El secreto, los celos y la noche que todo se complicó
No pude dormir bien esa noche. Me quedé en la sala un buen rato después de que Sofi subiera, con la verga todavía medio dura y la mente hecha un pinche desmadre.
“Ella sabe… la cabrona sabe todo.”
No dejaba de repetirlo en mi cabeza. Recordaba sus palabras, la forma en que me miró, cómo movió el culo al subir las escaleras. Sabía que me estaba provocando, y lo peor es que funcionó. Me sentía culpable, excitado y aterrado al mismo tiempo. Si Ana se enteraba de que Sofi lo sabía… se iba a poner como loca. Me había advertido clarito: “No te acerques a tu hermana”.
Decidí no decirle nada. Al menos por ahora. No quería arruinar lo que teníamos. Ana era mía por las noches, ese culote delicioso era mío, y no pensaba arriesgarme a que todo se fuera a la chingada por un descuido.

Me fui a mi cuarto, pero no podía dejar de pensar en las dos. En mi mamá con sus nalgotas maduras, carnosas y perfectas… y en Sofi, más joven, con ese culo firme y respingón que estaba heredando las mismas curvas peligrosas de su madre. Dos culos en la misma casa. Y ahora uno de ellos sabía mi secreto más oscuro.
________________________________________
Pasaron las horas y Ana no llegaba.
Como a las 11:40 de la noche me llegó un mensaje suyo:
Ana: Hijito, voy a quedarme a dormir aquí con tu papá. Platicamos mucho y decidimos intentar arreglar las cosas. No vamos a vivir juntos todavía, pero queremos ver si podemos rescatar lo nuestro. Mañana en la mañana regreso. Cuida a tu hermana. Te quiero mucho, mi rey ❤️
Leí el mensaje como tres veces. Sentí un nudo en el estómago y una rabia que me subió por el pecho. ¿Reconciliación? ¿Después de todo lo que habíamos cogido? ¿Después de que me dijera que yo era su hombre, que esa verga era suya y que le diera duro todas las noches?
Me dieron unos celos cabrones. Celos de mi propio padre. Imaginé a Ana abriendo las piernas para él, moviendo ese culote que yo había marcado con nalgadas hace apenas unas noches. ¿Le estaría pidiendo a él que se la cogiera duro también? ¿O estaría pensando en mí mientras lo hacía?
Me paré de la cama y empecé a caminar por el cuarto como león enjaulado. Tenía la verga dura de pura rabia y excitación mezclada. Me sentía traicionado, aunque una parte de mí sabía que Ana seguía siendo su esposa.
En eso tocaron suavemente a mi puerta.
—Dani… ¿estás despierto? —era la voz de Sofi, bajita.
Abrí. Ella traía la misma playerita blanca ajustada y unos shorts todavía más cortos. Se veía fresca, provocadora y con una sonrisita en los labios.

—Vi que mamá no va a venir —dijo entrando sin pedir permiso y cerrando la puerta detrás de ella—.
¿Estás bien? Te oí caminar de un lado a otro.
Me senté en la orilla de la cama. Sofi se quedó parada frente a mí, con las manos atrás, lo que hacía que sus tetas se marcaran más y que el short se le subiera todavía más en las nalgas.
—No… no estoy bien —admití—. Mamá va a intentar arreglar las cosas con mi papá.
Sofi se acercó más, hasta quedar entre mis piernas. Me miró desde arriba con esa mirada que ya no era de hermanita inocente.
—Pobre hermanito… ¿te da celos que mamá le abra las piernas a papá otra vez? —susurró, casi burlona—. Después de que te has estado cogiendo ese culote todas las noches…
La miré sorprendido. Ella continuó:

—Tranquilo… no le voy a decir nada. Por ahora. Pero sí me da curiosidad… ¿Cómo se siente cogerte a tu propia mamá? ¿Es tan rico como se oía desde mi cuarto?
Se dio la vuelta lentamente, mostrándome el culo. Ese short gris se le había metido entre las nalgas, marcándole perfectamente cada cachete joven y firme.
—Sofi… no empieces —le advertí, aunque la verga ya me palpitaba dentro del bóxer.
Ella soltó una risita baja y se sentó a mi lado en la cama, muy pegada.
—Solo digo… si mamá va a estar ocupada reconciliándose… tú no tienes que quedarte con las ganas.
