Para ir logrando cierto tipo de independencia realizo algunos servicios por fuera de la Agencia. Suelen ser antiguas clientas que me contactan de manera particular, comunicación que tengo estrictamente prohibida por contrato. Sin embargo, aunque me descubrieran no creo que Saikaku se atreva a tomar represalias en mi contra, soy su mejor telépata, su princesa Kaguya, según me ha dicho alguna vez. Actualmente tengo cuatro servicios mensuales por mi cuenta, todos con la misma clienta. Para el de hoy debo conducir hasta Haras del Sur, una country más parecido a una ciudad del universo de la muñecas Barbie, el sueño húmedo de las esposas de los empresarios y de los tenistas consagrados. Campos de golf en todos los puntos cardinales, extensas instalaciones de spa, gimnasio y piscinas olímpicas, lagos artificiales y calles privadas. Ni hablar de las invaluables mansiones construidas con bloques de hormigón como si fueran parte de un Lego. El portón de acceso está franqueado por dos garitas de seguridad, en total seis guardias vigilan esta entrada. Uno de ellos se me acerca a la ventanilla trasera y extiende una pantalla de reconocimiento. Hana baja el vidrio y saco mi mano para apoyarla.
- Mike Migoren, personal del spa - dice la voz de la pantalla.
El portón comienza a abrirse, no me gasto en saludar a los guardias. Recorremos un sendero asfaltado que rodea un lago. A lo lejos unas figuras humanas lanzan pelotas de golf a gran velocidad que veo caer como bólidos dentro del estanque pasando muy cerca del parabrisas de mi auto. La cara norte del lago da a los campos de golf, la cara sur al frente inmenso edificio del spa. Estaciono y entro por una puerta de servicio negra en mitad de la pared sin ventanas que da al estacionamiento. El vestuario de los masajistas, que somos todos hombres por pedido de la Comisión de prestadores, para evitar denuncias de acoso, es una sala estrecha con lockers, una mesa con sillas plásticas y una pantalla con imágenes publicitarias del country, com si alguno de nosotros pudiera comprarse una propiedad allí. Ni bien cruzo la puerta escucho la voz de Enzo:
- Mike, che piacere vederti, compagno.
Enzo es otro de los masajistas del spa, es un joven italiano traído por las redes de Haras del Sur. Es uno de los pocos seres humanos reales que conozco. Termian de calzarse y se levanta como lanzado. Nos abrazamos, es más alto que yo, un auténtico adonis de cabellos azabaches, y tiene una sonrisa que convence a cualquiera de cualquier cosa.
- Come stai, Enzo?
Además es de las pocas personas que no se ve forzada a mentir el japonés para trabajar en estos circuitos de alto nivel.
- È stata una mattina intensa, ma stasera ci vediamo con Berenice: questa notte può succedere di tutto.
Se lo ve muy feliz así que lo palmeo en un hombro. De una infancia realmente dura en el sur de Italia a enamorar a la hija de un embajador, realmente su vida tuvo un arco interesante:
- Goditelo, amico, te lo meriti.
Enzo mira la hora en el monitor de la pared y se muestra preocupado:
- Grazie, fratello... Rihanna ti sta già aspettando, è appena entrata nella sala.
Era verdad, ya era mi hora de entrar.
- Porca miseria, si è fatto tardi e non me ne sono accorto.
Enzo también está tarde, quizás me estaba esperando para saludarme, corre a su sesión y yo abro mi locker para cambiarme. Enzo realiza en este country la misma tarea que yo, solo que él es un táctil. Mi uniforme es una chomba en color rosa pastel, una bermuda celeste pastel, un cinturón beige y unas zapatillas con medias blancas. Tomo mi canasta con aceites y me dirijo por el pasillo hasta la sala F, que cierro con llave después de entrar. Rihanna ya está recostada boca abajo sobre la camilla de masajes, solo en ropa interior y cubierta por una sábana rosa. Las salas estás calefaccionadas para que las clientas, la mayoría vecinas de Haras, logren disfrutar de sus masajes a la perfección.
