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Le hice una paja a mi noviecita en la casa de su mamá

Como dije en el relato anterior, cuando empecé a salir con mi novia ella era pendeja, estaba terminando la secundaria, y no tenía experiencia sexual, más allá de algún que otro manoseo normal de la edad. Yo era un poquito más grande, y algo más experimentado, ya había cogido con dos o tres chicas.

La mamá me aceptó, primero con un poco de reticencia, pero como yo me portaba bien y era buen pibe un poco me adoptó y me dejó empezar a quedarme a dormir en la casa. Pero era una señora conservadora, y cuidaba la castidad de su hija, así que la condición era que durmieramos en habitaciones separadas.

Nosotros cumplíamos con las reglas lo más posible, pero obviamente cada vez que no nos veían nos matábamos, como todas las parejitas de esa edad. Así que la primera noche que me quedé a dormir la tentación de cogerla fue grande, pero no podía arriesgarme a que me encuentren en la habitación de la nena en plena noche y arruinarlo todo, así que nos portamos “bien”, dentro de todo, y cada uno se quedó en su pieza, en su cama.

Eso sí, estábamos completamente excitados por ser la primera vez que dormíamos bajo el mismo techo, y por la chapada furiosa a escondidas que nos habíamos pegado, en la que ella me había llegado a pajear por adentro del pantalón, y yo le había colado una mano por adentro del pantalón, le había corrido un poco la bombacha y me había asombrado al tocar de apuro su conchita empapada.

Así que nos fuimos cada uno a su pieza, y acostado cada uno en su cama nos empezamos a mandar mensajes picantes, fotitos, algún que otro gemido. Ella todavía era un poco pudorosa, pero estaba muy caliente, y me empezó a mandar fotos de sus tetitas, de su bombachita, de como se tocaba, con el pantalón negro enrollado en los muslos, la mano trabajando sobre la bombachita blanca con bordes verdosos.
Le hice una paja a mi noviecita en la casa de su mamá




Me pidio una de mi pija, me mostró otra de sus tetas, y después de diez o quince minutos de intercambio me dijo que no daba más y que quería que le hiciera un llamadito y la escuchara acabar.

novia



La llamé, me atendió en un susurro. Me contó lo mojada que estaba. Yo todavía tenía el aroma de su humedad en mi mano, y la olía mientras ella me hablaba. Le dije que la quería coger en cuatro. Ella me dijo que le iba a tener que tapar la boca para que su mamá no la escuche.

Ese comentario tan degenerado me dejó al borde de acabar, y en ese momento ella empezó a gemir, despacito, disimulada, pero como para que yo la escuche, y yo dejé toda mi leche en un pañuelito de papel. Nos dijimos que nos amabamos, nos deseamos buenas noches, y nos dormimos como unos angelitos.

Me desperté temprano, como a las 7 de la mañana. Ya había luz. La calentura había vuelto, y me pareció el momento ideal para ir a verla. En la casa no había ruidos, nadie se había levantado todavía, y ya habiendo amanecido, era mejor la imagen si me encontraban en su habitación, sobre todo si estaba vestido.

Me puse la ropa y fui. Golpeé la puerta muy despacio. No respondió. Abrí lentamente. En el piso había tirado un un corpiño blanco. Ella estaba en la cama, colita para arriba, destapada, y el camisón amarillo suave se le había levantado casi hasta la cintura, dejandole una nalga al aire. La bombacha era rosa, se ve que se había cambiado la otra porque estaba muy mojada. Se le metía en la cola.

Me acerqué. Le di un besito en el cuello, y le susurré al oído, “amor”. Abrió los ojos y me sonrió. Yo le pasé la mano por el orto rápidamente, y le toqué suavemente la conchita por sobre la bombacha rosa. “Nos va a ver mi mamá”, dijo, bastante adormilada todavía. “Yo estoy vestido, vos estás en camisón en la cama, tapada. No estamos haciendo nada malo” le dije, y la tapé hasta el cuello.