Yo también tengo culo, ¿sabes? Y estoy bien curiosa.
Me puso la mano en el muslo, subiendo peligrosamente. El ambiente estaba cargado, prohibido y peligroso.
Yo estaba hecho un lío: celoso por Ana, cachondo por Sofi, y aterrado de que todo esto explotara.
No podía creer lo que estaba pasando. Mi mamá, la misma que hace unas noches me llamaba “mi rey” mientras rebotaba su culote en mi verga, ahora estaba decidiendo “arreglar las cosas” con mi papá. El mensaje me había encendido una rabia caliente en el pecho… y en la verga.

Y ahí estaba Sofi, sentada en mi cama, con ese shortcito gris metido entre sus nalgas jóvenes y firmes, mirándome con ojos brillantes de puta curiosidad.
— ¿Y qué vas a hacer ahora, hermanito? —me preguntó bajito, acercando más su cara—. ¿Te vas a quedar con las bolas llenas porque mamá prefirió irse con papá?
Su mano ya estaba sobre mi muslo, subiendo lentamente. Sentí cómo se me ponía durísima.
No pensé demasiado. En ese momento, follarme a Sofi se sintió como la venganza perfecta. Si Ana quería jugar a la esposa fiel otra vez… yo también podía jugar.
Me levanté, agarré a Sofi de la cintura y la jalé contra mí. Nuestros cuerpos chocaron. Ella soltó un gemidito sorprendido pero excitado.

—Dany… —susurró.
—Cállate —le dije ronco, y la besé con fuerza. Mi lengua entró en su boca mientras mis manos bajaban directo a ese culo que tanto había estado mirando últimamente. Lo apreté con ganas. Estaba más duro y respingón que el de mi mamá, más joven, pero igual de carnoso.
—Mmhhh… —gimió contra mis labios—. Sí que te gustan las nalgotas, ¿eh?
La volteé bruscamente y la empujé contra la cama, poniéndola en cuatro. Le bajé el short de un tirón junto con la tanguita. Su culo quedó completamente al aire: redondo, firme, con una piel más clara que el de Ana. Se veía delicioso.
—Puta madre, Sofi… —murmuré agarrando cada cachete y separándolos. Su concha ya estaba mojada, brillosa.
Ella arqueó la espalda y empujó el culo hacia mí.
— ¿Esto es por mamá? —preguntó con voz entrecortada, provocándome—. ¿Te da coraje que esté con papá y ahora quieres cogerme a mí?
No le contesté con palabras. Me bajé el bóxer, saqué mi verga tiesa y se la restregué entre las nalgas, humedeciéndola con sus propios jugos.
—Ay hermanito… está bien gruesa —jadeó—. ¿Así se la metes a mamá también?
De un empujón lento pero firme se la metí hasta el fondo en su concha joven y apretada.
— ¡Aaaahhh! ¡Puta madre, Dany! —gimió fuerte, enterrando la cara en mi almohada.
Empecé a cogérmela con rabia y deseo. Agarrado de sus caderas, dándole metidas profundas y fuertes. Sus nalgas firmes rebotaban contra mi pelvis: PLAF… PLAF… PLAF… PLAF.
— ¿Te gusta, eh? —le gruñí—. ¿Te gusta que te esté cogiendo mientras mamá está con papá?
— ¡Sí! ¡Ayy sí! —gemía ella—. ¡Cógeme más duro! ¡Úsame de venganza si quieres!
Le solté una nalgada fuerte que le dejó la marca de mi mano. Sofi soltó un grito ahogado de placer. Su culo se apretaba alrededor de mi verga, estaba empapada.

La jalé del pelo, arqueándole más la espalda y le seguí dando duro, viendo cómo su culo joven temblaba con cada embestida. Era diferente al de mi mamá: más firme, más elástico, pero igual de rico.
— ¡Qué rico culo tienes, cabrona! —le dije entre dientes.
Sofi giró la cara para mirarme, con los ojos vidriosos de placer.
— ¿Mejor que el de mamá? —preguntó provocándome.
No contesté, solo le di otra nalgada más fuerte y aceleré el ritmo, cogiéndomela como animal. La habitación se llenó de los sonidos húmedos de su concha y el choque de su carne contra la mía.
Después de un rato la volteé, le abrí las piernas y se la volví a meter mirándola a la cara. Sus tetas más grandes que las de Ana rebotaban con cada metida. La besé salvajemente mientras la cogía.
