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La sumisión de la suegra, Parte 4

La lente del móvil de Sebastián seguía enfocada en el pecho de Thelma, capturando con morbosa precisión cómo los hilos blancos y espesos de semen resbalaban por su piel morena, mezclándose con el brillo del sudor y hundiéndose en el escote. El aire acondicionado del motel seguía zumbando en el fondo, un sonido monótono que apenas lograba cubrir la respiración agitada y entrecortada de la mujer. Sebastián no se movió para limpiarse ni para recoger su ropa; simplemente ajustó el encuadre con una mano, acercando el zoom a los labios hinchados y temblorosos de ella, que intentaba recuperar el aliento.
—Te propongo un trato, zorra —dijo Sebastián, su voz grave y rasposa rompiendo el silencio denso de la habitación—. Si logras hacer que me corra con esa boca en menos de cinco minutos, destruiré todas las pruebas. Las fotos, los videos, todo. Te dejo en paz y olvido esto.
Thelma levantó la vista, sus ojos brillantes con una mezcla de humillación absoluta y una esperanza desesperada, casi patética. Asintió con la cabeza, incapaz de articular palabras con la garganta seca y el corazón golpeándole contra las costillas. El terror a que su esposo o, peor aún, su hija Ariana supieran de aquello era un peso más fuerte que su orgullo herido.
—Pero si fallas... —continuó Sebastián, disfrutando de la sombra de miedo que cruzaba el rostro de ella— a partir de ahora cumplirás cualquier fantasía que tenga, por más retorcida y degradante que sea. Sin preguntas. Sin límites.
Ella asintió de nuevo, aceptando la condena antes de que cayera sobre ella. Sebastián sonrió, una mueca cruel que no llegaba a sus ojos fríos, y miró la hora en su reloj.
—Empieza. Tu tiempo corre.
Thelma se arrodilló sobre la alfombra áspera y manchada del motel, ignorando el escozor en sus rodillas. Con las manos todavía temblando ligeramente, tomó la verga de Sebastián, que estaba semi-flácida pero volviendo a cobrar vida con fuerza al instante bajo su tacto cálido. Sin perder un segundo, Thelma se llevó el glande a la boca, envolviéndolo con sus labios y comenzando a chupar con una urgencia frenética. No hubo ternura, ni juegos preliminares, ni caricias suaves; fue una succión brutal, casi profesional, moviendo la cabeza hacia adelante y atrás con la fuerza de una mujer que lucha por su supervivencia.
Sebastián gruñó, inclinando la cabeza hacia atrás y disfrutando de la humedad y el calor de su cavidad bucal. Ella intentaba tragársela entera, llevando el miembro hasta el fondo de la garganta, provocándose arcadas violentas que hacían vibrar su paladar y apretar la cabeza de él de manera deliciosa. Las lágrimas le salpicaron las mejillas y se mezclaron con la saliva mientras se esforzaba por llevarlo al límite, usando la lengua para lamer con furia la parte inferior del glande, sabiendo que era el punto más sensible. El sonido de los jadeos, los chasquidos húmedos y los golpes de su nariz contra su pubis llenó la pequeña habitación 204.
—Así, puta... —siseó Sebastián, entrelazando sus dedos en el cabello de ella y empujando su cadera hacia adelante, hundiéndose más en su garganta hasta que ella no podía respirar—. Demuéstrame que quieres salvar tu matrimonio, que quieres ser una buena esposa para él.
Los minutos pasaron con una lentitud tortuosa. Thelma sentía las mandíbulas agarrotadas por el esfuerzo y el cuello dolorido, pero no se detuvo ni un instante. Usó sus manos libres para masajear los testículos de él, apretando con suavidad y luego con fuerza, intentando provocar la eyaculación que ansiaba como si fuera agua en el desierto. Sin embargo, Sebastián tenía un control de hierro forjado en la dominación. Cada vez que sentía que el orgasmo se acercaba, hinchando sus testículos y enviando oleadas de placer por su espalda, tensaba los músculos de los muslos y pensaba en algo frío, reteniendo la leche con una sádica precisión matemática.
