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La pastilla que lo cambio todo (capitulo 1)

1- la pastilla
Lucas era, a los 17 años, el blanco perfecto. Delgado, de estatura baja y con una timidez que era como una invitación para ciertos tipos de personas. O, para ser exactos, para una persona: Fernando.
Para el resto del instituto, Lucas era un cero a la izquierda. Ni siquiera lo molestaban; simplemente, no existía. No lo invitaban a grupos, no le pedían apuntes, su nombre rara vez era pronunciado. Era un fantasma para el resto de la escuela.
Pero para Fernando, Lucas era su hobby favorito.
Ese día, la confrontación fue en el pasillo, justo después del timbre.
“Buenos días,Perdedor,” dijo Fernando, plantándose frente a él con una sonrisa amplia. Su grupo de amigos se rió a su alrededor, formando un coro.
Lucas intentó esquivarlo,pero Fernando puso un brazo firme contra los casilleros, bloqueándole el camino.
“¿Tan rápido?Tenemos que conversar, debilucho.” Su aliento olía a alcohol. “Me debes la tarea de Química. Y que sea buena, eh, no quiero que ese cerebro patético tuyo me haga quedar mal.”
Lucas,con la mirada clavada en el suelo, asintió en silencio y sacó su cuaderno. Sus manos temblaban ligeramente. No era miedo físico, sino la rabia impotente de saberse incapaz de responder, de cambiar esa dinámica.
La clase de Educación Física fue simplemente la continuación de la humillación. El profesor Gilberto, un hombre con complexión fuerte y obesa, ordenó dar vueltas a la pista.
“¡Los últimos tres tendrán que limpiar los almacenes!”gritó.
Fernando,al pasar a su lado corriendo, no perdió la oportunidad. “No te apures, patético,” le susurró con desdén. “Ya sabemos que ese será tu lugar.”
Lucas corrió con todas sus fuerzas,pero su cuerpo no daba más. No pudo acabar las vueltas, jadeante y con el rostro encendido, sintiendo la mirada del profesor Gilberto que lo veía de arriba a abajo con un tono de desaprobación.
"¡Ayyy, ni pudiste acabar las vueltas! Por eso vas a ser solo tú el que limpie el almacén. ¡Si que eres patético!"
Al salir de la escuela, con el eco de los insultos aún resonando en sus oídos, Lucas caminó a casa con la cabeza baja. La rabia hervía en su interior, pero no tenía salida.
Y entonces la vio.
Alondra. Estaba del otro lado de la calle, riéndose con una amiga. El sol se reflejaba en su cabello, y su risa era el sonido más puro que Lucas había escuchado en todo el día. Por un momento, los “perdedor”, “debilucho” y “patético” se desvanecieron. Solo existía ella. Ese instante robado, ese vistazo a su sonrisa, fue el único y pequeño tesoro de su día.
La alegría fue breve. Al cruzar la puerta de su casa, el silencio lo recibió como un golpe. La casa estaba vacía y en penumbras, como casi siempre. Sus padres, atrapados en sus interminables turnos de trabajo, eran poco más que presencias fugaces. Desde que su hermana mayor se fue a la universidad, el hogar había perdido su último resto de calidez. Su habitación, ahora siempre cerrada, era un recordatorio de todo lo que ya no estaba. Lucas era el único en la casa un espacio que se sentía a la vez enorme y asfixiante.
Su vida era esto: ser el saco de boxeo de Fernando, ser invisible para todos los demás y regresar cada día a una casa vacía.
Esa noche, en la soledad de su habitación, la desesperación ganó. Encendió su computadora y pasó horas navegando sin rumbo, buscando alguna solución a su miseria. Recorrió foros, leyó consejos inútiles, anuncios vacíos. Justo cuando estaba por rendirse, algo llamó su atención. En una página poco conocida, apareció un anuncio extraño que decía:
“¿Cansado de que te pisoteen? Fuerza y confianza en una pastilla. Envío discreto.”
Era una locura. Una estafa, seguramente.
Pero miró su reflejo en el monitor: un debilucho, un perdedor, un patético. Cualquier cosa, cualquier riesgo, era mejor que seguir siendo eso.
Con un nudo en la garganta, Lucas hizo clic en “Comprar”.
