You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda y su cornudito 19-desvirgacion de nuentra hija trans

Miércoles por la noche – La cena
Después de que Carla y Juana subieran a sus habitaciones, el ambiente en el comedor cambió por completo. La tensión se volvió más densa, más íntima y más cargada de morbo.
Miranda se levantó un momento, puso algo de música suave y romántica en el equipo de audio (una playlist de boleros lentos y melodías suaves), bajó un poco la intensidad de las luces y volvió a la mesa. El ambiente se volvió más cálido y privado.
—Ahora sí… podemos hablar más tranquilos —dijo Miranda con una sonrisa, sentándose de nuevo.
Miró a Camilita con ternura y le indicó suavemente:
—Camilita, hijita… vení, sentate acá al lado de Dogoberto. Así pueden conocerse mejor y contarse cosas. No seas tímida.
Camilita se sonrojó intensamente, pero obedeció. Se levantó de su lugar y se sentó en la silla que quedaba justo al lado de Dogoberto. Su falda plisada blanca se subió un poco al sentarse, dejando ver más de sus piernas delgadas y blanquitas. El olor fuerte del viejo la envolvió de inmediato, pero ya no le producía tanto rechazo como al principio; había algo en esa rudeza que la ponía nerviosa de una forma nueva.
Dogoberto sonrió con sus dientes amarillos y sucios, y le dijo con voz ronca pero intentando ser amable:
—Vení, nenita… sentate al lado del abuelito. No muerdo, eh. Solo quiero conocerte mejor.
Camilita se sentó, las manos sobre las rodillas, mirando al piso con timidez. Dogoberto se acercó un poco más, su cuerpo grande y gordo ocupando espacio, el olor a sudor rancio y ropa sucia invadiendo el espacio personal de la chica.
La conversación empezó a fluir de forma más distendida. Miranda y Eduardo observaban todo desde sus lugares en la mesa, sin intervenir mucho, solo mirando de cerca.
Dogoberto se inclinó hacia Camilita y le habló con un tono más íntimo y conquistador:
—Contame de vos, nenita… ¿cómo te llamás de verdad? ¿Te gusta el vestido blanco que tenés puesto? Te queda muy lindo… te hace ver como una muñequita. Yo nunca había cenado con una chica tan linda como vos.
Camilita se sonrojó aún más, jugando con el borde de su falda.
—Me llamo Camilita… y sí, me gusta este vestido. Mi mamá me ayudó a elegirlo.
Dogoberto soltó una risa baja y ronca, acercándose un poco más.
—Tu mamá es una santa… pero vos sos la que brilla esta noche. Tenés una carita de ángel y un culito que… bueno, mejor no digo. ¿Sabés que cuando te vi en el refugio me quedé mirándote todo el tiempo? Me gustás mucho, nenita. Me gustás de verdad.
Camilita bajó la mirada, sonriendo tímidamente, pero no se apartó. El olor fuerte de Dogoberto la envolvía, pero en lugar de repugnarla, la ponía nerviosa y caliente de una forma que no entendía del todo.
Miranda y Eduardo observaban en silencio. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su marido, apretando suavemente, mientras ambos veían cómo Dogoberto intentaba conquistar a su hijita con piropos torpes pero directos:
—Tenés un pelo muy lindo… me dan ganas de tocarlo. Y esa boquita con brillo… parece hecha para sonreírle a un hombre como yo. ¿Te gustan los hombres grandes, Camilita? ¿O preferís los jovencitos?
Camilita respondía con voz bajita y aniñada, pero cada vez más cómoda:
—No sé… nunca estuve con nadie… pero me gusta cuando me mirás… me pone nerviosa, pero me gusta.
Dogoberto sonrió, mostrando sus dientes sucios, y se acercó un poco más, su panza casi rozando el brazo de Camilita.
—Entonces dejame mirarte más, nenita… porque vos me gustás de verdad. Me hacés sentir vivo otra vez.
Miranda y Eduardo se miraron de reojo. La tensión en la mesa era palpable. Eduardo sentía la jaula apretándole con fuerza, y Miranda tenía el coño húmedo solo de ver cómo su hijita se sonrojaba y respondía tímidamente a los avances del viejo gordo y sucio.
La noche avanzaba, la música romántica sonaba de fondo, y Dogoberto seguía intentando conquistar a Camilita con piropos cada vez más directos, mientras los padres observaban todo de cerca, sabiendo que esto era solo el comienzo.






Miranda esperó un momento oportuno durante la cena. La conversación fluía de forma distendida, aunque cargada de tensión. Dogoberto seguía lanzando piropos sutiles a Camilita, y ella se sonrojaba cada vez más, bajando la mirada con esa timidez aniñada que la caracterizaba.
Miranda se levantó con naturalidad y miró a su hija con una sonrisa cariñosa.
—Camilita, hijita… vení conmigo a la cocina un momentito. Vamos a traer unas copas de vino y una botella para los cuatro. Así seguimos la noche más relajados.
Camilita obedeció al instante, como siempre hacía con su mamá. Se levantó de la silla, alisándose la falda plisada blanca con las manos, y siguió a Miranda hacia la cocina.
Una vez que estuvieron solas, con la puerta cerrada, Miranda se giró hacia su hija. La tomó suavemente por los hombros y la miró a los ojos con ternura y curiosidad.
—Mi nenita… contame la verdad. ¿Cómo te estás sintiendo con Dogoberto? Mamá vio cómo te sonrojabas cuando te hablaba… cómo le sonreías bajito. No tengas vergüenza de decírmelo. Soy tu mamá y te quiero mucho. Quiero saber qué sentís de verdad.
Camilita bajó la mirada, retorciendo los dedos de las manos con nerviosismo. Sus mejillas estaban rojas y su voz salió bajita, casi un susurro aniñado:
—Mami… me da mucha vergüenza decirlo… pero… sí me gusta. Cuando me dice piropos… me siento rara por dentro. Me da calor en la panza y me pongo nerviosa. Me gusta cómo me mira… como si yo fuera linda de verdad. Nunca nadie me había mirado así. Es grande, es fuerte… y aunque es sucio y viejo… me gusta que me preste atención. Me da miedo admitirlo… pero me gusta Dogoberto.