- No me gusta que me hagan esperar.
- No, no, pe..perdón, señora, no me di cuenta la hora - digo tartamudeando.
- Bueno, no importa, empezá ya por favor - el tono es de malestar.
Tiene la cabeza puesta en el cabezal así que no ve mis últimos preparativos. Coloco la canasta sobre una mesa con ruedas y con movimiento nerviosos retiro los frascos uno a uno hasta que la canasta queda vacía, justo en la base está la caja de mi máscara. La saco, la coloco sobre la besa, la abro lentamente y me la calzo. Mi sonar me permite ya detectar todos los objetos de la habitación. Me acerco a ella y descubro sus hombros, Rihanna es la presidenta administrativa de una comisión de convivencia, en su mente se amontonan una serie de pensamientos rutinarios que incluyen el mal desempeño escolar de sus hijos, una vecina que arruina sus tardes con música vulgar, la decisión de la junta del Haras del Sur de dejar de contratar un buzo para extraer las pelotas de golf del lago, lo cual al parecer baja el target y contamina el medio ambiente, el reclamo para tener una nueva bajada de autopista propia, y otras cosas. Hundo mis dedos en sus omóplatos y empiezo a callar su mente. Tiene unos cuarenta y cinco años, pero por unos rituales extraños y mal regualados de baños de sol, su piel está muy cuarteada, tostada y con poca elasticidad. Quizás el consumo de más alcohol que agua también logre que las cremas anti-age no le hagan demasiado efecto. Tomo toda su espalda con movimientos ascendente y descendentes, alternando las palmas de las manos con la punta de los dedos, el perfume de magnolias inunda toda la sala, son esencias penetrante. Los nudos se abren ante mi presión y ella empieza a hacer unos sonidos de satisfacción y dolor a la vez.
- ¿Es muy fuerte, Rihanna?
- No, no, seguí, Mike.
Cubro su parte superior y descubro la inferior para trabajarla. Los tonillos, las pantorrillas y muslos están cubiertos de diferentes tatuajes, tribales, íconos, verbos, flores, versos en ingles, algunos kanjis, aunque no me pareció que tuvieran ningún significado. Sus piernas están torneadas por la veintena de horas a la semana que entrena en la piscina, son prácticamente patas de rana. Cuando paso por su lado Rihanna saca una mano de la sábana y me acaricia el muslo. Entre los masajistas le decimos a ese gesto la manito. Es una clara manifestación de interés sexual. Así tomo su mano por la muñeca y la vuelvo a cubrir por la sábana. Continuo con mi masaje en las piernas y cuando vuelvo a pasar por su lado para surtirse de aceite la mano de Rihanna sale otra vez y me toma del bolsillo de la bermuda.
- Señora…- dudo en seguir hablando.
- ¿Qué? No pasa nada, vos seguime masajeando. Ese es tu trabajo.
Continuo masajeando su piernas, aunque con menos determinación. Ella pasa la mano del bolsillo hasta mi bragueta y me estimula. Cuando mi erección avanza escucho un sonido de aprobación.
- Ahora haceme lo mismo - su voz de mando es directa. Cambio de posición, más cercano a sus piernas, y le retiro el culotte. Pongo abundante aceite en las nalgas y las aprieto para ir estimulando la zona, y luego le separo las piernas. Meto mi mano derecha bajo ella, bien aceitada, y comienzo a moverme suavemente para empezar a masturbarla. Rihanna intenta incorporarse pero la tomo del cuello y le hundo la cabeza en el cabezal, ella gime ante mi presión, pero ya no está al mando. Subo la intensidad y comienzo a introducirle el pulgar lentamente. Sus gemidos son bastante fuertes, pero la sala está acustizada, nadie puede oírnos. El pulgar está por completo dentro y el mayor y el anular por fuera: la estimulo con movimientos circulares el clítoris y el punto G a la vez. Mueve la pelvis de arriba hacia abajo durante un par de minutos hasta que siento como su vagina presiona mi pulgar al llegar al orgasmo, son contracciones firmes y ella emite un serie de gemidos mitad risa, mitad llanto. Cuando su orgasmo llega al punto más alto saco la mano y me desabrocho el pantalón.