—Dany… me voy a correr… —gimió.
— córrete, pinche hermana puta —le susurré al oído.
Sofi se tensó, clavándome las uñas en la espalda y corriéndose con fuerza alrededor de mi verga. Eso me hizo explotar también. Saqué la verga justo a tiempo y le descargué chorros gruesos de leche caliente sobre la panza, las tetas y hasta un poco en su cara.
Se quedó ahí, jadeando, con mi corrida escurriéndole por el cuerpo, mirándome con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
—Esto… se va a poner interesante —murmuró sonriendo con picardía, pasando un dedo por mi leche y llevándoselo a la boca.
Me tiré a su lado, todavía con la respiración agitada. Acababa de cogerme a mi hermana… y lo peor (o lo mejor) es que me había encantado.
Ahora tenía dos secretos enormes… y Ana no tenía ni idea.
Ana regresó al día siguiente como a las once de la mañana. Se veía arreglada, con un pantalón de mezclilla azul claro que le marcaba brutalmente ese culote de 106 centímetros y una blusa ligera. Sofi y yo estábamos desayunando cuando entró.
—Buenos días, mis amores —dijo con una sonrisa que intentaba ser tranquila.
Se sentó con nosotros y después de un rato de plática normal, soltó la bomba:
—Hijos… quiero platicarles algo serio. Ayer hablé largo con su papá. Decidimos intentarlo otra vez.
No vamos a vivir juntos todavía, pero vamos a ir a terapia de pareja y a ver si podemos rescatar lo que tuvimos. Ustedes son lo más importante y queremos intentarlo por la familia.
Sofi solo asintió en silencio, mirándome de reojo. Yo sentí que me hervía la sangre. No dije nada en ese momento, solo apreté la cuchara.
Más tarde, cuando Sofi subió a su cuarto, Ana me miró y me dijo bajito:
—Ven, mi rey. Vamos a platicar tú y yo solos.
Me llevó a su habitación y cerró la puerta. Apenas entramos, me abrazó fuerte, pegando ese cuerpo macizo contra mí. Sentí sus tetas y el calor de su vientre.
—Dany… sé que esto te afecta —susurró acariciándome el cabello.
No aguanté más. La separé un poco y la miré directo a los ojos.
—Ma… no vuelvas con él. Por favor.
Ella frunció el ceño.
—Hijo…
—No, escúchame —la interrumpí, agarrándola de la cintura—. Vámonos lejos. Tú y yo. A otra ciudad, a otro estado, donde nadie nos conozca. Podemos vivir como pareja. Yo te mantengo, te doy todo lo que quieras. Ese culote va a ser mío todas las noches, sin escondernos. Formamos nuestra propia familia.
Ana se quedó callada un momento, mirándome con tristeza. Luego suspiró y me acarició la mejilla.
—Mi vida… eso no se puede.
— ¿Por qué no? —pregunté, sintiendo cómo se me quebraba la voz.
—Porque tú tienes toda una vida por delante, Dany. Eres joven, tienes 20 años. Debes estudiar, tener tu propia familia, hijos… una esposa de tu edad. Yo ya cumplí esa etapa.
—Pero yo te quiero a ti —insistí, bajando las manos a sus nalgas y apretándolas con fuerza—. Este culo… esta mujer… eres tú la que quiero.
Ana gimió bajito cuando le apreté las nalgas, pero se mantuvo firme.
—Escúchame bien, mi rey. Yo no puedo darte hijos. Me operé después de que nació Sofi, me ligaron las trompas. Ya no puedo embarazarme. Y aunque pudiera… soy tu madre. Esto que tenemos es hermoso y muy rico, pero no puede ser una vida completa. Yo siempre voy a estar aquí para ti… cuando quieras cogerme, cuando quieras desahogarte en este culo o en esta boca. Siempre. Pero no puedo ser tu mujer en público ni darte la familia que mereces. Eso sería egoísta de mi parte.
Sentí un nudo en la garganta. La rabia, los celos y el deseo se me mezclaban.
—Entonces… ¿solo soy tu amante secreto? ¿Tu verga joven cuando tengas ganas?
Ana me miró con ternura y lujuria al mismo tiempo. Se acercó, pegando sus labios a mi oído.
