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El Deseo que ni el tiempo puede romper III

Diez años. Diez putos años de vacío absoluto.

La casa seguía oliendo a ella: ese perfume barato que usaba porque “era lo que había”, mezclado con el sudor de sus turnos dobles y el aroma de su piel después de que la follaba hasta que se quedaba ronca. No lavé nada. Las sábanas con manchas secas de nosotros, su cepillo con mechones negros enredados, el sillón donde se sentaba con las piernas abiertas y yo me arrodillaba entre ellas. Todo intacto. Como un altar.

El Deseo que ni el tiempo puede romper III

Trabajaba lo mínimo: papers remotos, consultorías cuánticas que resolvía en horas y cobraba fortunas. El dinero entraba, pero no lo gastaba. Comía lo justo para no morir. El resto: televisión. Canales infinitos de ruido blanco. Era mi forma de suicidio pasivo. No tenía valor para apretar el gatillo o tragarme un frasco entero. Solo quería que el tiempo me erosionara, como el tumor erosionó su cerebro.

Hasta que un canal cualquiera empezó a transmitir Steins;Gate.

Al principio fue solo fondo. Un tipo con bata blanca gritando “El Psy Kongroo”, un microondas modificado, mensajes al pasado, una chica muerta que revive en otra línea temporal. Pero episodio tras episodio, algo se rompió dentro de mí. No era entretenimiento. Era un puto blueprint.

World lines. Attractor fields. Divergence number. Reading Steiner —esa capacidad única de Okabe para recordar las líneas anteriores mientras el mundo olvida—. Convergence points inevitables: Mayuri muere una y otra vez en Alpha, Kurisu muere en Beta. Pero hay una salida: la Steins Gate World Line, en 1.048596%. Donde ambas viven. Donde el amor —o lo que sea que Okabe siente por Kurisu— gana.

Y el precio: sacrificio. Okabe tiene que fingir la muerte de Kurisu, clavarle un cuchillo en el estómago a su propia felicidad, engañar al pasado para colapsar el timeline en la dirección correcta. Pierde la relación que tenía con ella para que ella viva.

Cuando terminé la serie (y devoré el 0, la VN, foros, wikis, todo), no sentí esperanza. Sentí furia científica. Porque yo ya sabía que el universo es un observador cruel. Y si Okabe pudo hackear su attractor field para salvar a la mujer que amaba… yo podía hacer lo mismo por la mía.

Ella —mi madre, mi amante, mi todo— murió de un glioblastoma inoperable. Pero ¿y si esa muerte era solo un convergence point en esta world line de mierda? ¿Y si el tumor era evitable con un cambio mínimo: un chequeo antes, menos estrés, ¿un día en que la retuve en casa follándola en vez de dejarla salir al trabajo? Un divergence number alterado lo suficiente para escapar del attractor field donde ella se pudre en el cerebro a los 36-37.

No tenía PhoneWave. Pero tenía mi mente. Tenía acceso a papers sobre entrelazamiento macroscópico, estimulación transcraneal profunda, compresión de datos cerebrales en mini-agujeros Kerr (inspirado en las teorías de Kurisu). Tenía dinero acumulado. Y tenía una obsesión que quemaba más que cualquier reactor.

Convertí el sótano en laboratorio. Meses sin dormir. Prototipos que fallaban: cascos que me daban migrañas, algoritmos que colapsaban mi conciencia en loops de dolor. Pero seguí.
El primer salto mental exitoso llegó una noche de tormenta. Activé el dispositivo —bobinas, pulsos electromagnéticos, un software que yo escribí para “paquetear” mi Reading Steiner improvisado—. Cerré los ojos y sentí el tirón: como si me arrancaran el alma por un agujero de gusano.

Desperté en mi cuerpo de 21 años. Ella estaba viva. En la cama, desnuda, respirando suave. Toqué su sien: piel lisa, sin cicatrices de radio. Besé su cuello y ella se giró, murmurando mi nombre en sueños, con esa voz ronca que me ponía duro al instante.

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No pude contenerme. Me subí sobre ella con cuidado, separándole las piernas gruesas. Su coño estaba caliente y ya ligeramente húmedo por el sueño. Froté mi polla dura y gruesa contra sus labios mayores, sintiendo cómo se abrían para mí. La penetré despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuve enterrado hasta los huevos en su calor apretado y familiar.

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—Dios… mamá… estás viva… —gruñí contra su oído.

Ella despertó con un gemido largo y profundo, arqueando la espalda. Sus tetas enormes se aplastaron contra mi pecho.

—Hijo… ¿qué…?

No la dejé terminar. Empecé a follarla con estocadas profundas y desesperadas, como si cada embestida pudiera borrar los diez años de vacío. El sonido húmedo y obsceno de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado llenaba la habitación. Agarré sus tetas con ambas manos, amasándolas con fuerza, pellizcando sus pezones oscuros mientras la penetraba más rápido. Ella me rodeó las caderas con las piernas, clavándome los talones en el culo.

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—Fóllame… mi genio… más duro… —suplicó, todavía medio dormida.

Le di la vuelta, la puse en cuatro y la embestí como un animal. Su culo grande y suave rebotaba contra mi pelvis con cada golpe. Metí un dedo en su ano apretado mientras le azotaba una nalga. Su coño se contraía alrededor de mi verga, chorreando jugos calientes que me corrían por los huevos. Cuando se corrió, gritó mi nombre y su orgasmo fue tan fuerte que casi me sacó de dentro. Yo la seguí segundos después, inundándola de semen espeso, chorro tras chorro, como si quisiera marcar esa línea temporal como mía.

Pero no era la Steins Gate perfecta. Aún sentía el eco: sabía que el tumor acechaba en algún punto de convergencia. El divergence number en mi cabeza marcaba algo como 0. something alpha. Aún estábamos en el campo de la muerte.

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Así que salté de nuevo. Y de nuevo. Cada fracaso me devolvía al presente roto, más vacío, más furioso. Cada éxito me acercaba: la follaba con más desesperación, la poseía como si cada embestida pudiera reescribir el destino. Cambiaba detalles: la convencía de ir al doctor antes, la mantenía en casa días enteros con mi polla dentro de ella, le decía “no salgas hoy, quédate conmigo” mientras la hacía correrse una y otra vez.

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En uno de esos loops, la tuve tres días seguidos casi sin salir de la cama. La follé en la ducha, contra la encimera de la cocina, en el sillón donde solía arrodillarme. La ponía de lado, le levantaba una pierna y la penetraba profundo mientras le chupaba las tetas, sintiendo cómo su coño hinchado y sensible palpitaba alrededor de mí. La hacía correrse con la boca, con los dedos, con la polla. Le llenaba el coño, la boca y hasta el culo con mi semen, una y otra vez, como si pudiera saturar su cuerpo de vida para que el tumor no tuviera espacio.

El Deseo que ni el tiempo puede romper III

Ahora estoy cerca. Muy cerca. El próximo salto podría ser el que rompa el attractor field. El que la deje viva para siempre, con sus tetas grandes apretadas contra mi pecho, su culo en mis manos, sus ojos negros brillando mientras gime “mi genio” y yo la penetro hasta que olvide que alguna vez hubo un tumor.

Y si tengo que sacrificar esta versión de mí —borrar recuerdos, fingir que nunca la perdí, perder la intimidad que construimos en los últimos años para que ella viva sin saber el precio— lo haré. Como Okabe sacrificó su relación con Kurisu para salvarla.

Porque sin ella, no hay world line que valga la pena.

Voy por ti, mamá. Otra vez. Y otra. Hasta que el tiempo se rinda.

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