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Tres Tiempos de una Misma Piel...

Tres Tiempos de una Misma Piel...

Voy a contarles mi historia.... Mi nombre es Jorge tengo 52 años (2026) y mi relato cuenta mi iniciación con tres hombres espero les guste ya que todo es verdad y voy a tratar de resumir un poco todo ya que fueron muchos encuentros....

Todo empieza así....
La fiesta de graduación fue un murmullo de luces y promesas de futuro, pero mi memoria se detuvo en un solo instante: el momento en que la mano de Carlos rodeó la mía. Él no era solo el padre de mi compañero; era una presencia que parecía redefinir el espacio a su alrededor. Cuando me miró, no vi la cortesía distraída de un adulto, sino una atención fija, profunda, que me hizo sentir, por primera vez, que alguien realmente me veía.
—Deberías pasar por casa un día de estos, Jorge —dijo él. Su voz era un bálsamo, una frecuencia baja y apacible que vibró en mi pecho—. Me gustaría que charláramos con más calma.
Esa invitación quedó suspendida en el aire como una nota musical que se niega a desaparecer.
Días después, me encontré frente a su puerta. Mi inexperiencia era un peso tangible, una mezcla de timidez y una curiosidad eléctrica que me erizaba la piel. Cuando la puerta se abrió, su figura de casi dos metros recortó la luz del pasillo. Carlos vestía con una sencillez impecable que resaltaba su físico cuidado, esa masculinidad madura que no necesita elevar la voz para imponerse.
—Viniste —dijo simplemente, con una sonrisa que no llegaba a ser forzada, sino extrañamente acogedora.
Me invitó a pasar. El aire en su casa era distinto: olía a madera, a café recién hecho y a esa soledad ordenada de un hombre que ha aprendido a vivir consigo mismo. Me senté en el sofá, sintiéndome repentinamente pequeño, no por mi edad, sino por la magnitud de lo que estaba sintiendo. Cada vez que él se acercaba para ofrecerme algo, el espacio entre nosotros se reducía y la atmósfera se volvía densa, casi líquida.
Había algo en su amabilidad que era, al mismo tiempo, un desafío silencioso. Sus ojos, que habían visto décadas de vida, se posaban en los míos con una serenidad que me desarmaba. Yo no sabía nada del mundo que él habitaba, pero esa tarde, bajo el arrullo de su voz pausada, comprendí que la curiosidad es el primer paso hacia el abismo. Y yo estaba listo para saltar.
La conversación fluía con una normalidad engañosa. Hablamos de deportes y de la vida, pero el aire entre nosotros se sentía cargado, como el ambiente previo a una tormenta eléctrica. Fue entonces cuando su voz, esa frecuencia grave y segura, lanzó la pregunta que detuvo el tiempo.
—¿Ya has tenido relaciones, Jorge?
El silencio que siguió fue absoluto. Mi respuesta apenas fue un susurro entrecortado, un "no" que pareció quedar flotando en el espacio que nos separaba. Carlos no se sorprendió; simplemente se movió con la parsimonia de quien sabe exactamente lo que hace. Se sentó a mi lado en el sofá, invadiendo mi espacio personal con su magnetismo.
—¿Y te gustaría dejar de serlo? —preguntó, su rostro ahora a centímetros del mío.
El oxígeno desapareció. Estaba atrapado entre el miedo a lo desconocido y una atracción que me quemaba. Su perfume, una mezcla de cuero y algo profundamente masculino, me mareaba. Antes de que pudiera articular palabra, él tomó mi mano y la llevó a su pecho; bajo mi palma, pude sentir el latido rítmico y poderoso de un hombre que no dudaba. Entonces, acortó la distancia final. El beso fue húmedo, profundo, una colisión de mundos que comencé a responder con una reciprocidad que ni yo mismo sabía que poseía.
Sin romper el hechizo, se puso de pie y, manteniendo el contacto con mi mano, me guio hacia la penumbra de su dormitorio.
Se sentó en el borde de la cama mientras yo permanecía de pie frente a él, atrapado en la penumbra. Sus manos gigantes, expertas en el tacto, comenzaron a desvestirme. Sentí el roce de la tela abandonando mi cuerpo, cada caricia de sus dedos gruesos sobre mi piel era una descarga que me hacía temblar. Cuando quedé desnudo, me tomó de la cintura y me sentó en el colchón. Él se puso de pie, su figura recortada por la tenue luz, imponente, con sus casi dos metros de masculinidad madura.
