El silencio en la casa se había vuelto denso, una atmósfera cargada de electricidad estática que hacía que el aire pesara en los pulmones. Pasaron días interminables en los que Thelma vivía en un estado de alerta febril. Su cuerpo no descansaba; la piel le erizaba constantemente, recordando las marcas dejadas por Sebastián, y su entrepierna permanecía húmeda, una humedad caliente y vergonzosa que manchaba su ropa interior cada vez que pensaba en el mensaje que no llegaba. Revisaba el móvil cada dos minutos, la luz de la pantalla iluminando sus ojos dilatados, buscando el nombre de su amo en la pantalla oscura, pero el dispositivo permanecía mudo.
Fue una noche, cuando la oscuridad ya cubría todo, cuando Alberto rompió el hechizo de la espera. Estaba sentado en el borde de la cama, la espalda curvada bajo el peso de una vergüenza que ya no podía ocultar, sosteniendo su propio teléfono con una mano que temblaba visiblemente.
—Sebastián me escribió —dijo, su voz sonando extrañamente apagada, como si viniera desde el fondo de un pozo.
Thelma se incorporó de golpe, las sábanas resbalando de su cuerpo desnudo. —¿Qué dijo? —preguntó, aunque el miedo y la excitación ya le revolvían el estómago.
—Que tienes que ir mañana a las seis de la mañana a su casa —Alberto tragó saliva con dificultad, la nuez de adán de su garganta moviéndose de forma brusca—. Y que yo tengo que elegir tu ropa. Tiene que ser ropa de... de prostituta.
Alberto se levantó y caminó hacia el armario como un autómata. Abrió las puertas y comenzó a rebuscar, apartando vestidos de oficina y blusas discretas hasta llegar al rincón donde guardaban lo que ella solo usaba en sus fantasías más oscuras. Sus manos sacaron una minifalda de cuero negro, tan corta que al agacharse no dejaría nada a la imaginación, y un top de encaje transparente que dejaba ver la textura de sus pezones y el color de sus areolas. Sobre la cama tiró un par de medias de red con liguero y no buscó ropa interior. No había lugar para pantis bajo esa vestimenta; Sebastián querría acceso directo.
A las seis en punto de la mañana siguiente, la puerta de la casa se cerró con un golpe seco. Alberto se quedó solo en la sala de estar, mirando por la ventana cómo la figura de su esposa, vestida como una puta barata, se perdía en la niebla matutina. El día se arrastró con una lentitud tortuosa. Alberto miró el reloj cada diez minutos, imaginando lo que estaría sucediendo en la casa de aquel hombre. El sol subió, cruzó el cielo y se puso, pintando el techo de la casa de tonos naranjas y luego grises, y la casa siguió vacía. No fue hasta casi la medianoche cuando el sonido de la llave en la cerradura rompió el silencio.
Thelma entró caminando con las piernas ligeramente abiertas, como si le costara cerrarlas. Su maquillaje estaba corrido, y el cabello le caía en mechones pegajosos sobre los hombros. El olor a sexo, sudor y a semen rancio la precedía, una nube de feromonas que impregnó la habitación al instante. Llevaba un bolso grande en la mano, tan pesado que su brazo temblaba bajo el peso, y lo dejó caer al suelo con un golpe sordo que hizo vibrar el piso de madera.
Alberto se levantó del sofá, su miembro endureciéndose dolorosamente en sus pantalones al ver el estado de ella, mezcla de agotamiento y uso extremo. —¿Qué... qué pasó?
—Sebastián me dio instrucciones para ti —su voz estaba ronca, cansada, pero con un brillo extraño en los ojos—. Tenemos que grabar un video. Ahora.
Sin más palabras, Thelma caminó hacia la habitación principal con Alberto siguiéndola como un perro faldero. Una vez dentro, se despojó de la ropa de cuero y el top, dejándola en el suelo hasta quedar completamente desnuda. Sus senos estaban rojos, marcados por roces violentos, la piel irritada y sensible, casi quemada por la fricción constante. Se tendió en la cama, abriendo las piernas de par en par, exponiendo su concha hinchada y el ano todavía irritado.
