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Miranda y su cornudito 25- el inicio de Juana

Juana caminó hacia el patio trasero del refugio con las piernas temblorosas. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Estaba nerviosa, asustada… pero también muy excitada. Sentía su bombachita completamente mojada, pegada a su coñito joven.
El patio trasero estaba semioculto, lleno de contenedores de basura y cajas viejas. Allí, apoyado contra una pared, la esperaba el anciano de 80 años. Al verla llegar, su cara fea y arrugada se iluminó con una sonrisa torcida y feliz.
—Viniste… —dijo con voz ronca y satisfecha—. Qué linda sos, nenita. Me alegra mucho que hayas aceptado venir a hablar conmigo.
Juana se detuvo a un metro de él, bajando la mirada con timidez, tal como su mamá le había aconsejado. El olor del viejo era intenso: pies hinchados y sucios dentro de las sandalias gastadas, sudor rancio y ropa que nunca había sido lavada.
—Hola… —respondió ella con voz bajita y nerviosa—. Me llamo Juana…
El anciano sonrió más ampliamente, mostrando sus pocos dientes torcidos y amarillos.
—Yo soy Groncho, preciosa. Groncho… un viejo solo que nunca pensó que una colegiala tan linda como vos me iba a prestar atención.
Se quedó mirándola de arriba abajo con hambre evidente, deteniéndose en sus piernas con medias hasta la rodilla y en la falda plisada del uniforme.
—Qué bonita sos… con esa faldita del colegio parecés una angelita. Pero seguro debajo de esa ropa inocente hay una nenita que ya está sintiendo cositas, ¿no? Me encanta cómo te sonrojás… te queda precioso.
Juana se sonrojó aún más, bajando la mirada como su mamá le había enseñado. Respondió con voz tímida, siguiendo los consejos:
—Gracias, señor Groncho… es muy amable… pero no diga eso… soy solo una chica normal…
Groncho soltó una risita ronca y dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal. El olor fuerte de sus pies y su cuerpo la envolvió por completo.
—Normal no… sos especial. Mirá esas piernitas blancas con medias… me dan ganas de arrodillarme y olerlas. Y esa carita de nenita buena… seguro nunca te han dicho lo rica que estás, ¿verdad? Yo te lo digo: sos una tentación para un viejo como yo.
Juana sintió un calor intenso entre las piernas. Siguió los consejos de su mamá: no se alejó, pero tampoco se entregó. Bajó la mirada con vergüenza fingida y respondió bajito:
—No… nunca me habían dicho esas cosas… me da vergüenza…
Groncho se animó más. Se acercó otro paso y le acarició suavemente el brazo con sus dedos callosos y mugrientos.
—Vergüenza no, preciosa. A las nenitas lindas como vos les gusta que les digan la verdad. Mirá cómo te tiemblan las piernitas… seguro ya estás sintiendo calorcito ahí abajo. Yo soy un viejo solo… pero sé reconocer cuando una colegiala se está mojando por un hombre como yo.
Juana tragó saliva, el corazón latiéndole a mil. Siguió el consejo de su mamá de ser coqueta pero tímida:
—Señor Groncho… no diga eso… soy una chica decente… pero… gracias por decirme que soy linda…
El anciano sonrió satisfecho, notando que la nenita no se alejaba. Siguió hablando con piropos cada vez más directos, intentando conquistarla:
—Decente por fuera… pero seguro por dentro sos una diablita. Con esa faldita y esas medias… parecés una virgen dispuesta a pecar. Me gustaría quedarme un rato más contigo… tocarte un poquito la manito… oler tu cuello de nenita limpia… ¿me dejarías?
Juana sentía su bombachita empapada. Siguió los consejos: bajó la mirada, sonrió con timidez y respondió con voz suave:
—Solo… un ratito… pero tengo que volver pronto… mi mamá me está esperando…
Groncho se acercó un poco más, el olor de sus pies sucios y su cuerpo viejo envolviéndola por completo. Juana temblaba de nervios y excitación, pero recordaba las palabras de su mamá: “Solo un besito… las nenas buenas no se regalan tan rápido”.
El anciano seguía intentando conquistarla con palabras groseras y directas, mientras Juana respondía con timidez coqueta, tal como Miranda le había enseñado.
La conversación en el patio trasero apenas comenzaba…


