Cuando llega unfin de semana largo, lo único que queremos es viajar a algún lugar cálido ysoleado, preferiblemente en buena compañía. Hace unos meses, mi grupo de amigosplaneó un fin de semana largo en una casa de playa, que alquilamos conantelación y cuyo costo dividimos entre todos.
Logramos reunira unas 12 personas, pero no todos viajaban al mismo tiempo, así que un pequeñogrupo se adelantó y esperó al resto, que se esperaba que llegara al díasiguiente.
Para mi inmensaalegría, una de las chicas que fue el primer día fue Gloria. Y su nombre levenía como anillo al dedo. Era la novia de uno de los chicos del grupo, pero noéramos precisamente amigos; nos veíamos de vez en cuando en fiestas, lo que nosconvertía más en conocidos que en amigos. Aunque eso no importaba mucho, porqueGloria era tan linda que no habría podido resistirme a desearla aunque fuera lanovia de mi mejor amigo.
Temprano por lamañana, fuimos a la playa, que estaba a dos cuadras, y allí pude apreciar lomagnífica que era. Los otros chicos del grupo también miraban, pero estabanacompañados y fingieron no darse cuenta. Yo, en cambio, estaba solo y tenía máslibertad para observar sin cuidados. Creo que su novio debía de estaracostumbrado a que otros chicos miraran, porque no parecía molestarle enabsoluto.

Durante todo eldía, siempre encontraba la manera de estar cerca de ella, intentando no serdemasiado obvio, pero no siempre era posible. Por suerte, los demás estaban másinteresados en beber y meterse al agua, así que logré entablar conversación yhacerme amigo de ella con más facilidad. Casi nunca se metía al agua; preferíatumbarse en la arena a tomar el sol. Hablaba de todo tipo de cosas, cualquiercosa que me diera una buena excusa para sentarme a su lado. Hubo un momento enque la devoré con la mirada, aprovechando que tenía la cara cubierta con lasmanos, protegiéndose del sol. La miré de arriba abajo, una y otra vez, de unlado a otro, absorbiendo cada detalle, cada curva, saboreando esa visión delparaíso que tenía justo delante. Creo que me distraje y no me di cuenta de queme había estado mirando un buen rato a través de los huecos entre sus dedos. Seme heló la sangre al darme cuenta de que me había atrapado con las manos en lamasa, pero entonces me dijo con una leve sonrisa: "¿Todo bien?".

Esa frase suyafue prácticamente una invitación a mi lujuria, una licencia para acercarme aúnmás. A toda mujer le gusta ser admirada, y a una mujer tan hermosa como ella legustaba aún más. Al llegar a casa, todos enseguida encontraron la manera depasar el rato, siempre bebiendo, por supuesto. Pero como seguíamos siendo ungrupo pequeño, una partida de cartas bastó para entretener a todos a la vez. Yono jugué, claro. Preferí quedarme cerca con mi cámara, tomando fotos de todos,y siempre que podía, buscaba la manera de encuadrarla discretamente, sobre todocuando se inclinaba por algún motivo. Descubrí que si era hermosísima enbikini, y se volvía aún más tentadora con un pareo. Era extraño cómo, en unambiente donde todos llevaban traje de baño, se volvía aún más atractiva por irun poco más vestida. Cada vez que se inclinaba, mi pulso se aceleraba. Y amenudo se aceleraba porque se daba cuenta de que la estaba fotografiando, asíque se colocaba en mi campo de visión y se detenía en sus poses aparentementedespreocupadas.

Por la tarde,después del almuerzo, todos sentían pereza, y con la heladera llena de cervezafría y el calor haciendo mella, algunos se tumbaron en el primer sitio cómodoque encontraron y echaron una siesta. Ella también, por supuesto. Me mantuvealerta, dando vueltas por la casa, buscando algo que hacer, hasta asegurarme deque todos estuvieran a una distancia prudencial, e incluso los que estaban despiertosno tenían más preocupaciones que disfrutar del calor y el buen tiempo con unabebida fría y charlando.
Se veíaincreíblemente sexy, tumbada en el sofá del salón, con unos pantalones cortosque parecían haber sido hechos especialmente para volver loco a cualquiera.
Con la piernadoblada, su hermoso culo resaltaba aún más. En esa situación, lo único que pudehacer fue tomar mi teléfono para abrir la aplicación de algún juego y sentarmeen algún lugar desde donde pudiera disfrutar de la vista sin levantarsospechas. Así que pasé unos cuarenta minutos pulsando botones sin mirar realmentemi teléfono.
Estaba tancerca de ella que podía oír hasta el más mínimo ronquido.
Con cada levemovimiento que hacía, me retorcía y tragaba saliva con dificultad. Di unrespingo cuando la señora Etelvina, la madre de uno de nuestros amigos, quetampoco estaba durmiendo, me dio un golpecito en el hombro: “¡Bueno, te parecesmuchísimo a mi sobrino! Cuando tiene uno de esos juegos, ¡se olvida del mundo!”.

