Dulce cerró la puerta de la casa y se detuvo un segundo en la acera. El Mazda 3 de Brenda estaba esperando con el motor encendido. Tania asomaba medio cuerpo por la ventana del copiloto, impaciente.
—¡Vamos, Dulce! ¡Date prisa!
Ella suspiró, se preparó mentalmente para la locura que sus amigas seguramente tenían planeada y caminó rápido hacia el auto. Subió al asiento trasero.
—Menos mal que el outfit que traes valió la espera —dijo Brenda, volteando desde el volante para mirarla de arriba abajo con aprobación.
Brenda, un año menor que Dulce, era dentista con su propio consultorio: mediana estatura, atractiva y con unos pechos que siempre llamaban la atención. Tania, dos años mayor y un poco más baja que Dulce, tenía el cuerpo perfectamente proporcionado y fama de cambiar de galán cada mes.
—¿Lista para la celebración del año? —preguntó Tania con una mirada decidida.
—Dijeron que sería algo tranquilo —respondió Dulce, recargándose en el asiento con expresión de cansancio—. Este año me siento más vieja y sin energía.
Tania sonrió y sacó del bolso una botella con líquido rosa.
—Tengo algo que servirá para esa fatiga que cargas. Esto te ayudará a recuperar energía y a estar hidratada para la larga noche que tenemos por delante.
Dulce tomó la botella con desconfianza. Lo primero que pensó fue que se trataba de algún trago fuerte de Tania, pero al abrirla y olerla solo percibió un aroma dulce y fresco, como una bebida energética normal. Sin muchas opciones, le dio un trago largo.
—No está mal… Es la primera bebida que me das que no me va a derretir el riñón —bromeó.
Las tres rieron y arrancaron rumbo al bar.
Dulce no reconoció el camino. Dejaron el auto en un estacionamiento 24 horas y caminaron un par de cuadras hasta una entrada discreta, casi sin letreros. Dos cadeneros enormes, de casi dos metros y cara de pocos amigos, custodiaban la puerta.
—Hola, muchachos. Llegó la cumpleañera —anunció Tania emocionada.
Los porteros cambiaron su expresión seria por una sonrisa y abrieron de inmediato.
El pasillo era anormalmente largo. A mitad de camino dejaron sus abrigos en un guardarropa. La recepcionista, vestida con ropa extremadamente provocadora, miró a Tania con familiaridad.
—¿Qué sticker llevarán hoy?
Tania no dudó.
—El negro para mí y el verde para mis amigas.
Mientras la recepcionista sacaba los stickers, Dulce leyó el cartel en la pared:
**Sticker Verde:** Interacción leve (bailes y charla casual)
**Sticker Rojo:** Interacción moderada (caricias y besos)
**Sticker Negro:** Sin límites

Dulce frunció el ceño.
—¿De verdad tenemos que hacer esto? ¿Qué significa “sin límites”? ¿Qué tipo de lugar es este?
Tania la tomó por los hombros con cariño.
—Tranquila, amiga. Sé que es tu primera vez en un lugar así. Solo relájate. Nada que no quieras que pase… pasará.
Le pegó el sticker verde en el brazo izquierdo. Brenda también se colocó el suyo.
Al final del pasillo la música latina se escuchaba cada vez más fuerte. Cuando cruzaron la última puerta, un letrero enorme iluminado en neón rosa les dio la bienvenida: **BLOW**.
Dulce se quedó helada.
El lugar estaba lleno de mesas alrededor de una pista central. La mayoría de los clientes eran hombres, en su mayoría gays, aunque también había algunas mujeres. En la pista, seis strippers sin playera movían cuerpos perfectamente tonificados, brillantes de aceite, con rostros angelicales y músculos marcados bajo las luces de neón.

—¿A qué lugar degenerado me trajeron? —gritó Dulce, aunque solo Tania y Brenda la escucharon por encima de la música.
—Es un bar gay, tranquila —respondió Tania, calmándola—. La mayoría de los hombres aquí prefieren a los de su propio sexo. No tienes nada de qué preocuparte.
Las tres se sentaron en una mesa VIP con sillones de terciopelo negro mucho más cómodos y una mesa amplia. Tania levantó la mano.
—¡Ricardo! Tres arrancadores y una espumosa para la mesa de la cumpleañera, por favor.
El mesero, también sin playera, asintió sonriendo.
—Todo esto te resulta aterradoramente familiar, Tania —comentó Brenda—. ¿Vienes seguido?
—Un poco. Tengo unos amigos gays de Costa Rica que aman este sitio.
Dulce observaba todo con los ojos muy abiertos: parejas besándose sin pudor, hombres bailando pegados, meseros coqueteando abiertamente. Era un ambiente cargado, sensual y descarado.
Llegaron los arrancadores: tres chupitos de tequila rosa intenso y una champaña espumosa. Tania levantó el suyo.

