
Era una tarde tranquila de jueves. Decidimos salir a tomar algo y terminamos en un barcito pequeño del centro que tiene mesas en la vereda. El lugar estaba casi vacío y la calle también: solo pasaba algún auto de vez en cuando. Elegimos una mesa afuera, bajo una sombrilla.
Norma se había puesto un vestido blanco liviano, con escote en V bastante pronunciado y tirantes finos. No llevaba corpiño. Sus tetas enormes se movían con naturalidad debajo de la tela, y cada vez que respiraba o se reía se notaba el movimiento.
Pedimos dos gin tonics bien cargados. El mozo nos trajo las copas grandes con mucho hielo y rodajas de limón.
Nos sentamos uno frente al otro. En la única mesa ocupada además de la nuestra, a unos cinco metros a la derecha, había un hombre de unos 50 y tantos años, traje gris claro, leyendo el diario con tranquilidad. Parecía estar solo, tomando un café.
Charlábamos relajados. En un momento saqué el tema que tanto me gustaba:
—Sabés que me encanta cuando te mostrás un poco, no?… —dije con una sonrisa, mirando su escote—. Me pone muy caliente ver cómo otros hombres te miran.

Norma soltó una risita y negó con la cabeza.
—A mí no me gusta —respondió, aunque su tono no era muy convincente—. Soy discreta, no soy de andar exhibiéndome.
Yo sonreí porque sabía que no era del todo cierto.
—Claro… por eso el año pasado en la playa y estabas de espaldas tomando sol con el corpiño de la bikini desatado te sentaste antes de atártelo de nuevo y quedaste en topless un par de minutos hasta que te lo pusiste de nuevo, ¿no?

Ella se rio y me dio un golpecito en el brazo.
—Fue un accidente, boludo.
Seguimos charlando y bromeando. En un momento le conté un chiste tonto sobre un tipo que iba a un bar y…
Norma se largó a reír con ganas, echando la cabeza hacia atrás. Su risa fue fuerte y contagiosa y sus tetas se sacudieron mucho. El hombre del diario levantó la vista un segundo y la miró. Norma ni se dio cuenta.
Un rato después, mientras ella tomaba un sorbo de su gin tonic, un trozo grande de hielo se deslizó del borde de la copa y cayó directo en su escote.
—¡Ay, la puta madre! —exclamó ella dando un pequeño salto en la silla.
El hielo se metió entre sus tetas. Norma metió la mano rápidamente dentro del escote para sacarlo, moviendo los dedos entre sus pechos grandes y suaves. El movimiento hizo que el vestido se le bajara un poco más y que sus tetas se movieran de forma muy evidente.

El hombre del diario levantó la vista otra vez. Esta vez se quedó mirando más tiempo. Norma seguía intentando sacar el hielo, metiendo toda la mano entre sus tetas, apretándolas y moviéndolas mientras buscaba el cubito.
—Está helado… —se quejó riendo—. Se me metió re profundo.
Finalmente sacó el hielo y lo puso en la mesa, pero el escote ya se le había abierto bastante. Una buena parte de sus tetas quedaba a la vista, redondas, suaves y con un leve brillo por la humedad del hielo.
Norma se acomodó el vestido, pero no con apuro. Se tomó su tiempo, ajustando la tela y levantando un poco las tetas con las manos para acomodarlas mejor.
El hombre seguía mirando. Ya no fingía leer el diario.
Norma se dio cuenta y me miró a mí con una mezcla de vergüenza y picardía. Se mordió el labio inferior un segundo.
—¿Viste? —le dije bajito, sonriendo—. Otra vez pasó “sin querer”.
Ella negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
—No fue a propósito… —murmuró, aunque su voz sonaba menos convencida que antes.
Volvió a mirar de reojo al hombre. Él seguía observándola. Norma respiró profundo, lo que hizo que sus tetas se marcaran aún más contra la tela del vestido.
Se acomodó mejor en la silla, cruzó las piernas y tomó otro sorbo de su gin tonic. El escote seguía más abierto de lo que había estado al principio y una de las tiras había caído de su hombro quedando sobre su brazo.