- ¿Qué hacés? - parece preocupada.
- Callate, puta, ahora me hiciste calentar, me voy a sacar bien la leche con vos.
Cuando me subo a la cama ya no tengo pantalón ni boxer, aunque sí el resto de ropa y la máscara. Entre los dedos llevo un preservativo. Lo abro y le tiro el envoltorio en el pelo. La penetro y ella se da vuelta a mirarme. La fantasía de Rihanna la obtuvo mezclando una serie de películas y de relatos de spa que le contaron amigas y amigos. Cuando me mira está viendo a Flavius Menk, un actor sueco que es suceso en Hollywood, un muchacho esbelto de bucles dorados y ojos celestes, con cara angelical y voz suave. Flav se descarga en ella como lo hace con su tía en una película decadente y exitosa llamada Winter dream. La siguiente acción forma parte de otra escena de la misma película. Bajo de la camilla y tomo mi bermuda, le saco el cinturón y se lo coloco como un collar a Rihanna. La hago bajar y ponerse de pie contra una pared. Con una mano la tengo de las muñecas y con la otra tiro de la correa mientras la fornico de parada con fuertes embestidas.
- Por favor, acabame adentro, soy una buena perra, estoy castrada, podés acabarme adentro.
Ya a este punto mi excitación es real y obedezco su pedido.
Nos vestimos lentamente. Ella recupera el aliento y yo también. Me saco la máscara y ella vuelve a verme como realmente soy, al menos físicamente. Rihanna está casada con un contratista poderoso y uno de los accionistas mayoritarios del Haras, al cual ve ocasionalmente alguna noche de la semana y alguna mañana al mes. Una vez terminada la sesión sus pensamiento empiezan a hacinarse nuevamente, y por supuesto que la culpa también se presenta. Es esperable que, cuando uno se dedica profesionalmente a prestar servicios sexuales a mujeres casadas o vinculadas de manera formal con parejas estables, surja en algún momento una conversación en la que se debata el valor ético o antiético de la infidelidad. Algunas clientas lo viven con una inmensa culpa y consideran que están haciendo algo completamente fuera de su propia cadena de valores; otras, en cambio, se sienten emancipadoras del género femenino por el solo hecho de acostarse con un prostituto profesional.
Intento, sin embargo, manejar una retórica bastante medida al respecto: evitar que se sobredimensione lo que hacemos y, al mismo tiempo, ubicarlo en su justa proporción. No es inusual que, ante la sobrevaloración de los servicios sexuales, una clienta los abandone creyendo que está haciendo algo verdaderamente revolucionario en el jacuzzi de un hotel cualquiera. Porque lo cierto es que la base de todo comercio no está en la mutua colaboración, ni en ese intercambio idealizado de utilidad y riqueza, ni siquiera en el simple tráfico de bienes o servicios. El cimiento de todo nuestro sistema es la insatisfacción, el hartazgo, la rabia dirigida contra uno mismo. Un prostituto auténtico lo sabe. Sabe que, en el fondo, todos los clientes se odian un poco, y que ese desprecio —sordo, persistente— es lo que los empuja a pagar por algo que no pueden resolver en otro lado.
Cuando me presentan sus dudas sobre la infidelidad, suelo responder con una alegoría.
