Todo se había ido al carajo desde que renuncié al restaurante.
Los primeros días intenté mantenerme firme. Vendí la poca ropa de hombre que aún tenía, busqué trabajos informales. Pero era difícil, los hombres solo veían una cosa: una rubia de curvas escandalosas de la cual podrían aprovecharse. Las mujeres me miraban con envidia o desconfianza. Nadie me daba un contrato, nadie confiaba en una chica que no tenía papeles ni historial laboral coherente.
El dinero del fajo que me tiró Juan se acabó en menos de una semana: renta atrasada, comida y un par de conjuntos baratos que intenté usar para entrevistas.
Jean me había estado rondando. A veces veces me invitaba a “pasar un rato”. Yo lo evitaba como podía, aunque mi cuerpo traicionero se humedecía solo con oír su voz grave. Pero fui fuerte en mantenerme alejada de los hombres y esas vergas que alimentaban de vitalidad al brazalete.
Hasta que llegó el día del pago de renta.
Escuché los golpes fuertes en mi puerta a las ocho de la noche. Sabía quién era.
-Josefina… sé que estás ahí, preciosa. Es día de pago.-
Tragué saliva. Tenía unos pocos billetes en mi cartera, faltaba mas del triple.
Abrí la puerta en top y shorts. Ernesto estaba ahí, con su barriga enorme, su camisa sudada y esa sonrisa asquerosa que se le ensanchaba al verme.

-Don Ernesto… por favor, deme unos días más. Estoy buscando trabajo, yo…-
-No, mija. Ya sabes que sin prórrogas.- Me cortó, empujando la puerta y entrando sin pedir permiso. - Ya sabes como pagar si no hay dinero. La última vez te portaste bien. Pero me dejaste en ridículo al final. Ahora quiero darte como corresponde.-
Recordando aquella vez que una mamada fue suficiente para pagarle y no tuvo la virilidad suficiente como para cogerme, pues su amiguito se desplomó de un sólo round.
Intenté negociar. Le ofrecí lo poco que tenía. Le dije que le pagaría el doble la próxima semana. Nada funcionó. Sus ojos ya estaban clavados en mis tetas, que se marcaban bajo la tela.
-Te vienes conmigo ahora mismo a mi departamento y me dejas cobrarte como ya sabes... o te vas a la calle esta misma noche.- dijo viendome con una sonrisa maliciosa.
Bajé la cabeza. Sentí las lágrimas picándome en los ojos, pero también esa maldita calentura traicionera entre las piernas. La joya en mi muñeca parecía palpitar.
-Está bien…- susurré resignada, el sonrío satisfecho, mirandome de pies a cabeza. Relamiendose por el hembron que estaba a punto de cenar.
-Vamos preciosa, ya es hora de que tome lo que me debes- me tomó de la cintura y me llevó a su lado, muy apegada a su cuerpo obeso.
.
.
.
Quince minutos después estaba parada en el centro de su sala, completamente desnuda.
Ernesto había cerrado la puerta con llave. La luz amarilla del foco le daba un aspecto aún más repulsivo: peludo, gordo, con esa barriga colgante y su verga ya medio dura resaltando en su pantalon. Yo estaba de pie, tal como me ordenó. Mis largas piernas ligeramente abiertas, los brazos levantados, las manos entrelazadas detrás de mi nuca. Esa posición hacía que mis tetas enormes se proyectaran hacia adelante, firmes, pesadas, con los pezones rosados ya duros por el aire y la vergüenza.
-Así me gusta, mamita- gruñó, acercándose -Bien ofrecida. Mirá esas tetotas que tienes, pendejita… qué desperdicio que estés con José, seguro no las disfrutado nunca como se debe- él aún creia esa historia que le inventé, ni se imagibaba que las tetotas que veía eran del mismísimo José.
Se detuvo frente a mí. Sus manos gordas y ásperas subieron directamente a mis pechos. Los agarró con fuerza, apretándolos, levantándolos, sintiendo su peso. Soltó un gemido de satisfacción.
- La puta madre… son más grandes de lo que recordaba-
Juntó mis tetas con ambas manos, presionándolas fuerte hasta que se aplastaron una contra la otra, formando un escote profundo y obsceno. Mis pezones quedaron casi tocándose. El viejo se relamió los labios, babeando.
Bajó la cabeza y abrió la boca. Primero lamió el valle entre mis pechos, dejando un rastro grueso de saliva. Luego atacó.
Succionó mi pezón derecho con fuerza, ruidosamente, haciendo un sonido húmedo y obsceno: *¡slurp… chuuup…!*

Gemí sin poder evitarlo. El tirón fue fuerte, casi doloroso, pero mi cuerpo reaccionó inmediatamente. Sentí un latigazo de placer directo a mi clítoris. Ernesto cambió al izquierdo, succionando igual de fuerte, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras mantenía mis tetas bien juntas con sus manos.
*¡Slup! ¡Slurp! ¡Slurp!* el sonido llenaba la sala. Chupaba como un animal, babeando, dejando mis pechos brillantes de saliva. Mordisqueaba los pezones, los estiraba con los labios y luego los soltaba para que rebotaran pesadamente.
Yo seguía con las manos en la nuca, tal como me ordenó. Los brazos me temblaban. Mis piernas se apretaban una contra la otra, intentando contener la humedad que ya empezaba a correr por el interior de mis muslos.
-Qué ricas… qué gomas más deliciosas tienes, mi niña- gruñía contra mi piel, sin soltarlas ni un segundo. -Prefiero esto al dinero de la renta-
Volvió a juntarlas con más fuerza, aplastándolas, y metió ambas tetas en su boca al mismo tiempo. Succionó ruidosamente las dos, alternando lamidas y chupadas fuertes, haciendo que mis pezones rozaran entre sí dentro de su boca caliente y babosa.
Mi respiración se volvió entrecortada. Mordí mi labio inferior con fuerza, intentando no gemir más alto, pero era inútil. El viejo seguía devorándome las tetas con hambre voraz, ruidosamente, sin ninguna delicadeza, como si estuviera cobrando con creces lo que le debía.
Y yo, desnuda, ofrecida, con las manos en la nuca y las tetas convertidas en su banquete… solo podía quedarme ahí, sintiendo cómo mi cuerpo me traicionaba una vez más.
Ernesto se estaba dando un verdadero festín con mis tetas.
El viejo gordo tenía la cara enterrada entre mis pechos, gruñendo como un cerdo mientras succionaba con hambre salvaje. Sus manos gordas y sudadas apretaban mis tetas con fuerza, juntándolas brutalmente para meterse las dos al mismo tiempo en su boca babosa.
*¡Chuup! ¡Slurp! ¡POP!* el sonido húmedo y obsceno llenaba toda la sala. Chupaba con tanta fuerza que mis pezones se estiraban dentro de su boca caliente, rozándose entre sí mientras él los devoraba.
Los brazos me temblaban del esfuerzo y la vergüenza. Mis largas piernas ligeramente abiertas, el coño ya vergonzosamente mojado. Sentía cómo un hilo de mis fluidos empezaba a correr por el interior de mi muslo.
"Esto no puede estar pasando otra vez…" pensaba, mordiéndome el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. "Soy un hombre… era un hombre… y ahora este viejo asqueroso me está comiendo las tetas como si fueran de su propiedad."
Pero mi cuerpo me traicionaba de la peor forma.
Cada vez que Ernesto succionaba con fuerza, un latigazo de placer me recorría desde los pezones hasta el clítoris. Mis tetas, tan grandes y sensibles, respondían contra mi voluntad. Los pezones estaban hinchados, duros como piedras, y cada lamida ruidosa me arrancaba un gemido ahogado que no podía contener.
-Hmm… qué ubres más ricas…-gruñó el viejo, separando un momento su boca para tomar aire. Mis pechos quedaron brillantes de saliva, rojos por las succiones y mordidas. Me dio un par de palmadas fuertes, haciendo que rebotaran pesadamente -Mira cómo bailan para mí. Están hechas para esto, Josefina. Para que un hombre como yo se las coma.-
Volvió al ataque con más ganas.
Abrió la boca todo lo que pudo y succionó mi pezón derecho con fuerza brutal, tirando de él mientras su lengua lo azotaba por dentro. Luego pasó al izquierdo, chupando ruidosamente, babeando sin control. Alternaba entre uno y otro, dejando mis tetas cubiertas de hilos espesos de saliva que colgaban y caían sobre mi abdomen plano.
*¡Slurp! ¡Slurp! ¡Slurp! CHUUP*
Gemí más alto de lo que quería. Mis rodillas flaquearon un segundo.
"Me gusta… mierda, me gusta", admití con horror en mi mente. "¿Cómo puede gustarme esto? Es repugnante… es Ernesto, el viejo casero asqueroso… pero mis tetas están ardiendo… mi concha está empapada…"
El viejo pareció notar mi excitación. Soltó una risita cruel y empezó a usar más la lengua: largos lametones desde abajo hacia arriba, rodeando mis areolas, mordisqueando los pezones y luego succionando con fuerza renovada. Juntaba mis tetas tan fuerte que se deformaban entre sus manos, convirtiéndolas en dos masas blandas y sensibles que él devoraba sin piedad.
