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Madrugada Pesada – La Leche de mi Vieja

La madrugada en Rosario era un puto horno húmedo que no dejaba respirar. Eran las 4:25 de la mañana del mes de febrero, y la ciudad dormía pesada, pegajosa, con ese calor de verano santafesino que se mete en los huesos y no te suelta ni a palos.

En el barrio Fisherton viejo, o más bien en una de esas calles internas cerca de la avenida, la casa de material con techo de chapa y patio al fondo sudaba por todos lados.

Los mosquitos zumbaban contra la tela metálica de la ventana, y el ventilador de techo de la pieza del fondo giraba lento, casi burlándose, moviendo apenas el aire caliente.

Lucas, de diecinueve años recién cumplidos, estaba tirado en pelotas sobre la cama de una plaza que ya había visto mejores épocas.

El colchón tenía una mancha oscura de sudor debajo de su espalda. El pibe era alto, de espalda ancha por los laburos en la obra y las pesas que levantaba en el galpón del fondo, pero esa noche no había forma de calmarse. La pija le dolía de lo dura que la tenía: gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum.

Le latía sola contra la panza, pidiendo paja.

—La reconcha de la lora… —masculló entre dientes.
Se bajó los boxers negros hasta los tobillos de un tirón seco. Escupió dos veces en la palma de la mano derecha, bien abundante, y cerró el puño alrededor del tronco.

Empezó lento, apretando fuerte, sintiendo cómo la piel se deslizaba sobre la dureza. Después aceleró. La mano volaba. Los huevos pesados le golpeaban contra el culo con cada movimiento, y ese sonido húmedo, obsceno —chap, chap, chap— se mezclaba con su respiración agitada en el silencio roto solo por algún auto lejano que pasaba por la avenida.

—Uff… la puta madre que lo parió… —gruñó bajito, cerrando los ojos.
Y se le escapó, casi sin querer, en un susurro ronco y cargado de culpa:

—Mamá… boluda…

María, su vieja de cincuenta y seis años, no pegaba un ojo.

El calor la tenía loca. Se había levantado hacía rato, descalza sobre el piso de mosaicos fríos del pasillo. Llevaba puesto ese camisón corto de algodón gastado, de color celeste descolorido, que apenas le tapaba la mitad de los muslos gruesos y blancos.

Tenía el cuerpo de una mujer que crió hijos, cocinó para toda la familia y laburó limpiando casas ajenas: tetas grandes, pesadas, caídas pero todavía con mucha carne, caderas anchas, culo grande y unas piernas fuertes marcadas por las várices que aparecieron después de los cincuenta. El sudor le corría entre las tetas y le bajaba por la espalda.

Caminaba despacio por el pasillo angosto cuando los ruidos la frenaron en seco. El sonido inconfundible de una mano moviéndose rápido.

La respiración entrecortada. Un gemido ahogado.
Se paró frente a la puerta de la pieza de Lucas, que estaba entreabierta como siempre. El corazón le empezó a latir fuerte, como cuando era piba y se escapaba con el novio.

Empujó apenas la puerta con dos dedos y miró.
Lo vio clarito bajo la luz naranja de la farola de la calle que entraba por la ventana: su hijo con las piernas abiertas, el torso brillante de sudor, la cara retorcida de placer, la mano volando sobre esa pija gruesa y oscura que nunca imaginó ver así. Brillaba.

Latía. Era grande, más de lo que ella esperaba. Los músculos del brazo se marcaban, los abdominales se contraían, y los huevos le rebotaban con cada jalada.

A María se le secó la boca y, al mismo tiempo, se le mojó la concha de golpe.

Sintió cómo se le hinchaban los labios y el calor líquido le corría entre los muslos. Se quedó ahí parada, con una mano apoyada en el marco de la puerta, respirando por la boca abierta.
Lucas abrió los ojos en ese preciso momento y la descubrió.
Se quedó congelado, la mano todavía cerrada fuerte alrededor de la base de la verga.

—¡Mamá! ¡La concha de tu hermana! —susurró, muerto de vergüenza.

La cara se le puso roja al instante—. ¿Qué hacés acá? Andate, por favor… te juro que no era mi intención que…

Intentó taparse con la sábana fina, pero esta se le enredó entre las piernas transpiradas y solo consiguió quedar más expuesto. La pija seguía parada como un mástil, palpitando visiblemente.
María no se movió ni un centímetro. Tragó saliva, miró directo esa verga gruesa y brillante, y después levantó la vista a los ojos de su hijo.

—Seguí —murmuró, con la voz ronca y baja, casi temblando.
Lucas la miró como si estuviera en otra dimensión.

—¿Qué? Mamá, no… esto es re vergonzoso, boluda. Andate, por favor, olvidate de lo que viste…

—Te dije que sigas, Lucas —repitió ella, más firme esta vez. Dio un paso adentro de la pieza y cerró la puerta despacito. El clic del picaporte sonó demasiado fuerte en el silencio de la casa—.

No te tapes. Quiero ver cómo lo hacés.

El aire se puso más pesado. El calor parecía haber subido diez grados. Lucas respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando rápido, rojo hasta las orejas.

Pero su pija no bajaba. Al contrario, le latía más fuerte, con una gota gruesa de precum cayéndole por el tronco.

