Eduardo seguía con la cara hundida entre las nalgas de Juana, lamiendo con devoción el ano de su hija menor. Su lengua entraba y salía, recogiendo los últimos restos de caca que habían quedado después de la larga penetración de Miranda. El sabor era fuerte, amargo y terroso, pero él no se detenía. Chupaba, lamía y tragaba todo, limpiando el culito de Juana hasta dejarlo lo más rosado y limpio posible.
Juana gemía bajito, todavía sensible, sintiendo la lengua caliente de su padre moviéndose dentro de su ano.
Miranda, mientras seguía follándole el culo a Carla con embestidas profundas y constantes, miró hacia ellos y sonrió con morbo.
—Creo que ya está suficientemente limpio, mariquita. Terminá de una vez.
Eduardo sacó la lengua del ano de Juana y levantó la cara. Tenía los labios y la barbilla manchados de restos marrones. Miró a su hija menor con vergüenza y excitación, la voz temblorosa:
—Juana… ya terminé de limpiarte el culito… ¿me das permiso para besarte? Mamá dijo que solo si vos querés…
Juana dudó un momento. Miró la boca sucia de su padre, todavía con restos visibles, y se sonrojó intensamente. Sabía que era asqueroso… pero también sentía una extraña excitación por la humillación y el incesto.
—Está bien, papá… podés besarme —dijo con voz bajita y duditativa.
Eduardo se acercó rápidamente. Juana cerró los ojos y abrió la boca. Padre e hija se dieron un beso profundo y asqueroso. Eduardo metió la lengua llena del sabor del ano de su propia hija dentro de la boca limpia de Juana. Ella sintió inmediatamente el gusto fuerte y terroso de su propia caca mezclada con la saliva de su padre.
El beso fue largo, baboso y sucio. Lenguas enredándose, saliva intercambiada, restos marrones pasando de la boca de Eduardo a la de Juana. Juana gemía bajito dentro del beso, asqueada pero excitada al mismo tiempo. Eduardo besaba con desesperación, como si ese fuera el único contacto sexual que se le permitía con sus hijas.
Miranda, que seguía penetrando analmente a Carla con fuerza, miró la escena y se rio suavemente:
—Miren cómo se besan… padre e hija compartiendo el sabor del culito de Juana…
Mientras tanto, las embestidas de Miranda sobre Carla se volvieron más rápidas y profundas. El consolador entraba y salía del ano de Carla sin piedad.
Carla empezó a temblar. Su respiración se volvió entrecortada y sus gemidos subieron de tono.
— ¡Mami… ahí… me estoy por correr… por el culo…!
Miranda la agarró fuerte de las caderas y la folló con más intensidad, clavándole el consolador hasta el fondo con cada embestida.
—Corréte para mamá, hijita… córrete solo con el culito mientras tu padre besa a tu hermana con la boca sucia…
Carla soltó un grito agudo y tuvo un orgasmo anal intenso. Su ano se contrajo fuertemente alrededor del consolador, su coño soltó jugos claros sin que nadie lo tocara, y todo su cuerpo tembló violentamente. Se corrió largo y fuerte, gimiendo sin control mientras su mamá seguía follándola durante todo el orgasmo.
Cuando finalmente bajó de la ola de placer, Carla quedó jadeando y temblando, con el ano todavía abierto y palpitando alrededor del consolador de su mamá.
Miranda sacó lentamente el dildo del culo de Carla y miró a su familia con orgullo y morbo.
—Qué noche más hermosa estamos teniendo…
Al día siguiente – Mañana
Carla y Juana se despertaron temprano. El sol apenas entraba por las ventanas. Ambas se levantaron con el cuerpo todavía sensible por la noche anterior. Se ducharon rápido y se vistieron con el uniforme escolar: pollerita tableada gris corta que apenas les cubría la mitad del muslo, camisa blanca ajustada con corbatita roja, medias hasta la rodilla y zapatitos negros.
Se miraron en el espejo y se sonrieron con complicidad. Sabían que debajo de esa apariencia de colegialas inocentes escondían una realidad mucho más pervertida.
Bajaron a la cocina. Miranda ya estaba preparando el desayuno. Las dos se acercaron a su mamá y le dieron un piquito suave pero prolongado en los labios.
—Buenos días, mami —dijo Carla con voz dulce.
—Te queremos mucho —agregó Juana, dándole otro besito en los labios.
Miranda sonrió con cariño y morbo, acariciándoles el cabello.
—Mis nenitas hermosas… que tengan un buen día en la escuela. Comportense bien… por fuera.
Luego las chicas fueron a despedirse de sus machos.
Dogoberto todavía dormía profundamente con Camilita abrazada a su cuerpo gordo y apestoso. Juana le dio un beso rápido en la mejilla y salió.
Carla entró al cuarto donde dormía Beto. El viejo estaba despierto, sentado en la cama con solo unos boxers sucios. Al ver a Carla con la pollerita corta, la camisa ajustada y la corbatita, sus ojos se llenaron de lujuria.
Carla se acercó y le dio un beso en los labios.
—Chau, mi macho… me voy a la escuela.
Beto la agarró de la cintura con fuerza y le metió la lengua en la boca por unos segundos, besándola groseramente. Cuando la soltó, tenía una sonrisa perversa.
—Andá nomás, colegiala puta… portate bien.
Pero en su mente ya se estaba formando una idea sucia. Miró la pollerita tableada, las medias y la corbatita, y pensó: “Esta tarde me voy a escabullir hasta la escuela. Quiero sorprender a esta nenita en algún rincón y follármela con el uniforme puesto”.
Carla no sospechaba nada. Salió del cuarto sonrojada y se reunió con Juana en la puerta.
Eduardo, por su parte, se preparaba para ir al trabajo. Apenas podía sentarse del dolor que sentía en el ano después de la follada de Miranda la noche anterior. Cada movimiento le recordaba cómo su esposa lo había usado como una puta mientras sus hijas participaban. Se despidió de Miranda con un beso tímido y salió cojeando levemente hacia el trabajo, con la jaula de castidad todavía puesta.
Miranda se quedó sola en la casa, sonriendo satisfecha. Sabía que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Mientras tanto, en la mente de Beto ya giraba su plan sucio: escabullirse hasta la escuela, encontrar a Carla y sorprenderla en algún lugar apartado para usarla con el uniforme escolar puesto.
Durante el recreo en la escuela
El patio de la escuela estaba lleno de ruido y risas. Carla y Juana, con sus uniformes escolares impecables —polleritas tableadas cortas, camisas blancas con corbatita roja y medias hasta la rodilla— estaban en diferentes grupos.
Juana estaba sentada en un banco con sus amiguitas de siempre. Las cuatro niñas reían y hablaban animadamente de dibujos animados.
— ¡No, el nuevo episodio de "Las Chicas Superpoderosas" estuvo genial! —decía Juana con voz aniñada, riéndose—. Cuando Buttercup le dio una paliza al monstruo…
Sus amigas se reían y comentaban entre ellas. Juana parecía una niña normal e inocente.
De repente, mientras hablaba, Juana levantó la vista y su sonrisa se congeló.
A lo lejos, en una parte alejada del patio, cerca de los contenedores de basura y semioculto detrás de un árbol grande, estaba Beto. El viejo gordo, sucio y desalineado, con su ropa rota y olor a sudor que se podía imaginar incluso desde lejos. La miraba fijamente con una sonrisa lasciva.
Juana se asustó. El corazón le dio un vuelco. Miró rápidamente a sus amigas para ver si alguien se había dado cuenta, pero ellas seguían riendo y hablando de dibujos. Juana sintió pánico. "¿Qué hace Beto acá? ¡Si alguien lo ve…!"
Beto, al notar que Juana lo había visto, no se movió. En cambio, levantó la mano discretamente y le hizo una seña a Carla, que estaba a unos metros hablando con otras compañeras.
Carla sintió la mirada y giró la cabeza. Cuando vio a Beto, su cara palideció. El miedo la invadió inmediatamente. "No… no puede ser… aquí no…"
No quería que nadie descubriera su relación secreta con ese viejo asqueroso. Sabía que si alguien lo veía hablando con ella, todo podía explotar.
Respiró hondo, fingió normalidad y le dijo a sus amigas con voz casual:
—Chicas, voy un segundo al baño. Ya vuelvo.
Sus amigas ni siquiera le prestaron mucha atención y siguieron hablando.