A la mañanasiguiente, me desperté temprano como siempre. Desayuné y me senté en la galeríatrasera de la casa, desde donde tenía una hermosa vista de un bosque, y repasémentalmente lo que había sucedido el día anterior.
Pronto empecé aoír ruidos dentro de la casa, donde también despertaban los demás. Una de lasprimeras voces que oí fue la de Doña Etelvina, por supuesto. Siempre muyextrovertida y servicial, me recordó que debíamos tener cuidado porque mástarde alguien tendría que recibir a los demás que estaban a punto de llegar,así que me di cuenta de que en unas horas la casa estaría llena de gente y todaesa libertad que tenía con Gloria ya no sería la misma. Mientras pensaba enesto, ella pasó a mi lado, dijo buenos días y extendió una toalla sobre elcésped.
Estaba tomandoel sol justo delante de mí. Justo delante de mí y de nadie más.
Cuando losdemás la llamaron para ir a la playa, ella dijo que le daba pereza y que sequedaría allí. En cuanto se fueron, me preguntó en broma si me molestaba supresencia y que si quería estar a solas, solo tenía que decírselo. Le respondíen broma que me gustaría estar a solas con ella.

Justo antes delmediodía sonó el teléfono. Era el resto del grupo, que había llegado al lugaracordado para que los recogieran, ya que desconocían la dirección. Se acordóque alguien se quedaría en casa para vigilar y que tendrían que dejar espacioen los coches, puesto que compartirían el equipaje. Doña Etelvina se quedaríaen casa por razones obvias, y yo esperé a ver qué opinaba Gloria. Cuando dijoque también prefería quedarse, tomé mi decisión, y así nos quedamos los tres encasa.
Mientras sedisponían a marcharse, Doña Etelvina advirtió: «Será mejor que se apuren,porque el tiempo está cambiando y creo que va a llover pronto, ¿saben?». Semarcharon riendo y diciendo: «¡No diga eso, Doña Etelvina!». Pasó a mi lado ycomentó: «No bromeo, de verdad que pronto va a caer una hermosa tormenta deverano, lo sé». Ella tenía una copa, Gloria otra, y yo estaba allí entre lasdos, esperando una oportunidad. Unos minutos después, de repente, Doña Etelvinase levantó y dijo que iba a casa de una amiga que vivía cerca, a quien habíaconocido en vacaciones anteriores, y así, de pronto, surgió la oportunidad.
“Me iré yamismo, no quiero mojarme” — dijo mientras cerraba la puerta, con el sol aúnbrillando con fuerza. Gloria estaba dentro, duchándose, y mientras veía a DoñaEtelvina desaparecer lentamente, mi corazón se aceleró al pensar en tener almenos unos momentos a solas.
En cuanto laseñora Etelvina desapareció calle abajo, oí el estruendo de un trueno. Teníatoda la razón; se avecinaba la lluvia.

La tormenta que habíapronosticado la señora Etelvina llegó de repente y con gran intensidad. El solsimplemente desapareció y el cielo se oscureció, y mientras pensaba en lasposibilidades y en cómo aprovechar al máximo el tiempo que tendría a solas con Gloria,oí el aterrador sonido de un rayo cayendo cerca. Luego la radio se apagó; sehabía ido la luz. También oí un grito que venía del baño. Era Gloria,quejándose de que la ducha se había enfriado de repente.
Esperé unos instantes para verqué pasaba, y entonces la oí llamar a la señora Etelvina, preguntándole quéhabía ocurrido. Me acerqué a la puerta del baño y le dije: «La señora Etelvinano está; fue a visitar a una amiga que vive cerca. Creo que cayó un rayo cerca,tal vez sobre un transformador, no sé...».
"¿Salió la señora Etelvina?Ella acaba de... ¿estás ahí fuera?” – respondió ella desde adentro del baño.
“Sí, estoy afuera… solo yo”.
La puerta del baño se abrió yella salió envuelta en una toalla, solo cubierta de la cintura para abajo. Sus tetasestaban al descubierto.
Al ver mi silencio y mi miradahipnotizada, comentó con una expresión de fingida decepción:
“¡Qué momento para que se vaya laluz, ¿eh?!”