Se despojó de la camisa con un movimiento fluido, revelando un torso ancho y cuidado por los años. Luego, con un gesto silencioso, me indicó que bajara sus pantalones. Mis manos, inexpertas y temblorosas, desabrocharon el cinturón. Al deslizar la tela hacia abajo, su miembro saltó a la vista, ya completamente erecto y formidable. Era grande, unos veinte centímetros de una longitud oscura y venosa que se presentaba ante mí como el centro de un nuevo universo.
Carlos tomó mi rostro entre sus manos gigantes, con una ternura que contrastaba con su potencia física, y me guio hacia él. El olor a cuero y sexo llenó mis pulmones. Me acerqué, permitiendo que mis labios rodearan la punta de su pene. El contraste entre la suavidad de mi boca y la firmeza de su carne fue inmediato. Comencé a chupar, explorando su glande con la lengua, sintiendo la textura de su piel y el sabor salado del líquido preseminal que brotaba.
Él soltó un gemido grave y apacible que vibró en su pecho. Sus manos se hundieron en mi cabello, guiando el ritmo de mi boca, hundiéndome más profundamente en él con cada embestida controlada. Mi respiración era entrecortada, el sonido de la succión y sus suspiros llenaban el aire. No era solo sexo; era la rendición total de mi inexperiencia ante su dominio.
De pronto, se detuvo. Me tomó de los hombros y me empujó suavemente hacia atrás sobre el colchón. Se acostó entre mis piernas, su peso imponente pero controlado sobre mí.
—Prepárate, Jorge —susurró cerca de mi oído, su aliento caliente quemándome la piel.
Sentí la punta de su miembro presionando contra mi entrada. Estaba húmedo por mi propia saliva, pero la fricción seguía siendo intensa. Se empujó lentamente. El dolor inicial fue un pinchazo agudo que me hizo cerrar los ojos con fuerza, pero inmediatamente después, una ola de placer abrumador me recorrió entero a medida que él avanzaba más profundamente dentro de mí. Sus embestidas eran lentas, rítmicas, cada una diseñada para hacerme sentir cada centímetro de su tamaño llenándome por completo.
El tiempo dejó de tener sentido; la habitación se convirtió en un universo donde solo existían su peso, su ritmo y mi respiración agitada. Carlos manejaba mi cuerpo con una autoridad natural, fruto de su experiencia. Me giraba, me elevaba y me acomodaba a su gusto, explorando cada ángulo de mi placer y el suyo. En cada posición, su tamaño me llenaba de una manera distinta, obligándome a arquear la espalda y a aferrarme a las sábanas mientras sus manos gigantes me sujetaban con firmeza, guiando mis movimientos hacia el compás de sus embestidas.
Sentía que cada fibra de mi ser estaba conectada a él. El sudor hacía que nuestras pieles se deslizaran con un sonido rítmico, y la intensidad del encuentro no hacía más que escalar. Estábamos envueltos en un calor sofocante y adictivo.
Cuando sentí que su cuerpo se tensaba, anunciando que el final estaba cerca, Carlos se retiró de mi interior con un movimiento decidido. Antes de que pudiera recuperar el aliento, me tomó de los hombros y me hizo incorporarme. Sus ojos estaban fijos en los míos, cargados de una intensidad oscura. Con suavidad pero sin dejar espacio a la duda, guió su miembro nuevamente hacia mi boca.
Lo recibí con una urgencia que no sabía que tenía. Sentí la pulsación de su clímax y, de inmediato, el torrente cálido de su semilla inundó mi garganta. Fueron varios chorros que llenaron mi boca, fue una sensación abrumadora, el sello final de mi iniciación. Me aseguré de beber cada gota, aceptando su esencia hasta el final, mientras él soltaba un último suspiro profundo de satisfacción, relajando finalmente sus manos sobre mi nuca.
Cuando todo terminó, el silencio que regresó a la habitación era distinto: era un silencio de plenitud. El agotamiento me golpeó de repente, como una marea pesada. Me desplomé sobre el colchón, sintiendo mis extremidades pesadas y el eco de su cuerpo aún vibrando en el mío. Carlos me cubrió con delicadeza, y antes de que pudiera procesar la magnitud de lo que acababa de vivir, el sueño me venció, hundiéndome en un descanso profundo y absoluto.

Así fue mi primera vez, pero no termina allí... Esto solo comenzaba ya que Carlos tenía dos sorpresas guardadas para mí... Si te gustó hacemelo saber y te cuento sobre Pedro y Ariel...

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