-Qué puta estás hecha- murmuró contra mi piel mojada -Te encanta que te mame las tetotas, ¿verdad pendeja? Aunque intentes, tu cuerpo no miente, zorra.-
Me dio una palmada fuerte en la cara interna de mi teta izquierda, haciendo que rebotara, y luego se lanzó de nuevo a chuparlas con renovada ferocidad. Sus sonidos eran cada vez más fuertes, más húmedos, más obscenos. Babeaba tanto que sentía la saliva corriendo por mi vientre, bajando hacia mi coño.
Yo seguía con las manos en la nuca, expuesta, ofrecida. Las lágrimas de vergüenza me picaban en los ojos, pero mis caderas se movían ligeramente por sí solas, buscando fricción. Mi clítoris palpitaba, hinchado y necesitado.
Ernesto levantó mis tetas desde abajo, las apretó hacia arriba y hundió toda su cara entre mis pechos con lujuria mientras gruñia de placer. El sonido vibraba contra mi piel sensible.
Estaba perdido en su festín, y yo… yo estaba perdida en la humillación y placer.
Ernesto separó un momento su cara babeante de mis tetas, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Me miró desde abajo con esos ojos pequeños y llenos de lujuria, mientras sus manos seguían apretando mis pechos con fuerza, amasándolos como si fueran masa.
- Esta vez no te vas a salvar, pendejita…- dijo con voz ronca, casi jadeando - Esta vez sí te voy a coger de verdad.-
Sentí un escalofrío recorriéndome entera. Mis ojos se abrieron de golpe.
- Don Ernesto… la última vez usted dijo que con la mamada bastaba- susurré, con la voz temblorosa.
Él soltó una risa baja y cruel, apretando mis tetas aún más fuerte, haciendo que se desbordaran entre sus dedos gordos.
-La última vez te portaste bien, pero te salvaste. Esta vez no basta con que me la mames. Hoy te voy a abrir esas piernas y te voy a meter toda la pija hasta el fondo. Te voy a coger como se debe coger a una puta como tú.-
Mientras hablaba, volvió a lanzarse contra mis pechos con más hambre que antes.
*¡SLUUURP! ¡SCHLOP!*
Succionó mis dos tetas al mismo tiempo con fuerza brutal, metiéndose casi la mitad de cada una en su boca babosa. Su lengua gruesa las azotaba por dentro mientras chupaba ruidosamente, tirando de mis pezones hinchados. Babeaba sin control, dejando hilos espesos de saliva que colgaban de mis tetas y caían hasta mi vientre.
Gemí fuerte, sin poder evitarlo. Mis rodillas flaquearon.
"Siempre lo mismo, todo me sale mal… ahora este viejo quiere cogerme tambien…"
Recordando como otros tambien se salieron con la suya y lograron clavar sus sucias vergas dentro de mi conchita que parecia diseñada para dar y recibir placer.
Ernesto soltó una de mis tetas con un sonido húmedo y fuerte, solo para darle una palmada sonora que hizo rebotar pesadamente mi pecho.
-Mirá cómo estás… mojada con solo chuparte las tetas, se nota que quieres macho, pendeja- se burló, metiendo dos dedos entre mis piernas y comprobando lo empapada que estaba - Esta conchita ya pide verga. No te hagas la difícil ahora, Josefina. Hoy te vas a ir de aquí bien follada y con la renta pagada-
Ernesto soltó mis tetas con un último *chup* húmedo y fuerte, dejando que rebotaran pesadamente, rojas e hinchadas por las brutales succiones. Tenía la boca y la barbilla cubiertas de saliva, los ojos vidriosos de pura lujuria.
-A la cama, rubia. Ya- ordenó con voz ronca, dándome una fuerte palmada en el culo que resonó en toda la sala e hizo que mi nalgota diera un firme rebote.
Tragué saliva. Sabía que no había escapatoria. Bajé los brazos lentamente, sintiendo cómo me ardían los pezones y cómo mi coño palpitaba, traicioneramente mojado. Caminé hacia la habitación del viejo, sintiendo su mirada clavada en mi culo mientras me movía. Cada paso hacía que mis tetas pesadas se balancearan.
Me subí a la cama y, resignada, me acosté de espaldas sobre el colchón. Abrí las piernas lentamente, exponiendo mi coño completamente depilado y brillante de humedad. Sabía exactamente cómo hacerlo: las rodillas flexionadas, los talones clavados en el colchón, el culo ligeramente levantado. Ya había aprendido la postura en la que los hombres como él me querían. Era horrible pensar que ya habia estado asi mismo para tres hombres antes que él.
Ernesto se quedó de pie al borde de la cama, mirándome como si fuera un banquete. Se quitó la camisa sudada, dejando al descubierto su enorme barriga peluda y sus tetillas caídas.
-Por favor… póngase condón- supliqué en voz baja, casi avergonzada de tener que pedirlo -No quiero riesgos…-
Él soltó una carcajada cruel, baja y satisfecha.
-¿Condón? Jaja... Josefina, hoy te la voy a hundir sin forro, como Dios manda.-
Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo movimiento. La tela cayó al suelo alrededor de sus tobillos.
Su verga salió. La analice. Era gruesa pero corta, como unos 12 o 13 centímetros, con el glande morado y brillante de preseminal, rodeada de una espesa mata de vello negro y gris en la base y en los huevos colgantes. Comparada con las grandes vergas que ya me habían follado, la cabezona verga negra de Jean de 20 cm y la venosa y recta pija de Juan que alcanzaba los 18 cm. Imagine que esta al ser mas pequeña sería mas facil de manejar, pero no me confiaba, el viejo zapatero Julián la tenía de apenas 10 cm y aún así me puso a ver las estrellas con su gran técnica.
Me puse toda roja y agite la carita al darme cuenta que andaba pensando en las vergas de los hombres que me poseyeron, hasta recordaba bien sus formas y medidas.
En eso Ernesto se agarró la verga con una mano y la sacudió lentamente, mirándome con una sonrisa vengativa.
- ¿Ves esta verga, puta? La última vez me humillaste. Me dejaste con la verga blanda y te burlaste de mí. Me dijiste que a José nunca le pasaba eso… ¿te acuerdas, eh?- Su voz estaba cargada de rencor y excitación. -Pues hoy vas a pagar esa humillación. Te voy a coger como se debe coger a una pendeja puta como tú. Te voy a llenar ese bollo rico de crema espesa. Cuando termines vas a irte a tu departamento con la concha chorreando mi semen, caminando con las piernas abiertas porque te voy a dejar bien follada.-
Me mordí el labio con fuerza. Sentía mi cara arder de vergüenza. Mis pechos subían y bajaban rápidamente con la respiración agitada. Mi coño se contrajo visiblemente frente a él, traicionándome una vez más.
- Don Ernesto… por favor no... -intenté una última vez, aunque mi voz ya sonaba débil.
-Cállate y abre mas esas gambas, putita -gruñó, subiéndose a la cama con dificultad por su peso. Se arrodilló entre mis muslos abiertos, mirándome desde arriba como un cerdo a punto de devorar su comida -Hoy pagas la renta como las putas deben pagar: con la conchita. Prepárate, Josefina… porque te voy a rellenar hasta que te salga por las orejas.-
Sentí la punta caliente y viscosa de su verga rozar mis labios vaginales. El viejo se tomó su tiempo, frotándola arriba y abajo, embadurnándola con mis jugos, disfrutando de mi humillación y de mi evidente excitación a pesar de todo.
Estaba completamente resignada. Ni si quiera me movia para intentar evitarlo. Sólo esperaba pacientemente a que ese viejo se decidiera a clavarla al fin.
- Mirá cómo chorreas, puta…- gruñó con satisfacción -Aunque digas que no, tu concha ya me está pidiendo la leche.-
Frotó la cabeza de su pene varias veces entre mis labios vaginales, de arriba abajo, embadurnándola con mis jugos. Cada roce hacía que mi clítoris palpitara. Yo respiraba agitada, mordiéndome el labio inferior con fuerza, las manos todavía aferradas a las sábanas a los lados de mi cabeza.
Entonces posicionó la punta justo en mi entrada.
-Ahora sí… te la voy a meter pendeja-
Empujó.Sentí cómo el glande grueso forzaba la entrada de mi vagina. Mis labios vaginales se estiraron alrededor de su cabeza, tragándola lentamente. Solté un gemido ahogado cuando la punta entró por completo, coronando dentro de mí.
-Ahh… mierda… qué apretadita estás- gruñó Ernesto, deteniéndose un segundo para saborear el momento.
Luego empujó más fuerte.
Centímetro a centímetro sentí su verga invadiéndome sin protección alguna. La piel caliente y venosa de su miembro rozaba directamente contra mis paredes internas, sin látex que amortiguara la fricción. Era una sensación cruda y humillante. Podía sentir cada relieve, cada vena, la forma exacta de su glande abriéndose paso dentro de mi coño.
- Hmmh…- gemí, arqueando la espalda involuntariamente.
Él siguió empujando hasta que sus huevos peludos chocaron contra mi. Estaba completamente adentro. Su verga, aunque corta, me llenaba de una forma densa y pesada. Sentía su calor palpitante dentro de mí, piel con piel, sin ninguna barrera.
-Así… toda adentro- jadeó triunfante, quedándose quieto un momento para que yo sintiera cómo me tenía completamente empalada -¿Lo sientes, puta? Sin forro. Mi verga tocando directo tu concha. Esto es lo que te mereces por humillarme la otra vez.-
Empezó a moverse.
Sacó casi todo su miembro lentamente, dejando solo el glande dentro, y luego volvió a metérmela de un empujón fuerte. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando en mi coño mojado llenó la habitación. Mis tetas rebotaron con el impacto.
