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Segunda parte: Nuestra primera vez nudista y swinger

Segunda parte: Noche de descontrol en Córdoba
Después de pasar una noche increíble, de mucho sexo, y de ver a mi mujer coger y disfrutar de otra pija, nos tocó volver a la realidad y regresar a casa, pero dejando una puertita abierta para otro encuentro. Quedamos en contacto con esta hermosa pareja; de vez en cuando nos escribíamos, siempre a la espera de otra oportunidad tan caliente como la que habíamos experimentado.
Un jueves por la tarde recibí un mensaje inesperado con la invitación de ir a pasar el fin de semana a Córdoba: nos querían llevar a un bar swinger. No me la esperaba. Tenía que decírselo a mi señora y estaba en duda de si lo iba a aceptar o no. Llegué a casa ese jueves por la tarde-noche y se lo tiré de una: —Amor, nos invitaron a Córdoba la pareja que conocimos... y la invitación es ir a un bar swinger. ¿Qué les digo? A lo que ella me respondió, mirándome con picardía: —Me imagino que ni dudaste en decir que sí... con lo que te gusta coger, no vas a rechazar la invitación. —No, amor, pero quería consultarte primero. —Obvio, amor. ¿Cuándo sería? —El sábado por la noche.
Llegó el sábado y salimos para Córdoba. En el viaje veníamos con una intriga tremenda; no sabíamos bien cómo vestirnos ni cómo era la onda del lugar. Ella se depiló bien la conchita, se perfumó toda y se puso un vestido largo, bien suelto... y nada abajo.
Cuando llegamos al bar, ellos ya estaban esperándonos en la puerta. Ella estaba extremadamente sexy: llevaba una remerita apretada que le marcaba bien las tetas y un shorcito que le dividía la concha al medio, dibujándole el culo de una forma increíble. Él venía con una remera ajustada y un pantalón de vestir donde se le marcaba un bulto impresionante. Al verlos, mi mujer se me acercó y me susurró al oído: —Mirá la pija que tiene... se la chupo a los dos. Casi me explota la pija ahí mismo. Nos saludamos, entramos al bar y charlamos un rato tomándonos algo para entrar en ambiente. En medio de la charla, nos comentaron que estaban esperando a una pareja amiga que nos quería conocer; les habían adelantado algo de lo que pasamos en las sierras y se habían quedado con todas las ganas de sumarse.
Al rato llegaron. Era una pareja joven, se los veía bastante atléticos y en forma. Mi señora ya estaba recaliente y con unos tragos encima; con la conchita bien mojadita, no podía ocultar la calentura que manejaba, y yo estaba con la pija totalmente dura.
Sin perder tiempo, nos llevaron a un sector más privado del bar. Al entrar, vimos una cama redonda enorme y unos sillones alrededor. Apenas pasamos la puerta, las dos pendejitas me separaron de mi mujer y empezaron a besarme, una de cada lado. Me sacaron la remera, una me bajó el pantalón y me empezó a chupar la pija con unas ganas locas, mientras la otra le decía: "No sabés lo juguetona y rica que es esta pija". Lentamente, la otra también se agachó y se sumó a la chupada. Busqué con la mirada a mi mujer y la vi arrodillada, con una pija enorme en la boca mientras pajeaba con las manos la otra pija.
En cuestión de minutos quedamos todos completamente desnudos arriba de la cama redonda. Yo estaba boca arriba, con una de las pendejas montada arriba de mi pija, subiendo y bajando de lo lindo, mientras la otra se me ponía en cuatro sobre la cara, regalándome su papo húmedo directo en los labios. Desde esa posición, entre lenguetazo y lenguetazo, miraba cómo mi señora disfrutaba plenamente mientras otra enorme pija la penetraba a un ritmo salvaje.
El ambiente en ese privado era un infierno de gemidos, transpiración y olor a sexo puro. Ver a mi mujer totalmente ida de placer, entregada al vaivén de ese tipo y pidiendo más con los ojos cerrados, me voló la cabeza por completo. La pendeja que tenía encima se movía cada vez más rápido, frotando su conchita hirviendo contra mi pelvis y gimiendo finito, avisándome que ya no aguantaba más. El roce de sus labios húmedos en mi cara y los gritos de mi mujer fueron el detonante definitivo.
Le agarré firme las caderas a la que me cabalgaba, la clavé bien a fondo hacia abajo y le pegué tres bombazos profundos. Sentí cómo su argolla se contraía por el orgasmo justo cuando yo me venía adentro de ella con unos chorros de leche hirviendo que me hicieron temblar el cuerpo entero.
Casi en el mismo instante, el tipo que se estaba cogiendo a mi mujer la acomodó en cuatro en el medio de la cama redonda. Le dio las últimas estocadas fuertes, haciendo aplaudir sus nalgas en la oscuridad, se la sacó a mil y le vació toda su leche espesa directo en la espalda y la cola, chorreándole por los muslos. Mi mujer, completamente agotada, se dio vuelta y miró al flaco de la primera pareja que la esperaba arrodillado; sin dudarlo, se le fue encima y le limpió la pija a puros lenguetazos, mirándome de reojo con una sonrisa pícara que me confirmó que esa noche en Córdoba había cambiado nuestra intimidad para siempre. Nos terminamos tirando los seis en la cama, exhaustos, pegoteados y abrazados, sabiendo que el viaje de vuelta iba a ser una locura de confesiones.

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