Miranda sonrió con ternura, le acarició el cabello largo y la abrazó suavemente.
—Ay, mi hijita… no tenés que tener vergüenza. Mamá entiende perfectamente. Es normal que te guste. Dogoberto es un hombre grande, con presencia… y aunque sea sucio y viejo, tiene algo que te atrae. Eso no te hace mala nenita. Al contrario… te hace valiente por contármelo. Mamá está feliz de que confíes en mí.
Camilita levantó la vista, con los ojos brillantes y aliviada.
—¿De verdad, mami? ¿No te molesta que me guste un señor así?
Miranda negó con la cabeza y le besó la frente con cariño.
—No, mi amor. Mamá no te juzga. Si te gusta Dogoberto… está bien. Mamá solo quiere que seas feliz y que explores lo que sentís. Si querés… esta noche podemos dejar que se acerque más a vos. Pero todo a tu ritmo, ¿sí? Mamá va a estar cuidándote siempre.
Camilita asintió, todavía sonrojada, pero con una pequeña sonrisa de alivio y emoción.
—Gracias, mami… te quiero mucho.
Miranda la abrazó fuerte un momento más y luego tomó la botella de vino y las copas.
—Vamos, hijita. Volvamos a la mesa. Y recordá… si en algún momento querés parar o irte a tu cuarto, solo decímelo. Mamá te ama y te protege.
Salieron de la cocina juntas, Camilita con las mejillas aún rosadas y el corazón latiéndole fuerte, sabiendo que la noche estaba a punto de volverse mucho más intensa.
De vuelta en el comedor, Dogoberto levantó la vista al verlas regresar, sus ojos deteniéndose especialmente en Camilita con un brillo de deseo evidente.
La cena continuaba… y el ambiente se volvía cada vez más cargado.




Miranda y Eduardo observaban todo con atención desde sus lugares en la mesa. La música romántica seguía sonando de fondo, creando un ambiente íntimo y cargado de tensión.
Dogoberto, con su voz ronca y directa, se inclinó un poco más hacia Camilita. Sus ojos pequeños y hambrientos no se apartaban de la cara sonrojada de la nenita.
—Sabés, Camilita… me gustás mucho —le dijo sin rodeos, con esa forma machista y sincera que tenía—. Me gustás de verdad. Sos linda, sos tímida, tenés una carita de ángel y un culito que me vuelve loco. Nunca pensé que una nenita como vos se iba a sentar al lado de un viejo sucio como yo. ¿Querés ser mi novia? Aunque sea por esta noche… o por más tiempo. Yo te voy a tratar bien.
Camilita se quedó muda por un momento. Su cara se puso completamente roja, los ojos brillantes y el corazón latiéndole a mil. Estaba feliz, nerviosa, emocionada y asustada al mismo tiempo. No sabía qué decir. Miró a su mamá con una mirada suplicante, buscando ayuda.
Miranda le sonrió con ternura y le habló con voz suave pero clara:
—Hacé lo que tu corazón te diga, hijita. Mamá está acá para cuidarte. Si te gusta Dogoberto… está bien. Si querés ser su novia… también está bien. Mamá te apoya en lo que decidas.
Camilita respiró hondo, miró a Dogoberto con timidez y, con voz bajita y aniñada, respondió:
—Sí… quiero ser tu novia.
Dogoberto sonrió ampliamente, mostrando sus dientes amarillos y sucios. Su cara se iluminó de felicidad genuina.
— ¡Qué lindo! —exclamó con voz ronca—. Me hacés muy feliz, nenita.
Miranda y Eduardo también sonrieron, aunque la tensión en el ambiente era palpable. Miranda, con su tono maternal y cariñoso, agregó:
—Las noviecitas buenas deben darle un beso en la boca a sus novios, Camilita. Es parte de ser novia. ¿Querés darle un beso a Dogoberto?
Dogoberto miró a Miranda con gratitud y luego fijamente a Camilita, con deseo evidente en sus ojos.
Camilita se sonrojó aún más, pero asintió tímidamente. Se inclinó hacia adelante, temblando un poco. Dogoberto se acercó, su cara grande y sucia acercándose a la de ella. Sus labios se encontraron en un beso torpe pero sincero: el primer beso de amor de Camilita. Dogoberto le puso una mano en la mejilla con torpeza, y el beso se alargó unos segundos, con la barba rasposa rozando la piel suave de la nenita.
Cuando se separaron, Camilita estaba roja como un tomate, pero con una sonrisa tímida y feliz. Dogoberto parecía el hombre más contento del mundo.
Miranda aplaudió suavemente y dijo con cariño:
—Qué lindo beso, hijita. Mamá está orgullosa de vos.
Eduardo, aunque nervioso y excitado, también sonrió y levantó su copa.
—Brindemos por la nueva pareja.
Todos levantaron sus copas. La noche recién comenzaba, y el ambiente en la mesa se volvía cada vez más íntimo y cargado de posibilidades.
Dogoberto miró a Camilita con ojos brillantes y le dijo bajito:
—Gracias, nenita… me hiciste muy feliz esta noche.
Camilita bajó la mirada, sonriendo, mientras Miranda y Eduardo intercambiaban una mirada llena de complicidad y morbo, sabiendo que esto era solo el principio.


Miranda y Eduardo seguían charlando en la mesa con Dogoberto y Camilita. La música romántica seguía sonando de fondo, creando un ambiente íntimo y cargado de tensión. Dogoberto hablaba con su forma ruda y directa, pero se notaba que estaba disfrutando la noche como nunca. Camilita escuchaba todo con timidez, sonrojándose cada vez que él le dirigía la palabra.