*Unos días más tarde*
La rutina gris de Lucas se vio interrumpida por un pequeño paquete rectangular en la entrada de su casa. No tenía remitente claro, solo su nombre y dirección. El corazón le latió con fuerza contra las costillas. Solo podía ser una cosa.
Con la adrenalina bombeando, lo llevó rápidamente a su habitación, cerró la puerta y la abrió con manos temblorosas. Dentro, había un frasco de plástico opaco, liso y sin etiqueta. No tenía nombre, ni instrucciones, ni logotipo. Nada.
Al ver el frasco, un leve recuerdo lo asaltó: en la foto del anuncio, las pastillas venían en un frasco con un logo de un rayo. Esto era... diferente. Pero la emoción y la desesperación ahogaron esa pequeña voz de alarma. "Quizá es la presentación genérica," se mintió a sí mismo.
Abrió el frasco. Dentro había una gran cantidad de píldoras de un blanco y rosa. Sin pensarlo dos veces, tomó una con un sorbo de agua de una botella que tenía en la mesa de noche.
Al principio, no sintió nada. Un minuto. Dos. Una oleada de decepción comenzó a crecer en su estómago. Había sido una estafa, después de todo.
Y entonces, golpeó.
Un dolor sordo y ardiente nació en la boca del estómago, como si hubiera tragado una cucharada de lava. Lucas jadeó, llevándose las manos al abdomen. El calor se expandió rápidamente, un fuego líquido que corría por sus venas, quemándolo por dentro. Le latían los oídos, su visión se nubló con puntos blancos. Gritó, pero el sonido se ahogó en su garganta. El mundo giró violentamente y la oscuridad lo envolvió. Cayó de espaldas sobre la cama, inconsciente.
No supo cuánto tiempo pasó. Minutos, tal vez. Volvió en sí con un jadeo, la mente sumida en una confusión espesa. Su cuerpo todavía se sentía caliente, como con fiebre, pero el dolor insoportable había desaparecido. En su lugar, notó una pesadez extraña, una densidad en sus miembros que no era la suya. Su ropa, una sudadera holgada y unos jeans, le apretaba de forma incómoda. Le tiraba en los hombros, le oprimía el pecho...
El pecho.
Con un movimiento torpe, Lucas miró hacia abajo.
Y vio dos curvas pronunciadas, suaves y firmes, que llenaban y distendían la tela de su sudadera hasta formar dos prominencias enormes que antes no estaban allí.
El pánico, frío y absoluto, lo electrocutó.
Se levantó de un salto de la cama, y la nueva distribución de su peso lo hizo tambalear. Corrió hacia el espejo pegado a su puerta, sus pasos extrañamente diferentes.
La imagen que lo devolvió lo dejó paralizado.
Ya no era Lucas.
La persona en el reflejo era una mujer. Joven, quizá de su misma edad, pero de una belleza impactante. Tenía su mismo tono de piel y el color de sus ojos, pero ahora estos parecían más grandes y expresivos. Su cabello negro era el mismo, pero más largo y lustroso, cayendo sobre sus hombros. Y su cuerpo... su cuerpo era una versión exagerada y voluptuosa de la feminidad. Unos pechos generosos y turgentes elevaban su sudadera. Sus caderas se habían ensanchado, redondeándose en un trasero prominente que tensaba la tela de sus jeans, y sus muslos, ahora gruesos y fuertes, se rozaban al caminar.
"¿Q-qué...?" fue lo único que logró balbucear con una voz que no reconoció, un tono más suave y melodioso que el suyo.
Su mente, entumecida por el shock, solo pudo aferrarse a una idea: la pastilla.
Giró y, con la torpeza de habitar un cuerpo nuevo, se abalanzó sobre su computadora. Encendió el monitor y buscó febrilmente el historial, encontrando la página del anuncio.
"¿Cansado de que te pisoteen?, Fuerza y confianza en una pastilla."
La foto mostraba un frasco profesional con cápsulas rojas y azules. Abajo, una descripción hablaba de "aumento de masa muscular" y "testosterona sintética".
Nada. No decía nada sobre... esto.
Lucas miró el frasco anónimo y blanco que estaba sobre su cama. Luego, volvió a mirar su reflejo de mujer en el espejo.
No había recibido las pastillas de la fuerza. Había tomado algo completamente diferente. Algo que lo había transformado en ella.
