—Oye, Daniela, en serio… ese vestido te queda de locura —dijo Severo, mirándola sin disimulo—. Cada vez que te mueves se te marca todo. ¿Si te sientes acolorada no nos molestaría que te quieras destapar un poco más jeje?
Daniela soltó una risita coqueta y se acomodó el escote con fingida inocencia.
—¿Un poco más?… jaja, yo pienso que ya estoy destapada mucho —respondió ella, mirándolo a los ojos—. Quizás hasta de más. Pero quiero verme guapa.
Severo sonrió con descaro y le dio un sorbo a su vaso.
—Guapa te quedas corta. Estás para comerte. ¿Verdad, Alfonso?
Alfonso, que había estado en silencio casi todo el tiempo, se removió incómodo en su sillón.
—Eh… sí, se ve muy bien —murmuró, forzando una sonrisa.
Severo no le dio tregua y siguió hablando directamente con Daniela, ignorando casi por completo a Alfonso.
—Dime una cosa… ¿te gusta que te digan lo sexy que eres? Porque yo no puedo dejar de pensarlo. Ese escote, esas piernas… joder, Mauricio tiene que estar loco por ti todo el día.
Daniela rio bajito y tomó otro sorbo, claramente disfrutando del juego.
—Eres un exagerado, Severo… —dijo ella con tono juguetón—. Pero sí… me gusta que me digan cosas bonitas.
Alfonso se sentía cada vez más fuera de lugar. Estaba sentado ahí, con el vaso en la mano, mientras Severo y Daniela hablaban, se miraban y se reían como si él no existiera. Intentaba participar de vez en cuando con comentarios cortos, pero Severo siempre volvía a tomar el control de la conversación, dirigiéndose exclusivamente a Daniela.
Cada vez que Severo hacía un comentario atrevido, Daniela sonreía y respondía coqueteando, y Alfonso solo podía mirar, sintiéndose incómodo y desplazado.
Severo sirvió otra ronda y levantó su vaso de nuevo.
—Otra más… por las tardes que se ponen interesantes.
Daniela chocó su vaso con el de Severo, mirándolo con ojos brillantes.
Alfonso bebió en silencio, sintiéndose cada vez más fuera de lugar.
La tarde avanzaba y la botella de whisky ya estaba por terminarse. Severo estaba cada vez más animado, mientras Alfonso permanecía callado en su sillón.
De repente, Severo se levantó con una sonrisa pícara.
—Esto está muy tranquilo —dijo—. ¿Por qué no ponemos música para bailar?
Sin esperar respuesta, se acercó al equipo de sonido y puso una playlist de reggaetón lento y sensual. La música llenó la sala con un ritmo pegajoso y provocador.
Severo se giró hacia Daniela y le extendió la mano con descaro.
—Ven, hermosa… baila conmigo.
Daniela sonrió sin poner ninguna resistencia. Se levantó del sofá con elegancia, el vestido negro subiéndose ligeramente por sus muslos, y tomó la mano de Severo.
—Claro… ¿por qué no? —respondió ella con voz coqueta.
Alfonso se quedó sentado, con el vaso en la mano, sin poder hacer otra cosa que mirar.
Severo atrajo a Daniela hacia él de inmediato. La pegó contra su cuerpo con fuerza, una mano en su cintura baja y la otra bajando peligrosamente hacia sus pompas. Empezaron a moverse al ritmo de la música, muy pegados. El cuerpo voluptuoso de Daniela se rozaba contra el torso robusto y sudado de Severo con cada movimiento.
Severo bajó la cabeza hasta rozar su oído con los labios.
—Joder, Daniela… —murmuró con voz ronca y cargada de deseo—. Sigo con la verga bien dura. Solo siéntela.
La apretó más contra su cuerpo, haciendo que ella sintiera claramente su erección presionando contra su vientre.
—Quiero cogerte ahora mismo —le susurró al oído, sin ningún disimulo—. Quiero levantarte ese vestido, bajarte la tanga y metértela.