—Tú te paras ahí —ordenó, señalando un punto al pie de la cama, justo donde la cámara del teléfono tendría la mejor vista—. Tienes que grabarme mientras me meto los dedos en la concha y en el culo. Y tú tienes que masturbarte mirándome. No puedes parar.
Alberto asintió, sintiendo el calor subirle a la cara. Sacó su teléfono y configuró la cámara sobre el mueble auxiliar, asegurando que el encuadre capturara cada detalle de su esposa y su propia figura excitada. Desabrochó su pantalón y liberó su pequeña erección, comenzando a mover la mano arriba y abajo suavemente mientras la lente del móvil se enfocaba en el cuerpo de su mujer.
Thelma respiró hondo y llevó una mano entre sus piernas, introduciendo dos dedos en su vagina mojada, mientras con la otra mano acariciaba la entrada de su ano. Pero entonces, se detuvo y se inclinó hacia el bolso que había traído. De dentro, sacó una botella de vidrio de dos litros de capacidad, transparente y pesada. El contenido dentro era espeso, blanquecino y viscoso, moviéndose con pesadez al ser agitado, una masa gelatinosa que golpeaba contra las paredes del plástico.
—Sebastián guardó esto aquí —dijo Thelma, mirando la botella con una mezcla de asco y devoción absoluta—. Son dos litros de su semen. Me usó todo el día. Me puso sus huevos entre mis tetas, me hizo frotarlos, exprimirlos... usó mis pechos como una máquina de ordeñar hasta que llenó esta botella entera para que yo la bebiera frente a ti.
Alberto se detuvo, la mano apretando su verga con fuerza hasta que la punta se puso morada. La imagen de su esposa siendo utilizada como un simple instrumento para recolectar la leche de otro hombre le quemó las mejillas. Se sentía pequeño, patético, pero el dolor en su ingle era insoportable, un deseo sucio que nublaba su mente y le impedía mirar hacia otro lado.
—Bébetela —murmuró Alberto, su voz apenas un susurro ronco—. Haz lo que te dice, puta. Bébete la leche de tu macho.
Thelma destapó la botella. El olor a cloro y sal, concentrado y potente, llenó la habitación de inmediato. Se llevó el borde del vidrio a los labios y comenzó a beber. El líquido era espeso, gelatinoso, difícil de tragar. Gorgoteó, tragando grandes cantidades, dejando que el semen resbalara por las comisuras de sus labios y mojara su cuello y sus pechos en un torrente blanco.
Mientras bebía, su otra mano trabajaba con furia entre sus piernas, metiendo tres dedos en su coño y otro en el culo, follándose a sí misma con violencia para la cámara. El sonido de sus dedos chapoteando en sus propios fluidos, mezclados con el sonido de ella tragando la leche de Sebastián, creaba una sinfonía obscena y húmeda que resonaba en las paredes.
Alberto se miró la mano, moviéndose más rápido, imaginando el sabor de ese semen, la textura de las tetas de Thelma siendo usadas por otro hombre. Se sentía un cornudo completo, excitado por la degradación total de su mujer, observando cómo su estómago se distendía levemente con la cantidad de líquido ingerido.
Thelma bajó la botella por un momento para tomar aire, jadeando, el pecho alzado, cubierto de una capa brillante y pegajosa de semen. —Estoy llena de él —gimió, volviendo a llevar la botella a la boca, sus ojos clavados en la cámara de Alberto—. Soy su recipiente de semen, como él me dice.
Seguía bebiendo, obligándose a tragar más y más, mientras sus dedos la llevaban al borde del orgasmo. Alberto, al verla beber esa cantidad absurda de fluido de otro hombre, no pudo aguantar más. Con un gemido ahogado, se corrió en su mano, la leche espesa chorreando sobre sus dedos mientras él miraba cómo su esposa terminaba de vaciar el último tramo de la botella.