Respiré hondo eintenté actuar con la mayor naturalidad posible, siguiéndole el juego,fingiendo no estar tan nervioso como un adolescente al ver a una mujer desnudapor primera vez. Todavía estaba mojada, su piel brillaba, las marcas delbronceado del bikini eran visibles. Se acercó a la ventana, se quitó la toallaque cubría sus tetas y, al retirarla más de lo necesario, dejó al descubiertosu culo, regalándome la vista más hermosa y voluptuosa de sus nalgas. Jamás había visto nada igual.
Sonó elteléfono y ella contestó. Eran las personas que habían salido, quienes leavisaron que estaban atrapadas por la tormenta y que no se arriesgarían a tomarel camino de tierra, por lo que se retrasarían. Regresarían en cuanto dejara dellover.
Sin darse lavuelta y aún de espaldas a mí, comentó:
“¡Ay, Dios mío!Creo que esta tormenta va a ser de las largas”.
“Sí, creo quesí”.
“Sinelectricidad, sin gente con quien charlar, sin la señora Etelvina... creo quetendremos que encontrar algo para pasar el tiempo”.
“Sí... tenésrazón...”
"Bueno, nome gusta jugar a las cartas, ni los juegos de mesa".
“A mí tampoco”.
“Entonces, ¿quésugerís?”
“Vamos a lacama”.
Esperó un rato,como si estuviera considerando mi descarada sugerencia y luego respondió.
“Tal vez.Mientras dure la lluvia”.

Ella tiró latoalla a un lado y yo di un paso al frente. Para cuando caímos sobre elcolchón, ya estábamos pegados el uno al otro.
Besé su bocacon voracidad, deseando devorarla mientras me frotaba contra su cuerpo aúnhúmedo, con olor a jabón. La lluvia se intensificó y pude oír la fuertecorriente precipitándose por la calle, arrastrando cosas. Me pegué a ella,extendiéndome sobre su piel, mientras ella abría las piernas y me devolvía losbesos con igual, o incluso mayor, deseo que el mío. Atrapada bajo mi cuerpo,aún encontraba espacio para moverse, retorciéndose lentamente, aumentando elárea de contacto, provocándome escalofríos. La cabeza de mi verga se movía deun lado a otro, buscando la entrada y recibiendo el tacto húmedo de su suave concha,pero cada vez que estaba a punto de penetrarla, ella se apartaba suavemente,volviéndome loco.

«Me gustaexperimentar primero con la boca», dijo. Me pidió que me quedara quieto, bocaarriba, y comenzó a deslizar su lengua por mi pecho y estómago hasta llegar amis testículos y los tomó en su boca sin ninguna ceremonia. Sentí su vellohúmedo sobre mi estómago, las puntas frías contrastando con su lengua cálida.Los metió a ambos en su boca a la vez y siguió succionando sin sacarlos,exhalando su aliento cálido por sus fosas nasales abiertas, recuperando elaliento. Para mí, solo eso habría sido suficiente para agradecerle a Dios porel resto de mi vida, pero la tormenta no mostraba signos de amainar, y ellaparecía completamente a gusto en esa situación. Succionó con deleite,moviéndose desde mis testículos hasta mi glande, bajando por mi verga, ycomenzando una y otra vez.

Después detorturarme con su boca durante largos, aunque breves, minutos, me dio un besorápido y seco en los testículos, como si se despidiera de una querida amiga, yse subió encima mío. Primero, se sentó sobre mi estómago y comenzó a deslizarse.
Unas manos suavesse posaron sobre mi pecho hasta que encontraron un punto de apoyo.
Sentí lahumedad de su concha manchando mi vientre mientras se abría y se frotaba contramí. Luego, empezó a deslizarse hacia abajo, inclinándose cada vez más hasta quese sentó sobre mi verga y lo mantuvo atrapada debajo de ella, como quien domaun caballo salvaje, sin darle ninguna oportunidad de escapar.
Sin usar lasmanos, comenzó a posicionarse, sus labios vaginales buscando envolver la cabezahinchada de mi verga, primero por un lado, luego por el otro, rodeándola,guiándola, anclándola, hasta que todo encajó y empujó su cuerpo hacia atrás enuna penetración inversa. Clavé mis dientes, ella sonrió y puso los ojos enblanco. Gemimos casi simultáneamente.
La agarré porla cintura con ambas manos y las deslicé suavemente hacia su magnífico culo, ycuando estuve justo donde quería estar, comencé a cogerla con fuerza.

