You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda y su cornudito 42-Mama y la pijamada lesbica

Después de varios segundos de duda y risas nerviosas, Valentina —la más deportista y atlética del grupo— respiró hondo y dijo:
—Está bien… yo lo hago. Pero solo un poquito, ¿eh?
Las otras chicas soltaron risitas emocionadas y expectantes. Miranda sonrió con ternura y se inclinó un poco más, abriendo bien sus nalgas grandes y maduras para facilitarle el acceso.
Valentina se arrodilló detrás de Miranda, todavía con cara de duda y vergüenza. Se acercó lentamente hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del ano enrojecido y ligeramente abierto de la mamá de Juana. El olor era fuerte: un aroma cálido, terroso y maduro de mujer adulta después de un largo día de sexo y sudor.
Al principio, Valentina solo acercó la nariz y olió con timidez. Hizo una pequeña mueca, pero no se apartó.
—Huele… fuerte —murmuró entre risas nerviosas.
Sus amiguitas estallaron en risas inocentes y divertidas, tapándose la boca y señalando.
— ¡Dale, Valentina! ¡No seas gallina! —la animaba Sofía riendo.
— ¡Chúpale un poquito, a ver qué tal sabe! —decía Lucía entre carcajadas.
Valentina, presionada por las risas de sus amigas, sacó la lengua tímidamente y dio una primera lamida corta y vacilante alrededor del ano de Miranda.
El sabor era intenso: salado, un poco amargo, terroso, con ese toque maduro y profundo de mujer que ha sido follada. Valentina hizo una mueca de asco al principio, pero no se retiró del todo.
Miranda soltó un gemido suave de placer y la animó con voz cariñosa:
—Así… muy bien, Valentina. No tengas miedo. Lame despacito… vas a ver que no es tan malo.
Valentina volvió a lamer, esta vez un poco más largo. Poco a poco, la duda inicial empezó a convertirse en curiosidad. La lengua se movió con más confianza, rodeando el ano de Miranda y probando más profundamente.
Sus amiguitas seguían riendo, pero ahora con más emoción que burla:
— ¡Miren cómo lo hace Valentina! —decía Sofía muerta de risa.
— ¡Se está animando! ¡Qué valiente! —agregaba Martina.
Valentina, ya más metida en el momento, empezó a lamer más profundo. Su lengua entraba y salía del ano de Miranda con más ritmo, saboreando el gusto fuerte pero extrañamente adictivo. Ya no hacía tantas muecas de asco. Al contrario, sus lamidas se volvían más largas y dedicadas.
—Se siente… raro… pero… no está tan mal —murmuró Valentina entre lamidas, con la voz entrecortada.
Miranda gemía bajito de placer y le acariciaba el cabello a Valentina.
—Así, mi amor… lame más profundo… méteme la lengua. Muy bien… estás aprendiendo rápido.
Las otras chicas seguían mirando con risas y expectativa, comentando entre ellas:
— ¡Valentina se está pasando! ¡Ya le está metiendo la lengua de verdad!
— ¡Qué asco, pero qué gracioso se ve!
Valentina ya no respondía. Seguía lamiendo el ano de Miranda con más ansia, la lengua entrando y saliendo, saboreando el sabor maduro y terroso mientras sus amigas se reían y la animaban.
Miranda sonreía satisfecha, disfrutando tanto del placer físico como de ver cómo las amiguitas inocentes de su hija empezaban a abrirse al juego.


Después de que Valentina empezara a lamer con más confianza, las otras chicas se quedaron mirando con una mezcla de risa nerviosa, vergüenza y creciente curiosidad.
Miranda, todavía inclinada y con las nalgas bien abiertas, sonrió con ternura y las animó con voz suave y maternal:
—Vamos, chicas… no se queden mirando. Es solo un juego. Una por una. No duele, no es nada malo. Solo saquen la lengua y laman un poquito. Yo les voy diciendo si lo hacen bien. ¿Sí? Es para divertirnos y unirnos más.
Sofía, que había sido la más lanzada al principio, respiró hondo y dijo:
—Está bien… yo sigo después de Valentina.
Valentina se apartó con la boca brillante y las mejillas rojas. Sofía se arrodilló detrás de Miranda, dudó solo un segundo y acercó su cara. Al principio solo olió, arrugando un poco la nariz por el olor fuerte y maduro. Luego sacó la lengua tímidamente y dio una primera lamida corta alrededor del ano de Miranda.
—Ugh… sabe… fuerte —murmuró entre risas nerviosas.
Pero no se retiró. Siguió lamiendo, cada vez con más ritmo, metiendo la punta de la lengua un poco más adentro. Sus amigas la animaban entre risas:
— ¡Dale, Sofía! ¡Ya casi lo estás haciendo bien!
Sofía se animó más y empezó a lamer con más ganas, la lengua moviéndose alrededor y dentro del ano de Miranda.
—Se siente… raro… pero no tan asqueroso como pensaba —admitió entre lamidas, ya más cómoda.
Luego le tocó a Lucía, la más tímida y rubita del grupo. Se arrodilló con la cara roja como un tomate.
—Ay… no sé si pueda… —susurró, pero las demás la empujaron suavemente entre risas.
Lucía se acercó, cerró los ojos y sacó la lengua. Dio una primera lamida muy corta y rápida, haciendo una mueca. Pero al ver que sus amigas se reían y la animaban, volvió a intentarlo. Poco a poco empezó a lamer con más continuidad, aunque todavía con timidez. Su lengua recorría el ano de Miranda con pasadas suaves.
—Sabe… salado y un poco… terroso —murmuró Lucía, casi sin voz, pero ya no se apartaba.
Las chicas se reían y aplaudían.
— ¡Lucía lo está haciendo! ¡Qué valiente!
Después fue el turno de Martina, la más coqueta. Se arrodilló con elegancia, pero con las mejillas encendidas. Se acercó y empezó a lamer con más gracia que las demás, pasando la lengua de forma más larga y deliberada.
—Huele fuerte… pero el sabor no es tan malo —comentó entre lamidas, ya entrando en el juego—. Es como… un gusto diferente.
Miranda gemía bajito de placer y las animaba a todas con voz cariñosa:
—Así, mis amores… laman más profundo… no tengan vergüenza. Es solo el culito de mamá. Chupen rico… métanme la lengua. Muy bien… están aprendiendo rápido.
