Un día fui a lo de mi amigo Lucas que había salido con sus amigos y no volvería hasta dentro de varias horas. Tamara, su mamá viuda, había ido al gimnasio y luego a hacer unas compras, dejando la casa completamente vacía. Ella era una MILF imponente de 1,75 m, con tetas grandes y firmes que se mantenían altas a pesar de su tamaño, y un culo enorme, redondo y jugoso que llenaba cualquier prenda de forma hipnótica. Tenía 43 años y un cuerpo que seguía llamando la atención.
Esa tarde no pude contenerme. Subí al dormitorio principal, abrí el cajón de su lencería y saqué unas bragas negras de encaje semi-transparente que estaban usadas. El olor era intenso y delicioso: sudor, perfume y ese aroma almizclado de su coño. Me encerré en el baño de la suite, me bajé los pantalones y empecé a masturbarme con ellas enrolladas alrededor de mi polla dura, oliendo otro par mientras gemía su nombre.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Tamara estaba parada ahí, todavía vestida con sus mallas negras ajustadas y un top deportivo sudado. Su cara pasó de sorpresa total a furia pura.
—¿Qué carajo es esto? —gritó—. ¡Estás en mi baño, usando mis bragas! ¡Sos un pervertido de mierda!
Me quedé paralizado, con la polla todavía dura envuelta en su lencería y la cara ardiendo de vergüenza. Intenté taparme, pero ella entró, cerró la puerta y me miró de arriba abajo con rabia.
—Dame eso —ordenó, arrancándome las bragas de la mano. Las observó con asco y excitación mezclados: estaban llenas de mi precum y olían a mí—. ¿Cuántas veces viniste a pajearte con mi ropa interior? ¿Eh?
Balbuceé disculpas, pero ella respiraba agitada, todavía sudada del gimnasio. Tras unos segundos de silencio tenso, su expresión cambió. Se pasó la mano por el pelo húmedo y murmuró:
—…Hace mucho que nadie me toca. Eres un cerdo… pero verte así me está calentando.
Se sentó a mi lado en el borde de la bañera. Su muslo firme y caliente rozó el mío. Sin decir nada más, envolvió mi polla todavía dura con su mano derecha. Estaba caliente, un poco húmeda por el sudor del gimnasio y sorprendentemente suave. Empezó a moverla lentamente de arriba abajo, sintiendo cada vena.
—Mirá lo dura que la tenés… —susurró con voz ronca, todavía con algo de enojo en el tono—. Todo esto por oler mis bragas usadas como un perro en celo.
Aceleró el ritmo poco a poco. Su agarre era perfecto: firme en la base, más suave al subir, y su pulgar pasaba una y otra vez por mi glande sensible, extendiendo el precum que salía sin parar. El sonido húmedo de su mano subiendo y bajando llenaba el baño. Con la mano izquierda me apretaba el muslo, clavándome ligeramente las uñas.
—Así, ¿no? —preguntó mientras giraba un poco la muñeca al llegar arriba, estimulando la cabeza de mi polla—. Te gusta que la mamá de tu amigo te la pajeé…
Gemí más fuerte. Tamara sonrió con una mezcla de satisfacción y lujuria. Sus tetas grandes subían y bajaban con cada movimiento de su brazo, marcadas bajo el top sudado. Aceleró más, haciendo movimientos cortos y rápidos en la parte superior, luego largos y lentos hasta la base, apretando mis bolas suavemente con los dedos de vez en cuando.
—Estás palpitando… —murmuró cerca de mi oído—. Te vas a correr pronto, ¿verdad? Quiero ver cómo terminás.
Cambió el ritmo otra vez: mano rápida y firme, casi agresiva, como si todavía estuviera un poco enojada. Mi polla estaba roja, hinchada y brillante por el precum. No aguanté más.
—Tamara… me corro… —avisé entre jadeos.
—Hacélo. Correte en mi mano —ordenó, sin parar de pajearme cada vez más rápido.
Exploté con fuerza. Chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados, cayendo sobre su mano, mi abdomen y salpicando un poco sus mallas negras. Ella siguió moviendo la mano más lento pero sin soltarme, exprimiendo cada pulsación, sacándome hasta la última gota mientras yo temblaba y gemía su nombre.
Cuando terminé, soltó mi polla lentamente, miró el desastre blanco en su mano y en mi cuerpo, y soltó un suspiro. Se limpió con una toalla pequeña, se levantó y me miró desde arriba.
—Limpia todo esto antes de que vuelva Lucas. Esto no lo va a saber nadie… y la próxima vez que quieras tocar mis cosas, me lo pides directamente a mí. ¿Entendido?