En un momento, cuando ya eran más de las once de la noche, Eduardo miró el reloj y, con voz calmada pero intencionada, le dijo a Dogoberto:
—Dogoberto, ya es bastante tarde. Si querés, podés quedarte a dormir en casa esta noche. No hay problema. Tenemos lugar de sobra.
Dogoberto levantó las cejas, sorprendido pero claramente contento. Se rascó la barba gris y sucia y respondió con su voz ronca:
—¿En serio? No quiero molestar… pero sí, me quedaría. Gracias.
Miranda sonrió con esa mezcla de dulzura y dominio que solo ella sabía manejar. Miró a Camilita y luego a Dogoberto, y dijo con tono maternal pero cargado de intención:
—Las novias buenas deben atender a sus novios en todo lo que les pidan. Las nenitas deben ser sumisas a sus machos… eso es parte de ser una buena pareja. —Lanzó una mirada significativa a Camilita y agregó—: Si quieren, pueden dormir en nuestra habitación. Es más cómoda y grande. Nosotros nos arreglamos en otro lado.
Camilita entendió perfectamente el mensaje. Se sonrojó hasta las orejas, pero no se opuso. Miró a Dogoberto con timidez y, con voz bajita y aniñada, le dijo:
—Dogoberto… si querés… te acompaño arriba a la alcoba de mis papás.
Dogoberto sonrió ampliamente, mostrando sus dientes amarillos y sucios. Se levantó pesadamente de la silla, su cuerpo grande y gordo moviéndose con cierta torpeza.
—Vamos, nenita… —dijo con voz ronca y satisfecha—. Muéstrame el camino.
Camilita se levantó también, alisándose la falda plisada blanca con manos nerviosas. Miranda y Eduardo se miraron en silencio, con una mezcla de excitación, nervios y amor profundo. Sabían que esta noche su hijita iba a dar un paso importante.
Mientras Camilita y Dogoberto subían las escaleras, Miranda le susurró a Eduardo al oído:
—Nuestra nenita ya no es virgen por mucho tiempo más… ¿Estás listo para verlo?
Eduardo tragó saliva, la jaula apretándole fuerte, y respondió bajito:
—Estoy listo… te amo.
La noche apenas comenzaba.




Miranda y Eduardo se escabulleron silenciosamente por el pasillo superior de la casa. El corazón de ambos latía con fuerza. Se detuvieron frente a la puerta entreabierta de su propia alcoba matrimonial, ocultos en la penumbra del pasillo, y miraron hacia adentro sin hacer ruido.
Dentro de la habitación, la luz de la lámpara de noche estaba encendida, creando un ambiente cálido pero íntimo. Camilita estaba de pie junto a la cama, todavía vestida con su vestido blanco corto y sandalias rosas, el cabello largo cayéndole sobre los hombros. Parecía nerviosa, con las manos entrelazadas delante de ella y las mejillas sonrojadas.
Dogoberto, sentado en el borde de la cama, la miraba con una mezcla de deseo y dulzura dominante. Su cuerpo grande y gordo ocupaba mucho espacio, su camisa rota abierta dejando ver parte de su pecho peludo y sudoroso. Su olor fuerte todavía se sentía en el aire de la habitación.
Con voz ronca pero sorprendentemente dulce y autoritaria, Dogoberto le dijo:
—Camilita… tu mamá me dijo que las novias buenas deben obedecer a su novio en todo. ¿Es verdad eso, nenita?
Camilita asintió tímidamente, bajando la mirada, la voz bajita y aniñada:
—Sí… mi mamá me enseñó a comportarme bien con mi novio. Dijo que las nenitas deben ser sumisas y obedientes.
Dogoberto sonrió con satisfacción, mostrando sus dientes amarillos. Extendió una mano grande y callosa hacia ella.
—Vení acá a la cama, nenita… y dale un beso a tu novio.
Camilita se acercó lentamente, nerviosa pero obediente. Pensaba que sería un beso dulce y suave como el que se habían dado en la cena. Se inclinó hacia él con inocencia.
Pero Dogoberto tenía otros planes.
Apenas Camilita estuvo lo suficientemente cerca, él la agarró por la cintura con una mano fuerte y la atrajo hacia sí. El beso que le dio no fue dulce. Fue profundo, sucio y morboso. Le metió la lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la boca, saboreándola con hambre, babeándola sin control. Su barba rasposa le rozaba la cara suave, y su aliento a tabaco viejo y cerveza rancia llenaba la boca de Camilita.
Camilita soltó un gemidito ahogado de sorpresa, pero no se apartó. Sus manos se apoyaron en los hombros anchos y sudados de Dogoberto mientras él la besaba con pasión dominante, chupándole la lengua, mordiéndole los labios hinchados y empujando su saliva espesa dentro de su boca.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo en silencio. Eduardo sentía la jaula apretándole con fuerza, la pichita intentando endurecerse inútilmente. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su marido, apretando con excitación mientras veía cómo su hijita recibía su primer beso realmente adulto y sucio.
Dogoberto siguió besándola con intensidad, una mano bajando por la espalda de Camilita hasta apretarle el culito por encima del vestido blanco. El beso se volvió más húmedo, más baboso, más morboso. Camilita gemía bajito contra su boca, respondiendo poco a poco, aunque todavía con timidez.
Cuando finalmente se separaron, un hilo grueso de saliva conectaba sus labios. Dogoberto la miró a los ojos con deseo crudo y le dijo con voz ronca:
—Así se besa a un novio de verdad, nenita… ¿te gustó?
Camilita, con los labios hinchados y brillantes, asintió tímidamente, la respiración agitada.
—Sí… me gustó… —susurró.
Miranda y Eduardo, ocultos en el pasillo, se miraron con los ojos llenos de morbo y amor. La noche apenas estaba comenzando.


Miranda y Eduardo permanecían escondidos en la penumbra del pasillo, la puerta entreabierta lo suficiente para ver y oír todo sin ser descubiertos. Sus corazones latían con fuerza, una mezcla de nervios, excitación y amor enfermizo los mantenía pegados al marco de la puerta.