Se quedó encimade mí durante bastante tiempo más y solo se bajó después de tener un orgasmointenso con un gemido fuerte y estremecedor.
"Notenemos mucho tiempo, así que necesitaba asegurarme de estar preparada",dijo. “Ahora vos también podés disfrutar de tu parte”, agregó mientras setumbaba boca arriba y me abría laspiernas.
No perdí eltiempo, me subí a su cuerpo y la penetré deliciosamente.
Bajé la miraday vi mi verga desapareciendo en esa vagina espectacularmente definida, marcadapor la línea del bronceado de su bikini y completamente cubierta con su orgasmo.

Con la cómodacerteza de que ella ya había tenido un orgasmo, y por lo tanto con mi libertadde tenerlo en cualquier momento, comencé a aprovechar al máximo todo lo quepodía.
Varias vecessentí que me acercaba al orgasmo e hice todo lo posible por controlarme,pidiéndole que parara un rato y luego retomando el ritmo.
Sentía mistestículos duros e hinchados, suplicando alivio, pero aquella era unaoportunidad única para prolongarla lo máximo posible, porque nunca se sabe sihabrá otra. En realidad, me dejaba llevar por el sonido de la lluvia, porquesabía que mientras durara, tendría tiempo.
Cuando oí queel ruido en el tejado disminuía ligeramente de intensidad, supe que se acercabael momento, pero lo mejor de todo es que Gloria hacía todo lo que le pedía congestos, como si comprendiera perfectamente la situación, como si supieraexactamente lo que pasaba por mi cabeza. Desde delante, desde atrás, desdeabajo, desde arriba. Dondequiera que la colocara, allí iba.

Escuchamos cómoel sonido de la lluvia amainaba de repente, como una típica tormenta de verano.Luego, el sonido de los coches que pasaban por la calle, y después las luces dela casa que se encendían, excepto la del dormitorio donde estábamos, porque nola habíamos encendido al entrar. También oímos la música de la radio quehabíamos olvidado enchufada, una señal inequívoca de que la vida afuera habíavuelto a la normalidad. Pero dentro de la habitación, saboreé los últimossegundos de aquel momento mágico. Ella intensificó sus movimientos y yo clavémis dedos en sus muslos, tirando con fuerza, sacudiéndola. Empecé a gemir envoz alta, se me erizó el vello de todo el cuerpo, el sonido de nuestra pielsudorosa chocando y crujiendo. El clímax se acercaba.
No quería.
Pero estaba porllegar.

Retirérápidamente mi verga, ella estaba esperando ese movimiento, pues no opuso resistenciaen ese momento y se inclinó ligeramente hacia adelante. Escuchamos el sonido dela puerta abriéndose justo cuando eyaculé.
En fuertes ydispersos chorros, que se elevaban en el aire y caían sobre sus nalgas,trazando rastros blancos sobre su piel bronceada. Ella giró un poco más sucuerpo y yo presioné mi verga justo entre sus nalgas, liberando los últimoschorros de semen.
En ese momento,miró por encima del hombro y dijo sonriendo: “La lluvia terminó”.
“Lamentablemente,terminó”, respondí.
Después de eso,todo fue muy rápido. Nos vestimos y salimos a la sala justo a tiempo para ver ala señora Etelvina entrar en la casa y secarse los pies en el felpudo,comentando sobre el pronóstico de lluvia y preguntando si todo estaba bien.
Gloria y yoestábamos sudando, con el pelo hecho un desastre, parecíamos haber terminadouna maratón; hasta la persona más ingenua del mundo habría sospechado, así queimagínense a alguien tan experimentada y mundana como la señora Etelvina.Estábamos preocupados, pero ella sonrió y nos guiñó un ojo.
“Como ya dije, ibaa llover mucho, ¿verdad? Sé algunas cosas” – dijo, y partió hacia la cocina a preparar café para cuando llegarael resto del grupo.
Logramos reunira unas 12 personas, pero no todos viajaban al mismo tiempo, así que un pequeñogrupo se adelantó y esperó al resto, que se esperaba que llegara al díasiguiente.
Para mi inmensaalegría, una de las chicas que fue el primer día fue Gloria. Y su nombre levenía como anillo al dedo. Era la novia de uno de los chicos del grupo, pero noéramos precisamente amigos; nos veíamos de vez en cuando en fiestas, lo que nosconvertía más en conocidos que en amigos. Aunque eso no importaba mucho, porqueGloria era tan linda que no habría podido resistirme a desearla aunque fuera lanovia de mi mejor amigo.
Temprano por lamañana, fuimos a la playa, que estaba a dos cuadras, y allí pude apreciar lomagnífica que era. Los otros chicos del grupo también miraban, pero estabanacompañados y fingieron no darse cuenta. Yo, en cambio, estaba solo y tenía máslibertad para observar sin cuidados. Creo que su novio debía de estaracostumbrado a que otros chicos miraran, porque no parecía molestarle enabsoluto.

