblor en sus piernas.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Podemos irnos?

No fue un reclamo. Fue una pregunta genuina.

—Creo que necesito procesar esto. Y vos también.

María lo miró. Tuvo razón.

—Sí. Vámonos.

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