El hombre del diario ya no leía. Tenía el diario apoyado en la mesa y la miraba abiertamente, aunque con discreción.
Norma me miró otra vez, con las mejillas un poco sonrojadas y una expresión que conocía muy bien: esa mezcla de negación y excitación que siempre terminaba igual.
—¿Qué pensás, amor? —me preguntó bajito, aunque ya sabía la respuesta: la situación me ponía muy caliente.
El hombre de la mesa de al lado seguía “leyendo” el diario. Hacía rato que no pasaba de página. Sus ojos se desviaban constantemente hacia nosotros… hacia ella.
Norma cruzó las piernas y se acomodó en la silla. De repente, soltó un pequeño suspiro de fastidio.
—Ay, no… se me desprendió la tira de la sandalia —dijo con tono inocente, mirando hacia abajo.
Se inclinó hacia adelante para “arreglarla”, apoyando los codos en sus propios muslos. El movimiento fue deliberado y lento. El escote del vestido blanco se abrió completamente hacia abajo, y desde la posición en la que estaba el hombre (ligeramente más alto y a pocos metros), tuvo una vista perfecta y directa de sus dos tetas enormes, desnudas y colgando pesadamente.
Las dos tetas completas quedaron expuestas por varios segundos: redondas, pesadas, con los pezones oscuros y ya algo endurecidos por el aire y la excitación. Se balancearon suavemente con el movimiento mientras Norma fingía ajustar la tira de la sandalia.
El hombre se quedó congelado. Ya ni fingía leer. Tenía el diario abierto en la misma página de hace diez minutos, pero sus ojos estaban clavados en las tetas de Norma. Tragó saliva visiblemente.
Norma levantó la mirada hacia mí por un segundo. Me miró directamente a los ojos con una expresión que lo decía todo: sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Había una mezcla de picardía, excitación y un toque de “se que te gusta este juego”en su mirada. Se mordió el labio inferior muy sutilmente, casi imperceptible, y volvió a bajar la vista hacia su sandalia.
El hombre, sin poder disimular más, se acomodó en la silla y, de forma bastante evidente, se pasó la mano por encima del pantalón para ajustar el bulto que ya se le marcaba claramente. Lo hizo despacio, presionando la palma contra su verga dura, como si intentara acomodarla sin que se notara demasiado… aunque era imposible no verlo.
Norma terminó de “arreglar” la sandalia y se incorporó lentamente. El escote volvió a su lugar, pero ya era tarde. Tanto el tipo como yo sabíamos que había sido completamente intencional.
Ella tomó otro sorbo de su gin tonic, cruzó las piernas de nuevo y me miró con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie.
—Listo… ya está —dijo con voz suave, como si nada hubiera pasado.
Pero el aire entre las mesas se sentía denso, cargado. El hombre del diario ya ni siquiera fingía leer. Tenía la mano todavía cerca de su entrepierna y los ojos fijos en Norma.
Norma apoyó el vaso en la mesa, se pasó una mano por el escote “ajustando” el vestido (aunque en realidad solo lo movió un poco más), y me miró de reojo con esa expresión que conocía muy bien: la que decía que estaba mojada y que quería seguir jugando.
Norma se acomodó mejor en la silla, cruzando y descruzando las piernas. El calor de la tarde empezaba a sentirse fuerte.
—Uf… qué calor hace —se quejó suavemente, abanicándose con la mano—. Este vestido es muy fino, pero igual me estoy asando.
Dicho eso, tomó el borde inferior del vestido y lo sacudió varias veces hacia arriba y abajo, como si quisiera ventilarse. El movimiento hizo que la tela se levantara lo suficiente para dejar ver claramente sus muslos blancos y suaves, y por un instante fugaz, el tanga blanco transparente que llevaba puesto. La tela era tan fina que se le marcaba perfectamente el contorno de su concha.
El hombre del diario levantó la vista de inmediato. Esta vez no intentó disimular. Sus ojos se clavaron en sus piernas y en ese breve destello de tanga.
Norma fingió no darse cuenta y siguió abanicándose con el vestido un par de veces más, dejando que la tela subiera y bajara.
—Qué calor… estoy toda mojada…toda transpirada—repitió, con un suspiro más largo.
Tomó un cubito de hielo grande de su vaso, lo miró un segundo y, echando la cabeza hacia atrás con lentitud, se lo pasó por el cuello. El hielo dejó un rastro brillante de agua fría que corrió por su piel. Bajó lentamente el cubito por el escote, pasándolo entre sus tetas, dejando que el agua fría le corriera por el valle profundo.
Sus pezones se marcaron claramente contra la tela blanca del vestido.
Luego, mirando directamente al hombre a los ojos (sin disimulo alguno), dejó caer el cubito de hielo entre sus tetas. El hielo se deslizó hacia abajo y quedó atrapado entre sus pechos grandes y suaves.
—Ay… se me cayó adentro —dijo con voz inocente, pero con una sonrisa apenas contenida.
Metió la mano dentro del escote, moviendo los dedos entre sus tetas para buscar el hielo. El movimiento hizo que sus pechos se movieran y se apretaran visiblemente. El hombre ya no fingía leer nada. Tenía la boca entreabierta y la mano apoyada en su muslo, muy cerca de la entrepierna.
Norma sacó el hielo derretido, lo miró y soltó una risita.
—Está helado… —comentó, como si nada—. Se me puso la piel de gallina.
Se pasó la mano por el escote otra vez, “acomodando” el vestido, pero en realidad solo consiguió que se le abriera un poco más. Sus tetas se veían más expuestas que antes, con la piel húmeda y brillante por el agua del hielo.
Miró al hombre directamente otra vez, sosteniéndole la mirada por varios segundos. Luego giró la cabeza hacia mí con una expresión entre pícara y desafiante.
—Qué calor, ¿no, amor? —me dijo, mordiéndose el labio inferior suavemente.
El hombre del diario ya ni siquiera sostenía el periódico. Lo tenía apoyado en la mesa y su mano derecha descansaba claramente sobre su entrepierna, presionando el bulto que se le había formado.
Norma cruzó las piernas de nuevo, dejando que el vestido se le subiera un poco más por los muslos, y tomó otro sorbo lento de su gin tonic, como si todo fuera completamente normal.
Norma tomó de nuevo el cúbito y siguió jugando con él entre sus tetas cuando de repente me miró. Yo ya no podía más. Mi verga estaba tan dura y palpitante…