Miranda y su cornudito 25- el inicio de Juana


Juana estaba parada frente a Groncho en el patio trasero, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. El anciano de 80 años se acercó un paso más, invadiendo completamente su espacio personal.
Con sus manos callosas y llenas de mugre, Groncho le acarició suavemente los brazos desnudos. Sus dedos ásperos rozaron la piel suave y blanquita de Juana, subiendo y bajando despacio.
—Qué brazos más suavecitos tenés, nenita… —murmuró con voz ronca y babeante—. Parecen de muñeca… tan limpios… tan perfumados…
Luego se inclinó hacia adelante y acercó su cara a la cabeza de Juana. Hundió la nariz en su cabello largo y aspiró profundamente, oliendo el shampoo dulce y el perfume suave que Miranda le había puesto esa mañana.
—Mmm… qué rico olor a nenita limpia… —gruñó de placer—. Me estás matando, colegiala…
Cuanto más se acercaba Groncho, más fuerte sentía Juana su olor asqueroso: una mezcla pesada de pies hinchados y sucios dentro de las sandalias gastadas, sudor rancio acumulado durante días, aliento a dientes cariados y ropa podrida. Era un olor nauseabundo… pero al mismo tiempo le provocaba un calor intenso entre las piernas. Su bombachita estaba empapada.
Le daba asco… pero también la excitaba de una forma que no podía controlar.
Groncho se separó un poco del cabello de Juana y la miró a los ojos con deseo crudo. Su cara arrugada y fea estaba muy cerca de la de ella.
—Nenita… quiero darte un besito… solo uno… ¿me lo das? Nunca besé a una colegiala tan linda como vos…
Juana se puso extremadamente tímida. Bajó la mirada, las mejillas ardiendo, y se mordió el labio inferior. Era su primer beso con un hombre. El corazón le latía descontrolado. Recordó las palabras de su mamá: “Solo un besito… las nenas buenas no se regalan tan rápido”.
Con voz bajita, temblorosa y aniñada, respondió:
—Está… está bien… solo un besito…
Groncho sonrió con satisfacción, mostrando sus pocos dientes torcidos y amarillos. Se acercó lentamente, su aliento caliente y apestoso rozando la cara de Juana. Ella cerró los ojos, temblando de nervios y excitación.
El anciano acercó su boca a la de ella. Sus labios arrugados y secos tocaron los labios suaves y rosados de Juana. Fue un beso torpe al principio, pero Groncho rápidamente lo hizo más profundo. Le metió la lengua gruesa y áspera entre los labios, buscando la de ella.
Juana soltó un gemidito ahogado cuando sintió la lengua del viejo invadiendo su boca. El sabor era fuerte y desagradable: tabaco viejo, dientes sucios y aliento rancio. Pero al mismo tiempo, el contraste con su boca limpia y perfumada la excitaba brutalmente.




Juana cerró los ojos cuando Groncho acercó su cara. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Era su primer beso. Siempre había imaginado que sería con algún compañero de la escuela: un chico de su edad, limpio, con aliento a menta, tímido y suave. Pero la realidad era completamente distinta.
Groncho pegó sus labios arrugados y secos contra los de ella. Al principio fue solo presión, pero enseguida abrió la boca y le metió la lengua.
Juana sintió un impacto brutal.
La lengua de Groncho era gruesa, áspera y caliente, como un pedazo de carne vieja. Se movía con hambre dentro de su boca, explorando, chupando su lengua con fuerza. La saliva del viejo era espesa, pegajosa y abundante, le llenaba la boca y le corría por la comisura de los labios. El sabor era asqueroso: una mezcla de comida podrida, restos de lo que había comido hace días, tabaco rancio, dientes cariados y un fondo ácido de basura fermentada. Era un sabor fuerte, desagradable y viejo que contrastaba violentamente con el aliento fresco y dulce de Juana.
El olor era aún peor. De cerca, el aliento de Groncho era nauseabundo: olía a basura húmeda, a dientes podridos, a encías infectadas y a un aliento que llevaba años sin cepillarse. Ese olor le invadía las fosas nasales con cada respiración. Juana sentía náuseas… pero al mismo tiempo un calor intenso y vergonzoso se le concentraba entre las piernas. Su bombachita estaba empapada.
«Es tan asqueroso…», pensó mientras la lengua gruesa del viejo le llenaba la boca. «Es un viejo de 80 años… feo, gordo, apestoso… y me está besando como si fuera una puta. No es un beso de amor… es un beso sucio… de macho que quiere usar a una nenita.»
El contraste la golpeaba con fuerza:


Ella: limpia, perfumada, con aliento a menta y labios suaves de colegiala.
Él: sucio, apestoso, con boca podrida, saliva espesa y un olor que parecía impregnarse en su piel.


Juana sentía que estaba besando la mismísima suciedad… y eso, en lugar de hacerla huir, la excitaba de una forma que nunca había sentido. Su coñito palpitaba, mojado y caliente. Le daba asco… pero era un asco que la ponía cachonda.
Groncho gemía bajito dentro del beso, babeándola sin control. Su lengua gruesa le rozaba los dientes, le chupaba la lengua y le pasaba más saliva espesa. Juana respondía con timidez, dejando que él llevara el beso, pero sin apartarse. Recordaba los consejos de su mamá: «Solo un besito… no te entregues del todo».
Cuando Groncho finalmente se separó, un grueso hilo de saliva conectaba sus bocas. Juana respiraba agitada, los labios hinchados y brillantes, con el sabor y olor del viejo todavía en su boca.
El anciano la miró con ojos brillantes de deseo y le susurró ronco:
—Qué boca más rica tenés, nenita… dulce como caramelo… pero yo te voy a enseñar a besar como una mujer de verdad.
Juana bajó la mirada, temblando de pies a cabeza. Sentía vergüenza, asco, nervios… y una excitación tan fuerte que casi le dolía. Acababa de dar su primer beso… y no había sido con un compañero de escuela. Había sido con un indigente de 80 años, feo, gordo y apestoso.


