Otro RELATO 100 por ciento POSTA
Me acuerdo perfecto de ese verano del 2009. 18 años recién cumplidos, un viaje de egresados medio pelo , solo que me regalaron, que terminó siendo una excusa para escaparme solo una semana antes de que arrancara la facultad. Mi viejo me había regalado unos mangos para alquilar un depto por Booking en pleno centro de Córdoba,una ciudad que hasta ese momento solo conocía de nombre y de algún que otro asado con fernet. El edificio era viejo, de esos con olor a humedad y ascensor que tintinea cuando sube. El departamento, chico pero piola: una pieza con cama de dos plazas, baño chico con azulejos amarillentos, cocina-comedor que daba a un patio interno lleno de macetas con helechos. Lo manejaba una mina de unos cuarenta y pico, morocha, con cara de haber vivido mil historias y ojos que te medían de arriba a abajo sin disimulo. Se llamaba Silvana. —Mi hija te va a dar las llaves —me dijo por teléfono cuando le avisé que estaba abajo—. Yo estoy trabajando, no puedo ir. No le di mucha bola. Subí los tres pisos por escalera porque el ascensor no funcionaba, y cuando toqué el timbre, escuché unos pasos rápidos del otro lado. Se abrió la puerta y ahí estaba ella. Se llamaba Lucía. Tenía 22, tal vez un año menos. Pelo castaño claro atado en un rodete medio desprolijo, con algunos mechones sueltos que le caían sobre la cara. Ojos grandes, marrones, con una mirada que mezclaba curiosidad y una confianza que te descolocaba. Llevaba un pantalón corto de Belgrado y una remera negra del Pity Álvarez, sin corpiño. Se le marcaban los pezones contra la tela, y ella ni se molestaba en disimularlo. —Sos el turista —dijo, sonriendo. No era una pregunta. —Parece que sí. Me pasó las llaves y me explicó rápido lo básico: cómo funcionaba el termotanque, dónde estaba el medidor de luz, que no hiciera ruido después de las doce porque los vecinos de arriba eran unos viejos hinchapelotas. Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirarle la boca. Tenía los labios finos pero bien dibujados, y cuando sonreía se le formaban dos hoyuelos en las mejillas. Esa primera noche no pasó nada. Me fui a conocer el centro, tomé unos fernet en una plaza llena de pibes fumando porro, volví tarde y me dormí como un tronco. Pero al otro día, cuando volví del patio comido después de almorzar un lomito en un carrito de la calle, ella estaba ahí, sentada en la mesa de la cocina, leyendo un libro de esos de tapa blanda. —Me olvidé las llaves de mi casa —dijo sin levantar la vista—. Mamá me dijo que espere acá hasta que ella vuelva. —Ah, dale. Tranqui. Me senté enfrente. Ella siguió leyendo, pero yo sentía que me miraba de reojo. El short se le había subido un poco más, dejando ver el principio de la cola, esa piel blanca que contrastaba con el jean azul. Tenía las piernas cruzadas, y de vez en cuando se movía en la silla, como si estuviera incómoda, o como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. —¿Leés algo bueno? —pregunté, por decir algo. —Una novela truculenta —dijo, y cerró el libro para mostrarme la tapa. Era algo de policial negro, de esos que venden en los kioscos de estación—. ¿Te gusta leer? —Depende el día. —Hoy leo porque no tengo otra cosa que hacer. Pero si querés, podemos charlar. Y charlamos. Durante horas. Me contó que estudiaba psicología en la Universidad Nacional de Córdoba, que vivía con la madre desde que los viejos se separaron, que tenía un novio que era un pelotudo que la trataba como si fuera una nena. Yo le conté de mi viaje, de la facultad que empezaba en un mes, de las ganas de hacer algo que valiera la pena antes de convertirme en un adulto aburrido. —Tenés cara de querer hacer macanas —dijo de repente, mirándome fijo. —¿Se nota tanto? —Se nota todo. Se rió. Una risa corta, que se cortó de golpe. Después se levantó, fue a la heladera, agarró una cerveza y me ofreció. Cuando la agarré, nuestros dedos se tocaron. Ella no los retiró. Los dejó ahí, rozando los míos, mientras me miraba con esos ojos que ya no eran de curiosidad, sino de otra cosa. —¿Sabés qué? —dijo—. Mamá no vuelve hasta las diez. Son las seis. Tenemos tiempo. No hizo falta