Imaginate que vos y tu pareja se conocieron en un salón de baile. Ambos disfrutan muchísimo bailar juntos y, rápidamente, los sentimientos empiezan a emerger. Con el tiempo, toman la decisión de declarar su pareja de baile como exclusiva: de ahora en adelante, uno solo va a bailar con el otro. Eso resulta muy beneficioso para ambos, aprenden los pasos secretos, los pasos prohibidos, las maniobras peligrosas. La verdad es que su baile se vuelve extraordinario, llama la atención, y por supuesto a ustedes les gusta tanto bailar como la admiración de los otros. Pero, con el paso de los años, una de las dos partes pierde el gusto por el baile. Deja de disfrutarlo, de interesarse. Ya no van más al salón juntos o, cuando van, una de las partes llega sucia, desarreglada, sin interés; no le importa si su compañero o su compañera disfruta. Es un baile descuidado. Hasta que, en un momento determinado, decide directamente dejar de bailar, por el motivo que sea. Aunque lo que solemos creer, por la culpa y por los acuerdos, es que el problema es la persistencia del deseo de la otra parte, que todavía quiere bailar. Entonces mi pregunta —que puede sonar un poco existencial— es esta: en el resto de vida que te queda, que no es tanto, la verdad, ¿vas a negarte a bailar? ¿A disfrutar de la danza, de la salsa, del merengue, de una milonga? ¿Vas a negarte a mover tu cuerpo y sentirte vivo en cada momento en que dura el baile? ¿A sentir tu respiración y compartir eso que tiene que ver con la intimidad, con la complicidad de un baile? Obviamente, la respuesta es que uno siempre puede decidir cortarse la pierna que le pica para dejar de sentir la picazón. Pero yo no me cortaría una pierna por más intensa que fuera. Preferiría rascarme.
Rihanna está en ropa interior sentada en una silla, con la cabeza entre las rodillas.
- ¿Estás bien?
Me responde sin levantar la mirada del suelo al principio. Luego se va irguiendo.
- Sí, Ran, es una semana difícil. De verdad me hacía falta verte.
- A mí también. Disfruto mucho nuestro tiempo.
- ¿De verdad? ¿No es un trabajo para vos?
Me le acerco y me pongo de cuclillas junto a su silla. Acaricio su pelo sauvage
- Es un trabajo, por supuesto, pero eso no quiere decir que no disfrute estar con vos, ayudarte y compartir este tiempo.
Ella me sonríe.
- Vas a poder con todo, ¿sabés? Son problemas que se resuelven, y tenés lo necesario para encararlos.
- Me tengo que ir a bañar. Gracias.
- La semana que viene en el Club Hípico.
- No pienso faltar.
Nos vemos una vez a la semana en distintas locaciones. Sus fantasías siempre incluyen a Flav Menk, un personal de servicio acosado y finalmente una reinversión donde es dominada. Además de su masajista e instructor de equitación soy su paisajista en un proyecto inmobiliario de expansión del Haras del Sur y su psicoanalista.
Fue un día largo, ya quiero regresar a casa. Salgo al pasillo con mi canastita de aceites y me dirijo al vestuario. Me imagino que Enzo debe estar atendiendo del mismo modo a otra clienta en alguna de estas salas acustizadas.
- Mike Migoren, personal del spa - dice la voz de la pantalla.
El portón comienza a abrirse, no me gasto en saludar a los guardias. Recorremos un sendero asfaltado que rodea un lago. A lo lejos unas figuras humanas lanzan pelotas de golf a gran velocidad que veo caer como bólidos dentro del estanque pasando muy cerca del parabrisas de mi auto. La cara norte del lago da a los campos de golf, la cara sur al frente inmenso edificio del spa. Estaciono y entro por una puerta de servicio negra en mitad de la pared sin ventanas que da al estacionamiento. El vestuario de los masajistas, que somos todos hombres por pedido de la Comisión de prestadores, para evitar denuncias de acoso, es una sala estrecha con lockers, una mesa con sillas plásticas y una pantalla con imágenes publicitarias del country, com si alguno de nosotros pudiera comprarse una propiedad allí. Ni bien cruzo la puerta escucho la voz de Enzo:
- Mike, che piacere vederti, compagno.
Enzo es otro de los masajistas del spa, es un joven italiano traído por las redes de Haras del Sur. Es uno de los pocos seres humanos reales que conozco. Termian de calzarse y se levanta como lanzado. Nos abrazamos, es más alto que yo, un auténtico adonis de cabellos azabaches, y tiene una sonrisa que convence a cualquiera de cualquier cosa.
- Come stai, Enzo?