—Eres mi verga favorita… la que me da duro como me gusta. La que me hace correr como loca. Y sí, mientras yo pueda, este culote es tuyo cuando quieras. Pero no te puedo dar más que eso, mi amor. Tienes que hacer tu vida.
Me besó despacio, metiéndome la lengua. Mis manos no pudieron evitar amasar ese culo enorme por encima del pantalón. Ella gimió contra mi boca y bajó una mano para apretarme la verga, que ya estaba durísima.
— ¿Quieres cogerme ahora? —susurró—. Para que veas que lo que te digo no cambia nada entre nosotros…
Ana apenas terminó de hablar cuando ya tenía mis manos clavadas en su culote, apretándolo con fuerza por encima del pantalón. La rabia y los celos me estaban consumiendo.
—Entonces… ¿vas a dejar que mi papá te coja otra vez? —le gruñí al oído, bajándole el pantalón de un tirón junto con la tanga.
—Dany… —intentó decir, pero ya la tenía empinada contra la orilla de la cama.
Le separé las nalgas con ambas manos y le escupí directo en el culo antes de metérsela de un solo golpe brutal hasta el fondo.
— ¡Aaaayyy chingada madre! —gritó Ana, agarrando las sábanas.
Empecé a cogérmela con furia. Cada metida era fuerte, profunda y llena de coraje. PLAF… PLAF… PLAF… PLAF…
— ¿Esto es lo que quieres, ma? ¿Que te siga dando verga mientras tú te reconcilias con él? —le decía entre dientes, sin dejar de reventarle la concha.
— ¡Ay papito! ¡Sí! ¡Sigue! ¡No pares! —gemía ella, empujando el culo hacia atrás.
Le solté una nalgada sonora que retumbó en la habitación.
PLAAAFFF!
— ¡Responde! ¿Vas a abrirle las piernas a él también? ¿Le vas a mover este mismo culote que es mío?
Ana giró la cara, con los ojos vidriosos de placer y un poco de culpa.
—Solo… solo contigo me gusta así de duro… ayyy Dany… ¡tu verga es la que me encanta!
Pero eso no me calmó. La jalé del cabello, arqueándole la espalda y le seguí dando más fuerte, haciendo que sus nalgotas rebotaran violentamente. El sonido de carne contra carne era ensordecedor.
La saqué de repente, la tiré boca arriba en la cama, le abrí las piernas y se la volví a meter mirándola a los ojos.
—Este culo… esta concha… son míos —le gruñí mientras la embestía salvajemente—. No quiero que él te toque.
—Son tuyos, mi rey… aaaahhh… son tuyos —gemía ella, clavándome las uñas en la espalda—. Pero tú tienes que hacer tu vida… yo siempre voy a estar aquí para que me des duro cuando quieras… ¡Ayyy sí! ¡Así! ¡Más fuerte!
La rabia me dio más fuerza. La cogí como nunca, casi con odio y amor al mismo tiempo. Le apreté las tetas, le mordí el cuello, le di nalgadas mientras la taladraba. Ana se corrió dos veces, temblando y apretándome la verga con su concha.
Cuando sentí que yo también estaba a punto, la saqué, la puse de nuevo en cuatro y le metí dos dedos en el culo mientras le seguía cogiendo la concha.
—Algún día te voy a reventar este culo también… aunque te duela —le advertí.
— ¡Sí papito! ¡Lo que quieras! ¡Pero no te alejes de mí! —suplicó entre gemidos.
Me corrí con un gruñido animal, llenándole toda la concha y parte de las nalgas con chorros gruesos y calientes. Me quedé tirado sobre su espalda, sudando y respirando agitado.
Después de un rato en silencio, mientras le acariciaba las nalgas todavía abiertas y llenas de mi leche, le hablé más calmado:
—Está bien, ma… Acepto. No me iré a ningún lado. Pero este culote… esta boca… y esta concha van a ser mías cuando yo quiera. Sin importar si estás “arreglando” las cosas con él.
Ana giró la cara, me besó en los labios con ternura y lujuria mezcladas.
—Siempre, mi rey. Cuando quieras, donde quieras y como quieras. Soy tu puta personal… aunque sea tu mamá. Eso no va a cambiar.
Se dio la vuelta, se arrodilló frente a mí y empezó a limpiarme la verga con la boca, chupando despacio los restos de nuestra cogida.
—Te quiero, Dany… y esta verga joven es lo que más me gusta en el mundo —murmuró antes de tragársela hasta el fondo otra vez.
