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Mi vecina embarazada

Otra historia 100 por ciento real. Hace como 8 años, tenía 27 años.
Eran como las once de la noche, un jueves de invierno que prometía ser tan aburrido como cualquier otro. Estaba tirado en el sillón mirando el techo, cuando el teléfono vibró. Un WhatsApp de Lourdes, la vecina del departamento de abajo. La pendeja rubia de dieciocho años casi diecinueve, flaquita, con esa carita de muñeca hinchada que se le pone a las embarazadas. Seis meses, me había enterado por el chusmerío del edificio. “Disculpá, ¿estás despierto? Necesito un favor, no tengo a quién pedirle” Le respondí al toque. “Dale, decime” “Mi persiana de metal se trabó a media altura y no puedo cerrarla del todo. ¿Podrías venir a cerrarla desde afuera? Estoy sola y me da cosa” Me puse las zapatillas y bajé. La puerta del edificio estaba abierta, así que salí a la vereda. La persiana de su ventana, la del living, estaba a medio bajar, trabada. Le pegué un par de golpes, la enderecé y la bajé hasta el fondo. Le mandé un mensaje. “Listo, ya está”. “Gracias, ¿podrías hacer otra cosa? No me puedo subir a una silla para cerrar la cortina de adentro. ¿Te molestaría pasar?” Ahí ya sabía que algo planeaba la Turrita. Subí al primer piso, toqué el timbre. Me abrió con un buzo enorme, uno de esos que usan las minas cuando quieren estar cómodas, pero que igual se les marca todo. Tenía el pelo revuelto, recogido en un rodete medio desprolijo. La panza ya se le notaba, redondita, pero el resto del cuerpo seguía siendo el de una pendeja flaca, con esas piernas largas y un culo que, incluso bajo el buzo holgado, se adivinaba perfecto. Pasé, cerré la cortina pesada, esa de blackout. Ella estaba parada en el medio del living, con los brazos cruzados, mirándome. “Es que me da miedo quedarme sola”, dijo, con esa voz medio tímida. “El barrio está pesado, y el novio cornudito labura de noche. No vuelve hasta las siete de la mañana”. “Una cagada”, le dije, apoyándome contra el marco de la ventana. “¿Y no tenés a nadie que te haga compañía?” Negó con la cabeza. “Mi vieja vive lejos, mis amigas tienen sus cosas… y la verdad no quiero estar sola”. “Mirá, si querés me quedo un rato, te hago unos mates. No tengo drama”. Sonrió, aliviada. “¿En serio? No sabés lo que me ayudás”. Puse la pava al fuego, preparé el mate, el termo. Nos sentamos en el sillón, ella se acurrucó en el otro extremo, con las piernas dobladas, el buzo cubriéndole las rodillas. Hablamos pavadas al principio. Que el embarazo la tenía hinchada, que el novio era un pelotudo que no la acompañaba, que se sentía sola todo el tiempo. Yo la escuchaba, asentía, le servía mate tras mate. En un momento, se rió por algo que dije y se inclinó hacia adelante para agarrar el mate. El buzo se le abrió un poco, y vi que abajo no llevaba nada más que una remera finita, bien ajustada a la panza. Las tetas se le marcaban, más grandes de lo que recordaba de cuando la veía en el ascensor. El embarazo se las había hinchado, se notaba. “Estás re incómoda así, ¿no?”, le pregunté, con un tono casual. “Un montón”, suspiró. “No encuentro posición. Me duele la espalda, las piernas…” “¿Querés que te masse un poco? Mi vieja siempre decía que era bueno para la circulación”. Dudó un segundo, pero asintió. Me paré, me senté al lado de ella en el sillón, y apoyé las manos en sus hombros. Estaba tensa, dura. Empecé a apretarle suave, los hombros, la nuca. Ella cerró los ojos y soltó un suspiro largo. “Dios, qué bien hace eso”, murmuró. Bajé las manos por sus brazos, despacio, sintiendo la piel suave. Ella no se apartó. Al contrario, cuando llegué a sus manos, me las apretó. Me miró, y en la penumbra del living, vi que tenía los ojos brillantes, húmedos. “No tendría que hacer esto”, dijo, casi en un susurro. “¿Hacer qué?”, pregunté, con la boca cerca de su oreja. “Esto. Estar acá, con vos. Sabés que tengo novio”. “Y sabés que no está acá”, le respondí, pasándole una mano por la nuca, enganchando los dedos en su rodete, soltándole el pelo. “Que estás sola, que tenés miedo, que necesitás que alguien te cuide un poco”. No dijo nada más. Se giró, se me sentó en las piernas. La panza me presionaba el abdomen, un bulto caliente y firme. Me besó. Primero tímido, los labios apenas rozándome. Después más fuerte, abriendo la boca, la lengua buscándome. Le metí las manos abajo del buzo. Tenía la piel caliente, los pezones duros contra la tela fina de la remera. Se los toqué, despacio, haciendo círculos con los dedos. Ella gimió contra mi boca, se apretó más contra mí. “Esperá”, dijo, separándose. “No quiero que pienses