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Andrea, mi contadora

Con Andrea todo empezó por un problema de impuestos.

Mi contador de siempre se había jubilado y me dejó botado en marzo, justo cuando la DIAN estaba más brava. Un amigo me dio el contacto de Andrea Torres, independiente, seria, con buenos clientes en Montería y recomendaciones de sobra. La llamé sin muchas expectativas. Una voz segura, directa, sin adornos, me dijo que podía atenderme esa semana.

Llegó al apartamento un jueves a las cinco de la tarde.

Tendría unos 33 años. Blanca de esas que no son corrientes en Montería, con el pelo castaño claro que en la luz de la tarde tiraba hacia cobrizo, recogido en una cola descuidada con algunos mechones sueltos alrededor de la cara. Ojos verdes, no de esos verdes intensos de novela sino un verde grisáceo, tranquilo, que miraba directo y evaluaba todo sin que se notara que estaba evaluando. Vestía pantalón de paño beige y una blusa blanca con los primeros dos botones abiertos, zapatos de tacón bajo, una correa fina. Nada llamativo, pero había algo en cómo le quedaba todo: ese pantalón marcándole unas caderas que no eran de gimnasio sino de mujer bien formada, esa blusa que con los dos botones abiertos dejaba ver apenas la curva del pecho sin proponérselo.

Cargaba un maletín de cuero negro y una carpeta gruesa.

—Andrés —dijo, extendiéndome la mano. Apretón firme, breve, profesional.

—Andrea. Adelante.

Entró, miró el apartamento con esos ojos rápidos y se sentó en la mesa del comedor sin que yo se lo dijera, sacando papeles con una eficiencia que me dijo que no era de las que pierden tiempo.

—Cuéntame la situación —dijo, abriendo el computador.

Así empezó todo. Con impuestos.

---

Esa primera reunión duró casi dos horas. Andrea hablaba con una precisión que no dejaba espacio para malentendidos, señalando números, explicando obligaciones, diciéndome con una calma que me ponía en deuda con la DIAN de una manera que me iba a costar pero que tenía solución. Yo la escuchaba y en algún punto dejé de escuchar los números y me quedé mirando sus manos moviéndose sobre el teclado, la forma en que se mordía el labio inferior cuando encontraba algo que no le cuadraba, cómo se acomodaba un mechón detrás de la oreja cada vez que se inclinaba sobre la pantalla.

En ningún momento me miró de otra manera. Era completamente profesional, completamente concentrada, completamente indiferente a cualquier cosa que no fueran mis estados financieros.

Eso me pareció fascinante.

Cuando se fue me dejó una lista de documentos, una fecha para la siguiente reunión, y un cobro por honorarios que era justo pero que me recordó que esto era un negocio.

Cerré la puerta pensando que Andrea Torres era exactamente el tipo de mujer que a uno le parece interesante precisamente porque no está interesada en nada.

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La segunda reunión fue en su oficina, en un edificio de la avenida primera. Una oficina pequeña y ordenada, con los archivadores marcados, una planta en la ventana y un olor a papel y a café recién hecho. Me recibió con el pelo suelto esa vez, algo que me sorprendió porque le cambiaba la cara completamente: más suave, menos ejecutiva, con ese castaño cobrizo cayéndole sobre los hombros.

Trabajamos dos horas más. Al final, cuando estábamos recogiendo, le pregunté si quería tomar algo antes de que me fuera.

Me miró.

—Tengo otro cliente en media hora —dijo.

—Listo, no hay problema.

Recogió sus cosas. Cuando me extendió la mano para despedirse la sostuve un segundo más de lo necesario. Ella no la retiró de inmediato, pero tampoco respondió al gesto. Solo me miró con esos ojos verdes grises, evaluando, y luego soltó la mano con una calma que no decía ni sí ni no.

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La tercera reunión fue en una cafetería del centro. Su idea, para cambiar el ambiente según dijo. Llegó tarde diez minutos, algo que no le había visto, y llegó diferente: jean oscuro, blusa de rayas entallada que le marcaba la cintura y esas caderas que el pantalón de paño escondía un poco pero el jean no escondía nada. El pelo suelto de nuevo.

Se sentó, pidió un tinto, y arrancó con los números como siempre.

Pero algo había cambiado. No en lo que decía sino en cómo lo decía. Una o dos veces me miró más de lo necesario antes de volver a la pantalla. En algún momento nuestros codos se rozaron sobre la mesa y ninguno de los dos se corrió.

Cuando terminamos y el mesero se llevó las tazas, hubo un silencio breve que ninguno llenó de inmediato.

—¿Cómo vas con los documentos que te pedí? —dijo, finalmente.

—Casi listos.

—Para la siguiente reunión los necesito todos.

—¿Cuándo es la siguiente reunión?

Me miró.

—¿Cuándo quieres que sea?

Eso no era una pregunta de contadora.

La miré directo.

—El viernes en mi apartamento —dije.

Un segundo de silencio. Luego recogió el computador, lo metió en el maletín, y se puso de pie.

—El viernes a las cinco —dijo, y se fue sin mirar atrás.