No pude dormir bien esa noche. Me quedé en la sala un buen rato después de que Sofi subiera, con la verga todavía medio dura y la mente hecha un pinche desmadre.
“Ella sabe… la cabrona sabe todo.”
No dejaba de repetirlo en mi cabeza. Recordaba sus palabras, la forma en que me miró, cómo movió el culo al subir las escaleras. Sabía que me estaba provocando, y lo peor es que funcionó. Me sentía culpable, excitado y aterrado al mismo tiempo. Si Ana se enteraba de que Sofi lo sabía… se iba a poner como loca. Me había advertido clarito: “No te acerques a tu hermana”.
Decidí no decirle nada. Al menos por ahora. No quería arruinar lo que teníamos. Ana era mía por las noches, ese culote delicioso era mío, y no pensaba arriesgarme a que todo se fuera a la chingada por un descuido.

Me fui a mi cuarto, pero no podía dejar de pensar en las dos. En mi mamá con sus nalgotas maduras, carnosas y perfectas… y en Sofi, más joven, con ese culo firme y respingón que estaba heredando las mismas curvas peligrosas de su madre. Dos culos en la misma casa. Y ahora uno de ellos sabía mi secreto más oscuro.
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Pasaron las horas y Ana no llegaba.
Como a las 11:40 de la noche me llegó un mensaje suyo:
Ana: Hijito, voy a quedarme a dormir aquí con tu papá. Platicamos mucho y decidimos intentar arreglar las cosas. No vamos a vivir juntos todavía, pero queremos ver si podemos rescatar lo nuestro. Mañana en la mañana regreso. Cuida a tu hermana. Te quiero mucho, mi rey ❤️
Leí el mensaje como tres veces. Sentí un nudo en el estómago y una rabia que me subió por el pecho. ¿Reconciliación? ¿Después de todo lo que habíamos cogido? ¿Después de que me dijera que yo era su hombre, que esa verga era suya y que le diera duro todas las noches?
Me dieron unos celos cabrones. Celos de mi propio padre. Imaginé a Ana abriendo las piernas para él, moviendo ese culote que yo había marcado con nalgadas hace apenas unas noches. ¿Le estaría pidiendo a él que se la cogiera duro también? ¿O estaría pensando en mí mientras lo hacía?
Me paré de la cama y empecé a caminar por el cuarto como león enjaulado. Tenía la verga dura de pura rabia y excitación mezclada. Me sentía traicionado, aunque una parte de mí sabía que Ana seguía siendo su esposa.
En eso tocaron suavemente a mi puerta.
—Dani… ¿estás despierto? —era la voz de Sofi, bajita.
Abrí. Ella traía la misma playerita blanca ajustada y unos shorts todavía más cortos. Se veía fresca, provocadora y con una sonrisita en los labios.

—Vi que mamá no va a venir —dijo entrando sin pedir permiso y cerrando la puerta detrás de ella—.
¿Estás bien? Te oí caminar de un lado a otro.
Me senté en la orilla de la cama. Sofi se quedó parada frente a mí, con las manos atrás, lo que hacía que sus tetas se marcaran más y que el short se le subiera todavía más en las nalgas.
—No… no estoy bien —admití—. Mamá va a intentar arreglar las cosas con mi papá.
Sofi se acercó más, hasta quedar entre mis piernas. Me miró desde arriba con esa mirada que ya no era de hermanita inocente.
—Pobre hermanito… ¿te da celos que mamá le abra las piernas a papá otra vez? —susurró, casi burlona—. Después de que te has estado cogiendo ese culote todas las noches…
La miré sorprendido. Ella continuó:

—Tranquilo… no le voy a decir nada. Por ahora. Pero sí me da curiosidad… ¿Cómo se siente cogerte a tu propia mamá? ¿Es tan rico como se oía desde mi cuarto?
Se dio la vuelta lentamente, mostrándome el culo. Ese short gris se le había metido entre las nalgas, marcándole perfectamente cada cachete joven y firme.
—Sofi… no empieces —le advertí, aunque la verga ya me palpitaba dentro del bóxer.
Ella soltó una risita baja y se sentó a mi lado en la cama, muy pegada.
—Solo digo… si mamá va a estar ocupada reconciliándose… tú no tienes que quedarte con las ganas.
Yo también tengo culo, ¿sabes? Y estoy bien curiosa.