Carla caminó discretamente, tratando de no llamar la atención. Dio un rodeo para que pareciera que iba hacia los baños, pero en realidad se dirigió hacia la zona alejada del patio donde estaba Beto. El corazón le latía con fuerza. Miraba constantemente hacia atrás para asegurarse de que nadie la seguía.
Cuando llegó cerca de los contenedores, Beto la esperaba con una sonrisa grosera y triunfal. Su olor a sudor y pies sucios ya se sentía desde varios metros.
—Mirá qué linda colegiala… —murmuró Beto con voz ronca cuando Carla se acercó—. Me escapé un rato para verte con esa pollerita corta… se te ve el culito cuando caminás.
Carla estaba nerviosa y asustada. Miraba hacia todos lados, temiendo que alguna profesora o compañera los viera.
—Beto… ¿qué hacés acá? —susurró con voz temblorosa—. Si alguien te ve… van a preguntar quién sos… no podés estar en la escuela…
Beto soltó una risita baja y le puso una mano callosa en la cintura, atrayéndola un poco más hacia los contenedores para que quedaran más ocultos.
—Tranquila, nenita… solo vine a ver a mi putita colegiala… esa pollerita me tiene loco. Vení un poquito más atrás… nadie nos va a ver.
Carla tragó saliva, temerosa pero también sintiendo esa mezcla de miedo y excitación prohibida que Beto siempre le provocaba.
Mientras tanto, Juana seguía en el banco con sus amigas, fingiendo que nada pasaba, pero mirando de reojo hacia donde estaba su hermana y Beto, con el corazón acelerado.

Carla llegó hasta donde estaba Beto, casi pegada a los contenedores de basura. Miró nerviosamente hacia todos lados antes de hablar en voz baja pero furiosa:
—Beto… ¿qué carajo hacés acá? ¡Esto es una locura! Estamos en la escuela, hay profes, hay compañeras… ¡Si alguien te ve hablando conmigo van a preguntar quién sos! ¿Querés que todo se descubra?
Beto soltó una risa ronca y grave, mostrando sus dientes amarillos y torcidos. No parecía preocupado en absoluto.
—Jajaja… mirá cómo se queja la nenita… Venís toda arregladita con tu pollerita corta y la corbatita como si fueras una santa… y ahora me retás porque vine a ver a mi putita.
Carla estaba roja de rabia y miedo.
—Esto no es un juego, Beto. Si mi mamá se entera de que viniste hasta la escuela…
No pudo terminar la frase.
Beto se abalanzó sobre ella de repente. La agarró fuerte de la cintura con sus manos callosas y sucias, atrayéndola contra su cuerpo gordo y apestoso. Antes de que Carla pudiera reaccionar, le estampó un beso brutal en la boca.
Carla intentó resistirse. Puso las manos sobre el pecho de Beto y empujó, girando la cara.
— ¡Beto… no… acá no…! —susurró desesperada contra sus labios.
Pero él era mucho más fuerte. La apretó contra la pared de los contenedores y le metió la lengua gruesa y babosa en la boca.
El beso fue asqueroso. La boca de Beto sabía a cigarrillo barato, comida podrida, cerveza rancia y dientes sucios. Su saliva era espesa y tenía un sabor nauseabundo que hubiera hecho vomitar a cualquiera. Pero Carla… Carla no sentía náuseas. Al contrario, aunque su mente gritaba de miedo a ser descubierta, su cuerpo reaccionó con esa excitación prohibida que solo Beto le provocaba.
Poco a poco dejó de resistirse. Sus manos dejaron de empujar y se aferraron a la camisa rota de Beto. Abrió más la boca y empezó a responder el beso, enredando su lengua limpia con la lengua sucia y babosa del viejo.
El beso se volvió cada vez más intenso y morboso. Beto le chupaba los labios, le metía la lengua hasta la garganta y babeaba sobre la boca de la colegiala. Carla gemía bajito dentro del beso, sintiendo cómo el sabor repugnante de Beto le llenaba la boca. Sus rodillas temblaban.
Pasaron varios minutos besándose de forma sucia y desesperada detrás de los contenedores. La pollerita tableada de Carla se levantaba un poco por la forma en que Beto la apretaba contra él.
De repente, sonó la campana que anunciaba el fin del recreo.
Carla se separó bruscamente, jadeando, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Tenía la cara roja y la corbatita un poco torcida.
—Tengo que irme… —susurró nerviosa—. La clase va a empezar… Si no vuelvo ahora, mis amigas van a preguntar.
Beto la miró con cara de enojo y frustración. Su verga ya estaba dura dentro del pantalón sucio.
—Andá nomás… pero no tardes mucho, putita. Vine hasta acá para verte y no pienso irme con las manos vacías. Volvé en cuanto puedas… aunque sea unos minutos. Si no, voy a entrar a buscarte yo mismo.
Carla tragó saliva, todavía con el sabor asqueroso de la boca de Beto en la suya.
—Está bien… voy a volver… pero tenés que esconderte mejor —dijo temerosa.
Se acomodó rápidamente la pollerita y la corbatita, se limpió la boca con el dorso de la mano y salió corriendo discretamente hacia el edificio de clases, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Beto se quedó oculto detrás de los contenedores, con una sonrisa enojada y lujuriosa, esperando que su colegiala volviera.
Carla volvió corriendo a su aula, todavía con el corazón latiéndole fuerte y el sabor asqueroso de la boca de Beto en la lengua. Se sentó en su banco e intentó concentrarse, pero no podía. Tenía la pollerita un poco arrugada y los labios todavía hinchados.
Pasaron unos minutos de clase cuando Carla levantó la mano.
—Profesora… ¿puedo ir al baño? Me duele mucho la panza.
La profesora, una mujer madura de unos 40 años llamada Laura, la miró por encima de sus anteojos. Era una hembra voluptuosa: cabello castaño largo y ondulado, tetas enormes y pesadas que colgaban como ubres maduras dentro de su blusa ajustada. Se notaban claramente los pezones anchos y grandes marcándose contra la tela.
—Andá, Carla, pero no tardes —le dijo con voz cansada pero amable.
Carla asintió y salió del aula lo más rápido que pudo sin correr. Caminó por el pasillo vacío y se dirigió directamente hacia la zona alejada del patio, cerca de los contenedores donde Beto la esperaba.
Cuando llegó, Beto ya estaba impaciente. Apenas la vio, sonrió con esa sonrisa grosera y la agarró del brazo, tirándola detrás de los contenedores para que quedaran ocultos.
—No tengo mucho tiempo… —susurró Carla nerviosa, mirando hacia todos lados—. La profesora me dio permiso solo para ir al baño… si tardo mucho van a sospechar.
Beto soltó una risa baja y se bajó los pantalones sucios de un tirón. Su verga gruesa y corta saltó hacia afuera. Estaba cubierta de una capa espesa de esmegma blanco-amarillento, acumulado por días sin lavarse. El olor fuerte y rancio a queso podrido y sudor viejo golpeó la nariz de Carla inmediatamente.
—Entonces no perdamos tiempo, colegiala puta —gruñó Beto—. Chupá. Limpiame la verga con esa boquita linda que tenés.
Carla miró la verga sucia con una mezcla de asco y excitación. Todavía no se había acostumbrado del todo al sabor fuerte y repugnante del esmegma. Le daba náuseas… pero en el fondo, esa náusea la mojaba.
Se arrodilló rápidamente sobre el piso sucio, levantó la pollerita tableada para no ensuciarla y acercó su cara a la verga de Beto. El olor era intenso. Dudó un segundo, pero abrió la boca y metió la cabeza del pene dentro.
El sabor fue inmediato y fuerte: amargo, salado, ácido, con ese gusto rancio y pastoso del esmegma acumulado. Carla hizo una mueca de asco y tuvo una pequeña arcada, pero no sacó la verga. Empezó a chupar con torpeza al principio, pasando la lengua alrededor de la cabeza, recogiendo el esmegma espeso.
—Así… chupá más profundo, nenita —gruñó Beto, agarrándola de la cabeza con una mano—. Sacame toda esa mugre de la verga… sabés que te gusta aunque te dé asco.
Carla gemía bajito mientras chupaba. Su lengua trabajaba tratando de limpiar la capa blanca-amarillenta. El sabor era horrible, pero cuanto más chupaba, más se le mojaba la bombachita. Sentía vergüenza de excitarse con algo tan sucio, pero no podía evitarlo.
Beto empujaba suavemente su cabeza, follándole la boca con lentitud.
—Qué rica boquita tenés… mirá cómo la colegiala me limpia la verga llena de esmegma… seguí chupando, putita… tragate todo.