Temblando, casi sin creer lo que estaba pasando, volvió a cerrar la mano alrededor de la verga y empezó a moverla otra vez. Lento. Vergonzoso. Mirándola fijo a los ojos.

—¿Estás… estás segura, mamá? Esto está mal… re mal…
María se acercó hasta el borde de la cama y se sentó.

El colchón se hundió bajo su peso. Sus tetas grandes subían y bajaban rápido bajo el camisón húmedo.
—Estabas pensando en mí, ¿no? —dijo bajito, con una sonrisa chiquita y nerviosa en la comisura de los labios—.

Te escuché clarito… dijiste “mamá”.

Lucas cerró los ojos un segundo, humillado, excitado, confundido.

—…Sí. Perdón, mamá. Soy un hijo de puta. No sé qué me pasa… últimamente no puedo parar de pensarte. Sos… sos demasiado para mí.

—No pidas perdón —lo cortó ella con voz más ronca. Se bajó uno de los tirantes del camisón con lentitud deliberada. Una teta enorme, pesada, de piel blanca y venitas azuladas se derramó hacia afuera.
El pezón grande, oscuro y ya completamente duro apuntaba hacia él—. Mirá lo que me hiciste. Se me pusieron así nomás de escucharte.

Lucas soltó un gemido gutural y aceleró la mano sin poder controlarse. El sonido húmedo volvió a llenar la pieza.

—puta madre, mamá… qué tetas de vaca que tenés… son enormes… —susurró, casi con devoción, sin poder sacar los ojos de ahí.

María se bajó el otro tirante. Ahora las dos tetas colgaban libres, pesadas, moviéndose con cada respiración. Se las agarró con las dos manos, las apretó, las juntó, las levantó un poco ofreciéndoselas.
—Más rápido —le ordenó en voz baja y cargada—.

Hacelo como cuando estás solo pensando en mí. Quiero verte correrte de verdad, m’hijo.
Lucas ya había perdido completamente el control. La mano volaba sobre la pija enrojecida e hinchada. Los huevos se le contraían.

Las caderas empujaban hacia arriba follando su propio puño.

—Mamá… esto está mal… re mal… somos madre e hijo, boluda… —jadeaba, pero no paraba. Al contrario, iba más fuerte.

—Shh… callate esa boca y pajate para mí —respondió ella. Se inclinó más cerca, tanto que Lucas podía oler el sudor de su cuerpo mezclado con el jabón de ropa barato que usaba—.

Mirá estas tetas. Correte mirando las tetas de tu vieja. Dale, hacelo. Quiero ver cómo explotás.
Los gemidos de Lucas se volvieron más fuertes, casi desesperados.

Tenía la frente transpirada, los ojos vidriosos fijos en esas tetas que su madre apretaba y movía frente a él.

—Estoy… estoy a punto, mamá… no doy más… me voy a correr…

—acaba entonces —le ordenó ella, casi pegada a la cama—. Tirame toda esa leche caliente. Hacelo para tu mamá. Vaciate, Lucas.

Quiero verlo todo.
Lucas soltó un gemido largo, ronco, animal. Su cuerpo se arqueó violentamente sobre la cama. Chorros gruesos, potentes y blancos saltaron alto, cayendo sobre su pecho, su abdomen, salpicando incluso el muslo y la mano de María.

Siguió pajeándose con fuerza entre espasmos, sacudiéndose entero, vaciándose hasta la última gota mientras repetía “mamá… mamá…” entre dientes.

María lo miraba con los ojos brillantes, excitada como nunca en años, apretándose una teta con fuerza, el pezón entre los dedos.

—Mirá la cantidad de leche que tenías guardada, hijo… —murmuró impresionada, casi admirada.
Se quedaron un rato largo en silencio, solo respirando fuerte.

El calor de la noche rosarina seguía oprimiendo todo. María extendió la mano y le acarició despacio la rodilla, subiendo un poco por el muslo húmedo de sudor y semen.

—¿Estás bien? —preguntó más suave, con esa voz de mamá que siempre tuvo, pero ahora mezclada con algo nuevo y peligroso.

Lucas asintió, todavía jadeando, mirando el techo con la mirada perdida.

—Sí… pero… ¿qué carajo fue eso, mamá? ¿Qué vamos a hacer ahora?

María se subió lentamente los tirantes del camisón, cubriendo sus tetas pesadas.
Se levantó. Antes de abrir la puerta, se dio vuelta y lo miró fijo desde arriba.

—Nada… por ahora. Pero la próxima vez que te escuche pajearte pensando en mí, no me voy a quedar mirando desde la puerta. Voy a entrar directo.

Y si querés que entre… dejá la puerta abierta, m’hijo.
Le guiñó un ojo, con una mezcla de picardía, culpa y deseo que le brillaba en la mirada, y salió cerrando despacio.

Lucas se quedó tirado en la cama, el torso y la panza cubiertos de su propia leche espesa, el corazón latiéndole en la garganta y la pija todavía medio dura descansando sobre su muslo.

Afuera, la noche de Rosario seguía pesada, húmeda y calurosa, con los grillos cantando y algún perro ladrando a lo lejos. Como si nada hubiera pasado.

Como si todo acabara de empezar.

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