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El viernes llegó puntual. Traía los mismos jeans del martes pero una blusa diferente, verde oscura, sin mangas, que le dejaba los brazos al aire y el escote marcado apenas. El pelo recogido de nuevo pero con esos mechones sueltos alrededor de la cara que yo ya esperaba.

Puse los documentos sobre la mesa antes de que los pidiera. Ella los revisó uno por uno, haciendo anotaciones, con esa concentración que tenía para todo. Yo me senté a su lado, más cerca que las veces anteriores, y ella no se corrió.

En algún momento extendió el brazo para señalar algo en la pantalla y su pelo me rozó la cara. Ese olor, una mezcla de shampoo suave y algo más cálido que venía de su piel, me llegó directo.

Me quedé quieto.

Ella siguió hablando de números.

—Andrea —dije, interrumpiéndola.

Se detuvo. Me miró.

—¿Qué.

—¿Siempre trabajas así de concentrada?

—¿Cómo así?

—Como si no hubiera nada más en el cuarto.

Me sostuvo la mirada.

—Es que no hay nada más en el cuarto —dijo—. Estamos trabajando.

—Ya terminamos de trabajar.

Silencio. Ella miró la pantalla, luego me miró a mí. Cerró el computador despacio.

—Andrés —dijo, con una voz ligeramente diferente.

—¿Qué.

—Yo no mezclo trabajo con otras cosas.

—¿Nunca?

—Nunca.

La miré.

—¿Y si el trabajo ya terminó?

Otro silencio. Más largo este. Ella tenía las manos sobre la mesa, quietas, y me miraba con esos ojos verdes grises que no decían nada y lo decían todo al mismo tiempo.

—Tengo otros clientes —dijo, pero sin convicción.

—Ya sé.

—Y una reputación que cuidar.

—Ya sé eso también.

—Entonces —empezó.

—Entonces nada —dije—. Solo te digo lo que es verdad: desde que llegaste la primera vez no he podido dejar de mirarte. Y creo que tú lo sabes.

Se quedó quieta. Ese momento duró suficiente para que yo entendiera que la respuesta no iba a ser inmediata, que Andrea Torres no era de las que deciden en caliente.

Se levantó, recogió el maletín, y se paró frente a mí.

—La próxima reunión es en quince días —dijo.

—¿En quince días?

—En quince días. —Me miró—. Piénsalo bien para entonces.

Y se fue.

---

Los quince días fueron eternos.

Cuando llegó de nuevo al apartamento era un martes, las cinco en punto, con una falda lápiz negra hasta la rodilla y una blusa blanca con los botones de siempre abiertos. Pelo recogido. Maletín negro. La misma Andrea de siempre.

Trabajamos una hora entera sin que ninguno mencionara la conversación del viernes. Ella era completamente profesional, completamente concentrada, como si esa conversación no hubiera existido.

Cuando terminamos y cerró el computador me miró.

—¿Lo pensaste? —dijo.

—Sí.

—¿Y?

—Y lo mismo que te dije antes.

Asintió. Se quedó mirando sus manos sobre la mesa un momento. Luego me miró de nuevo con una decisión que se notaba que le había costado llegar.

—Una cosa —dijo.

—Dime.

—Si esto pasa, el trabajo no cambia. Yo sigo siendo tu contadora y tú sigues siendo mi cliente. Sin enredos, sin expectativas raras.

—De acuerdo.

—Y nadie sabe nada.

—Nadie.

Me miró un segundo más, verificando que lo decía en serio. Luego asintió una vez, recogió el maletín, lo dejó en el piso junto a la silla, y se quedó sentada mirándome.

—Bueno —dijo. Solo eso.

Me acerqué y la besé. Ella respondió despacio, con esa misma precisión que tenía para todo, sin afán pero sin dudar. Le puse una mano en la cintura y la sentí tensarse apenas y luego soltarse.

Cuando me separé me miró con esos ojos verdes.

—Llevas quince días pensando en esto —dije.

—No te creas tanto —dijo, pero con una sonrisa chiquita que la desmentía.

La levanté de la silla y la llevé al cuarto.

---

Se desvistió con esa eficiencia que tenía para todo, sin teatro, sin juego de seducción estudiado. Se quitó la blusa, la falda, y quedó en un conjunto de lencería nude, simple, que le quedaba mejor que cualquier encaje porque era completamente de ella. Tenía el cuerpo que yo había intuido debajo de esa ropa profesional: blanca de verdad, con esa piel que se sonrosa fácil, curvas bien distribuidas, una cintura definida que se abría en unas caderas generosas y unas tetas medianas y firmes que el brasier contenía justo.

Me miró mientras yo la miraba.

—¿Qué? —dijo, con esa voz directa.

—Que tenía razón.

—¿En qué.

—En que estabas buena debajo de todo ese pantalón de paño.

Soltó una risa corta, genuina, de esas que salen sin permiso.

—Eres un animal —dijo.

—Sí.

Me acerqué y le desabroché el brasier. Sus tetas cayeron libres, con los pezones rosados ya duros, pequeños y perfectos. Me los llevé a la boca y ella metió los dedos en mi pelo con una firmeza que no esperaba.