Daniela soltó una risita baja y excitada, pero siguió bailando pegada a él, moviendo las caderas contra su cuerpo.
—Silencio Severo… Alfonso te podría escuchar.
Alfonso, desde el sillón, solo podía mirar en silencio. Su rostro estaba rojo y su expresión era una mezcla de incomodidad, nervios y celos. No decía nada. Solo observaba cómo Severo manoseaba descaradamente a Daniela mientras bailaban, cómo sus cuerpos se rozaban sin vergüenza y cómo ella no hacía nada por apartarse.
—No te preocupes por él, no es mas que un marica—. Se lo dijo con burla, sonrió con arrogancia al ver la mirada de Alfonso, banjo un poco la mano y apretó las pompas de Daniela, pegándola completamente a él.
—Así me gusta… bien pegadita —gruñó contra su cuello—. ¿Sientes lo dura que la tengo por ti?
La música seguía sonando con ritmo lento y sensual. Severo tenía a Daniela completamente pegada contra su cuerpo, una mano apretando con fuerza una de sus pompas por encima del vestido negro y la otra en su cintura baja. Se movían despacio, rozándose sin vergüenza.
Daniela soltó un gemido bajito cuando sintió la erección de Severo presionando con fuerza contra su vientre. Giró un poco la cabeza y le susurró al oído, con la respiración entrecortada:
—Severo… no seas tan descarado. Alfonso está presente… nos está viendo.
Severo soltó una risa baja y oscura, sin apartarse ni un centímetro. Al contrario, apretó más su nalga y la pegó aún más contra él.
—¿Y qué? —respondió con tono burlón y arrogante—. Que nos vea. Ese marica de Alfonso no va a hacer nada. Míralo ahí sentado, calladito como una putita, solo mirando cómo el macho alfa se queda con la hembra.
Alfonso, desde el sillón, se puso rígido, dándose cuenta que murmuraba algo sobre él. Sus manos se cerraron alrededor del vaso y su rostro se enrojeció.
Severo continuó, sin dejar de bailar y de manosear a Daniela:
—Pobrecito… ahí está, todo nervioso y callado. Seguro ya se le puso dura de vernos así, pero no tiene los huevos para decir nada. Quizás lo invite a ver como te follo, para que aprenda aunque sea un poco jaja.
Daniela no lo defendió. Al contrario, soltó una risita baja y divertida, escondiendo la cara en el cuello de Severo mientras seguía moviéndose contra él.
—Ay, Severo… eres terrible —murmuró ella entre risas, claramente disfrutando de la burla.
Alfonso sintió un golpe en el pecho. Se dio cuenta perfectamente de que se estaban burlando de él. La risa de Daniela y los murmullos de Severo lo dejaron muy molesto. Bajó la mirada al vaso, apretando la mandíbula, pero no dijo ni una palabra. Se sentía humillado, fuera de lugar.

La canción terminó con un último ritmo sensual que se fue apagando. Daniela y Severo seguían pegados, balanceándose lentamente aunque la música ya había callado. La mano de Severo seguía firmemente agarrada a una de sus pompas, apretándola con descaro.
Severo miró la botella sobre la mesa y soltó una risa baja.
—Joder… ya casi se nos terminó la botella —dijo, sin soltar a Daniela ni un centímetro—. Alfonso, ve y compra otra. Y no cualquiera… ve al otro lado de la ciudad, a la licorería de la avenida principal. Ahí venden una botella que tomamos en mi cumpleaños, ¿te acuerdas?, vale la pena. Trae esa.
Alfonso se quedó congelado en el sillón, con el vaso todavía en la mano.
—¿Ahora? —preguntó, intentando no sonar demasiado incómodo—. Creo que ya es un poco tarde… además dijimos que solo sería una botella, tal vez ya fue suficiente.
Severo, sin apartar los brazos de la cintura de Daniela, sonrió con arrogancia y la apretó más contra su cuerpo.