Carla chupaba con más ganas, aunque todavía hacía pequeñas arcadas cada vez que tragaba un pedazo grande de esmegma. Su saliva se mezclaba con la mugre y le chorreaba por la barbilla.
De repente escucharon voces lejanas de alumnos. Carla se asustó y sacó la verga un segundo, jadeando.
—Tengo que volver… la clase…
Beto la miró con frustración pero la soltó.
—Andá… pero esto no termina acá. Volvé en el próximo recreo o te voy a buscar yo mismo dentro del colegio.
Carla se levantó rápido, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acomodó la pollerita y la corbatita. Todavía tenía sabor a esmegma en la lengua cuando volvió corriendo hacia su aula.
La profesora Laura la miró cuando entró, pero no dijo nada.
Carla se sentó en su banco, con las mejillas rojas y la bombachita mojada, sabiendo que Beto seguía esperándola afuera.
Carla pasó el resto de la clase extremadamente nerviosa. No podía concentrarse en nada de lo que explicaba la profesora Laura. Tenía la mente en otro lado: el sabor fuerte del esmegma de Beto todavía le impregnaba la lengua, y sabía que él la estaba esperando afuera. Cada vez que se movía en el banco sentía la bombachita mojada pegada a su coño. Sus mejillas estaban permanentemente sonrojadas.
Cuando por fin sonó la campana del segundo recreo, Carla sintió un nudo en el estómago. Sus amiguitas la invitaron a jugar, pero ella inventó una excusa rápida:
—Voy al baño de nuevo… me sigue doliendo la panza. Ya las alcanzo.
Se escabulló discretamente del grupo y caminó rápido hacia la zona alejada del patio, cerca de los contenedores. El corazón le latía con fuerza. Sabía que estaba arriesgando mucho, pero no podía resistirse.
Beto la esperaba impaciente, oculto detrás de los contenedores. Apenas la vio aparecer con su pollerita tableada corta, los ojos se le encendieron de lujuria.
—No perdí el tiempo, putita… —gruñó con voz ronca.
Sin darle tiempo a decir nada, Beto la agarró fuerte de la cintura, la empujó contra la pared de los contenedores y le subió la pollerita tableada hasta la cintura de un tirón. Con la otra mano le bajó la bombachita blanca de colegiala hasta las rodillas, dejando su culito blanco y redondo completamente expuesto.
Carla jadeó asustada:
—Beto… rápido… no tenemos mucho tiempo…
Beto escupió groseramente en su mano, se untó la verga gruesa y sucia, y apoyó la cabeza directamente contra el ano de Carla. Sin preámbulos, empujó con fuerza.
— ¡Aaaahhh…! —gimió Carla cuando sintió cómo la verga del viejo le abría el ano de golpe.
Beto la penetró analmente de una sola embestida profunda, metiéndole más de la mitad de la verga en el culo apretado de la colegiala. Carla tuvo que morderse el labio para no gritar. El ardor era intenso, pero ya conocía esa sensación.
—Qué culo más rico tenés, nenita… —gruñó Beto mientras empezaba a follarla con embestidas brutales y rápidas—. Todo el recreo pensando en cogerte con el uniforme puesto…
La follaba con fuerza contra la pared, una mano agarrándole la cadera y la otra tapándole la boca para que no hiciera mucho ruido. La pollerita tableada se movía con cada embestida, dejando ver cómo la verga gruesa entraba y salía del ano de Carla.
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas de placer y dolor cayéndole por las mejillas. Su bombachita colgaba en sus rodillas mientras era sodomizada por su macho viejo y sucio en pleno recreo de la escuela.
Beto le hablaba al oído con voz ronca y grosera mientras la penetraba sin piedad:
—Tomá toda la verga por el culo, colegiala puta… mientras tus amiguitas juegan a las muñecas, yo te estoy rompiendo el ano… decime que te gusta…
Carla, con la voz ahogada contra la mano de Beto, solo podía gemir y asentir con la cabeza, completamente entregada al placer prohibido.
El tiempo del recreo corría peligrosamente…
Beto follaba el ano de Carla con embestidas brutales y rápidas, aplastándola contra la pared de los contenedores. Su verga gruesa entraba y salía del culo de la colegiala sin piedad, haciendo que la pollerita tableada se moviera violentamente con cada golpe.
—Mirá vos… —gruñó Beto cerca de su oído, con voz ronca y burlona—. Qué diferencia hay entre vos y tus amiguitas, ¿no?
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras sentía cómo le abrían el culo una y otra vez.
Beto continuó humillándola mientras la sodomizaba con más fuerza:
—Mientras tus amiguitas están allá sentadas, riéndose como nenas buenas, hablando de dibujos animados, jugando con muñecas y contándose secretos de princesas… vos estás acá, con la pollerita levantada y la bombachita en las rodillas, dejando que un viejo indigente asqueroso te rompa el culito en el recreo de la escuela.
Empujó más profundo, haciendo que Carla soltara un gemido ahogado.
—Ellas son nenas de verdad… inocentes… sueñan con besitos de príncipes y con ir a fiestas de cumpleaños. Y vos… vos sos una putita disfrazada de colegiala. Una nenita que se deja follar el ano por un viejo sucio y feo como yo. ¿Te imaginás si tus amiguitas te vieran ahora? ¿Si vieran cómo abrís el culito para que te meta toda la verga?
Carla negó con la cabeza, sollozando de placer y vergüenza, pero su ano apretaba la verga de Beto con cada embestida.
Beto se rio bajito y siguió humillándola sin piedad:
—Mientras ellas comen golosinas y saltan la soga, vos estás tragando verga por el culo como una puta barata. Ellas juegan a las casitas… y vos dejás que un indigente te use el orto como si fuera un agujero público. Qué vergüenza, ¿no? Tan linda con tu corbatita y tu pollerita… y tan puta por dentro.
Le dio una palmada fuerte en el culo y aceleró el ritmo, follándola más salvajemente.
—Decime… decime la verdad mientras te follo el culo… ¿te gusta más que tus amiguitas te vean como una nenita buena, o que sepan que en realidad sos una colegiala que se deja sodomizar por un viejo apestoso en el recreo?
Carla, con la voz entrecortada y ahogada por la mano de Beto, logró balbucear entre gemidos:
—Me… me gusta… que me folles el culo… aunque sea asqueroso… aunque seas un indigente…
Beto soltó una risa cruel y le mordió el lóbulo de la oreja mientras seguía penetrándola analmente sin descanso.
—Exacto… porque vos no sos como ellas. Vos naciste para que te rompan el culito en lugares sucios mientras tus amiguitas siguen siendo nenas puras. Qué putita más rica sos, Carla…
La follaba cada vez más fuerte, el sonido húmedo de su verga entrando en el ano de la colegiala se mezclaba con los gemidos ahogados de Carla y las humillaciones constantes de Beto.
El recreo seguía corriendo… y Beto no parecía tener intención de terminar pronto.
Beto seguía follándola analmente con fuerza salvaje, aplastando a Carla contra la pared de los contenedores. Su verga gruesa entraba y salía del ano de la colegiala con embestidas brutales, haciendo que las nalgas de Carla se sacudieran y enrojecieran.
—Jajaja… mirá vos —gruñó Beto cerca de su oído, con la voz cargada de burla y morbo—. Mientras tus amiguitas están allá sentadas como princesitas, hablando de los dibujitos que vieron anoche y peleándose por quién tiene la muñeca más linda… vos estás acá, con la pollerita levantada y el culito abierto, tragando verga de un viejo indigente asqueroso.
Le dio una palmada fuerte en el culo y siguió:
—Ellas todavía creen que los besos son con la boca cerrada y que los chicos de su edad son “lindos”. Y vos… vos ya sabés lo que es tener una verga sucia y llena de esmegma metida hasta el fondo del orto. Mientras ellas sueñan con un príncipe que les regale flores, vos te mojás cuando un viejo feo y apestoso te dice que le limpies la verga con la boca.
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas de placer y vergüenza cayéndole por las mejillas.
Beto continuó con comparaciones cada vez más asquerosas:
—Imaginate a tus amiguitas ahora… sentadas en el banco, comiendo alfajorcitos con las manos limpitas, riéndose porque una se tiró un pedito. Y vos… vos estás acá dejando que un indigente te abra el culo como si fueras un baño público. Ellas todavía se limpian el culito con papel perfumado después de cagar… y vos dejás que yo te lo ensucie con mi verga y después te lo haga limpiar con la lengua a tu propio padre.