Durante todo eldía, siempre encontraba la manera de estar cerca de ella, intentando no serdemasiado obvio, pero no siempre era posible. Por suerte, los demás estaban másinteresados en beber y meterse al agua, así que logré entablar conversación yhacerme amigo de ella con más facilidad. Casi nunca se metía al agua; preferíatumbarse en la arena a tomar el sol. Hablaba de todo tipo de cosas, cualquiercosa que me diera una buena excusa para sentarme a su lado. Hubo un momento enque la devoré con la mirada, aprovechando que tenía la cara cubierta con lasmanos, protegiéndose del sol. La miré de arriba abajo, una y otra vez, de unlado a otro, absorbiendo cada detalle, cada curva, saboreando esa visión delparaíso que tenía justo delante. Creo que me distraje y no me di cuenta de queme había estado mirando un buen rato a través de los huecos entre sus dedos. Seme heló la sangre al darme cuenta de que me había atrapado con las manos en lamasa, pero entonces me dijo con una leve sonrisa: "¿Todo bien?".

Esa frase suyafue prácticamente una invitación a mi lujuria, una licencia para acercarme aúnmás. A toda mujer le gusta ser admirada, y a una mujer tan hermosa como ella legustaba aún más. Al llegar a casa, todos enseguida encontraron la manera depasar el rato, siempre bebiendo, por supuesto. Pero como seguíamos siendo ungrupo pequeño, una partida de cartas bastó para entretener a todos a la vez. Yono jugué, claro. Preferí quedarme cerca con mi cámara, tomando fotos de todos,y siempre que podía, buscaba la manera de encuadrarla discretamente, sobre todocuando se inclinaba por algún motivo. Descubrí que si era hermosísima enbikini, y se volvía aún más tentadora con un pareo. Era extraño cómo, en unambiente donde todos llevaban traje de baño, se volvía aún más atractiva por irun poco más vestida. Cada vez que se inclinaba, mi pulso se aceleraba. Y amenudo se aceleraba porque se daba cuenta de que la estaba fotografiando, asíque se colocaba en mi campo de visión y se detenía en sus poses aparentementedespreocupadas.

Por la tarde,después del almuerzo, todos sentían pereza, y con la heladera llena de cervezafría y el calor haciendo mella, algunos se tumbaron en el primer sitio cómodoque encontraron y echaron una siesta. Ella también, por supuesto. Me mantuvealerta, dando vueltas por la casa, buscando algo que hacer, hasta asegurarme deque todos estuvieran a una distancia prudencial, e incluso los que estaban despiertosno tenían más preocupaciones que disfrutar del calor y el buen tiempo con unabebida fría y charlando.
Se veíaincreíblemente sexy, tumbada en el sofá del salón, con unos pantalones cortosque parecían haber sido hechos especialmente para volver loco a cualquiera.
Con la piernadoblada, su hermoso culo resaltaba aún más. En esa situación, lo único que pudehacer fue tomar mi teléfono para abrir la aplicación de algún juego y sentarmeen algún lugar desde donde pudiera disfrutar de la vista sin levantarsospechas. Así que pasé unos cuarenta minutos pulsando botones sin mirar realmentemi teléfono.
Estaba tancerca de ella que podía oír hasta el más mínimo ronquido.
Con cada levemovimiento que hacía, me retorcía y tragaba saliva con dificultad. Di unrespingo cuando la señora Etelvina, la madre de uno de nuestros amigos, quetampoco estaba durmiendo, me dio un golpecito en el hombro: “¡Bueno, te parecesmuchísimo a mi sobrino! Cuando tiene uno de esos juegos, ¡se olvida del mundo!”.

