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Cruzando la Línea - Boca, Leche y Culpa

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La mañana avanzó pesada en la casa de Fisherton. Pasaban de las diez cuando María terminó de arreglarse frente al espejo del pasillo. Remera negra ajustada, jean gastado que marcaba sus caderas anchas y las zapatillas viejas de tela. 


Se acomodó el pelo negro, donde ya asomaban algunas canas rebeldes.


Todavía sentía los pezones sensibles, casi doloridos. Cada roce de la remera le recordaba la boca ansiosa de su hijo esa misma mañana. Sacudió la cabeza, pero no pudo evitar que una sonrisa pequeña y culpable se le escapara.


—Lucas, me voy —gritó desde la puerta—. Paso primero por el banco, después por el chino y de ahí me voy a limpiar las dos casas de San Luis. Calculo que vuelvo cerca de las cuatro y media. No te olvides de estudiar y comé algo, hay milanesas en la heladera.


—Está bien, mamá —respondió él desde su pieza, con la voz todavía ronca de sueño y deseo.
Antes de salir, María se asomó. Lucas estaba sentado en la cama con los apuntes de Contabilidad abiertos, pero su mirada estaba perdida. 

Ella se acercó, le dio un beso lento en la frente y, en un impulso más íntimo, le acarició la nuca con ternura.


—Portate bien —le susurró cerca del oído—. Después hablamos cuando vuelva… los dos tenemos mucho para procesar.


El calor de Rosario era asfixiante. El colectivo iba repleto de gente transpirada. María iba de pie, agarrada de la barra, pensando en lo que había pasado. “Soy su madre… lo parí, lo crié sola desde que su padre se fue como un cobarde cuando Lucas tenía dos años. ¿Cómo terminé con su boca entre mis piernas?” El pensamiento la avergonzaba y excitaba al mismo tiempo.


Mientras tanto, en casa, Lucas no conseguía concentrarse. Cada vez que intentaba leer un balance, volvía la imagen de las tetas grandes y pesadas de su mamá, el sabor salado de su piel sudada, los gemidos graves que soltaba cuando él le chupaba el clítoris.

A los veinte minutos ya tenía la pija dura como piedra.

Se metió al baño, se bajó el short y se pajeó con furia, imaginando la concha caliente y peluda de María. Se corrió con fuerza contra la pileta, gruñendo su nombre. Pero ni siquiera eso calmó el hambre. El deseo seguía latiendo, más profundo, más peligroso.


María volvió pasadas las cuatro y media, reventada. Espalda destruida, pies hinchados, la ropa pegada al cuerpo por el sudor. Abrió la puerta cargando las bolsas.


—Lucas, ya estoy —dijo con voz cansada.
Él apareció desde el pasillo, recién duchado, solo con un short negro de básquet que apenas disimulaba la semierección. 

Se acercó y la abrazó fuerte, apretando su cuerpo blando y caliente contra el suyo. Inhaló el olor de su sudor.


—Qué calor que hace, mamá… ¿Estás muy cansada?


—Muerta, hijo. Hoy me mataron esas hijas de puta. Dos casas grandes y yo sola. Necesito sentarme.
María se sacó las zapatillas con esfuerzo y se dejó caer en el sillón. 

Lucas se arrodilló sin pedir permiso y empezó a masajearle los pies hinchados con manos firmes. Subió lentamente por las pantorrillas, luego por los muslos gruesos y suaves.


María abrió los ojos.


—Lucas… pará. Estoy toda transpirada y sucia del laburo. Huelo a sudor y a productos de limpieza.


—No me importa —respondió él con voz baja y firme, mirándola a los ojos—. Me encanta cómo olés después de laburar. Sos vos mi mama.


Le desabrochó el botón del jean y se lo bajó junto con la bombacha empapada. María levantó la cadera para ayudarlo, casi sin pensarlo. Cuando quedó completamente expuesta, Lucas se quedó mirando con hambre: la concha madura de su mamá, con pelos negros recortados, labios mayores hinchados y brillantes de sudor y excitación.


—Tan linda… —murmuró antes de inclinarse.


Le dio un beso suave justo encima del clítoris hinchado, luego sacó la lengua y empezó a lamer despacio, saboreando el gusto salado, maduro y ligeramente ácido del día entero de trabajo.

 María soltó un gemido largo y gutural, agarrándole el pelo con fuerza.


—Ay, Dios mío, Lucas… esto está muy mal… pero no pares, por favor.
Él lamió con más ganas, metiendo la lengua entre los pliegues, chupando el clítoris con ritmo alternado: suave, fuerte, rápido. 

Introdujo un dedo grueso en su concha caliente y mojada, curvándolo hacia arriba buscando ese punto que la volvía loca. María empezó a mover las caderas contra su cara, follándole la boca sin vergüenza.


—Así, m’hijo… cómeme toda… hacerme sentir puta… tu puta… —jadeó, sorprendida de sus propias palabras.
Lucas metió un segundo dedo y chupó más fuerte. 
María se corrió violentamente, apretándole la cabeza contra su concha, temblando y soltando un gemido ronco y prolongado mientras le mojaba la cara con sus jugos.

Cuando bajó del orgasmo, lo miró con los ojos vidriosos de placer y culpa.

—Vení acá —ordenó con voz ronca.

Lucas se puso de pie. María le bajó el short.
 La pija gruesa, venosa y dura saltó frente a su cara, con la cabeza hinchada y brillante de precum.
 Ella la miró un segundo, dudando. Nunca había sido tan directa con nadie. Pero el deseo ganó.

Agarró la base con fuerza y se la metió en la boca. Primero solo la cabeza, chupando con hambre, luego la fue bajando más profundo, aunque le costaba.

Las arcadas no la detuvieron. Empezó a mover la cabeza con ritmo, babeando, mirándolo a los ojos mientras le mamaba.

—Mamá… la concha de tu boca… sos increíble —gemía Lucas, agarrándole el pelo con suavidad pero con firmeza.

María se sacó un momento, jadeando, con hilos de saliva colgando.

—Nunca había tragado… pero con vos quiero todo. Quiero que me marques.
Volvió a chupar con más intensidad, apretándole los huevos suavemente.

Lucas no aguantó mucho.
—Estoy a punto, mamá…

Ella no se apartó. Recibió toda la leche espesa y abundante en la boca, tragando casi todo, aunque un poco se le escapó por la comisura. Cuando terminó, le lamió la pija limpia con devoción.
Se quedaron abrazados en el sillón, transpirados y exhaustos.

María le acariciaba la espalda con ternura maternal, pero también con algo nuevo: posesión.

—Esto que estamos haciendo es una locura, Lucas —dijo bajito, seria—. Te crié sola, luchando como una bestia para que no te falte nada. Te cambié pañales, te curé fiebres, te acompañé a la escuela… y ahora te estoy chupando la pija como si fuera mi hombre. Me da vergüenza… pero también me siento más viva que en los últimos quince años.

Lucas le besó el cuello y le apretó una teta por encima de la remera.

—Yo sé que está mal, mamá. Pero no puedo verte como antes. Te deseo todo el tiempo. Quiero cuidarte, cogerte, hacerte feliz.

Quiero ser el hombre que mi viejo nunca fue.
María suspiró y lo abrazó más fuerte.


—Vamos a tener que tener mucho cuidado… y hablar mucho. Porque esto no se va a detener. Ya lo siento.

La tarde caía sobre Rosario. El sol bajaba, pero el calor seguía oprimiendo la casa humilde. Madre e hijo habían cruzado una línea peligrosa y adictiva. Y ambos, en el fondo, sabían que querían seguir cruzando muchas más.

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