Thelma se tiró hacia atrás en la cama, jadeando, el cuerpo convulsionando por el orgasmo y el esfuerzo de beber. Alberto detuvo la grabación con manos temblorosas y, sin limpiarse, presionó el botón de enviar. El video partió hacia Sebastián, completando el ciclo de humillación.
Fue una noche, cuando la oscuridad ya cubría todo, cuando Alberto rompió el hechizo de la espera. Estaba sentado en el borde de la cama, la espalda curvada bajo el peso de una vergüenza que ya no podía ocultar, sosteniendo su propio teléfono con una mano que temblaba visiblemente.
—Sebastián me escribió —dijo, su voz sonando extrañamente apagada, como si viniera desde el fondo de un pozo.
Thelma se incorporó de golpe, las sábanas resbalando de su cuerpo desnudo. —¿Qué dijo? —preguntó, aunque el miedo y la excitación ya le revolvían el estómago.
—Que tienes que ir mañana a las seis de la mañana a su casa —Alberto tragó saliva con dificultad, la nuez de adán de su garganta moviéndose de forma brusca—. Y que yo tengo que elegir tu ropa. Tiene que ser ropa de... de prostituta.
Alberto se levantó y caminó hacia el armario como un autómata. Abrió las puertas y comenzó a rebuscar, apartando vestidos de oficina y blusas discretas hasta llegar al rincón donde guardaban lo que ella solo usaba en sus fantasías más oscuras. Sus manos sacaron una minifalda de cuero negro, tan corta que al agacharse no dejaría nada a la imaginación, y un top de encaje transparente que dejaba ver la textura de sus pezones y el color de sus areolas. Sobre la cama tiró un par de medias de red con liguero y no buscó ropa interior. No había lugar para pantis bajo esa vestimenta; Sebastián querría acceso directo.
A las seis en punto de la mañana siguiente, la puerta de la casa se cerró con un golpe seco. Alberto se quedó solo en la sala de estar, mirando por la ventana cómo la figura de su esposa, vestida como una puta barata, se perdía en la niebla matutina. El día se arrastró con una lentitud tortuosa. Alberto miró el reloj cada diez minutos, imaginando lo que estaría sucediendo en la casa de aquel hombre. El sol subió, cruzó el cielo y se puso, pintando el techo de la casa de tonos naranjas y luego grises, y la casa siguió vacía. No fue hasta casi la medianoche cuando el sonido de la llave en la cerradura rompió el silencio.
Thelma entró caminando con las piernas ligeramente abiertas, como si le costara cerrarlas. Su maquillaje estaba corrido, y el cabello le caía en mechones pegajosos sobre los hombros. El olor a sexo, sudor y a semen rancio la precedía, una nube de feromonas que impregnó la habitación al instante. Llevaba un bolso grande en la mano, tan pesado que su brazo temblaba bajo el peso, y lo dejó caer al suelo con un golpe sordo que hizo vibrar el piso de madera.
Alberto se levantó del sofá, su miembro endureciéndose dolorosamente en sus pantalones al ver el estado de ella, mezcla de agotamiento y uso extremo. —¿Qué... qué pasó?
—Sebastián me dio instrucciones para ti —su voz estaba ronca, cansada, pero con un brillo extraño en los ojos—. Tenemos que grabar un video. Ahora.
Sin más palabras, Thelma caminó hacia la habitación principal con Alberto siguiéndola como un perro faldero. Una vez dentro, se despojó de la ropa de cuero y el top, dejándola en el suelo hasta quedar completamente desnuda. Sus senos estaban rojos, marcados por roces violentos, la piel irritada y sensible, casi quemada por la fricción constante. Se tendió en la cama, abriendo las piernas de par en par, exponiendo su concha hinchada y el ano todavía irritado.
—Tú te paras ahí —ordenó, señalando un punto al pie de la cama, justo donde la cámara del teléfono tendría la mejor vista—. Tienes que grabarme mientras me meto los dedos en la concha y en el culo. Y tú tienes que masturbarte mirándome. No puedes parar.
