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Mi amiga puta

La verdad es que nunca pensé que iba a pasar algo así con Florencia. Éramos amigos desde la secundaria, de esos que se mandan mensajes de vez en cuando, salen en grupo y se hacen bromas pesadas. Ella siempre fue la morocha del grupo que llamaba la atención: pelo negro largo y liso con un flequillo recto que le caía justo sobre los ojos, lentes finitos que le daban un toque sexy e inteligente, y un cuerpo curvy que había ganado curvas con los años. Tenía unas tetas grandes y redondas que llenaban cualquier top, una pancita suave y sexy, caderas anchas y un culo redondo que se movía solo cuando caminaba. Además tenía varios tatuajes finos: algunos ramitas y diseños que le subían por el pecho y otros en los brazos.
Ese sábado el plan con el resto del grupo se canceló y terminamos solos en mi departamento. Pedimos pizza, abrimos una botella de vino y nos tiramos en el sofá a ver una serie. Florencia estaba vestida casual pero matadora: un top corto ajustado que le marcaba las tetas y dejaba ver un poco de su pancita, y una minifalda de jean corta que apenas le tapaba el culo.
A medida que pasaba la noche y el vino hacía efecto, la charla se puso más caliente. En un momento ella se acomodó mejor en el sofá, cruzó las piernas y su muslo rozó el mío. Me miró por encima de los lentes, mordiéndose el labio inferior con esa cara pícara que tiene.
—Matías… ¿nunca te dio curiosidad cómo sería si nosotros dos… probáramos algo más que ser solo amigos? —preguntó bajito, con una sonrisa nerviosa pero juguetona.
No supe qué contestar. Me acerqué y la besé. El beso empezó lento, pero enseguida se puso intenso y húmedo. Florencia sabía a vino y tenía los labios suaves. Mis manos subieron por su cintura, sintiendo su pancita suave, y terminaron agarrándole esas tetas grandes y pesadas por encima del top. Eran firmes pero blandas al tacto, y se sentían increíbles. Ella soltó un gemidito contra mi boca y se apretó más contra mí.
Le saqué el top despacio. Cuando sus tetas quedaron libres, me quedé mirándolas un segundo: grandes, redondas, con los pezones marrones oscuros ya duros. Tenía tatuajes finos que subían por el escote y le daban un toque aún más sexy. Me incliné y empecé a chuparle una teta con ganas, metiéndome el pezón en la boca, succionando y mordiendo suave mientras le apretaba la otra con la mano. Florencia arqueó la espalda, empujando sus tetas contra mi cara y gimiendo más fuerte.
—Ay, Matías… seguí así… me encanta —susurró, agarrándome la cabeza.
Mientras le chupaba las tetas, bajé la mano y le subí la minifalda. Metí los dedos por debajo de la bombacha y la encontré completamente empapada. Sus labios estaban hinchados y calientes. Le froté el clítoris en círculos lentos al principio, después más rápido, escuchando cómo su respiración se volvía entrecortada. Ella movía las caderas contra mi mano, buscando más.
Florencia se levantó, se sacó la minifalda y la bombacha quedando completamente desnuda. Su cuerpo era real y provocador: tetas grandes que rebotaban un poco, pancita suave, caderas anchas y un culo redondo y firme. Se arrodilló entre mis piernas, me bajó el pantalón y el bóxer y agarró mi pija dura con las dos manos.
—Mirá lo dura que te pusiste… —dijo con una sonrisa sucia, mirándome por encima de los lentes antes de metérsela en la boca.
Me chupó con ganas, lento pero profundo, la lengua dando vueltas por la cabeza mientras babeaba todo. El pelo negro liso con flequillo le caía sobre la cara y cada tanto lo apartaba para mirarme. No era perfecta, pero la forma en que lo hacía, con ganas y disfrutando, me volvía loco.
Después de un rato se subió encima mío en el sofá. Agarró mi pija, se frotó la cabeza contra su concha mojada y se dejó caer despacio. Estaba apretada y caliente. Soltó un gemido largo cuando la tuvo toda adentro y empezó a cabalgarme. Sus tetas grandes rebotaban fuerte frente a mi cara con cada movimiento. Yo las agarraba, las apretaba, les daba cachetadas suaves y le chupaba los pezones mientras ella aceleraba, gimiendo cada vez más alto.
La tomé de las caderas y empecé a subirla y bajarla con más fuerza. El sonido mojado de su concha chocando contra mí llenaba el living.
En un momento la puse en cuatro sobre el sofá. Le separé las nalgas y le metí la pija despacio, disfrutando cómo entraba. La cogí con embestidas profundas, agarrándola de las caderas y tirándole del pelo negro liso hacia atrás. Cada tanto le daba cachetadas en el culo que la hacían gemir más fuerte. Le metí una mano debajo y le froté el clítoris rápido.
—Matías… me vengo… no pares —jadeó temblando.
Su concha se contrajo fuerte alrededor de mi pija y se corrió duro, mojándome todo. Yo aguanté unos segundos más y saqué justo a tiempo para tirarle chorros gruesos y calientes sobre la espalda, el culo y esas tetas grandes cuando se dio vuelta.
Nos quedamos tirados en el sofá, sudados y respirando fuerte. Florencia se dio vuelta, me miró con los lentes un poco empañados y sonrió con esa cara de recién cogida.
—Esto fue mucho mejor de lo que imaginaba… —dijo todavía agitada—. No pensé que después de tantos años de ser “solo amigos” íbamos a terminar así.
Me dio un beso largo y agregó bajito:
—Quiero que se repita, Matías. La próxima vez quiero que me cojas más rato… y sí, también quiero que me des por el culo, pero con calma. Mi cuerpo es tuyo cuando quieras.
Me reí, le acaricié el pelo negro liso y le contesté:
—Cuando quieras, Florencia. Mi departamento siempre va a estar abierto para vos.
Nos quedamos un buen rato más abrazados en el sofá, desnudos, hablando y riéndonos como siempre, pero ahora con una química y una complicidad totalmente nueva.
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