Groncho la besó con más hambre, chupándole los labios y la lengua, babeándola un poco. Sus manos callosas seguían acariciándole los brazos.
Juana respondía con timidez, dejando que él llevara el beso, pero sin entregarse del todo, tal como su mamá le había aconsejado.
Era su primer beso… y era con un anciano de 80 años, feo, gordo y apestoso.
El beso se alargó varios segundos. Juana sentía una mezcla abrumadora de asco, vergüenza y una excitación tan fuerte que le temblaban las piernas.
Cuando Groncho finalmente se separó, un hilo de saliva conectaba sus bocas. Miró a Juana con ojos brillantes de deseo y le susurró ronco:
—Qué boca más rica tenés, nenita… dulce como caramelo…


PERSPECTIVA DE MIRANDA


Miranda se escondió discretamente detrás de una pared medio derruida en el patio trasero del refugio, lo suficientemente cerca para ver y oír todo, pero oculta entre unas cajas y contenedores. Desde allí, con el corazón latiéndole fuerte de morbo y orgullo maternal, observó la escena.
Groncho tenía a Juana casi acorralada contra la pared. El contraste era brutal y perfecto, y Miranda lo absorbía con una excitación profunda.
Juana, su nenita de 12 años, parecía una muñeca de porcelana: piel blanquita e impecable, cabello largo y perfumado, uniforme escolar limpio, falda plisada que apenas le cubría los muslos suaves, medias hasta la rodilla y una carita de inocencia pura. Sus labios rosados y suaves temblaban ligeramente, sus ojos grandes y asustados.
Frente a ella estaba Groncho: un indigente de 80 años, gordo, encorvado, repulsivo. Su piel arrugada y llena de manchas, su panza colgante, su barba larga y pegajosa de comida vieja, sus pocos dientes amarillos y torcidos. Olía espantosamente fuerte a pies hinchados y sucios dentro de las sandalias gastadas, a sudor rancio acumulado durante años, a ropa podrida y a aliento a basura fermentada.
Y aun así, Juana no se alejaba.
Groncho acercó su cara y pegó su boca a la de Juana. El beso fue lento al principio, pero rápidamente se volvió profundo y sucio. Su lengua gruesa, áspera y babosa entró en la boca limpia de la nenita, chupando su lengua con hambre. La saliva espesa y pegajosa del viejo llenaba la boca de Juana, corriéndole por la barbilla. El sonido era húmedo, obsceno, baboso.
Miranda sintió un calor intenso entre las piernas al ver el contraste tan marcado:


La boca fresca, dulce y perfumada de su hija contra la boca podrida, rancia y apestosa de Groncho.
La piel suave, blanquita y delicada de Juana contra la piel arrugada, mugrienta y áspera del anciano.
La inocencia de una colegiala de 12 años besando por primera vez a un indigente de 80 años, feo, gordo y que olía a basura.
La pureza de Juana siendo invadida por la suciedad más cruda y primitiva.


Miranda estaba orgullosa. Muy orgullosa.
«Mirá a mi nenita…», pensó con una sonrisa morbosa mientras espiaba. «Dando su primer beso… y no con un compañerito limpio de la escuela, sino con un viejo indigente asqueroso. Está temblando, pero no se aparta. Está sintiendo ese olor espantoso, esa saliva espesa, esa lengua gruesa… y aun así lo está aceptando. Mi nenita está despertando… está aprendiendo que los machos de verdad son así: sucios, viejos y brutos.»
Groncho gemía bajito dentro del beso, babeando más, metiendo la lengua más profundo. Juana soltaba pequeños gemiditos ahogados, las manos temblorosas a los costados, pero sin apartarse. El contraste era tan fuerte que Miranda sentía cómo se mojaba solo de mirarlo.
«Qué diferencia tan hermosa…», pensó Miranda. «Mi hija, tan limpia, tan perfumada, tan delicada… besando a un viejo que apesta a pies sucios y basura. Esa es la verdadera feminidad: someterse a la suciedad masculina más cruda. Estoy tan orgullosa de ella… está aprendiendo rápido.»
Miranda se mordió el labio inferior, excitada y emocionada al mismo tiempo. Ver a su hija menor entregando su primer beso a un indigente repulsivo era una de las imágenes más morbosas y hermosas que había visto en su vida.
Groncho seguía besando a Juana con hambre, babeándola sin control, mientras la nenita temblaba entre asco y excitación.
Miranda, escondida, solo podía sonreír con orgullo maternal y morbo profundo.