que dijera nada más. Me paré, le saqué la cerveza de la mano, la apoyé en la mesada y la agarré de la cintura. Ella no opuso resistencia. Al contrario, se pegó a mi cuerpo como si me conociera de toda la vida, como si hubiera estado esperando ese momento desde que abrió la puerta el día anterior. La besé. Tenía la boca tibia, con un gusto a malta y a algo dulce, como si hubiera estado comiendo caramelos. Su lengua se enredó con la mía sin vueltas, directo al grano. Mientras la besaba, le pasé una mano por la nuca, deshaciendo el rodete. El pelo le cayó sobre los hombros, más largo de lo que parecía, y ella hundió los dedos en mi remera, tironeando. —Vamos a la pieza —dijo, separándose apenas. Caminamos los tres metros que separaban la cocina del dormitorio, y ni bien cruzamos la puerta, ella se dio vuelta y me empujó contra la pared. Me desabrochó el jean con una rapidez que me sorprendió, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba de rodillas. —Callate —dijo, cuando intenté decir algo—. Dejame hacer. Y no hablé más. Me bajó el pantalón y el boxer juntos, y mi pija saltó liberada, ya medio dura por los besos y las caricias. La agarró con una mano, firme, y la miró un segundo, como si la estuviera evaluando. Después, sin más vueltas, se la llevó a la boca. Tenía la boca húmeda y caliente, y una forma de mover la lengua que me hacía perder la cabeza. Me chupaba la punta, después se la metía entera hasta que sentía la garganta apretándome el glande, y después volvía a subir, lamiendo el borde, jugando con el frenillo. Con una mano me acariciaba las bolas, suaves, circulares, mientras con la otra me agarraba el culo, apretando. —Así, así —le dije, casi sin aire. Ella levantó la vista, me miró con los ojos vidriosos, y aceleró el ritmo. Empecé a moverme al compás de su boca, empujándole suave, sintiendo cómo me absorbía, cómo se humedecía toda alrededor de mi pija. El sonido era obsceno, un chupeteo constante que rebotaba contra las paredes del departamento. No duré mucho. Pero ella no me dejó terminar. Se paró de golpe, con la boca brillosa, y me empujó hacia la cama. —Ahora vos —dijo, mientras se sacaba la remera y el short. Se quedó en bombacha, una de esas de algodón blancas, bien ajustadas. Tenía las tetas chicas pero perfectas, con los pezones duros, marrones claros, rodeados de una aureola chiquita. Se subió a la cama y se puso en cuatro, mirándome por encima del hombro. —Sacame la bombacha. Se la saqué, despacio, dejando que la tela se deslizara por sus caderas. Cuando quedó completamente desnuda, me quedé un momento mirándole el culo, redondo, blanco, perfecto. Se lo toqué, suave, y ella se estremeció. —No seas tímido —dijo—. Hacé lo que quieras. Me incliné y le besé la cola, primero un cachete, después el otro. Después separé suavemente los glúteos y le metí la lengua directo en el culo. Ella gimió fuerte, enterrando la cabeza en la almohada. —Sí, ahí, dale, así —murmuró, mientras yo le lamía el agujero, primero suave, después más profundo, metiendo la punta de la lengua, sintiendo cómo se contraía y se relajaba. Le pasé una mano por la concha, que ya estaba chorreando. Mojada, caliente, los labios hinchados. Le metí dos dedos, y ella apretó, apretó fuerte, mientras yo seguía lamiéndole el culo sin parar. —Dame la lengua ahí también —pidió—. En la concha. Me giré, y le empecé a chupar la concha como si no hubiera un mañana. Le abrí los labios con los dedos, le encontré el clítoris, duro, saltón, y se lo lamí en círculos, primero despacio, después más rápido. Ella se movía contra mi boca, empujando, gimiendo, agarrándome la cabeza con las manos. —Me voy a venir —dijo, con la voz rota—. No pares, no pares, no pares. Y se vino. Se estremeció toda, apretándome la cabeza contra su concha, mientras un chorro de líquido caliente me mojaba la cara. No paré de lamerla hasta que dejó de temblar, hasta que su cuerpo se relajó y cayó de costado en la cama. —Dame un segundo —dijo, respirando hondo—. No terminamos. Se dio vuelta, se puso boca arriba, y abrió las piernas. Tenía la concha roja, hinchada, brillosa, chorreando todo sobre las sábanas. Me miró fijo. —Ahora