Además es de las pocas personas que no se ve forzada a mentir el japonés para trabajar en estos circuitos de alto nivel.
- È stata una mattina intensa, ma stasera ci vediamo con Berenice: questa notte può succedere di tutto.
Se lo ve muy feliz así que lo palmeo en un hombro. De una infancia realmente dura en el sur de Italia a enamorar a la hija de un embajador, realmente su vida tuvo un arco interesante:
- Goditelo, amico, te lo meriti.
Enzo mira la hora en el monitor de la pared y se muestra preocupado:
- Grazie, fratello... Rihanna ti sta già aspettando, è appena entrata nella sala.
Era verdad, ya era mi hora de entrar.
- Porca miseria, si è fatto tardi e non me ne sono accorto.
Enzo también está tarde, quizás me estaba esperando para saludarme, corre a su sesión y yo abro mi locker para cambiarme. Enzo realiza en este country la misma tarea que yo, solo que él es un táctil. Mi uniforme es una chomba en color rosa pastel, una bermuda celeste pastel, un cinturón beige y unas zapatillas con medias blancas. Tomo mi canasta con aceites y me dirijo por el pasillo hasta la sala F, que cierro con llave después de entrar. Rihanna ya está recostada boca abajo sobre la camilla de masajes, solo en ropa interior y cubierta por una sábana rosa. Las salas estás calefaccionadas para que las clientas, la mayoría vecinas de Haras, logren disfrutar de sus masajes a la perfección.
- No me gusta que me hagan esperar.
- No, no, pe..perdón, señora, no me di cuenta la hora - digo tartamudeando.
- Bueno, no importa, empezá ya por favor - el tono es de malestar.
Tiene la cabeza puesta en el cabezal así que no ve mis últimos preparativos. Coloco la canasta sobre una mesa con ruedas y con movimiento nerviosos retiro los frascos uno a uno hasta que la canasta queda vacía, justo en la base está la caja de mi máscara. La saco, la coloco sobre la besa, la abro lentamente y me la calzo. Mi sonar me permite ya detectar todos los objetos de la habitación. Me acerco a ella y descubro sus hombros, Rihanna es la presidenta administrativa de una comisión de convivencia, en su mente se amontonan una serie de pensamientos rutinarios que incluyen el mal desempeño escolar de sus hijos, una vecina que arruina sus tardes con música vulgar, la decisión de la junta del Haras del Sur de dejar de contratar un buzo para extraer las pelotas de golf del lago, lo cual al parecer baja el target y contamina el medio ambiente, el reclamo para tener una nueva bajada de autopista propia, y otras cosas. Hundo mis dedos en sus omóplatos y empiezo a callar su mente. Tiene unos cuarenta y cinco años, pero por unos rituales extraños y mal regualados de baños de sol, su piel está muy cuarteada, tostada y con poca elasticidad. Quizás el consumo de más alcohol que agua también logre que las cremas anti-age no le hagan demasiado efecto. Tomo toda su espalda con movimientos ascendente y descendentes, alternando las palmas de las manos con la punta de los dedos, el perfume de magnolias inunda toda la sala, son esencias penetrante. Los nudos se abren ante mi presión y ella empieza a hacer unos sonidos de satisfacción y dolor a la vez.
- ¿Es muy fuerte, Rihanna?
- No, no, seguí, Mike.
Cubro su parte superior y descubro la inferior para trabajarla. Los tonillos, las pantorrillas y muslos están cubiertos de diferentes tatuajes, tribales, íconos, verbos, flores, versos en ingles, algunos kanjis, aunque no me pareció que tuvieran ningún significado. Sus piernas están torneadas por la veintena de horas a la semana que entrena en la piscina, son prácticamente patas de rana. Cuando paso por su lado Rihanna saca una mano de la sábana y me acaricia el muslo. Entre los masajistas le decimos a ese gesto la manito. Es una clara manifestación de interés sexual. Así tomo su mano por la muñeca y la vuelvo a cubrir por la sábana. Continuo con mi masaje en las piernas y cuando vuelvo a pasar por su lado para surtirse de aceite la mano de Rihanna sale otra vez y me toma del bolsillo de la bermuda.