Juana sintió que el beso se volvía demasiado intenso. La lengua gruesa y babosa de Groncho le llenaba la boca, la saliva espesa le corría por la barbilla, y el sabor y olor a comida podrida y basura le resultaron abrumadores. El corazón le latía descontrolado y una mezcla de miedo y excitación la invadió.
De repente, se apartó del beso con un movimiento brusco pero suave, respirando agitada. Sus labios estaban hinchados y brillantes de saliva del viejo. Bajó la mirada, temblando, y dio un paso atrás.
—Espere… es… es mucho… —susurró con voz nerviosa y aniñada—. Me da vergüenza… es mi primer beso…
Groncho se quedó mirándola un segundo, luego soltó una risa ronca y triunfal, claramente satisfecho de haber conseguido besar a la colegiala. Se pasó la lengua por los labios, saboreando todavía el gusto fresco de Juana.
—Jajaja… está bien, nenita… no hay apuro. Pero qué rico besito me diste… sos una cosita dulce. Ya vas a querer más, ya vas a ver…
Juana, con las mejillas ardiendo y la bombachita empapada, no dijo nada más. Dio media vuelta y caminó rápidamente de regreso hacia el área principal del refugio, las piernas temblorosas. El sabor y el olor del viejo todavía le quedaban en la boca y en la nariz.
Buscó a su mamá con la mirada y se acercó casi corriendo cuando la vio sirviendo comida. Miranda notó inmediatamente que su hija venía alterada.
—Mami… —susurró Juana, tomando a su mamá del brazo y llevándola un poco aparte—. Lo besé… le di un besito… pero se puso muy intenso y me asusté. Su boca… sabía horrible… a comida podrida y basura… y su saliva era tan espesa… pero… también me puse muy caliente. No sabía qué hacer…
Miranda sonrió con ternura y orgullo, acariciándole el cabello a su hija.
—Tranquila, mi nenita… hiciste bien en apartarte. Las nenas buenas no se regalan tan rápido. Ese primer beso con un hombre como Groncho es fuerte, ¿verdad? Su boca es sucia, su saliva es pesada, su olor es asqueroso… pero eso es lo que te está excitando. El contraste entre tu boca limpia y la de él es lo que te pone cachonda.
Juana asintió, todavía temblando.
—Sí… me dio asco… pero al mismo tiempo me mojé mucho. ¿Eso es normal, mami?
Miranda la abrazó suavemente y le susurró al oído:
—Es completamente normal, hijita. Estás despertando. Groncho es un macho viejo, feo y apestoso… y vos sos una nenita limpia y delicada. Ese contraste es lo que te calienta. Mamá está orgullosa de que hayas dado tu primer beso con un hombre así. Es un paso importante.
Miranda le limpió suavemente un resto de saliva del viejo que todavía tenía en la comisura de los labios y añadió:
—Ahora respira profundo y vuelve a servir la comida. No te acerques más a Groncho por hoy. Deja que él se quede con ganas. Las nenas buenas se hacen desear. Si querés, esta noche en casa me contás todo con detalle.
Juana asintió, todavía nerviosa pero con una sonrisa tímida.
—Gracias, mami… voy a seguir ayudando.
Miranda la vio alejarse, orgullosa y excitada al mismo tiempo. Su nenita menor acababa de dar su primer beso… y había sido con un indigente asqueroso de 80 años.
La tarde en el refugio continuaba, pero para Juana todo había cambiado.




Carla estaba sirviendo comida en una de las mesas cuando vio a su hermana menor regresar de hablar con su mama. Juana caminaba con las piernas un poco temblorosas, las mejillas muy rojas, los labios ligeramente hinchados y una expresión mezcla de vergüenza, nervios y excitación que no podía disimular.
Carla dejó el cucharón y se acercó rápidamente a ella, hablándole en voz baja para que nadie más las escuchara.
—Juana… ¿qué te pasó? Estás toda roja y temblando. ¿Hiciste algo con ese viejo? Contame…
Juana miró a su hermana mayor con los ojos brillantes y la voz entrecortada. Todavía sentía el sabor y el olor del anciano en su boca.
—Carla… lo besé… le di mi primer beso… —susurró casi sin aliento—. Groncho me llevó al patio trasero… me acarició el brazo… me olió el cabello… y después me pidió un besito. Yo acepté… pero fue muy intenso. Su lengua era gruesa y babosa… su saliva era espesa y pegajosa… y su boca sabía horrible, a comida podrida y basura… olía tan mal… pero… me puse muy caliente. Me dio asco… pero al mismo tiempo me mojé muchísimo. Me asusté y me aparté.
Carla escuchaba con los ojos muy abiertos, claramente excitada por el relato de su hermana. Una sonrisa mezcla de sorpresa y orgullo apareció en su cara.
—Juana… ¡qué fuerte! Tu primer beso… y fue con un indigente de 80 años, feo y apestoso… —susurró Carla, apretando el brazo de su hermana—. Estoy feliz por vos. Diste el paso. Eso es valiente. Yo todavía no me animé a nada y vos ya besaste a uno de ellos.
Juana se sonrojó aún más y bajó la mirada.
—Fue… raro. Me temblaban las piernas. Su olor era tan fuerte… sus pies sucios… su aliento… pero cuando me besó… sentí algo muy caliente aquí abajo. ¿Soy mala por sentir eso?
Carla negó con la cabeza y abrazó a su hermana disimuladamente.
—No sos mala. Sos como yo. A mí también me excita todo esto. Ver a mamá y a papá el otro dia… y ahora saber que vos besaste a un viejo asqueroso… me pone muy caliente. Estoy orgullosa de vos, Juana. Diste tu primer beso con un macho de verdad, no con un niñito limpio de la escuela. Eso te hace más fuerte.
Juana sonrió tímidamente, aliviada por la reacción de su hermana mayor.
—Gracias, Carla… me sentí muy nerviosa, pero también… muy viva. Su boca era tan diferente a la nuestra… tan sucia… tan vieja… pero me gustó el contraste. Mamá me dijo que solo un besito… y cumplí.
Carla le apretó la mano y le susurró con complicidad:
—Esta noche en casa me contás todo con más detalle. Quiero saber cómo se sintió, cómo olía, cómo te besó… y si te animás… la próxima vez podemos ir juntas a hablar con alguno.
Juana asintió, todavía sonrojada pero con una sonrisa de excitación.
Las dos hermanas volvieron a servir la comida, pero ahora con una nueva complicidad. Juana seguía sintiendo el sabor del beso de Groncho en la boca y el olor de su cuerpo en la nariz… y eso la mantenía caliente todo el tiempo.
Miranda, desde lejos, las observaba con una sonrisa satisfecha. Sabía que sus hijas estaban dando pasos importantes en su despertar.