A la mañanasiguiente, me desperté temprano como siempre. Desayuné y me senté en la galeríatrasera de la casa, desde donde tenía una hermosa vista de un bosque, y repasémentalmente lo que había sucedido el día anterior.
Pronto empecé aoír ruidos dentro de la casa, donde también despertaban los demás. Una de lasprimeras voces que oí fue la de Doña Etelvina, por supuesto. Siempre muyextrovertida y servicial, me recordó que debíamos tener cuidado porque mástarde alguien tendría que recibir a los demás que estaban a punto de llegar,así que me di cuenta de que en unas horas la casa estaría llena de gente y todaesa libertad que tenía con Gloria ya no sería la misma. Mientras pensaba enesto, ella pasó a mi lado, dijo buenos días y extendió una toalla sobre elcésped.
Estaba tomandoel sol justo delante de mí. Justo delante de mí y de nadie más.
Cuando losdemás la llamaron para ir a la playa, ella dijo que le daba pereza y que sequedaría allí. En cuanto se fueron, me preguntó en broma si me molestaba supresencia y que si quería estar a solas, solo tenía que decírselo. Le respondíen broma que me gustaría estar a solas con ella.

Justo antes delmediodía sonó el teléfono. Era el resto del grupo, que había llegado al lugaracordado para que los recogieran, ya que desconocían la dirección. Se acordóque alguien se quedaría en casa para vigilar y que tendrían que dejar espacioen los coches, puesto que compartirían el equipaje. Doña Etelvina se quedaríaen casa por razones obvias, y yo esperé a ver qué opinaba Gloria. Cuando dijoque también prefería quedarse, tomé mi decisión, y así nos quedamos los tres encasa.
Mientras sedisponían a marcharse, Doña Etelvina advirtió: «Será mejor que se apuren,porque el tiempo está cambiando y creo que va a llover pronto, ¿saben?». Semarcharon riendo y diciendo: «¡No diga eso, Doña Etelvina!». Pasó a mi lado ycomentó: «No bromeo, de verdad que pronto va a caer una hermosa tormenta deverano, lo sé». Ella tenía una copa, Gloria otra, y yo estaba allí entre lasdos, esperando una oportunidad. Unos minutos después, de repente, Doña Etelvinase levantó y dijo que iba a casa de una amiga que vivía cerca, a quien habíaconocido en vacaciones anteriores, y así, de pronto, surgió la oportunidad.
“Me iré yamismo, no quiero mojarme” — dijo mientras cerraba la puerta, con el sol aúnbrillando con fuerza. Gloria estaba dentro, duchándose, y mientras veía a DoñaEtelvina desaparecer lentamente, mi corazón se aceleró al pensar en tener almenos unos momentos a solas.
En cuanto laseñora Etelvina desapareció calle abajo, oí el estruendo de un trueno. Teníatoda la razón; se avecinaba la lluvia.

La tormenta que habíapronosticado la señora Etelvina llegó de repente y con gran intensidad. El solsimplemente desapareció y el cielo se oscureció, y mientras pensaba en lasposibilidades y en cómo aprovechar al máximo el tiempo que tendría a solas con Gloria,oí el aterrador sonido de un rayo cayendo cerca. Luego la radio se apagó; sehabía ido la luz. También oí un grito que venía del baño. Era Gloria,quejándose de que la ducha se había enfriado de repente.
Esperé unos instantes para verqué pasaba, y entonces la oí llamar a la señora Etelvina, preguntándole quéhabía ocurrido. Me acerqué a la puerta del baño y le dije: «La señora Etelvinano está; fue a visitar a una amiga que vive cerca. Creo que cayó un rayo cerca,tal vez sobre un transformador, no sé...».
"¿Salió la señora Etelvina?Ella acaba de... ¿estás ahí fuera?” – respondió ella desde adentro del baño.
“Sí, estoy afuera… solo yo”.
La puerta del baño se abrió yella salió envuelta en una toalla, solo cubierta de la cintura para abajo. Sus tetasestaban al descubierto.
Al ver mi silencio y mi miradahipnotizada, comentó con una expresión de fingida decepción:
“¡Qué momento para que se vaya laluz, ¿eh?!”