Dentro de la alcoba, Camilita y Dogoberto seguían besándose. El beso se había vuelto largo, profundo y cada vez más baboso. Dogoberto besaba con hambre cruda, metiendo su lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la boca de Camilita, chupándole los labios hinchados y babeándola sin control. Camilita, aunque nerviosa, respondía poco a poco, sus manos apoyadas en los hombros anchos y sudados del viejo, gimiendo bajito contra su boca mientras sentía el sabor fuerte a tabaco viejo y aliento rancio.
Después de varios minutos de besos intensos, Dogoberto se separó un poco, respirando pesado. Miró a Camilita con ojos brillantes de deseo y le dijo con voz ronca y dominante:
—Nenita… ayudame a quitarme la ropa. Quiero que me veas todo.
Camilita tragó saliva, una mezcla de vergüenza, asco y excitación recorriéndole el cuerpo. Asintió tímidamente y empezó a desvestirlo con manos temblorosas.
Primero le desabotonó la camisa rota y sucia. Cuando se la quitó, el olor a sudor rancio acumulado durante días se intensificó. El pecho peludo y flácido de Dogoberto quedó al descubierto, con manchas de suciedad y sudor seco.
Luego Camilita se arrodilló para quitarle los zapatos viejos y gastados. Al sacárselos, un olor fuerte a pies sucios, a queso viejo y a humedad invadió la habitación. Las medias que llevaba eran oscuras, rotas en varios lugares y empapadas de sudor. Cuando le bajó las medias, el olor a pies sucios se volvió casi insoportable, llenando el cuarto con un hedor ácido y penetrante.
Camilita arrugó la nariz un instante, el asco evidente en su cara, pero no se detuvo. Siguió quitándole el pantalón roto, dejando a Dogoberto completamente desnudo. Su verga gruesa y venosa ya estaba semi-dura, colgando pesada entre sus piernas gordas.
Dogoberto, ahora desnudo, miró a Camilita con una sonrisa torcida y comenzó a desnudarla a ella poco a poco, con manos callosas y torpes pero llenas de deseo.
—Qué cuerpito más lindo tenés, nenita… —murmuró mientras le bajaba la cremallera del vestido blanco—. Tan suavecito… tan delgadito… tan blanquito… parecés una muñequita de porcelana. Me encanta tu piel… parece que nunca te hubiera tocado el sol.
Le quitó el vestido lentamente, dejándola solo con la tanguita blanca de encaje, las medias de red y el portaligas. Le acarició los pequeños pechitos incipientes con sus dedos sucios, pellizcándole los pezoncitos rosados con delicadeza inesperada.
—Mirá estos pechitos que te están saliendo… qué lindos y qué suaves. Sos una nenita perfecta… blanquita, delicada, con ese culito redondito que me vuelve loco.
Camilita temblaba, una mezcla de vergüenza y excitación la recorría mientras Dogoberto la desnudaba por completo. Cuando le bajó la tanguita, su culito redondo y blanquito quedó expuesto. Dogoberto lo acarició con reverencia, apretándolo suavemente.
—Qué culito más rico tenés, Camilita… tan blanco, tan suave… me dan ganas de comértelo.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo sin perder detalle. Eduardo sentía la jaula apretándole dolorosamente, la pichita intentando endurecerse sin éxito. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su marido, apretando con fuerza, el coño mojado de morbo al ver cómo su hijita era desnudada y alabada por el viejo sucio y gordo.
Dogoberto miró a Camilita completamente desnuda y le dijo con voz ronca pero cargada de deseo:
—Vení, nenita… acostate en la cama con el abuelito. Quiero sentir ese cuerpito blanquito contra el mío.
Camilita, nerviosa pero obediente, se acostó en la cama matrimonial. Dogoberto se subió junto a ella, su cuerpo grande y sudoroso cubriéndola parcialmente.
La noche recién comenzaba.




Miranda y Eduardo seguían escondidos en la penumbra del pasillo, la puerta entreabierta apenas unos centímetros, lo suficiente para ver y oír todo sin ser descubiertos. Sus respiraciones eran cortas y agitadas, el corazón latiéndoles con fuerza.
Dentro de la alcoba matrimonial, Camilita y Dogoberto seguían besándose. El beso se había vuelto más largo, más húmedo y más intenso. Dogoberto besaba con hambre dominante, metiendo su lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la boca de Camilita, babeándola sin control. Camilita respondía con timidez pero con creciente pasión, sus manos apoyadas en los hombros anchos y sudorosos del viejo.
Después de varios minutos de besos babosos, Dogoberto se separó un poco, respirando pesado. Miró a Camilita a los ojos con una mezcla de deseo y ternura ruda y le dijo con voz ronca pero firme:
—Nenita… ya es hora de desvirgarte el anito. Quiero ser el primero en entrar ahí… quiero que seas mía de verdad.
Camilita se sonrojó intensamente, los ojos grandes y nerviosos. Asintió tímidamente, la voz bajita y aniñada:
—Está bien… pero tengo miedo… es mi primera vez.
Dogoberto le acarició la mejilla con su mano callosa y sucia, intentando ser suave.
—No te preocupes, mi nenita… el abuelito va a ir despacito. Sé que es tu primera vez. Voy a cuidarte.
La acostó boca abajo sobre la cama matrimonial, con una almohada debajo de la cadera para levantarle el culito. Camilita temblaba, el corazón latiéndole fuerte. Dogoberto se escupió en la mano, pero en lugar de lubricante normal, escupió un gargajo grueso y verdoso (mezcla de flema y saliva rancia) y lo untó directamente sobre el ano virgen y rosado de Camilita.
—Relajate, hijita… —murmuró mientras frotaba el gargajo verde y viscoso contra su entrada—. Esto va a ayudar a que entre.
Camilita soltó un gemidito de asco y nervios cuando sintió el calor pegajoso del escupitajo.
