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Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo VII

Hola, cómo les va? Les dejo la continuación de este relato. Falta poco para que termine, y ya estoy armando una especie de secuela, para más adelante. Como siempre, gracias por los puntos, comentarios y la buena predisposición. Sin otro particular, a disfrutar la historia.





Capítulo VII — Analizando Profundamente La Trama


La escena que íbamos a ensayar requería ponerme un vestido floreado, de verano, y nada más, por lo que dejé la bombacha en la butaca donde había caído. Me saqué el vestido negro, lo colgué en su lugar, dejé el corpiño tirado por ahí, y me puse el vestido floreado. Lo notaba menos suelto, estando puesto, de lo que parecía a simple vista. Fui al sector del pool dispuesta a deslumbrar. Ricardo ya había armado el triángulo con las bolas de colores, y me esperaba aplicándole tiza al taco.


—Estás perfecta... No, ¿qué digo?, sos perfecta. Ese vestido acentúa todas tus… armas de seducción, por así decir.


—Qué galante, noble caballero…


—La escena es más o menos así. Los diálogos ya los sabés. La situación la entendés. Vamos a ensayar la parte dramática, respetando a rajatabla los diálogos y los cambios de posición. Quiero que te enfoques en el cambio de actitud de Alicia. Primero conversa amistosamente, pero en un instante, pasa al ataque, a seducir de manera descarada a Andrés. ¿Entendés a qué me refiero?


—Sí. Empiezo hablando discretamente, y ahí nomás paso a calentar.


—Al principio Andrés se resiste. Pero tiene tanta calentura acumulada, que cuando ella se acerca y lo invita a que le haga lo que quiera, no se puede contener.


—Y ahí viene la parte entretenida. —Afirmé, de manera sugerente, arqueando una ceja.


—Ahí viene la parte que no detalla el guion. Y por eso la vamos a hacer de la manera más natural posible, respetando únicamente las indicaciones que tienen que ver con la trama general.


—Como decías recién, hay algo de margen para improvisar.


—La primera parte la hacemos calcada, palabra por palabra. Pero la parte… coreografiada… Quiero que uses tu imaginación, tu capacidad de adaptación y tus sensaciones para que quede algo aún mejor. Y yo, lo mismo. Así puedo salir del personaje y darte indicaciones. ¿De acuerdo?


—¿Cómo es la coreografía? —Pregunté, refiriéndome a la parte entretenida.


—Alicia le saca el taco y se va a la mesa. Inclina su torso como para hacer un tiro, pero gira la cabeza hacia Andrés, mirándolo lascivamente. Se queda doblada en esa posición y Andrés va despacio y le apoya el bulto en la cola, mientras acaricia todo lo que puede. De ahí hasta casi el final, vos quedás doblada sobre la baranda de la mesa. Lo primero que hago yo es agacharme atrás tuyo, empiezo a lengüetear, y vos gemís de placer. En un momento me das el pie para que me pare y te garche, porque ahí es donde empieza la parte de Rodrigo.


—A ver si interpreté bien el guion: Alicia disfruta, a diferencia de lo que pasó con Mario, gime y le pide más. Pero al ver que Rodrigo los observa desde afuera, ella simula pedirle a Andrés que se detenga, y se hace la mosquita muerta para que Rodrigo piense que la estaba forzando. Una manipuladora total.


—En este caso, al no haber alguien que haga de Rodrigo, el pie va a ser cuando me digas “Cogeme, Andrés…”. Ahí me paro atrás tuyo, te la pongo, vos te ponés en víctima, y después de un rato de… Vamos a decir sufrir… Rodrigo se va. Ahí dejás de fingir, y seguimos a lo loco, deshinibidos, garchando como conejos, hasta que acabamos juntos, exhaustos, desplomados sobre la mesa.


—Perfecto. ¿Cómo hacemos con el final? —Pregunté como una boluda.


—Te desplomás sobre la mesa, jadeando, yo la saco y me voy.


—No hablo de eso. Me refiero a cómo hacemos con TU final. Cuando vos terminás.