—Ahí —dijo, sin más explicación.

Le bajé la pantaleta. Era rubia ahí abajo, algo que me sorprendió y que me pareció la cosa más honesta del mundo, ese contraste entre el castaño cobrizo del pelo y ese rubio suave que la cubría apenas. El olor que subió era limpio y dulce y caliente, diferente al de las otras mujeres, completamente de ella.

Me arrodillé y le pasé la nariz por ahí, respirándola despacio.

Ella se tensó.

—¿Qué haces? —dijo, mirándome desde arriba.

—Lo que quiero hacer.

—Eso es...

—¿Qué.

Una pausa.

—Raro —dijo, pero no se alejó.

Le pasé la lengua y se le cortó lo que iba a decir. Le agarré las caderas para sostenerla porque las rodillas le temblaron. La acosté en la cama y me tomé mi tiempo, aprendiendo su geografía, ese sabor limpio y suave que tenía que era completamente diferente a todo lo que conocía.

Ella gemía bajito, con esa contención que tenía para todo, pero el cuerpo no mentía: las caderas moviéndose solas, las manos apretando la sábana, esos pezones rosados duros como piedras.

Le levanté los pies, esos pies blancos con las uñas pintadas de un rojo vivo que contrastaba con toda esa piel clara. Los acerqué a mi cara. Olían a cuero del zapato y a crema suave y a piel caliente de mujer que ha caminado todo el día.

—Andrés —dijo, con la voz diferente.

—¿Qué.

—¿Qué vas a hacer?

Le pasé la lengua por la planta del pie y ella pegó un brinco y soltó un sonido que no era de su repertorio habitual.

—Eso no —dijo, entre el susto y otra cosa.

—¿Por qué.

—Porque... —no terminó.

—¿Porque qué, Andrea.

Silencio.

—Porque me va a gustar —dijo finalmente, casi en secreto, como si admitirlo fuera perder algo.

—Eso es exactamente la idea.

Le chupé los dedos uno por uno, saboreando esa piel suave y salada, mirándola mientras lo hacía. Ella tenía el brazo sobre los ojos, cubriéndose la cara, y gemía con esa contención que se iba rompiendo de a poco como quien suelta un nudo que lleva mucho tiempo apretado.

—Dios —decía, bajito—. Dios, Dios.

Le trabajé los dos pies así, con la boca y las manos, mientras con la otra mano la tocaba entre las piernas, y ella no supo ya dónde poner la atención ni el cuerpo ni los gemidos.

—Andrés —dijo, quitándose el brazo de la cara y mirándome con esos ojos verdes completamente perdidos—. Ya.

—¿Ya qué.

—Ya sabes qué.

Me subí encima de ella. Entré despacio, sintiéndola cerrada y caliente y húmeda, y ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en la espalda con una fuerza que no cuadraba con toda esa imagen de ejecutiva ordenada.

—Fondo —dijo, con la voz completamente diferente a la contadora de hace una hora.

Fui al fondo. Ella cerró los ojos y se mordió el labio y empujó las caderas hacia arriba para recibirme mejor.

Nos movimos así un rato largo, encontrando el ritmo, aprendiendo. Andrea era callada pero el cuerpo no: esas caderas que marcaban el compás, esas uñas que se clavaban más cuando le gustaba algo, ese arco de espalda que pedía más profundidad sin usar palabras.

En algún momento la volteé. Ella se puso en cuatro sin que yo se lo pidiera, mirándome por encima del hombro con esos ojos verdes entrecerrados.

—Así me gusta más —dijo, directa como siempre.

Desde atrás era una vista que guardé completa: esa espalda blanca, esas caderas que llenaban las manos, ese pelo castaño cobrizo enredado sobre la almohada. Entré de nuevo y ella hundió la cara y el sonido que soltó era completamente nuevo, sin ningún rastro de contención.

Le agarré el pelo con una mano y tiré suave. Ella levantó la cara.

—Otra vez —dijo.

Tiré un poco más. Ella empujó hacia atrás con más fuerza.

—Así —dijo—. Así.

Nos perdimos así un rato largo, con ella pidiendo cosas en voz baja que no eran las palabras de la oficina sino las de una mujer que sabe lo que quiere y que había decidido que hoy lo iba a decir.

Cuando se vino lo hizo con todo, sin cubrirse la boca, sin almohada, con ese gemido directo y limpio que era completamente de ella y que llenó el apartamento entero.

Me vine con ella, adentro, apretando sus caderas con las manos.

---

Quedamos tirados en la cama. Ella boca arriba, mirando el techo, con ese pelo enredado y esa piel sonrosada del esfuerzo.

Después de un rato se sentó, recogió la ropa con ese orden que no podía evitar, y se vistió en silencio. Cuando terminó era casi la misma Andrea de siempre, excepto por el pelo que dejó suelto y ese brillo en los ojos que el maquillaje no cubría.

Agarró el maletín.

—La próxima reunión es en quince días —dijo, mirándome.

—¿Reunión de trabajo o reunión reunión?

Me miró con esa ceja levantada que era su expresión favorita.

—Las dos —dijo.

Y se fue.

Los quince días los conté.
No lo iba a admitir, pero los conté.