—No seas marica, Alfonso. Solo es ir por una botella. No le voy a hacer nada a Daniela… que no quiera —dijo en un tono más bajo esto último, aunque sí fue escuchado por Alfonso—. Anda, ve. Quiero enseñarle a Daniela un par de movimientos más intensos jeje.
Alfonso miró a Daniela, buscando alguna señal de incomodidad en su rostro. Pensaba que ella se sentiría incómoda quedándose a solas con Severo después de todo lo que estaba pasado. Pero Daniela, para su sorpresa, sonrió con dulzura y lo miró directamente a los ojos.
—Anda, Alfonso… ve por la botella —le dijo con voz suave y coqueta—. Nosotros te esperamos aquí. La verdad es que me gustaría seguir bailando un rato más.
Alfonso parpadeó, desconcertado. No esperaba que ella misma lo animara a irse.
—Pero… —intentó protestar débilmente.
Daniela inclinó ligeramente la cabeza y le dedicó una sonrisa casi inocente.
—Gracias Alfonso… solo una botella más. No nos dejes con las ganas.
Severo soltó una risa baja y victoriosa, todavía abrazando a Daniela por detrás.
—¿No le dirás que no a esta belleza, verdad?. No seas aguafiestas, hombre. Ve y trae la botella. Nosotros aquí te esperamos… bien acompañados.
Alfonso se quedó callado unos segundos, sintiendo cómo la humillación le subía por el pecho. No quería verse como el mandadero de Severo, y menos quería dejarlos solos… pero Daniela misma se lo estaba pidiendo. Finalmente suspiró, derrotado.
—Está bien… voy —murmuró, levantándose del sillón.
Severo sonrió con satisfacción y le dio una palmada en el hombro a Alfonso cuando pasó a su lado.
—Buen chico. Tardate si quieres jeje… pero regresas con mi botella.
Alfonso tomó las llaves del coche y salió de la casa sin decir nada más, cerrando la puerta detrás de él.
En cuanto se quedaron solos, Severo apretó más a Daniela contra su cuerpo y le susurró al oído con voz ronca:
—Al fin solos, putita… ahora sí podemos divertirnos de verdad, la giró entre sus brazos hasta tenerla de frente y la pegó con fuerza contra su cuerpo.
—Me moría de ganas por hacer esto… —gruñó contra su boca, antes de besarla con hambre.
El beso fue brutal desde el primer segundo. Severo devoró sus labios, introduciendo la lengua con fuerza mientras sus manos grandes bajaban directamente a sus pompas, apretándolas con rudeza por encima del vestido negro.
Daniela no puso ninguna resistencia; al contrario, soltó un gemido excitado y rodeó su cuello con los brazos, respondiendo al beso con la misma intensidad. Sus lenguas se enredaron con urgencia, húmedas y desesperadas.
Severo separó sus labios apenas para hablarle con voz ronca y dominante:
—Así me gusta, putita… besándome como la zorra que eres.
Daniela jadeó contra su boca, claramente muy excitada. Sus manos bajaron rápidamente al pecho de Severo y comenzaron a desabotonarle la camisa con dedos ansiosos, mientras seguía besándolo con ganas.
Severo gruñó de placer y metió una mano debajo de su vestido negro, subiendo por sus muslos hasta encontrar la tanga.
—Estás empapada, puta… —murmuró contra sus labios—. Ese coño ya está rogando por verga.
Daniela jadeó cuando sintió los dedos gruesos de Severo presionando contra su sexo. De un tirón fuerte le bajó la tanga hasta los tobillos y la aventó con despreocupación al centro de la sala, donde quedó tirada en el suelo.
Daniela soltó un gemido de excitación y desabotonó rápidamente el pantalón de Severo. Metió la mano dentro de su bóxer y agarró su verga gruesa y completamente dura, comenzando a masturbarlo con ganas.
Severo gruñó de placer, pero de repente la detuvo, sujetando su muñeca con firmeza.