—¿Me estás cargando? ¿Otra vez vamos a empezar con eso? —Respondió Ricardo, resoplando. Estaba a punto de mandarme a la mierda.


—No me puedo arries…


—Mirá, nena, me tenés las bolas como dos garrafas con ese asunto. La cosa es muy fácil. Si me volvés a histeriquear, te vas a tu casa y me dejás laburar tranquilo antes que vengan los verdaderos actores. En estas obras no se puede parar la escena y cortarla abruptamente para apuntar afuera. Aparte yo ya estoy grande para tener que andar acabando con la mano, y no lo voy a hacer.


—¿Y por qué no…?


—Callate, que no terminé. Si vos querés evitar que te llene la cocina de humo, no te va a quedar otra que entregarme el upite. Mirá qué sencillo.


Me corrió una sensación de frío por la espalda, cuando lo dijo, sobre todo porque estaba furioso y hablaba con un tono que nunca lo había escuchado.


—No. Te pido por favor. Nunca lo hice por ahí. Me vas a descoser con esa verga. Me van a sacar en camilla. —Rogué, desesperada.


Cuando escuchó que mi cola conservaba su virginidad, le brillaron los ojitos. Volvió al semblante de hacía un rato, y su actitud ya era de optimismo anhelante.


—Patito, ¿En serio me decís? Es la mejor noticia que escuché en todo el día. No puedo creer que ese culazo espectacular esté sin estrenar. Ahora no me lo podés negar. Sería un honor para mí poder ser el primero que te lo haga.


—No, Ricardo, esto ya es demasiado. Me vas a dejar renga. ¿Cómo sigo el ensayo delante de los otros si no puedo caminar? Te pido por favor que no, me da mucho miedo. —Traté de convencerlo, casi temblando del pánico.


—Patito. Escuchame, por favor. —Explicó Ricardo, mientras me agarraba las manos con las suyas. —Confiá en mí. Si hay algo en lo que tengo experiencia, aparte del teatro, es en desvirgar mujeres por el culo. No te miento. Lo hago despacito y con todas las precauciones posibles. Nunca lastimé a nadie, y unas cuántas volvieron varias veces a pedirme que lo hiciera otra vez. Pato, me harías el hombre más afortunado del mundo. Tené en cuenta una cosa: Todo lo que te anticipé terminó siendo cierto. Todo lo que te propuse hacer te terminó encantando. Vos misma dijiste que soy el mejor profesor. A la larga te va a encantar y me vas a pedir que no pare. Mejor que lo haga yo, y no un pordiosero leproso borracho, en un baldío, a punta de cuchillo.


—Eso sí que no… —Su argumento, y su tono de súplica me aflojaron. Hasta hace un rato llevaba una racha de dieciocho años de fidelidad, y cortarla había sido la sensación más placentera que había conocido. Bien podía pasar algo similar con mi debut anal.


—Te digo más… Podemos hacer así la escena. Mientras estoy agachado, te lo voy ablandando con la lengua, para que se vaya abriendo. Cuando te parezca que estás lista, me tirás el pie y ahí me paro. La escena va a quedar bárbara de esa manera.


—Ricardo, tengo mucho miedo. ¿Qué hago si me duele?


—Y, al principio, armarte de paciencia. Siempre hay algo de dolor. Pero si aguantás, después de un ratito, el dolor desaparece, y el placer que vas a sentir es celestial.


Y ahí cometí el error. Le di mi consentimiento. Me había convencido.


—Bueno. Confío en vos. No me lastimes.


—No lo puedo creer. Sos la mujer de mis sueños. No te vas a arrepentir.


—¿Arrancamos?


—Parate en aquella punta. Yo quiebro, y ahí largamos.


Dicho y hecho. Me fui a la punta, lo que representaría la puerta de entrada del salón del pool. Ricardo puso la bola blanca al medio, apuntó y pegó con fuerza. Empezaba la escena.


Me acerqué sigilosamente por atrás de él, hasta ponerme a su lado, sin que se dé cuenta.


—Buen tiro. —Le dije con simpatía.


—Uy, la puta madre. —Se sobresaltó él.


