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Rubia puta de bar

Era un viernes a la noche y había salido a tomar algo después de un día largo. Entré a un bar que me gustaba, pedí un whisky con hielo y me senté en la barra. Había bastante gente, música suave y el ambiente estaba bueno. De repente la vi.

Se llamaba Rocío. Estaba parada cerca de la barra con dos amigas, riéndose de algo. Era imposible no fijarse en ella: rubia con el pelo largo lacio y con flequillo, de un rubio natural con algunas mechas más claras que le caían por la espalda. Tendría unos 26 o 27 años, cara redonda, ojos grandes y expresivos de color marrón claro con delineado negro que los hacía resaltar, cejas definidas, pómulos altos y labios carnosos pintados de un rojo intenso y brillante. Pero lo que realmente te pegaba de entrada era el cuerpo: tetona en serio, con unas tetas grandes, redondas y pesadas que se marcaban muchísimo en el escote. Y el culo… culona de verdad, con caderas anchas y dos nalgas grandes, redondas y firmes que se notaban incluso debajo de la ropa.

Esa noche llevaba un top negro de encaje ajustado con tirantes finos que le quedaba como pintado, dejando ver un escote profundo y generoso donde sus tetas se apretaban y se veían suaves y abundantes. Abajo tenía una minifalda negra corta con un cinturón ancho con hebilla que le marcaba la cintura y hacía que el culo se destacara todavía más. Completaba el look con botas negras altas que le llegaban a las rodillas. Tenía la piel clara, un poco de rubor en las mejillas y un collar dorado fino que caía justo entre sus tetas. Cuando se movía, todo rebotaba de una forma que era imposible no mirar.

Me quedé observándola un rato más de lo normal. Ella se dio cuenta, giró la cabeza, me miró directo con esos ojos grandes y sonrió de costado, con los labios rojos bien marcados. Levanté el vaso en un brindis silencioso y ella levantó su cerveza. Sus amigas se fueron un momento y se quedó sola. Ahí me acerqué.

—Perdón por mirarte tanto —le dije—. Es que sos imposible de ignorar.

Se rio con una risa ronca y natural, y vi cómo sus tetas subían y bajaban con la respiración.

—Tranquilo, ya estoy acostumbrada. Soy Rocío.

—Matías —respondí, y le di la mano. La suya era suave, con uñas largas y blancas bien arregladas.

Empezamos a charlar. Era simpática, hablaba con las manos y se inclinaba hacia adelante cuando se reía, haciendo que sus tetas se presionaran contra el borde de la barra y el escote se abriera un poco más. Yo no podía dejar de mirar cómo se movían, suaves y pesadas. Ella lo sabía y no le molestaba; al contrario, a veces se acomodaba el top “sin querer” y dejaba que se viera todavía más piel.

Después de un par de tragos la conversación se puso más fluida. Me contó que acababa de salir de una relación complicada y que estaba con ganas de pasarla bien, sin dramas. Yo le dije que estaba en la misma. Nos reímos, nos rozamos las manos y en un momento ella apoyó su pierna contra la mía debajo de la barra. Sentí el calor de su muslo grueso a través de la media.

—¿Querés que vayamos a un lugar más tranquilo? —le pregunté al oído, oliendo su perfume dulce.

Me miró con esos ojos grandes, se mordió el labio inferior rojo y respondió:

—Dale.

Salimos del bar y tomamos un Uber. En el auto casi no hablamos, solo nos mirábamos. Yo tenía la mano en su muslo y ella no la sacaba; al contrario, la subió un poco más. Cuando llegamos a su departamento, subimos en el ascensor y ya no aguantamos. Apenas se cerraron las puertas la empujé contra la pared y la besé fuerte. Tenía los labios suaves y carnosos, sabía un poco a cerveza y a labial rojo. Mis manos bajaron directo a ese culo enorme; lo agarré con las dos manos por encima de la minifalda y apreté fuerte. Era blando pero firme, se desbordaba entre mis dedos y se sentía pesado y perfecto. Rocío soltó un gemido bajito y me clavó las uñas en la nuca, apretando su cuerpo contra el mío y sintiendo cómo sus tetas grandes se aplastaban contra mi pecho.

