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Oscura obsesión (parte 2)

La confrontación
El departamento de Martín quedaba en un segundo piso por escalera, en un edificio antiguo de techos altos. Cuando Rosario golpeó la puerta, pasaron varios segundos antes de que se abriera.

Martín apareció con el pelo revuelto, una remera gastada y los ojos hundidos, como si no hubiera dormido en un siglo. Al verla, se quedó helado, pero no se hizo hacia atrás. Había algo diferente en su postura; la vergüenza servil de la noche anterior se había transformado en una resignación dura.

—Quiero pasar —dijo Rosario, sin esperar respuesta, empujando la puerta con el hombro.
Martín cerró la puerta detrás de ella. Rosario se giró de inmediato, apuntándolo con el dedo, descargando toda la furia y la soberbia que se había guardado en el consultorio.
—Sos un enfermo, Martín. Un pervertido patético —le espetó, arrastrando las palabras con el mayor desprecio posible—. Te metiste con mis cosas, me usaste para tus porquerías en el lugar donde trabajo. Pensaste que renunciando te ibas a salvar, pero sos una basura que no se puede mirar al espejo sin dar asco. Das lástima.

Esperaba verlo quebrarse, llorar o pedirle piedad otra vez. Pero Martín dio un paso al frente, acortando la distancia de manera amenazante. Sus ojos brillaron con una rabia contenida.

—Ya renuncié, Rosario. Ya te dejé el camino libre —dijo Martín, con la voz extrañamente firme, plantándole cara—. ¿Qué más querés? ¿Venir a mi casa a escupirme? Si tanto te da asco, ¿qué hacés acá? Andá, contale a Rossi, contale a medio mundo si querés. Que se entere todo el mundo de las novelas que me armaba en la cabeza con vos. A mí ya me da lo mismo, no tengo nada que perder. Pero a ver cómo te miran a vos cuando sepan el nivel de obsesión que generás.

El tropiezo y el desencadenante
El coraje inesperado de Martín y la crudeza de sus palabras golpearon el orgullo de Rosario como un puñetazo. Se dio cuenta de que no tenía el control de la situación, de que estar en ese living cerrado con el hombre que la idolatraba y la desafiaba al mismo tiempo estaba desdibujando los límites de su propia cordura. El enojo mutó en una urgencia de escapar de ahí antes de que pasara algo irreparable.

—Sos un cínico —dijo, dándose la vuelta con brusquedad hacia la salida.
Caminó rápido, ciega de rabia, dispuesta a abrir la puerta y desaparecer. Pero el departamento de Martín tenía un pequeño desnivel, un escalón de madera oscura que comunicaba el living con el pasillo de entrada. Rosario, con la mirada fija en la puerta, no lo vio. El pie izquierdo pisó en el falso borde y el tobillo se le torció levemente aunque lo suficiente para doler.
—¡Ah! —un grito de dolor genuino se le escapó de la garganta mientras perdía el equilibrio y caía de rodillas contra el suelo, sosteniéndose el pie con ambas manos.
El dolor fue inmediato, punzante. Intentó levantarse, pero el menor peso sobre el pie la hizo jadear y morderse el labio inferior.
Martín estuvo a su lado en un segundo. El enojo desapareció de su rostro, reemplazado instantáneamente por el instinto de protección y la adoración ciega que lo había dominado durante dos años.
—Déjame ver, por favor —pidió él, arrodillándose a su lado en el suelo.
Rosario, con la respiración agitada y las barreras completamente rotas por el dolor y la adrenalina, no tuvo fuerzas para apartarlo.
—Me duele... me duele mucho —susurró, con la voz quebrada.

Martín, con una delicadeza que contrastaba con su brusquedad de hacía unos minutos, tomó su pie izquierdo. Sus manos grandes y templadas envolvieron la lona de la zapatilla. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, desató los cordones perfectos que Rosario siempre llevaba bien ajustados. Deslizó la lona hacia atrás y luego, con extremo cuidado, le quitó la media corta.