que soy una cualquiera. Es que… estoy tan caliente todo el tiempo con el embarazo, y él no me da bola, no me toca, dice que le da cosa lastimar al bebé…” “Yo no te voy a lastimar”, le aseguré, mirándola a los ojos. “Te voy a cuidar. Te voy a hacer sentir bien”. Se mordió el labio, dudando. Después asintió, y se bajó del sillón. Me agarró de la mano y me llevó al dormitorio. La cita estaba deshecha, las sábanas arrugadas. Se sacó el buzo y la remera de un tirón. Se quedó en bombacha, una de algodón blanco, bien ajustada a la panza. Las tetas le colgaban un poco, pesadas, con los pezones grandes y oscuros, rodeados de una areola más marcada por el embarazo. Se acostó boca arriba, abriendo las piernas. La bombacha se le había metido un poco entre los muslos, y se veía la sombra oscura del vello. Se la saqué despacio, deslizándola por sus piernas. Estaba completamente depilada, el sexo hinchado, los labios mayores un poco abultados, rosados, húmedos ya. Me incliné y la besé en la boca, mientras le masajeaba las tetas. Después bajé, besándole el cuello, los hombros, los pezones. Ella arqueó la espalda, gimiendo. “Por favor”, susurró. “Hacéme algo, no aguanto más”. Me puse entre sus piernas, separándoselas con las manos. Tenía el sexo completamente expuesto, los labios menores asomando, hinchados, brillantes. Me incliné y pasé la lengua, despacio, de abajo arriba. Ella se estremeció, agarrándome el pelo con las dos manos. “Sí, sí, así”, jadeó. Le chupé el clítoris, que estaba duro, salido, del tamaño de un garbanzo. Se lo lamía en círculos, mientras metía un dedo en su vagina. Estaba apretada, caliente, mojada. El dedo entró fácil, resbalando. Ella apretó las piernas alrededor de mi cabeza, gimiendo fuerte. “No pares, no pares, estoy por…” Le metí otro dedo, moviéndolos adentro, enganchándolos hacia arriba, buscándole ese punto. Ella se vino con un grito, apretándome la cabeza contra su sexo, las paredes vaginales contrayéndose alrededor de mis dedos. La lamí todo el tiempo que duró el orgasmo, sintiendo cómo se sacudía, cómo temblaba. Cuando terminó, se quedó quieta, respirando hondo. Me miró con los ojos vidriosos. “Dios mío”, dijo. “Necesitaba eso”. Me saqué los pantalones y los boxers. Tenía la pija dura, goteando. Ella la miró, y se humedeció los labios. “¿Te la puedo chupar un poco?”, preguntó. “Si querés”. Se incorporó, se arrodilló en la cama, y me la metió en la boca.
Mi vecina embarazada
Me la chupaba despacio, pasando la lengua por la cabeza, por la vena que corre por abajo. Con una mano me agarraba las bolas, apretando suave. La otra la apoyaba en su panza, como protegiéndola. “Está buena”, dijo, sacándosela de la boca un segundo. “Bien parada, bien gorda”. Se la volvió a meter, hasta el fondo, casi haciéndose atragantar. Le agarré la cabeza fuerte, mientras ella gemía con la boca llena. Después de un rato, se separó. “Ahora vos”, dijo, acostándose de nuevo. “Pero cuidado, no me aplastes la panza”. Me puse encima, sosteniéndome con los brazos. Le apoyé la cabeza de la pija en la entrada, rozándole los labios.
vecina puta
Ella ya estaba empapada otra vez. Fui entrando despacio, sintiendo cómo se abría, cómo me apretaba. Estaba caliente, húmeda, apretada. Cuando estuve todo adentro, me quedé quieto un momento, sintiendo su calor. “Dale, move”, pidió, casi suplicando. Empecé a moverme, lento al principio, después más rápido. Ella se agarraba a mis brazos, gimiendo, la cabeza echada hacia atrás. Cada embestida la hacía gemir más fuerte. La panza se movía entre nosotros, un bulto caliente que me rozaba el vientre. “Me estás llenando toda”, jadeó. “Dios, qué ganas tenía”. Le agarré las piernas y se las subí, apoyándoselas en los hombros. Así entraba más profundo, sintiendo cómo se abría completamente. Ella se agarró a la cabecera de la cama, y empezó a moverse al ritmo de mis embestidas. “Me voy a venir otra vez”, dijo, la voz entrecortada. “Dale, venite conmigo”, le dije, apretándole las caderas. Sentí cómo se contraía alrededor de mi pija, cómo apretaba, y eso me terminó de llevar. Me vine adentro, largando todo, sintiendo cómo se llenaba, cómo se estremecía con cada pulsación. Me quedé encima de ella un rato, respirando hondo, los dos transpirados. Después me salí despacio, y me acosté al lado. Ella se dio vuelta, apoyando la cabeza en mi pecho. “No sabés cuánto necesitaba esto”, dijo, casi dormida. Le acaricié la panza, sintiendo cómo el bebé se movía adentro. “Cuando quieras, estoy acá abajo”. Sonrió, y se quedó dormida en mi pecho, mientras la lluvia del invierno golpeaba la ventana.

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