metémela. Pero primero chupame un poco más. Le bajé la cabeza y le volví a chupar, pero esta vez ella me agarró la pija y empezó a masturbarme mientras yo le lamía. Sentía su mano firme, el roce del anillo que llevaba en el dedo índice contra mi piel. Me corría la mano por el tronco, después me apretaba la punta, después volvía a bajar. —Ya —dijo—. Ahora. Me puse encima. Apoyé la punta de la pija contra su entrada, mojada, caliente, y empujé suave. Ella abrió la boca, pero no dijo nada. Metí todo, de una, hasta el fondo. —Aguantá —dijo, apretándome los brazos—. Dejame sentir. Me quedé quieto un momento, sintiendo cómo me apretaba, cómo su concha me succionaba, caliente, húmeda, perfecta. Después empecé a moverme, primero despacio, después más rápido. —Dame más fuerte —dijo—. Cogeme bien. Le di. Le di con todo. La agarré de las caderas y empecé a empujar fuerte, sintiendo cómo sus tetas rebotaban contra mi pecho, cómo su respiración se cortaba en cada embestida. Ella se agarraba de la cabecera de la cama, con los ojos cerrados, la boca abierta, gimiendo sin parar. —Dame la cola —dijo de repente—. Quiero por la cola. Paré un segundo. Ella se dio vuelta, se puso en cuatro, y se agarró del respaldo de la cama. Me escupí la pija, le pasé saliva por el culo, y apoyé la punta contra su agujero. —Dale —dijo—. Rompeme todo. Empujé. Ella apretó los dientes, pero no dijo nada. Metí la punta, después un poco más, después todo. Tenía el culo apretadísimo, caliente, casi tan mojado como la concha. Empecé a moverme, despacio al principio, después más rápido, sintiendo cómo se abría, cómo se adaptaba a mi tamaño. —Así, así, dame así —gimió, mientras yo le metía la pija hasta el fondo, una y otra vez. Le pasé una mano por la concha, mojada, y empecé a tocarle el clítoris mientras le daba por el culo. Ella se vino de nuevo, apretándome la pija con el culo,.
me tiré a un costado acabado y la pija media embarrada. Estaba en las nubes de feliz. Enseguida me de SMS a mis amigos para contarles.
foto que creo que es ella de un celu viejo que recupera

Me acuerdo perfecto de ese verano del 2009. 18 años recién cumplidos, un viaje de egresados medio pelo , solo que me regalaron, que terminó siendo una excusa para escaparme solo una semana antes de que arrancara la facultad. Mi viejo me había regalado unos mangos para alquilar un depto por Booking en pleno centro de Córdoba,una ciudad que hasta ese momento solo conocía de nombre y de algún que otro asado con fernet. El edificio era viejo, de esos con olor a humedad y ascensor que tintinea cuando sube. El departamento, chico pero piola: una pieza con cama de dos plazas, baño chico con azulejos amarillentos, cocina-comedor que daba a un patio interno lleno de macetas con helechos. Lo manejaba una mina de unos cuarenta y pico, morocha, con cara de haber vivido mil historias y ojos que te medían de arriba a abajo sin disimulo. Se llamaba Silvana. —Mi hija te va a dar las llaves —me dijo por teléfono cuando le avisé que estaba abajo—. Yo estoy trabajando, no puedo ir. No le di mucha bola. Subí los tres pisos por escalera porque el ascensor no funcionaba, y cuando toqué el timbre, escuché unos pasos rápidos del otro lado. Se abrió la puerta y ahí estaba ella. Se llamaba Lucía. Tenía 22, tal vez un año menos. Pelo castaño claro atado en un rodete medio desprolijo, con algunos mechones sueltos que le caían sobre la cara. Ojos grandes, marrones, con una mirada que mezclaba curiosidad y una confianza que te descolocaba. Llevaba un pantalón corto de Belgrado y una remera negra del Pity Álvarez, sin corpiño. Se le marcaban los pezones contra la tela, y ella ni se molestaba en disimularlo. —Sos el turista —dijo, sonriendo. No era una pregunta. —Parece que sí. Me pasó las llaves y me explicó rápido lo básico: cómo funcionaba el termotanque, dónde estaba el medidor de luz, que no hiciera ruido después de las doce porque los vecinos de arriba eran unos viejos hinchapelotas. Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirarle la boca. Tenía los labios finos pero bien dibujados, y cuando sonreía se le formaban dos hoyuelos en las mejillas. Esa primera noche no pasó nada. Me fui a conocer el centro, tomé unos fernet en una plaza llena de pibes fumando porro, volví tarde y me dormí como un tronco. Pero al otro día, cuando volví del patio comido después de almorzar un lomito en un carrito de la calle, ella estaba ahí, sentada en la mesa de la cocina, leyendo un libro de esos de tapa blanda. —Me olvidé las llaves de mi casa —dijo sin levantar la vista—. Mamá me dijo que espere acá hasta que ella vuelva. —Ah, dale. Tranqui. Me senté enfrente. Ella siguió leyendo, pero yo sentía que me miraba de reojo. El short se le había subido un poco más, dejando ver el principio de la cola, esa piel blanca que contrastaba con el jean azul. Tenía las piernas cruzadas, y de vez en cuando se movía en la silla, como si estuviera incómoda, o como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. —¿Leés algo bueno? —pregunté, por decir algo. —Una novela truculenta —dijo, y cerró el libro para mostrarme la tapa. Era algo de policial negro, de esos que venden en los kioscos de estación—. ¿Te gusta leer? —Depende el día. —Hoy leo porque no tengo otra cosa que hacer. Pero si querés, podemos charlar. Y charlamos. Durante horas. Me contó que estudiaba psicología en la Universidad Nacional de Córdoba, que vivía con la madre desde que los viejos se separaron, que tenía un novio que era un pelotudo que la trataba como si fuera una nena. Yo le conté de mi viaje, de la facultad que empezaba en un mes, de las ganas de hacer algo que valiera la pena antes de convertirme en un adulto aburrido. —Tenés cara de querer hacer macanas —dijo de repente, mirándome fijo. —¿Se nota tanto? —Se nota todo. Se rió. Una risa corta, que se cortó de golpe. Después se levantó, fue a la heladera, agarró una cerveza y me ofreció. Cuando la agarré, nuestros dedos se tocaron. Ella no los retiró. Los dejó ahí, rozando los míos, mientras me miraba con esos ojos que ya no eran de curiosidad, sino de otra cosa. —¿Sabés qué? —dijo—. Mamá no vuelve hasta las diez. Son las seis. Tenemos tiempo. No hizo falta que dijera nada más. Me paré, le saqué la cerveza de la mano, la apoyé en la mesada y la agarré de la cintura. Ella no opuso resistencia. Al contrario, se pegó a mi cuerpo como si me conociera de toda la vida, como si hubiera estado esperando ese momento desde que abrió la puerta el día anterior. La besé. Tenía la boca tibia, con un gusto a malta y a algo dulce, como si hubiera estado comiendo caramelos. Su lengua se enredó con la mía sin vueltas, directo al grano. Mientras la besaba, le pasé una mano por la nuca, deshaciendo el rodete. El pelo le cayó sobre los hombros, más largo de lo que parecía, y ella hundió los dedos en mi remera, tironeando. —Vamos a la pieza —dijo, separándose apenas. Caminamos los tres metros que separaban la cocina del dormitorio, y ni bien cruzamos la puerta, ella se dio vuelta y me empujó contra la pared. Me desabrochó el jean con una rapidez que me sorprendió, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba de rodillas. —Callate —dijo, cuando intenté decir algo—. Dejame hacer. Y no hablé más. Me bajó el pantalón y el boxer juntos, y mi pija saltó liberada, ya medio dura por los besos y las caricias. La agarró con una mano, firme, y la miró un segundo, como si la estuviera evaluando. Después, sin más vueltas, se la llevó a la boca. Tenía la boca húmeda y caliente, y una forma de mover la lengua que me hacía perder la cabeza. Me chupaba la punta, después se la metía entera hasta que sentía la garganta apretándome el glande, y después volvía a subir, lamiendo el borde, jugando con el frenillo. Con una mano me acariciaba las bolas, suaves, circulares, mientras con la otra me agarraba el culo, apretando. —Así, así —le dije, casi sin aire. Ella levantó la vista, me miró con los ojos vidriosos, y aceleró el ritmo. Empecé a moverme al compás de su boca, empujándole suave, sintiendo cómo me absorbía, cómo se humedecía toda alrededor de mi pija. El sonido era obsceno, un chupeteo constante que rebotaba contra las paredes del departamento. No duré mucho. Pero ella no me dejó terminar. Se paró de golpe, con la boca brillosa, y me empujó hacia la cama. —Ahora