Norma lo notó inmediatamente. Se levantó despacio de su silla, rodeó la mesa y se acercó a mí. Se inclinó, me tomó la cara con las dos manos y me besó con pasión total. Su lengua salió juguetona, lamiendo mis labios por fuera, entrando y saliendo de mi boca de forma obscena, casi como si estuviera mamándome delante de todos. El beso fue largo, húmedo y sin vergüenza. Yo sentía su aliento caliente y el sabor del gin tonic en su lengua.
Cuando se separó, tenía los labios hinchados y brillantes. Me miró a los ojos con una sonrisa sucia y susurró:
—Te calienta mucho esto, ¿verdad, amor?
No esperó respuesta. Se dio vuelta y volvió a su silla, pero antes de sentarse dijo en voz alta, como si nada:
—Ay, se me desacomodó el vestido…
Metió la mano derecha dentro del escote bien profundo, moviendo los dedos como si estuviera acomodando algo. De repente, con total naturalidad, sacó toda su teta derecha hacia afuera. La dejó completamente al aire por varios segundos: pesada, redonda, con el pezón oscuro y duro apuntando hacia el hombre del diario.

Miró fijamente al señor mientras lo hacía. Se mordió el labio inferior con fuerza, sosteniéndole la mirada sin vergüenza alguna. La teta quedó expuesta, moviéndose suavemente con su respiración. El hombre ya no disimulaba en absoluto. Tenía la boca entreabierta y la mano presionando claramente su bulto por encima del pantalón, acariciándose despacio sin poder contenerse.
Norma mantuvo la teta afuera unos segundos más, apretándola ligeramente con la mano como si estuviera “acomodándola”, se pasó el hielo sobre el pezón y luego, muy lentamente, la volvió a meter dentro del vestido. Pero el escote quedó mucho más abierto que antes.