Entramos a su departamento casi tropezando. Tiramos las llaves y los celulares donde cayeron. La empujé contra la cama y empecé a sacarle el top de encaje. Cuando le liberé las tetas, se me escapó un suspiro. Eran grandes, redondas, pesadas, con la piel clara y pezones rosados medianos que ya estaban duros como piedras. Las agarré con las dos manos, las apreté fuerte, las junté y metí la cara entre medio. Eran suaves, calientes y olían a su perfume mezclado con piel tibia. Chupé un pezón mientras pellizcaba el otro con los dedos. Rocío arqueaba la espalda y gemía fuerte, agarrándome el pelo con fuerza.

—Más fuerte… chupame las tetas así —susurró con la voz ronca.

Le levanté la minifalda y le bajé la tanga negra chiquita por las piernas. Cuando se quedó solo con las botas, la puse en cuatro sobre la cama. Ese culo enorme frente a mí era una locura: dos nalgas grandes, redondas y blancas, con hoyuelos suaves en los costados y una piel lisa que se movía cuando la tocaba. Le di una palmada fuerte y todo rebotó. Ella soltó una risa mezclada con gemido y empujó el culo hacia atrás.

Me saqué la ropa rápido. Mi verga ya estaba dura como piedra. Rocío se dio vuelta, se arrodilló frente a mí y me la metió en la boca sin aviso. La chupaba bien, profundo, con ganas. Usaba la lengua en la cabeza y bajaba hasta el fondo, babeando todo y haciendo ruidos húmedos. Con una mano me acariciaba las bolas y con la otra se apretaba sus propias tetas, levantándolas y soltándolas mientras me miraba con esos ojos grandes y maquillados. Ver a esa rubia tetona y culona mamándome con tanta hambre, con el labial rojo manchando mi verga, era demasiado.

La levanté, la tiré en la cama boca arriba y le abrí las piernas. Tenía el concha depilada, hinchada, rosada y ya mojada brillando. Le pasé la lengua despacio por los labios, luego por el clítoris. Sabía rico, dulce y un poco salado. Rocío me agarraba la cabeza con las dos manos y empujaba contra ella, moviendo las caderas y gimiendo alto.

—Ay, la puta madre… seguí así, no pares —jadeaba.

Cuando estaba a punto de correrse, me incorporé, le puse las piernas sobre mis hombros y la penetré de un solo empujón. Estaba apretada, caliente y resbaladiza adentro. Empecé a cogérmela fuerte, viendo cómo sus tetas grandes rebotaban con cada embestida, golpeándose entre sí. Le agarraba las caderas anchas y entraba hasta el fondo. Rocío gritaba, me clavaba las uñas en la espalda y me decía cosas sucias al oído con la voz entrecortada: “más fuerte, rompeme el concha”, “cogeme como a una puta, Matías”.

La di vuelta otra vez y la puse en cuatro. Ese culo enorme moviéndose frente a mí era lo mejor. Lo separé con las manos, vi su concha abierta y mojada, y volví a entrarle profundo. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Le daba palmadas fuertes en las nalgas y veía cómo se ponían rojas y se movían. Rocío empujaba hacia atrás con fuerza, follándome ella también. Le metí un dedo despacio en el culo mientras la cogía y eso la volvió loca. Empezó a correrse fuerte, apretándome la verga con contracciones, temblando toda y gritando.

No aguanté mucho más. Salí justo a tiempo y le corrí sobre la espalda y ese culo perfecto, chorros gruesos y calientes que le caían por las nalgas y se deslizaban hacia abajo. Ella se quedó ahí un rato, respirando agitada, con una sonrisa satisfecha y el pelo rubio revuelto.

Después nos limpiamos un poco, nos tiramos en la cama y fumamos un cigarrillo compartido. Charlamos un rato, riéndonos de lo rápido y caliente que había pasado todo. Rocío me dijo que le había encantado, que hacía rato no la pasaban tan bien y que sus tetas y culo habían recibido justo lo que necesitaban. Nos dimos otro beso largo y lento, todavía con el sabor del sexo en la boca.

Al final me vestí, ella me acompañó hasta la puerta solo con la minifalda negra puesta y las tetas al aire, marcando todavía todas sus curvas. Me dio su número y me dijo con una sonrisa pícara, los labios todavía rojos:

—Cuando quieras repetirlo, avisame. Me gustó cómo me agarraste el culo.

Bajé a la calle con una sonrisa enorme. Esa noche con Rocío, la rubia tetona y culona que conocí en el bar y que se parecía tanto a esa foto que tengo en la cabeza, fue de esas que no se olvidan fácil.

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