Espero que les guste mi relato .. ire dejando más si les gusta
El calor húmedo del puerto de Veracruz flotaba en el aire de la noche, cargado de aroma a sal y misterio. Rouse, una imponente veracruzana de 53 años, se ajustaba el vestido de lino blanco que se ceñía a sus caderas anchas y dejaba al descubierto sus hombros bronceados. Su cabello oscuro estaba recogido en lo alto, dejando libre su cuello, donde el sudor brillaba levemente bajo las luces de la terraza del café en los Portales.
Mateo, de 22 años, llegó con la respiración ligeramente agitada. Al verla, se detuvo un segundo. Rouse tenía esa madurez de las mujeres de la costa: segura, de curvas generosas, mirada felina y una sonrisa que prometía incendios.
—Buenas noches, Rouse... Estás impresionante —dijo Mateo, atrapado por el escote pronunciado que dejaba adivinar la firmeza de su pecho.—Hola, muchacho. Llegas justo a tiempo para quitarme el calor —respondió ella con una voz ronca, extendiendo una mano que él besó con devoción.
Decidieron huir del tumulto de los Portales y manejar hacia una cabaña privada a la orilla de la playa de Chachalacas, donde el sonido de las olas y la privacidad total les pertenecerían.
Al entrar a la cabaña, el aire acondicionado refrescó sus pieles, pero la tensión entre ambos era ardiente. El sonido del mar rompiendo a lo lejos marcaba el ritmo. Rouse caminó hacia el ventanal que daba a la playa, dándole la espalda a Mateo.
—Ven aquí —pidió ella, sin voltear.
Mateo se acercó lentamente y se colocó detrás de ella. La diferencia de edades se borraba ante el deseo. El joven se atrevió a rodear la cintura de Rouse con sus brazos, pegando su pecho a la espalda de ella. Rouse echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Mateo, permitiéndole oler el perfume de vainilla y coco que emanaba de su piel húmeda.
Con manos temblorosas pero decididas, Mateo comenzó a besar la línea de su cuello, subiendo hasta el lóbulo de su oreja. Rouse soltó un suspiro largo.—Tócame, Mateo... no tengas miedo —susurró ella, guiando las manos del joven directamente hacia sus senos, que se tensaban bajo la delgada tela de lino. Mateo gimió al sentir la calidez y la exuberancia de su carne.
Rouse se giró para quedar frente a él. Sus ojos fijos en los del joven eran pura tentación. Con parsimonia, buscó el cierre de su vestido blanco y lo deslizó hacia abajo. La prenda cayó al suelo en un siseo, dejando a Rouse en un conjunto de encaje rojo que contrastaba salvajemente con su piel morena. Sus muslos firmes, sus caderas anchas y su vientre maduro quedaron expuestos.
Mateo se quedó sin aliento. Se arrodilló ante ella, admirando la imponente figura de la mujer. Sus manos recorrieron las piernas de Rouse, subiendo por la parte interna de sus muslos hasta rozar la humedad que ya se adivinaba en su lencería.
Rouse enredó sus dedos en el cabello del joven, incitándolo a más. Mateo comenzó a besar su vientre, recorriendo con la lengua su piel, descendiendo con una urgencia que a ella la hizo jadear fuertemente, aferrándose a los hombros tonificados del muchacho. La juventud de Mateo se traducía en un ímpetu arrollador que a Rouse, con toda su experiencia, la encendía por completo.
Rouse tiró del cabello de Mateo suavemente para obligarlo a ponerse de pie.—Ahora te toca a ti —dijo con una sonrisa llena de picardía.
Ella misma se encargó de desabotonar la camisa de Mateo, acariciando el torso joven, firme y libre de vello, deleitándose con la velocidad de los latidos de su corazón. En segundos, ambos quedaron completamente desnudos sobre las sábanas de hilo de la cama.
El calor de la noche veracruzana parecía haberse concentrado en esa habitación. Rouse se colocó encima de él, adueñándose de la situación. Sus senos libres rozaban el pecho del joven con cada movimiento. Ella comenzó a moverse lentamente, restregando su intimidad húmeda contra la de él, torturándolo deliberadamente con la espera.
—Eres una reina, Rouse... por favor —suplicó Mateo, con la respiración entrecortada, sosteniendo las caderas de ella con fuerza.
Rouse sonrió ante la desesperación del joven y, con un movimiento lento y fluido, se entregó por completo, hundiéndose sobre él. Un gemido unísono y profundo llenó la habitación, ahogando el sonido de las olas del golfo.
El ritmo empezó siendo pausado, una danza donde la experiencia de Rouse dictaba el compás, enseñándole al joven cómo disfrutar cada milímetro de piel. Pero la energía indomable de Mateo no tardó en responder. Él la tomó por la cintura, girándola con destreza para quedar ahora él arriba, demostrando la fuerza de sus 22 años.
Las embestidas se volvieron profundas, rítmicas y cargadas de una lujuria salvaje. La piel de ambos brillaba por el sudor; los jadeos, los susurros obscenos y el roce constante de sus cuerpos crearon una atmósfera donde solo existía el placer puro. Rouse, con las piernas enredadas en la espalda de Mateo, se dejaba llevar por el vigor del joven, guiándolo con sus manos en sus glúteos para que penetrara aún más profundo.
El éxtasis estaba cerca. Mateo aceleró el ritmo, entregado por completo a la madurez y el magnetismo de la veracruzana. Rouse sentía que el suelo desaparecía; sus espasmos internos comenzaron a aprisionar al joven, avisándole que estaba llegando al límite.
—Mírame, Mateo... mírame —pidió ella con la voz rota de placer.
Él la miró a los ojos justo cuando Rouse se arqueó en la cama, soltando un grito ahogado mientras su cuerpo era sacudido por un orgasmo intenso y prolongado. Al verla y sentirla vibrar de esa manera, Mateo no pudo contenerse más; dio unas últimas estocadas profundas y se vació dentro de ella con un gemido rudo que retumbó en las paredes de la cabaña.
Cayeron uno al lado del otro, exhaustos, sintiendo la brisa marina que entraba por la ventana. Mateo la abrazó por la espalda, pegando su cuerpo al de ella, aún temblando. Rouse sonrió en la penumbra, sabiendo que esa noche en las costas de Veracruz quedaría grabada a fuego en la memoria de aquel joven para siempre.
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