—Discúlpeme. No era mi intención. —Ricardo se incorporó, callado, y se corrió un paso para atrás.


—¿No puede dormir?


—No. —Exhaló Ricardo. —No puedo…


—Lamento mucho lo de Blanca. ¿Cómo está Mercedes?


—Está arriba, hecha una piltrafa. Piensa que fue culpa de ella.


—¿Cómo va a pensar eso? Es una ridiculez. —Dije, con cierta indignación.


—Mercedes últimamente no está distingue demasiado entre lo que es ridículo y lo que no.


—Bueno, eso es el problema que causan los tranquilizantes.


—Mierda, ¿tanto se nota? —Preguntó Ricardo irónicamente. Respondí con un gesto silencioso.


—Últimamente viene lidiando con mucho estrés. —Afirmó Ricardo y se inclinó para hacer otro tiro. Empezó a alinear el taco, y me incliné atrás de él, mi torso cerca de su espalda. Le hablé al oído, suavecito, con clara intención de calentarlo.


—¿Tiene malhumor? ¿Depresión? ¿Negación? — Hice una pausa mientras Ricardo demoraba el tiro.


—¿Pérdida de apetito? — Me apoyé sobre su espalda, mi pera quedó apoyada sobre su hombro. —¿Pérdida del deseo sexual?


Ricardo se quedó inmóvil, agitado. Noté cómo aceleraba su respiración, y también mi ritmo cardíaco. Luego de un silencio corto, le sugerí un tiro.


—La quince en aquella esquina…


Ricardo le pegó a la blanca con violencia. No pude evitar notar que había embocado la quince en la esquina. Se desprendió de mí, dejándome sola sobre la mesa, y se alejó con el taco en la mano. Se apoyó, dándome la espalda, sobre una columna.


—¿Cuál es el problema? —Pregunté, sin obtener respuesta. —¿Me tiene miedo?


Ricardo volvió a exhalar, se dio vuelta, y me respondió. 


—Tuve un día de mierda. Blanca trabajaba con nosotros desde hace doce años. Era parte de la familia. Mi señora está en cama, otra vez pasada de pastillas. Mi hijo me odia. Yo estoy acá abajo, compadeciéndome. Y te digo la verdad: Sí, te tengo mucho miedo…


En ese momento empecé a caminar despacio hacia donde estaba él.


—Miedo de mirarte más de lo debido… Miedo de pararme demasiado cerca tuyo… Miedo de que tener que justificar cualquier cosa que haga…


Ya estaba frente a él. A centímetros de su cara.


—Yo lo puedo ayudar con eso, Andrés. Entiendo lo que le está pasando.


Acerqué mi boca a la suya despacio, pero no hicieron contacto. Se comió el amague. Giré la cabeza y le saqué el taco de la mano. Me volví para el lado de la mesa, despacio, contoneando las caderas de manera sensual. Me apoyé en la baranda, me incliné para hacer un tiro, pero en vez de tirar, paré la cola obscenamente, y giré la cabeza hacia él, con una sonrisa insinuante. No le guiñé el ojo para no pasarme, pero lo pensé.

Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo VII

Ricardo, entendiendo la indirecta, se acercó despacio y se colocó detrás de mí. Me afirmó el bulto ya endurecido entre los cachetes del culo, todavía sobre el vestido. Con sus manos acarició mis caderas y glúteos, hasta que con movimientos lentos me levantó la parte baja del vestido hasta mitad de la espalda.


Solté el taco y apoyé el pecho en la mesa, dejando libre mis manos. Ricardo se agachó y dejó sus manos en mis nalgas, separándolas, mientras acercaba su boca a mi cerrado anillo posterior. Sentí su respiración sobre los labios vaginales mojados, y la sensación de frío, irónicamente, me calentó más.


Sin decir nada, empezó a pasar la lengua por mi culo. Soltó una de mis nalgas, y la pasó para adelante, para tocar el clítoris. Me estaba empezando a gustar. Esta vez no quería quedarme callada. Me excitaba la idea del diálogo sucio durante el sexo.


—Qué juguetona es tu lengua. Y tus dedos. Me estoy mojando toda.


