Me llamo Lucas, tengo 24 años. Lo que voy a contar pasó durante unas vacaciones en Salto Encantado, Misiones. Mi mamá, Silvia, tiene 53 años, un cuerpo que todavía vuelve locos a muchos: tetas grandes y pesadas, cintura algo ancha, y un culo enorme, redondo y firme que siempre llama la atención. Mi papá, Roberto, de 56 años, es un hombre tranquilo y bastante confiado.
Fuimos de campamento con unos tíos y mi primo Matías, de 19 años, hijo de la hermana de mi mamá. También venían dos amigos de Matías. Mi papá insistió en que durmiéramos todos juntos en la carpa familiar grande para “ahorrar espacio”. Éramos cuatro en una carpa de cuatro plazas: papá, mamá, Matías y yo.
El primer día fue normal… o eso parecía. Mamá se puso un bikini bastante revelador. Sus tetas casi se salían del corpiño y el agua fría del arroyo le marcaba los pezones de forma escandalosa. Matías y sus amigos no le sacaban los ojos de encima. Hubo varios “roces casuales” en el agua, pero mamá se hacía la que no se daba cuenta.
Por la noche, después del asado y muchas cervezas, el calor era insoportable. Papá se durmió profundamente (roncaba como un motor). Yo me acosté contra una de las paredes de la carpa, fingiendo dormir. Mamá se acostó en el medio, entre papá y yo. Matías se acomodó del otro lado de mamá.
Eran casi las 3 de la mañana cuando escuché movimiento.
—Mamá… ¿estás despierta? —susurró Matías.
—Shhh… callate, Matías. Tu tío está acá al lado y tu primo también —respondió ella bajito, nerviosa.
Escuché que se movía. De repente, el sonido inconfundible de besos y ropa.
—Matías… basta… esto está muy mal… soy tu tía… —protestó mamá, pero su voz sonaba temblorosa.
—Hace rato que quiero tocarte, tía Silvia… tenés unas tetas increíbles… dejame verlas —insistió él.
—No… aquí no… por favor… —susurró ella.
Oí el sonido de la tela. Matías le había bajado el corpiño. Luego vino el sonido húmedo de su boca chupando.
—Ahhh… Matías… no… tu tío está a dos metros… —gemía mamá muy bajito, intentando contenerse.
—Están riquísimas, tía… tan grandes y suaves… chupame las tetas, por favor… —suplicó él mientras seguía succionando fuerte.
Mamá soltaba pequeños gemiditos ahogados. Yo tenía la polla dura como piedra.
—Matías… basta… esto no puede seguir… —dijo ella, pero no se apartaba.
—Date vuelta, tía… quiero tocarte el culo… —exigió mi primo.
—No… mi hijo está justo acá… —protestó mamá.
Matías insistió. La escuché girarse hacia mí. Me abrazó por detrás, fingiendo que buscaba comodidad. Sentí sus tetas grandes y calientes contra mi espalda. Matías le bajó el short de pijama y las bragas.
—Estás mojada, tía… te gusta esto aunque digas que no —susurró él con satisfacción.
—Callate… sos un degenerado… —respondió ella, pero su voz ya estaba cargada de excitación.
Sentí cómo Matías empezaba a frotar su verga contra el culo de mamá. Ella se apretaba más contra mí, respirando agitada.
—Matías… no te la metas… por favor… no acá… —suplicó bajito.
Pero él empujó. Mamá soltó un gemido ahogado cuando la penetró.
—Ahhh… Dios… qué gruesa… despacio, hijo de puta… me estás abriendo…
—Shhh… calladita, tía… no despiertes a tu marido ni a tu hijo… —gruñó Matías mientras empezaba a mover las caderas lentamente.
La carpa se llenaba de sonidos húmedos muy suaves. Mamá intentaba contener sus gemidos mordiendo mi hombro.
—Matías… esto es un pecado… soy tu tía… —gemía mientras él la follaba por detrás.
—Y yo soy tu sobrino que te está cogiendo… y te encanta… decime que te gusta mi verga, tía…
—No… no me hagas decir eso… —protestó ella, pero su culo se movía hacia atrás buscando más profundidad.
—Decilo… —insistió él, dándole una embestida más fuerte.
—Ay… me gusta… me gusta la verga de mi sobrino… pero callate… —cedió finalmente.