Empujó más profundo, clavándole toda la verga hasta el fondo.
—Mientras tus amiguitas sueñan con su primer besito romántico en la mejilla… vos ya sabés lo que es tener la boca llena de esmegma rancio y saliva de un viejo que no se bañó en semanas. Ellas se cambian las bombachitas porque se les mojó un poquito jugando… y vos tenés la bombachita bajada porque te estás dejando sodomizar como una puta barata en el recreo de la escuela.
Beto se rio bajito y cruel, acelerando las embestidas:
—Decime la verdad, nenita… ¿te imaginás si tus amiguitas te vieran ahora? ¿Si vieran a la “buena” de Carla con la pollerita levantada, el culo rojo y una verga de indigente entrando y saliendo de su orto? Ellas seguirían siendo nenas inocentes… y vos ya sos una colegiala pervertida que se corre cuando un viejo sucio le dice guarradas mientras le rompe el culo.
Carla sollozaba de placer, el ano apretando la verga de Beto con cada embestida. Beto siguió humillándola sin piedad:
—Ellas van a llegar a casa y le van a contar a su mamá que jugaron a las muñecas… y vos vas a llegar con el culito lleno de semen de indigente, oliendo a verga sucia y con la boca todavía sabiendo a esmegma. Qué diferencia, ¿no? Tus amiguitas son nenas… y vos sos mi putita colegiala personal.
Beto le mordió el cuello y le susurró con voz ronca:
—Decime… decime mientras te follo el culo… ¿te gusta más ser como tus amiguitas… o te gusta ser la nenita que se deja romper el orto por un viejo asqueroso en el recreo?
Carla, completamente entregada, gimió contra su mano:
—Me… me gusta… ser tu putita… aunque sea asqueroso…
Beto soltó una risa triunfal y siguió follándola con más fuerza, disfrutando cada segundo de la humillación.
De repente, la campana del fin del recreo sonó fuerte por todo el patio.
¡Riiiiiing! ¡Riiiiiing!
Carla se sobresaltó violentamente. El pánico la invadió.
— ¡Beto… la campana! ¡Tengo que volver ya! —susurró desesperada, tratando de separarse.
Pero Beto no la soltó. Al contrario, la agarró más fuerte de las caderas y le dio tres embestidas brutales y profundas, clavándole toda la verga hasta el fondo del ano.
—Todavía no, putita… —gruñó con voz ronca y enojada—. Primero vas a llevarte mi leche.
Con un último gruñido animal, Beto se corrió violentamente dentro del culo de Carla. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su ano, llenándola por completo. Carla sintió el calor espeso disparándose dentro de ella, marcándola por dentro. Beto siguió empujando mientras se vaciaba, asegurándose de que ni una gota se perdiera.
Cuando terminó, sacó la verga lentamente. El ano de Carla quedó abierto, rojo e hinchado, y un hilo grueso de semen blanco empezó a chorrear lentamente de su agujero.
Beto le dio una última palmada fuerte en el culo y le subió la bombachita de un tirón, tapando el desastre. La tela blanca de la bombachita se manchó inmediatamente con semen y restos anales.
—Andá… corre a clase, colegiala puta —le dijo con una sonrisa cruel—. Y caminá normal… no quiero que se te caiga mi semen del culo delante de tus amiguitas.
Carla estaba temblando. Se acomodó la pollerita tableada lo más rápido que pudo, sintiendo cómo el semen caliente de Beto se movía dentro de su ano y empezaba a filtrarse hacia la bombachita. Cada paso que daba sentía el líquido espeso chorreando y mojándole la entrepierna.
—Te odio… —susurró Carla con la voz quebrada, pero sus ojos brillaban de excitación prohibida.
Corrió de vuelta hacia el edificio de clases lo más rápido que pudo sin llamar demasiado la atención. Sentía el culo lleno, caliente y resbaladizo. Cada vez que daba un paso, el semen se movía dentro de ella y un poco más se escapaba hacia la bombachita, dejando una sensación húmeda y pegajosa.
Cuando entró al aula, la profesora Laura la miró con el ceño fruncido.
—Carla, ¿estás bien?.
Carla se sentó rápidamente en su banco, con las mejillas ardiendo y las piernas apretadas.
—Sí, profesora… solo me dolía mucho la panza —mintió, con la voz temblorosa.
Se sentó con mucho cuidado. Inmediatamente sintió cómo el semen de Beto se aplastaba contra la bombachita y empezaba a filtrarse. La tela se humedeció y se pegó a su coño y ano. Cada vez que se movía en el asiento sentía el semen espeso moviéndose dentro de su culo y chorreando lentamente.
Sus amiguitas la miraron extrañadas.
—¿Estás bien, Carla? Estás toda colorada…
Carla forzó una sonrisa nerviosa y apretó las piernas.
—Sí… solo… me duele un poco la panza todavía.
Durante toda la clase siguiente, Carla no pudo concentrarse en nada. Sentía el ano palpitante y lleno del semen de Beto. Cada vez que se movía, un poco más de semen se escapaba y mojaba su bombachita. Podía oler ligeramente el aroma a sexo y a hombre sucio que desprendía su entrepierna.
Sabía que en cualquier momento podía empezar a chorrearle por las piernas si no tenía cuidado.
Y lo peor… en el fondo, esa humillación la tenía completamente mojada.
Carla estaba sentada en su banco, intentando mantener la compostura. La clase de Matemáticas había empezado, pero ella no podía concentrarse en nada de lo que decía la profesora. Su ano palpitaba, todavía abierto y sensible después de la follada salvaje de Beto. Lo peor era que el semen caliente y espeso del viejo seguía moviéndose dentro de ella.
Cada vez que se movía un poco en la silla, sentía cómo un chorro grueso de semen se escapaba de su ano y se filtraba hacia la bombachita. La tela blanca ya estaba empapada y pegajosa. Podía sentir la humedad cálida extendiéndose entre sus nalgas y mojándole también el coño.
Intentaba disimular como podía. Mantenía las piernas bien apretadas, la espalda recta y la mirada fija en el pizarrón, pero su cara estaba roja y tenía la respiración entrecortada.
La profesora Laura preguntó algo. Carla ni siquiera escuchó la pregunta.
—Carla, ¿me estás escuchando? —dijo la profesora con tono serio.
Carla dio un respingo y sintió cómo, con ese movimiento brusco, un chorro más abundante de semen salió de su ano y empapó completamente la bombachita. Ahora la tela estaba totalmente mojada y empezaba a transparentarse ligeramente.
—S-sí, profesora… perdón… me duele un poco la panza todavía —balbuceó, con la voz temblorosa.
Sus amiguitas sentadas cerca la miraron extrañadas.
—¿Estás bien? Estás toda transpirada —le susurró una de ellas.
Carla asintió sin mirarla, apretando aún más las piernas. Sentía cómo el semen de Beto seguía chorreando lentamente. Un hilo caliente ya había bajado por su muslo izquierdo y estaba llegando casi a la media. Intentó secarlo disimuladamente con la mano por debajo de la pollerita, pero solo consiguió esparcir más la humedad.
Cada vez que respiraba profundo, sentía el olor leve pero inconfundible a sexo y semen saliendo de su entrepierna. Tenía terror de que alguien más lo notara.
La profesora siguió explicando en el pizarrón. Carla apretó el culo todo lo que pudo para intentar contener el semen, pero fue peor: el movimiento hizo que otro chorro espeso escapara y mojara aún más la bombachita. Ahora sentía la tela completamente pegada a su coño y ano, fría y pegajosa.
Intentó cruzar las piernas, pero eso solo presionó más el semen contra su piel sensible. Un pequeño gemido se le escapó sin querer. Inmediatamente tosió para disimularlo.
Una de sus amigas se inclinó hacia ella y le susurró:
—Carla, de verdad… estás rara. ¿Querés que te acompañe a la enfermería?
Carla negó rápidamente con la cabeza, muerta de vergüenza.
—No… estoy bien… solo… necesito ir al baño otra vez después de clase.
Por dentro estaba desesperada. Sentía cómo el semen de Beto seguía saliendo lentamente de su ano abierto, empapándole la bombachita y comenzando a bajar por el interior de sus muslos. La pollerita tableada era tan corta que tenía miedo de que, si se levantaba, se viera alguna mancha.
Se quedó sentada, inmóvil, apretando las nalgas y rezando para que la clase terminara pronto. Cada minuto que pasaba era una tortura húmeda y pegajosa. El semen del viejo indigente seguía chorreando de su culo follado, recordándole constantemente lo puta que había sido en el recreo.