Ricardo siguió lamiendo, desparramando cada vez más saliva. La lengua pincelaba para arriba y para abajo, cubriendo, en la misma pasada, todo el ano y la parte baja de la vagina.


—Me encanta el sabor de tu concha. Es deliciosa. Y lo caliente que se siente. —Dicho eso, prosiguió su lamida magistral. No cabían dudas de que el tipo era un experto en todos los aspectos.


—Aaahhh… Qué bien se siente. Lo que se pierde Mercedes… 


Ricardo siguió desparramando mis jugos con su lengua. Sentía toda la zona empapada por los lengüetazos y mi excitación húmeda. Me metió muy despacito un dedo en el culo, y lo movió hacia adentro, también despacito. Empezaron a aflorar los primeros gemidos.


—Aahh… Sí… Qué bien me hacen tus dedos. No pares.


Ricardo obedeció, y siguió.


—Hijo de puta, me vas a hacer mear de placer. ¡Aaaahhhh! —Grité a viva voz.


El dedo ya había entrado y se movía con habilidad. Dos dedos de la otra mano entraron en mi concha, desde adelante, buscando evidentemente mi punto G. Ya estaba gozando como hacía un rato. No había estado tan cerca de repetir un orgasmo en una noche desde la secundaria.


—¿Ves qué bien se te va abriendo la colita? —Preguntó antes de meter otro dedo. —En un ratito me vas a pedir que te la llene de leche. 


Rubia
En ese momento, luego de diez minutos con dos dedos metidos en lo más sensible de mi concha, con el culo completamente ensalivado e invadido por otros dos dedos, con el interior de mis muslos empapado por mis jugos, que no paraban de correr, la raya del orto empapada por los lengüetazos, y el corazón latiendo a mil, no pensé en nada y lo apuré para que no afloje. 


—Voy… ¡Aahh! A acabar… ¡Aahh! En cualquier… ¡Uf!... momento… No pares, por favor… ¡Aahh!


Acabé de la manera más sonora y más salpicada posible, con el cuerpo entero temblando como un espástico. El chorro que salió de mi interior le mojó las mangas de la camisa a Ricardo, y por supuesto, dejó un charco en el piso. No me había dado cuenta que sus dedos seguían dentro de mi culo. No quise enderezarme. Usaba la mesa como apoyo, porque las piernas no me podían sostener. Casi me olvido de darle el pie para que cambie de posición.


—Cogeme, Andrés. Partime en ocho.


Ricardo se paró, para seguir con la escena. O con la cogida. Ya no sabía la diferencia. Aprovechó para darme una nalgada, como para confirmar lo que se venía. Claramente se había bajado la bragueta mientras estaba agachado, porque sentí su poronga, más dura que nunca, empujando los cachetes del culo. Se acercó a mi oído para darme una indicación, mientras me bajaba la parte de arriba del vestido, emulando un poco la escena anterior, con el vestido como faja.


—Mi amor, no tengas miedo. Ahora te voy a meter la poronga por el culo. Tenés que aguantar. Te aseguro que en un rato te va a gustar. —Me dijo bajito, para prepararme. —Abrite los cachetes con las manos.


Seguí su consejo, me tomé las nalgas y las separé, dejándole el camino a disposición. Me apoyó una mano sobre la nuca, como para que no me levante, y con la otra, supongo, habrá guiado su poronga hasta mi agujero posterior, apoyando la cabeza en la puerta. Dejó caer una columna de baba que cayó sobre la raya y se deslizó hacia abajo, distribuyéndose alrededor del área de contacto. La primera sensación no fue fea. Se ve que había hecho bien el trabajo previo. 


—Bueno, Patito, llegó la hora de la verdad, es ahora o nunca.


Y con ese anuncio me la clavó, muy despacito, dentro mi cerradísimo culito, sin prisa pero sin pausa. Hice un esfuerzo por no protestar, porque quería confiar en lo que me había dicho.


—Nnnggghhh. Qué grande la tenés.


—Tocate la conchita… Vas a ver qué linda sensación.