Dogoberto se colocó detrás de ella, su cuerpo gordo y sudoroso cubriéndola parcialmente. Apoyó la punta de su verga sucia, fetida y con restos de esmegma blanco-amarillento contra el ano lubricado con su propia saliva. Empujó muy despacio, con firmeza pero controlando la fuerza.
La cabeza de la verga entró con dificultad. Camilita soltó un grito ahogado de dolor:
— ¡Ay… me duele… me duele mucho, Dogoberto…!
Dogoberto se quedó quieto un momento, respirando pesado, pero no retrocedió. Su voz sonó firme pero con un tono casi dulce:
—Shhh… lo sé, nenita… duele al principio. Es normal. Pero tenés que relajarte. El abuelito va a ir despacito… vas a ver que después se siente mejor. Sos mi novia ahora… tenés que ser valiente.
Siguió empujando muy lentamente, centímetro a centímetro, abriendo el ano virgen de Camilita. La verga sucia y fetida entraba poco a poco, dejando un rastro de esmegma y saliva. Camilita gemía y lloriqueaba bajito, las lágrimas rodando por sus mejillas, pero no pedía que parara.
—Duele… es muy grande… me estás partiendo… —gemía con voz quebrada.
Dogoberto seguía avanzando con paciencia, sudando profusamente, su olor fuerte invadiendo la habitación.
—Tranquila, mi nenita… ya casi está… sos una chica valiente… tu culito es muy apretadito… pero el abuelito va a entrar todo… vas a ser mía de verdad…
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo en silencio, sin perder detalle. Eduardo sentía la jaula apretándole dolorosamente, la pichita intentando endurecerse sin éxito. Miranda tenía la mano sobre el muslo de su marido, apretando con fuerza, el coño mojado de morbo al ver cómo su hijita era desvirgada analmente por el viejo sucio y gordo.
Dogoberto seguía penetrándola poco a poco, firme en su decisión, murmurando palabras de aliento mientras el ano de Camilita se abría alrededor de su verga fetida y esmegmática.
La noche avanzaba, y el desvirgamiento de Camilita estaba en pleno desarrollo.
Miranda y su cornudito 19-desvirgacion de nuentra hija trans




Dogoberto siguió empujando con una paciencia inesperada para un hombre tan rudo y sucio. Centímetro a centímetro, su verga gruesa, venosa y fetida se iba abriendo paso en el ano virgen y apretado de Camilita. El viejo sudaba profusamente, su panza gorda apoyada contra la espalda delicada de la nenita, su olor fuerte y rancio envolviéndola por completo.
Camilita gemía y lloriqueaba bajito, las lágrimas rodando por sus mejillas sonrojadas, las manos apretando las sábanas con fuerza.
—Duele… me duele mucho… es muy grande… —susurraba con voz quebrada y aniñada.
Dogoberto se detuvo un momento cuando ya llevaba más de la mitad adentro, respirando pesado contra su nuca. Le besó el hombro con una ternura torpe y le habló con voz ronca pero sorprendentemente suave y calmada:
—Shhh… tranquila, mi nenita… ya casi está. Sos muy valiente… muy apretadita… pero el abuelito va a entrar todo. Ya sos mi mujer… mi nenita… y yo soy tu macho ahora. Nadie te va a tratar mejor que yo. Te voy a cuidar… te voy a querer… vas a ver cómo después el dolor se va y solo queda rico… muy rico.
Siguió empujando despacio, con firmeza pero sin brusquedad. Poco a poco, el resto de su verga larga y gruesa desapareció dentro del recto de Camilita. Cuando sus huevos sucios y pesados rozaron contra el culito blanquito de ella, Dogoberto soltó un gruñido bajo de satisfacción.
—Ahí está… ya está todo adentro, mi amor… ya sos mía de verdad.
Camilita soltó un sollozo mezcla de dolor y alivio. El ardor era intenso, sentía el ano completamente estirado y lleno, como si la estuvieran partiendo. Pero Dogoberto no se movía. Se quedó quieto dentro de ella, acariciándole la espalda con sus manos callosas y sucias, besándole la nuca y el cuello con besos torpes pero cariñosos.
—Respirá, nenita… respirá despacito… —le susurraba al oído con voz ronca y dulce—. Ya pasó lo peor. Ahora sos mi mujercita… mi Camilita linda. Te voy a tratar bien… te voy a hacer sentir mujer de verdad. Te quiero, mi nenita… aunque sea un viejo sucio como yo, te quiero. Vas a ver cómo después te va a gustar… cómo vas a pedir más…
Poco a poco, el dolor agudo fue disminuyendo. El ano de Camilita se fue adaptando al grosor invasor, convirtiéndose en una sensación de plenitud ardiente pero cada vez más tolerable. Camilita respiraba entrecortadamente, todavía con lágrimas en los ojos, pero su cuerpo empezó a relajarse un poco.
Dogoberto lo notó y comenzó a moverse muy despacio, casi con cariño, sacando solo un poco y volviendo a entrar con suavidad.
—¿Ves, mi amor? Ya duele menos… tu culito es muy bueno… muy apretadito… pero está aprendiendo a recibir a su macho. Te amo, Camilita… sos mi nenita hermosa… mi mujercita…
Camilita gimió bajito, una mezcla de dolor residual y un placer extraño y nuevo comenzando a asomar.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo en silencio. Eduardo tenía la mano sobre la jaula, apretándola sin poder hacer nada más. Miranda apretaba el muslo de su marido con fuerza, el coño mojado de morbo y emoción.
Miranda susurró al oído de Eduardo, casi sin voz:
—Mirá cómo la cuida… cómo le habla… nuestra nenita ya no es virgen… Dogoberto la está haciendo mujer.
Eduardo solo pudo asentir, la garganta seca, completamente hipnotizado por la escena.
Dogoberto seguía moviéndose muy despacio dentro de Camilita, besándole la nuca y susurrándole palabras de amor torpes pero sinceras, mientras el dolor de la nenita iba disminuyendo poco a poco, dando paso a una sensación nueva y profunda.