Y lo más humillante… a pesar del miedo y la vergüenza, su coño estaba completamente mojado por la excitación.
Juana gemía bajito, todavía sensible, sintiendo la lengua caliente de su padre moviéndose dentro de su ano.
Miranda, mientras seguía follándole el culo a Carla con embestidas profundas y constantes, miró hacia ellos y sonrió con morbo.
—Creo que ya está suficientemente limpio, mariquita. Terminá de una vez.
Eduardo sacó la lengua del ano de Juana y levantó la cara. Tenía los labios y la barbilla manchados de restos marrones. Miró a su hija menor con vergüenza y excitación, la voz temblorosa:
—Juana… ya terminé de limpiarte el culito… ¿me das permiso para besarte? Mamá dijo que solo si vos querés…
Juana dudó un momento. Miró la boca sucia de su padre, todavía con restos visibles, y se sonrojó intensamente. Sabía que era asqueroso… pero también sentía una extraña excitación por la humillación y el incesto.
—Está bien, papá… podés besarme —dijo con voz bajita y duditativa.
Eduardo se acercó rápidamente. Juana cerró los ojos y abrió la boca. Padre e hija se dieron un beso profundo y asqueroso. Eduardo metió la lengua llena del sabor del ano de su propia hija dentro de la boca limpia de Juana. Ella sintió inmediatamente el gusto fuerte y terroso de su propia caca mezclada con la saliva de su padre.
El beso fue largo, baboso y sucio. Lenguas enredándose, saliva intercambiada, restos marrones pasando de la boca de Eduardo a la de Juana. Juana gemía bajito dentro del beso, asqueada pero excitada al mismo tiempo. Eduardo besaba con desesperación, como si ese fuera el único contacto sexual que se le permitía con sus hijas.
Miranda, que seguía penetrando analmente a Carla con fuerza, miró la escena y se rio suavemente:
—Miren cómo se besan… padre e hija compartiendo el sabor del culito de Juana…
Mientras tanto, las embestidas de Miranda sobre Carla se volvieron más rápidas y profundas. El consolador entraba y salía del ano de Carla sin piedad.
Carla empezó a temblar. Su respiración se volvió entrecortada y sus gemidos subieron de tono.
— ¡Mami… ahí… me estoy por correr… por el culo…!
Miranda la agarró fuerte de las caderas y la folló con más intensidad, clavándole el consolador hasta el fondo con cada embestida.
—Corréte para mamá, hijita… córrete solo con el culito mientras tu padre besa a tu hermana con la boca sucia…
Carla soltó un grito agudo y tuvo un orgasmo anal intenso. Su ano se contrajo fuertemente alrededor del consolador, su coño soltó jugos claros sin que nadie lo tocara, y todo su cuerpo tembló violentamente. Se corrió largo y fuerte, gimiendo sin control mientras su mamá seguía follándola durante todo el orgasmo.
Cuando finalmente bajó de la ola de placer, Carla quedó jadeando y temblando, con el ano todavía abierto y palpitando alrededor del consolador de su mamá.
Miranda sacó lentamente el dildo del culo de Carla y miró a su familia con orgullo y morbo.
—Qué noche más hermosa estamos teniendo…
Al día siguiente – Mañana
Carla y Juana se despertaron temprano. El sol apenas entraba por las ventanas. Ambas se levantaron con el cuerpo todavía sensible por la noche anterior. Se ducharon rápido y se vistieron con el uniforme escolar: pollerita tableada gris corta que apenas les cubría la mitad del muslo, camisa blanca ajustada con corbatita roja, medias hasta la rodilla y zapatitos negros.
Se miraron en el espejo y se sonrieron con complicidad. Sabían que debajo de esa apariencia de colegialas inocentes escondían una realidad mucho más pervertida.
Bajaron a la cocina. Miranda ya estaba preparando el desayuno. Las dos se acercaron a su mamá y le dieron un piquito suave pero prolongado en los labios.
—Buenos días, mami —dijo Carla con voz dulce.
—Te queremos mucho —agregó Juana, dándole otro besito en los labios.
Miranda sonrió con cariño y morbo, acariciándoles el cabello.
—Mis nenitas hermosas… que tengan un buen día en la escuela. Comportense bien… por fuera.
Luego las chicas fueron a despedirse de sus machos.
Dogoberto todavía dormía profundamente con Camilita abrazada a su cuerpo gordo y apestoso. Juana le dio un beso rápido en la mejilla y salió.
Carla entró al cuarto donde dormía Beto. El viejo estaba despierto, sentado en la cama con solo unos boxers sucios. Al ver a Carla con la pollerita corta, la camisa ajustada y la corbatita, sus ojos se llenaron de lujuria.
Carla se acercó y le dio un beso en los labios.
—Chau, mi macho… me voy a la escuela.
Beto la agarró de la cintura con fuerza y le metió la lengua en la boca por unos segundos, besándola groseramente. Cuando la soltó, tenía una sonrisa perversa.
—Andá nomás, colegiala puta… portate bien.
Pero en su mente ya se estaba formando una idea sucia. Miró la pollerita tableada, las medias y la corbatita, y pensó: “Esta tarde me voy a escabullir hasta la escuela. Quiero sorprender a esta nenita en algún rincón y follármela con el uniforme puesto”.
Carla no sospechaba nada. Salió del cuarto sonrojada y se reunió con Juana en la puerta.
Eduardo, por su parte, se preparaba para ir al trabajo. Apenas podía sentarse del dolor que sentía en el ano después de la follada de Miranda la noche anterior. Cada movimiento le recordaba cómo su esposa lo había usado como una puta mientras sus hijas participaban. Se despidió de Miranda con un beso tímido y salió cojeando levemente hacia el trabajo, con la jaula de castidad todavía puesta.
Miranda se quedó sola en la casa, sonriendo satisfecha. Sabía que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Mientras tanto, en la mente de Beto ya giraba su plan sucio: escabullirse hasta la escuela, encontrar a Carla y sorprenderla en algún lugar apartado para usarla con el uniforme escolar puesto.
Durante el recreo en la escuela
El patio de la escuela estaba lleno de ruido y risas. Carla y Juana, con sus uniformes escolares impecables —polleritas tableadas cortas, camisas blancas con corbatita roja y medias hasta la rodilla— estaban en diferentes grupos.
Juana estaba sentada en un banco con sus amiguitas de siempre. Las cuatro niñas reían y hablaban animadamente de dibujos animados.
— ¡No, el nuevo episodio de "Las Chicas Superpoderosas" estuvo genial! —decía Juana con voz aniñada, riéndose—. Cuando Buttercup le dio una paliza al monstruo…
Sus amigas se reían y comentaban entre ellas. Juana parecía una niña normal e inocente.
De repente, mientras hablaba, Juana levantó la vista y su sonrisa se congeló.
A lo lejos, en una parte alejada del patio, cerca de los contenedores de basura y semioculto detrás de un árbol grande, estaba Beto. El viejo gordo, sucio y desalineado, con su ropa rota y olor a sudor que se podía imaginar incluso desde lejos. La miraba fijamente con una sonrisa lasciva.
Juana se asustó. El corazón le dio un vuelco. Miró rápidamente a sus amigas para ver si alguien se había dado cuenta, pero ellas seguían riendo y hablando de dibujos. Juana sintió pánico. "¿Qué hace Beto acá? ¡Si alguien lo ve…!"
Beto, al notar que Juana lo había visto, no se movió. En cambio, levantó la mano discretamente y le hizo una seña a Carla, que estaba a unos metros hablando con otras compañeras.
Carla sintió la mirada y giró la cabeza. Cuando vio a Beto, su cara palideció. El miedo la invadió inmediatamente. "No… no puede ser… aquí no…"
No quería que nadie descubriera su relación secreta con ese viejo asqueroso. Sabía que si alguien lo veía hablando con ella, todo podía explotar.
Respiró hondo, fingió normalidad y le dijo a sus amigas con voz casual:
—Chicas, voy un segundo al baño. Ya vuelvo.
Sus amigas ni siquiera le prestaron mucha atención y siguieron hablando.
Carla caminó discretamente, tratando de no llamar la atención. Dio un rodeo para que pareciera que iba hacia los baños, pero en realidad se dirigió hacia la zona alejada del patio donde estaba Beto. El corazón le latía con fuerza. Miraba constantemente hacia atrás para asegurarse de que nadie la seguía.