—No… —dijo con voz ronca y autoritaria—. No quiero que ese marica de Alfonso nos interrumpa como lo hizo tu marido la ultima vez. Te voy a coger en mi recamara.
Sin esperar respuesta, Severo la levantó en brazos como si no pesara nada. Daniela soltó un gritito de sorpresa y excitación, rodeándole el cuello con los brazos mientras él la cargaba.
—Vamos… —gruñó Severo, caminando hacia las escaleras con ella en brazos—. Ahí te voy a partir ese coño rico que tienes.
Daniela, con la respiración agitada y los ojos brillantes de deseo, solo sonrió y le mordió el lóbulo de la oreja.
—Sí, quiero volver a ser tuya… —susurró ella, completamente entregada.
Severo subió las escaleras con paso firme, cargando a Daniela, mientras la casa quedaba en silencio detrás de ellos, con la tanga tirada en medio de la sala como única prueba de lo que acababa de empezar.
Subían las escaleras. Daniela en brazos como si no pesara nada. Ella tenía las piernas rodeándole la cintura y los brazos alrededor de su cuello, besándolo con desesperación mientras subían.
En cuanto entraron la arrojó sobre la cama. Daniela rebotó en el colchón con un gemido excitado, el vestido negro subido hasta la cintura, completamente expuesta de la cintura para abajo. La puerta quedó entreabierta.
Severo se quitó la camisa abierta de un tirón y se quedó mirándola con ojos oscuros de lujuria.
—Mírate… tirada en mi cama como la puta que eres —gruñó, bajándose el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Su verga gruesa y venosa saltó, completamente dura y palpitante—. Abre las piernas, Daniela. Quiero ver ese coño que me pertenece.

Daniela, respirando agitada y con los ojos brillantes de excitación mirandole la verga a Severo, obedeció sin dudar. Abrió las piernas ampliamente, mostrando su sexo húmedo y brillante.
Severo se arrodilló entre sus muslos, agarró sus caderas con fuerza y bajó la cabeza. Sin aviso, pasó su lengua ancha y caliente por toda su raja, de abajo hacia arriba, lamiéndola con hambre.
—Ahhhhh… ¡Severo! —gimió Daniela, arqueando la espalda con fuerza.
Él no fue suave. La devoró con lujuria, lamiendo y chupando su clítoris hinchado, introduciendo la lengua dentro de ella y succionando sus labios mojados con sonidos húmedos y obscenos.
—Qué rico coño tienes, puta… —gruñó contra su sexo, sin dejar de comerla—. Estás chorreando como una perra en celo. ¿Esto es lo que querías, verdad?
Daniela agarró la cabeza casi calva de Severo con ambas manos, moviendo las caderas contra su cara, gimiendo sin control.
—Ahh… sí… ¡chúpame! ¡Me encanta! ¡No pares!
Severo metió dos dedos gruesos dentro de ella mientras succionaba su clítoris con más fuerza, follándola con la lengua y los dedos al mismo tiempo. Daniela temblaba, sus gemidos se volvieron más altos y desesperados, sus piernas se sacudían alrededor de la cabeza de Severo.
Después de varios minutos devorándola sin piedad, Severo se incorporó. Su boca y barbilla brillaban con los jugos de Daniela. Se colocó entre sus piernas, agarró su verga gruesa y completamente dura y la colocó justo en la entrada empapada.
—Ahora sí… te voy a partir ese coño rico que tienes —gruñó, mirándola a los ojos con pura lujuria.
De un solo empujón fuerte y profundo, la penetró hasta el fondo.
—Joder… qué apretado está tu coño —gruñó Severo, comenzando a follarla con embestidas profundas y brutales—. Esto es lo que querías, ¿verdad? Que te parta el coño.
Daniela gemía sin control con cada estocada, sus pechos rebotando dentro del vestido.