Andrea mandó un mensaje el día trece, escueto como ella: "Martes, cinco. Tu apartamento. Trae los extractos bancarios del trimestre." Nada más. Ninguna referencia a lo que había pasado. Como si los extractos bancarios y lo otro fueran dos asuntos completamente separados que simplemente coincidían en el mismo lugar.

Eso me gustó de ella. Que no hacía dramas ni mandaba señales confusas. Lo que era, era. Lo que no era, no era.

El martes llegó con un vestido de lino blanco que no me esperaba. Nada de pantalón de paño ni falda lápiz. Un vestido sencillo, por encima de la rodilla, con unos botones al frente que bajaban desde el cuello hasta la cintura. El pelo suelto. Sandalias de cuero planas. Se veía diferente, menos ejecutiva, más ella.

—Extractos —dijo, sentándose en la mesa.

Los tenía listos. Los puse frente a ella sin decir nada.

Trabajamos cuarenta minutos. Ella tecleaba, anotaba, preguntaba. Yo respondía y la miraba y esperaba. En algún momento se quitó las sandalias debajo de la mesa sin darse cuenta, ese hábito que tienen algunas mujeres cuando se relajan, y cuando lo noté me costó concentrarme en cualquier otra cosa.

Cuando cerró el computador me miró.

—Listo por hoy —dijo.

—¿Listo?

—El trabajo, sí.

La miré.

—¿Y lo otro?

Sostuvo mi mirada un momento. Luego se levantó, fue a la sala, y se sentó en el sofá con una calma que era provocación pura aunque ella nunca lo llamara así.

Me senté a su lado. Cerca. Ella no se corrió.

Le puse una mano en la rodilla. La dejó. Le subí la mano despacio por el muslo por encima del vestido de lino y ella siguió mirando al frente, dejándome hacer, con esa compostura que se iba a quebrar en algún momento y los dos lo sabíamos.

—Andrés —dijo.

—¿Qué.

—Los botones los abro yo.

La miré. Había algo nuevo en su voz. Más segura, más asentada, como quien viene habiendo pensado exactamente lo que quiere.

—Listo —dije.

Se desabotonó el vestido despacio, de arriba hacia abajo, sin afán, mirándome mientras lo hacía. Cada botón que cedía dejaba ver más de esa piel blanca, el borde del brasier, el vientre, la cintura. Cuando terminó lo abrió y lo dejó caer de los hombros.

Brasier negro esta vez. Pantaleta negra. Ese contraste con toda esa piel blanca era una cosa aparte.

—¿Mejor? —dijo, con esa ceja levantada.

—Mucho mejor.

Me acerqué y la besé. Ella respondió de inmediato, sin la lentitud de la primera vez, con esa boca que ya sabía cómo encontrar la mía. Le puse las manos en la cintura y la jalé hacia mí y ella puso una mano en mi pecho, no para alejarme sino para sentir.

Le desabroché el brasier. Esas tetas blancas con los pezones rosados duros antes de que las tocara. Me las llevé a la boca y ella echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

—Muérdelos —dijo, directo.

Los mordí suave.

—Más.

Los mordí con más fuerza y ella clavó las uñas en mi hombro y soltó un sonido bajo y satisfecho.

Le bajé la pantaleta. Ese rubio suave que la cubría apenas, ese olor limpio y dulce y caliente que ya reconocía como completamente de ella. Me hundí ahí con la nariz, respirándola, y ella metió los dedos en mi pelo.

—Eso —dijo, sin más.

La comí despacio, aprendiendo de nuevo lo que ya sabía, leyendo cada temblor. Andrea era de las que gemían bajito pero el cuerpo hablaba fuerte: esas caderas que no podían quedarse quietas, esas piernas que se cerraban y se abrían, esa mano que empujaba mi cabeza sin que ella lo decidiera conscientemente.

En algún momento le tomé los pies, esos pies blancos con las uñas rojas, y se los acerqué a la cara. Ella no protestó esta vez. Solo soltó el aire que tenía guardado.

Le pasé la lengua por la planta y se estremeció.

—Eso me pone loca —dijo, con la voz enterrada en el cojín del sofá— y todavía no entiendo por qué.

—No tienes que entenderlo.

—Ya sé. —Pausa—. Por eso lo dejo.

Le chupé los dedos uno por uno mientras seguía tocándola entre las piernas con la otra mano. Ella se retorcía, perdida entre las dos sensaciones, sin saber dónde poner los ojos ni las manos.

—Andrés —dijo, con urgencia.

—¿Qué.

—Ven acá ya.

Me subí encima de ella en el sofá. Me bajó el pantalón con esa eficiencia que tenía, me agarró y me orientó sin rodeos.

—Despacio al principio —dijo.

Entré despacio. La sentí abrirse, cerrada y caliente, y ella soltó un sonido largo que empezó en la garganta y terminó en los labios.

—Fondo —dijo, cuando me detuve a la mitad.

Fui al fondo. Ella arqueó la espalda del todo y me clavó las uñas en la espalda con una fuerza que iba a dejar marca y que a ninguno de los dos nos importó.