El ambiente en el refugio se volvía cada vez más cargado. El calor del mediodía, combinado con el olor fuerte y pesado de decenas de hombres que vivían en la calle, creaba una atmósfera espesa que envolvía a Carla y Juana. Ambas sentían cómo sus bombachitas seguían mojadas mientras servían la comida.
Varios indigentes se acercaban más de lo necesario cuando ellas pasaban. Algunos murmuraban piropos por lo bajo:
—Qué piernitas más blancas tenés, colegiala…
—Con esa faldita del colegio me estás matando, nenita…
—Vení más cerca… dejame olerte un poquito…
Carla y Juana se sonrojaban, bajaban la mirada y seguían trabajando, pero el calor entre sus piernas no paraba de crecer.
De pronto, uno de los indigentes se acercó más insistentemente a Carla.
Era un hombre de unos 75 años, de raza negra, completamente calvo, con una enorme panza hinchada y tensa por años de beber alcohol barato. Su piel oscura estaba llena de manchas y cicatrices. Tenía los labios muy hinchados y agrietados, dientes amarillos y torcidos, y varias costras abiertas y costrosas en la cabeza y la frente. Olía espantosamente fuerte: una mezcla de alcohol fermentado, sudor ácido, pies sucios y ropa que parecía haber sido usada durante meses sin lavar. Era, sin duda, uno de los más desagradables a la vista de todos los presentes.
Este hombre, al que los demás llamaban “Don Beto”, no se conformó con mirarla. Cada vez que Carla pasaba cerca de su mesa, él se inclinaba hacia adelante y le lanzaba piropos cada vez más directos y groseros:
—Qué rica estás con esa faldita del colegio, mamita… me dan ganas de meterte la mano debajo y ver si ya estás mojada…
—Mirá esas tetitas que se te marcan… seguro son bien firmes… vení, dejame tocarlas un ratito…
—Sos la cosa más linda que vi en años… con esa carita de inocente y ese culito redondo… me estás poniendo la verga dura, nenita…
Carla se sonrojaba violentamente cada vez que Don Beto le hablaba. El olor del viejo le llegaba en oleadas: fuerte, ácido, desagradable… pero en lugar de repugnarla, le provocaba un calor intenso entre las piernas. Sentía cómo su bombachita se humedecía más con cada piropo.
En un momento, cuando Carla se inclinó para dejar un plato frente a él, Don Beto se acercó tanto que casi le rozó la cara con la suya. Le susurró al oído con voz ronca y babosa:
—Qué rico olor a nenita limpia… pero seguro ya estás mojada por culpa de este viejo asqueroso, ¿verdad? Me gustaría llevarte atrás y levantarte esa faldita del colegio… ¿te animás?
Carla sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Bajó la mirada, siguiendo los consejos de su mamá, y respondió con voz tímida pero coqueta:
—Señor… no diga eso… soy una chica decente… me da vergüenza…
Pero su voz temblaba de excitación. Don Beto sonrió satisfecho, notando que la colegiala no se alejaba del todo.
Mientras tanto, Juana seguía sirviendo en otra mesa, pero no dejaba de mirar de reojo a su hermana. Veía cómo Don Beto se acercaba cada vez más a Carla, cómo le hablaba al oído, cómo ella se sonrojaba y apretaba los muslos. Eso también la calentaba.
Miranda observaba todo desde lejos, con una sonrisa discreta y orgullosa. Sabía exactamente lo que estaba pasando en el cuerpo de sus hijas.
Don Beto no se rindió. En la siguiente pasada de Carla, se atrevió a rozarle suavemente la cadera con la mano mientras le decía bajito:
—Vení después al fondo… solo un ratito… te prometo que te voy a tratar bien, mamita…
Carla sintió que las piernas le flaqueaban. El olor fuerte y repulsivo del viejo le llenaba la nariz, pero su coñito palpitaba de excitación.
La tarde en el refugio seguía avanzando, y tanto Carla como Juana estaban cada vez más metidas en su nueva fantasía.