No terminaba nunca de avanzar. Solté mis nalgas y llevé mi mano hacia el clítoris, como me dijo. Quería respirar hondo, pero no podía. En un momento sentí sus huevos hacer tope, y aprovechó para agarrar una teta y amasarla, apenas arriba del paño de la mesa. 


—Ahí entró toda. Relajate, que este culito está apretadísimo y se tiene que abrir.


Lo único que pude emitir como respuesta fueron suspiros agitados. 


—Ahora voy a empezar a moverme, despacito. Relajate, respirá, y aguantá.


Con esas indicaciones arrancó a culearme. Con la misma velocidad con la que entró, inició el vaivén. Milímetro del interior de mi culo que recorría, tanto de ida como de vuelta, milímetro que intentaba a duras penas expandirse.


—¡Nnnggghhh! Dios… ¡Ay! La puta…


—Tranquila, mi amor. Relajá…


—¡Nnnnnggggghhhhh! ¡Cómo duele, la puta madre!


Se dio cuenta que no servía de nada que me pida que me relaje, así que abandonó la tarea… de recordármelo. La desfloración anal seguía a paso firme. Siguió moviéndose para atrás y para adelante, un poco más rápido, pero frenando un instante en cada estocada.


—¡Uuff! ¡Nnnggghhh! ¡¡Nnnngggghhhh!! ¡Aaayyy! No puedo…


—Shhh, tranqui, ya casi está. Aguantá un poquito más. —Intentó calmarme Ricardo, pero sin dejar de bombear. 


—¡Aaayyy! ¡¡Nnnnnngggggghhhhhh!! ¡¡¡Aaayyy!!! Basta, por favor.
MILF

Ricardo siguió con lo suyo, desoyendo (o ignorando, pareciera) mi pedido. Levantó mi torso, haciendo que mi espalda quede apoyada sobre su pecho. Me sostenía de la cintura y del cuello, a la vez que intentaba besármelo. Debo reconocer que al menos se estaba moderando con la intensidad de los pijazos. Me temblaban las piernas, y el corazón me latía a ritmo vertiginoso. Sentía un sudor frío recorriéndome todo el cuerpo.


—¡Aaayyy! Por favor, Ricardo… ¡Ay! Sacámela… No aguanto más.


—Falta poco, Pato. No me cortes ahora. —Justificó Ricardo, creo que mintiendo.


—¡Nnnggghhh! ¡Aaayyy! ¡Aayy! Me vas a matar. ¡Aaayyy! Te lo suplico… ¡Nnnggghhh! No me lastimes más… Pará…


Ya no podía aguantar más. Ricardo ya se movía a una velocidad, crucero, digamos, ayudado por la inercia que le aportaba su cintura. Ya no sé cuánto tiempo habrá estado desde que me la clavó, pero me parecía cada vez más difícil que el dolor terminara y empezara el placer.


—¡¡Nngghh!! ¡¡¡Aaayyy!!! ¡¡¡¡Aaaayyyy!!!! Es terrible, Sacala… Me lo vas a romper… ¡¡¡Aaaaayyyyy!!! Por Dios…


—Pato, no te lo estoy rompiendo. —Mintió Ricardo. —Me estoy moviendo muy despacio.


—¡¡SACALA, POR DIOS!! ¡¡AAAAYYYY!!! ¡¡¡AAAAYYYY!!!


Se me empezaron a caer las lágrimas. Ya no sabía cómo hacer para que pare la tortura.


—¡¡¡POR EL AMOR DE DIOS!!! ¡¡AAAAAAYYYYYY!! ¡¡¡SACAME LA PORONGA DEL ORTO!!! ¡¡BASTA!! ¡¡AAAAYYYY!! ¡¡POR FAVOR!! ¡¡TE LO RUEGO!!


No sé si el volumen de mis gritos, o ver que no avanzaba con su técnica, lo hicieron cambiar de parecer. Escuché cómo chistó, lamentándose, y me dijo, medio decepcionado:


—Bueno, Pato, te la saco. Ya está. Ya pasó.