- ¡Ahh! - gemí más fuerte.
Ernesto agarró mis muslos con sus manos gordas, abriéndome aún más, y comenzó a follarme con ritmo constante. Cada embestida hacía que su barriga chocara contra mi vientre y que sus huevos golpearan contra mi perineo. Sentía su verga entrando y saliendo, arrastrando mis jugos, frotando mis paredes sensibles sin piedad.
- Qué rica concha tienes…- gruñía sin parar, acelerando poco a poco -Te voy a llenar toda Josefina. Te voy a dejar el pavo bien relleno rebosando mi crema. Vas a irte a tu departamento chorreando semen-
Mis manos se aferraron a las sábanas con fuerza. La vergüenza me quemaba la cara, pero mi cuerpo respondía con traición total: mi coño se contraía alrededor de su verga, succionándola con cada embestida, mis jugos chorreando por su miembro y empapando sus huevos.
Ernesto agarró ritmo rápidamente, como un animal desesperado.
Sus caderas gordas empezaron a estrellarse contra mí con más fuerza y velocidad. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi coño empapado llenaba toda la habitación: *plap, plap, plap, plap*. Su barriga peluda chocaba contra mi vientre plano con cada embestida, haciendo que mis tetas enormes rebotaran violentamente hacia mi cara.
- ¡Ahh! ¡Ahh! ¡qué rica!- gruñía él como un cerdo, sudando y jadeando encima de mí.
Mi cuerpo de hembra en celo comenzó a traicionarme de la peor manera. Cada vez que su verga gruesa entraba hasta el fondo, rozaba ese punto sensible dentro de mí y mi vagina se contraía alrededor de él, succionándolo con avidez. Mis paredes internas, calientes y resbaladizas, lo apretaban como si quisieran ordeñarlo. Sentía un placer profundo y humillante creciendo en mi vientre, mis jugos chorreando por su miembro y empapando sus huevos peludos.
"Sólo aguanta un poco más", me repetía mentalmente, mordiéndome el labio con fuerza hasta que casi sangraba. Intentaba reprimirme, mantenerme callada, no darle el gusto de hacerle saber que estaba disfrutando. Pero era casi imposible. Mis caderas empezaron a moverse ligeramente hacia arriba por instinto, saliendo al encuentro de sus embestidas.
Ernesto lo notó y soltó una risa triunfal.
- ¿Ves? Tu concha me está chupando la verga… ¡Eres una ordeñadora de pijas nata! -
Aceleró aún más, follándome como un desesperado. Sus huevos golpeaban con fuerza. Mis tetas saltaban salvajemente. Yo apretaba los dientes, intentando contener los gemidos, pero pequeños quejidos ahogados se me escapaban de la garganta.
De pronto, Ernesto soltó un gruñido gutural y se enterró hasta el fondo.
- ¡Uuuuufff! ¡Me corrooo! -
Sentí cómo su verga se hinchaba dentro de mí y comenzaba a disparar chorros calientes y espesos de semen directamente contra mis paredes internas. Se corrió rapidísimo, apenas después de un par de minutos de follar. Su verga palpitaba con fuerza mientras me llenaba, soltando una carga sorprendentemente abundante para un viejo como él. Podía sentir cada pulsación, cada chorro caliente inundándome.
"Patético…", pensé con desprecio mientras sentía su semen llenándome. "Tan rápido como la otra vez"
Una sonrisa interna de burla se dibujó en mi mente. Creí que todo había terminado. Que me había cobrado su “renta” con esa eyaculación rápida y patética.
Ernesto se quedó unos segundos encima de mí, jadeando, sudando y con la verga todavía dentro. Luego se levantó con esfuerzo, su miembro saliendo de mi coño con un sonido húmedo. Un hilo espeso de semen blanco comenzó a escurrir lentamente de mi vagina abierta.
Yo cerré las piernas un poco, todavía con esa sonrisita interna de superioridad.
Pero entonces lo vi caminar hasta la mesa de noche, abrir un cajón y sacar una pastilla azul. Se la metió en la boca y la tragó con un vaso de agua.
- ¿Qué…?- murmuré, abriendo los ojos.
En menos de cinco minutos su verga, que apenas había empezado a ablandarse, comenzó a hincharse de nuevo. Se puso durísima, más hinchada y morada que antes. Las venas se marcaban prominentemente y el glande parecía aún más grande. Se veía obscenamente erecta, apuntando hacia arriba, palpitando con fuerza.
Ernesto se agarró la verga hinchada y la sacudió frente a mí, mirándome con una sonrisa vengativa y cruel.
- ¿Creíste que se había acabado, puta?- dijo riendo -Esta vez te voy a coger como te mereces… te voy a estar follando hasta que me supliques que pare.-
Su verga ahora lucía más gruesa, más venosa y amenazante. Y yo, todavía con su primera corrida chorreando de mi coño, sentí cómo mi estómago se apretaba de anticipación y miedo.
.
.
.
Una hora después
El tiempo había perdido todo sentido.
Llevaba más de una hora siendo follada sin piedad por Ernesto. La pastilla de Viagra había convertido al viejo repugnante en una bestia incansable. Su verga, ahora durísima e hinchada, entraba y salía de mi coño sin descanso, revolviendo su propio semen espeso dentro de mí.
Estaba a cuatro patas sobre su cama, completamente deshecha.
Mis brazos temblaban, apenas lograba sostenerme. Mi cara estaba hundida en las sábanas empapadas de saliva y lágrimas, el culo bien levantado y ofrecido. Ernesto me tenía agarrada con fuerza brutal de mis caderotas anchas y suaves, sus dedos gordos clavados en mi carne mientras me embestía como un animal.
*¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP!*
El sonido de sus caderas chocando contra mi culo era ensordecedor. Cada metida violenta hacía que mis tetas enormes se balancearan y golpearan entre sí debajo de mí. Mi cabello rubio largo estaba pegado a mi espalda sudada.
- ¡Aaaah! ¡Don Ernesto! ¡Por favor! -chillaba sin control, la voz rota y entrecortada.
Mi coño era un desastre. Estaba hinchado, rojo y completamente lleno de su semen. Cada vez que sacaba su verga gruesa, un chorro espeso y blanco salía de mi interior, solo para que él volviera a metérmela con fuerza y lo revolvieran todo adentro. Se escuchaba un sonido húmedo y sucio con cada embestida: *schlop, schlop, schlop*.
- ¡Así, puta! ¡Toma toda mi leche revuelta!-gruñía el viejo detrás de mí, sudando como un cerdo, su barriga chocando contra mi culo levantado - ¡Mira cómo te estoy domando! Hace una hora te hacías la difícil… ¡y ahora chillás mi nombre como una perra en celo!-
Me había hecho correrme ya tres veces. La primera contra mi voluntad, apretando los dientes. La segunda llorando de vergüenza. La tercera acababa de terminar hace pocos minutos: un orgasmo brutal que me dejó chillando y convulsionando alrededor de su verga.
Mi cuerpo ya no me pertenecía.
-¡Don Ernesto! ¡Aaah! ¡Es demasiado!- gemía desesperada, empujando mi culo hacia atrás por instinto mientras mi mente seguía intentando resistir.
Él soltó una risa cruel y me dio una fuerte nalgada que resonó en la habitación.
- ¡Cállate y recibe verga! Esta concha ya es mía- dijo, acelerando aún más el ritmo, follándome con embestidas cortas y brutales, removiendo su semen espeso dentro de mí como si quisiera marcarme para siempre.
Sentía su verga hinchada por el Viagra rozando cada centímetro sensible de mi interior. El semen revuelto hacía que todo fuera más resbaladizo, más obsceno. Cada metida profunda producía un sonido chapoteante humillante. Mis jugos mezclados con su crema blanca chorreaban por mis muslos y manchaban las sábanas.
Estaba totalmente domada.
El viejo gordo y asqueroso que tanto despreciaba me tenía completamente sometida: a cuatro patas, culo en pompa, chillando su nombre mientras me follaba sin piedad y me llenaba una y otra vez. Mis tetas se mecían con violencia, mis gemidos eran cada vez más altos y desesperados, y mi coño no paraba de contraerse alrededor de su verga, ordeñándolo como la deslechadora que él decía que era.
-¡Don Ernesto! ¡Me voy a correr otra vez! ¡Aaaah!- grité, completamente rota, sin ninguna dignidad ya. -¡Aaaahhh! ¡Don Ernesto! ¡Me corrooo! ¡Me corrooo! -chillé sin control, la voz quebrada y vergonzosamente alta.
Mi orgasmo me golpeó como un tren. Mi vagina se contrajo violentamente alrededor de su verga hinchada, ordeñándola con fuerza mientras un chorro caliente de mis fluidos salía disparado, salpicando sus huevos y la parte interna de mis muslos. Todo mi cuerpo temblaba sin control. Mis brazos cedieron y caí de cara contra el colchón, el culo todavía bien levantado, recibiendo cada embestida mientras me corría como una puta barata.
Ernesto soltó una carcajada cruel y burlona que me humilló todavía más.