—Tiempo —anunció Sebastián de golpe, mirando su muñeca con calma.
Antes de que ella pudiera reaccionar o intentar un último movimiento desesperado con la lengua, Sebastián la apartó de un tirón de pelo, liberando su verga con un sonido húmedo y obsceno. Thelma cayó hacia atrás, tosiendo y jadeando, con la saliva y el preseminal chorreando por su barbilla y cayendo sobre sus senos ya manchados.
—Has fallado —sentenció él, comenzando a subirse el pantalón con una lentitud calculada—. A partir de este momento, eres mi puta personal. Harás todo lo que yo quiera, cuando yo quiera y donde yo quiera.
Thelma intentó hablar, rogar por una segunda oportunidad, prometer que lo haría mejor, pero Sebastián ya estaba de pie, arreglando su camisa. Apagó la grabación del móvil con un clic seco, lo guardó en el bolsillo y se dirigió a la puerta sin mirarla atrás.
—Quédate así. Te queda bien la leche en las tetas —dijo con desdén al abrir la puerta—. Lárgate cuando puedas.
La puerta se cerró con un golpe seco, dejándola sola en el silencio del motel, con el semen secándose en su piel y el peso de su nueva realidad aplastándole el pecho.
Pasaron tres días. Para Thelma fueron una eternidad de insomnio y ansiedad, saltando cada vez que su teléfono vibraba en el bolso, incapaz de mirar a su esposo a los ojos durante la cena. Cuando finalmente apareció el mensaje de Sebastián, las instrucciones eran claras, directas y no admitían réplica: Ven a mi casa. Trae puesto el conjunto de encaje negro. No te pongas nada encima.
A las cuatro de la tarde, Thelma estaba frente a la puerta de Sebastián, temblando bajo un abrigo largo que ocultaba la lencería de encaje, un conjunto provocador de tiras finas y transparencias que nunca había osado a usar ni siquiera para su propio esposo en sus noches de bodas. Tocó el timbre y la puerta se abrió de inmediato, como si él la hubiera estado esperando al otro lado, acechando.
Entra y quítate el abrigo —ordenó Sebastián, sin preámbulos, apartándose para dejarla pasar.
El salón estaba a oscuras, excepto por una lámpara en una esquina que creaba sombras largas y dramáticas, ideales para lo que tenía en mente. Sebastián ya tenía el trípode preparado con su cámara en el centro de la habitación. Se aseguró de ajustar el ángulo con minuciosidad, verificando que solo se viera a ella, que su cara permaneciera fuera del encuadre, un fantasma en la máquina de grabar. Thelma se desabrochó el abrigo y lo dejó caer al suelo, revelando el cuerpo que Sebastián tanto deseaba, envuelto en negro, con sus senos pesados al aire y sus caderas marcadas por las ligas.
—Grábate —dijo él, sentándose en el sofá central con las piernas abiertas, dominando el espacio con su sola presencia.
Thelma se puso frente a la lente, sintiéndose expuesta y vulnerable como un animal en un laboratorio. Sebastián puso música de fondo desde su teléfono, un ritmo lento, sensual y percusivo.
—Baila para mí. Muéstrame lo mucho que quieres complacer a tu amo.
Ella comenzó a moverse. Al principio torpe, avergonzada, con los brazos pegados al cuerpo, pero poco a poco el ritmo la fue poseyendo, o quizás fue la resignación. Pasó las manos por sus caderas, deslizándolas por el encaje rugoso, moviendo la cadera en círculos lentos mientras sus ojos se clavaban en el suelo, incapaz de sostener la mirada burlona de Sebastián. Él no decía nada, solo observaba, absorbiendo cada movimiento de esa mujer madura que se humillaba ante él, mordiéndose el labio inferior ante el espectáculo.
—Ahora, ven aquí —la interrumpió tras unos minutos, impaciente por el contacto físico.