Nos movimos en el sofá, encontrando el ritmo. Andrea no era callada esta vez. Gemía sin controlarse, con esa voz nueva que había encontrado la primera vez y que hoy sonaba más suelta, más dueña de sí misma.

—Más fuerte —dijo, mirándome directo.

Empujé con más fuerza. Ella cerró los ojos y se mordió el labio.

—Sí —dijo—. Así.

La volteé sin salirme. Ella se acomodó instintivamente, de rodillas en el sofá, agarrándose del espaldar. Desde atrás esa espalda blanca con la columna marcada, esas caderas que llenaban las manos, ese pelo castaño cobrizo enredado.

Entré de nuevo y ella empujó hacia atrás con fuerza.

Le agarré el pelo con una mano. Lo enrollé despacio, jalé apenas.

—Más —dijo, sin voltear.

Jalé más fuerte. Ella levantó la cara con los ojos cerrados y un gemido largo que llenó el apartamento.

—Así —decía—. Así, así, así.

Le pasé la mano libre por la cadera, por el vientre, hasta encontrarla. Cuando la toqué se sacudió entera.

—No hagas eso —dijo, con la voz rota.

—¿Por qué.

—Porque me voy a venir ya y no quiero todavía.

Retiré la mano. Ella soltó el aire.

—Gracias —dijo, y en otra situación eso hubiera dado risa pero en ese momento era lo más lógico del mundo.

Seguimos. Más profundo, más seguido, con ella pidiendo más con las caderas cuando yo aminoraba. En algún momento me dijo vuélveme y la volteé de nuevo, boca arriba, y me miró desde abajo con esos ojos verdes completamente perdidos.

—Ahora sí —dijo.

Le toqué el clítoris con el pulgar y me moví adentro de ella al mismo tiempo. Ella abrió la boca pero no salió sonido inmediato, solo ese segundo de suspenso antes de que el cuerpo lo soltara todo.

Se vino con un gemido limpio y largo, sin mano en la boca, sin almohada, con las piernas apretándome y las uñas en mi espalda y esa cara de mujer que ha soltado algo que cargaba hace tiempo.

Me vine con ella, adentro, con la frente contra su hombro.

---

Quedamos tirados en el sofá, enredados, con el ventilador moviéndole el pelo.

Después de un rato ella se acomodó, apoyó la cabeza en mi hombro, y se quedó mirando el techo. Yo le acaricié el brazo sin decir nada.

—Andrés —dijo, después de un rato.

—¿Qué.

—¿Sabes cuál es el problema con esto?

—¿Cuál.

—Que cada vez va a ser más difícil concentrarme en los extractos bancarios.

Me reí. Ella también, bajito, ese sonido que salía del pecho cuando bajaba la guardia del todo.

—Los extractos los revisamos primero siempre —dije.

—Eso es lo que hacemos ahora mismo y mira cómo termina.

—¿Y eso está mal?

Silencio breve.

—No —dijo—. Está muy bien. Ese es exactamente el problema.

Le besé el pelo. Ella no se alejó.

Afuera Montería sonaba como siempre. El tráfico de la avenida, un vecino con música, el calor constante que no distinguía entre martes de trabajo y martes de otra cosa.

Andrea se quedó un rato más de lo que esperaba. Cuando finalmente se levantó a vestirse lo hizo con esa calma eficiente de siempre, botón por botón, el pelo recogido de nuevo, las sandalias puestas.

Agarró el maletín. Me miró.

—La próxima reunión —empezó.

—¿En quince días? —la interrumpí.

Me miró con esa ceja levantada.

—En ocho —dijo—. Tengo unos ajustes que revisar contigo.

—¿Ajustes de qué.

Una pausa.

—De todo —dijo, y cerró la puerta.

Llegó el miércoles siguiente, no en ocho días sino en seis. No dijo nada al respecto. Solo apareció a las cinco con el maletín y una blusa azul marino entallada que le marcaba todo lo que el lino blanco había insinuado.

Puse el tinto antes de que lo pidiera. Ella lo recibió, lo tomó de pie en la cocina, y me miró por encima de la taza.

—¿Tienes los ajustes que te pedí?

—Los tengo.

—Bien. —Dejó la taza—. Entonces trabajemos primero.

Trabajamos cuarenta minutos. Esta vez yo estaba más concentrado de lo normal porque ella también lo estaba, con esa atención total que ponía en los números, señalando cosas, pidiendo explicaciones, anotando. Cuando terminó cerró el computador y lo metió en el maletín directamente, sin dejarlo en la mesa como otras veces.

Eso era nuevo.

Me miró.

—¿Sabes qué estuve pensando esta semana? —dijo.

—Cuéntame.

—Que la vez pasada tú llevaste todo. —Hizo una pausa—. Hoy quiero llevar yo.

Me quedé quieto un momento.

—¿Llevar cómo? —dije, aunque ya sabía la respuesta.

—Como quiero. —Me miró directo—. ¿Tienes algún problema con eso?

—Ninguno.

Asintió. Se levantó, me tomó de la mano, y me llevó al cuarto con una calma que no tenía nada de timidez. Me sentó en el borde de la cama y se paró frente a mí.