Por primera vez, el deseo prohibido de Martín se hizo realidad. Los pies de Rosario estaban al desnudo frente a él. Eran perfectos, de una blancura pálida, con la piel suave y las uñas cuidadas. El tobillo ya empezaba a inflamarse levemente.

Martín no la miró a los ojos. Se concentró en la piel. Sus dedos recorrieron el empeine, subiendo con suavidad hacia la zona afectada para evaluar el daño, pero el roce de sus yemas, cargadas de una electricidad acumulada durante años, provocó una reacción inmediata en el cuerpo de ella.
Rosario no sintió asco. Al ver las manos de Martín adorando su piel real, tal como lo había soñado, un espasmo de placer puro y directo le recorrió el vientre. Se le escapó un jadeo bajo, ronco, que resonó en el silencio del living.

Martín levantó la vista. La distancia entre sus rostros era de apenas unos centímetros. Vio los ojos de Rosario: ya no eran de hielo; estaban oscuros, dilatados, fijos en sus labios. Él no lo dudó más. Dejó de tocar el tobillo y subió las manos por las pantorrillas de ella, apretando la carne con la misma furia animal que ella había imaginado en su delirio nocturno.

—Sé que me odiás —susurró Martín contra su piel—, pero me deseás tanto como yo a vos.

Rosario no respondió con palabras. Le enredó los dedos en el pelo y lo tiró hacia ella, buscando su boca en un beso desesperado, salvaje, cargado de la violencia de lo prohibido.

El resto fue una tormenta de cuerpos desbocados. Martín la levantó del suelo sin romper el beso, sosteniendo su peso con una urgencia que rozaba la desesperación, y la depositó sobre el sillón antiguo de cinto de cuero. No hubo delicadezas médicas ni espacio para la timidez que había gobernado el consultorio durante dos años; las ropas volaron en segundos, rasgadas por las manos torpes y ansiosas de Martín y los tirones frenéticos de Rosario, que buscaba desesperadamente el contacto de la piel desnuda. Cuando él se deshizo de la última prenda, se detuvo solo un instante para contemplarla bajo la luz ámbar del living: el ambo azul había quedado atrás, y frente a él se abría el cuerpo que tantas noches había dibujado en el aire. Sin preámbulos, Martín la tomó de las caderas, clavando sus dedos en la carne firme de sus nalgas, y se enterró en ella con una embestida profunda que arrancó de la garganta de Rosario un gemido ahogado y húmedo.

El ritmo que siguió fue salvaje, casi punitivo, como si necesitaran recuperar cada segundo de silencio contenido. Rosario, lejos de amedrentarse por la furia de Martín, respondía a cada embestida arqueando la espalda, entregada por completo al fuego que la consumía por dentro. Sus manos, que antes solo firmaban planillas de turnos, ahora se aferraban con violencia a los hombros de él, enterrándole las uñas en la espalda mientras sentía el calor sofocante del sudor de ambos mezclándose. Martín la poseía con la fuerza del hombre que ha alcanzado su mayor delirio, obligándola a mirarlo a los ojos en cada choque, rompiendo para siempre esa distancia gélida que lo había torturado. El crujido del viejo sillón acompañaba el compás frenético de sus cuerpos, transformando el living en un santuario oscuro de puro instinto.

En el clímax de la entrega, los pies desnudos de Rosario —esos que habían desatado la locura silenciosa de Martín— jugaron el papel definitivo. Libres al fin de su encierro de lona, subieron por las piernas de él, rozando sus pantorrillas hasta cruzarse con fuerza detrás de su cintura. Rosario lo aprisionó contra su propio cuerpo, hundiendo los empeines en la espalda de Martín para obligarlo a ir más profundo, jactándose de su propio poder mientras sentía los espasmos de él multiplicarse. Atrapado en ese candado de piel blanca y perfecta, Martín soltó un gruñido ronco y se vació dentro de ella en una última y violenta sacudida, mientras Rosario estallaba en espasmos internos, mordiéndose el labio para no gritar. Quedaron jadeando, exhaustos y unidos, en la penumbra de un living donde la obsesión común había quemado todos los puentes de regreso.

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