- ¡Jajajajajaja! ¡Mírate pendeja ¡Otra vez corriéndote como una perra!- se reía sin parar, sin dejar de follarme ni un segundo-. ¡La que se hacía la digna! ¡La que se burlaba de mí porque no se me paraba! ¿Y ahora qué, eh? ¡Chillando mi nombre mientras te hago correr por cuarta vez!-
Su risa era gruesa, satisfecha y despiadada. Seguía clavándome su verga sin piedad, revolviendo todo el semen que ya me había echado antes. El sonido era asquerosamente húmedo: *schlop-schlop-schlop-schlop*, como si estuviera revolviendo una crema espesa dentro de mi coño.
El viejo estaba rojo como un tomate. El Viagra lo tenía completamente desatado. Su cara, cuello y pecho estaban de un rojo intenso, brillante por el sudor. Las venas de su frente y cuello marcadas, respirando como un toro. Pero su verga… su verga seguía durísima, más hinchada que nunca, palpitando dentro de mí sin dar señales de bajar.
- Jajaja! ¡Mirá cómo tiemblas! Tu concha no para de chuparme la verga- se burlaba mientras me daba una fuerte nalgada en el culo- Eres una hembra de verdad, Josefina. Una puta deslechadora.-

Seguía follándome con fuerza bruta, sujetándome firmemente de mis anchas caderas, tirándome hacia atrás contra cada embestida. Mi cara estaba aplastada contra las sábanas mojadas, babeando y gimiendo sin control mientras las olas de placer seguían recorriéndome.
- ¡Don Ernesto… por favor… ya no puedo más! -supliqué entre gemidos, la voz rota.
Pero él solo se reía más fuerte, acelerando el ritmo, haciendo que mis tetas se estrellaran contra el colchón con cada golpe.
-¡Claro que puedes, puta! ¡Mira cómo estás chorreando! Ese coño rojo e hinchado está hecho para recibir verga de viejo. Te voy a dar otra carga bien caliente… y después otra… y otra. Hasta que no puedas ni caminar.-
Sentía su verga gruesa y venosa moviéndose dentro de mí, mezclando su semen espeso con mis jugos.
Acabe chillando, temblando, corriéndome una y otra vez mientras el viejo repugnante se reía de mí, rojo por el viagra, follándome como si quisiera romperme y lo estaba consiguiendo.
.
.
.
Ya habian pasado dos horas desde que llegué.
Salí del departamento de Ernesto tambaleándome, con las piernas abiertas y temblorosas como las de una potranca recién montada.
Apenas podía caminar. Cada paso hacía que un grueso hilo de semen caliente se escapara de mi coño hinchado y chorreara por el interior de mis muslos. Sentía la crema espesa del viejo bajando lentamente, pegajosa, caliente, mezclada con mis propios jugos. Mi tanga roja estaba completamente empapada y arruinada, apenas conteniendo la inundación.
Tenía la ropa mal puesta, el cabello revuelto y pegado a la cara por el sudor, marcas de mordidas y chupetones en el cuello y en mis tetas. Mis pezones seguían hinchados y sensibles, rozando contra la tela y enviándome pequeñas descargas de placer con cada movimiento.
Cerré la puerta de mi departamento con dificultad y me apoyé contra ella, respirando agitada. Mis piernas cedieron y me deslicé lentamente hasta quedar sentada en el piso, con las rodillas abiertas y la espalda contra la madera.
- Otra vez caí... -susurré con la voz ronca de tanto gemir y chillar.
Dos horas recibiendo verga sin parar. El viejo, dopado de Viagra, me había follado en todas las posiciones posibles: misionero, perrito, a horcajadas, contra la pared, otra vez en cuatro patas… Me había corrido incontables veces mientras él se reía de mí, vaciándose dentro una y otra vez. Mi vientre se sentía pesado, lleno de su semen espeso. Podía sentirlo moverse dentro de mí con cada respiración.
Me saqué la ropa, hice control de daños. Mis tetas todas chupadas y babosadas, mi coño estaba rojo, hinchado y completamente destrozado. Los labios vaginales prominentes y brillantes. Al apretar ligeramente, un chorro abundante de semen blanco y espeso salió de mi interior, cayendo al piso con un sonido húmedo y vergonzoso.
- Asqueroso- gemí, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
Entonces sentí ese calor familiar en mi muñeca.
La joya brillaba con un tono verdoso intenso, casi satisfecho. Y ahí estaba ella… esa voz burlona dentro de mi cabeza, clara como nunca.
"¿Ves, Josefina? Da igual lo que elijas. Intentaste resistirte, buscaste trabajo honrado, quisiste salir con Javiera, te prometiste no caer más… y siempre terminas igual: con las piernas abiertas y el coño lleno de verga. Porque eso es lo que eres ahora. Una hembra. Mi hembra."
Cerré los ojos con fuerza, pero la voz siguió, dulce y cruel al mismo tiempo.
"Mírate… temblando, chorreando leche de viejo asqueroso. Y lo peor es que te corriste como una loca, ¿verdad? Chillando su nombre mientras te domaba. Yo me alimento de esto. De tu vergüenza. De tu placer. Mientras más te resistes, más delicioso es cuando caes."
Me levanté con dificultad y caminé hasta la cama, dejando un rastro de semen en el piso. Me tiré boca arriba, con las piernas todavía abiertas, sintiendo cómo más crema salía lentamente de mi interior.
- No importa lo que haga…- susurré derrotada, mirando el techo - Siempre todo acaba así-
La joya pulsó una vez más, casi como una caricia burlona en mi muñeca.
Y en el fondo, en ese rincón oscuro y húmedo de mi mente, supe que tenía razón.
No importaba cuánto luchara.
Esta joya siempre ganaba.
Y yo siempre terminaba convertida en lo que ella quería: una puta bien follada.
Me quedé tirada en la cama un largo rato, con las piernas abiertas y la mirada perdida en el techo. Mi coño seguía palpitando, hinchado y sensible. Cada vez que movía las caderas, sentía otro chorro espeso de semen de Ernesto escapando de mí, deslizándose entre mis nalgas y manchando las sábanas. Estaba literalmente repleta.
Cerré los ojos y suspiré profundamente. Por primera vez, no intenté negarlo. No busqué excusas. Solo lo acepté.
No importaba cuánto luchara, cuánto me prometiera resistir, cuánto intentara llevar una vida “normal”. La joya siempre encontraba la forma. Terminaba con las piernas abiertas, gimiendo, corriéndome y recibiendo leche dentro. En el departamento de Ernesto, en la bodega de la zapatería, en la cama de Juan, en el piso de Jean… Siempre acababa follada.
Tal vez… era hora de dejar de pelear contra eso.
Me mordí el labio inferior mientras el pensamiento tomaba forma en mi mente, más claro y peligroso que nunca.
"Si siempre voy a terminar cogida… quizás sea mejor vivir de esto. De mi cuerpo."
Me sonrojé violentamente. Sentí cómo mis mejillas ardían y un calor nuevo me subía por el cuello. La sola idea me avergonzaba hasta lo más profundo… pero también hizo que mi coño se contrajera alrededor de la nada, soltando otro hilo de semen.
No como una puta de la calle, claro. Eso no. Pero… ¿un macho? Un hombre que me mantuviera. Alguien con dinero, con poder, que me diera techo, comida, ropa bonita… y a cambio yo le diera este cuerpo. Estas tetas enormes, este culo redondo, esta carita de ángel nórdico y este coño que, al parecer, estaba hecho para volver locos a los hombres.
Imaginé la escena y me puse todavía más roja.
Un hombre proveedor llegando a casa después del trabajo y encontrándome esperándolo con lencería cara. De rodillas. Abriéndole las piernas, dejándolo usar mis tetas, mi boca, mi coño… cuando quisiera. A cambio de que pagara todo. De que me mantuviera como su hembra trofeo.
- Dios…- susurré, tapándome la cara con las manos, muerta de vergüenza.
Pero no podía parar de pensarlo. Mi mente seguía creando imágenes: yo vestida provocativa, esperando a mi “dueño”, abriéndome para él, gimiendo su nombre mientras me follaba fuerte. Sin tener que preocuparme por la renta, por buscar trabajo, por fingir que era una chica decente. Solo… entregarme a los deseos de la maldicion del brazalete de afrodita.
La joya en mi muñeca brilló con más intensidad, como si aprobara el pensamiento. Sentí esa presencia burlona dentro de mi cabeza, riéndose suavemente.
"Por fin empiezas a entenderlo, Josefina… Ya era hora."
Me senté en la cama, todavía con las piernas abiertas. Miré mi reflejo en el espejo: el cabello revuelto, las marcas en el cuello, los pezones visibles bajo el vestido arrugado, el semen brillando en mis muslos. Lucía exactamente como lo que era: una hembra recién follada.
Y por primera vez, en vez de sentir solo asco y vergüenza… sentí una extraña excitación mezclada con resignación.
"Tal vez sea más fácil así. Dejar de luchar. Buscar a alguien que me mantenga. Un macho fuerte, generoso… que sepa usar este cuerpo como se debe."
Me sonrojé aún más fuerte y apreté los muslos, sintiendo cómo más semen salía de mí. La idea me daba vergüenza, mucha vergüenza… pero también me mojaba.
¿Estaba realmente considerando convertirme en la mujer mantenida de alguien?
La joya pulsó cálidamente en mi muñeca, como si celebrara mi rendición.
Por el momento lo mejor era conseguir la pildora, de nuevo el riesgo de embarazo era alto, despues le daría mas vuelta a la idea de aceptarme como hembra para siempre. Pero la duda seguía en mi mente.
"¿Qué debería hacer?"