Cuando llegó cerca de los contenedores, Beto la esperaba con una sonrisa grosera y triunfal. Su olor a sudor y pies sucios ya se sentía desde varios metros.
—Mirá qué linda colegiala… —murmuró Beto con voz ronca cuando Carla se acercó—. Me escapé un rato para verte con esa pollerita corta… se te ve el culito cuando caminás.
Carla estaba nerviosa y asustada. Miraba hacia todos lados, temiendo que alguna profesora o compañera los viera.
—Beto… ¿qué hacés acá? —susurró con voz temblorosa—. Si alguien te ve… van a preguntar quién sos… no podés estar en la escuela…
Beto soltó una risita baja y le puso una mano callosa en la cintura, atrayéndola un poco más hacia los contenedores para que quedaran más ocultos.
—Tranquila, nenita… solo vine a ver a mi putita colegiala… esa pollerita me tiene loco. Vení un poquito más atrás… nadie nos va a ver.
Carla tragó saliva, temerosa pero también sintiendo esa mezcla de miedo y excitación prohibida que Beto siempre le provocaba.
Mientras tanto, Juana seguía en el banco con sus amigas, fingiendo que nada pasaba, pero mirando de reojo hacia donde estaba su hermana y Beto, con el corazón acelerado.

Carla llegó hasta donde estaba Beto, casi pegada a los contenedores de basura. Miró nerviosamente hacia todos lados antes de hablar en voz baja pero furiosa:
—Beto… ¿qué carajo hacés acá? ¡Esto es una locura! Estamos en la escuela, hay profes, hay compañeras… ¡Si alguien te ve hablando conmigo van a preguntar quién sos! ¿Querés que todo se descubra?
Beto soltó una risa ronca y grave, mostrando sus dientes amarillos y torcidos. No parecía preocupado en absoluto.
—Jajaja… mirá cómo se queja la nenita… Venís toda arregladita con tu pollerita corta y la corbatita como si fueras una santa… y ahora me retás porque vine a ver a mi putita.
Carla estaba roja de rabia y miedo.
—Esto no es un juego, Beto. Si mi mamá se entera de que viniste hasta la escuela…
No pudo terminar la frase.
Beto se abalanzó sobre ella de repente. La agarró fuerte de la cintura con sus manos callosas y sucias, atrayéndola contra su cuerpo gordo y apestoso. Antes de que Carla pudiera reaccionar, le estampó un beso brutal en la boca.
Carla intentó resistirse. Puso las manos sobre el pecho de Beto y empujó, girando la cara.
— ¡Beto… no… acá no…! —susurró desesperada contra sus labios.
Pero él era mucho más fuerte. La apretó contra la pared de los contenedores y le metió la lengua gruesa y babosa en la boca.
El beso fue asqueroso. La boca de Beto sabía a cigarrillo barato, comida podrida, cerveza rancia y dientes sucios. Su saliva era espesa y tenía un sabor nauseabundo que hubiera hecho vomitar a cualquiera. Pero Carla… Carla no sentía náuseas. Al contrario, aunque su mente gritaba de miedo a ser descubierta, su cuerpo reaccionó con esa excitación prohibida que solo Beto le provocaba.
Poco a poco dejó de resistirse. Sus manos dejaron de empujar y se aferraron a la camisa rota de Beto. Abrió más la boca y empezó a responder el beso, enredando su lengua limpia con la lengua sucia y babosa del viejo.
El beso se volvió cada vez más intenso y morboso. Beto le chupaba los labios, le metía la lengua hasta la garganta y babeaba sobre la boca de la colegiala. Carla gemía bajito dentro del beso, sintiendo cómo el sabor repugnante de Beto le llenaba la boca. Sus rodillas temblaban.
Pasaron varios minutos besándose de forma sucia y desesperada detrás de los contenedores. La pollerita tableada de Carla se levantaba un poco por la forma en que Beto la apretaba contra él.
De repente, sonó la campana que anunciaba el fin del recreo.
Carla se separó bruscamente, jadeando, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Tenía la cara roja y la corbatita un poco torcida.
—Tengo que irme… —susurró nerviosa—. La clase va a empezar… Si no vuelvo ahora, mis amigas van a preguntar.
Beto la miró con cara de enojo y frustración. Su verga ya estaba dura dentro del pantalón sucio.
—Andá nomás… pero no tardes mucho, putita. Vine hasta acá para verte y no pienso irme con las manos vacías. Volvé en cuanto puedas… aunque sea unos minutos. Si no, voy a entrar a buscarte yo mismo.
Carla tragó saliva, todavía con el sabor asqueroso de la boca de Beto en la suya.
—Está bien… voy a volver… pero tenés que esconderte mejor —dijo temerosa.
Se acomodó rápidamente la pollerita y la corbatita, se limpió la boca con el dorso de la mano y salió corriendo discretamente hacia el edificio de clases, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Beto se quedó oculto detrás de los contenedores, con una sonrisa enojada y lujuriosa, esperando que su colegiala volviera.
Carla volvió corriendo a su aula, todavía con el corazón latiéndole fuerte y el sabor asqueroso de la boca de Beto en la lengua. Se sentó en su banco e intentó concentrarse, pero no podía. Tenía la pollerita un poco arrugada y los labios todavía hinchados.
Pasaron unos minutos de clase cuando Carla levantó la mano.
—Profesora… ¿puedo ir al baño? Me duele mucho la panza.
La profesora, una mujer madura de unos 40 años llamada Laura, la miró por encima de sus anteojos. Era una hembra voluptuosa: cabello castaño largo y ondulado, tetas enormes y pesadas que colgaban como ubres maduras dentro de su blusa ajustada. Se notaban claramente los pezones anchos y grandes marcándose contra la tela.
—Andá, Carla, pero no tardes —le dijo con voz cansada pero amable.
Carla asintió y salió del aula lo más rápido que pudo sin correr. Caminó por el pasillo vacío y se dirigió directamente hacia la zona alejada del patio, cerca de los contenedores donde Beto la esperaba.
Cuando llegó, Beto ya estaba impaciente. Apenas la vio, sonrió con esa sonrisa grosera y la agarró del brazo, tirándola detrás de los contenedores para que quedaran ocultos.
—No tengo mucho tiempo… —susurró Carla nerviosa, mirando hacia todos lados—. La profesora me dio permiso solo para ir al baño… si tardo mucho van a sospechar.
Beto soltó una risa baja y se bajó los pantalones sucios de un tirón. Su verga gruesa y corta saltó hacia afuera. Estaba cubierta de una capa espesa de esmegma blanco-amarillento, acumulado por días sin lavarse. El olor fuerte y rancio a queso podrido y sudor viejo golpeó la nariz de Carla inmediatamente.
—Entonces no perdamos tiempo, colegiala puta —gruñó Beto—. Chupá. Limpiame la verga con esa boquita linda que tenés.
Carla miró la verga sucia con una mezcla de asco y excitación. Todavía no se había acostumbrado del todo al sabor fuerte y repugnante del esmegma. Le daba náuseas… pero en el fondo, esa náusea la mojaba.
Se arrodilló rápidamente sobre el piso sucio, levantó la pollerita tableada para no ensuciarla y acercó su cara a la verga de Beto. El olor era intenso. Dudó un segundo, pero abrió la boca y metió la cabeza del pene dentro.
El sabor fue inmediato y fuerte: amargo, salado, ácido, con ese gusto rancio y pastoso del esmegma acumulado. Carla hizo una mueca de asco y tuvo una pequeña arcada, pero no sacó la verga. Empezó a chupar con torpeza al principio, pasando la lengua alrededor de la cabeza, recogiendo el esmegma espeso.
—Así… chupá más profundo, nenita —gruñó Beto, agarrándola de la cabeza con una mano—. Sacame toda esa mugre de la verga… sabés que te gusta aunque te dé asco.
Carla gemía bajito mientras chupaba. Su lengua trabajaba tratando de limpiar la capa blanca-amarillenta. El sabor era horrible, pero cuanto más chupaba, más se le mojaba la bombachita. Sentía vergüenza de excitarse con algo tan sucio, pero no podía evitarlo.
Beto empujaba suavemente su cabeza, follándole la boca con lentitud.
—Qué rica boquita tenés… mirá cómo la colegiala me limpia la verga llena de esmegma… seguí chupando, putita… tragate todo.
Carla chupaba con más ganas, aunque todavía hacía pequeñas arcadas cada vez que tragaba un pedazo grande de esmegma. Su saliva se mezclaba con la mugre y le chorreaba por la barbilla.