Papá seguía roncando a lo lejos, completamente ajeno. Yo sentía cada movimiento: las tetas de mamá frotándose contra mi espalda, su respiración caliente en mi nuca, y los empujones de Matías transmitiéndose a través de su cuerpo.
Después de varios minutos, Matías se corrió dentro de ella con un gruñido bajo. Mamá tembló en silencio, mordiéndose el labio.
Pensé que había terminado, pero minutos después Matías volvió a empezar. Esta vez fue más salvaje. Mamá ya estaba más entregada, aunque seguía resistiéndose verbalmente.
—Matías… por favor… otra vez no… mi marido está acá… —suplicaba.
—Calladita, tía puta… abrí las piernas… —le ordenó él.
La giró un poco más hacia mí. Ahora sus tetas enormes me presionaban la cara. Sentí cómo Matías la penetraba de nuevo, esta vez más fuerte. El sonido de piel contra piel era imposible de disimular del todo.
—Ahhh… despacio… me estás rompiendo… —gemía mamá.
—Te encanta que tu sobrino te folle al lado de tu marido, ¿verdad? —le susurraba él.
—Sos un hijo de puta… sí… me encanta… pero callate…
Los movimientos se volvieron más intensos. Mamá tenía que taparse la boca con la mano. En un momento sentí su mano rozando mi polla por accidente (o no). Estaba durísima.
Matías se corrió por segunda vez dentro de ella. Mamá tuvo un orgasmo silencioso, temblando contra mi cuerpo.
Al día siguiente todos actuaban normal. Papá preparaba mate, mamá estaba un poco más callada, y Matías tenía una sonrisa permanente. Nadie sospechaba nada.
La segunda noche fue aún más intensa. Mamá se había puesto solo una remera larga y una tanga. Papá se durmió temprano otra vez. Yo fingí tomar una pastilla para dormir profundo.
Esta vez Matías fue más directo.
—Tía… abrime las piernas… quiero cogerte bien hoy —susurró.
—Matías… no seas loco… tu tío y tu primo están acá… —protestó ella otra vez.
Pero él le sacó la tanga y la penetró en la misma posición, pegada a mí. Mamá terminó abrazándome fuerte mientras su sobrino la follaba con fuerza.
—Decime que soy mejor que mi tío… —exigía Matías.
—Sos más joven… más duro… me llenás más… —admitió mamá entre gemidos ahogados.
La noche terminó con Matías corriéndose por tercera vez dentro de mi mamá, mientras ella mordía mi hombro para no gritar. continuará
Fuimos de campamento con unos tíos y mi primo Matías, de 19 años, hijo de la hermana de mi mamá. También venían dos amigos de Matías. Mi papá insistió en que durmiéramos todos juntos en la carpa familiar grande para “ahorrar espacio”. Éramos cuatro en una carpa de cuatro plazas: papá, mamá, Matías y yo.
El primer día fue normal… o eso parecía. Mamá se puso un bikini bastante revelador. Sus tetas casi se salían del corpiño y el agua fría del arroyo le marcaba los pezones de forma escandalosa. Matías y sus amigos no le sacaban los ojos de encima. Hubo varios “roces casuales” en el agua, pero mamá se hacía la que no se daba cuenta.
Por la noche, después del asado y muchas cervezas, el calor era insoportable. Papá se durmió profundamente (roncaba como un motor). Yo me acosté contra una de las paredes de la carpa, fingiendo dormir. Mamá se acostó en el medio, entre papá y yo. Matías se acomodó del otro lado de mamá.
Eran casi las 3 de la mañana cuando escuché movimiento.
—Mamá… ¿estás despierta? —susurró Matías.
—Shhh… callate, Matías. Tu tío está acá al lado y tu primo también —respondió ella bajito, nerviosa.
Escuché que se movía. De repente, el sonido inconfundible de besos y ropa.
—Matías… basta… esto está muy mal… soy tu tía… —protestó mamá, pero su voz sonaba temblorosa.
—Hace rato que quiero tocarte, tía Silvia… tenés unas tetas increíbles… dejame verlas —insistió él.
—No… aquí no… por favor… —susurró ella.
Oí el sonido de la tela. Matías le había bajado el corpiño. Luego vino el sonido húmedo de su boca chupando.
—Ahhh… Matías… no… tu tío está a dos metros… —gemía mamá muy bajito, intentando contenerse.
—Están riquísimas, tía… tan grandes y suaves… chupame las tetas, por favor… —suplicó él mientras seguía succionando fuerte.