Las cuatro chicas se fueron animando una por una, turnándose para lamer el ano de Miranda. Al principio con mucha duda y risas nerviosas, pero poco a poco lo hacían con más naturalidad y hasta con cierta curiosidad placentera. Sus lenguas entraban y salían, rodeaban el ano enrojecido y saboreaban el gusto maduro y terroso de Miranda.
Juana miraba todo desde un costado, muerta de vergüenza pero también excitada al ver a sus mejores amigas lamiéndole el culo a su propia mamá.
Miranda sonreía satisfecha, moviendo suavemente el culo contra las bocas de las chicas.
—Qué bien lo hacen… mis nenitas están creciendo. Seguir lamiendo… esto nos une mucho más.
Las chicas seguían lamiendo entre risas, bromas y una creciente excitación que ninguna quería admitir todavía.
El ambiente de la pijamada había cambiado para siempre.
Miranda y su cornudito 42-Mama y la pijamada lesbica

Miranda se incorporó lentamente, todavía con una sonrisa maternal y tranquila en los labios. Sus tetas enormes se balancearon cuando se puso de pie frente a las cuatro chicas.
—Ahora es mi turno, chicas —dijo con voz suave pero firme—. Ustedes ya probaron los pies y el culo de mamá… ahora mamá quiere saborearlas a ustedes. Es solo justo, ¿no?
Las chicas se miraron entre sí con una mezcla de risa nerviosa, vergüenza y expectativa. Ninguna se atrevió a protestar en voz alta.
Miranda empezó por Sofía, la más lanzada del grupo. Se acercó a ella, le desabrochó con calma la pollerita tableada y se la bajó junto con la bombachita hasta los tobillos. Sofía quedó con el coño y el culo al descubierto, todavía con un leve olor a transpiración juvenil después de la clase de gimnasia.
Miranda se arrodilló frente a ella, acercó la nariz y aspiró profundamente el olor de su coño y ano.
—Qué rico hueles, Sofía… un olor fresco de nenita que ha estado jugando todo el día —murmuró con cariño.
Luego le dio varias pequeñas chupadas suaves en los labios del coño y en el ano, saboreando el sabor salado y dulce de la transpiración juvenil.
Sofía soltó una risita nerviosa y se tapó la boca.
— ¡Tía Miranda… qué raro se siente…!
Miranda sonrió y pasó a Lucía. Le bajó la pollerita y la bombachita con la misma calma. Lucía tenía el cuerpo más delgadito y delicado. Miranda olió su coñito y su ano con placer y le dio chupadas suaves y cortas, saboreando el gusto más suave y casi inocente.
—Tan suavecita… —susurró Miranda.
Lucía se rio avergonzada, pero no se movió.
Luego fue el turno de Valentina. Miranda le bajó la ropa y se tomó su tiempo oliendo sus pies, sus axilas y finalmente su coño y ano. Le dio pequeñas chupadas en el ano, saboreando el sudor deportivo y el toque más fuerte de la chica atlética.
—Valentina… tienes un sabor más intenso… me gusta —dijo Miranda con una sonrisa.
Valentina se rio nerviosamente y miró a sus amigas.
Finalmente, Miranda se acercó a Martina, la más coqueta. Le bajó la pollerita y la bombachita, olió su coño y ano con deleite y empezó a darle pequeñas chupadas suaves y lentas, saboreando el perfume mezclado con el sudor natural de la nenita.
Martina soltó una risita y se tapó la cara.
— ¡Tía Miranda… esto es demasiado!
Durante todo el proceso, Juana permanecía sentada en el círculo, mirando todo con la cara roja de vergüenza y el corazón latiéndole fuerte. Ver a su propia mamá arrodillada, oliendo y chupando los culos y coños de sus mejores amigas era una mezcla abrumadora de vergüenza, excitación y celos extraños.
Miranda, mientras saboreaba a Martina, levantó la vista y miró directamente a su hija con una sonrisa cariñosa pero perversa.
—Tranquila, Juana… mamá solo está probando a tus amiguitas. Es parte del juego. ¿Ves cómo se ríen? No pasa nada malo.
Las chicas seguían riendo nerviosamente, todavía pensando que todo era un juego tonto de pijamada, mientras Miranda continuaba oliendo y dando pequeñas chupadas suaves en sus partes más íntimas, deleitándose con los sabores y olores juveniles.
Juana solo podía mirar, avergonzada y excitada, mientras su mamá saboreaba una por una a sus mejores amigas.
Miranda seguía arrodillada frente a las chicas, completamente metida en el momento. Después de oler y dar pequeñas chupadas en sus coños, pasó directamente a los anos. Con ternura pero sin vergüenza, les separaba las nalgas a cada una y empezaba a lamerles el ano con lamidas suaves y largas.
Primero fue Sofía. Miranda le abrió las nalgas firmes y le pasó la lengua plana por el ano, saboreando el sabor ligeramente terroso y sudoroso de la nenita después de todo el día.
Sofía soltó una risita nerviosa y miró a sus amigas.
—Chicas… nunca en la vida me imaginé que la mamá de Juana me iba a estar lamiendo el culo… esto es lo más raro que me ha pasado.
Lucía, que estaba al lado, se tapaba la boca riendo mientras veía a Miranda lamiendo el ano de Sofía.
— ¡Yo tampoco! Pensé que las pijamadas eran para ver películas y comer golosinas… no para que la mamá de alguien te chupe el orto.
Valentina, todavía con la pollerita subida, se rio y comentó:
—Miren cómo lo hace… con tanta calma. Nunca pensé que una mamá haría algo así. Me da vergüenza, pero… es como un reto raro.
Martina, la más coqueta, miraba fascinada y añadió entre risitas:
— ¡Es verdad! La mamá de Juana lamiéndonos el culo a todas… si nos contaran esto en el colegio nadie nos creería. ¡Parece una broma pesada!
Mientras las amiguitas comentaban entre ellas con risas nerviosas e inocentes, Miranda seguía lamiendo con dedicación. Pasó de Sofía a Lucía, separándole las nalguitas delgadas y lamiéndole el ano rosado con lamidas lentas y profundas.
Lucía soltó un gemidito y se rio:
— ¡Ay… se siente raro… pero la mamá de Juana lo hace tan bien!