—Más fuerte… ¡sí! ¡Así! —suplicaba ella, completamente perdida en el placer—. Me encanta tu verga… me estás partiendo…
Severo la follaba con ritmo salvaje, sudando y gruñendo como un animal. La agarró de las caderas y la penetraba con fuerza, haciendo que la cama crujiera violentamente.
—Eres mi puta ahora —le dijo entre embestidas—. Cada vez que quiera te voy a coger, donde quiera y como quiera. ¿Entendido?
—Sí… soy tu puta… —gimió Daniela, con los ojos entrecerrados de placer—. Cógeme… lléname… haz lo que quieras conmigo.
Severo sonrió con arrogancia y aceleró el ritmo, follándola con más fuerza todavía.
La recámara se llenó de los gemidos fuertes de Daniela, los gruñidos de Severo y el sonido húmedo y obsceno de sus cuerpos chocando.

Severo se detuvo un momento.
—Te quiero completamente desnuda en mi cama.
Sin pedir permiso, metió las manos debajo del vestido negro y se lo subió con fuerza. Daniela levantó los brazos para ayudarlo. Severo le quitó el vestido por completo y lo lanzó al suelo sin cuidado. Ahora Daniela estaba totalmente desnuda sobre las sábanas, con solo los tacones rojos puestos.
—Así me gusta… —dijo Severo con voz ronca, recorriéndola con la mirada—. Bien desnuda, bien abierta y bien mojada para mí.
Se colocó entre sus piernas abiertas, agarró su verga gruesa y venosa y la frotó contra la entrada empapada de Daniela, torturándola.
—¿Quieres que te la meta, puta? —preguntó, dándole pequeños golpes con la cabeza hinchada.
—Sí… por favor… métemela ya… —suplicó Daniela, moviendo las caderas hacia arriba, desesperada.
Severo empujó con fuerza y la penetró de una sola estocada profunda, enterrándose hasta el fondo.
— ¡Ahhhhhhhh! —gritó Daniela, arqueando la espalda con violencia.
Severo no fue suave. Comenzó a follársela con estocadas fuertes, profundas y rápidas, sujetándola de las caderas para clavarla contra el colchón. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran y que la cama crujiera con violencia.
—Joder… qué rico es cogerte —gruñó él, sudando y respirando como un animal—. Te estoy partiendo, siente cómo te lleno toda.
Daniela gemía sin control, clavando las uñas en la espalda de Severo.
—Ahh… ahh… ¡sí! ¡Más fuerte! ¡Me estás partiendo! —gritaba ella, con la voz rota de placer.
Severo aceleró el ritmo, follándola con estocadas brutales y profundas. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo llenaba la habitación. Daniela sentía cada vena gruesa rozando sus paredes internas.
—Así… toma toda mi verga, puta —gruñó Severo, bajando la cabeza para morderle un pezón—. Quiero que te corras en mi verga.
Daniela empezó a temblar. Sus piernas se tensaron alrededor de la cintura de Severo y su coño se contrajo violentamente.
—Ahhh… ¡me voy a correr! ¡No pares! ¡Me voy a correr! —gritó ella.
Su primer orgasmo fue intenso y largo. Todo su cuerpo se sacudió con fuerza, sus paredes internas apretaron la verga de Severo como un puño caliente y un chorro de humedad caliente salió de ella, empapando la verga y las sábanas.
— ¡Ahhhhhhhh! ¡Me corroooo! ¡Síííí! ¡Me estás haciendo correr tan rico!
Severo no se detuvo. Siguió follándola con fuerza mientras ella se convulsionaba debajo de él, prolongando su orgasmo hasta que Daniela quedó temblando y jadeando, completamente ida de placer.
Severo se detiene un momento, le saca la verga que aun sigue rígida como una barra de hierro, Daniela siente un vacío en su interior ya está muy acostumbrada a tener esa preciosidad de verga dentro de ella. La miró con ojos oscuros de pura lujuria.
—Date la vuelta, putita —ordenó con voz grave y dominante—. Ponte en cuatro patas como la perra que eres. Quiero cogerte bien profundo.