vos —dijo, mientras se sacaba la remera y el short. Se quedó en bombacha, una de esas de algodón blancas, bien ajustadas. Tenía las tetas chicas pero perfectas, con los pezones duros, marrones claros, rodeados de una aureola chiquita. Se subió a la cama y se puso en cuatro, mirándome por encima del hombro. —Sacame la bombacha. Se la saqué, despacio, dejando que la tela se deslizara por sus caderas. Cuando quedó completamente desnuda, me quedé un momento mirándole el culo, redondo, blanco, perfecto. Se lo toqué, suave, y ella se estremeció. —No seas tímido —dijo—. Hacé lo que quieras. Me incliné y le besé la cola, primero un cachete, después el otro. Después separé suavemente los glúteos y le metí la lengua directo en el culo. Ella gimió fuerte, enterrando la cabeza en la almohada. —Sí, ahí, dale, así —murmuró, mientras yo le lamía el agujero, primero suave, después más profundo, metiendo la punta de la lengua, sintiendo cómo se contraía y se relajaba. Le pasé una mano por la concha, que ya estaba chorreando. Mojada, caliente, los labios hinchados. Le metí dos dedos, y ella apretó, apretó fuerte, mientras yo seguía lamiéndole el culo sin parar. —Dame la lengua ahí también —pidió—. En la concha. Me giré, y le empecé a chupar la concha como si no hubiera un mañana. Le abrí los labios con los dedos, le encontré el clítoris, duro, saltón, y se lo lamí en círculos, primero despacio, después más rápido. Ella se movía contra mi boca, empujando, gimiendo, agarrándome la cabeza con las manos. —Me voy a venir —dijo, con la voz rota—. No pares, no pares, no pares. Y se vino. Se estremeció toda, apretándome la cabeza contra su concha, mientras un chorro de líquido caliente me mojaba la cara. No paré de lamerla hasta que dejó de temblar, hasta que su cuerpo se relajó y cayó de costado en la cama. —Dame un segundo —dijo, respirando hondo—. No terminamos. Se dio vuelta, se puso boca arriba, y abrió las piernas. Tenía la concha roja, hinchada, brillosa, chorreando todo sobre las sábanas. Me miró fijo. —Ahora metémela. Pero primero chupame un poco más. Le bajé la cabeza y le volví a chupar, pero esta vez ella me agarró la pija y empezó a masturbarme mientras yo le lamía. Sentía su mano firme, el roce del anillo que llevaba en el dedo índice contra mi piel. Me corría la mano por el tronco, después me apretaba la punta, después volvía a bajar. —Ya —dijo—. Ahora. Me puse encima. Apoyé la punta de la pija contra su entrada, mojada, caliente, y empujé suave. Ella abrió la boca, pero no dijo nada. Metí todo, de una, hasta el fondo. —Aguantá —dijo, apretándome los brazos—. Dejame sentir. Me quedé quieto un momento, sintiendo cómo me apretaba, cómo su concha me succionaba, caliente, húmeda, perfecta. Después empecé a moverme, primero despacio, después más rápido. —Dame más fuerte —dijo—. Cogeme bien. Le di. Le di con todo. La agarré de las caderas y empecé a empujar fuerte, sintiendo cómo sus tetas rebotaban contra mi pecho, cómo su respiración se cortaba en cada embestida. Ella se agarraba de la cabecera de la cama, con los ojos cerrados, la boca abierta, gimiendo sin parar. —Dame la cola —dijo de repente—. Quiero por la cola. Paré un segundo. Ella se dio vuelta, se puso en cuatro, y se agarró del respaldo de la cama. Me escupí la pija, le pasé saliva por el culo, y apoyé la punta contra su agujero. —Dale —dijo—. Rompeme todo. Empujé. Ella apretó los dientes, pero no dijo nada. Metí la punta, después un poco más, después todo. Tenía el culo apretadísimo, caliente, casi tan mojado como la concha. Empecé a moverme, despacio al principio, después más rápido, sintiendo cómo se abría, cómo se adaptaba a mi tamaño. —Así, así, dame así —gimió, mientras yo le metía la pija hasta el fondo, una y otra vez. Le pasé una mano por la concha, mojada, y empecé a tocarle el clítoris mientras le daba por el culo. Ella se vino de nuevo, apretándome la pija con el culo,.
me tiré a un costado acabado y la pija media embarrada. Estaba en las nubes de feliz. Enseguida me de SMS a mis amigos para contarles.
foto que creo que es ella de un celu viejo que recupera

1 comentarios - Mi primer viaje solo: full pendejo pajin