Me puso la mano en el muslo, subiendo peligrosamente. El ambiente estaba cargado, prohibido y peligroso.
Yo estaba hecho un lío: celoso por Ana, cachondo por Sofi, y aterrado de que todo esto explotara.
No podía creer lo que estaba pasando. Mi mamá, la misma que hace unas noches me llamaba “mi rey” mientras rebotaba su culote en mi verga, ahora estaba decidiendo “arreglar las cosas” con mi papá. El mensaje me había encendido una rabia caliente en el pecho… y en la verga.

Y ahí estaba Sofi, sentada en mi cama, con ese shortcito gris metido entre sus nalgas jóvenes y firmes, mirándome con ojos brillantes de puta curiosidad.
— ¿Y qué vas a hacer ahora, hermanito? —me preguntó bajito, acercando más su cara—. ¿Te vas a quedar con las bolas llenas porque mamá prefirió irse con papá?
Su mano ya estaba sobre mi muslo, subiendo lentamente. Sentí cómo se me ponía durísima.
No pensé demasiado. En ese momento, follarme a Sofi se sintió como la venganza perfecta. Si Ana quería jugar a la esposa fiel otra vez… yo también podía jugar.
Me levanté, agarré a Sofi de la cintura y la jalé contra mí. Nuestros cuerpos chocaron. Ella soltó un gemidito sorprendido pero excitado.

—Dany… —susurró.
—Cállate —le dije ronco, y la besé con fuerza. Mi lengua entró en su boca mientras mis manos bajaban directo a ese culo que tanto había estado mirando últimamente. Lo apreté con ganas. Estaba más duro y respingón que el de mi mamá, más joven, pero igual de carnoso.
—Mmhhh… —gimió contra mis labios—. Sí que te gustan las nalgotas, ¿eh?
La volteé bruscamente y la empujé contra la cama, poniéndola en cuatro. Le bajé el short de un tirón junto con la tanguita. Su culo quedó completamente al aire: redondo, firme, con una piel más clara que el de Ana. Se veía delicioso.
—Puta madre, Sofi… —murmuré agarrando cada cachete y separándolos. Su concha ya estaba mojada, brillosa.
Ella arqueó la espalda y empujó el culo hacia mí.
— ¿Esto es por mamá? —preguntó con voz entrecortada, provocándome—. ¿Te da coraje que esté con papá y ahora quieres cogerme a mí?
No le contesté con palabras. Me bajé el bóxer, saqué mi verga tiesa y se la restregué entre las nalgas, humedeciéndola con sus propios jugos.
—Ay hermanito… está bien gruesa —jadeó—. ¿Así se la metes a mamá también?
De un empujón lento pero firme se la metí hasta el fondo en su concha joven y apretada.
— ¡Aaaahhh! ¡Puta madre, Dany! —gimió fuerte, enterrando la cara en mi almohada.
Empecé a cogérmela con rabia y deseo. Agarrado de sus caderas, dándole metidas profundas y fuertes. Sus nalgas firmes rebotaban contra mi pelvis: PLAF… PLAF… PLAF… PLAF.
— ¿Te gusta, eh? —le gruñí—. ¿Te gusta que te esté cogiendo mientras mamá está con papá?
— ¡Sí! ¡Ayy sí! —gemía ella—. ¡Cógeme más duro! ¡Úsame de venganza si quieres!
Le solté una nalgada fuerte que le dejó la marca de mi mano. Sofi soltó un grito ahogado de placer. Su culo se apretaba alrededor de mi verga, estaba empapada.

La jalé del pelo, arqueándole más la espalda y le seguí dando duro, viendo cómo su culo joven temblaba con cada embestida. Era diferente al de mi mamá: más firme, más elástico, pero igual de rico.
— ¡Qué rico culo tienes, cabrona! —le dije entre dientes.
Sofi giró la cara para mirarme, con los ojos vidriosos de placer.
— ¿Mejor que el de mamá? —preguntó provocándome.
No contesté, solo le di otra nalgada más fuerte y aceleré el ritmo, cogiéndomela como animal. La habitación se llenó de los sonidos húmedos de su concha y el choque de su carne contra la mía.
Después de un rato la volteé, le abrí las piernas y se la volví a meter mirándola a la cara. Sus tetas más grandes que las de Ana rebotaban con cada metida. La besé salvajemente mientras la cogía.