Los primeros días intenté mantenerme firme. Vendí la poca ropa de hombre que aún tenía, busqué trabajos informales. Pero era difícil, los hombres solo veían una cosa: una rubia de curvas escandalosas de la cual podrían aprovecharse. Las mujeres me miraban con envidia o desconfianza. Nadie me daba un contrato, nadie confiaba en una chica que no tenía papeles ni historial laboral coherente.
El dinero del fajo que me tiró Juan se acabó en menos de una semana: renta atrasada, comida y un par de conjuntos baratos que intenté usar para entrevistas.
Jean me había estado rondando. A veces veces me invitaba a “pasar un rato”. Yo lo evitaba como podía, aunque mi cuerpo traicionero se humedecía solo con oír su voz grave. Pero fui fuerte en mantenerme alejada de los hombres y esas vergas que alimentaban de vitalidad al brazalete.
Hasta que llegó el día del pago de renta.
Escuché los golpes fuertes en mi puerta a las ocho de la noche. Sabía quién era.
-Josefina… sé que estás ahí, preciosa. Es día de pago.-
Tragué saliva. Tenía unos pocos billetes en mi cartera, faltaba mas del triple.
Abrí la puerta en top y shorts. Ernesto estaba ahí, con su barriga enorme, su camisa sudada y esa sonrisa asquerosa que se le ensanchaba al verme.

-Don Ernesto… por favor, deme unos días más. Estoy buscando trabajo, yo…-
-No, mija. Ya sabes que sin prórrogas.- Me cortó, empujando la puerta y entrando sin pedir permiso. - Ya sabes como pagar si no hay dinero. La última vez te portaste bien. Pero me dejaste en ridículo al final. Ahora quiero darte como corresponde.-
Recordando aquella vez que una mamada fue suficiente para pagarle y no tuvo la virilidad suficiente como para cogerme, pues su amiguito se desplomó de un sólo round.
Intenté negociar. Le ofrecí lo poco que tenía. Le dije que le pagaría el doble la próxima semana. Nada funcionó. Sus ojos ya estaban clavados en mis tetas, que se marcaban bajo la tela.
-Te vienes conmigo ahora mismo a mi departamento y me dejas cobrarte como ya sabes... o te vas a la calle esta misma noche.- dijo viendome con una sonrisa maliciosa.
Bajé la cabeza. Sentí las lágrimas picándome en los ojos, pero también esa maldita calentura traicionera entre las piernas. La joya en mi muñeca parecía palpitar.
-Está bien…- susurré resignada, el sonrío satisfecho, mirandome de pies a cabeza. Relamiendose por el hembron que estaba a punto de cenar.
-Vamos preciosa, ya es hora de que tome lo que me debes- me tomó de la cintura y me llevó a su lado, muy apegada a su cuerpo obeso.
.
.
.
Quince minutos después estaba parada en el centro de su sala, completamente desnuda.
Ernesto había cerrado la puerta con llave. La luz amarilla del foco le daba un aspecto aún más repulsivo: peludo, gordo, con esa barriga colgante y su verga ya medio dura resaltando en su pantalon. Yo estaba de pie, tal como me ordenó. Mis largas piernas ligeramente abiertas, los brazos levantados, las manos entrelazadas detrás de mi nuca. Esa posición hacía que mis tetas enormes se proyectaran hacia adelante, firmes, pesadas, con los pezones rosados ya duros por el aire y la vergüenza.
-Así me gusta, mamita- gruñó, acercándose -Bien ofrecida. Mirá esas tetotas que tienes, pendejita… qué desperdicio que estés con José, seguro no las disfrutado nunca como se debe- él aún creia esa historia que le inventé, ni se imagibaba que las tetotas que veía eran del mismísimo José.
Se detuvo frente a mí. Sus manos gordas y ásperas subieron directamente a mis pechos. Los agarró con fuerza, apretándolos, levantándolos, sintiendo su peso. Soltó un gemido de satisfacción.
- La puta madre… son más grandes de lo que recordaba-
Juntó mis tetas con ambas manos, presionándolas fuerte hasta que se aplastaron una contra la otra, formando un escote profundo y obsceno. Mis pezones quedaron casi tocándose. El viejo se relamió los labios, babeando.
Bajó la cabeza y abrió la boca. Primero lamió el valle entre mis pechos, dejando un rastro grueso de saliva. Luego atacó.
Succionó mi pezón derecho con fuerza, ruidosamente, haciendo un sonido húmedo y obsceno: *¡slurp… chuuup…!*

Gemí sin poder evitarlo. El tirón fue fuerte, casi doloroso, pero mi cuerpo reaccionó inmediatamente. Sentí un latigazo de placer directo a mi clítoris. Ernesto cambió al izquierdo, succionando igual de fuerte, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras mantenía mis tetas bien juntas con sus manos.
*¡Slup! ¡Slurp! ¡Slurp!* el sonido llenaba la sala. Chupaba como un animal, babeando, dejando mis pechos brillantes de saliva. Mordisqueaba los pezones, los estiraba con los labios y luego los soltaba para que rebotaran pesadamente.
Yo seguía con las manos en la nuca, tal como me ordenó. Los brazos me temblaban. Mis piernas se apretaban una contra la otra, intentando contener la humedad que ya empezaba a correr por el interior de mis muslos.
-Qué ricas… qué gomas más deliciosas tienes, mi niña- gruñía contra mi piel, sin soltarlas ni un segundo. -Prefiero esto al dinero de la renta-
Volvió a juntarlas con más fuerza, aplastándolas, y metió ambas tetas en su boca al mismo tiempo. Succionó ruidosamente las dos, alternando lamidas y chupadas fuertes, haciendo que mis pezones rozaran entre sí dentro de su boca caliente y babosa.
Mi respiración se volvió entrecortada. Mordí mi labio inferior con fuerza, intentando no gemir más alto, pero era inútil. El viejo seguía devorándome las tetas con hambre voraz, ruidosamente, sin ninguna delicadeza, como si estuviera cobrando con creces lo que le debía.
Y yo, desnuda, ofrecida, con las manos en la nuca y las tetas convertidas en su banquete… solo podía quedarme ahí, sintiendo cómo mi cuerpo me traicionaba una vez más.
Ernesto se estaba dando un verdadero festín con mis tetas.
El viejo gordo tenía la cara enterrada entre mis pechos, gruñendo como un cerdo mientras succionaba con hambre salvaje. Sus manos gordas y sudadas apretaban mis tetas con fuerza, juntándolas brutalmente para meterse las dos al mismo tiempo en su boca babosa.
*¡Chuup! ¡Slurp! ¡POP!* el sonido húmedo y obsceno llenaba toda la sala. Chupaba con tanta fuerza que mis pezones se estiraban dentro de su boca caliente, rozándose entre sí mientras él los devoraba.
Los brazos me temblaban del esfuerzo y la vergüenza. Mis largas piernas ligeramente abiertas, el coño ya vergonzosamente mojado. Sentía cómo un hilo de mis fluidos empezaba a correr por el interior de mi muslo.
"Esto no puede estar pasando otra vez…" pensaba, mordiéndome el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. "Soy un hombre… era un hombre… y ahora este viejo asqueroso me está comiendo las tetas como si fueran de su propiedad."
Pero mi cuerpo me traicionaba de la peor forma.
Cada vez que Ernesto succionaba con fuerza, un latigazo de placer me recorría desde los pezones hasta el clítoris. Mis tetas, tan grandes y sensibles, respondían contra mi voluntad. Los pezones estaban hinchados, duros como piedras, y cada lamida ruidosa me arrancaba un gemido ahogado que no podía contener.
-Hmm… qué ubres más ricas…-gruñó el viejo, separando un momento su boca para tomar aire. Mis pechos quedaron brillantes de saliva, rojos por las succiones y mordidas. Me dio un par de palmadas fuertes, haciendo que rebotaran pesadamente -Mira cómo bailan para mí. Están hechas para esto, Josefina. Para que un hombre como yo se las coma.-
Volvió al ataque con más ganas.
Abrió la boca todo lo que pudo y succionó mi pezón derecho con fuerza brutal, tirando de él mientras su lengua lo azotaba por dentro. Luego pasó al izquierdo, chupando ruidosamente, babeando sin control. Alternaba entre uno y otro, dejando mis tetas cubiertas de hilos espesos de saliva que colgaban y caían sobre mi abdomen plano.
*¡Slurp! ¡Slurp! ¡Slurp! CHUUP*
Gemí más alto de lo que quería. Mis rodillas flaquearon un segundo.
"Me gusta… mierda, me gusta", admití con horror en mi mente. "¿Cómo puede gustarme esto? Es repugnante… es Ernesto, el viejo casero asqueroso… pero mis tetas están ardiendo… mi concha está empapada…"
El viejo pareció notar mi excitación. Soltó una risita cruel y empezó a usar más la lengua: largos lametones desde abajo hacia arriba, rodeando mis areolas, mordisqueando los pezones y luego succionando con fuerza renovada. Juntaba mis tetas tan fuerte que se deformaban entre sus manos, convirtiéndolas en dos masas blandas y sensibles que él devoraba sin piedad.
-Qué puta estás hecha- murmuró contra mi piel mojada -Te encanta que te mame las tetotas, ¿verdad pendeja? Aunque intentes, tu cuerpo no miente, zorra.-
Me dio una palmada fuerte en la cara interna de mi teta izquierda, haciendo que rebotara, y luego se lanzó de nuevo a chuparlas con renovada ferocidad. Sus sonidos eran cada vez más fuertes, más húmedos, más obscenos. Babeaba tanto que sentía la saliva corriendo por mi vientre, bajando hacia mi coño.