De repente escucharon voces lejanas de alumnos. Carla se asustó y sacó la verga un segundo, jadeando.
—Tengo que volver… la clase…
Beto la miró con frustración pero la soltó.
—Andá… pero esto no termina acá. Volvé en el próximo recreo o te voy a buscar yo mismo dentro del colegio.
Carla se levantó rápido, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acomodó la pollerita y la corbatita. Todavía tenía sabor a esmegma en la lengua cuando volvió corriendo hacia su aula.
La profesora Laura la miró cuando entró, pero no dijo nada.
Carla se sentó en su banco, con las mejillas rojas y la bombachita mojada, sabiendo que Beto seguía esperándola afuera.
Carla pasó el resto de la clase extremadamente nerviosa. No podía concentrarse en nada de lo que explicaba la profesora Laura. Tenía la mente en otro lado: el sabor fuerte del esmegma de Beto todavía le impregnaba la lengua, y sabía que él la estaba esperando afuera. Cada vez que se movía en el banco sentía la bombachita mojada pegada a su coño. Sus mejillas estaban permanentemente sonrojadas.
Cuando por fin sonó la campana del segundo recreo, Carla sintió un nudo en el estómago. Sus amiguitas la invitaron a jugar, pero ella inventó una excusa rápida:
—Voy al baño de nuevo… me sigue doliendo la panza. Ya las alcanzo.
Se escabulló discretamente del grupo y caminó rápido hacia la zona alejada del patio, cerca de los contenedores. El corazón le latía con fuerza. Sabía que estaba arriesgando mucho, pero no podía resistirse.
Beto la esperaba impaciente, oculto detrás de los contenedores. Apenas la vio aparecer con su pollerita tableada corta, los ojos se le encendieron de lujuria.
—No perdí el tiempo, putita… —gruñó con voz ronca.
Sin darle tiempo a decir nada, Beto la agarró fuerte de la cintura, la empujó contra la pared de los contenedores y le subió la pollerita tableada hasta la cintura de un tirón. Con la otra mano le bajó la bombachita blanca de colegiala hasta las rodillas, dejando su culito blanco y redondo completamente expuesto.
Carla jadeó asustada:
—Beto… rápido… no tenemos mucho tiempo…
Beto escupió groseramente en su mano, se untó la verga gruesa y sucia, y apoyó la cabeza directamente contra el ano de Carla. Sin preámbulos, empujó con fuerza.
— ¡Aaaahhh…! —gimió Carla cuando sintió cómo la verga del viejo le abría el ano de golpe.
Beto la penetró analmente de una sola embestida profunda, metiéndole más de la mitad de la verga en el culo apretado de la colegiala. Carla tuvo que morderse el labio para no gritar. El ardor era intenso, pero ya conocía esa sensación.
—Qué culo más rico tenés, nenita… —gruñó Beto mientras empezaba a follarla con embestidas brutales y rápidas—. Todo el recreo pensando en cogerte con el uniforme puesto…
La follaba con fuerza contra la pared, una mano agarrándole la cadera y la otra tapándole la boca para que no hiciera mucho ruido. La pollerita tableada se movía con cada embestida, dejando ver cómo la verga gruesa entraba y salía del ano de Carla.
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas de placer y dolor cayéndole por las mejillas. Su bombachita colgaba en sus rodillas mientras era sodomizada por su macho viejo y sucio en pleno recreo de la escuela.
Beto le hablaba al oído con voz ronca y grosera mientras la penetraba sin piedad:
—Tomá toda la verga por el culo, colegiala puta… mientras tus amiguitas juegan a las muñecas, yo te estoy rompiendo el ano… decime que te gusta…
Carla, con la voz ahogada contra la mano de Beto, solo podía gemir y asentir con la cabeza, completamente entregada al placer prohibido.
El tiempo del recreo corría peligrosamente…
Beto follaba el ano de Carla con embestidas brutales y rápidas, aplastándola contra la pared de los contenedores. Su verga gruesa entraba y salía del culo de la colegiala sin piedad, haciendo que la pollerita tableada se moviera violentamente con cada golpe.
—Mirá vos… —gruñó Beto cerca de su oído, con voz ronca y burlona—. Qué diferencia hay entre vos y tus amiguitas, ¿no?
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras sentía cómo le abrían el culo una y otra vez.
Beto continuó humillándola mientras la sodomizaba con más fuerza:
—Mientras tus amiguitas están allá sentadas, riéndose como nenas buenas, hablando de dibujos animados, jugando con muñecas y contándose secretos de princesas… vos estás acá, con la pollerita levantada y la bombachita en las rodillas, dejando que un viejo indigente asqueroso te rompa el culito en el recreo de la escuela.
Empujó más profundo, haciendo que Carla soltara un gemido ahogado.
—Ellas son nenas de verdad… inocentes… sueñan con besitos de príncipes y con ir a fiestas de cumpleaños. Y vos… vos sos una putita disfrazada de colegiala. Una nenita que se deja follar el ano por un viejo sucio y feo como yo. ¿Te imaginás si tus amiguitas te vieran ahora? ¿Si vieran cómo abrís el culito para que te meta toda la verga?
Carla negó con la cabeza, sollozando de placer y vergüenza, pero su ano apretaba la verga de Beto con cada embestida.
Beto se rio bajito y siguió humillándola sin piedad:
—Mientras ellas comen golosinas y saltan la soga, vos estás tragando verga por el culo como una puta barata. Ellas juegan a las casitas… y vos dejás que un indigente te use el orto como si fuera un agujero público. Qué vergüenza, ¿no? Tan linda con tu corbatita y tu pollerita… y tan puta por dentro.
Le dio una palmada fuerte en el culo y aceleró el ritmo, follándola más salvajemente.
—Decime… decime la verdad mientras te follo el culo… ¿te gusta más que tus amiguitas te vean como una nenita buena, o que sepan que en realidad sos una colegiala que se deja sodomizar por un viejo apestoso en el recreo?
Carla, con la voz entrecortada y ahogada por la mano de Beto, logró balbucear entre gemidos:
—Me… me gusta… que me folles el culo… aunque sea asqueroso… aunque seas un indigente…
Beto soltó una risa cruel y le mordió el lóbulo de la oreja mientras seguía penetrándola analmente sin descanso.
—Exacto… porque vos no sos como ellas. Vos naciste para que te rompan el culito en lugares sucios mientras tus amiguitas siguen siendo nenas puras. Qué putita más rica sos, Carla…
La follaba cada vez más fuerte, el sonido húmedo de su verga entrando en el ano de la colegiala se mezclaba con los gemidos ahogados de Carla y las humillaciones constantes de Beto.
El recreo seguía corriendo… y Beto no parecía tener intención de terminar pronto.
Beto seguía follándola analmente con fuerza salvaje, aplastando a Carla contra la pared de los contenedores. Su verga gruesa entraba y salía del ano de la colegiala con embestidas brutales, haciendo que las nalgas de Carla se sacudieran y enrojecieran.
—Jajaja… mirá vos —gruñó Beto cerca de su oído, con la voz cargada de burla y morbo—. Mientras tus amiguitas están allá sentadas como princesitas, hablando de los dibujitos que vieron anoche y peleándose por quién tiene la muñeca más linda… vos estás acá, con la pollerita levantada y el culito abierto, tragando verga de un viejo indigente asqueroso.
Le dio una palmada fuerte en el culo y siguió:
—Ellas todavía creen que los besos son con la boca cerrada y que los chicos de su edad son “lindos”. Y vos… vos ya sabés lo que es tener una verga sucia y llena de esmegma metida hasta el fondo del orto. Mientras ellas sueñan con un príncipe que les regale flores, vos te mojás cuando un viejo feo y apestoso te dice que le limpies la verga con la boca.
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas de placer y vergüenza cayéndole por las mejillas.
Beto continuó con comparaciones cada vez más asquerosas:
—Imaginate a tus amiguitas ahora… sentadas en el banco, comiendo alfajorcitos con las manos limpitas, riéndose porque una se tiró un pedito. Y vos… vos estás acá dejando que un indigente te abra el culo como si fueras un baño público. Ellas todavía se limpian el culito con papel perfumado después de cagar… y vos dejás que yo te lo ensucie con mi verga y después te lo haga limpiar con la lengua a tu propio padre.
Empujó más profundo, clavándole toda la verga hasta el fondo.