Carla sentía el corazón latiéndole con fuerza mientras seguía sirviendo la comida. Don Beto no dejaba de mirarla con ojos hambrientos y cada vez que pasaba cerca, le repetía en voz baja:
—Vení al fondo un ratito, mamita… solo charlar… te prometo que te voy a tratar bien…
Carla estaba muy nerviosa. Su bombachita estaba completamente mojada y el olor fuerte del viejo le llegaba en oleadas cada vez que se acercaba. Se acercó disimuladamente a su hermana Juana, que estaba sirviendo en la mesa de al lado, y le susurró al oído con voz temblorosa:
—Juana… Don Beto me está insistiendo para que vaya con él al patio trasero… Me da miedo… pero también me estoy poniendo muy caliente. ¿Qué hago?
Juana miró a su hermana mayor con ojos brillantes de excitación y complicidad. Bajó la voz y le respondió:
—Carla… yo ya di mi primer beso hace un rato con Groncho… Fue asqueroso… su boca sabía a basura y comida podrida, su saliva era espesa y pegajosa… olía horrible… pero me excitó muchísimo. Al principio me dio asco, pero después… me gustó el contraste. Apestan… sí… apestan mucho… pero te va a terminar gustando. Ese olor fuerte es de macho de verdad. Si te animás… andá. Solo un besito o que te toque un poco la mano… como mamá dijo. No te entregues toda de una.
Carla se mordió el labio, claramente indecisa pero cada vez más tentada.
Juana, que ya estaba más decidida después de su propio beso, le apretó la mano disimuladamente y la animó:
—Andá, Carla… yo te cubro. Si te da miedo, volvés rápido. Pero pensá en lo caliente que nos pusimos el otro dia viendo a mamá y a papá… esto es lo mismo, pero más cerca. Apestan… son feos… son viejos… pero eso es lo que nos calienta ahora. Ya no queremos niñitos limpios de la escuela. Queremos machos como ellos.
Carla respiró hondo, el coño palpitándole de excitación. Miró hacia donde estaba Don Beto, que la observaba con una sonrisa torcida y hambrienta.
—Está bien… voy a ir… solo un ratito —susurró Carla, con la voz temblorosa—. Si tardo mucho, vení a buscarme.
Juana sonrió con complicidad y le dijo bajito:
—Andá… y después me contás todo. Quiero saber como sentiste besar a uno de ellos.
Carla se acomodó la falda del uniforme, respiró profundo y caminó hacia el patio trasero, donde Don Beto ya la esperaba con una sonrisa triunfal. El olor del viejo se volvía más fuerte a medida que se acercaba.
Juana se quedó sirviendo, pero su mirada seguía a su hermana. Estaba cada vez más decidida. Después de haber dado su primer beso con Groncho, sentía que ya no quería parar. Quería más. Quería oler más. Quería sentir más esa mezcla de asco y excitación que le provocaban esos hombres asquerosos.
Mientras tanto, Miranda observaba todo desde lejos con una sonrisa orgullosa y morbosa. Sus dos hijas estaban dando pasos importantes… y ella estaba feliz de verlas despertar de esta forma.
El domingo en el refugio se estaba volviendo mucho más interesante de lo que cualquiera había imaginado.






Carla caminó hacia el patio trasero con las piernas temblorosas y el corazón latiéndole a mil. El uniforme escolar se le pegaba un poco al cuerpo por el calor y la excitación. Cuando llegó al fondo, cerca de los contenedores de basura, allí estaba Don Beto esperándola.
El hombre de 75 años se veía aún más desagradable de cerca. Su panza hinchada por años de alcohol barato sobresalía por encima del pantalón roto. Era calvo, de raza negra, con labios muy hinchados y costras visibles en la cabeza. Olía fuertemente a sudor ácido, alcohol fermentado y pies sucios. Sus ojos brillaban con una mezcla de hambre y triunfo al verla llegar.
—Viniste… —dijo Don Beto con voz ronca y grosera, pero intentando sonar agradable—. Qué buena nenita sos… pensé que te ibas a asustar y no venías.
Carla se detuvo a un metro de él, bajando la mirada con timidez, tal como su mamá le había aconsejado. El olor del viejo la golpeó de lleno: fuerte, pesado, repulsivo… pero que ya empezaba a provocarle ese calor traicionero entre las piernas.
Don Beto dio un paso más cerca, su actitud era más grosera y directa que la de Groncho, pero intentaba disimularlo con torpes intentos de ser “agradable”.
—Mirá qué linda estás con esa faldita del colegio… pareces una princesita… pero yo sé que debajo de esa ropa decente hay una nenita que ya está sintiendo calorcito, ¿verdad? Vení más cerca… no te voy a comer… todavía.
Carla se sonrojó intensamente. El contraste era brutal: ella, limpia, perfumada, con aspecto de colegiala inocente… y él, un viejo gordo, apestoso, con panza hinchada y actitud bruta.
Don Beto siguió hablando, torpe pero insistente:
—Sos la cosa más rica que vi en años… con esas piernitas blancas y esa carita de ángel… me dan ganas de levantarte la falda y ver qué tenés debajo. Pero soy un caballero… solo quiero charlar un rato… y tal vez darte un besito… ¿me lo das?
Carla temblaba. El olor del viejo era tan fuerte que casi le mareaba, pero su bombachita estaba empapada. Recordó los consejos de su mamá: ser tímida, coqueta, no entregarse rápido.
—Señor Beto… me da vergüenza… soy una chica decente… —respondió bajito, bajando la mirada.
Don Beto sonrió con malicia y se acercó más, su panza casi rozándola.
—Decente por fuera… pero seguro por dentro ya estás mojada por este viejo feo y apestoso. Vení… solo un besito… te prometo que voy a ser suave…
Carla dudó unos segundos, el corazón latiéndole descontrolado. Finalmente, con voz temblorosa y siguiendo los consejos de su mamá, aceptó:
—Está… está bien… solo un besito…
Don Beto no esperó más. Se inclinó torpemente y pegó su boca a la de Carla.
madre