Se sentó de nuevo, cruzó las piernas y tomó otro sorbo de su gin tonic como si nada hubiera pasado. Sus mejillas estaban sonrojadas y tenía una sonrisa traviesa en los labios.
Miró al hombre otra vez, directamente a los ojos, y le dijo con voz dulce pero cargada:
—Hace mucho calor hoy, ¿no le parece?
El señor tragó saliva, incapaz de responder. Su mano seguía presionando su verga dura por encima del pantalón, claramente visible ahora.
Norma giró la cabeza hacia mí, me miró con esa expresión de “te dije que no me gusta mostrarme” mezclado con puro deseo, y susurró bajito solo para que yo escuchara:
—¿Viste cómo me mira…? Está durísimo…
Se acomodó mejor en la silla, dejando que el escote siguiera abierto y que sus tetas se marcaran obscenamente contra la tela húmeda del vestido. El hielo derretido había dejado la tela casi transparente en algunas zonas.
El hombre del diario ya ni fingía leer. Tenía la mirada clavada en Norma, respirando agitado, con la mano sobre su bulto apretando y soltando, juro que se pajeaba así.
Norma tomó otro cubito de hielo, lo miró un segundo, lo chupó y me sonrió con picardía, como preguntándome silenciosamente hasta dónde quería que llegara esta tarde.
De repente, Norma miró hacia el piso al lado de nuestra mesa.
—Uy, se me cayó una servilleta —dijo con naturalidad.
Se levantó despacio de la silla. En lugar de agacharse normalmente, se dio vuelta quedando de espaldas al hombre y, sin doblar las rodillas, se inclinó hacia adelante para recoger la servilleta del suelo.
Su cuerpo se flexionó en un ángulo perfecto. El vestido corto se le subió inevitablemente por detrás. Justo en ese momento, una pequeña ráfaga de viento cálido levantó la falda del vestido por completo, dejándola subida hasta la cintura.
Su culo quedó totalmente expuesto.
Redondo, firme, bronceado, con la tanga blanca transparente clavada entre las nalgas. La tela fina y mojada se le hundía entre los labios de la concha, marcando perfectamente su rajita. Se quedó así varios segundos, fingiendo que le costaba agarrar la servilleta, moviendo ligeramente el culo de un lado a otro.
El hombre se quedó sin aliento. Soltó el diario, se levantó de golpe de su silla y se agarró la verga por encima del pantalón sin disimulo alguno. Su erección era enorme y evidente, marcándose gruesamente contra la tela. Se acomodó la verga con la mano, apretándola, mientras miraba fijamente el culo desnudo de Norma. Se sentó de nuevo como si se hubiese arrepentido de lo que iba a hacer.
Norma se incorporó lentamente, bajándose el vestido con una mano, pero sin ninguna prisa. Se dio vuelta y miró al hombre directamente, con una expresión inocente pero los ojos llenos de fuego. Yo apuré el gin tonic mientras ella seguía quejándose del calor.
– Hasta el pelo me da calor..– dijo tomándose el cabello con las dos manos hacia atrás cosa que hizo que el vestido en su pecho se pegara en sus tetas como una segunda piel.–..y no tengo como atármelo…ah, ya se– y metiendo la mano por los costados del vestido se sacó lentamente la tanga y la usó para atarse el pelo con una cola de caballo.

Ese fue el detonante que faltaba, el hombre se paró de nuevo todavía un poco indeciso y con la mano en su bulto, pero tomó coraje y caminó hacia nuestra mesa. Pasó justo al lado, sin decir una palabra al principio. Sacó una tarjeta de su billetera y la dejó sobre la mesa con un movimiento firme.
Miró a Norma a los ojos, luego a mí, y con voz grave y ronca dijo:
—En una hora los espero.
Dio media vuelta y se fue caminando por la vereda, todavía con la erección marcada en el pantalón.
Norma se quedó mirando la tarjeta. Tenía solo una dirección y un número de departamento. La tomó entre sus dedos, la giró y me miró con las mejillas sonrojadas y una sonrisa entre nerviosa y excitadísima.
Se mordió el labio inferior con fuerza y susurró:
—Una hora…
…continuará
2 comentarios - Nosotros y el señor del bar I