Daniela, excitada y obediente, se giró rápidamente sobre la cama. Se puso de rodillas, apoyó las manos y los antebrazos en el colchón y arqueó la espalda, levantando las pompas hacia él en una clara invitación.
Severo se colocó detrás de ella, tomo su verga erecta y dio un par de golpes en las voluptuosas pompas paradas de Daniela, luego talló su trozo en medio de esas hermosas carnes, recorriendo su verga por todo el conducto rectal, agarró sus caderas con fuerza y colocó la punta de su pene en la vagina, de un solo empujón brutal, la penetró hasta el fondo.
— ¡Ahhhhhhhh! —gritó Daniela, sintiendo cómo la gruesa verga la abría completamente.
Severo empezó a follársela con estocadas fuertes, profundas y rápidas. Sus caderas chocaban contra las pompas de Daniela con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran y que la cama crujiera con violencia.
—Así… bien perra —gruñó él, dándole una fuerte nalgada que dejó la marca roja de su mano—. Toma toda mi verga, zorra. Este coño ya es mío.
Mientras tanto, abajo…
Alfonso llegó a la casa con la botella de whisky en la mano. Al entrar notó que la sala estaba vacía y en silencio. Frunció el ceño.
—¿Daniela? ¿Severo? —llamó, pero no obtuvo respuesta.
De pronto, su mirada cayó al suelo, en medio de la sala. Allí estaba tirada la tanga de Daniela, la misma diminuta prenda que le había visto puesta antes en el coche. Fue como recibir un balde de agua fría sobre él.
Su corazón se aceleró. No podía creerlo. Su mente se negaba a procesar la idea de que Daniela, una mujer tan hermosa, elegante y deseable, pudiera estar con un hombre tan desagradable y vulgar como Severo.
De repente, escuchó ruidos que venían de la planta de arriba.
Las piernas de Alfonso comenzaron a temblar. Dejó la botella sobre la mesa de la sala y empezó a subir las escaleras lentamente, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Cada paso era más difícil. Conforme avanzaba los sonidos se iban haciendo más claros, el crujido constante y rítmico de una cama y gemidos ahogados de una mujer.
Llegó al pasillo del segundo piso. Los ruidos provenían claramente de la habitación de Severo y Diana. La puerta no estaba completamente cerrada; había quedado entreabierta.
Alfonso se acercó con sigilo, casi sin respirar. Con mano temblorosa, empujó ligeramente la puerta para abrirla un poco más.
Lo que vio lo dejó paralizado.
Daniela estaba en cuatro patas sobre la cama de Severo, completamente desnuda, tenía la espalda arqueada, con el culo levantado y las manos aferradas a las sábanas. Severo estaba detrás de ella, agarrándola con fuerza de las caderas y follándola con embestidas brutales y profundas. Cada embestida hacía que el cuerpo de Daniela se sacudiera y que sus pechos rebotaran. El sonido de sus cuerpos chocando era fuerte y obsceno.
Daniela gemía sin control, con la cara hundida en las sábanas:
—Ahhh… ¡sí! ¡Más fuerte! ¡Así! ¡Me estás partiendo!
Severo gruñó como un animal y le dio una fuerte nalgada que resonó en la habitación.
—Así te gusta, ¿verdad, puta? —dijo entre dientes, sin dejar de embestirla—. Toma toda mi verga… eres mia, recuerdalo bien. ¿Sientes cómo te lleno? Tu marido nunca te va a dar algo así.
Alfonso se quedó congelado en la puerta, incapaz de moverse, con los ojos muy abiertos y el corazón destrozado. No podía creer lo que estaba viendo: su cuñada, la hermosa Daniela, siendo follada como una perra por Severo.
Y lo peor era que ella parecía estar disfrutándolo enormemente.
Daniela soltó un gemido largo y desesperado, empujando hacia atrás contra él.