Miranda levantó un segundo la cabeza, con los labios brillantes, y les dijo con voz suave y maternal:
—Tranquilas, chicas… es solo un juego. Mamá solo quiere saborearlas un poquito. No hay nada malo en eso.
Luego continuó con Valentina, lamiéndole el ano más firme y deportivo, y finalmente con Martina, saboreando su ano pequeño y coquetamente depilado.
Las chicas seguían comentando entre risas, cada vez más cómodas con la situación:
—Nunca imaginé que terminaría una pijamada con la mamá de mi amiga lamiéndome el culo…
— ¡Es tan surrealista! Pero… no duele ni nada… solo se siente caliente y húmedo.
— ¡Juana, tu mamá es la más loca de todas las mamás!
Juana solo podía mirar, muerta de vergüenza pero también excitada, viendo cómo su propia mamá le lamía el culo a cada una de sus mejores amigas.
Miranda seguía lamiendo con placer disimulado, saboreando el contraste entre los anos jóvenes y apretados de las nenitas, mientras las chicas seguían riendo y comentando lo inesperado de la situación.
El ambiente de la pijamada había cambiado por completo… pero las chicas todavía lo tomaban como un juego loco y divertido.
Miranda, ya completamente entregada al momento, decidió subir la intensidad. Seguía arrodillada frente a las chicas, con una sonrisa maternal y perversa al mismo tiempo.
—Ahora mamá va a lamer más profundo, mis amores… no tengan miedo. Solo relájense y dejen que mamá les dé cariño.
Empezó por Sofía. Le separó bien las nalgas firmes y juveniles, acercó la cara y metió la lengua directamente dentro de su ano. No eran lamidas superficiales anymore… ahora introducía la lengua lo más profundo posible, moviéndola en círculos y sacándola para volver a meterla.
Sofía soltó un gemidito de sorpresa y se puso rígida.
— ¡Ay… tía Miranda… se siente… muy adentro! —dijo con voz inocente y temblorosa, sin saber exactamente cómo reaccionar—. Es raro… como si me estuvieras lamiendo por dentro… me hace cosquillas pero… también algo caliente…
Sus amiguitas la miraban con los ojos muy abiertos, riendo nerviosamente.
Miranda no se detuvo. Siguió metiendo y sacando la lengua con más ritmo, saboreando el interior del ano de Sofía, que todavía conservaba ese sabor fresco y ligeramente terroso de nenita después de un día de actividad.
Luego pasó a Lucía. La rubita de cara angelical se puso aún más roja cuando sintió la lengua de Miranda entrando profundamente en su ano.
— ¡Mmmh… tía… está muy profundo! —gimió Lucía con voz inocente y sorprendida—. Se siente… raro… como si me estuvieras tocando algo que nadie toca… me da cosquillas adentro… pero no duele… solo… no sé qué sentir…
Miranda sonrió contra su culo y siguió lamiendo con lengua profunda, moviéndola dentro del ano apretado de Lucía.
Después le tocó a Valentina. La deportista se mordió el labio cuando la lengua de Miranda entró en su ano.
— ¡Ay… se siente muy adentro! —dijo Valentina con voz entrecortada e inocente—. Es como… caliente y húmedo… me hace temblar las piernas… no sé si me gusta o me da vergüenza… pero no pares todavía…
Miranda lamía con más dedicación, introduciendo la lengua lo más profundo que podía, saboreando el ano más firme y sudado de la chica atlética.
Finalmente llegó a Martina. La más coqueta soltó un gemidito cuando sintió la lengua de Miranda penetrando su ano.
— ¡Tía Miranda… está entrando mucho! —exclamó Martina con voz inocente y sorprendida—. Se siente… raro… como si me estuvieras lamiendo por dentro del cuerpo… me da cosquillas y calor al mismo tiempo… no sé qué pensar…
Miranda siguió lamiendo con lengua profunda y lenta en cada una, alternando entre las cuatro amiguitas de su hija. Las chicas reaccionaban de forma inocente y confusa: gemían bajito, se reían nerviosamente, comentaban entre ellas lo “raro pero caliente” que se sentía, sin entender del todo las sensaciones nuevas que les provocaba la lengua de una mamá adulta lamiéndoles el interior del ano.
Juana miraba todo desde un costado, muerta de vergüenza pero también excitada, viendo cómo su mamá les metía la lengua profundamente en el culo a sus mejores amigas.
Miranda levantaba la cabeza de vez en cuando, con los labios brillantes, y les decía con voz cariñosa:
—Relájense, mis amores… es solo mamá dándoles cariño. Dejen que la lengua entre… se siente rico cuando uno se acostumbra, ¿verdad?
Las chicas seguían reaccionando con inocencia: algunas se reían, otras gemían confundidas, todas sintiendo por primera vez esa sensación extraña y caliente de una lengua adulta penetrando sus anos jóvenes.
El ambiente de la pijamada había cambiado por completo, aunque las chicas todavía intentaban tomarlo como un juego raro y divertido.
Miranda se incorporó lentamente, con los labios brillantes y una sonrisa calmada pero cargada de intención. Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a las cinco chicas, que todavía estaban riendo y comentando entre ellas lo raro que había sido lamer culos.
—Está bien, chicas… suficiente de pies y culos por ahora —dijo Miranda con voz suave y maternal—. Ahora les voy a enseñar algo más divertido: cómo besar de verdad.
Todas las chicas estallaron en risas inocentes y curiosas.
— ¿Besar? —preguntó Sofía riendo—. ¿Cómo? ¡Aquí no hay niños para practicar!
Lucía se tapó la boca muerta de risa:
— ¡Exacto! ¿Con quién vamos a practicar? ¿Con los osos de peluche?
Valentina y Martina también se reían a carcajadas:
— ¡Sí! ¿Vas a traer a un príncipe de cuento, tía Miranda?
Incluso Juana se rio, aunque con algo de nerviosismo, sabiendo que su mamá nunca proponía algo “normal”.
Miranda sonrió con paciencia y ternura, dejando que se rieran un rato. Cuando las risas bajaron un poco, dijo con voz tranquila:
—Nadie dijo que tenían que ser niños. Yo les voy a enseñar. Vamos a practicar besos entre nosotras… conmigo.