—Quédate ahí —dijo.

Se desabotonó la blusa despacio, sin quitarme los ojos de encima. La dejó caer al piso. El brasier negro de la otra vez. Se lo quitó ella sola. Esas tetas blancas con los pezones rosados que se endurecieron con el aire del ventilador. Se bajó el pantalón, la pantaleta, y quedó de pie frente a mí completamente desnuda con esa calma de quien ha decidido algo y no tiene intención de echarse atrás.

—Acuéstate —dijo.

Me acosté. Ella me quitó la ropa con esa eficiencia que tenía para todo, pieza por pieza, sin afán. Cuando quedé desnudo se me quedó mirando un momento con esos ojos verdes grises que evaluaban todo.

Se montó encima.

No entró de inmediato. Se acomodó sobre mí, rozándome sin dejarme entrar, moviéndose apenas, mirándome desde arriba con una expresión que era puro control.

—Andrea —dije.

—¿Qué.

—No seas mala.

Sonrió. Esa sonrisa chiquita que se guardaba para cuando bajaba la guardia del todo.

—No soy mala —dijo—. Soy ordenada.

Se bajó un poco más, dejándome entrar apenas la punta, y se detuvo. Yo agarré las sábanas.

—Andrés.

—¿Qué.

—Las manos a los lados.

La miré.

—¿Cómo así?

—Que no me agarres todavía. Yo llevo hoy, ¿recuerdas?

Solté las sábanas y puse las manos a los lados. Ella asintió, satisfecha, y se bajó un poco más. Ese calor húmedo recibiéndome despacio, centímetro a centímetro, mientras ella controlaba cada milímetro con una precisión que me estaba volviendo loco.

Cuando me tuvo adentro completo cerró los ojos un segundo.

—Dios —murmuró, para ella misma.

Empezó a moverse. Despacio al principio, con las manos en mi pecho, encontrando el ritmo. Esas caderas blancas moviéndose sobre mí, esas tetas moviéndose con cada embestida, ese pelo castaño cobrizo suelto cayéndole sobre los hombros.

Me miraba mientras lo hacía. Esos ojos verdes fijos en los míos, sin apartarlos, con una intensidad que era más íntima que cualquier otra cosa.

—¿Puedo tocarte? —pregunté.

—Todavía no.

Subió el ritmo. Los gemidos salían solos, sin que ella los controlara, esos gemidos limpios y directos que eran completamente de Andrea. En algún momento inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando las manos en mi pecho, cambiando el ángulo, y cuando encontró el punto exacto soltó un sonido que llenó el cuarto entero.

—Ahí —dijo, sin moverse de ese ángulo—. Ahí quédate.

Me quedé. Ella se movía sobre mí con una concentración que me recordó a cuando revisaba los extractos bancarios, esa atención total puesta en una sola cosa, excepto que esta cosa la tenía con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos y ese cuerpo blanco brillando de sudor.

—Ahora sí —dijo, después de un rato.

—¿Ahora sí qué.

—Tócame.

Le puse las manos en las caderas. Las apreté. Ella aceleró el ritmo y yo empujé las caderas hacia arriba para encontrarla y el sonido que hicimos los dos juntos fue lo suficientemente claro como para que cualquier vecino con oído fino lo escuchara.

A ninguno nos importó.

—El pelo —dijo, inclinándose más hacia mí.

Le enredé los dedos en ese castaño cobrizo y jalé suave. Ella arqueó la espalda y el gemido que soltó fue largo y sin ninguna contención.

—Más fuerte —dijo.

Jalé más fuerte. Ella se movió más rápido, con más profundidad, empujando hacia abajo a cada embestida mientras yo empujaba hacia arriba, y ese ritmo entre los dos se fue volviendo urgente y sin orden y sin control.

—Andrés —dijo, con la voz rota.

—¿Qué.

—Dame la mano.

Le extendí una mano. La tomó y la llevó entre los dos cuerpos, a ese punto que ya conocía, y la apretó ahí con sus dedos encima de los míos.

—Así —dijo—. Sin parar.

No paré. Ella se movía encima de mí con una urgencia que había perdido todo rastro de control ejecutivo, con ese pelo enredado y esa piel sonrosada del esfuerzo y esos ojos verdes completamente perdidos.

Se vino encima de mí con un gemido que empezó alto y fue bajando en oleadas, el cuerpo entero temblando, las manos apretando las mías con una fuerza impresionante. Se quedó ahí, quieta, con el cuerpo sacudiéndose solo en espasmos lentos mientras yo seguía moviéndome adentro de ella.

—Para —dijo, con la voz sin fuerzas—. Para un segundo que estoy... —no terminó.

Paré. Ella apoyó la frente en mi pecho, respirando.

—Dios mío —dijo, después de un momento.

—¿Bien?

—Muy bien. Demasiado bien. —Pausa—. No pares.

Rodé y la puse de espaldas sin salirme. Ella me recibió con las piernas abiertas y una sonrisa que era mitad agotamiento y mitad pura satisfacción.

—Ahora lleva tú —dijo.