— ¡Sí! ¡Me encanta tu verga! ¡Es tan grande… tan gruesa! ¡Cógeme más duro! ¡Quiero que me llenes toda!
Alfonso sintió que el mundo se le venía encima. La rabia le subió por el pecho como un fuego. Ella… Daniela… la mujer más hermosa que había visto… gimiendo así por ese cerdo asqueroso.
En su cabeza sonó un pensamiento: Si yo no fuera tan cobarde… si tuviera los huevos… sería yo el que estuviera ahí, follándola, haciéndola gemir de esa forma. Sabía que Daniela lo deseaba a él también. Lo había seducido, lo había tocado, lo había besado, lo miraba con deseo. Pero él siempre se había acobardado, pensando en el respeto que le debía tener a su hermano.
Ahora, en cambio, Severo la estaba cogiendo como un animal, sin importarle que fuera la esposa de su cuñado y que estuvieran cogiendo en la misma cama donde dormía con su esposa.
Alfonso apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Quería entrar, gritarles, separarlos… pero no se atrevió. El miedo y la humillación lo paralizaron. Se quedó allí, mirando en silencio, con el corazón destrozado y la rabia quemándole por dentro.
Severo aceleró el ritmo, follándola con más fuerza todavía.
—Dime que eres mi puta —gruñó, dándole otra nalgada.
—Soy tu puta… —gimió Daniela, con la voz quebrada de placer—. Soy tu puta, Severo… ¡cógeme! ¡No pares!
Alfonso ya no soportó más. Dio un paso atrás, cerró los ojos un segundo y bajó las escaleras en silencio. Tomó las llaves del coche que había dejado en la sala, miró por última vez la tanga de Daniela tirada en el suelo y salió de la casa sin hacer ruido.
El aire fresco de la tarde le golpeó la cara, pero no calmó la furia que sentía. Subió al coche y arrancó con fuerza.
Necesitaba un trago pero lejos de aquí. Necesitaba olvidar lo que acababa de ver.
Mientras tanto la pareja seguía follando sin darse cuenta de lo que había pasado. Después de unos minutos Daniela escuchó un ruido abajo: la puerta principal abriéndose y pasos en la sala. Se tensó de inmediato y miró hacia la puerta de la habitación con los ojos muy abiertos.
—Severo… para… —susurró alarmada, intentando separarse un poco—. Me parece que alguien llegó… ¡para!
Severo soltó una risa baja y oscura, sin reducir el ritmo ni un segundo. Al contrario, la embistió con más fuerza, clavándola contra el colchón.
—¿Y qué? —gruñó divertido—. Que nos vea. Yo no voy a parar ahora.
Daniela intentó protestar de nuevo, pero un gemido traicionero salió de su boca —Ahhh… —cuando Severo le dio una estocada especialmente profunda.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
Daniela se congeló de terror al ver a Diana parada en la puerta. Su corazón latió con fuerza y todo su cuerpo tembló. Estaba completamente desnuda, en cuatro patas, siendo follada por su esposo. Intentó cubrirse con los brazos, pero Severo la tenía bien agarrada y siguió penetrándola sin detenerse.
—Diana… yo… esto no… —balbuceó Daniela, con la voz quebrada por el miedo y la vergüenza.
Diana se quedó parada en la puerta unos segundos, observando la escena. Luego, en lugar de gritar o enfadarse, cerró la puerta detrás de ella con calma y sonrió con una expresión suave, casi tierna.
Se acercó lentamente a la cama sin decir nada.
Daniela temblaba, todavía con la verga de Severo dentro de ella.
—Diana… por favor… déjame explicarte… —intentó decir, con la voz entrecortada.
Diana se acercó más a Daniela y mirándola directamente a los ojos, la interrumpió.
—Tranquila, Daniela… no estás en problemas —susurró con voz calmada y cariñosa.
Luego, sin decir nada más, se inclinó y le dio un beso suave en la boca, mientras Severo seguía follándola lentamente desde atrás.

Continuara...
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