Alberto asintió, sintiendo el calor subirle a la cara. Sacó su teléfono y configuró la cámara sobre el mueble auxiliar, asegurando que el encuadre capturara cada detalle de su esposa y su propia figura excitada. Desabrochó su pantalón y liberó su pequeña erección, comenzando a mover la mano arriba y abajo suavemente mientras la lente del móvil se enfocaba en el cuerpo de su mujer.
Thelma respiró hondo y llevó una mano entre sus piernas, introduciendo dos dedos en su vagina mojada, mientras con la otra mano acariciaba la entrada de su ano. Pero entonces, se detuvo y se inclinó hacia el bolso que había traído. De dentro, sacó una botella de vidrio de dos litros de capacidad, transparente y pesada. El contenido dentro era espeso, blanquecino y viscoso, moviéndose con pesadez al ser agitado, una masa gelatinosa que golpeaba contra las paredes del plástico.
—Sebastián guardó esto aquí —dijo Thelma, mirando la botella con una mezcla de asco y devoción absoluta—. Son dos litros de su semen. Me usó todo el día. Me puso sus huevos entre mis tetas, me hizo frotarlos, exprimirlos... usó mis pechos como una máquina de ordeñar hasta que llenó esta botella entera para que yo la bebiera frente a ti.
Alberto se detuvo, la mano apretando su verga con fuerza hasta que la punta se puso morada. La imagen de su esposa siendo utilizada como un simple instrumento para recolectar la leche de otro hombre le quemó las mejillas. Se sentía pequeño, patético, pero el dolor en su ingle era insoportable, un deseo sucio que nublaba su mente y le impedía mirar hacia otro lado.
—Bébetela —murmuró Alberto, su voz apenas un susurro ronco—. Haz lo que te dice, puta. Bébete la leche de tu macho.
Thelma destapó la botella. El olor a cloro y sal, concentrado y potente, llenó la habitación de inmediato. Se llevó el borde del vidrio a los labios y comenzó a beber. El líquido era espeso, gelatinoso, difícil de tragar. Gorgoteó, tragando grandes cantidades, dejando que el semen resbalara por las comisuras de sus labios y mojara su cuello y sus pechos en un torrente blanco.
Mientras bebía, su otra mano trabajaba con furia entre sus piernas, metiendo tres dedos en su coño y otro en el culo, follándose a sí misma con violencia para la cámara. El sonido de sus dedos chapoteando en sus propios fluidos, mezclados con el sonido de ella tragando la leche de Sebastián, creaba una sinfonía obscena y húmeda que resonaba en las paredes.
Alberto se miró la mano, moviéndose más rápido, imaginando el sabor de ese semen, la textura de las tetas de Thelma siendo usadas por otro hombre. Se sentía un cornudo completo, excitado por la degradación total de su mujer, observando cómo su estómago se distendía levemente con la cantidad de líquido ingerido.
Thelma bajó la botella por un momento para tomar aire, jadeando, el pecho alzado, cubierto de una capa brillante y pegajosa de semen. —Estoy llena de él —gimió, volviendo a llevar la botella a la boca, sus ojos clavados en la cámara de Alberto—. Soy su recipiente de semen, como él me dice.
Seguía bebiendo, obligándose a tragar más y más, mientras sus dedos la llevaban al borde del orgasmo. Alberto, al verla beber esa cantidad absurda de fluido de otro hombre, no pudo aguantar más. Con un gemido ahogado, se corrió en su mano, la leche espesa chorreando sobre sus dedos mientras él miraba cómo su esposa terminaba de vaciar el último tramo de la botella.
Thelma se tiró hacia atrás en la cama, jadeando, el cuerpo convulsionando por el orgasmo y el esfuerzo de beber. Alberto detuvo la grabación con manos temblorosas y, sin limpiarse, presionó el botón de enviar. El video partió hacia Sebastián, completando el ciclo de humillación.
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