Se hizo un silencio corto.
Las chicas se miraron entre sí, primero con risas, luego con dudas. La risa se fue apagando poco a poco y fue reemplazada por expresiones de sorpresa y confusión.
— ¿Con vos…? —preguntó Sofía, todavía sonriendo pero ya menos segura—. ¿Cómo… besarnos con la mamá de Juana?
Lucía se sonrojó:
— ¿Besos de verdad? ¿Con lengua y todo?
Valentina y Martina se miraron, dudosas.
— ¿No es raro? —preguntó Martina—. O sea… sos la mamá de nuestra amiga…
Juana estaba roja como un tomate y no sabía dónde meterse. Sabía perfectamente a qué se refería su mamá.
Miranda mantuvo su sonrisa calmada y cariñosa, como si estuviera proponiendo algo totalmente inocente y educativo.
—Claro que con lengua. Los besos de verdad son con lengua. Es la mejor forma de aprender. No hay nada de malo. Es solo práctica entre mujeres. Muchas amigas lo hacen para aprender. Yo les voy a enseñar cómo se hace bien… suave, profundo, con sentimiento. ¿Se animan?
Las chicas se quedaron calladas unos segundos, mirándose entre ellas con risas nerviosas y caras de “¿esto va en serio?”.
Sofía fue la primera en hablar, todavía riendo pero con duda:
—Ay… no sé… besarnos con una mamá… se siente raro…
Lucía añadió:
— ¿Y si nos ve alguien? ¿Y si es muy extraño?
Miranda se acercó un poco más, todavía con esa expresión maternal y tranquilizadora.
—Nadie nos va a ver. Es solo entre nosotras. Y no es extraño… es solo aprender. Yo les voy a mostrar. Primero suave, después más profundo. Van a ver que es divertido y que se aprende rápido. ¿Qué dicen? ¿Probamos?
Las chicas seguían dudando, riéndose nerviosamente y mirándose unas a otras. Nadie decía “no” rotundamente, pero tampoco se animaban del todo. La curiosidad y la presión del grupo las tenían atrapadas en ese limbo entre la vergüenza y la intriga.
Miranda sonrió con paciencia, sabiendo que poco a poco las iba a convencer.
—Vamos… solo un besito de práctica cada una. Si no les gusta, paramos. ¿Sí?
Las cinco chicas se quedaron mirando a Miranda, con caras de expectativa, vergüenza y una creciente curiosidad que ninguna quería admitir todavía.
El ambiente de la pijamada había cambiado otra vez… y las chicas ya no sabían muy bien cómo reaccionar.
Las cinco chicas se miraron entre sí con dudas evidentes. Sofía, Lucía, Valentina y Martina tenían las caras rojas y se reían nerviosamente, mientras Juana solo bajaba la mirada, muerta de vergüenza pero sabiendo que su mamá no iba a parar.
Miranda se sentó de nuevo en el centro del círculo, con una sonrisa tranquila y maternal, como si estuviera explicando la tarea más normal del mundo.
—Chicas… no pongan esa cara —dijo con voz suave y persuasiva—. Es completamente normal que las amiguitas se besen en las pijamadas. Cuando las nenas se juntan a dormir, se divierten entre ellas. Se cuentan secretos, se prueban ropa… y también se besan. Es una forma de explorar, de aprender y de sentirse más unidas. No hay nada de malo en eso.
Las chicas seguían mirándola con incredulidad, pero ya no se reían tanto. La curiosidad empezaba a ganar terreno.
Miranda continuó, con tono nostálgico y cariñoso:
—Cuando yo era chica, más o menos de la edad de ustedes, iba mucho a pijamadas. Una noche, en casa de mi mejor amiga Laura, estábamos todas en el living con las luces apagadas, contando historias de miedo. En un momento, Laura me dijo que quería probar cómo se besaba de verdad. Nos metimos debajo de una manta y nos dimos nuestro primer beso con lengua. Al principio nos dio mucha risa y vergüenza… pero después nos gustó. Nos besamos un rato largo, solo nosotras dos, mientras las demás dormían. Fue nuestro secreto. Desde esa noche nos sentimos mucho más unidas. Muchas de mis amigas hicieron lo mismo en pijamadas. Es normal, chicas. Es solo diversión entre nenas.
Las chicas se miraron de nuevo. Sofía fue la primera en hablar, todavía dudosa pero intrigada:
— ¿En serio, tía Miranda? ¿Tú besaste a tu amiga en una pijamada?
Miranda asintió con una sonrisa cálida.
—Claro que sí. Y no solo una vez. Después de esa noche, cada vez que dormíamos juntas practicábamos. Nos enseñábamos cómo hacerlo mejor: suave, con lengua, sin apuro… Era divertido y nos hacía sentir más cercanas. No es nada raro. Es parte de crecer y explorar entre amigas.
Lucía, la más tímida, preguntó bajito:
— ¿Y… no se sentían raras después?
Miranda se rio suavemente.
—Al principio sí, un poquito. Pero después nos acostumbramos y hasta nos gustaba. Es solo un beso. No hay chicos, no hay presión… solo nosotras divirtiéndonos y aprendiendo.
Las chicas seguían sentadas en círculo, todavía con las caras rojas y una mezcla de risa nerviosa y curiosidad. Después de escuchar la historia de Miranda, empezaron a hacer más preguntas, casi sin poder contenerse.
Sofía fue la primera en levantar la mano como si estuviera en clase:
— ¿A qué edad fue tu primer beso con una amiguita, tía Miranda?
Miranda sonrió con nostalgia y respondió con voz suave:
—Era muy chica… tenía como 11 o 12 años. Fue en una pijamada en casa de mi mejor amiga de ese entonces. Nos metimos debajo de las mantas porque nos daba vergüenza que las demás nos vieran.
Lucía abrió mucho los ojos:
— ¿Tan chica? ¿Y no te dio vergüenza después?
Miranda se rio bajito y negó con la cabeza.
—Al principio sí, mucha. Al día siguiente casi no nos mirábamos a la cara. Pero después nos dimos cuenta de que nos había gustado y que no pasaba nada malo. Fue nuestro secretito.
Valentina, siempre la más directa, preguntó:
— ¿Y besaste a otras amiguitas en otras pijamadas?
