El calor que Dulce había sentido antes no era solo el efecto del tequila. Ahora era mucho más intenso. Le subía desde el centro del pecho, se extendía como fuego líquido por su vientre y se concentraba entre sus piernas con una insistencia que la avergonzaba. Sentía la piel demasiado sensible: cada roce del vestido contra sus pezones, cada movimiento del tanga negro de encaje contra su sexo recién afeitado en forma de corazón. Cruzó las piernas con fuerza, pero eso solo empeoró las cosas. Un leve gemido se le escapó sin querer.

«¿Qué me pasa?», pensó, sacudiendo la cabeza. Quería levantarse e irse, pero sus rodillas se sentían débiles.
La música latina subió de volumen. Las luces se volvieron más rojas y bajas. Los seis strippers que estaban en la pista central se detuvieron un segundo bajo los reflectores, sonriendo al público. Uno a uno empezaron a quitarse los pantalones cortos de licra que apenas ocultaban nada. Cuando cayeron al suelo, Dulce abrió los ojos como platos.
Eran enormes.

Gruesos, largos, pesados, balanceándose pesadamente entre sus muslos musculosos mientras seguían bailando. Algunos ya estaban semierectos, brillando por el aceite que cubría sus cuerpos. Dulce nunca había visto nada igual. El único miembro que conocía era el de Héctor: normal, familiar, el que había tocado y sentido dentro de ella cientos de veces en casi cinco años. Estos… estos eran de otro nivel. Gruesos como su muñeca, venosos, con cabezas grandes y relucientes. Sintió que se le secaba la boca y, al mismo tiempo, que algo caliente y húmedo empezaba a humedecer el tanga entre sus piernas.
—No… esto no puede estar pasando —susurró para sí misma, apretando los muslos con más fuerza.
Los strippers no se limitaron a bailar. Empezaron a rozarse entre ellos. Uno se pegó a la espalda de otro, frotando su miembro contra las nalgas aceitadas del compañero mientras ambos miraban al público con sonrisas provocadoras. Otro se arrodilló frente a un tercero y pasó la lengua lentamente por toda la longitud de su pene, sin llegar a metérselo en la boca, solo provocando. El público silbaba y gritaba. Algunos clientes se acercaban a la pista y los strippers los rozaban también: un roce de cadera aquí, una mano que acariciaba un pecho o un muslo, siempre juguetón, siempre controlado.

Dulce no podía apartar la vista. Quería mirar hacia otro lado, quería decirle a Tania que se iban ya, pero su cuerpo no obedecía. El calor seguía creciendo. Sentía los pezones duros contra la tela del vestido, el clítoris hinchado y palpitante, y una necesidad urgente que nunca había sentido con tanta fuerza.
De pronto, la música bajó un poco y un presentador con voz grave y sensual tomó el micrófono desde el centro de la pista.
—¡Señoras y señores… ¡Esta noche tenemos una cumpleañera muy especial!
¡Cumple veintiocho años y está sentada justo ahí, en la mesa VIP! ¡Un fuerte aplauso para… Dulce!
Los reflectores giraron hacia su mesa. Todo el público gritó y aplaudió. Los seis strippers bajaron de la pista y se acercaron directamente a ellas. Formaron un semicírculo alrededor de la mesa, sus cuerpos brillantes y sus miembros enormes balanceándose a pocos centímetros de las tres amigas.
Dulce se hundió en el sillón, roja como un tomate.

—No… por favor… esto no —murmuró, pero su voz salió débil, casi un jadeo.
Uno de los strippers, el más alto y con un tatuaje en la cadera, se acercó más y le dedicó una sonrisa peligrosa.
—Feliz cumpleaños, Dulce… ¿Quieres que te demos un regalito especial?
Los demás se rieron y empezaron a bailar solo para ellas. Uno se puso de espaldas a Dulce, moviendo las nalgas contra el borde de la mesa, rozando casi su brazo. Otro se arrodilló frente a ella y pasó las manos lentamente por sus propias piernas, subiendo hasta acariciar su miembro ya completamente erecto, mostrándoselo sin vergüenza.

Dulce sentía que el calor la estaba consumiendo. Quería gritarles que se alejaran, quería tomar su bolso y salir corriendo, pero sus ojos no dejaban de mirar esos penes enormes, y su cuerpo traicionero respondía con oleadas de deseo que le nublaban la mente. Sus manos temblaban sobre sus muslos. El tanga estaba empapado.
En ese momento, uno de los strippers se inclinó hacia ella y le susurró al oído, lo suficientemente alto para que sus amigas también escucharan:
—¿Quieres tocar, cumpleañera? ¿O prefieres que te toquemos nosotros…?
Dulce tragó saliva. Su respiración era agitada. El autocontrol se le estaba escapando de las manos.
Mientras tanto, en el departamento, Héctor seguía tirado en el sofá viendo la serie. El teléfono vibró en su pecho. Era una historia de Instagram de Steph, una vieja amiga de la universidad que trabajaba de barman en varios lugares nocturnos y subía stories casi todas las noches.
Abrió la historia sin mucho interés. Era un video corto del interior de un bar: luces rojas, música alta, strippers en la pista. Steph escribió encima: “Noche caliente en BLOW 🔥”. Héctor sonrió por costumbre… hasta que en la esquina de la imagen alcanzó a distinguir claramente una mesa VIP.
Allí estaba Tania. Inconfundible. Y al lado, el vestido negro corto y el sticker verde en el brazo.
Héctor se sentó de golpe en el sofá, el corazón acelerado.
—¿Qué carajos…?