La noche seguía avanzando.




Dogoberto seguía dentro de Camilita, completamente enterrado hasta los huevos en su ano virgen. El viejo gordo y sucio se quedó quieto un momento más, respirando pesado contra la nuca de la nenita, dándole tiempo para que su cuerpo se adaptara.
Poco a poco, el dolor agudo que Camilita sentía empezó a disminuir. El ardor intenso se fue transformando en una sensación de plenitud caliente y profunda, extraña pero cada vez más tolerable… y luego, sorprendentemente, en algo que comenzaba a sentirse bien.
Camilita soltó un gemido bajito, diferente esta vez. Ya no era solo de dolor. Había un tono de placer mezclado.
Dogoberto lo notó. Comenzó a moverse muy despacio: sacando solo unos pocos centímetros y volviendo a entrar con suavidad, un “mete-saca” lento y cuidadoso, para no lastimarla.
—Así… eso es, mi nenita… —susurró con voz ronca pero llena de cariño dominante—. Ya pasó lo peor… mirá cómo tu culito se está acostumbrando a la verga de tu macho… ya no duele tanto, ¿verdad? Ahora sos mi nena… mi mujercita… mi Camilita linda.
Camilita gimió más suave, empujando apenas el culito hacia atrás de forma instintiva. El placer empezaba a ganar terreno.
Dogoberto siguió con ese ritmo lento y profundo, hablándole al oído con frases torpes pero sinceras de amor:
—Te quiero, mi nenita… sos tan apretadita… tan suavecita… tan blanquita… me hacés sentir joven otra vez. Ahora sos mía… mi nena… mi novia… nadie te va a tratar mejor que yo. Te voy a cuidar… te voy a querer… y te voy a follar rico todas las veces que quieras…
Camilita ya no lloriqueaba. Sus gemidos se volvían más largos y placenteros, el cuerpo empezando a relajarse y a moverse en sincronía con las embestidas suaves de Dogoberto.
—Se siente… mejor… —susurró con voz temblorosa y aniñada—. Ya no duele tanto… se siente… lleno… raro… pero rico…
Dogoberto sonrió contra su cuello y aceleró muy poco el ritmo, siempre con cuidado, manteniendo las embestidas lentas y profundas.
—Claro que se siente rico, mi amor… porque ahora sos una nenita completa… mi nenita… mi mujercita. Tu culito fue hecho para recibir verga… y yo voy a ser el que te enseñe lo rico que es. Te amo, Camilita… aunque sea un viejo sucio como yo… te amo por entregarte así.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo sin perder detalle. Eduardo tenía la mano sobre la jaula, apretándola con fuerza, la respiración agitada. Miranda apretaba el muslo de su marido, el coño mojado de morbo y emoción al ver cómo su hijita empezaba a gozar con la penetración.
Miranda susurró al oído de Eduardo, casi sin voz:
—Mirá… ya está empezando a disfrutar… nuestra nenita se está convirtiendo en mujer… te amo por dejar que pase esto.
Dogoberto seguía moviéndose lento y profundo dentro de Camilita, susurrándole palabras de amor y posesión mientras el placer de la nenita crecía poco a poco, reemplazando el dolor inicial.
La noche seguía avanzando, y el desvirgamiento de Camilita se estaba transformando en algo mucho más intenso y profundo.




Dogoberto sintió que el ano de Camilita empezaba a relajarse alrededor de su verga. El dolor inicial estaba cediendo, y el cuerpo de la nenita comenzaba a responder de otra forma.
Sin decir nada más, el viejo gordo y sucio decidió que era el momento. Agarró las caderas delgadas de Camilita con sus manazas callosas y empezó a embestirla con más fuerza. Las penetraciones se volvieron más rápidas, más profundas y más brutales. Su panza sudorosa golpeaba contra el culito blanquito de ella con cada empujón.
Camilita soltó un grito agudo, mezcla de dolor y placer:
— ¡Aaaahhh… me duele… me duele mucho… pero… pero también me da placer…! ¡No pares… pero duele…!
Dogoberto gruñó como un animal y aceleró aún más, follándola con embestidas fuertes y salvajes, el sonido húmedo y seco de carne contra carne llenando la habitación.
— ¡Así, nenita puta! —rugió con voz ronca y dominante—. ¡Tomá toda la verga de tu macho! ¡Ahora sos mi novia… mi nenita puta! De hoy en adelante te voy a follar todos los días… todos los putos días voy a venir a romperte este culito apretadito… vas a ser mi puta personal… mi nenita sumisa…
Camilita gritaba y gemía sin control, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras su cuerpo era sacudido por las embestidas brutales. El dolor seguía ahí, ardiente y profundo, pero el placer crecía con cada golpe, mezclándose de forma enfermiza y deliciosa.
— ¡Me duele… pero me gusta…! ¡Más fuerte… por favor…! —gemía con voz quebrada, empujando el culito hacia atrás instintivamente.
Dogoberto la embestía sin piedad ahora, sudando profusamente, su olor rancio invadiendo todo. Le agarró el cabello largo con una mano y tiró hacia atrás, arqueándola mientras seguía follándola con fuerza.
— ¡Sos mía, Camilita! ¡Mi novia puta! ¡De hoy en adelante este culito es mío… voy a llenártelo todos los días… vas a aprender a pedir verga como una nenita buena…!
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo sin perder detalle. Eduardo temblaba, la jaula apretándole dolorosamente. Miranda tenía la mano entre sus piernas, tocándose lentamente mientras veía cómo su hijita era follada con brutalidad.
Camilita seguía gritando y gimiendo, el dolor y el placer entremezclándose cada vez más, su cuerpo delgadito y blanquito siendo usado sin piedad por el viejo gordo y sucio.
Dogoberto seguía embistiéndola con fuerza, gruñendo palabras posesivas y sucias:
— ¡Tomá, nenita… tomá toda la verga de tu novio… de hoy en adelante sos mía… mía para follar cuando quiera… mi puta nenita…!