—Mientras tus amiguitas sueñan con su primer besito romántico en la mejilla… vos ya sabés lo que es tener la boca llena de esmegma rancio y saliva de un viejo que no se bañó en semanas. Ellas se cambian las bombachitas porque se les mojó un poquito jugando… y vos tenés la bombachita bajada porque te estás dejando sodomizar como una puta barata en el recreo de la escuela.
Beto se rio bajito y cruel, acelerando las embestidas:
—Decime la verdad, nenita… ¿te imaginás si tus amiguitas te vieran ahora? ¿Si vieran a la “buena” de Carla con la pollerita levantada, el culo rojo y una verga de indigente entrando y saliendo de su orto? Ellas seguirían siendo nenas inocentes… y vos ya sos una colegiala pervertida que se corre cuando un viejo sucio le dice guarradas mientras le rompe el culo.
Carla sollozaba de placer, el ano apretando la verga de Beto con cada embestida. Beto siguió humillándola sin piedad:
—Ellas van a llegar a casa y le van a contar a su mamá que jugaron a las muñecas… y vos vas a llegar con el culito lleno de semen de indigente, oliendo a verga sucia y con la boca todavía sabiendo a esmegma. Qué diferencia, ¿no? Tus amiguitas son nenas… y vos sos mi putita colegiala personal.
Beto le mordió el cuello y le susurró con voz ronca:
—Decime… decime mientras te follo el culo… ¿te gusta más ser como tus amiguitas… o te gusta ser la nenita que se deja romper el orto por un viejo asqueroso en el recreo?
Carla, completamente entregada, gimió contra su mano:
—Me… me gusta… ser tu putita… aunque sea asqueroso…
Beto soltó una risa triunfal y siguió follándola con más fuerza, disfrutando cada segundo de la humillación.
De repente, la campana del fin del recreo sonó fuerte por todo el patio.
¡Riiiiiing! ¡Riiiiiing!
Carla se sobresaltó violentamente. El pánico la invadió.
— ¡Beto… la campana! ¡Tengo que volver ya! —susurró desesperada, tratando de separarse.
Pero Beto no la soltó. Al contrario, la agarró más fuerte de las caderas y le dio tres embestidas brutales y profundas, clavándole toda la verga hasta el fondo del ano.
—Todavía no, putita… —gruñó con voz ronca y enojada—. Primero vas a llevarte mi leche.
Con un último gruñido animal, Beto se corrió violentamente dentro del culo de Carla. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su ano, llenándola por completo. Carla sintió el calor espeso disparándose dentro de ella, marcándola por dentro. Beto siguió empujando mientras se vaciaba, asegurándose de que ni una gota se perdiera.
Cuando terminó, sacó la verga lentamente. El ano de Carla quedó abierto, rojo e hinchado, y un hilo grueso de semen blanco empezó a chorrear lentamente de su agujero.
Beto le dio una última palmada fuerte en el culo y le subió la bombachita de un tirón, tapando el desastre. La tela blanca de la bombachita se manchó inmediatamente con semen y restos anales.
—Andá… corre a clase, colegiala puta —le dijo con una sonrisa cruel—. Y caminá normal… no quiero que se te caiga mi semen del culo delante de tus amiguitas.
Carla estaba temblando. Se acomodó la pollerita tableada lo más rápido que pudo, sintiendo cómo el semen caliente de Beto se movía dentro de su ano y empezaba a filtrarse hacia la bombachita. Cada paso que daba sentía el líquido espeso chorreando y mojándole la entrepierna.
—Te odio… —susurró Carla con la voz quebrada, pero sus ojos brillaban de excitación prohibida.
Corrió de vuelta hacia el edificio de clases lo más rápido que pudo sin llamar demasiado la atención. Sentía el culo lleno, caliente y resbaladizo. Cada vez que daba un paso, el semen se movía dentro de ella y un poco más se escapaba hacia la bombachita, dejando una sensación húmeda y pegajosa.
Cuando entró al aula, la profesora Laura la miró con el ceño fruncido.
—Carla, ¿estás bien?.
Carla se sentó rápidamente en su banco, con las mejillas ardiendo y las piernas apretadas.
—Sí, profesora… solo me dolía mucho la panza —mintió, con la voz temblorosa.
Se sentó con mucho cuidado. Inmediatamente sintió cómo el semen de Beto se aplastaba contra la bombachita y empezaba a filtrarse. La tela se humedeció y se pegó a su coño y ano. Cada vez que se movía en el asiento sentía el semen espeso moviéndose dentro de su culo y chorreando lentamente.
Sus amiguitas la miraron extrañadas.
—¿Estás bien, Carla? Estás toda colorada…
Carla forzó una sonrisa nerviosa y apretó las piernas.
—Sí… solo… me duele un poco la panza todavía.
Durante toda la clase siguiente, Carla no pudo concentrarse en nada. Sentía el ano palpitante y lleno del semen de Beto. Cada vez que se movía, un poco más de semen se escapaba y mojaba su bombachita. Podía oler ligeramente el aroma a sexo y a hombre sucio que desprendía su entrepierna.
Sabía que en cualquier momento podía empezar a chorrearle por las piernas si no tenía cuidado.
Y lo peor… en el fondo, esa humillación la tenía completamente mojada.
Carla estaba sentada en su banco, intentando mantener la compostura. La clase de Matemáticas había empezado, pero ella no podía concentrarse en nada de lo que decía la profesora. Su ano palpitaba, todavía abierto y sensible después de la follada salvaje de Beto. Lo peor era que el semen caliente y espeso del viejo seguía moviéndose dentro de ella.
Cada vez que se movía un poco en la silla, sentía cómo un chorro grueso de semen se escapaba de su ano y se filtraba hacia la bombachita. La tela blanca ya estaba empapada y pegajosa. Podía sentir la humedad cálida extendiéndose entre sus nalgas y mojándole también el coño.
Intentaba disimular como podía. Mantenía las piernas bien apretadas, la espalda recta y la mirada fija en el pizarrón, pero su cara estaba roja y tenía la respiración entrecortada.
La profesora Laura preguntó algo. Carla ni siquiera escuchó la pregunta.
—Carla, ¿me estás escuchando? —dijo la profesora con tono serio.
Carla dio un respingo y sintió cómo, con ese movimiento brusco, un chorro más abundante de semen salió de su ano y empapó completamente la bombachita. Ahora la tela estaba totalmente mojada y empezaba a transparentarse ligeramente.
—S-sí, profesora… perdón… me duele un poco la panza todavía —balbuceó, con la voz temblorosa.
Sus amiguitas sentadas cerca la miraron extrañadas.
—¿Estás bien? Estás toda transpirada —le susurró una de ellas.
Carla asintió sin mirarla, apretando aún más las piernas. Sentía cómo el semen de Beto seguía chorreando lentamente. Un hilo caliente ya había bajado por su muslo izquierdo y estaba llegando casi a la media. Intentó secarlo disimuladamente con la mano por debajo de la pollerita, pero solo consiguió esparcir más la humedad.
Cada vez que respiraba profundo, sentía el olor leve pero inconfundible a sexo y semen saliendo de su entrepierna. Tenía terror de que alguien más lo notara.
La profesora siguió explicando en el pizarrón. Carla apretó el culo todo lo que pudo para intentar contener el semen, pero fue peor: el movimiento hizo que otro chorro espeso escapara y mojara aún más la bombachita. Ahora sentía la tela completamente pegada a su coño y ano, fría y pegajosa.
Intentó cruzar las piernas, pero eso solo presionó más el semen contra su piel sensible. Un pequeño gemido se le escapó sin querer. Inmediatamente tosió para disimularlo.
Una de sus amigas se inclinó hacia ella y le susurró:
—Carla, de verdad… estás rara. ¿Querés que te acompañe a la enfermería?
Carla negó rápidamente con la cabeza, muerta de vergüenza.
—No… estoy bien… solo… necesito ir al baño otra vez después de clase.
Por dentro estaba desesperada. Sentía cómo el semen de Beto seguía saliendo lentamente de su ano abierto, empapándole la bombachita y comenzando a bajar por el interior de sus muslos. La pollerita tableada era tan corta que tenía miedo de que, si se levantaba, se viera alguna mancha.
Se quedó sentada, inmóvil, apretando las nalgas y rezando para que la clase terminara pronto. Cada minuto que pasaba era una tortura húmeda y pegajosa. El semen del viejo indigente seguía chorreando de su culo follado, recordándole constantemente lo puta que había sido en el recreo.
Y lo más humillante… a pesar del miedo y la vergüenza, su coño estaba completamente mojado por la excitación.
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