—Dany… me voy a correr… —gimió.
— córrete, pinche hermana puta —le susurré al oído.
Sofi se tensó, clavándome las uñas en la espalda y corriéndose con fuerza alrededor de mi verga. Eso me hizo explotar también. Saqué la verga justo a tiempo y le descargué chorros gruesos de leche caliente sobre la panza, las tetas y hasta un poco en su cara.
Se quedó ahí, jadeando, con mi corrida escurriéndole por el cuerpo, mirándome con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
—Esto… se va a poner interesante —murmuró sonriendo con picardía, pasando un dedo por mi leche y llevándoselo a la boca.
Me tiré a su lado, todavía con la respiración agitada. Acababa de cogerme a mi hermana… y lo peor (o lo mejor) es que me había encantado.
Ahora tenía dos secretos enormes… y Ana no tenía ni idea.
Ana regresó al día siguiente como a las once de la mañana. Se veía arreglada, con un pantalón de mezclilla azul claro que le marcaba brutalmente ese culote de 106 centímetros y una blusa ligera. Sofi y yo estábamos desayunando cuando entró.
—Buenos días, mis amores —dijo con una sonrisa que intentaba ser tranquila.
Se sentó con nosotros y después de un rato de plática normal, soltó la bomba:
—Hijos… quiero platicarles algo serio. Ayer hablé largo con su papá. Decidimos intentarlo otra vez.
No vamos a vivir juntos todavía, pero vamos a ir a terapia de pareja y a ver si podemos rescatar lo que tuvimos. Ustedes son lo más importante y queremos intentarlo por la familia.
Sofi solo asintió en silencio, mirándome de reojo. Yo sentí que me hervía la sangre. No dije nada en ese momento, solo apreté la cuchara.
Más tarde, cuando Sofi subió a su cuarto, Ana me miró y me dijo bajito:
—Ven, mi rey. Vamos a platicar tú y yo solos.
Me llevó a su habitación y cerró la puerta. Apenas entramos, me abrazó fuerte, pegando ese cuerpo macizo contra mí. Sentí sus tetas y el calor de su vientre.
—Dany… sé que esto te afecta —susurró acariciándome el cabello.
No aguanté más. La separé un poco y la miré directo a los ojos.
—Ma… no vuelvas con él. Por favor.
Ella frunció el ceño.
—Hijo…
—No, escúchame —la interrumpí, agarrándola de la cintura—. Vámonos lejos. Tú y yo. A otra ciudad, a otro estado, donde nadie nos conozca. Podemos vivir como pareja. Yo te mantengo, te doy todo lo que quieras. Ese culote va a ser mío todas las noches, sin escondernos. Formamos nuestra propia familia.
Ana se quedó callada un momento, mirándome con tristeza. Luego suspiró y me acarició la mejilla.
—Mi vida… eso no se puede.
— ¿Por qué no? —pregunté, sintiendo cómo se me quebraba la voz.
—Porque tú tienes toda una vida por delante, Dany. Eres joven, tienes 20 años. Debes estudiar, tener tu propia familia, hijos… una esposa de tu edad. Yo ya cumplí esa etapa.
—Pero yo te quiero a ti —insistí, bajando las manos a sus nalgas y apretándolas con fuerza—. Este culo… esta mujer… eres tú la que quiero.
Ana gimió bajito cuando le apreté las nalgas, pero se mantuvo firme.
—Escúchame bien, mi rey. Yo no puedo darte hijos. Me operé después de que nació Sofi, me ligaron las trompas. Ya no puedo embarazarme. Y aunque pudiera… soy tu madre. Esto que tenemos es hermoso y muy rico, pero no puede ser una vida completa. Yo siempre voy a estar aquí para ti… cuando quieras cogerme, cuando quieras desahogarte en este culo o en esta boca. Siempre. Pero no puedo ser tu mujer en público ni darte la familia que mereces. Eso sería egoísta de mi parte.
Sentí un nudo en la garganta. La rabia, los celos y el deseo se me mezclaban.
—Entonces… ¿solo soy tu amante secreto? ¿Tu verga joven cuando tengas ganas?
Ana me miró con ternura y lujuria al mismo tiempo. Se acercó, pegando sus labios a mi oído.
—Eres mi verga favorita… la que me da duro como me gusta. La que me hace correr como loca. Y sí, mientras yo pueda, este culote es tuyo cuando quieras. Pero no te puedo dar más que eso, mi amor. Tienes que hacer tu vida.