Asentí, todavía recuperándome. Tamara salió del baño contoneando ese culo enorme, dejándome solo con el corazón latiendo a mil.
Nadie nunca lo supo. Pero todo cambió desde ese día.


Esa tarde no pude contenerme. Subí al dormitorio principal, abrí el cajón de su lencería y saqué unas bragas negras de encaje semi-transparente que estaban usadas. El olor era intenso y delicioso: sudor, perfume y ese aroma almizclado de su coño. Me encerré en el baño de la suite, me bajé los pantalones y empecé a masturbarme con ellas enrolladas alrededor de mi polla dura, oliendo otro par mientras gemía su nombre.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Tamara estaba parada ahí, todavía vestida con sus mallas negras ajustadas y un top deportivo sudado. Su cara pasó de sorpresa total a furia pura.
—¿Qué carajo es esto? —gritó—. ¡Estás en mi baño, usando mis bragas! ¡Sos un pervertido de mierda!
Me quedé paralizado, con la polla todavía dura envuelta en su lencería y la cara ardiendo de vergüenza. Intenté taparme, pero ella entró, cerró la puerta y me miró de arriba abajo con rabia.
—Dame eso —ordenó, arrancándome las bragas de la mano. Las observó con asco y excitación mezclados: estaban llenas de mi precum y olían a mí—. ¿Cuántas veces viniste a pajearte con mi ropa interior? ¿Eh?
Balbuceé disculpas, pero ella respiraba agitada, todavía sudada del gimnasio. Tras unos segundos de silencio tenso, su expresión cambió. Se pasó la mano por el pelo húmedo y murmuró:
—…Hace mucho que nadie me toca. Eres un cerdo… pero verte así me está calentando.
Se sentó a mi lado en el borde de la bañera. Su muslo firme y caliente rozó el mío. Sin decir nada más, envolvió mi polla todavía dura con su mano derecha. Estaba caliente, un poco húmeda por el sudor del gimnasio y sorprendentemente suave. Empezó a moverla lentamente de arriba abajo, sintiendo cada vena.
—Mirá lo dura que la tenés… —susurró con voz ronca, todavía con algo de enojo en el tono—. Todo esto por oler mis bragas usadas como un perro en celo.
Aceleró el ritmo poco a poco. Su agarre era perfecto: firme en la base, más suave al subir, y su pulgar pasaba una y otra vez por mi glande sensible, extendiendo el precum que salía sin parar. El sonido húmedo de su mano subiendo y bajando llenaba el baño. Con la mano izquierda me apretaba el muslo, clavándome ligeramente las uñas.
—Así, ¿no? —preguntó mientras giraba un poco la muñeca al llegar arriba, estimulando la cabeza de mi polla—. Te gusta que la mamá de tu amigo te la pajeé…
Gemí más fuerte. Tamara sonrió con una mezcla de satisfacción y lujuria. Sus tetas grandes subían y bajaban con cada movimiento de su brazo, marcadas bajo el top sudado. Aceleró más, haciendo movimientos cortos y rápidos en la parte superior, luego largos y lentos hasta la base, apretando mis bolas suavemente con los dedos de vez en cuando.
—Estás palpitando… —murmuró cerca de mi oído—. Te vas a correr pronto, ¿verdad? Quiero ver cómo terminás.
Cambió el ritmo otra vez: mano rápida y firme, casi agresiva, como si todavía estuviera un poco enojada. Mi polla estaba roja, hinchada y brillante por el precum. No aguanté más.
—Tamara… me corro… —avisé entre jadeos.
—Hacélo. Correte en mi mano —ordenó, sin parar de pajearme cada vez más rápido.
Exploté con fuerza. Chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados, cayendo sobre su mano, mi abdomen y salpicando un poco sus mallas negras. Ella siguió moviendo la mano más lento pero sin soltarme, exprimiendo cada pulsación, sacándome hasta la última gota mientras yo temblaba y gemía su nombre.
Cuando terminé, soltó mi polla lentamente, miró el desastre blanco en su mano y en mi cuerpo, y soltó un suspiro. Se limpió con una toalla pequeña, se levantó y me miró desde arriba.
—Limpia todo esto antes de que vuelva Lucas. Esto no lo va a saber nadie… y la próxima vez que quieras tocar mis cosas, me lo pides directamente a mí. ¿Entendido?
Asentí, todavía recuperándome. Tamara salió del baño contoneando ese culo enorme, dejándome solo con el corazón latiendo a mil.
Nadie nunca lo supo. Pero todo cambió desde ese día.


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