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Gangbang a la putita fiestera

Un tipo que conocí en un boliche, un morocho alto y tatuado que se llamaba Diego, me invitó a una "orgia" en una casa quinta en las afueras. Me dijo que iban a ser 5 chicas y 10 hombres, que iba a ser una locura, que nos íbamos a divertir como nunca. Yo estaba re caliente esa noche, así que acepté sin pensarlo dos veces. Me vestí para matar: un vestidito negro super corto, de lycra, que me marcaba las tetas y apenas me tapaba el culo. Debajo no llevaba nada, ni corpiño ni tanga, solo un par de tacos negros altísimos que me hacían las piernas infinitas. Me pinté los labios de rojo putón, me puse rímel y sombra oscura, y salí así, sintiéndome la reina del mundo.
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Cuando llegué a la casa, la música sonaba fuerte y había olor a porro y cerveza. Diego me recibió con una sonrisa y me llevó al living. Ahí estaban los 10 tipos... y ninguna de las otras chicas. "Se cagaron todas", me dijo uno riéndose. "Pero vos sos más que suficiente, bombón". Yo me quedé un segundo paralizada, pero la calentura me ganó. Me sirvieron un trago y en menos de cinco minutos ya me tenían rodeada. Empezaron despacio, pero no duró mucho. Me sacaron el vestidito por la cabeza y me dejaron completamente desnuda en el medio del living, solo con los tacos puestos. Se turnaron como lobos. Primero me pusieron de rodillas en la alfombra. Eran una mezcla de edades: había pibes de 22, 23 años, duros y con pijas enormes, y tipos de 45, 50, con experiencia y vergas gruesas y venosas que ya sabían cómo usar. Me llenaron la boca uno tras otro. Me agarraban del pelo y me la metían hasta la garganta, sin piedad. Yo babeaba, tosía, pero no paraba. Mientras uno me cogía la boca, otros dos me manoseaban las tetas, me pellizcaban los pezones fuerte, tironeándolos hasta que me dolían de rico.
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Uno de los más viejos, un gordo pelado de barba, se arrodilló atrás mío y me metió dos dedos en la concha sin aviso. "Mirá cómo está de mojada la puta", dijo riéndose. Me los metía y sacaba rápido, y con el pulgar me frotaba el clítoris hinchado. Ese fue mi primer orgasmo de la noche: me corrí como loca, temblando, con una pija en la boca y los dedos adentro. Chorree en su mano y él se la chupó delante de todos. Después me levantaron y me tiraron sobre un sillón grande. Ahí empezó lo bueno de verdad. Se turnaron para cojerme la concha. Uno joven, de 25, me abrió las piernas y me la metió de un saque, fuerte y profundo. Mientras me cojía, otro me pellizcaba el clítoris entre dos dedos, tironeándolo y frotándolo al mismo tiempo. Yo gritaba. El tercero me metía la pija en la boca. Así, los tres agujeros ocupados al mismo tiempo. Me corrí por segunda vez ahí, apretando la concha alrededor de esa pija que no paraba de entrar y salir.
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No me dieron respiro. Cuando uno se corría adentro mío, el siguiente entraba sin limpiarse. Me dieron vuelta, me pusieron en cuatro y empezaron con el culo. El primero que me lo metió fue uno de los más viejos, con una pija gorda y corta pero durísima. Me escupió el culo, me abrió con los dedos y me la metió despacio al principio, después a fondo. Mientras me cogía el culo, otro me metía los dedos en la concha y me pellizcaba el clítoris sin parar, fuerte, rápido, como si quisieran arrancármelo. Ese orgasmo número tres me dejó viendo estrellas, me corrí tan fuerte que me meé un poco encima del sillón. Se turnaron los diez. Boca, concha y culo. A veces dos en la concha al mismo tiempo, estirándome hasta que creía que me rompían. A veces uno en el culo y otro en la concha, y yo chupando dos pijas a la vez, alternando, lamiendo huevos pesados y peludos, metiendo la lengua en culos sudados de tanto esfuerzo. Chupé todo. Acabé la cuarta vez cuando dos pibes jóvenes me tenían entre los dos: uno me cojía la concha de frente, el otro el culo por atrás, y un tercero me metía los dedos en la boca mientras me pellizcaba los pezones con saña. Grité tanto que me dolió la garganta.