—¡Por la cumpleañera!
Las tres lo tomaron de un golpe. Dulce hizo una mueca; el licor le quemó la garganta.
—Si con esto arrancamos, no quiero ni imaginar cómo serán los siguientes tragos —dijo todavía con el rostro contraído.
—Despreocúpate, amiga —respondió Tania con una sonrisa que claramente escondía algo—. No beberemos mucho alcohol esta noche.
Dulce comenzó a sentir un calor extraño que le subía desde el pecho y le mareaba los sentidos. Primero lo atribuyó al tequila, pero la sensación se extendía más rápido de lo normal: un hormigueo cálido que bajaba por su vientre y se concentraba entre sus piernas. Sacudió la cabeza, tratando de ignorarlo, y siguió mirando el show de los strippers en la pista.
Sin embargo, ese calor no desaparecía. Al contrario, parecía crecer.
—¡Vamos, Dulce! ¡Date prisa!
Ella suspiró, se preparó mentalmente para la locura que sus amigas seguramente tenían planeada y caminó rápido hacia el auto. Subió al asiento trasero.
—Menos mal que el outfit que traes valió la espera —dijo Brenda, volteando desde el volante para mirarla de arriba abajo con aprobación.
Brenda, un año menor que Dulce, era dentista con su propio consultorio: mediana estatura, atractiva y con unos pechos que siempre llamaban la atención. Tania, dos años mayor y un poco más baja que Dulce, tenía el cuerpo perfectamente proporcionado y fama de cambiar de galán cada mes.
—¿Lista para la celebración del año? —preguntó Tania con una mirada decidida.
—Dijeron que sería algo tranquilo —respondió Dulce, recargándose en el asiento con expresión de cansancio—. Este año me siento más vieja y sin energía.
Tania sonrió y sacó del bolso una botella con líquido rosa.
—Tengo algo que servirá para esa fatiga que cargas. Esto te ayudará a recuperar energía y a estar hidratada para la larga noche que tenemos por delante.
Dulce tomó la botella con desconfianza. Lo primero que pensó fue que se trataba de algún trago fuerte de Tania, pero al abrirla y olerla solo percibió un aroma dulce y fresco, como una bebida energética normal. Sin muchas opciones, le dio un trago largo.
—No está mal… Es la primera bebida que me das que no me va a derretir el riñón —bromeó.
Las tres rieron y arrancaron rumbo al bar.
Dulce no reconoció el camino. Dejaron el auto en un estacionamiento 24 horas y caminaron un par de cuadras hasta una entrada discreta, casi sin letreros. Dos cadeneros enormes, de casi dos metros y cara de pocos amigos, custodiaban la puerta.
—Hola, muchachos. Llegó la cumpleañera —anunció Tania emocionada.
Los porteros cambiaron su expresión seria por una sonrisa y abrieron de inmediato.
El pasillo era anormalmente largo. A mitad de camino dejaron sus abrigos en un guardarropa. La recepcionista, vestida con ropa extremadamente provocadora, miró a Tania con familiaridad.
—¿Qué sticker llevarán hoy?
Tania no dudó.
—El negro para mí y el verde para mis amigas.
Mientras la recepcionista sacaba los stickers, Dulce leyó el cartel en la pared:
**Sticker Verde:** Interacción leve (bailes y charla casual)
**Sticker Rojo:** Interacción moderada (caricias y besos)
**Sticker Negro:** Sin límites

Dulce frunció el ceño.
—¿De verdad tenemos que hacer esto? ¿Qué significa “sin límites”? ¿Qué tipo de lugar es este?
Tania la tomó por los hombros con cariño.
—Tranquila, amiga. Sé que es tu primera vez en un lugar así. Solo relájate. Nada que no quieras que pase… pasará.
Le pegó el sticker verde en el brazo izquierdo. Brenda también se colocó el suyo.
Al final del pasillo la música latina se escuchaba cada vez más fuerte. Cuando cruzaron la última puerta, un letrero enorme iluminado en neón rosa les dio la bienvenida: **BLOW**.
Dulce se quedó helada.
El lugar estaba lleno de mesas alrededor de una pista central. La mayoría de los clientes eran hombres, en su mayoría gays, aunque también había algunas mujeres. En la pista, seis strippers sin playera movían cuerpos perfectamente tonificados, brillantes de aceite, con rostros angelicales y músculos marcados bajo las luces de neón.

—¿A qué lugar degenerado me trajeron? —gritó Dulce, aunque solo Tania y Brenda la escucharon por encima de la música.
—Es un bar gay, tranquila —respondió Tania, calmándola—. La mayoría de los hombres aquí prefieren a los de su propio sexo. No tienes nada de qué preocuparte.
Las tres se sentaron en una mesa VIP con sillones de terciopelo negro mucho más cómodos y una mesa amplia. Tania levantó la mano.
—¡Ricardo! Tres arrancadores y una espumosa para la mesa de la cumpleañera, por favor.
El mesero, también sin playera, asintió sonriendo.
—Todo esto te resulta aterradoramente familiar, Tania —comentó Brenda—. ¿Vienes seguido?
—Un poco. Tengo unos amigos gays de Costa Rica que aman este sitio.
Dulce observaba todo con los ojos muy abiertos: parejas besándose sin pudor, hombres bailando pegados, meseros coqueteando abiertamente. Era un ambiente cargado, sensual y descarado.
Llegaron los arrancadores: tres chupitos de tequila rosa intenso y una champaña espumosa. Tania levantó el suyo.

—¡Por la cumpleañera!
Las tres lo tomaron de un golpe. Dulce hizo una mueca; el licor le quemó la garganta.
—Si con esto arrancamos, no quiero ni imaginar cómo serán los siguientes tragos —dijo todavía con el rostro contraído.
—Despreocúpate, amiga —respondió Tania con una sonrisa que claramente escondía algo—. No beberemos mucho alcohol esta noche.
Dulce comenzó a sentir un calor extraño que le subía desde el pecho y le mareaba los sentidos. Primero lo atribuyó al tequila, pero la sensación se extendía más rápido de lo normal: un hormigueo cálido que bajaba por su vientre y se concentraba entre sus piernas. Sacudió la cabeza, tratando de ignorarlo, y siguió mirando el show de los strippers en la pista.
Sin embargo, ese calor no desaparecía. Al contrario, parecía crecer.
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