Mamá soltaba pequeños gemiditos ahogados. Yo tenía la polla dura como piedra.
—Matías… basta… esto no puede seguir… —dijo ella, pero no se apartaba.
—Date vuelta, tía… quiero tocarte el culo… —exigió mi primo.
—No… mi hijo está justo acá… —protestó mamá.
Matías insistió. La escuché girarse hacia mí. Me abrazó por detrás, fingiendo que buscaba comodidad. Sentí sus tetas grandes y calientes contra mi espalda. Matías le bajó el short de pijama y las bragas.
—Estás mojada, tía… te gusta esto aunque digas que no —susurró él con satisfacción.
—Callate… sos un degenerado… —respondió ella, pero su voz ya estaba cargada de excitación.
Sentí cómo Matías empezaba a frotar su verga contra el culo de mamá. Ella se apretaba más contra mí, respirando agitada.
—Matías… no te la metas… por favor… no acá… —suplicó bajito.
Pero él empujó. Mamá soltó un gemido ahogado cuando la penetró.
—Ahhh… Dios… qué gruesa… despacio, hijo de puta… me estás abriendo…
—Shhh… calladita, tía… no despiertes a tu marido ni a tu hijo… —gruñó Matías mientras empezaba a mover las caderas lentamente.
La carpa se llenaba de sonidos húmedos muy suaves. Mamá intentaba contener sus gemidos mordiendo mi hombro.
—Matías… esto es un pecado… soy tu tía… —gemía mientras él la follaba por detrás.
—Y yo soy tu sobrino que te está cogiendo… y te encanta… decime que te gusta mi verga, tía…
—No… no me hagas decir eso… —protestó ella, pero su culo se movía hacia atrás buscando más profundidad.
—Decilo… —insistió él, dándole una embestida más fuerte.
—Ay… me gusta… me gusta la verga de mi sobrino… pero callate… —cedió finalmente.
Papá seguía roncando a lo lejos, completamente ajeno. Yo sentía cada movimiento: las tetas de mamá frotándose contra mi espalda, su respiración caliente en mi nuca, y los empujones de Matías transmitiéndose a través de su cuerpo.
Después de varios minutos, Matías se corrió dentro de ella con un gruñido bajo. Mamá tembló en silencio, mordiéndose el labio.
Pensé que había terminado, pero minutos después Matías volvió a empezar. Esta vez fue más salvaje. Mamá ya estaba más entregada, aunque seguía resistiéndose verbalmente.
—Matías… por favor… otra vez no… mi marido está acá… —suplicaba.
—Calladita, tía puta… abrí las piernas… —le ordenó él.
La giró un poco más hacia mí. Ahora sus tetas enormes me presionaban la cara. Sentí cómo Matías la penetraba de nuevo, esta vez más fuerte. El sonido de piel contra piel era imposible de disimular del todo.
—Ahhh… despacio… me estás rompiendo… —gemía mamá.
—Te encanta que tu sobrino te folle al lado de tu marido, ¿verdad? —le susurraba él.
—Sos un hijo de puta… sí… me encanta… pero callate…
Los movimientos se volvieron más intensos. Mamá tenía que taparse la boca con la mano. En un momento sentí su mano rozando mi polla por accidente (o no). Estaba durísima.
Matías se corrió por segunda vez dentro de ella. Mamá tuvo un orgasmo silencioso, temblando contra mi cuerpo.
Al día siguiente todos actuaban normal. Papá preparaba mate, mamá estaba un poco más callada, y Matías tenía una sonrisa permanente. Nadie sospechaba nada.
La segunda noche fue aún más intensa. Mamá se había puesto solo una remera larga y una tanga. Papá se durmió temprano otra vez. Yo fingí tomar una pastilla para dormir profundo.
Esta vez Matías fue más directo.
—Tía… abrime las piernas… quiero cogerte bien hoy —susurró.
—Matías… no seas loco… tu tío y tu primo están acá… —protestó ella otra vez.
Pero él le sacó la tanga y la penetró en la misma posición, pegada a mí. Mamá terminó abrazándome fuerte mientras su sobrino la follaba con fuerza.
—Decime que soy mejor que mi tío… —exigía Matías.
—Sos más joven… más duro… me llenás más… —admitió mamá entre gemidos ahogados.
La noche terminó con Matías corriéndose por tercera vez dentro de mi mamá, mientras ella mordía mi hombro para no gritar. continuará
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