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La quinta y la sexta fueron seguidas, casi sin parar. Me tenían en el piso, sobre una manta, con las piernas abiertas como una perra. Uno me cogía la concha mientras otro me chupaba el clítoris y me lo pellizcaba con los dientes. Me corrí gritando, convulsionando, y antes de que terminara ya tenía otro adentro del culo. El séptimo orgasmo me lo sacaron entre cuatro: dos me sostenían las piernas, uno me cogía la boca y otro me metía tres dedos en la concha mientras me frotaba el clítoris con la palma de la mano, rápido y fuerte. Me corrí tan duro que me desmayé unos segundos. Los dos últimos fueron brutales. Ya estaba destruida, llena de semen que me chorreaba por los muslos, por la cara, por las tetas. Me pusieron de rodillas otra vez. Me cogieron la boca todos al final, uno atrás del otro, hasta que me pintaron la cara y la lengua. Después me tiraron en el sillón y los últimos dos me cogieron el culo y la concha al mismo tiempo mientras me pellizcaban los pezones y el clítoris sin piedad. El octavo orgasmo fue el más fuerte de todos: me corrí llorando, temblando entera, con la concha y el culo apretando las dos pijas que me llenaban.
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Cuando terminaron, los diez me habían corrido adentro. Tenía la concha hinchada y rebosando semen blanco, el culo abierto y chorreando, la boca llena de gusto a pija y huevos. Estaba tirada en el piso, exhausta, con los tacos todavía puestos, el pelo pegoteado de semen y sudor. No podía ni caminar. Me quedé ahí tirada como una puta usada, sonriendo como una idiota. Al otro día me desperté desorientada, con la cabeza pesada y el cuerpo dolorido como si me hubiera pasado un camión por encima. No estaba en mi cama. Estaba en una cama grande, desconocida, en una habitación que no reconocía. Las sábanas olían a sexo, a sudor y a semen seco. Intenté incorporarme y sentí un latigazo en la concha y en el culo. Todo me ardía. Miré hacia abajo y vi que seguía completamente desnuda, solo con los tacos negros todavía puestos, uno de ellos medio torcido. Mi piel estaba pegajosa, con restos de semen seco en las tetas, en la panza, en los muslos. La cara me tiraba de lo que me habían dejado secar ahí.
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Me desperté, no sabía dónde carajo estaba. La casa parecía vacía. No había ruido de los tipos, ni música, nada. Solo el sol entrando por una ventana entreabierta. Me toqué la concha por instinto y solté un gemido: mi clítoris estaba hinchadísimo, rojo como una cereza madura, tan inflamado que brillaba. Apenas lo rocé con la yema del dedo y me dolió, pero al mismo tiempo una oleada de calor me subió por la panza y me mojé de nuevo. Recordé todo de golpe: las diez pijas, los turnos, cómo me habían usado los tres agujeros, los pellizcos en el clítoris y los pezones, los orgasmos que me habían sacado a la fuerza. Me mordí el labio y me quedé ahí un rato, tocándome despacio, disfrutando el dolor rico. De repente se abrió la puerta. Eran Diego y el gordo pelado de barba. Sonreían con esa cara de hijos de puta satisfechos.
—Arriba, putona. Hay que bañarse —dijo Diego.
Me levantaron de la cama sin preguntarme nada. Estaba tan débil que ni opuse resistencia. Cuando terminaron de lavarme, no me devolvieron mi vestidito negro. En cambio, me dieron una tanguita rosa de hilo, chiquitita, de esas que se te meten entre las nalgas y apenas tapan la concha. Y un vestido blanco cortísimo, de tela fina y transparente. Cuando me lo puse se me veía todo: las tetas, los pezones oscuros, la tanguita rosa marcándose debajo. Con los tacos negros altos quedaba como una puta barata de discoteca de mala muerte.
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Me llamaron un remis. Mientras esperaba, todavía tiritando un poco, los tipos se reían y me miraban. “Mirá cómo quedó la puta”, decían. “Con el clítoris hinchado y vestida de puta barata”. Cuando llegó el remis, me subí así: vestido blanco transparente, tanguita rosa de hilo, tacos negros y nada más. Durante todo el viaje iba sentada con las piernas cruzadas, sintiendo cómo la tela fina del vestido se me pegaba al cuerpo húmedo. El chofer no paraba de mirarme por el espejo. Yo sentía la concha todavía sensible, el clítoris hinchado rozando contra la tanguita, y cada bache del camino me hacía acordar de todo.Llegué a casa muerta de vergüenza y de cansancio. Me saqué el vestido transparente y me quedé solo con la tanguita rosa. Y me habré dormido a los 5 minutos.
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