Dar vueltas por su habitación no calmó los nervios; solo hizo más evidente la realidad de su nuevo cuerpo. Con cada paso, un balanceo involuntario y ondulante sacudía sus pechos, un movimiento ajeno e hipnótico que sentía en cada fibra de su ser. Fue entonces, al pasar frente al espejo de nuevo, cuando notó los detalles que el pánico inicial le había ocultado: las costuras de sus jeans, justo en los muslos y en el trasero, estaban tensas al límite, con hilos blancos asomándose. Su sudadera, por su parte, se había convertido en una prenda ajustada que marcaba cada curva, ahogándolo.
No podía quedarse así. Necesitaba ropa que no lo estrangulara.
El recuerdo de la habitación de su hermana surgió como un salvavidas. Con cuidado, abrió la puerta de su cuarto y revisó el pasillo. El silencio de la casa era profundo. Sus padres todavía no regresaba. Respiró aliviado y se deslizó hasta la puerta cerrada de su hermana.
Al abrirla, el aire quieto y ligeramente polvoriento lo recibió. Todo estaba impecable, como un museo de una vida que se había pausado. La cama estaba hecha, los peluches ordenados en la almohada. Se sintió un intruso, pero no tenía opción. Se sentó en el borde de la cama, tratando de recordar la risa de su hermana, su presencia, pero su mente estaba demasiado nublada por el caos actual.
Al levantar la vista, se encontró con él: un espejo de cuerpo completo en la puerta del closet. Allí estaba, la extraña, mirándolo fijamente.
Un nudo se formó en su garganta. Sabía lo que tenía que hacer, pero la idea lo aterraba. Nunca había visto el cuerpo desnudo de una mujer, y la primera vez... iba a ser el mío. La ironía era tan absurda que casi quiso reír.
Con los ojos cerrados, como un niño en una película de terror, comenzó a desvestirse. Primero la sudadera, que dejó al descubierto sus hombros y la pesada realidad de su pecho. Luego, con dedos torpes, desabrochó los jeans y se los quitó junto con el boxer, sintiendo el aire frío en pieles que nunca habían estado expuestas. Finalmente, quedó completamente desnudo frente al espejo, con los párpados aún sellados por el miedo.
Respiró hondo y los abrió.
La realidad fue un impacto. Allí no quedaba ni un rastro de Lucas. Era una mujer, por completo. La ausencia de su miembro fue el detalle que hizo todo irrevocablemente real. En su lugar, estaba el suave y ajeno paisaje del una vagina. Sus caderas, amplias y generosas, enmarcaban una cintura que se veía delgada por contraste. Y sus pechos... eran dos montañas firmes y pesadas que anclaban su mirada.
Giró lentamente, con deseo. Su trasero era redondo, grande y prominente, una curva poderosa que nunca había imaginado poseer. La curiosidad, un impulso más fuerte que la vergüenza, lo venció.
Tentativamente, alzó una mano y puso su mano sobre una de sus nalgas. Era suave, increíblemente suave, y con una firmeza elástica que le resultaba fascinante. Deslizó la mano hacia su pechos, tomando su peso. Era grandes, pesados, y la piel era como seda. Cuando sus dedos rozaron accidentalmente el pezón, una descarga eléctrica, aguda y profunda, le recorrió el cuerpo hasta el bajo vientre. Fue una excitación completamente nueva, una corriente cálida y húmeda que no se parecía en nada a lo que había sentido como hombre.
Quería más. Quería explorar esa sensación, perseguirla hasta su origen. Pero el miedo lo paralizó. ¿Cómo lo hacen las mujeres? No tenía ni idea. El desconcierto fue mayor que el deseo.
Necesitaba cubrirse. Abrió el cajón de la cómoda donde su hermana guardaba la ropa interior. Una oleada de vergüenza lo invadió al hurgar entre las bragas y los brasieres. Eran íntimos, personales. Pero no había alternativa.
Escogió una braga sencilla. Al ponérsela, la tela se ajustó a sus nuevas caderas de una forma extraña, pero no desagradable; era una sensación nueva, que delimitaba su nueva forma.
Luego, tomó un brasier. Era un objeto complejo y lleno de misterio. Lo giró en sus manos, tratando de descifrar su mecánica. Se lo puso como pudo, tratando de acomodar sus grandes pechos en las copas, pero estas parecían insuficientes. Se dio la vuelta para intentar abrocharlo por la espalda, pero sus movimientos eran torpes, sus dedos no respondían. Después de varios intentos frustrados, jadeando, se rindió. El broque simplemente no alcanzaba. Se lo quitó y lo dejó caer sobre la cama.