La habitación se llenaba de gritos, gemidos y el sonido brutal de la penetración.
La noche estaba lejos de terminar.




Miranda y Eduardo seguían escondidos en la penumbra del pasillo, observando todo con el corazón en la garganta.
De repente, los gritos de Camilita —mezcla de dolor y placer— se volvieron más fuertes y agudos. Dogoberto la estaba embistiendo con más fuerza, gruñendo como un animal mientras la llamaba “nenita puta” y “mi novia”.
Esos gritos despertaron a Carla y Juana.
Las dos hermanas mayores salieron de sus habitaciones casi al mismo tiempo, con cara de sueño y preocupación. Carla (14 años) llevaba un pijama corto, Juana (12 años) uno más infantil con dibujos. Se acercaron al pasillo, frotándose los ojos.
—Mami… ¿qué pasa? —preguntó Carla, confundida—. Se escuchan gritos desde la habitación de ustedes… parece que Camilita está llorando o gritando… ¿está todo bien?
Juana, más asustada, añadió:
—Suena como si le doliera algo… ¿por qué grita tanto Camilita? ¿Y quién es ese señor que está con ella?
Miranda y Eduardo se separaron rápidamente de la puerta entreabierta. Eduardo fue el primero en reaccionar, intentando mantener la calma aunque por dentro estaba nervioso.
—Tranquilas, chicas… —dijo con una sonrisa forzada pero convincente—. No es nada malo. Camilita está… probando un juego nuevo con Dogoberto. A veces los juegos de adultos suenan fuerte, pero no le está pasando nada malo. Es solo… un juego un poco ruidoso.
Carla frunció el ceño, todavía preocupada.
—¿Un juego? ¿Por qué grita como si le doliera? ¿Y por qué está en su habitación con ese señor?
Miranda intervino rápidamente, acercándose a sus hijas con su sonrisa materna más tranquilizadora:
—Hijitas… Dogoberto es un amigo especial del refugio. Camilita está… aprendiendo cosas nuevas con él. A veces cuando se juega fuerte se grita, pero es de emoción, no de dolor de verdad. No se preocupen, mamá y papá estamos cuidando todo.
Juana insistió, inocente pero curiosa:
—¿Pero por qué suena como si estuviera sufriendo? ¿Y por qué huele raro toda la casa ahora?
Eduardo improvisó otra excusa, intentando sonar lo más natural posible:
—Es que Dogoberto viene del refugio y todavía tiene olor a trabajo duro… y Camilita está probando un masaje nuevo o algo así. Ya saben cómo son estos juegos de adultos… a veces suenan raros. Pero todo está bien, de verdad.
Carla cruzó los brazos, todavía desconfiada.
—¿Y por qué no podemos entrar a ver?
Miranda tomó el control con voz firme pero dulce, usando su tono de “mamá que sabe lo que hace”:
—Porque no es hora de que niñas buenas estén despiertas a esta hora. Ya es muy tarde. Lo que pasa en la habitación de mamá y papá es cosa de adultos. Ustedes vayan a sus cuartos ahora mismo, métanse en la cama y duerman. Mañana tienen colegio. ¿Entendido?
Las dos chicas protestaron un poco más, pero el tono autoritario de Miranda y la mirada seria de Eduardo las convencieron. Carla suspiró y tomó a Juana de la mano.
—Está bien… pero mañana nos contás qué estaba pasando, ¿eh?
—Claro, hijitas —respondió Miranda con una sonrisa tranquilizadora—. Mañana les explico. Ahora a dormir.
Carla y Juana volvieron a sus habitaciones, todavía murmurando entre ellas, pero obedecieron y cerraron las puertas.
Miranda y Eduardo se quedaron solos en el pasillo otra vez. Se miraron en silencio, el alivio mezclado con la excitación de haber evitado el desastre por poco.
Miranda se acercó a Eduardo y le susurró al oído:
—Estuvimos cerca… pero salvamos la situación. Ahora… volvamos a mirar. Nuestra nenita está siendo follada de verdad por su primer macho.
Ambos volvieron a la puerta entreabierta, justo a tiempo para ver cómo Dogoberto seguía embistiendo a Camilita con fuerza, mientras ella gemía entre dolor y placer creciente.
La noche seguía su curso, más peligrosa y morbosa que nunca.




Miranda y Eduardo se quedaron quietos en el pasillo, respirando agitados después de casi ser descubiertos. Dentro de la alcoba, la follada había sido dura e intensa. Dogoberto había terminado corriéndose dentro del culo de Camilita con un gruñido ronco, llenándola de semen espeso y caliente. Camilita, exhausta y temblando, se había derrumbado sobre la cama.
Ahora, unos minutos después, ambos dormían profundamente abrazados en la cama matrimonial. Dogoberto, desnudo y sudoroso, tenía su panza gorda pegada a la espalda de Camilita, rodeándola con un brazo posesivo. Camilita, también desnuda, dormía con la cabeza apoyada en el pecho peludo y sudoroso del viejo, su cabello largo desparramado sobre la almohada. La habitación estaba impregnada de un olor fuerte y desagradable: pies sucios con aroma a queso viejo, axilas sudadas y rancias de Dogoberto, y el olor denso a sexo de toda la noche —semen, sudor, lubricante y fluidos mezclados.
La puerta había quedado entreabierta, tal como la habían dejado Miranda y Eduardo.


A la mañana siguiente, Carla y Juana se levantaron temprano para ir al colegio. Bajaron las escaleras todavía con sueño, uniformadas y con las mochilas listas. Al pasar por el pasillo del piso superior, la puerta de la alcoba matrimonial entreabierta llamó su atención.
Las dos hermanas se acercaron con curiosidad y miraron hacia adentro.
