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Calor en Rosario: La Leche de Mi Hijo

La mañana en Rosario ya era un sauna. Eran pasadas de las 7:40 y el sol entraba a pleno por la ventana de la cocina, haciendo brillar las baldosas viejas del piso.

El ventilador de pared giraba lento, moviendo el aire caliente que olía a mate, a pan tostado y a transpiración de la noche anterior.

Lucas estaba parado frente a la mesada, todavía con el short de fútbol del Newell’s bajado hasta las rodillas y la remera arremangada.

La pija gruesa, venosa y completamente dura le latía en la mano mientras se la pajeaba con ritmo firme, sin apuro.

El sonido húmedo y obsceno de la mano subiendo y bajando se mezclaba con el burbujeo de la pava.

No podía sacarse de la cabeza las tetas de su mamá de anoche: pesadas, caídas, con esos pezones grandes y oscuros. Cada recuerdo le mandaba una oleada de sangre a la verga.

María entró a la cocina arrastrando las chancletas, todavía con el camisón celeste corto que apenas le tapaba el culo.

Tenía el pelo revuelto, algunas canas visibles, la cara hinchada de sueño y el cuerpo marcado por años de laburo: caderas anchas, piernas fuertes con várices suaves, panza suave de haber parido un hijo y tetas enormes que se movían pesadamente con cada paso

Abrió la heladera, sacó la leche y se quedó un segundo mirando de reojo a su hijo..

—Buen día, m’hijo —dijo con voz todavía ronca de recién levantada, como si ver a Lucas pajeándose descarado en la cocina fuera lo más normal del mundo.

—Buen día, mamá… —respondió él, sin parar de mover la mano. La voz le salió gruesa, cargada.

María cerró la heladera y se acercó a la mesada, justo al lado de él. Empezó a preparar el mate como todos los días: yerba, un poco de azúcar para ella, agua caliente. Sus tetas grandes se balanceaban bajo la tela fina.

—¿Otra vez con eso? —preguntó , cebando el primero—. Anoche no te alcanzó, parece.

Lucas soltó un gemido bajito y aceleró un poco.

—No… no se me baja. Me desperté pensando en vos. En cómo me mirabas anoche, en tus tetas… puta madre, mamá, me tenés loco.

Ella soltó una risita corta, casi maternal, y se dio vuelta para mirarlo de frente. Sin decir nada, se bajó un tirante del camisón y dejó que una teta pesada se derramara completa hacia afuera. Se la agarró con la mano, la levantó un poco y se la apretó suavemente, haciendo que el pezón oscuro se pusiera todavía más duro.

—¿Esto te prende más? —preguntó tranquila, como si le estuviera preguntando si quería más azúcar en el mate.

—Mucho… la puta madre —jadeó Lucas. Los ojos se le pegaron a esa teta madura, blanca, con venitas azuladas—. Son tan grandes… tan lindas… me dan ganas de tocarlas.

María levantó una ceja, pero no se enojó. Al contrario, se acercó un paso más. El olor de su cuerpo —sudor nocturno mezclado con jabón de ropa— llegó hasta él.

—Todavía no, Lucas. Mirá nomás por ahora. Pajeate tranquilo.

Se quedaron varios minutos así, en una escena rarísima pero que para ellos ya empezaba a sentirse casi cotidiana. Él pajeándose con la mano brillante, los huevos balanceándose, respirando fuerte. Ella preparando mates, con una teta afuera, moviéndose por la cocina: sacó pan de la bolsa, prendió la tostadora, cortó queso. Como cualquier mamá rosarina un martes a la mañana, pero con la verga de su hijo a medio metro.

—¿Sabes que esto está mal, no? —dijo Lucas de repente, con voz entrecortada, sin dejar de pajearse—. Sos mi mamá… me pariste, boluda… pero no puedo parar.

María cebó otro mate y se lo pasó. Lo miró a los ojos con una mezcla de ternura, culpa y deseo.

—Claro que está mal, m’hijo. Si alguien se entera, nos crucifican. Pero… no sé. Anoche cuando te vi, me mojé como hacía años que no me pasaba. Y esta mañana… mirate.

Mirá lo que provocás en mí.

Se bajó el otro tirante. Ahora las dos tetas enormes colgaban libres, moviéndose pesadas mientras ella seguía preparando el desayuno. Se las apretó juntándolas, ofreciéndoselas.

Lucas gimió más fuerte.

—Estoy cerca, mamá… no aguanto más.

—Correte entonces —le dijo bajito, casi al oído—. Pero avisame. No quiero que me salpiques el camisón, que después tengo que salir a laburar.

Lucas apretó los dientes, aceleró la mano al máximo. El sonido chap-chap-chap era fuerte. De repente soltó un gruñido ronco y explotó. Chorros gruesos y blancos saltaron con fuerza, cayendo en el piso, contra la pata de la mesada y un poco en el borde de la pileta. Se sacudió entero, temblando las piernas, vaciándose hasta la última gota mientras miraba fijo las tetas de su madre.

María lo observó todo sin inmutarse, con los ojos brillantes. Cuando terminó, agarró el trapo de piso y se lo tiró.

—Limpiá bien, eh. No seas chancho. Después lavate las manos y sentate a desayunar como Dios manda.

Mientras Lucas limpiaba, todavía con la pija semi-dura colgando, María se tapó las tetas, le sirvió un mate y le puso dos tostadas con queso y dulce de leche. Se sentó frente a él en la mesa chiquita de la cocina. El silencio era raro, cargado.

—¿Cómo vas con el parcial? —preguntó ella, como si nada hubiera pasado—. No quiero que lo desaprobes por boludeces.

—Bien… más o menos. Me cuesta concentrarme últimamente —contestó Lucas, todavía colorado—. Pienso en vos todo el tiempo. En cómo olés, en cómo se mueven tus tetas cuando caminas… Perdón, mamá.

—No pidas perdón tanto —dijo ella, acariciándole la mano sobre la mesa—. Estamos los dos metidos en esto. Yo también tengo culpa. Hace rato que no estoy con nadie y… verte así, grande, fuerte, con esa pija tan linda… me prende.

Lucas levantó la vista, sorprendido por la sinceridad.

—¿De verdad te gusta verme pajearme?

María asintió despacio, mordiendo una tostada.

—Me calienta. Me hace sentir deseada. Hace años que ningún hombre me mira como vos me mirás. Aunque seas mi hijo… o justamente porque sos mi hijo.

Terminaron de desayunar hablando de cosas normales: que tenía que ir a limpiar dos casas en el centro, que él tenía que estudiar mínimo cuatro horas, que a la tarde iba a cocinar milanesas. Pero cada tanto las miradas se cruzaban y el aire se cargaba.

Antes de irse a cambiar, María pasó por atrás de Lucas, que ya estaba sentado con los apuntes. Le apoyó las tetas en la espalda un segundo, le dio un beso largo en la nuca y le susurró al oído:

—Si te pones caliente estudiando, no te aguantes. Pajeate pensando en mí. O deja la puerta abierta cuando vuelva del laburo.

Capaz que tengo ganas de mirar otra vez… o algo más.

Le mordió suavecito el lóbulo de la oreja y se fue a su pieza.

Lucas se quedó solo en la cocina, con la pija empezando a endurecerse otra vez debajo de la mesa y el corazón a mil.

Sabía que esto ya no tenía vuelta atrás. La culpa estaba ahí, pero el deseo era mucho más fuerte.

La mañana siguió avanzando en la casa humilde de barrio. Afuera, Rosario hervía de calor. Adentro, madre e hijo acababan de abrir una puerta que los iba a cambiar todo.

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