Cécile fue mi mejor sumisa por su nivel de obediencia. En una época difícil, estaba sin plata y haciendo Uber entre clase y clase para sumar unos mangos. Le escribí y le dije que si subía un rato en mi auto, solo media hora. Fui hasta una plaza de Morón, cerca de donde ella vivía y estacioné en una calle en penunbras por la sombra de los árboles. La plaza estaba iluminada y había algo de gente a pesar del frío. Unos diez minutos después Cécile llegó caminando y se acercó a la puerta del acompañante. Yo ya estaba en el asiento trasero y le abrí la puerta para que pase. Ella estaba con un jean y un sweater lila. Habíamos hablado los días previos y yo no estaba tan castigador, queríamos algo más suave. Así que cuando llegó nos besamos primero. Ella apoyó su cabeza en mis piernas, boca arriba, y empecé a besarla y a tocarla por debajo de la ropa. Sus pechitos eran muy chiquitos pero divertidos de estimular. Se los chupaba, los llenaba de saliva y después lo pellizcaba muy suave con el índice y el pulgar. Después bajé a la conchita y comencé a acariciarla dentro del jean. Se mojó rápido y para no gemir se llevaba la mano a la boca y se la mordí. Disfrutaba mucho de su cuerpo esbelto y sensual. Cécile estaba ya muy caliente y se dio vuelta muy rápido. Me besó la bragueta y hundió la nariz. Yo ya estaba listo así que me pidió ayuda para sacarla. Me bajé un poco los pantalones, no más que hasta los muslos y ella comenzó a saborearla. A través de los años fui enseñándole a Cécile muchas cosas, entre ellas a chupar bien una verga. Ahora era capaz de metérsela toda, y sacarla sin raspar con los dientes. Igualmente lo hacía con arcadas de por medio. Por eso me encantaba meterle un dedo en el ojete mientras lo hacía. La hice bajar el pantalón hasta las rodillas y ella se dejó la bombacha baja. La chupaba y yo sentía que en cada arcada su ano apretaba el dedo que tenía adentro. La verdad es que la situación me terminó por encender. Ya no era un osito cariñosito. La agarré del pelo y llevé su cara contra la ventana opuesta dejando su culo expuesto hacia mí. Con la otra mano le dí un zarpazo a la bombacha y la arraqué despedazándola. Ella dijo que no lo hiciera. Le respondí con un cachetazo en la cara le metí su bombacha en la boca hecha un bollo. Me escupí en los dedos y le introduje saliva en el ano. Repetí la operación dos veces mas, dilatándola la cola poco a poco. Como no tenía forros no quedaba otra cosa que hacer. No daba más y me cogí a pelo por el culo. Ella gemía a pesar de estar amordazada. Yo le estaba dando fuertes embestidas y el auto se bamboleaba, tuve con contenerme para que nadie nos descubriera, pero eso no impidió que le reventara el orto con mi semen. Los latidos de mi verga dentro de ella le dilataron todavía más la cola. Todavía me excito pensando en como un hilo de semen le chorreaba por dentro del pantalón cuando volvió a su casa.
Después de eso nos quedamos así, semidesnudos en el asiento de atrás de mi auto, estacionados en una calle oscura junto a una plaza, conversando de libros y proyectos locos.
Después de eso nos quedamos así, semidesnudos en el asiento de atrás de mi auto, estacionados en una calle oscura junto a una plaza, conversando de libros y proyectos locos.
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