- Señora…- dudo en seguir hablando.
- ¿Qué? No pasa nada, vos seguime masajeando. Ese es tu trabajo.
Continuo masajeando su piernas, aunque con menos determinación. Ella pasa la mano del bolsillo hasta mi bragueta y me estimula. Cuando mi erección avanza escucho un sonido de aprobación.
- Ahora haceme lo mismo - su voz de mando es directa. Cambio de posición, más cercano a sus piernas, y le retiro el culotte. Pongo abundante aceite en las nalgas y las aprieto para ir estimulando la zona, y luego le separo las piernas. Meto mi mano derecha bajo ella, bien aceitada, y comienzo a moverme suavemente para empezar a masturbarla. Rihanna intenta incorporarse pero la tomo del cuello y le hundo la cabeza en el cabezal, ella gime ante mi presión, pero ya no está al mando. Subo la intensidad y comienzo a introducirle el pulgar lentamente. Sus gemidos son bastante fuertes, pero la sala está acustizada, nadie puede oírnos. El pulgar está por completo dentro y el mayor y el anular por fuera: la estimulo con movimientos circulares el clítoris y el punto G a la vez. Mueve la pelvis de arriba hacia abajo durante un par de minutos hasta que siento como su vagina presiona mi pulgar al llegar al orgasmo, son contracciones firmes y ella emite un serie de gemidos mitad risa, mitad llanto. Cuando su orgasmo llega al punto más alto saco la mano y me desabrocho el pantalón.
- ¿Qué hacés? - parece preocupada.
- Callate, puta, ahora me hiciste calentar, me voy a sacar bien la leche con vos.
Cuando me subo a la cama ya no tengo pantalón ni boxer, aunque sí el resto de ropa y la máscara. Entre los dedos llevo un preservativo. Lo abro y le tiro el envoltorio en el pelo. La penetro y ella se da vuelta a mirarme. La fantasía de Rihanna la obtuvo mezclando una serie de películas y de relatos de spa que le contaron amigas y amigos. Cuando me mira está viendo a Flavius Menk, un actor sueco que es suceso en Hollywood, un muchacho esbelto de bucles dorados y ojos celestes, con cara angelical y voz suave. Flav se descarga en ella como lo hace con su tía en una película decadente y exitosa llamada Winter dream. La siguiente acción forma parte de otra escena de la misma película. Bajo de la camilla y tomo mi bermuda, le saco el cinturón y se lo coloco como un collar a Rihanna. La hago bajar y ponerse de pie contra una pared. Con una mano la tengo de las muñecas y con la otra tiro de la correa mientras la fornico de parada con fuertes embestidas.
- Por favor, acabame adentro, soy una buena perra, estoy castrada, podés acabarme adentro.
Ya a este punto mi excitación es real y obedezco su pedido.
Nos vestimos lentamente. Ella recupera el aliento y yo también. Me saco la máscara y ella vuelve a verme como realmente soy, al menos físicamente. Rihanna está casada con un contratista poderoso y uno de los accionistas mayoritarios del Haras, al cual ve ocasionalmente alguna noche de la semana y alguna mañana al mes. Una vez terminada la sesión sus pensamiento empiezan a hacinarse nuevamente, y por supuesto que la culpa también se presenta. Es esperable que, cuando uno se dedica profesionalmente a prestar servicios sexuales a mujeres casadas o vinculadas de manera formal con parejas estables, surja en algún momento una conversación en la que se debata el valor ético o antiético de la infidelidad. Algunas clientas lo viven con una inmensa culpa y consideran que están haciendo algo completamente fuera de su propia cadena de valores; otras, en cambio, se sienten emancipadoras del género femenino por el solo hecho de acostarse con un prostituto profesional.