Frenó bastante las últimas embestidas, pero yo ya no tenía voz para gritar, ni nada parecido. Evidentemente no acabó, porque no escuché gruñidos, ni nada por el estilo. Finalmente la sacó, y como ya no me daban las piernas, me desplomé en el piso, destruida. Para que no me golpee, me sostuvo y se tiró al lado mío, todavía abrazándome, pegado.


—Ya está, mi amor. Tranquilizate. —Dijo Ricardo, besándome el cuello. Yo sollozaba en silencio. —¿Cómo estás? ¿Te duele?


No le respondí. Si no le alcanzaba con lo que le dije mientras me daba matraca, ahora ya no valía la pena. Pero la verdad es que me dolía todo. Ricardo dejó de abrazarme y miró su obra más reciente.


—No lo rompí. Está dilatado, pero entero.


Luego de unos minutos, logré hacer un esfuerzo sobrehumano y me paré para ir al baño. Las piernas todavía me temblaban un poco. Fui, despacito, con una leve renguera. En el espejo vi que se me había corrido parte del maquillaje, por lo que me lo limpié. Me lavé toda la cola, incluidos los cachetes, en el bidet. El agua fresca ayudó un poco. Tanteé el área con mi mano, para ver si había sangre. Como dijo Ricardo, no llegó a ese punto. Pero sí había quedado agrandado.


Me volví para el perchero, dispuesta a cambiarme a mi ropa e irme a mi casa. No tenía ánimo ni energía para afrontar un ensayo con mis compañeros. Cuando me estaba por sacar el vestido, Ricardo se acercó con una botellita de agua mineral. Me la ofreció, y la consumí en tiempo récord. Cuando terminé, le agradecí el pequeño gesto.


—Gracias, la necesitaba. Me cambio y me voy. No doy más.


—No, Pato. No te podés ir ahora. Quedate. —Suplicó Ricardo.


—¿Qué querés, que me quede a ensayar? ¿Querés que me vean así? —Pregunté, masticando bronca.


—Patito, haceme caso, tirate un ratito en la cama. Descansá. Va a ser mejor.


—¿Vos sos pelotudo? ¿Y qué carajo les digo? Y no me digas Patito.


—Olvidate de ese asunto. Lili, Jorge y Daniel no van a venir. 


—¿Cómo que no van a venir? ¿Qué pasó?


—Les avisé que no vinieran. Sabía que no te iba a dar tiempo a arreglarte. No quería que sepan que viniste antes.


—¿Pero les avisaste hoy? ¿Tan seguro estabas?…


—No tenía dudas. Hoy, después de todo esto, iba a ser imposible seguir, y no quiero exponerte.


—¿O sea que el ensayo queda para el Miércoles?


—Exacto.


—Bueno. Entonces, con más razón me voy yendo. Quiero bañarme…


—Quedate. No seas porfiada. No estás en condiciones. Aparte, ¿qué apuro tenés? Quedate un rato, te cebo unos mates. Tengo unos sanguchitos, si tenés hambre.


—¿Qué más pretendés hacer? Degollarme, prenderme fuego…


—Patito…


—No me digas Patito...


—Patricia, lo último que quiero es que te vayas de acá con la idea de que soy un hijo de puta. Quedate, así te demuestro lo contrario. Si no lo logro, al menos lo habré intentado. Por favor.


Otra vez me desarmó anímicamente. Todavía no me explico cómo lograba esa dominación magnética conmigo.


—La puta madre. Siempre me terminás convenciendo. ¿Qué más querés que ensayemos?


—No. El ensayo terminó. No tenés que seguir más mis indicaciones. Pero me gustaría que te acuestes en la cama, para poder descansar de verdad.


—Bueno. Seré una boluda. Pero otra vez tenés razón. No me viene mal una pausa.


Me acosté, con el vestido puesto, boca abajo. Cerré los ojos y escuché a Ricardo saliendo. Supuse que iría a preparar el mate y traer los sanguchitos. Por dentro quería que tarde un ratito, al menos, para poder dormir unos minutos. Por suerte lo logré. Alcancé a dormirme. Por primera vez en mi vida, el sexo logró que me duerma apaciguada.

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