Yo seguía con las manos en la nuca, expuesta, ofrecida. Las lágrimas de vergüenza me picaban en los ojos, pero mis caderas se movían ligeramente por sí solas, buscando fricción. Mi clítoris palpitaba, hinchado y necesitado.
Ernesto levantó mis tetas desde abajo, las apretó hacia arriba y hundió toda su cara entre mis pechos con lujuria mientras gruñia de placer. El sonido vibraba contra mi piel sensible.
Estaba perdido en su festín, y yo… yo estaba perdida en la humillación y placer.
Ernesto separó un momento su cara babeante de mis tetas, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Me miró desde abajo con esos ojos pequeños y llenos de lujuria, mientras sus manos seguían apretando mis pechos con fuerza, amasándolos como si fueran masa.
- Esta vez no te vas a salvar, pendejita…- dijo con voz ronca, casi jadeando - Esta vez sí te voy a coger de verdad.-
Sentí un escalofrío recorriéndome entera. Mis ojos se abrieron de golpe.
- Don Ernesto… la última vez usted dijo que con la mamada bastaba- susurré, con la voz temblorosa.
Él soltó una risa baja y cruel, apretando mis tetas aún más fuerte, haciendo que se desbordaran entre sus dedos gordos.
-La última vez te portaste bien, pero te salvaste. Esta vez no basta con que me la mames. Hoy te voy a abrir esas piernas y te voy a meter toda la pija hasta el fondo. Te voy a coger como se debe coger a una puta como tú.-
Mientras hablaba, volvió a lanzarse contra mis pechos con más hambre que antes.
*¡SLUUURP! ¡SCHLOP!*
Succionó mis dos tetas al mismo tiempo con fuerza brutal, metiéndose casi la mitad de cada una en su boca babosa. Su lengua gruesa las azotaba por dentro mientras chupaba ruidosamente, tirando de mis pezones hinchados. Babeaba sin control, dejando hilos espesos de saliva que colgaban de mis tetas y caían hasta mi vientre.
Gemí fuerte, sin poder evitarlo. Mis rodillas flaquearon.
"Siempre lo mismo, todo me sale mal… ahora este viejo quiere cogerme tambien…"
Recordando como otros tambien se salieron con la suya y lograron clavar sus sucias vergas dentro de mi conchita que parecia diseñada para dar y recibir placer.
Ernesto soltó una de mis tetas con un sonido húmedo y fuerte, solo para darle una palmada sonora que hizo rebotar pesadamente mi pecho.
-Mirá cómo estás… mojada con solo chuparte las tetas, se nota que quieres macho, pendeja- se burló, metiendo dos dedos entre mis piernas y comprobando lo empapada que estaba - Esta conchita ya pide verga. No te hagas la difícil ahora, Josefina. Hoy te vas a ir de aquí bien follada y con la renta pagada-
Ernesto soltó mis tetas con un último *chup* húmedo y fuerte, dejando que rebotaran pesadamente, rojas e hinchadas por las brutales succiones. Tenía la boca y la barbilla cubiertas de saliva, los ojos vidriosos de pura lujuria.
-A la cama, rubia. Ya- ordenó con voz ronca, dándome una fuerte palmada en el culo que resonó en toda la sala e hizo que mi nalgota diera un firme rebote.
Tragué saliva. Sabía que no había escapatoria. Bajé los brazos lentamente, sintiendo cómo me ardían los pezones y cómo mi coño palpitaba, traicioneramente mojado. Caminé hacia la habitación del viejo, sintiendo su mirada clavada en mi culo mientras me movía. Cada paso hacía que mis tetas pesadas se balancearan.
Me subí a la cama y, resignada, me acosté de espaldas sobre el colchón. Abrí las piernas lentamente, exponiendo mi coño completamente depilado y brillante de humedad. Sabía exactamente cómo hacerlo: las rodillas flexionadas, los talones clavados en el colchón, el culo ligeramente levantado. Ya había aprendido la postura en la que los hombres como él me querían. Era horrible pensar que ya habia estado asi mismo para tres hombres antes que él.
Ernesto se quedó de pie al borde de la cama, mirándome como si fuera un banquete. Se quitó la camisa sudada, dejando al descubierto su enorme barriga peluda y sus tetillas caídas.
-Por favor… póngase condón- supliqué en voz baja, casi avergonzada de tener que pedirlo -No quiero riesgos…-
Él soltó una carcajada cruel, baja y satisfecha.
-¿Condón? Jaja... Josefina, hoy te la voy a hundir sin forro, como Dios manda.-
Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo movimiento. La tela cayó al suelo alrededor de sus tobillos.
Su verga salió. La analice. Era gruesa pero corta, como unos 12 o 13 centímetros, con el glande morado y brillante de preseminal, rodeada de una espesa mata de vello negro y gris en la base y en los huevos colgantes. Comparada con las grandes vergas que ya me habían follado, la cabezona verga negra de Jean de 20 cm y la venosa y recta pija de Juan que alcanzaba los 18 cm. Imagine que esta al ser mas pequeña sería mas facil de manejar, pero no me confiaba, el viejo zapatero Julián la tenía de apenas 10 cm y aún así me puso a ver las estrellas con su gran técnica.
Me puse toda roja y agite la carita al darme cuenta que andaba pensando en las vergas de los hombres que me poseyeron, hasta recordaba bien sus formas y medidas.
En eso Ernesto se agarró la verga con una mano y la sacudió lentamente, mirándome con una sonrisa vengativa.
- ¿Ves esta verga, puta? La última vez me humillaste. Me dejaste con la verga blanda y te burlaste de mí. Me dijiste que a José nunca le pasaba eso… ¿te acuerdas, eh?- Su voz estaba cargada de rencor y excitación. -Pues hoy vas a pagar esa humillación. Te voy a coger como se debe coger a una pendeja puta como tú. Te voy a llenar ese bollo rico de crema espesa. Cuando termines vas a irte a tu departamento con la concha chorreando mi semen, caminando con las piernas abiertas porque te voy a dejar bien follada.-
Me mordí el labio con fuerza. Sentía mi cara arder de vergüenza. Mis pechos subían y bajaban rápidamente con la respiración agitada. Mi coño se contrajo visiblemente frente a él, traicionándome una vez más.
- Don Ernesto… por favor no... -intenté una última vez, aunque mi voz ya sonaba débil.
-Cállate y abre mas esas gambas, putita -gruñó, subiéndose a la cama con dificultad por su peso. Se arrodilló entre mis muslos abiertos, mirándome desde arriba como un cerdo a punto de devorar su comida -Hoy pagas la renta como las putas deben pagar: con la conchita. Prepárate, Josefina… porque te voy a rellenar hasta que te salga por las orejas.-
Sentí la punta caliente y viscosa de su verga rozar mis labios vaginales. El viejo se tomó su tiempo, frotándola arriba y abajo, embadurnándola con mis jugos, disfrutando de mi humillación y de mi evidente excitación a pesar de todo.
Estaba completamente resignada. Ni si quiera me movia para intentar evitarlo. Sólo esperaba pacientemente a que ese viejo se decidiera a clavarla al fin.
- Mirá cómo chorreas, puta…- gruñó con satisfacción -Aunque digas que no, tu concha ya me está pidiendo la leche.-
Frotó la cabeza de su pene varias veces entre mis labios vaginales, de arriba abajo, embadurnándola con mis jugos. Cada roce hacía que mi clítoris palpitara. Yo respiraba agitada, mordiéndome el labio inferior con fuerza, las manos todavía aferradas a las sábanas a los lados de mi cabeza.
Entonces posicionó la punta justo en mi entrada.
-Ahora sí… te la voy a meter pendeja-
Empujó.Sentí cómo el glande grueso forzaba la entrada de mi vagina. Mis labios vaginales se estiraron alrededor de su cabeza, tragándola lentamente. Solté un gemido ahogado cuando la punta entró por completo, coronando dentro de mí.
-Ahh… mierda… qué apretadita estás- gruñó Ernesto, deteniéndose un segundo para saborear el momento.
Luego empujó más fuerte.
Centímetro a centímetro sentí su verga invadiéndome sin protección alguna. La piel caliente y venosa de su miembro rozaba directamente contra mis paredes internas, sin látex que amortiguara la fricción. Era una sensación cruda y humillante. Podía sentir cada relieve, cada vena, la forma exacta de su glande abriéndose paso dentro de mi coño.
- Hmmh…- gemí, arqueando la espalda involuntariamente.
Él siguió empujando hasta que sus huevos peludos chocaron contra mi. Estaba completamente adentro. Su verga, aunque corta, me llenaba de una forma densa y pesada. Sentía su calor palpitante dentro de mí, piel con piel, sin ninguna barrera.
-Así… toda adentro- jadeó triunfante, quedándose quieto un momento para que yo sintiera cómo me tenía completamente empalada -¿Lo sientes, puta? Sin forro. Mi verga tocando directo tu concha. Esto es lo que te mereces por humillarme la otra vez.-
Empezó a moverse.
Sacó casi todo su miembro lentamente, dejando solo el glande dentro, y luego volvió a metérmela de un empujón fuerte. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando en mi coño mojado llenó la habitación. Mis tetas rebotaron con el impacto.