Llevé yo. Con fuerza, con profundidad, con ese ritmo que habíamos encontrado juntos y que era completamente nuestro. Ella gemía sin controlarse, con las manos en mi espalda, en mis caderas, jalándome hacia adentro.

—El pelo —pidió.

Se lo jalé. Arqueó la espalda.

—Más.

Jalé más. Se vino por segunda vez con un grito corto y limpio que no intentó callar.

Me vine con ella, adentro, con los ojos cerrados y todo el peso del cuerpo sobre el suyo.

---

Quedamos tirados un rato largo. Ella con la cabeza en mi pecho, yo con una mano en su pelo enredado.

El apartamento estaba en silencio. Afuera Montería sonaba normal, sin saber nada.

—Andrés —dijo Andrea, después de un rato.

—¿Qué.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo sin hacer esto?

—¿Cuánto.

—Mucho. —Una pausa—. Estaba en una relación que no funcionaba y cuando terminó me metí de cabeza al trabajo y... —se encogió de hombros— ...aquí estamos.

—¿Y?

—Y nada. Solo te lo digo. —Me miró—. No te estoy pidiendo nada raro.

—Ya sé.

—Solo quería que supieras que esto no es algo que haga seguido.

—Lo sé también.

Asintió, satisfecha con eso. Volvió a apoyar la cabeza en mi pecho.

Nos quedamos así un rato más. Ella con ese dedo trazando líneas distraídas sobre mi pecho, yo mirando el techo, con ese olor suyo, limpio y dulce y mezclado ahora con sudor y con todo lo demás, llenándome la nariz.

Cuando se levantó a vestirse lo hizo con esa eficiencia de siempre, pero esta vez me miró mientras se abotonaba la blusa con una expresión diferente. Más abierta. Menos ejecutiva.

—La próxima semana tengo que revisar las retenciones —dijo, abrochando el último botón.

—¿Las retenciones toman mucho tiempo?

Me miró con esa ceja levantada que ya era mi imagen favorita de ella.

—Depende de qué tan complicado esté el caso —dijo.

—El mío es bastante complicado.

—Lo sé —dijo, agarrando el maletín—. Por eso cobro bien.

Llegó un jueves sin maletín.

Eso lo noté desde que abrí la puerta. Solo ella, con una bolsa pequeña de mano, jean oscuro y una camiseta blanca sencilla metida por dentro. El pelo suelto. Sin computador, sin carpetas, sin nada de trabajo.

—¿Y los documentos? —le pregunté.

—Hoy no hay documentos —dijo, entrando.

Me miró de frente en la sala.

—Hoy vine a otra cosa —dijo.

—¿A qué.

—A terminar lo que empezamos bien. —Hizo una pausa—. Me voy a Bogotá el mes que viene. Me ofrecieron un trabajo y lo acepté.

El silencio que siguió no fue dramático sino tranquilo, de esos que no piden nada.

—¿Cuándo decidiste? —le pregunté.

—Esta semana. —Me miró—. Y antes de irme quería tener una última reunión contigo.

—¿Una reunión.

Sonrió. Esa sonrisa chiquita que guardaba para cuando bajaba la guardia del todo.

—La última reunión —dijo.

Me acerqué y la besé. Ella respondió diferente a todas las veces anteriores, con una entrega que no había tenido antes, como quien sabe que algo termina y decide no guardar nada.

La llevé al cuarto. Ella se quitó la ropa sola, despacio, sin teatro. Esa piel blanca, esas curvas que ya conocía de memoria, esos pezones rosados, ese rubio suave que la cubría. Se acostó en la cama y me miró.

—Hoy quiero todo —dijo.

La miré.

—¿Todo?

—Todo lo que no hemos hecho todavía.

Supe exactamente a qué se refería.

—¿Estás segura?

—Llevo dos semanas pensándolo —dijo, directa como siempre—. Sí estoy segura.

Me acosté a su lado y la besé despacio, sin afán. Le recorrí el cuello con la boca, la clavícula, el pecho. Esos pezones rosados que se endurecían con solo rozarlos. El vientre blanco. Le abrí las piernas y me hundí ahí, oliéndola de cerca antes de tocarla, saboreando ese olor limpio y dulce y caliente que era completamente de ella y que no iba a olvidar fácil.

La comí despacio. Ella gemía con esa voz suelta que había encontrado en las últimas semanas, sin controlarse, con las manos en mi pelo.

Le levanté los pies. Esas uñas rojas sobre esa piel blanca. Los olí despacio, ese rastro de cuero y crema y día largo, y ella se estremeció.

—Eso me pone loca todavía —dijo, mirándome.

—Ya sé.

Le chupé los dedos uno por uno mientras la tocaba entre las piernas y ella se retorcía sin saber dónde poner el cuerpo. Se vino así, con un pie en mi boca y mis dedos adentro de ella, con un gemido largo que llenó el cuarto.

Antes de que terminara de bajar me subí encima y entré. Ella me recibió con las piernas abiertas y ese sonido satisfecho que hacía cuando la llenaba completo.

Nos movimos un rato así, con fuerza, con profundidad. Le jalé el pelo y ella arqueó la espalda. Le mordí el hombro y me clavó las uñas. Ese cuerpo blanco brillando de sudor, ese pelo castaño cobrizo enredado en la almohada, esos ojos verdes mirándome directo sin apartarse.

