
Mi amigo “El Chino” llegó a mi casa en San Luis Potosí con su novia para pasar las vacaciones. Se llama Daniela. Una morra bien buena, curvy, con un culo que se le marcaba en cualquier pantalón y unas tetas grandes que apenas le cabían en la ropa. Apenas la vi bajarse del carro supe que iba a ser un problema.
El Chino estaba bien enamorado. Le trajo un ramo enorme de rosas rojas apenas llegaron. La besaba a cada rato, le decía “mi amor” y la presumía como si fuera la reina. Yo solo sonreía y decía que qué bien se veían juntos, pero por dentro ya me estaba imaginando cómo se vería esa morra desnuda.
Pasaron los días tranquilos. Salíamos a comer, veíamos películas, todo normal. Pero yo no dejaba de mirarla. Y ella tampoco. Se daba cuenta. A veces cuando mi amigo se volteaba, Daniela me miraba de reojo y sonreía de esa forma que no es inocente.
Llegó el fin de semana. Salimos de antro los tres. El Chino se puso a tomar como loco. Cervezas, shots, tequila… en menos de dos horas ya estaba bien borracho, casi no se sostenía. Daniela y yo estábamos más sobrios. En la pista ella bailaba pegada a mí cuando él no veía, y en una de esas me susurró al oído:
—Tu amigo ya no da para más… yo sí.
Esa noche, cuando llegamos a mi casa, el Chino se fue directo a la recámara de visitas y se desplomó en la cama como muerto. Daniela y yo nos quedamos en la sala. No hizo falta decir mucho. Me levanté, le tomé la mano y la llevé a mi cuarto.
Cerré la puerta y en segundos ya le estaba quitando la ropa. La morra estaba caliente. Se dejó desnudar rápido y se tiró en mi cama abriendo las piernas. La follé como loco. Primero en cuatro, después ella arriba, después de lado. El cuarto se llenó de ruidos: la cama golpeando contra la pared, ella gimiendo fuerte, yo metiéndosela duro. En un momento hasta escuché que el Chino se movía en la recámara de al lado, pero ya no nos importó.
Daniela se corrió dos veces. Yo me corrí adentro de ella la primera vez y la segunda en su cara y en sus tetas. Nos quedamos un rato sudados y respirando agitados. Después ella se puso mi playera y se fue a la recámara con mi amigo.
Al día siguiente amanecí temprano. Fui a la cocina y ahí estaban los dos. El Chino con cara de cruda, sentado en la mesa. Daniela con mi playera grande puesta, el cabello revuelto y las piernas marcadas.
El Chino la miró y sonrió con pena:
—Perdón mi amor… anoche no sé qué me pasó. Creo que me pasé de copas. ¿Estuvimos juntos?
Daniela lo miró un segundo, luego volteó a verme de reojo y contestó con voz suave:
—Sí… estuvimos juntos. Estuvo bien rico, amor.
El Chino se rió nervioso y le agarró la mano:
—Qué bueno… pensé que te había dejado sola. Me da pena.
Yo solo me serví un café y me quedé callado, viendo cómo mi amigo le acariciaba la pierna a la misma morra que yo me había follado toda la noche mientras él dormía a unos metros.
Daniela me miró otra vez por encima del hombro de mi amigo y me guiñó un ojo cuando él no veía.
0 comentarios - DAniela