Don Beto no esperó a que Carla terminara de hablar. Apenas ella murmuró “solo un besito”, el viejo de 75 años la agarró bruscamente de la cintura con una mano callosa y mugrienta, atrayéndola hacia él con fuerza. No fue un beso suave ni romántico. Fue el beso de un macho bruto y dominante.
Pegó su boca contra la de Carla con violencia contenida. Sus labios gruesos, agrietados y con costras se aplastaron contra los labios suaves y rosados de la colegiala. Carla soltó un gemidito asustado, pero Don Beto no le dio tiempo a reaccionar.
Le metió la lengua de golpe, gruesa, áspera y caliente, invadiendo su boca sin pedir permiso. Era un beso agresivo, baboso y sucio. La lengua del viejo se movía con hambre, chupando la de Carla, lamiéndole el paladar y empujando saliva espesa y pegajosa dentro de su boca limpia.
El sabor era asqueroso. La boca de Don Beto sabía a alcohol barato fermentado, a dientes cariados, a comida podrida que se le había quedado entre los pocos dientes amarillos y a un fondo ácido de basura y tabaco rancio. La saliva era abundante, viscosa y con un gusto amargo que le llenaba la boca a Carla y le corría por la comisura de los labios.
Carla se asustó. Sus ojos se abrieron de golpe y su cuerpo se tensó. Intentó apartarse un poco, pero Don Beto la tenía agarrada fuerte de la cintura con una mano y con la otra le sujetaba la nuca, impidiéndole retroceder. Era un macho dominante, no un chico tímido de la escuela. No pedía permiso. Tomaba lo que quería.
— Mmm… qué boca más rica… —gruñó dentro del beso, sin sacar la lengua.
Carla sentía náuseas y miedo… pero también una excitación traicionera que le humedecía aún más la bombachita. El contraste era abrumador:


Su boca fresca, dulce y perfumada de colegiala.
La boca podrida, babosa y apestosa de un viejo indigente de 75 años.


Poco a poco, el miedo inicial empezó a ceder. Carla dejó de resistirse y se dejó llevar. Sus labios comenzaron a responder tímidamente al beso brusco del viejo. Su lengua, al principio rígida, empezó a moverse contra la de Don Beto, aunque todavía con torpeza y vergüenza.
Don Beto lo notó y se volvió aún más agresivo. Le chupó la lengua con fuerza, le mordió el labio inferior y le metió más saliva espesa, babeándola sin control. El beso se volvió ruidoso, húmedo y obsceno. La saliva del viejo le corría por la barbilla a Carla y le mojaba el cuello del uniforme.
Carla gemía bajito dentro de la boca del viejo, una mezcla de asco y placer que la confundía. Sentía el sabor repugnante, el olor nauseabundo de su aliento, la textura áspera de su lengua… pero su cuerpo joven respondía. Su coñito palpitaba y se mojaba cada vez más.
Don Beto se separó un segundo, un grueso hilo de saliva conectando sus bocas, y le gruñó ronco:
—Así me gusta… al principio te asustás… pero después te dejás llevar como una buena nenita… seguí besándome, colegiala…
Y volvió a besarla con la misma brutalidad dominante, metiendo la lengua hasta el fondo, babeándola sin piedad.
Carla, temblando, se dejó llevar poco a poco. Ya no intentaba apartarse. Sus manos se apoyaron tímidamente en los hombros grasientos del viejo mientras aceptaba el beso asqueroso y dominante de Don Beto.
Era su primer beso real… y estaba siendo con un indigente viejo, gordo, apestoso y bruto.
Y aunque le daba asco… también le estaba gustando.


