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La abogada corrompida

Deni López es una abogada de 40 años que parecía salida de un anuncio de éxito profesional: 1.70 de estatura, cabello castaño oscuro que caía en ondas perfectas hasta sus hombros, y una figura que hacía que los pasillos del juzgado se quedaran en silencio cada vez que pasaba. Sus pechos eran enormes, naturales y firmes, dos globos pesados que, por más que intentara disimularlos con camisas abotonadas hasta el cuello y trajes de abogada impecables, siempre se abrían paso y sobresalían como si tuvieran vida propia. Sus críticos más crueles murmuraban que eran operados, que una mujer de su edad no podía tener semejante delantera sin ayuda quirúrgica, pero Deni sabía la verdad: todo era 100% natural, herencia de su madre y de una genética que no perdonaba. Lo mismo ocurría con su culo: grande, redondo y llamativo, dos nalgas que se marcaban incluso bajo la tela gruesa de sus faldas balanceándose con cada paso firme que daba hacia el estrado.
Era una abogada respetada, amigable con los jueces y con sus colegas cuando el caso lo permitía, pero estricta hasta la crueldad con su profesión. Había ganado casos imposibles: defensas de empresarios acusados de lavado, políticos menores que nadie creía salvar, corporativos envueltos en fraudes millonarios. Su nombre aparecía en los titulares como “la leona del foro”, la mujer que lograba absoluciones donde otros solo conseguían condenas. Y sin embargo, a pesar de su fama humanista —siempre hablaba de justicia restaurativa, de segundas oportunidades y de que “todo ser humano merece una defensa digna”—, Deni tenía una regla inquebrantable que repetía en privado: jamás defendería a un narcotraficante, a un pandillero, a un negro de los barrios bajos de verdad. Lo había jurado años atrás, cuando aún era una joven promesa, y lo repetía con una sonrisa fría cada vez que algún cliente de ese perfil intentaba acercarse.
Pero el dinero y la fama no entienden de juramentos. Su despacho en el centro de la ciudad era asediado por llamadas de “empresarios” con tatuajes discretos en el cuello, por familiares de capos caídos que ofrecían fortunas por una sola consulta, por corruptos con maletines llenos de billetes que olían a soborno. Deni los rechazaba siempre con elegancia, con esa voz suave pero firme que usaba en los estrados: “Lo siento, mi ética no me lo permite”. Y luego se iba a casa, donde la esperaba su vida perfecta de madre soltera.
La abogada corrompida

Su hijo, Mateo, tenía 17 años y era la razón por la que Deni se levantaba cada mañana con esa mezcla de orgullo y paranoia. El chico era listo —sacaba excelentes notas en la universidad, leía libros de derecho para impresionar a su madre—, pero también era tonto de una forma casi tierna: ingenuo, confiado, de esos que son blancos  para ser  bromas. Varias veces en la secundaria y ahora en la universidad habían intentado burlarse de él: “el hijo de la abogada tetona”, “el niño de mamá que no tiene papá”. Pero Deni, con una sola llamada al director o una demanda por acoso escolar, lograba que los culpables fueran expulsados en menos de 48 horas. “Nadie toca a mi hijo”, repetía ella en voz baja mientras lo abrazaba por las noches, besándole la frente como cuando era pequeño.
Su relación era sana, amorosa, casi asfixiante de tan perfecta. Desayunaban juntos todas las mañanas, hablaban de casos, de la universidad, de la vida. Deni lo sobreprotegía hasta el extremo: le revisaba el celular “por si acaso”, le elegía la ropa, le recordaba constantemente que el mundo era cruel y que solo ella podía cuidarlo. Mateo, a su vez, la adoraba. La veía como una diosa intocable, la abogada famosa que salía en la televisión y que, a pesar de todo, siempre tenía tiempo para él.
Pero el mundo no perdonaba. Las envidias rodeaban a Deni como buitres. Era demasiado exitosa, demasiado guapa, demasiado todo. Y su cuerpo era el arma que usaban para intentar derribarla. Cada vez que madre e hijo iban a la playa —esos pocos fines de semana que Deni se permitía para “desconectar”—, los paparazzi aparecían como cucarachas. Deni se ponía un bikini playero elegante como a ella le gustaba vestir aunque que a ella no le gustaba escandalizar… pero era imposible. Sus enormes tetas naturales desbordaban la tela, el escote profundo dejaba ver el valle profundo entre ellas, y cuando caminaba por la arena su culo grande y firme se movía con un vaivén hipnótico que hacía que los teléfonos móviles se levantaran como por arte de magia.
Las fotos salían siempre. “La abogada tetona disfruta del sol”, “Deni López exhibe sus ‘atributos’ en la playa”, “¿Cirugía o pura genética? La leona del foro muestra todo”. Los titulares eran humillantes, morbosos, reduciéndola a un par de pechos y un culo que, según ellos, “no pegaban con su imagen de abogada seria”. Deni, furiosa pero calculadora, los demandaba por difamación en menos de 24 horas. Ganaba siempre. Las notas desaparecían, las revistas pagaban indemnizaciones discretas y todo volvía a la normalidad.
Pero algunas veces, las palabras se filtraban hasta Mateo. El chico, con esa mezcla de inteligencia y torpeza, le contaba a su madre lo que había leído en los comentarios de las redes antes de que ella pudiera borrarlo todo: “Mira mamá, dicen que tus tetas son tan grandes que deberían cobrarles entrada al juzgado”, “que con ese culo podrías defender mejor a los narcos porque los distraes”, “que una mujer como tú no debería quejarse de que la miren, si se pasea así”. Mateo lo decía casi riendo, como si fuera una broma inocente, sin entender del todo el peso humillante de cada palabra. Deni lo abrazaba fuerte, le acariciaba el cabello y le decía con voz dulce pero temblorosa: “No les hagas caso, mi amor. Son envidiosos. Tú y yo estamos por encima de eso”.
Por dentro, sin embargo, algo se removía. Esa humillación constante, esa forma en que su propio cuerpo —sus pechos pesados que se balanceaban incluso bajo la camisa abotonada hasta el último botón, su culo que parecía desafiar cualquier falda— la traicionaba frente al mundo, la hacía sentir expuesta, reducida a carne. Y aun así, seguía siendo la misma Deni: la abogada estricta, la madre protectora, la mujer que rechazaba a los narcos y a los pandilleros con una sonrisa helada mientras su cuerpo gritaba otra cosa en cada foto que se filtraba.
Aquella tarde de domingo, después de una semana intensa en los tribunales donde había logrado absolver a un empresario acusado de fraude, Deni y Mateo decidieron ir a la playa privada de siempre. El sol caía fuerte. Deni se puso un bikini que tenía guardado que tanto odiaba y amaba al mismo tiempo: el que hacía que sus tetas parecieran a punto de escaparse con cada respiración, el que marcaba su culo grande como si estuviera pintado sobre su piel. Sabia que al usar ese bikini los paparazzis aprovecharían cualquier movimiento de ella para difamarla pero deni queria sentirse segura queria sentirse que podria usar cualquier prenda que ella deseara sin ser juzgada   Mateo, con su toalla al hombro, caminaba a su lado sonriendo, ajeno a las miradas.
A lo lejos, los flashes ya empezaban a disparar.
Y Deni, por primera vez en mucho tiempo, sintió que esta vez… tal vez no podría demandarlos a todos.
(Continuará…)

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