Miranda asintió sin dudar, manteniendo su tono calmado y natural:
—Sí, varias veces. No en todas las pijamadas, pero sí en varias. Cuando éramos un grupo más grande y nos sentíamos cómodas, alguna proponía “vamos a practicar besos”. Nos besábamos de a pares o a veces en grupito. Era divertido, nos enseñábamos entre nosotras cómo hacerlo mejor: más suave, con más lengua, sin apuro… Nos hacía sentir más unidas.
Martina, con los ojos brillantes de curiosidad, preguntó:
— ¿Y nunca te dio cosa besar a una amiga sabiendo que era una chica?
Miranda se encogió de hombros con una sonrisa sincera:
—Al principio un poquito, porque nos enseñan que los besos son solo con niños. Pero después nos dimos cuenta de que entre nenas también se puede. Es solo práctica, cariño y diversión. No tiene que ser con chicos para que sea bonito.
Las chicas se quedaron calladas unos segundos, procesando todo. Sofía fue la que rompió el silencio con una risita:
—Entonces… ¿nosotras podríamos besarnos entre nosotras y no pasa nada?
Miranda asintió con ternura:
—Claro que sí. Es solo un beso. Si quieren aprender o simplemente probar, mamá les puede enseñar. No hay apuro, ni obligación. Solo si ustedes quieren.
Las cuatro amiguitas de Juana se miraron entre sí. Había risas nerviosas, caras rojas y una curiosidad que ya no podían disimular del todo.
Juana, sentada al lado de su mamá, solo podía mirar al piso, muerta de vergüenza pero también con el corazón latiéndole fuerte, sabiendo que su mamá estaba abriendo una puerta que ya no se cerraría fácilmente.


Miranda se acomodó mejor en el centro del círculo, con una sonrisa nostálgica y cariñosa. Las cinco chicas la miraban con atención, todavía con risas nerviosas pero claramente intrigadas.
—Está bien, les voy a contar tres experiencias que tuve cuando era muy chica, más o menos de la edad de ustedes, para que vean que no es nada raro ni malo. Todas pasan en pijamadas… es casi una tradición entre nenas.
Primera experiencia:
—Tenía 12 años. Era una pijamada en casa de mi amiga Laura. Éramos seis chicas. Después de apagar las luces, nos metimos todas debajo de las mantas porque teníamos miedo de los cuentos de terror que habíamos contado. Laura y yo terminamos una al lado de la otra. Ella me susurró: “¿Quieres probar cómo se besa de verdad?”. Nos dimos nuestro primer beso con lengua. Al principio nos dio mucha risa y vergüenza, casi nos separamos. Pero después nos gustó. Nos besamos un rato largo, despacito, aprendiendo. Ninguna de las otras se enteró. Desde esa noche nos sentimos mucho más unidas.
Segunda experiencia:
—Tenía 13 años. En otra pijamada, esta vez éramos ocho. Una de las chicas más grandes propuso “jugar a la botella pero solo besos”. Cuando me tocó besar a una amiga llamada Paula, nos besamos con lengua delante de todas. Al principio las demás se reían y nos gritaban “¡qué asco!”, pero después varias quisieron probar también. Terminamos besándonos de a pares debajo de las mantas. Fue divertido, un poco caótico, y nos hizo sentir que éramos un grupo más unido. Nadie se enojó ni nada malo pasó.
Tercera experiencia:
—Esta fue la más intensa. Tenía casi 14 años. En una pijamada solo de chicas de mi curso, una amiga propuso que nos besáramos todas con todas para “practicar para cuando tuviéramos novio”. Nos pusimos en círculo y cada una besaba a la de al lado con lengua. Después nos besamos en grupito de tres o cuatro. Recuerdo que nos reíamos mucho, pero también nos gustaba. Nos enseñábamos cómo mover la lengua, cómo no chocar los dientes, cómo hacerlo más suave o más intenso. Esa noche nos sentimos muy cercanas, como si fuéramos un club secreto.
Miranda miró a las chicas con cariño y añadió:
—Ninguna de esas veces nos sentimos mal después. Al contrario, nos hacía sentir más unidas y más adultas. Era solo diversión entre nenas. Nadie se obligaba. Si no querían besar, no besaban. Pero la mayoría terminaba gustándole. Es normal explorar entre chicas cuando no hay chicos cerca.
Las amiguitas de Juana se quedaron calladas unos segundos, procesando las historias. Sofía fue la primera en hablar, todavía con una risita nerviosa:
—Entonces… ¿besarse entre chicas en pijamadas es como… algo que pasa siempre?
Miranda asintió con una sonrisa suave.
—Pasa más de lo que uno cree. Es una forma de practicar, de sentir curiosidad y de quererse entre amigas. No tiene que ser con lengua si no quieren… pero si quieren aprender, mamá les puede enseñar despacito.
Las chicas se miraron entre sí. Había risas, caras rojas y una curiosidad que ya no podían disimular del todo.
Miranda se acomodó mejor en el centro del círculo, con una sonrisa suave y nostálgica. Las cinco chicas la miraban con atención, todavía con risas nerviosas pero claramente intrigadas.
—Está bien… les voy a contar tres pijamadas que recuerdo muy bien de cuando era chica, más o menos de la edad de ustedes. No se asusten, eran solo juegos entre nenas, pero sí eran bastante intensos. Les cuento para que vean que no es nada raro ni malo.
Primera experiencia – La pijamada de los 12 años
—Tenía 12 años. Era una pijamada en casa de mi mejor amiga Mica. Éramos seis chicas. Después de contar cuentos de terror y apagar las luces, nos metimos todas debajo de las mantas porque teníamos miedo. Mica y yo terminamos una al lado de la otra. Ella me susurró: “¿Quieres probar cómo se besa de verdad?”. Nos dimos nuestro primer beso con lengua. Al principio nos dio mucha risa y vergüenza, casi nos separamos. Pero después nos gustó. Nos besamos un rato largo, despacito, aprendiendo cómo mover la lengua, cómo no chocar los dientes.
Después de un rato, otra amiga nos descubrió y quiso probar también. Terminamos besándonos de a tres o cuatro debajo de las mantas. Nos tocábamos las tetitas por encima de la ropa, nos metíamos las manos por debajo de las pijamas. Recuerdo que nos reíamos mucho, pero también sentíamos algo nuevo y caliente. Nos chupamos los pezones por primera vez esa noche. Fue suave, curioso, sin presión. Al día siguiente nos mirábamos con complicidad y un secreto que nos unió mucho más. Ninguna se sintió mal. Al contrario, queríamos repetir.