Ella entendió el juego en seguida, y se acomodó boca arriba, con las piernas abiertas. Yo, con la vista en la puerta por si venía la mamá, el papá o algún hermano, deslicé la mano por abajo del camisón y empecé a acariciarle la conchita por encima de la bombacha. Ella suspiró, cerró los ojitos, y abrió más las piernas.

Yo seguí tocandola suavemente, sintiendo su pubis, su clítoris, sus labios debajo de la tela. De pronto su respiración se puso más pesada, me mordió el labio y se bajó la bombachita hasta los muslos. Era una invitación a ir a fondo.

Primero se la agarré con la mano entera. Sentí sus pelitos cortitos (se la rasuraba en casa), su piel delicada, y otra vez me impactó lo mojada que estaba. Mis dedos casi se metían solos en su concha, se deslizaban en un charco de humedad. Estaba completamente resbalosa. Empezó a gemir despacito, mientras yo dejaba que mi dedo del medio entre en su conchita.

El calor y la suavidad me estaban volviendo loco. Ella seguía con los gemiditos, que iban levantando un poco de volumen y me inquietaban. La masturbaba mirando la puerta, y de reojo miraba cada tanto sus cabellos despeinados, su carita colorada, los ojos cerrados con fuerza.

Hasta que me di cuenta de que estaba a punto de acabar. Y ahí me salió recrear un poco la fantasía de la noche anterior: no podía cogerla en cuatro, pero la di vuelta, como para que quede mirando contra la pared, con la mano derecha le hundí los dedos en la conchita, mientras el pulgar resbalaba, mojado de flujo, en la puerta de su colita todavía virgen.

Con el brazo derecho le rodeé fuerte el cuerpo y le tapé la boca, justo a tiempo para silenciar sus gemidos más fuertes. Y la seguí cogiendo con los dedos hasta que su cuerpo dejó de temblar en mis brazos.

La solté. Volvió a ponerse boca arriba y descansó unos segundos, tapada, con los ojos cerrados. Yo la contemplaba totalmente enamorado. Era una criatura preciosa. “Te toca” me dijo con una sonrisa pícara. “No”, le dije, “no se puede, nos va a matar tu mamá”. “

Es rápido, sacá el pito” me dijo. No me pude resistir. Me bajé la bragueta y lo saqué. Ella casi sin cambiar de posición estiró el brazo y me pajeó veinte o treinta segundos. Yo seguía mirando al pasillo. “Acabás?” me preguntó. “No tengo donde” le dije. Me soltó la pija, se sacó la bombachita, que todavía la tenía por los muslos. Casi acabo de solo verla sacarse la bombacha.

Me envolvió la pija y me empezó a pajear. Se sentía húmeda. En eso se escucharon unos pasos en la escalera. “Viene tu mamá!” le dije asustado pero a la vez re caliente, sin dejar de mirar un segundo al pasillo. Ella se ve que tenía bien calculadas las distancias de su casa, además de que la calentura juvenil la hacía audaz, y apuró la paja para rematarme ahí mismo. La bombachita rosada se empezó a volver oscura por mi semen, que se descargó de manera abundante.

En un movimiento la hizo un bollo, atrapando todo mi esperma, y me la dejó en la palma de la mano. Yo guardé la pija en el pantalón y la bombacha en el bolsillo diez segundos antes de que mi suegra llegara. Cuando entró yo estaba todalmente vestido, parado a medio metro de la cama, y mi novia estaba tapada hasta el pecho, haciéndose la dormida.

“La vine a ver, pero duerme” le dije. “Sí, es dormilona, dejala, vamos a tomar unos mates, ya se va a levantar” me dijo mi suegra. Y me tomé unos mates con ella, sin que supiera que tenía la bombacha rosada de su hija, mojada de su conchita, hecha un bollito lleno de semen, en el bolsillo de mi pantalón.

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