"Esta cosa... debe ser de otra talla," murmuró para sí, convenciéndose de que el problema era la ropa de su hermana, no el volumen abrumador de su nuevo pechos. Sin entender aún la función real del brasier, decidió que por ahora podría prescindir de él. Se puso una camiseta holgada de su hermana que para su cuerpo le quedaba ajustada y un pantalón, que, aunque ajustados, se sentían mil veces mejor que su ropa rota.
Por primera vez desde la transformación, no estaba incómodo. Y esa simple sensación era un lujo extraño y aterrador.
Lucas se sintió menos expuesto. La tela, suave y femenina, se adaptaba a sus curvas sin oprimirlo. Se quedó parado frente al espejo, estudiando a la extraña que lo miraba fijamente.
Las mujeres con un cuerpo así... siempre reciben miradas, pensó, y una curiosidad punzante, mezclada con un poco de culpa, comenzó a brotar en su interior. Él, que era un cero a la izquierda, alguien invisible. ¿Cómo se sentiría, aunque fuera por un momento, ser el centro de la atención en lugar de la diana del desprecio? Sabía que no estaba bien, que esto era una locura, pero la necesidad de experimentar algo, cualquier cosa, que no fuera su vida de siempre, era más fuerte.
—Solo será un paseo —se dijo en voz baja, como si necesitara convencerse a sí mismo—. Solo para sentir el aire. Nada más.
Mientras buscaba unos tenis en la habitación de su hermana, se topó con un par de tenis deportivas. Al sentarse en la cama para ponérselas, se detuvo un momento. Sus pies... se veían diferentes. Más finos, con los tobillos más delgados y una forma que le pareció... linda. Era un detalle absurdo en medio del caos, pero lo notó. Se ató los cordones, se puso de pie y se miró de nuevo en el espejo.
La camiseta, sin la contención de un brasier, se aferraba a su pecho, delineando sin pudor el volumen y la forma de sus senos. Se sintió instantáneamente vulnerable. Buscó algo con qué cubrirse y encontró una chaqueta de mezclilla colgada en el clóset. Al ponérsela, la tela rígida le brindó una armadura. Su silueta seguía siendo voluptuosa, pero ya no se sentía tan expuesto. Respiró un poco más tranquilo.
La pastilla que lo cambio todo (capitulo 1)


Con el corazón latiéndole en el pecho—en este nuevo y enorme pecho—, abrió la puerta de su casa y salió a la calle. Sus ojos examinado el vecindario, nervioso, esperando que en cualquier momento alguien lo descubriera.
Mientras tanto, Fernando caminaba con paso decidido hacia la casa de Lucas. Era el día de la tarea de Física, y el "nerd" tenía la obligación de entregársela. Dobló la esquina, y justo cuando la fachada de la casa entró en su campo de visión, la puerta se abrió.
Y salió ella.
Fernando se detuvo en seco, como si hubiera chocado con un muro de cristal. Era una mujer con un cuerpo... espectacular. Unos jeans que se ajustaban a unas caderas generosas y a un trasero que era imposible de ignorar, y una chaqueta, no podía ocultar la abundancia de su pecho. Tenía el cabello corto, un estilo que le daba un aire moderno y audaz.
Su cerebro se negó a procesar la escena. ¿Qué hacía una mujer así, saliendo de la casa del perdedor de Lucas? El impacto fue tal que, por instinto, dio un paso atrás y se escondió tras la esquina, presionando la espalda contra la pared.
Desde su escondite, la observó. La vio mirar a su alrededor con una cautela que a él le pareció timidez. Su mente comenzó a hervir con preguntas. ¿Quién es? ¿Es familiar? ¿Una prima? ¿Una amiga? ¡Imposible! Lucas no tiene amigos, mucho menos amigas que parecen salidas de un película.
Lucas, desde su nueva piel, no vio a nadie. Respiró aliviado y, con una determinación temblorosa, comenzó a caminar en dirección al centro comercial, tratando de controlar el nuevo balanceo de sus caderas.