Respiré hondo eintenté actuar con la mayor naturalidad posible, siguiéndole el juego,fingiendo no estar tan nervioso como un adolescente al ver a una mujer desnudapor primera vez. Todavía estaba mojada, su piel brillaba, las marcas delbronceado del bikini eran visibles. Se acercó a la ventana, se quitó la toallaque cubría sus tetas y, al retirarla más de lo necesario, dejó al descubiertosu culo, regalándome la vista más hermosa y voluptuosa de sus nalgas. Jamás había visto nada igual.
Sonó elteléfono y ella contestó. Eran las personas que habían salido, quienes leavisaron que estaban atrapadas por la tormenta y que no se arriesgarían a tomarel camino de tierra, por lo que se retrasarían. Regresarían en cuanto dejara dellover.
Sin darse lavuelta y aún de espaldas a mí, comentó:
“¡Ay, Dios mío!Creo que esta tormenta va a ser de las largas”.
“Sí, creo quesí”.
“Sinelectricidad, sin gente con quien charlar, sin la señora Etelvina... creo quetendremos que encontrar algo para pasar el tiempo”.
“Sí... tenésrazón...”
"Bueno, nome gusta jugar a las cartas, ni los juegos de mesa".
“A mí tampoco”.
“Entonces, ¿quésugerís?”
“Vamos a lacama”.
Esperó un rato,como si estuviera considerando mi descarada sugerencia y luego respondió.
“Tal vez.Mientras dure la lluvia”.

Ella tiró latoalla a un lado y yo di un paso al frente. Para cuando caímos sobre elcolchón, ya estábamos pegados el uno al otro.
Besé su bocacon voracidad, deseando devorarla mientras me frotaba contra su cuerpo aúnhúmedo, con olor a jabón. La lluvia se intensificó y pude oír la fuertecorriente precipitándose por la calle, arrastrando cosas. Me pegué a ella,extendiéndome sobre su piel, mientras ella abría las piernas y me devolvía losbesos con igual, o incluso mayor, deseo que el mío. Atrapada bajo mi cuerpo,aún encontraba espacio para moverse, retorciéndose lentamente, aumentando elárea de contacto, provocándome escalofríos. La cabeza de mi verga se movía deun lado a otro, buscando la entrada y recibiendo el tacto húmedo de su suave concha,pero cada vez que estaba a punto de penetrarla, ella se apartaba suavemente,volviéndome loco.

«Me gustaexperimentar primero con la boca», dijo. Me pidió que me quedara quieto, bocaarriba, y comenzó a deslizar su lengua por mi pecho y estómago hasta llegar amis testículos y los tomó en su boca sin ninguna ceremonia. Sentí su vellohúmedo sobre mi estómago, las puntas frías contrastando con su lengua cálida.Los metió a ambos en su boca a la vez y siguió succionando sin sacarlos,exhalando su aliento cálido por sus fosas nasales abiertas, recuperando elaliento. Para mí, solo eso habría sido suficiente para agradecerle a Dios porel resto de mi vida, pero la tormenta no mostraba signos de amainar, y ellaparecía completamente a gusto en esa situación. Succionó con deleite,moviéndose desde mis testículos hasta mi glande, bajando por mi verga, ycomenzando una y otra vez.

Después detorturarme con su boca durante largos, aunque breves, minutos, me dio un besorápido y seco en los testículos, como si se despidiera de una querida amiga, yse subió encima mío. Primero, se sentó sobre mi estómago y comenzó a deslizarse.
Unas manos suavesse posaron sobre mi pecho hasta que encontraron un punto de apoyo.
Sentí lahumedad de su concha manchando mi vientre mientras se abría y se frotaba contramí. Luego, empezó a deslizarse hacia abajo, inclinándose cada vez más hasta quese sentó sobre mi verga y lo mantuvo atrapada debajo de ella, como quien domaun caballo salvaje, sin darle ninguna oportunidad de escapar.
Sin usar lasmanos, comenzó a posicionarse, sus labios vaginales buscando envolver la cabezahinchada de mi verga, primero por un lado, luego por el otro, rodeándola,guiándola, anclándola, hasta que todo encajó y empujó su cuerpo hacia atrás enuna penetración inversa. Clavé mis dientes, ella sonrió y puso los ojos enblanco. Gemimos casi simultáneamente.
La agarré porla cintura con ambas manos y las deslicé suavemente hacia su magnífico culo, ycuando estuve justo donde quería estar, comencé a cogerla con fuerza.

