You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La sumisión de la suegra, Parte 3

El aire viciado de la habitación 204 del Motel El Descanso parecía densificarse con cada segundo que pasaba. El zumbido constante del aire acondicionado era el único sonido que competía con la respiración entrecortada de Thelma. Sebastián estaba recostado en la silla de cuero sintético, con las piernas abiertas en un gesto de posesión total, sosteniendo el teléfono móvil con una mano mientras la lente de la cámara, con su pequeño punto rojo parpadeante, se clavaba en la figura de la mujer madura que permanecía de pie frente a él, inmóvil.
—No te quites nada todavía —ordenó Sebastián, su voz grave y cargada de una autoridad que hacía que las rodillas de Thelma temblaran ligeramente—. Hoy no vamos a follar, al menos no de la manera que tú esperas. Vamos a jugar un juego. Si me ganas verbalmente, prometo que destruiré todas las pruebas que tengo de ti, incluso estas grabaciones.
Thelma tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo la garganta se le resecaba. El miedo a ser descubierta se mezclaba con una humedad caliente y vergonzosa que empezaba a florecer entre sus muslos.
—¿Qué... qué debo hacer? —preguntó, con la voz apenas un susurro.
—Voy a grabarte. Vas a contarme esas fantasías sucias, esas cosas oscuras que le has pedido a tu marido en las noches de insomnio y que él, por ser un impotente aburrido, nunca se ha atrevido a hacerte —dijo Sebastián, acercando el teléfono más a su rostro—. Empieza ahora. Y sé específica.
Thelma cerró los ojos un momento, intentando organizar el caos de su mente. La vergüenza la quemaba en las mejillas, pero la presencia dominante de Sebastián, la sensación de estar siendo observada y evaluada, actuaba como un afrodisíaco potente.
—A veces... a veces quería que él me tomara por la fuerza —comenzó, las palabras saliendo con dificultad, como si fueran piedras—. Quería que llegara a casa, me empujara contra la pared, que me levantara la falda sin importar si estaba cocinando o limpiando, y que me metiera los dedos hasta que yo gritara.
Sebastián no dijo nada, solo asintió con la cabeza, incentivándola a continuar con la mirada.
—Quería que me tratara como a su puta privada —prosiguió Thelma, sintiendo cómo su voz ganaba fuerza a medida que la confesión liberaba la presión acumulada durante años—. Que me atara a la cama, que me pusiera una venda en los ojos y que usara mi cuerpo para lo que quisiera, sin importar si yo tenía dolor o placer. Quería sentir que me poseía, que me rompía por dentro... pero él solo quiere hacerlo con las luces apagadas, los sábados por la noche, como si fuera una obligación.
Mientras hablaba, Thelma se dio cuenta de tres cosas simultáneas que la paralizaron. Primero, sus pezones, que habían estado suaves hasta hace un momento, ahora estaban duros y doloridos, rasgando la tela fina de su blusa y pidiendo a gritos ser tocados. Segundo, su concha estaba empapada, un flujo espeso y caliente que humedecía sus panties y amenazaba con manchar su falda si no tenía cuidado. Y tercero, la mirada de Sebastián había descendido a su propio pantalón, donde la erección de él era imposible de ocultar; una verga increíblemente enorme se marcaba a través de la tela, gruesa y palpitante, revelando que sus palabras estaban teniendo el efecto exacto que él deseaba.
La habitación se llenó con el silencio pesado que siguió a su confesión. Thelma jadeaba ligeramente, el pecho alzado y caído con rapidez.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó ella, con una mezcla de terror y anticipación, mirando el bulto gigantesco entre las piernas de Sebastián.
Sebastián no respondió con palabras. Se levantó de la silla lentamente, sin dejar de apuntar con el teléfono, y caminó hacia ella. La estatura de él, combinada con su postura agresiva, hacía que Thelma se sintiera pequeña y vulnerable. Con una mano libre, Sebastián desabrochó el cinturón y el botón del pantalón, bajando el cierre con un sonido sibilante que resonó en la habitación. Liberó su miembro, que rebotó al quedar libre, imponente y grueso, con las venas marcadas y la glande brillando y roja.
—Sabes algo, Thelma —dijo Sebastián, acercando su ingle a la altura de su rostro—. Desde que te vi, siempre fantaseé con estas tetas tuyas. Incluso cuando me cogía a la tetona de Ariana, muchas veces, mientras ella me chupaba la verga o me la montaba, cerraba los ojos y pensaba en ti. Imaginaba cómo se sentirían mis dedos hundidos en tu carne, cómo se vería mi polla entre tus pezones.
Thelma abrió la boca de shock, la mención de su hija añadiendo una capa de culpa y perversión extraña a la escena que solo aumentó su excitación.
—Quítate la blusa —ordenó Sebastián, cortante—. Ahora.
Las manos de Thelma temblaban mientras desabrochaban los botones de la blusa. La tela cayó al suelo, dejando al descubierto sus senos grandes y pesados, que se mantenían firmes a pesar de la gravedad, con los pezones oscuros y erectos apuntando hacia Sebastián.
—Bien, perra —gruñó él.
Sebastián dio un paso más adelante, tomando su verga con la mano y guiándola hacia el canal formado entre los senos de Thelma. Sin previo aviso, sin lubricación ni suavidad, apretó sus manos contra los costados de los pechos de ella, forzándolos a envolver su miembro con fuerza. La piel de Thelma se tensó, el calor de su miembro quemando la suya.
Empezó a moverse. No fue un movimiento suave ni amoroso; fue brutal. Sebastián comenzó a cogerle las tetas con violencia, embistiendo hacia adelante con fuerza, haciendo que la glande golpeara el mentón de Thelma en cada empuje ascendente. Ella soltó un gemido, mezcla de dolor y placer, sintiendo cómo la fricción de la piel de él quemaba la suya, cómo sus dedos se clavaban en la carne blanda de sus mamas dejando marcas rojas.
—¡Mírame! —gritó Sebastián, sin detener el ritmo de sus caderas—. ¡Mira cómo uso tus tetas como si fueran un juguete barato!
Thelma mantuvo la mirada fija en la cara de placer salvaje de Sebastián, sintiendo cómo su propia concha se contraía con cada golpe seco contra su esternón. El sonido de la piel golpeando contra la piel llenaba la habitación, un sonido húmedo y lascivo. Sebastián apretaba más fuerte cada vez, estrangulando sus pezones entre sus dedos, usando el peso de los senos de ella para masturbarse con una intensidad frenética.
El ritmo se volvió errático. Sebastián jadía, los dientes apretados, el sudor empezando a perlarse en su frente.
—¡Tómalo, zorra! ¡Tómalo todo!
Con un rugido gutural, Sebastián se retiró bruscamente del canal de sus senos en el último segundo. Apuntó su verga hacia el pecho de Thelma y liberó su carga. El primer chorro fue espeso y potente, golpeándola directamente en el cuello y parte inferior de la cara. El segundo y el tercer chorro cubrieron sus senos, bañando la piel pálida con semen caliente y lechoso que goteó lentamente hacia su estómago.
Thelma permaneció inmóvil, cubierta por el fluido de él, jadeando, con el corazón golpeándole fuerte contra las costillas mientras Sebastián seguía grabando, capturando el momento de su absoluta degradación y el éxtasis que brillaba en sus ojos.

1 comentarios - La sumisión de la suegra, Parte 3