Cuando me detuve ella entendió sin que yo dijera nada. Se volteó sola.

Se acomodó boca abajo, levantando las caderas apenas, mirándome por encima del hombro.

—Despacio —dijo.

—Siempre.

Tomé el tiempo necesario. Le besé la espalda entera, cada vértebra, las nalgas, los muslos. Le pasé la lengua despacio por ese lugar que nunca nadie había tocado y ella hundió la cara en la almohada y soltó un sonido que no era de su repertorio habitual.

—Dios —murmuró.

La preparé con cuidado, con los dedos, con la boca, leyendo cada señal de su cuerpo. Ella se iba abriendo de a poco, con una respiración profunda y controlada, con esa concentración que ponía en todo lo que hacía.

—¿Bien? —le pregunté, cada vez.

—Bien —respondía, cada vez.

Cuando entré lo hice despacio, milímetro a milímetro, con una mano en su cadera y la otra tocándola entre las piernas para que el placer fuera más que el resto. Ella apretó la almohada con las manos y soltó un sonido largo y profundo que venía del fondo.

—Para —dijo.

Paré.

Respiró.

—Ya —dijo.

Seguí. Ella se fue abriendo despacio, con esa rendición silenciosa que tenía cuando cedía del todo, y cuando me tuvo adentro completo se quedó quieta un momento procesando esa sensación nueva.

—Raro —dijo, bajito.

—¿Para?

—No. —Una pausa larga—. No para.

Me moví despacio. Ella empezó a responder, el cuerpo encontrando el ritmo, empujando hacia atrás apenas, explorando esa sensación con una curiosidad que era completamente de Andrea.

—Tócame —dijo.

La toqué entre las piernas mientras me movía adentro de ella. Fue como encender algo. Los gemidos subieron de volumen, las caderas se movieron solas, ese cuerpo blanco que brillaba de sudor respondiendo a todo al mismo tiempo.

—Andrés —dijo, con la voz completamente rota.

—¿Qué.

—No pares. Por favor no pares.

No paré. Me moví con más profundidad, despacio pero completo, sintiéndola entera, ese calor que tenía en cada rincón de su cuerpo. Ella gemía sin parar, sin controlarse, con esa voz que llenaba el apartamento sin que a ninguno nos importara nada.

Se vino de una manera que no había visto antes. Sin gritos, sin temblores bruscos. Una oleada profunda y lenta que le empezó en las caderas y le subió por toda la espalda, con un gemido largo que fue bajando de volumen hasta quedarse en silencio, y ese silencio final duró casi un minuto mientras el cuerpo le terminaba de soltar todo.

Me vine con ella, adentro, con la frente contra su espalda y las manos apretando sus caderas.

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Quedamos tirados un rato largo. Ella se volteó y se acomodó contra mí, con la cabeza en mi pecho y una pierna sobre las mías. Ninguno dijo nada durante un buen rato.

Afuera Montería sonaba igual que siempre. El tráfico, un vecino, el calor constante que no sabía nada de despedidas.

—¿Cuándo te vas exactamente? —pregunté.

—El quince.

—Queda tiempo.

—No tanto —dijo.

—¿Y las cuentas? ¿Quién me lleva las cuentas cuando te vayas?

Se rió. Esa risa del pecho que guardaba para cuando estaba completamente relajada.

—Te consigo alguien bueno —dijo.

—Que no sea tan bueno como tú.

—Nadie es tan bueno como yo —dijo, sin vanidad, como dato.

Le besé el pelo. Ella se acomodó mejor contra mi pecho.

—Andrés —dijo, después de un rato.

—¿Qué.

—Esto fue bueno. —Pausa—. Quiero que sepas que esto fue muy bueno.

—Para mí también.

—No lo digo por el sexo solamente. —Me miró—. Lo digo por todo. Por cómo me tratas. Por no pedirme nada que no quiera dar.

No respondí. Le acaricié la espalda.

—Eres un buen tipo, Andrés —dijo, volviendo a apoyar la cabeza—. Aunque seas mi cliente.

—Ex cliente.

—Todavía no.

—Casi.

Silencio bueno. Esos silencios que no necesitan llenarse.

Se quedó dormida antes de que oscureciera, con una mano abierta sobre mi pecho y ese pelo castaño cobrizo extendido sobre la almohada, con la última luz de la tarde entrando por la ventana y pintando esa piel blanca de un naranja suave que se fue apagando despacio.

Yo me quedé despierto un rato mirándola. Pensando que hay personas que llegan con un maletín y un problema de impuestos y se van dejando algo que no tiene nombre en ningún formulario de la DIAN.

El quince llegó. Se fue a Bogotá.

Me dejó el contacto de su colega para las cuentas.

Y de vez en cuando, cuando reviso los extractos bancarios, pienso en esa contadora de ojos verdes que llevaba ella y que sabía exactamente lo que quería y cómo pedirlo.

Las cuentas nunca volvieron a cuadrar igual.

0 comentarios - Andrea, mi contadora