Se quedó encimade mí durante bastante tiempo más y solo se bajó después de tener un orgasmointenso con un gemido fuerte y estremecedor.
"Notenemos mucho tiempo, así que necesitaba asegurarme de estar preparada",dijo. “Ahora vos también podés disfrutar de tu parte”, agregó mientras setumbaba boca arriba y me abría laspiernas.
No perdí eltiempo, me subí a su cuerpo y la penetré deliciosamente.
Bajé la miraday vi mi verga desapareciendo en esa vagina espectacularmente definida, marcadapor la línea del bronceado de su bikini y completamente cubierta con su orgasmo.

Con la cómodacerteza de que ella ya había tenido un orgasmo, y por lo tanto con mi libertadde tenerlo en cualquier momento, comencé a aprovechar al máximo todo lo quepodía.
Varias vecessentí que me acercaba al orgasmo e hice todo lo posible por controlarme,pidiéndole que parara un rato y luego retomando el ritmo.
Sentía mistestículos duros e hinchados, suplicando alivio, pero aquella era unaoportunidad única para prolongarla lo máximo posible, porque nunca se sabe sihabrá otra. En realidad, me dejaba llevar por el sonido de la lluvia, porquesabía que mientras durara, tendría tiempo.
Cuando oí queel ruido en el tejado disminuía ligeramente de intensidad, supe que se acercabael momento, pero lo mejor de todo es que Gloria hacía todo lo que le pedía congestos, como si comprendiera perfectamente la situación, como si supieraexactamente lo que pasaba por mi cabeza. Desde delante, desde atrás, desdeabajo, desde arriba. Dondequiera que la colocara, allí iba.

Escuchamos cómoel sonido de la lluvia amainaba de repente, como una típica tormenta de verano.Luego, el sonido de los coches que pasaban por la calle, y después las luces dela casa que se encendían, excepto la del dormitorio donde estábamos, porque nola habíamos encendido al entrar. También oímos la música de la radio quehabíamos olvidado enchufada, una señal inequívoca de que la vida afuera habíavuelto a la normalidad. Pero dentro de la habitación, saboreé los últimossegundos de aquel momento mágico. Ella intensificó sus movimientos y yo clavémis dedos en sus muslos, tirando con fuerza, sacudiéndola. Empecé a gemir envoz alta, se me erizó el vello de todo el cuerpo, el sonido de nuestra pielsudorosa chocando y crujiendo. El clímax se acercaba.
No quería.
Pero estaba porllegar.

Retirérápidamente mi verga, ella estaba esperando ese movimiento, pues no opuso resistenciaen ese momento y se inclinó ligeramente hacia adelante. Escuchamos el sonido dela puerta abriéndose justo cuando eyaculé.
En fuertes ydispersos chorros, que se elevaban en el aire y caían sobre sus nalgas,trazando rastros blancos sobre su piel bronceada. Ella giró un poco más sucuerpo y yo presioné mi verga justo entre sus nalgas, liberando los últimoschorros de semen.
En ese momento,miró por encima del hombro y dijo sonriendo: “La lluvia terminó”.
“Lamentablemente,terminó”, respondí.
Después de eso,todo fue muy rápido. Nos vestimos y salimos a la sala justo a tiempo para ver ala señora Etelvina entrar en la casa y secarse los pies en el felpudo,comentando sobre el pronóstico de lluvia y preguntando si todo estaba bien.
Gloria y yoestábamos sudando, con el pelo hecho un desastre, parecíamos haber terminadouna maratón; hasta la persona más ingenua del mundo habría sospechado, así queimagínense a alguien tan experimentada y mundana como la señora Etelvina.Estábamos preocupados, pero ella sonrió y nos guiñó un ojo.
“Como ya dije, ibaa llover mucho, ¿verdad? Sé algunas cosas” – dijo, y partió hacia la cocina a preparar café para cuando llegarael resto del grupo.
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