Thelma se acercó al sofá, sus tacones hundiéndose en la moqueta. Sebastián le señaló el suelo entre sus piernas. Ella se arrodilló, conocedora de la rutina, y él bajó el pantalón y la ropa interior de un golpe, liberando su erección que saltó firme y gruesa, palpitando con el ritmo de su excitación. Sin que él tuviera que pedirlo, Thelma se inclinó y tomó el miembro entre sus senos grandes y suaves, presionándolos con fuerza contra la carne caliente y dura.
—Hazme una paja con esas tetas maravillosas —gruñó él, recostándose para disfrutar mejor del espectáculo.
Ella comenzó a moverse arriba y abajo, usando la saliva que escupió sobre su escote para lubricar el paso. La fricción era deliciosa, caliente y apretada, y Sebastián cerró los ojos un momento, dejando que las sensaciones lo invadieran. Pero él quería más; quería marcarla de nuevo, poseerla desde adentro.
—Abre la boca —ordenó, su voz cargada de autoridad.
Thelma se inclinó más y, mientras continuaba el movimiento rítmico con los senos, llevó la punta de la verga a sus labios, lamiendo el glande en cada bajada, introduciéndolo en su boca y sacándolo para mantener la doble estimulación. El control de Sebastián se estaba desmoronando; la vista de esa madre sumisa, arrodillada en lingerie, rogando con su cuerpo por su semen, era demasiado estimulante para contenerse por mucho tiempo.
—Mírame a los ojos cuando me corra —exigió él, agarrándole la nuca con fuerza, obligándola a detener el movimiento de las tetas y centrarse en la boca.
Sebastián gimió, y su cuerpo se tensó como un arco. El orgasmo lo recorrió como una descarga eléctrica, desde la base de la columna hasta la punta de su miembro. Thelma sintió el primer chorro caliente y espeso golpearle el paladar, llenándole la boca de golpe con una fuerza que la hizo ahogar. No hubo tiempo de tragar todo; la leche rebosó por las comisuras de sus labios, manchando el encaje negro de su conjunto y resbalando por su mentón.
—Trágalo todo, zorra. No desperdicies ni una gota —la obligó él, empujando su cadera hacia adelante y manteniéndola inmóvil para asegurar que estuviera bien dentro, hundiéndose en su garganta.
Ella tragó con dificultad, con los ojos llorosos y el cuerpo convulsionando por el aire que le faltaba, sintiendo el líquido espeso y salado resbalar por su garganta, caliente y pesado. Cuando Sebastián por fin se relajó y soltó su cabeza, ella jadeaba, con los labios brillantes, hinchados y rojos, una imagen de degradación total.
—Ahora dime —dijo Sebastián, con una sonrisa malévola mientras se limpiaba con un pañuelo y se acomodaba el pantalón—. ¿Quién es tu marido? ¿Qué pensaría tu esposo si viera lo bien que se trabe la leche de otro hombre? Dime lo que es tu marido.
Thelma bajó la mirada, incapaz de sostener la suya, la cara ardiente de vergüenza y un placer oscuro y corrosivo que no podía controlar.
—Mi esposo... es un cornudo —susurró, con la voz quebrada y rasposa.
—Más alto —gritó Sebastián, golpeando el sofá con la mano.
—Alberto... —dijo ella, más fuerte, sintiendo cómo el nombre de su marido en ese contexto la humillaba aún más, rompiendo la última barrera de su moralidad—. ¡¡Mi marido Alberto es un cornudo!!
Sebastián se rió, un sonido seco y satisfecho que resonó en la sala vacía. Aún no la había penetrado, no había roto ese último velo físico, pero la había poseído por completo, la había roto por dentro de una forma mucho más profunda y permanente.
—Vete a casa —dijo él, descartándola con un gesto de la mano, como si ya fuera un objeto usado—. Y mantén ese sabor en la boca hasta que duermas con él.
Thelma se levantó con dificultad, se puso el abrigo y salió de la casa, con el sabor a semen y la culpa quemándole la lengua, sabiendo que ya no había vuelta atrás, que ahora pertenecía a la oscuridad.

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