Don Beto se separó del beso con una sonrisa triunfal y babosa. Tenía los labios hinchados y brillantes de saliva. Miró a Carla con ojos oscuros y dominantes, todavía sujetándola fuerte de la cintura.
—Ahora que te besé… ya sos mi nenita —le dijo con voz ronca y posesiva—. Y yo soy tu macho dominante. ¿Entendiste, colegiala?
Carla temblaba, con la respiración agitada y los labios hinchados. Antes de que pudiera responder, Don Beto actuó con brusquedad.
La agarró con fuerza de la cintura, la giró de espaldas contra la pared y, sin ningún cuidado, le bajó la falda plisada del uniforme de un tirón brusco. La falda cayó hasta los tobillos. Luego, con la misma rudeza, le bajó la bombachita blanca de algodón hasta las rodillas, dejando su culito redondo, blanco y juvenil completamente desnudo.
Carla soltó un gemido asustado:
— ¡Señor… espere…!
Pero Don Beto no esperó. Le dio varias palmadas fuertes y sonoras en el culo desnudo. ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
Cada palmada resonaba en el patio trasero. El culo blanco de Carla se puso rojo rápidamente, con las marcas de los dedos del viejo.
— ¡Así! —gruñó Don Beto con voz dura y dominante—. Como mi hembra, ahora tenés que recibir palmadas en la cola para que sepas quién es tu dueño. ¿Entendiste, nenita? Este culito ya no es tuyo… es mío.
Carla jadeaba contra la pared, el culo ardiendo por las palmadas. Sentía vergüenza, miedo y una excitación brutal al mismo tiempo. Su bombachita estaba bajada, su culito desnudo y rojo expuesto al viejo asqueroso, y su coñito joven palpitaba de calor.
Don Beto le dio otra palmada fuerte, esta vez más abajo, casi rozando su sexo.
—Decime… ¿quién es tu macho ahora?
Carla, con voz temblorosa y aniñada, respondió casi sin aliento:
—Usted… señor Beto… usted es mi macho…
El viejo soltó una risa ronca y satisfecha. Le acarició el culo rojo con su mano callosa y sucia, apretándolo con fuerza.
—Así me gusta… mi nenita aprendiendo rápido. Ahora quedate quieta… que el abuelito te va a revisar bien este culito que acabo de marcar.
Carla temblaba contra la pared, el culo ardiendo, la bombachita en las rodillas y la falda caída. El contraste era abrumador: ella, una colegiala limpia y decente… siendo tratada como una hembra sumisa por un indigente viejo, gordo y apestoso.
Don Beto seguía acariciándole el culo marcado, respirando pesado contra su nuca, listo para seguir avanzando.






Don Beto seguía apretando el culo rojo y marcado de Carla contra la pared. Su respiración pesada y apestosa le rozaba la nuca. Con una sonrisa torcida y dominante, se llevó su dedo índice grueso y mugriento a la boca, lo lamió lentamente con su lengua babosa para lubricarlo, y luego bajó la mano.
—Ahora el abuelito va a comprobar si mi nenita es pura… —gruñó ronco.
Sin aviso, metió el dedo mojado en la vagina apretadita y virgen de Carla. La penetró despacio pero sin piedad, sintiendo la estrechez extrema de su coñito joven.
Carla soltó un gemido ahogado de sorpresa y dolor, apretando los muslos instintivamente.
— ¡Ahh… señor… duele…!
Don Beto movió el dedo adentro, explorando la cavidad caliente y apretada. La estrechez era evidente. Sonrió satisfecho.
—Qué rico… estás bien apretadita… sos virgen de verdad… ningún pito te había entrado todavía… qué tesoro me encontré…
Sacó el dedo lentamente, brillante con los jugos claros de Carla. Sin dudar, se lo llevó a la boca y lo chupó con gusto, saboreando los fluidos dulces y frescos de la colegiala.
—Mmm… qué rico sabor a nenita virgen… dulce y limpio…
Carla temblaba contra la pared, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
Don Beto no terminó allí. Volvió a lamerse el dedo para lubricarlo otra vez y lo bajó hasta el ano de Carla. Presionó la punta contra el agujerito rosado y virgen, y lo introdujo lentamente.
Carla soltó un quejido más fuerte:
— ¡No… ahí no… duele…!
El viejo empujó hasta el fondo, sintiendo la estrechez extrema del ano virgen de la chica. Movió el dedo en círculos, comprobando.
—También estás virgen del culo… bien apretadita… perfecto… este culito va a ser mío para estrenar…
Sacó el dedo, que ahora tenía pequeñas manchas marrones de materia fecal de Carla. Sin ningún asco, se lo llevó a la boca y lo chupó con placer, saboreando el gusto terroso y ligeramente amargo.
—Mmm… sabor a culito virgen… un poco sucio… pero rico… me gusta… esto confirma que sos pura por los dos lados…
Carla estaba temblando de pies a cabeza, el culo y el coño palpitando, una mezcla abrumadora de asco, vergüenza, dolor y una excitación enfermiza que no podía controlar. Su bombachita seguía bajada a las rodillas, el culo rojo por las palmadas, y ahora sentía la humillación de que el viejo hubiera probado su virginidad con los dedos y saboreado sus fluidos y restos.
Don Beto se lamió los labios y le dio otra palmada fuerte en el culo.
—Ahora ya sé que sos mía… virgen de coño y de culo… mi nenita colegiala… vas a aprender a ser mi puta poco a poco…
Carla, apoyada contra la pared, respiraba agitada, sin saber qué hacer ni qué decir. El viejo la tenía completamente dominada en ese momento.

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