Segunda experiencia – La pijamada de los 13 años
—Tenía 13 años. Esta fue en casa de Paula, una amiga del curso. Éramos ocho chicas. Después de ver una película romántica, alguien propuso “jugar a la botella pero solo besos”. Cuando me tocó besar a Paula, nos besamos con lengua delante de todas. Al principio las demás se reían y nos gritaban “¡qué asco!”, pero después varias quisieron probar. Terminamos besándonos de a pares y después en grupitos de tres o cuatro.
Esa noche nos volvimos más atrevidas. Nos quitamos las pijamas y nos quedamos en bombachitas. Nos chupamos las tetitas, nos metimos los dedos por debajo de la ropa. Recuerdo que dos amigas se lamieron el coño por primera vez mientras las demás mirábamos y nos tocábamos. Fue una mezcla de risa, vergüenza y mucha excitación. Nos quedamos toda la noche besándonos, tocándonos y lamiéndonos entre nosotras. Al final nos dormimos abrazadas, sudadas y contentas. Fue una de las noches en las que más nos sentimos unidas como grupo de chicas.
Tercera experiencia – La pijamada más intensa de los 14 años
—Esta fue la más fuerte. Tenía casi 14 años. Éramos solo cinco chicas en casa de una amiga que sus padres no estaban. Decidimos que esa noche “todo valía”. Nos quitamos toda la ropa y nos quedamos desnudas. Empezamos besándonos en círculo, lengua con lengua. Después nos besamos de a tres o cuatro al mismo tiempo. Nos chupamos las tetas, nos metimos los dedos en el coño y en el ano, nos lamimos entre nosotras.
Recuerdo que dos de mis amigas se pusieron en 69 y se lamieron el coño y el ano al mismo tiempo mientras las demás las mirábamos y nos tocábamos. Después nos unimos todas. Fue una orgía lésbica entre nenas: bocas en coños, lenguas en anos, dedos por todos lados. Nos corrimos varias veces, unas encima de otras, besándonos mientras nos tocábamos. El olor a sudor y a sexo de chicas llenaba la habitación. Nos dormimos todas abrazadas, pegajosas y felices. Al día siguiente nos mirábamos con una complicidad especial. Ninguna se arrepintió. Fue una de las noches más intensas de mi adolescencia.
Miranda terminó de contar las tres historias con voz tranquila y cariñosa, mirando a las chicas una por una.
—Como ven, no es nada raro. Son solo nenas divirtiéndose y explorando entre ellas. Nadie se obligaba. Si no querían, no participaban. Pero la mayoría terminaba gustándole y sintiéndose más unida a sus amigas. Es solo curiosidad y cariño entre chicas.
Las amiguitas de Juana se quedaron en silencio durante unos segundos, procesando todo. Sus caras estaban rojas, pero ya no solo de vergüenza… también había curiosidad y una excitación que empezaban a sentir sin entender del todo.
Miranda se acomodó un poco más cerca de las chicas, con una sonrisa pícara pero maternal, y bajó un poco la voz como si estuviera contando un secreto muy grande.
—Les voy a contar una historia que nunca les conté a casi nadie… una pijamada que se me quedó grabada para siempre. Tenía 13 años. Éramos seis amigas: yo, Laura, Paula, Sofi, Martina y una chica nueva que se llamaba Camila. Era en la casa de Camila, una casa grande con un sótano que sus padres usaban como sala de juegos. Sus papás habían salido y nos dejaron solas toda la noche.
Empezamos como siempre: películas, golosinas, risas. Pero después de apagar las luces nos pusimos a jugar a la botella con la regla de que el beso tenía que ser con lengua. Al principio era solo besitos cortos, pero rápido se puso más intenso. Nos quitamos las pijamas y nos quedamos en bombachitas. Nos besábamos de a dos, de a tres… después nos empezamos a tocar las tetitas y a meternos las manos entre las piernas.
La cosa se calentó tanto que terminamos todas desnudas en el piso del sótano. Estábamos en una gran orgía de nenas: dos de mis amigas se lamían el coño en 69, otra me chupaba los pezones mientras yo le metía los dedos a Paula, y Camila estaba de cuatro mientras Laura le lamía el ano. Nos besábamos todas con todas, lenguas sucias de saliva y jugos. El sótano olía a sudor de chicas y a coños húmedos. Nos corríamos una tras otra, gimiendo bajito para que nadie nos escuchara. Yo me corrí dos veces: una con la boca de Sofi en mi coño y otra cuando tres de ellas me chupaban las tetas y me metían los dedos al mismo tiempo.
Estábamos en plena orgía, sudadas, pegajosas y felices, cuando de repente se abrió la puerta del sótano.
Era la mamá de Camila.
Se quedó parada en la entrada, con los ojos muy abiertos, mirando la escena: seis nenas de 13 años completamente desnudas, besándose, lamiéndose coños y anos, con los dedos metidos unas en otras. El olor a sexo se sentía fuerte.
Todas nos quedamos congeladas. Hubo un silencio terrible.
La mamá de Camila (se llamaba Elena, era una mujer de unos 35 años, tetona y de curvas generosas) se puso roja de furia y empezó a regañarnos fuerte:
— ¡Pero qué mierda es esto! ¡Son unas cochinas! ¡Desnudas y lamiéndose como perras! ¡Esto no se hace! ¡Son unas niñas sucias! ¡Voy a llamar a sus mamás ahora mismo!
Nosotras estábamos muertas de miedo. Algunas empezaron a llorar, otras intentaban taparse con las manos. Yo pensé que nos iba a castigar a todas y que se iba a armar un escándalo enorme.
Pero Elena se quedó mirando un rato más… y su expresión cambió. Su cara pasó de enojo a algo diferente. Se mordió el labio inferior y su respiración se volvió más pesada. Miró los cuerpos desnudos de las seis nenas, nuestras tetitas pequeñas, nuestros coños húmedos y brillantes, y nuestras bocas sucias de saliva.
