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La sumisión de la suegra, Parte 2

La luz de la pantalla del móvil de Sebastián cortó la oscuridad de la habitación de invitados como una cuchilla. A su lado, Ariana respiraba profunda y regularmente, ajena a la tormenta que se desataba en la mente de su novio. El semen ya se había enfriado sobre su piel, pegajoso y recordatorio de su reciente liberación, pero su mente estaba afilada, calculadora. Abrió una aplicación de mensajería temporal, creó un número desechable y comenzó a escribir con los pulgares, rápido y preciso.
—Tengo algo que te pertenece, Thelma. O, mejor dicho, tengo pruebas de lo zorra que eres en realidad.
Adjuntó una de las imágenes: la de ella en lencería negra, con los pezones oscuros y duros rasgando la tela, mirando a la cámara con un hambre que ninguna madre decente debería mostrar.
—Si quieres que Alberto y Ariana vean esto, no hagas nada. Pero si valoras tu sagrada familia, quiero más. Quiero fotos nuevas. Ahora. Sin censura. Y si tardas, subo las que ya tengo a Facebook.
Pulsó enviar. El dispositivo vibró una vez, confirmación de entrega. Sebastián apagó la pantalla y se recostó, con el corazón golpeándole las costillas, no por culpa, sino por la electricidad pura del control.
Al otro lado de la casa, en el dormitorio principal, el zumbido del teléfono de mesita de noche pareció un trueno en el silencio. Thelma se incorporó de golpe, el sueño pesado de las tres de la mañana rompiéndose ante la luz azulada. Alberto, una masa inerte y roncadora a su lado, no se movió; llevaba meses sin tocarla, sus noches reducidas a un mutuo y pesado silencio de espaldas en la misma cama.
Con manos que temblaban visiblemente, Thelma desbloqueó el terminal. El mensaje anónimo brilló con crueldad. Al ver la foto adjunta, el aire le faltó en los pulmones. Esa imagen era privada, tomada en un momento de soledad desesperada hace meses, cuando la falta de atención de su esposo la había empujado a explorarse ante el espejo, buscando cualquier chispa de vida en su cuerpo marchito. El miedo le heló la sangre, imaginando el rostro de decepción de su hija, el asco de Alberto, el juicio de la comunidad entera.
Pero debajo del terror helado, algo más profundo y vergonzoso comenzó a agitarse. Sus muslos, que habían estado cerrados en defensa, se relajaron imperceptiblemente. La humedad no tardó en acumularse entre sus labios, una traición física que no podía controlar. La idea de ser observada, de ser expuesta y obligada, despertó un ansia que su matrimonio muerto no había saciado en años. Se miró las manos, luego el perfil adormilado de su esposo, y sintió una repulsión mezclada con una excitación febril. No tenía salida. Y, secretamente, no quería buscarla.
—¿Qué... qué quieres? —tecleó al fin, los dedos torpes y sudorosos.
La respuesta de Sebastián fue inmediata. —Quiero verte. Ahora. En el baño. Hazte una foto abierta de piernas. Enséñame esa concha que guardas tan celosamente.
Thelma se levantó despacio, sin hacer ruido, y caminó hacia el baño contiguo. Al cerrar la puerta y encender la luz, su reflejo en el espejo le devolvió una mujer mayor, con el cabello despeinado y los ojos inyectados de sangre. Se bajó el camisón de algodón, dejándolo caer al suelo. El aire frío le erizó la piel, haciendo que sus pechos grandes y caídos se tensaran. Se sentó en el borde de la bañera, separó las rodillas y, con una mano temblorosa, llevó el celular entre sus piernas. El flash iluminó la carne madura, los pliegues húmedos y oscuros. Envió la imagen.
Al recibirla, Sebastián sonrió en la oscuridad. La power trip era más potente que cualquier alcohol. La respuesta de Thelma llegó segundos después: una sola palabra. —Bastante.
Los siguientes días transcurrieron en una neblina de tensión erótica para ambos. Sebastián volvió a su apartamento, pero el juego continuó. Ya no conformándose con una única imagen, comenzó a exigir más. Durante las horas de trabajo, mientras Thelma estaba sola en la casa o haciendo recados, el teléfono anónimo vibraba con órdenes precisas.
—Estás en el supermercado. Ve al probador. Hazte una foto con los dedos dentro.
—Envíame un video de diez segundos toqueteándote los pezones. Quiero ver cómo se ponen duros.
Thelma cumplía cada mandato con una mezcla de vergüenza y abandono creciente. Se escondía en baños públicos, en el garaje de su casa, incluso una vez en el jardín trasero mientras Alberto veía la televisión dentro. Cada foto enviada era un paso más hacia la sumisión total, una entrega de su dignidad a ese espectro digital que la poseía a distancia. La falta de sexo real con su esposo se volvía más insoportable, y la adrenalina del chantaje se convertía en su única fuente de placer. Sus dedos ya no le bastaban; soñaba con el tipo detrás del mensaje, imaginando su fuerza, su juventud, la forma en que la usaría si estuviera allí.
Sebastián, por su parte, guardaba cada trozo de material en carpetas cifradas. Se masturbaba tres, cuatro veces al día con aquellas imágenes, visualizando el momento en que podría romper la pantalla y tomarla de verdad. Pero las fotos, por explícitas que fueran, empezaban a perder filo. Quería oler su miedo, sentir la textura de su piel, escuchar el crujido de sus huesos cuando la manoseara.
Una tarde, mientras Thelma enviaba una foto de sus nalgas enrojecidas por sus propios golpes, Sebastián decidió dar el siguiente paso. El juego virtual se había quedado pequeño. Necesitaba el contacto físico, la dominación en carne y hueso.
Escribió lentamente, saboreando cada palabra. —Ya no quiero fotos, vieja. Los pixels no me llenan. Quiero esa carne de verdad. Mañana a las tres de la tarde. Motel 'El Descanso' en la carretera sur. Habitación 204. Si no estás, le paso el álbum completo a Alberto. Y créeme, le encantará ver lo que hace su esposa cuando él no mira.
Thelma leyó el mensaje mientras doblaba ropa en la sala de estar. Las manos se le detuvieron en seco, una camisa de Alberto colgando inerte de sus dedos. El miedo físico la golpeó en el estómago, un nudo apretado y nauseabundo. Un encuentro real. Eso ya no era un juego solitario; eso era adulterio, era peligro, era la destrucción total de su vida si la descubrían.
Sin embargo, al cerrar los ojos, no vio a su esposo, ni a su hija, ni el escándalo. Vio la puerta de la habitación 204 abriéndose. Sintió la mano de un desconocido agarrándole el cuello, la fuerza bruta empujándola contra el colchón. Su concha, que ya estaba húmeda por la rutina del chantaje, se contrajo violentamente, latiendo con un dolor que era pura necesidad. Sabía que iba a ir. Sabía que, por primera vez en años, se sentiría viva, aunque fuera a través de la degradación más absoluta.

3 comentarios - La sumisión de la suegra, Parte 2

Mirey27030 +1
Muy budn relato podrías continuar por favor
gust7387 +1
Muy buen relato. Espero el próximo