Fernando esperó unos segundos y luego se asomó con cuidado, listo para seguirla, para averiguar más. Pero la calle estaba vacía. La mujer se había esfumado. Frustrado, miró hacia la casa de Lucas. La puerta estaba cerrada. El misterio acababa de volverse personal. Algo muy raro estaba pasando, y él estaba decidido a descubrir qué.
El aire de la tarde era fresco, pero a Lucas le ardía la piel bajo la chaqueta de mezclilla. Cada paso que daba por su vecindario lo llenaba de una ansiedad punzante. Iba mirando al suelo, rezando para que ningún vecino lo notara, cuando una voz lo sacó de su ensimismamiento.
—Disculpe, señorita —dijo un hombre de unos treinta años, con una sonrisa que pretendía ser amable pero que a Lucas le pareció cargada de intenciones—. ¿Está perdida? No la había visto por aquí antes.
Era el vecino del número 42, con quien alguna vez Lucas había coincidido sacando la basura, sin cruzar más que un leve asentimiento. Pero ahora, ese hombre lo miraba de arriba abajo, con una curiosidad que lo hizo sentirse desnudo.
—No, no estoy perdida —logró decir Lucas, forzando la voz para que sonara más suave—. Todo bien.
—Vaya, con esa carita y ese cuerpazo, no puede ser que ande sola por aquí —insistió el vecino, acercándose un poco—. ¿Quiere que la acompañe? Podemos tomar un café en mi casa, está cerca.
Lucas sintió que el pánico le cerraba la garganta. No sabía cómo reaccionar. Como Lucas, hubiera pasado desapercibido; como mujer, era el centro de un tipo de atención que no sabía manejar.
—Tengo que irme… Se me hace tarde —balbuceó, y sin esperar respuesta, echó a correr.
Fue una decisión instintiva, pero mala. Al correr, sintió por primera vez el incómodo y doloroso rebote de sus pechos. Cada salto era una sacudida incómoda que le tironeaba el torso, una sensación tan novedosa como desagradable. Bajó el ritmo, jadeante, y solo se detuvo cuando dobó la esquina y se aseguró de que el vecino no lo siguiera.
Unos minutos después, llegó al centro comercial. Al entrar, las miradas se posaron sobre él como imanes. Susurros, sonrisas cómplices entre grupos de amigos, hombres que disimuladamente lo seguían con la vista. Al principio, se sintió extraño, como si estuviera en el ojo de un huracán de atención al que no estaba acostumbrado. Pero, para su propia sorpresa, notó que una parte de él… lo disfrutaba. Después de años de ser invisible, sentirse deseado era algo que le gustaba.
Siguió caminando, tratando de actuar con naturalidad, preguntándose qué debía hacer ahora que era mujer. Pero entonces, algo cambió.
Un calor repentino comenzó a extenderse por su cuerpo, subiendo desde el vientre hasta su rostro. Le flaquearon las piernas y un cosquilleo insistente, casi eléctrico, nació en su entrepierna. La sensación era abrumadora, desconocida y… húmeda. No podía concentrarse en nada más. Con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, buscó un baño.
Al ver el símbolo femenino en la puerta, dudó un segundo. Ahora soy una mujer, se repitió, y entró.
Afortunadamente, estaba casi vacío. Se encerró en un cubículo, cerró el pestillo con dedos temblorosos y se sentó. Al bajarse los pantalones, notó que su braga estaba ligeramente mojada. El calor y el cosquilleo aumentaban, volviéndose casi insoportables.
Nervioso, deslizó una mano y se tocó por encima de la tela. Fue un contacto leve, pero la descarga de placer que lo recorrió fue instantánea y tan intensa que casi lo hizo gemir. Por unos segundos, el cosquilleo cedió, reemplazado por una calma deliciosa. Ahí lo entendió: su cuerpo le estaba pidiendo algo, y ese simple roce le había dado la respuesta.
Pero ¿cómo se hacía? No tenía ni idea. La anatomía femenina era un misterio para él. La frustración se mezcló con la urgencia física.
Entonces, se le ocurrió una idea. Se levantó rápidamente, se subió los pantalones y salió del baño con la cabeza gacha, decidido. Tenía que volver a casa. Allí, en la privacidad de su habitación, con la computadora como su única guía, intentaría descifrar los secretos de este cuerpo que le pertenecía.