De repente cerró la puerta del sótano detrás de ella, echó llave y dijo con voz más baja:
—…Pero qué desvergonzadas son…
Se acercó lentamente. Nosotras seguíamos congeladas.
Elena se sentó en el sillón que estaba en un rincón y nos miró una por una. Luego, con voz ronca, dijo:
—Está bien… ya las vi. Ahora no se hagan las santitas. Si van a ser unas putitas en mi casa… por lo menos háganlo bien.
Se empezó a desabrochar la blusa lentamente. Sus tetas grandes y pesadas salieron a la vista. Nos quedamos con la boca abierta. Luego se bajó la falda y la bombacha. Estaba completamente depilada y su coño ya estaba mojado.
—Vengan aquí —ordenó con voz firme pero excitada—. Si van a jugar a ser grandes, yo les voy a enseñar cómo se hace de verdad.
Primero nos hizo besarla a todas. Nos besamos con lengua profunda mientras ella nos tocaba las tetitas y nos metía los dedos en el coño. Después se acostó en el piso y nos ordenó que la lamiéramos. Yo le chupé una teta mientras Laura le lamía el coño y Paula le metía la lengua en el ano. Elena gemía fuerte y nos decía cosas sucias:
—Así, mis putitas… laman bien el culo de la tía… métanme la lengua más adentro…
La orgía se volvió mucho más intensa con ella. Elena nos enseñó posiciones nuevas, nos hizo lamerla entre varias al mismo tiempo, nos sentó en su cara una por una para que nos comiera el coño y el ano, y nos hizo corrernos mientras ella nos miraba. Al final se corrió varias veces, temblando y apretando nuestras cabezas contra su coño.
Cuando terminó, nos abrazó a todas, sudada y satisfecha, y nos dijo:
—Esto queda entre nosotras. Si quieren volver a jugar… me avisan. Pero la próxima vez yo dirijo.
Esa noche nos dormimos todas abrazadas a Elena, desnudas y pegajosas. Fue la pijamada más intensa de mi vida.
Miranda terminó de contar la historia y miró a las cinco chicas con una sonrisa dulce pero cargada de intención.
—Como ven… a veces las mamás también se unen. Y cuando lo hacen, todo se pone mucho más rico. Nadie se enoja de verdad… solo se excitan.
Las amiguitas de Juana estaban mudas. Sus caras estaban rojas como tomates, los ojos muy abiertos y respiraban agitadas. La historia las había impactado profundamente.
Miranda sonrió con picardía y se acomodó un poco más cerca de las cinco chicas, que ya estaban pendientes de cada palabra.
—Les voy a contar otra historia, pero esta fue cuando éramos todavía más chicas… teníamos apenas 11 y 12 años. Éramos seis: Matilda, Coti, Ciara, Leti, Tati y yo. Fue en la casa de Matilda, un sábado por la noche. Sus papás habían salido y nos dejaron solas. Esa noche la cosa se puso muy caliente muy rápido.
Estábamos todas en la habitación de Matilda, en el piso, con las luces bajas. Empezamos besándonos con lengua, después nos quitamos las pijamas y nos quedamos completamente desnudas. Éramos solo unas nenitas curiosas. Nos chupábamos las tetitas pequeñas, nos metíamos los deditos en el coño, nos lamíamos el ano… era una orgía lesbiana de nenas. Yo estaba de cuatro mientras Leti me lamía el culito y Coti me chupaba el coño. Matilda estaba sentada en la cara de Ciara, moviéndose y gimiendo bajito. Tati besaba a todas y nos tocaba por todos lados. El cuarto olía a coños de nenas y a sudor infantil. Nos reíamos y gemíamos al mismo tiempo, muy excitadas.
De repente, la puerta se abrió.
Era la mamá de Matilda.
Se llamaba Verónica y tenía 32 años. Era una mujer muy curvilínea, con unas tetas ENORMES, enormes de verdad. Había parido hacía apenas un año y todavía estaba lactando, así que sus pechos estaban hinchados, pesados y llenos de leche. Se le marcaban las venas y se le transparentaban un poco los pezones oscuros a través de la remera fina que llevaba puesta.
Verónica se quedó paralizada en la puerta mirando la escena: seis nenitas de 11 y 12 años completamente desnudas, lamiéndose coños y culos, besándose con lengua, metiéndose los dedos unas a otras. El olor a sexo infantil llenaba la habitación.
Todas nos congelamos. Algunas soltaron un gritito de miedo. Pensamos que nos iba a gritar, que nos iba a retar fuerte o que iba a llamar a nuestras mamás.
Pero Verónica no gritó.
Se quedó mirando un buen rato, con la boca entreabierta y la respiración cada vez más agitada. Sus tetas enormes subían y bajaban rápido. Se mordió el labio inferior y sus pezones se pusieron duros debajo de la remera; incluso se le empezó a mojar un poco la tela porque estaba produciendo leche.
Entonces cerró la puerta despacio, echó llave y dijo con voz ronca y baja:
—…Pero qué putitas son todas ustedes…
Se acercó lentamente al círculo. Nosotras seguíamos desnudas y asustadas, tapándonos como podíamos.
Verónica se sacó la remera por la cabeza. Sus tetas gigantes y lecheras saltaron libres, pesadas, llenas de leche, con los pezones grandes y oscuros ya goteando unas gotitas blancas.
—Miren lo que me hicieron… —susurró—. Me excitaron tanto que me empezó a bajar la leche.
Se arrodilló en el medio de nosotras y nos miró una por una.
—Si van a jugar a ser grandes… entonces van a aprender con una mamá de verdad.
Primero nos hizo acercarnos a todas a sus tetas. Nos ordenó que le chupáramos la leche. Matilda fue la primera: se prendió de un pezón y empezó a mamar fuerte mientras su mamá gemía. Después nos turnamos todas. Yo chupé la otra teta y sentí la leche tibia y dulce llenándome la boca. Nosotras seis mamando de las tetas enormes y lecheras de Verónica mientras ella nos acariciaba la cabeza y nos decía cosas sucias:
—Así, mis nenitas… mamen bien las tetas de la tía… saquen toda la leche…
Después la orgía se volvió mucho más intensa. Verónica se acostó en el piso y nos hizo lamerle el coño y el ano mientras ella seguía dándonos de mamar. Nos sentaba una por una en su cara para que nos comiera el coñito y el culito. Nos besaba con lengua profunda, mezclando su saliva con el sabor de nuestra propia leche. Nos metía los dedos, nos chupaba los pezones pequeños y nos hacía corrernos una tras otra.