Me besó despacio, metiéndome la lengua. Mis manos no pudieron evitar amasar ese culo enorme por encima del pantalón. Ella gimió contra mi boca y bajó una mano para apretarme la verga, que ya estaba durísima.
— ¿Quieres cogerme ahora? —susurró—. Para que veas que lo que te digo no cambia nada entre nosotros…
Ana apenas terminó de hablar cuando ya tenía mis manos clavadas en su culote, apretándolo con fuerza por encima del pantalón. La rabia y los celos me estaban consumiendo.
—Entonces… ¿vas a dejar que mi papá te coja otra vez? —le gruñí al oído, bajándole el pantalón de un tirón junto con la tanga.
—Dany… —intentó decir, pero ya la tenía empinada contra la orilla de la cama.
Le separé las nalgas con ambas manos y le escupí directo en el culo antes de metérsela de un solo golpe brutal hasta el fondo.
— ¡Aaaayyy chingada madre! —gritó Ana, agarrando las sábanas.
Empecé a cogérmela con furia. Cada metida era fuerte, profunda y llena de coraje. PLAF… PLAF… PLAF… PLAF…
— ¿Esto es lo que quieres, ma? ¿Que te siga dando verga mientras tú te reconcilias con él? —le decía entre dientes, sin dejar de reventarle la concha.
— ¡Ay papito! ¡Sí! ¡Sigue! ¡No pares! —gemía ella, empujando el culo hacia atrás.
Le solté una nalgada sonora que retumbó en la habitación.
PLAAAFFF!
— ¡Responde! ¿Vas a abrirle las piernas a él también? ¿Le vas a mover este mismo culote que es mío?
Ana giró la cara, con los ojos vidriosos de placer y un poco de culpa.
—Solo… solo contigo me gusta así de duro… ayyy Dany… ¡tu verga es la que me encanta!
Pero eso no me calmó. La jalé del cabello, arqueándole la espalda y le seguí dando más fuerte, haciendo que sus nalgotas rebotaran violentamente. El sonido de carne contra carne era ensordecedor.
La saqué de repente, la tiré boca arriba en la cama, le abrí las piernas y se la volví a meter mirándola a los ojos.
—Este culo… esta concha… son míos —le gruñí mientras la embestía salvajemente—. No quiero que él te toque.
—Son tuyos, mi rey… aaaahhh… son tuyos —gemía ella, clavándome las uñas en la espalda—. Pero tú tienes que hacer tu vida… yo siempre voy a estar aquí para que me des duro cuando quieras… ¡Ayyy sí! ¡Así! ¡Más fuerte!
La rabia me dio más fuerza. La cogí como nunca, casi con odio y amor al mismo tiempo. Le apreté las tetas, le mordí el cuello, le di nalgadas mientras la taladraba. Ana se corrió dos veces, temblando y apretándome la verga con su concha.
Cuando sentí que yo también estaba a punto, la saqué, la puse de nuevo en cuatro y le metí dos dedos en el culo mientras le seguía cogiendo la concha.
—Algún día te voy a reventar este culo también… aunque te duela —le advertí.
— ¡Sí papito! ¡Lo que quieras! ¡Pero no te alejes de mí! —suplicó entre gemidos.
Me corrí con un gruñido animal, llenándole toda la concha y parte de las nalgas con chorros gruesos y calientes. Me quedé tirado sobre su espalda, sudando y respirando agitado.
Después de un rato en silencio, mientras le acariciaba las nalgas todavía abiertas y llenas de mi leche, le hablé más calmado:
—Está bien, ma… Acepto. No me iré a ningún lado. Pero este culote… esta boca… y esta concha van a ser mías cuando yo quiera. Sin importar si estás “arreglando” las cosas con él.
Ana giró la cara, me besó en los labios con ternura y lujuria mezcladas.
—Siempre, mi rey. Cuando quieras, donde quieras y como quieras. Soy tu puta personal… aunque sea tu mamá. Eso no va a cambiar.
Se dio la vuelta, se arrodilló frente a mí y empezó a limpiarme la verga con la boca, chupando despacio los restos de nuestra cogida.
—Te quiero, Dany… y esta verga joven es lo que más me gusta en el mundo —murmuró antes de tragársela hasta el fondo otra vez.
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