El camino de regreso a casa fue una lucha constante entre el deseo de correr y la necesidad de pasar desapercibido. Lucas caminaba con la respiración entrecortada, sintiendo que cada mirada casual de un transeúnte era un interrogatorio silencioso. La humedad en su ropa interior era un recordatorio constante de lo que acababa de experimentar, un secreto húmedo y vergonzoso que temía que todos pudieran ver.
Al llegar a su casa, se detuvo frente a la puerta, el corazón latiéndole con fuerza. Miró hacia ambos lados de la calle, asegurándose de que no hubiera testigos. El vecino afortunadamente no estaba. Con un movimiento rápido, abrió la puerta y se coló dentro, cerrándola de inmediato.
Una vez dentro, se apoyó contra la madera, jadeando. La familiaridad de su hogar lo envolvió, pero ya no se sentía igual. Todo parecía más pequeño, más opresivo. Sin perder tiempo, corrió hacia su habitación, cerró la puerta y giró el seguro con un clic definitivo.
Solo entonces, en la seguridad de su espacio, permitió que el temblor lo recorriera por completo. Se dejó caer en la silla frente a su computadora, encendiéndola con manos que aún se estremecían. No lo pensó dos veces. En la barra de búsqueda, escribió lo que su cuerpo le había estado pidiendo a gritos.
Mientras la pantalla cargaba, se quitó los pantalones con movimientos torpes. La braga, húmeda y pegajosa, se le enredó en los tobillos y quedó abandonada en uno de sus pies. Se levantó la camisa, liberando sus pechos, que ahora colgaban pesados y sensibles.
Seleccionó el primer video que apareció. Una mujer cualquiera y segura, se mostraba en la pantalla. Lucas, con los ojos fijos en ella, abrió las piernas e imitó cada movimiento, cada caricia. Al principio fue torpe, mecánico, pero pronto el placer se apoderó de él, guiando sus dedos, dictando su ritmo.
Era una sensación abrumadora, un tsunami de sensaciones que lo barrió por completo. Cuando la mujer en el video se llevó las manos a sus pechos, Lucas hizo lo mismo. El contacto con sus pezones envió una nueva oleada de electricidad directamente a su centro, intensificando el placer hasta un punto que creyó insostenible.
No quería que terminara jamás. Era una liberación, una exploración, una conquista. Y entonces, llegó. Un orgasmo que lo estremeció hasta los huesos, más largo, más profundo y resonante que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Un grito ahogado escapó de sus labios mientras su cuerpo se arqueaba, entregándose por completo a la oleada.
Cuando terminó, quedó tendido sobre la silla, exhausto, cubierto de un sudor frío y una paz profunda. El cosquilleo había desaparecido, reemplazado por una pesadez placentera en sus entemidades. Los párpados le pesaban, la respiración se le aplanaba. Sin quererlo, sin planearlo, el agotamiento lo venció y se quedó dormido allí mismo.
*Horas después*
Despertó sobresaltado. La habitación estaba a oscuras. Se palpó el pecho, plano y familiar. Se tocó entre las piernas, encontrando la comodidad conocida de su propio cuerpo. Por un breve instante, creyó que todo había sido un sueño vívido, un escape de su imaginación.
Pero entonces, su mirada cayó al suelo. Allí, en un montón desordenado, estaban el pantalón de su hermana y la braga. La realidad lo golpeó con toda su fuerza. Había sido real.
Con un suspiro tembloroso, recogió la ropa y la escondió en el fondo de su clóset. Luego, tomó el frasco de pastillas de su escritorio. Lo sostuvo en su palma, sintiendo su peso. "Esto... esto puede ser adictivo", murmuró para sí mismo, asustado por la intensidad de lo vivido, por lo mucho que había disfrutado ser mujer. Con determinación, guardó el frasco en el cajón de su mesa de noche, decidido a no tocarlo nunca más.
Al día siguiente, en la escuela, intentaba sumergirse en la normalidad, en su papel de fantasma. Estaba en el pasillo, sacando un libro de su casillero, cuando de repente un brazo pesado cayó sobre sus hombros, rodeándolo con una falsa camaradería que lo hizo paralizarse.
Era Fernando.
—Oye, Lucas —dijo el bully, con una voz que pretendía ser amigable pero que destilaba una intención que heló la sangre de Lucas—. Tenemos que hablar.
Y el mundo de Lucas, que por un breve momento había sido tan vasto y lleno de sensaciones, se encogió de nuevo al tamaño de la sombra de su acosador.

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