- ¡Ahh! - gemí más fuerte.
Ernesto agarró mis muslos con sus manos gordas, abriéndome aún más, y comenzó a follarme con ritmo constante. Cada embestida hacía que su barriga chocara contra mi vientre y que sus huevos golpearan contra mi perineo. Sentía su verga entrando y saliendo, arrastrando mis jugos, frotando mis paredes sensibles sin piedad.
- Qué rica concha tienes…- gruñía sin parar, acelerando poco a poco -Te voy a llenar toda Josefina. Te voy a dejar el pavo bien relleno rebosando mi crema. Vas a irte a tu departamento chorreando semen-
Mis manos se aferraron a las sábanas con fuerza. La vergüenza me quemaba la cara, pero mi cuerpo respondía con traición total: mi coño se contraía alrededor de su verga, succionándola con cada embestida, mis jugos chorreando por su miembro y empapando sus huevos.
Ernesto agarró ritmo rápidamente, como un animal desesperado.
Sus caderas gordas empezaron a estrellarse contra mí con más fuerza y velocidad. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi coño empapado llenaba toda la habitación: *plap, plap, plap, plap*. Su barriga peluda chocaba contra mi vientre plano con cada embestida, haciendo que mis tetas enormes rebotaran violentamente hacia mi cara.
- ¡Ahh! ¡Ahh! ¡qué rica!- gruñía él como un cerdo, sudando y jadeando encima de mí.
Mi cuerpo de hembra en celo comenzó a traicionarme de la peor manera. Cada vez que su verga gruesa entraba hasta el fondo, rozaba ese punto sensible dentro de mí y mi vagina se contraía alrededor de él, succionándolo con avidez. Mis paredes internas, calientes y resbaladizas, lo apretaban como si quisieran ordeñarlo. Sentía un placer profundo y humillante creciendo en mi vientre, mis jugos chorreando por su miembro y empapando sus huevos peludos.
"Sólo aguanta un poco más", me repetía mentalmente, mordiéndome el labio con fuerza hasta que casi sangraba. Intentaba reprimirme, mantenerme callada, no darle el gusto de hacerle saber que estaba disfrutando. Pero era casi imposible. Mis caderas empezaron a moverse ligeramente hacia arriba por instinto, saliendo al encuentro de sus embestidas.
Ernesto lo notó y soltó una risa triunfal.
- ¿Ves? Tu concha me está chupando la verga… ¡Eres una ordeñadora de pijas nata! -
Aceleró aún más, follándome como un desesperado. Sus huevos golpeaban con fuerza. Mis tetas saltaban salvajemente. Yo apretaba los dientes, intentando contener los gemidos, pero pequeños quejidos ahogados se me escapaban de la garganta.
De pronto, Ernesto soltó un gruñido gutural y se enterró hasta el fondo.
- ¡Uuuuufff! ¡Me corrooo! -
Sentí cómo su verga se hinchaba dentro de mí y comenzaba a disparar chorros calientes y espesos de semen directamente contra mis paredes internas. Se corrió rapidísimo, apenas después de un par de minutos de follar. Su verga palpitaba con fuerza mientras me llenaba, soltando una carga sorprendentemente abundante para un viejo como él. Podía sentir cada pulsación, cada chorro caliente inundándome.
"Patético…", pensé con desprecio mientras sentía su semen llenándome. "Tan rápido como la otra vez"
Una sonrisa interna de burla se dibujó en mi mente. Creí que todo había terminado. Que me había cobrado su “renta” con esa eyaculación rápida y patética.
Ernesto se quedó unos segundos encima de mí, jadeando, sudando y con la verga todavía dentro. Luego se levantó con esfuerzo, su miembro saliendo de mi coño con un sonido húmedo. Un hilo espeso de semen blanco comenzó a escurrir lentamente de mi vagina abierta.
Yo cerré las piernas un poco, todavía con esa sonrisita interna de superioridad.
Pero entonces lo vi caminar hasta la mesa de noche, abrir un cajón y sacar una pastilla azul. Se la metió en la boca y la tragó con un vaso de agua.
- ¿Qué…?- murmuré, abriendo los ojos.
En menos de cinco minutos su verga, que apenas había empezado a ablandarse, comenzó a hincharse de nuevo. Se puso durísima, más hinchada y morada que antes. Las venas se marcaban prominentemente y el glande parecía aún más grande. Se veía obscenamente erecta, apuntando hacia arriba, palpitando con fuerza.
Ernesto se agarró la verga hinchada y la sacudió frente a mí, mirándome con una sonrisa vengativa y cruel.
- ¿Creíste que se había acabado, puta?- dijo riendo -Esta vez te voy a coger como te mereces… te voy a estar follando hasta que me supliques que pare.-
Su verga ahora lucía más gruesa, más venosa y amenazante. Y yo, todavía con su primera corrida chorreando de mi coño, sentí cómo mi estómago se apretaba de anticipación y miedo.
.
.
.
Una hora después
El tiempo había perdido todo sentido.
Llevaba más de una hora siendo follada sin piedad por Ernesto. La pastilla de Viagra había convertido al viejo repugnante en una bestia incansable. Su verga, ahora durísima e hinchada, entraba y salía de mi coño sin descanso, revolviendo su propio semen espeso dentro de mí.
Estaba a cuatro patas sobre su cama, completamente deshecha.
Mis brazos temblaban, apenas lograba sostenerme. Mi cara estaba hundida en las sábanas empapadas de saliva y lágrimas, el culo bien levantado y ofrecido. Ernesto me tenía agarrada con fuerza brutal de mis caderotas anchas y suaves, sus dedos gordos clavados en mi carne mientras me embestía como un animal.
*¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP! ¡PLAP!*
El sonido de sus caderas chocando contra mi culo era ensordecedor. Cada metida violenta hacía que mis tetas enormes se balancearan y golpearan entre sí debajo de mí. Mi cabello rubio largo estaba pegado a mi espalda sudada.
- ¡Aaaah! ¡Don Ernesto! ¡Por favor! -chillaba sin control, la voz rota y entrecortada.
Mi coño era un desastre. Estaba hinchado, rojo y completamente lleno de su semen. Cada vez que sacaba su verga gruesa, un chorro espeso y blanco salía de mi interior, solo para que él volviera a metérmela con fuerza y lo revolvieran todo adentro. Se escuchaba un sonido húmedo y sucio con cada embestida: *schlop, schlop, schlop*.
- ¡Así, puta! ¡Toma toda mi leche revuelta!-gruñía el viejo detrás de mí, sudando como un cerdo, su barriga chocando contra mi culo levantado - ¡Mira cómo te estoy domando! Hace una hora te hacías la difícil… ¡y ahora chillás mi nombre como una perra en celo!-
Me había hecho correrme ya tres veces. La primera contra mi voluntad, apretando los dientes. La segunda llorando de vergüenza. La tercera acababa de terminar hace pocos minutos: un orgasmo brutal que me dejó chillando y convulsionando alrededor de su verga.
Mi cuerpo ya no me pertenecía.
-¡Don Ernesto! ¡Aaah! ¡Es demasiado!- gemía desesperada, empujando mi culo hacia atrás por instinto mientras mi mente seguía intentando resistir.
Él soltó una risa cruel y me dio una fuerte nalgada que resonó en la habitación.
- ¡Cállate y recibe verga! Esta concha ya es mía- dijo, acelerando aún más el ritmo, follándome con embestidas cortas y brutales, removiendo su semen espeso dentro de mí como si quisiera marcarme para siempre.
Sentía su verga hinchada por el Viagra rozando cada centímetro sensible de mi interior. El semen revuelto hacía que todo fuera más resbaladizo, más obsceno. Cada metida profunda producía un sonido chapoteante humillante. Mis jugos mezclados con su crema blanca chorreaban por mis muslos y manchaban las sábanas.
Estaba totalmente domada.
El viejo gordo y asqueroso que tanto despreciaba me tenía completamente sometida: a cuatro patas, culo en pompa, chillando su nombre mientras me follaba sin piedad y me llenaba una y otra vez. Mis tetas se mecían con violencia, mis gemidos eran cada vez más altos y desesperados, y mi coño no paraba de contraerse alrededor de su verga, ordeñándolo como la deslechadora que él decía que era.
-¡Don Ernesto! ¡Me voy a correr otra vez! ¡Aaaah!- grité, completamente rota, sin ninguna dignidad ya. -¡Aaaahhh! ¡Don Ernesto! ¡Me corrooo! ¡Me corrooo! -chillé sin control, la voz quebrada y vergonzosamente alta.
Mi orgasmo me golpeó como un tren. Mi vagina se contrajo violentamente alrededor de su verga hinchada, ordeñándola con fuerza mientras un chorro caliente de mis fluidos salía disparado, salpicando sus huevos y la parte interna de mis muslos. Todo mi cuerpo temblaba sin control. Mis brazos cedieron y caí de cara contra el colchón, el culo todavía bien levantado, recibiendo cada embestida mientras me corría como una puta barata.
Ernesto soltó una carcajada cruel y burlona que me humilló todavía más.