Intento, sin embargo, manejar una retórica bastante medida al respecto: evitar que se sobredimensione lo que hacemos y, al mismo tiempo, ubicarlo en su justa proporción. No es inusual que, ante la sobrevaloración de los servicios sexuales, una clienta los abandone creyendo que está haciendo algo verdaderamente revolucionario en el jacuzzi de un hotel cualquiera. Porque lo cierto es que la base de todo comercio no está en la mutua colaboración, ni en ese intercambio idealizado de utilidad y riqueza, ni siquiera en el simple tráfico de bienes o servicios. El cimiento de todo nuestro sistema es la insatisfacción, el hartazgo, la rabia dirigida contra uno mismo. Un prostituto auténtico lo sabe. Sabe que, en el fondo, todos los clientes se odian un poco, y que ese desprecio —sordo, persistente— es lo que los empuja a pagar por algo que no pueden resolver en otro lado.
Cuando me presentan sus dudas sobre la infidelidad, suelo responder con una alegoría.
Imaginate que vos y tu pareja se conocieron en un salón de baile. Ambos disfrutan muchísimo bailar juntos y, rápidamente, los sentimientos empiezan a emerger. Con el tiempo, toman la decisión de declarar su pareja de baile como exclusiva: de ahora en adelante, uno solo va a bailar con el otro. Eso resulta muy beneficioso para ambos, aprenden los pasos secretos, los pasos prohibidos, las maniobras peligrosas. La verdad es que su baile se vuelve extraordinario, llama la atención, y por supuesto a ustedes les gusta tanto bailar como la admiración de los otros. Pero, con el paso de los años, una de las dos partes pierde el gusto por el baile. Deja de disfrutarlo, de interesarse. Ya no van más al salón juntos o, cuando van, una de las partes llega sucia, desarreglada, sin interés; no le importa si su compañero o su compañera disfruta. Es un baile descuidado. Hasta que, en un momento determinado, decide directamente dejar de bailar, por el motivo que sea. Aunque lo que solemos creer, por la culpa y por los acuerdos, es que el problema es la persistencia del deseo de la otra parte, que todavía quiere bailar. Entonces mi pregunta —que puede sonar un poco existencial— es esta: en el resto de vida que te queda, que no es tanto, la verdad, ¿vas a negarte a bailar? ¿A disfrutar de la danza, de la salsa, del merengue, de una milonga? ¿Vas a negarte a mover tu cuerpo y sentirte vivo en cada momento en que dura el baile? ¿A sentir tu respiración y compartir eso que tiene que ver con la intimidad, con la complicidad de un baile? Obviamente, la respuesta es que uno siempre puede decidir cortarse la pierna que le pica para dejar de sentir la picazón. Pero yo no me cortaría una pierna por más intensa que fuera. Preferiría rascarme.
Rihanna está en ropa interior sentada en una silla, con la cabeza entre las rodillas.
- ¿Estás bien?
Me responde sin levantar la mirada del suelo al principio. Luego se va irguiendo.
- Sí, Ran, es una semana difícil. De verdad me hacía falta verte.
- A mí también. Disfruto mucho nuestro tiempo.
- ¿De verdad? ¿No es un trabajo para vos?
Me le acerco y me pongo de cuclillas junto a su silla. Acaricio su pelo sauvage
- Es un trabajo, por supuesto, pero eso no quiere decir que no disfrute estar con vos, ayudarte y compartir este tiempo.
Ella me sonríe.
- Vas a poder con todo, ¿sabés? Son problemas que se resuelven, y tenés lo necesario para encararlos.
- Me tengo que ir a bañar. Gracias.
- La semana que viene en el Club Hípico.
- No pienso faltar.
Nos vemos una vez a la semana en distintas locaciones. Sus fantasías siempre incluyen a Flav Menk, un personal de servicio acosado y finalmente una reinversión donde es dominada. Además de su masajista e instructor de equitación soy su paisajista en un proyecto inmobiliario de expansión del Haras del Sur y su psicoanalista.
Fue un día largo, ya quiero regresar a casa. Salgo al pasillo con mi canastita de aceites y me dirijo al vestuario. Me imagino que Enzo debe estar atendiendo del mismo modo a otra clienta en alguna de estas salas acustizadas.
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