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La puta de la secundaria

Todo empezó un miércoles de octubre de 2025. Tenía 18 y cursaba quinto en la Escuela Secundaria N° 47 de La Matanza. Nahiara Massaro, también 18 y en sexto, era una piba de cuerpo lleno: pelo castaño ondulado largo, tetas grandes y culo redondo. Me enteré por un compañero que me mostró su anuncio en Telegram. Le escribí, charlamos y quedamos para el viernes después de clase en un telo sobre la Ruta 3. Transferencia de 75.000 hecha.
Llegué primero. A las 18:40 golpeó. Abrí y ahí estaba Nahiara con jean ajustado y remera negra escotada. Cerró con llave.
—Trajiste la plata? —preguntó directa.
Le mostré el comprobante. Lo revisó y lo guardó.
—Reglas: condón siempre. No fotos ni videos. Si me siento cómoda, puedo besar. Si te pasás, me voy.
Nos sentamos en la cama. Le acaricié la pierna por encima del jean. Ella separó un poco las suyas.
—Desvestime vos —susurró.
Le saqué la remera y el corpiño. Sus tetas grandes y pesadas quedaron libres, pezones rosados ya duros. Las agarré con las dos manos, las apreté fuerte y empecé a chupar un pezón, pasándole la lengua en círculos lentos mientras pellizcaba el otro.
—Uff… así me gusta —gimió bajito, arqueando la espalda—. Chupá más fuerte, Matías.
Se los chupé con más ganas, alternando entre uno y otro, mordisqueando suave. Nahiara respiraba agitada y me agarraba la cabeza contra su pecho.
Le bajé el jean y la tanga. Su concha estaba completamente depilada, hinchada y brillando de humedad. Me arrodillé entre sus piernas abiertas.
—Comeme el concha… despacio primero —pidió.
Le pasé la lengua plana por toda la vulva, desde abajo hasta el clítoris. Ella soltó un gemido largo.
—Así… sí… seguí —jadeaba mientras movía las caderas contra mi boca.
Me concentré en el clítoris, chupándolo y rodeándolo con la lengua rápido. Metí dos dedos adentro, curvándolos para tocarle el punto G. Nahiara empezó a gemir más fuerte.
—Ay, la concha… meté los dedos más profundo… así, Matías, no pares… me voy a correr.
Aceleré la lengua y los dedos. Se corrió temblando fuerte, apretándome la cabeza con los muslos y soltando un grito ahogado: “¡Sí, carajo… me corrí!”
Me sacó el jean y el bóxer. Mi pija estaba durísima.
—Tenés una verga bien gruesa… —dijo mirándola—. Me gusta.
La agarró con la mano y empezó a pajearme lento, mirándome a los ojos.
—¿Te gusta cómo te la agarro? Decime.
—Me encanta… seguí así —respondí.
Se la metió en la boca. Caliente, húmeda, profunda. Bajaba hasta la garganta, usaba la mano al mismo tiempo y me chupaba los huevos.
—Qué rica la chupás… —gemí.
Ella sacó la pija un segundo y sonrió:
—Quiero que me cojas fuerte después. Pero primero terminá de comerme un poco más.
Le comí el concha otra vez hasta que se puso a temblar de nuevo. Entonces me puse el condón.
—Metémela despacio primero… quiero sentirla entrar toda —pidió acostándose y abriendo las piernas.
Entré centímetro a centímetro. Estaba apretadísima y empapada.
—Uff… está gruesa… llename… —jadeó cuando la tuve completa adentro.
Empecé a moverme, primero lento y profundo. Ella me clavaba las uñas en la espalda.
—Más fuerte, Matías… cogeme más duro… quiero sentir que me rompés.
Aceleré, embistiéndola con fuerza. Sus tetas rebotaban con cada golpe. Le agarré las muñecas por arriba de la cabeza y la penetraba profundo.
—¿Te gusta así? Decime cómo querés que te coja —le dije entre respiraciones.
—Así… bien fuerte… tirame del pelo… ay sí, justo ahí… me estás tocando el punto… me voy a correr de nuevo.
La puse en cuatro. Entré desde atrás de un golpe. Le tiré del pelo ondulado y le di nalgadas firmes que le dejaron la piel rosada.
—Dame nalgadas más fuerte… sí… cogeme como puta… —gemía empujando contra mí.
El sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenaba la habitación. Le metía todo, saliendo casi completo y entrando de golpe. Se corrió por segunda vez apretándome la pija con espasmos, gritando contra la almohada.
—No aguanto más… me voy a correr —avisé.
—Corréte adentro del condón… llename… quiero sentirte —jadeó.
Me corrí largo y fuerte, gruñendo contra su espalda mientras seguía embistiéndola.
Quedamos tirados, sudados. Ella se dio vuelta, me miró y me besó en la boca, largo y con lengua.
—Me gustaste… la pasé mejor de lo que pensaba —susurró.
Todavía quedaba tiempo. Fuimos a la ducha.
Bajo el agua caliente la puse contra la pared. Levanté una de sus piernas y volví a metérsela.
—Cogeme lento ahora… quiero sentir cada centímetro —pidió.
Entraba y salía despacio pero profundo, besándole el cuello y apretándole las tetas.
—¿Te gusta así? —le pregunté al oído.
—Mucho… seguí… tocame el clítoris mientras me cogés.
Le froté el clítoris con el pulgar mientras la penetraba. Nahiara gemía cada vez más alto.
—Estoy por correrme otra vez… no pares… ay sí, Matías… ¡me corro!
Se corrió temblando contra mí. Yo aceleré y terminé por segunda vez adentro de ella bajo el agua.
Se vistió y antes de irse me miró:
—En la escuela ni me mires. Si querés repetirlo, escribime. Pero discreto.
Esa fue la primera vez. Hubo varias más después.

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