- ¡Jajajajajaja! ¡Mírate pendeja ¡Otra vez corriéndote como una perra!- se reía sin parar, sin dejar de follarme ni un segundo-. ¡La que se hacía la digna! ¡La que se burlaba de mí porque no se me paraba! ¿Y ahora qué, eh? ¡Chillando mi nombre mientras te hago correr por cuarta vez!-
Su risa era gruesa, satisfecha y despiadada. Seguía clavándome su verga sin piedad, revolviendo todo el semen que ya me había echado antes. El sonido era asquerosamente húmedo: *schlop-schlop-schlop-schlop*, como si estuviera revolviendo una crema espesa dentro de mi coño.
El viejo estaba rojo como un tomate. El Viagra lo tenía completamente desatado. Su cara, cuello y pecho estaban de un rojo intenso, brillante por el sudor. Las venas de su frente y cuello marcadas, respirando como un toro. Pero su verga… su verga seguía durísima, más hinchada que nunca, palpitando dentro de mí sin dar señales de bajar.
- Jajaja! ¡Mirá cómo tiemblas! Tu concha no para de chuparme la verga- se burlaba mientras me daba una fuerte nalgada en el culo- Eres una hembra de verdad, Josefina. Una puta deslechadora.-

Seguía follándome con fuerza bruta, sujetándome firmemente de mis anchas caderas, tirándome hacia atrás contra cada embestida. Mi cara estaba aplastada contra las sábanas mojadas, babeando y gimiendo sin control mientras las olas de placer seguían recorriéndome.
- ¡Don Ernesto… por favor… ya no puedo más! -supliqué entre gemidos, la voz rota.
Pero él solo se reía más fuerte, acelerando el ritmo, haciendo que mis tetas se estrellaran contra el colchón con cada golpe.
-¡Claro que puedes, puta! ¡Mira cómo estás chorreando! Ese coño rojo e hinchado está hecho para recibir verga de viejo. Te voy a dar otra carga bien caliente… y después otra… y otra. Hasta que no puedas ni caminar.-
Sentía su verga gruesa y venosa moviéndose dentro de mí, mezclando su semen espeso con mis jugos.
Acabe chillando, temblando, corriéndome una y otra vez mientras el viejo repugnante se reía de mí, rojo por el viagra, follándome como si quisiera romperme y lo estaba consiguiendo.
.
.
.
Ya habian pasado dos horas desde que llegué.
Salí del departamento de Ernesto tambaleándome, con las piernas abiertas y temblorosas como las de una potranca recién montada.
Apenas podía caminar. Cada paso hacía que un grueso hilo de semen caliente se escapara de mi coño hinchado y chorreara por el interior de mis muslos. Sentía la crema espesa del viejo bajando lentamente, pegajosa, caliente, mezclada con mis propios jugos. Mi tanga roja estaba completamente empapada y arruinada, apenas conteniendo la inundación.
Tenía la ropa mal puesta, el cabello revuelto y pegado a la cara por el sudor, marcas de mordidas y chupetones en el cuello y en mis tetas. Mis pezones seguían hinchados y sensibles, rozando contra la tela y enviándome pequeñas descargas de placer con cada movimiento.
Cerré la puerta de mi departamento con dificultad y me apoyé contra ella, respirando agitada. Mis piernas cedieron y me deslicé lentamente hasta quedar sentada en el piso, con las rodillas abiertas y la espalda contra la madera.
- Otra vez caí... -susurré con la voz ronca de tanto gemir y chillar.
Dos horas recibiendo verga sin parar. El viejo, dopado de Viagra, me había follado en todas las posiciones posibles: misionero, perrito, a horcajadas, contra la pared, otra vez en cuatro patas… Me había corrido incontables veces mientras él se reía de mí, vaciándose dentro una y otra vez. Mi vientre se sentía pesado, lleno de su semen espeso. Podía sentirlo moverse dentro de mí con cada respiración.
Me saqué la ropa, hice control de daños. Mis tetas todas chupadas y babosadas, mi coño estaba rojo, hinchado y completamente destrozado. Los labios vaginales prominentes y brillantes. Al apretar ligeramente, un chorro abundante de semen blanco y espeso salió de mi interior, cayendo al piso con un sonido húmedo y vergonzoso.
- Asqueroso- gemí, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
Entonces sentí ese calor familiar en mi muñeca.
La joya brillaba con un tono verdoso intenso, casi satisfecho. Y ahí estaba ella… esa voz burlona dentro de mi cabeza, clara como nunca.
"¿Ves, Josefina? Da igual lo que elijas. Intentaste resistirte, buscaste trabajo honrado, quisiste salir con Javiera, te prometiste no caer más… y siempre terminas igual: con las piernas abiertas y el coño lleno de verga. Porque eso es lo que eres ahora. Una hembra. Mi hembra."
Cerré los ojos con fuerza, pero la voz siguió, dulce y cruel al mismo tiempo.
"Mírate… temblando, chorreando leche de viejo asqueroso. Y lo peor es que te corriste como una loca, ¿verdad? Chillando su nombre mientras te domaba. Yo me alimento de esto. De tu vergüenza. De tu placer. Mientras más te resistes, más delicioso es cuando caes."
Me levanté con dificultad y caminé hasta la cama, dejando un rastro de semen en el piso. Me tiré boca arriba, con las piernas todavía abiertas, sintiendo cómo más crema salía lentamente de mi interior.
- No importa lo que haga…- susurré derrotada, mirando el techo - Siempre todo acaba así-
La joya pulsó una vez más, casi como una caricia burlona en mi muñeca.
Y en el fondo, en ese rincón oscuro y húmedo de mi mente, supe que tenía razón.
No importaba cuánto luchara.
Esta joya siempre ganaba.
Y yo siempre terminaba convertida en lo que ella quería: una puta bien follada.
Me quedé tirada en la cama un largo rato, con las piernas abiertas y la mirada perdida en el techo. Mi coño seguía palpitando, hinchado y sensible. Cada vez que movía las caderas, sentía otro chorro espeso de semen de Ernesto escapando de mí, deslizándose entre mis nalgas y manchando las sábanas. Estaba literalmente repleta.
Cerré los ojos y suspiré profundamente. Por primera vez, no intenté negarlo. No busqué excusas. Solo lo acepté.
No importaba cuánto luchara, cuánto me prometiera resistir, cuánto intentara llevar una vida “normal”. La joya siempre encontraba la forma. Terminaba con las piernas abiertas, gimiendo, corriéndome y recibiendo leche dentro. En el departamento de Ernesto, en la bodega de la zapatería, en la cama de Juan, en el piso de Jean… Siempre acababa follada.
Tal vez… era hora de dejar de pelear contra eso.
Me mordí el labio inferior mientras el pensamiento tomaba forma en mi mente, más claro y peligroso que nunca.
"Si siempre voy a terminar cogida… quizás sea mejor vivir de esto. De mi cuerpo."
Me sonrojé violentamente. Sentí cómo mis mejillas ardían y un calor nuevo me subía por el cuello. La sola idea me avergonzaba hasta lo más profundo… pero también hizo que mi coño se contrajera alrededor de la nada, soltando otro hilo de semen.
No como una puta de la calle, claro. Eso no. Pero… ¿un macho? Un hombre que me mantuviera. Alguien con dinero, con poder, que me diera techo, comida, ropa bonita… y a cambio yo le diera este cuerpo. Estas tetas enormes, este culo redondo, esta carita de ángel nórdico y este coño que, al parecer, estaba hecho para volver locos a los hombres.
Imaginé la escena y me puse todavía más roja.
Un hombre proveedor llegando a casa después del trabajo y encontrándome esperándolo con lencería cara. De rodillas. Abriéndole las piernas, dejándolo usar mis tetas, mi boca, mi coño… cuando quisiera. A cambio de que pagara todo. De que me mantuviera como su hembra trofeo.
- Dios…- susurré, tapándome la cara con las manos, muerta de vergüenza.
Pero no podía parar de pensarlo. Mi mente seguía creando imágenes: yo vestida provocativa, esperando a mi “dueño”, abriéndome para él, gimiendo su nombre mientras me follaba fuerte. Sin tener que preocuparme por la renta, por buscar trabajo, por fingir que era una chica decente. Solo… entregarme a los deseos de la maldicion del brazalete de afrodita.
La joya en mi muñeca brilló con más intensidad, como si aprobara el pensamiento. Sentí esa presencia burlona dentro de mi cabeza, riéndose suavemente.
"Por fin empiezas a entenderlo, Josefina… Ya era hora."
Me senté en la cama, todavía con las piernas abiertas. Miré mi reflejo en el espejo: el cabello revuelto, las marcas en el cuello, los pezones visibles bajo el vestido arrugado, el semen brillando en mis muslos. Lucía exactamente como lo que era: una hembra recién follada.
Y por primera vez, en vez de sentir solo asco y vergüenza… sentí una extraña excitación mezclada con resignación.
"Tal vez sea más fácil así. Dejar de luchar. Buscar a alguien que me mantenga. Un macho fuerte, generoso… que sepa usar este cuerpo como se debe."
Me sonrojé aún más fuerte y apreté los muslos, sintiendo cómo más semen salía de mí. La idea me daba vergüenza, mucha vergüenza… pero también me mojaba.
¿Estaba realmente considerando convertirme en la mujer mantenida de alguien?
La joya pulsó cálidamente en mi muñeca, como si celebrara mi rendición.
Por el momento lo mejor era conseguir la pildora, de nuevo el riesgo de embarazo era alto, despues le daría mas vuelta a la idea de aceptarme como hembra para siempre. Pero la duda seguía en mi mente.
"¿Qué debería hacer?"
4 comentarios - De hombre simplón a hembrón de fantasía (sexta parte)