Esa noche Verónica se corrió varias veces mientras seis bocas de nenitas la lamían por todos lados. Al final nos abrazó a todas, sudada, con las tetas todavía goteando leche, y nos dijo que podíamos volver a jugar con ella cuando quisiéramos, siempre y cuando fuera nuestro secreto.
Miranda terminó de contar la historia y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero llena de intención.
—Como ven… a veces las mamás se enojan al principio, pero después se excitan tanto que terminan uniéndose. Y cuando una mamá con tetas grandes y llenas de leche se une… todo se pone mucho más rico y más intenso.
Las amiguitas de Juana estaban mudas. Sus caritas estaban rojas, los ojos muy abiertos y respiraban agitadas. La idea de una mamá lactando uniéndose a una orgía de nenas las había dejado completamente impactadas.
Miranda sonrió con una mezcla de ternura y picardía, viendo cómo las cinco chicas estaban cada vez más atentas y coloradas. Bajó un poco más la voz, como si estuviera revelando el secreto más grande de su infancia.
—Esa misma noche con Verónica, la mamá de Matilda, la cosa no terminó ahí… pasó algo todavía más fuerte.
Estábamos todas desnudas en el sótano, lamiendo y chupando las tetas enormes y lecheras de Verónica. Ella gemía fuerte mientras nosotras seis mamábamos de sus pezones, tragando su leche tibia y dulce. Yo tenía un pezón en la boca, Matilda chupaba el otro, y Leti y Coti le lamían el coño y el ano al mismo tiempo. El sótano estaba lleno de ruidos: gemidos, sonidos de lenguas chupando, el chapoteo de los dedos en coños mojados y el olor fuerte a leche, sudor y sexo de nenas.
De repente, se escucharon pasitos suaves en la escalera del sótano.
Eran las dos hermanitas más chicas de Matilda: Cati, de 9 años, y Lali, de apenas 7 años. Habían escuchado los ruidos raros desde su habitación (gemidos, risas ahogadas, sonidos húmedos) y bajaron con curiosidad, todavía en sus pijamitas cortas de dibujitos.
Cuando abrieron un poquito la puerta y vieron la escena, se quedaron paralizadas: su mamá completamente desnuda con las tetas gigantes goteando leche, y seis nenas de 11 y 12 años desnudas lamiéndola y tocándose entre ellas.
Verónica levantó la vista, todavía con la respiración agitada, y en vez de enojarse o taparse… sonrió con una expresión muy caliente.
—Mis bebés… ¿qué hacen despiertas? —dijo con voz ronca y dulce al mismo tiempo—. ¿Escucharon ruidos y vinieron a ver?
Cati y Lali asintieron con la cabeza, con los ojitos muy abiertos y las caritas rojas. No entendían del todo qué estaba pasando, pero veían que su mamá y las chicas grandes estaban desnudas y se tocaban de una forma que nunca habían visto.
Verónica extendió los brazos y les habló con voz suave pero firme:
—Vengan, mis amorcitos… no se asusten. Mamá y las chicas grandes estamos jugando un juego muy rico. ¿Quieren unirse? Pueden mamar de las tetitas de mamá como cuando eran bebés… ahora están llenitas de leche rica.
Las dos hermanitas dudaron unos segundos, pero la curiosidad y el olor dulce de la leche las atrajeron. Se acercaron despacito.
Verónica se sentó mejor en el piso y sacó sus tetas enormes hacia adelante. Cati fue la primera en acercarse y prenderse de un pezón. Empezó a mamar con fuerza, tragando la leche tibia mientras Verónica gemía de placer. Lali se prendió del otro pezón, mamando más despacito y curiosa.
Mientras las dos hermanitas mamaban, Verónica miró a nosotras seis y nos dijo:
—Continúen, putitas… no se detengan. Laman a mamá mientras mis bebés toman su leche.
La orgía se volvió todavía más intensa y prohibida. Nosotras seguíamos lamiendo el coño y el ano de Verónica, besándonos entre nosotras, mientras Cati y Lali mamaban de sus tetas lecheras. En un momento Verónica les bajó las pijamitas a las dos hermanitas y las dejó desnuditas. Les acariciaba el culito y el coñito mientras ellas mamaban.
Después Verónica invitó a las más grandes a participar: nos hizo besar a Cati y Lali con lengua suave, nos hizo chuparles sus tetitas planas y sus coñitos pequeñitos. Yo misma besé a Lali en la boca mientras le metía un dedito despacito en su culito virgen. Las dos hermanitas gemían confundidas pero excitadas, sin entender del todo pero sintiendo placer por primera vez.
Esa noche Verónica dirigió todo: nos hizo formar una cadena donde las seis grandes lamíamos a las pequeñas y viceversa. Cati y Lali terminaron durmiendo abrazadas a su mamá, con la cara manchada de leche y saliva, mientras nosotras seguíamos tocándonos alrededor.
Al final, Verónica nos abrazó a todas y nos dijo que ese era nuestro secreto más grande y que podíamos repetir cuando quisiéramos.
Miranda terminó de contar la historia y miró a las cinco chicas con una sonrisa dulce pero cargada de morbo.
—Como ven… a veces hasta las hermanitas más chicas terminan uniéndose cuando escuchan los ruidos. Y cuando una mamá lactando se excita tanto… todo se vuelve mucho más rico y prohibido.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas. Sus caritas estaban rojas como tomates, respiraban rápido y se removían incómodas en el piso. La idea de dos nenas tan pequeñas uniéndose a una orgía con su propia mamá y sus amigas les había provocado una mezcla de shock, vergüenza y una excitación que no sabían cómo manejar.
Sofía tragó saliva y preguntó bajito:
— ¿Y… las hermanitas más chicas… también se dejaban lamer y todo?
Miranda sonrió con ternura y asintió.
—Claro que sí, mi amor. Poco a poco se fueron animando. Era solo juego y cariño entre chicas de la familia y sus amigas.
Las chicas se miraron entre sí, nerviosas y muy calientes, sin saber qué decir.

0 comentarios - Miranda y su cornudito 42-Mama y la pijamada lesbica