«¿Qué me pasa?», pensó, sacudiendo la cabeza. Quería levantarse e irse, pero sus rodillas se sentían débiles.
La música latina subió de volumen. Las luces se volvieron más rojas y bajas. Los seis strippers que estaban en la pista central se detuvieron un segundo bajo los reflectores, sonriendo al público. Uno a uno empezaron a quitarse los pantalones cortos de licra que apenas ocultaban nada. Cuando cayeron al suelo, Dulce abrió los ojos como platos.
Eran enormes.

Gruesos, largos, pesados, balanceándose pesadamente entre sus muslos musculosos mientras seguían bailando. Algunos ya estaban semierectos, brillando por el aceite que cubría sus cuerpos. Dulce nunca había visto nada igual. El único miembro que conocía era el de Héctor: normal, familiar, el que había tocado y sentido dentro de ella cientos de veces en casi cinco años. Estos… estos eran de otro nivel. Gruesos como su muñeca, venosos, con cabezas grandes y relucientes. Sintió que se le secaba la boca y, al mismo tiempo, que algo caliente y húmedo empezaba a humedecer el tanga entre sus piernas.
—No… esto no puede estar pasando —susurró para sí misma, apretando los muslos con más fuerza.
Los strippers no se limitaron a bailar. Empezaron a rozarse entre ellos. Uno se pegó a la espalda de otro, frotando su miembro contra las nalgas aceitadas del compañero mientras ambos miraban al público con sonrisas provocadoras. Otro se arrodilló frente a un tercero y pasó la lengua lentamente por toda la longitud de su pene, sin llegar a metérselo en la boca, solo provocando. El público silbaba y gritaba. Algunos clientes se acercaban a la pista y los strippers los rozaban también: un roce de cadera aquí, una mano que acariciaba un pecho o un muslo, siempre juguetón, siempre controlado.

Dulce no podía apartar la vista. Quería mirar hacia otro lado, quería decirle a Tania que se iban ya, pero su cuerpo no obedecía. El calor seguía creciendo. Sentía los pezones duros contra la tela del vestido, el clítoris hinchado y palpitante, y una necesidad urgente que nunca había sentido con tanta fuerza.
De pronto, la música bajó un poco y un presentador con voz grave y sensual tomó el micrófono desde el centro de la pista.
—¡Señoras y señores… ¡Esta noche tenemos una cumpleañera muy especial!
¡Cumple veintiocho años y está sentada justo ahí, en la mesa VIP! ¡Un fuerte aplauso para… Dulce!
Los reflectores giraron hacia su mesa. Todo el público gritó y aplaudió. Los seis strippers bajaron de la pista y se acercaron directamente a ellas. Formaron un semicírculo alrededor de la mesa, sus cuerpos brillantes y sus miembros enormes balanceándose a pocos centímetros de las tres amigas.
Dulce se hundió en el sillón, roja como un tomate.

—No… por favor… esto no —murmuró, pero su voz salió débil, casi un jadeo.
Uno de los strippers, el más alto y con un tatuaje en la cadera, se acercó más y le dedicó una sonrisa peligrosa.
—Feliz cumpleaños, Dulce… ¿Quieres que te demos un regalito especial?
Los demás se rieron y empezaron a bailar solo para ellas. Uno se puso de espaldas a Dulce, moviendo las nalgas contra el borde de la mesa, rozando casi su brazo. Otro se arrodilló frente a ella y pasó las manos lentamente por sus propias piernas, subiendo hasta acariciar su miembro ya completamente erecto, mostrándoselo sin vergüenza.

Dulce sentía que el calor la estaba consumiendo. Quería gritarles que se alejaran, quería tomar su bolso y salir corriendo, pero sus ojos no dejaban de mirar esos penes enormes, y su cuerpo traicionero respondía con oleadas de deseo que le nublaban la mente. Sus manos temblaban sobre sus muslos. El tanga estaba empapado.
En ese momento, uno de los strippers se inclinó hacia ella y le susurró al oído, lo suficientemente alto para que sus amigas también escucharan:
—¿Quieres tocar, cumpleañera? ¿O prefieres que te toquemos nosotros…?
Dulce tragó saliva. Su respiración era agitada. El autocontrol se le estaba escapando de las manos.
Mientras tanto, en el departamento, Héctor seguía tirado en el sofá viendo la serie. El teléfono vibró en su pecho. Era una historia de Instagram de Steph, una vieja amiga de la universidad que trabajaba de barman en varios lugares nocturnos y subía stories casi todas las noches.
Abrió la historia sin mucho interés. Era un video corto del interior de un bar: luces rojas, música alta, strippers en la pista. Steph escribió encima: “Noche caliente en BLOW 🔥”. Héctor sonrió por costumbre… hasta que en la esquina de la imagen alcanzó a distinguir claramente una mesa VIP.
Allí estaba Tania. Inconfundible. Y al lado, el vestido negro corto y el sticker verde en el brazo.
Héctor se sentó de golpe en el sofá, el corazón acelerado.
—¿Qué carajos…?
0 comentarios - Dulces 28 Cap. 3