Allí estaban: Camilita y Dogoberto durmiendo abrazados en la cama de sus padres. Camilita desnuda, con el cuerpo delgadito y blanquito pegado al cuerpo gordo y sucio del viejo. Dogoberto roncaba suavemente, su panza subiendo y bajando, un brazo rodeando a Camilita de forma posesiva.
Carla y Juana se quedaron paralizadas un segundo. Carla fue la primera en hablar, con voz baja pero sorprendida:
—¿Qué…? ¿Por qué Camilita está durmiendo con ese señor? ¿Y por qué están desnudos?
Juana, más pequeña, arrugó la nariz y susurró:
—Además huele muy feo… como a pies sucios y sudor… ¿qué pasó acá?
Las dos chicas entraron un poco más en la habitación, confundidas e inocentes.
En ese momento Miranda y Eduardo, que ya estaban despiertos y bajando las escaleras, escucharon las voces y subieron rápidamente. Miranda llegó primero, con una sonrisa forzada pero tranquila, intentando disimular el pánico.
—Chicas… ¿qué hacen acá? —dijo con voz suave, interponiéndose entre ellas y la cama—. No deberían entrar sin permiso al cuarto de mamá y papá.
Carla señaló la cama, todavía sorprendida:
—Mami… ¿por qué Camilita está durmiendo con ese señor? ¿Y por qué están así… abrazados y sin ropa?
Juana añadió, con cara de asco:
—Y huele muy mal… como a queso viejo y sudor… ¿qué hicieron anoche?
Miranda respiró hondo y empezó a inventar excusas con rapidez, manteniendo un tono calmado y maternal:
—Ay, hijitas… no es lo que parece. Anoche Dogoberto se sintió mal después de la cena… le dio un mareo fuerte y no podía volver al refugio tan tarde. Entonces le dijimos que se quedara a dormir. Camilita se ofreció a cuidarlo porque es muy buena y cariñosa. Se quedaron hablando hasta tarde y se quedaron dormidos así… abrazados. A veces los adultos se duermen hablando. Lo de la ropa… seguro se la quitaron porque hacía mucho calor anoche. No pasó nada malo, de verdad.
Carla frunció el ceño, todavía desconfiada.
—¿Y por qué Camilita está desnuda? ¿Y por qué huele tan feo toda la habitación?
Eduardo intervino, intentando ayudar:
—Dogoberto viene del refugio y todavía tiene olor a trabajo duro… no tuvo tiempo de bañarse. Y Camilita… bueno, a veces cuando uno se queda dormido hablando se pone cómodo. No es nada raro, chicas. Son cosas de adultos.
Juana insistió, inocente pero curiosa:
—¿Pero por qué Camilita está abrazada a él como si fuera su novio? ¿Y por qué grita tanto anoche?
Miranda se agachó un poco para quedar a la altura de sus hijas y les habló con voz suave y tranquilizadora, intentando suavizar todo para no romper su inocencia:
—Hijitas… anoche Camilita y Dogoberto empezaron a llevarse muy bien. Dogoberto es un señor muy solo y Camilita es muy cariñosa. Se hicieron amigos… y bueno, a veces los amigos grandes se abrazan cuando duermen. Los gritos eran porque… Dogoberto le estaba contando historias de su vida y Camilita se emocionaba mucho. Nada malo, de verdad. Son cosas que los niños todavía no entienden del todo.
Carla y Juana se miraron entre sí, todavía confundidas, pero el tono calmado y amoroso de su mamá las tranquilizó un poco.
Miranda les dio un beso en la frente a cada una y les dijo con firmeza maternal:
—Ahora sí, niñas buenas… es hora de ir al colegio. No hagan esperar al colectivo. Mamá y papá se encargan de todo acá. Vayan a lavarse los dientes y bajen a desayunar rápido.
Las dos hermanas, aunque todavía con algunas dudas, obedecieron y bajaron las escaleras murmurando entre ellas.
Cuando se quedaron solos en el pasillo, Miranda miró a Eduardo con alivio y una sonrisa nerviosa.
—Estuvimos cerca… —susurró—. Tenemos que ser más cuidadosos la próxima vez.
Eduardo asintió, todavía con la jaula apretándole.
—Fue demasiado arriesgado… pero también fue… muy caliente.
Dentro de la habitación, Camilita y Dogoberto seguían durmiendo abrazados, ajenos a todo.
La mañana continuaba, pero el secreto de la familia se había vuelto mucho más grande y peligroso.




La casa quedó en silencio cuando Carla y Juana se fueron al colegio y Eduardo salió rumbo al trabajo. Miranda cerró la puerta principal y subió las escaleras con paso decidido pero lleno de cariño.
Entró al dormitorio matrimonial. La habitación todavía olía fuerte a sexo de la noche anterior: sudor rancio, semen seco y el olor corporal intenso de Dogoberto. Camilita y Dogoberto seguían durmiendo abrazados, desnudos sobre la cama revuelta. Dogoberto roncaba suavemente con su panza gorda subiendo y bajando, un brazo posesivo rodeando a Camilita. La nenita dormía con la cabeza apoyada en el pecho peludo y sudoroso del viejo, su cuerpo delgadito y blanquito contrastando con el de él.
Miranda se acercó a la cama y acarició suavemente el cabello largo de su hija.
—Camilita… hijita… despertate, mi amor —susurró con voz suave pero firme—. Ya es hora.
Camilita abrió los ojos lentamente, parpadeando con sueño. Al ver a su mamá, sonrió con timidez y se estiró un poco, todavía pegada al cuerpo de Dogoberto.
—Mami… buenos días…
Miranda le sonrió con ternura y le dijo bajito, para no despertar todavía a Dogoberto:
—Buenos días, mi nenita. Ahora que Dogoberto es tu hombre… tu novio… tenés que aprender a atenderlo como una novia buena. Las nenitas putas le hacen el desayuno a sus machos por la mañana, después de haberlas cogido toda la noche. Es una forma de agradecerles y de demostrarles que son sumisas y cariñosas.
Camilita se sonrojó, pero asintió con esa actitud aniñada y obediente que tenía.
—¿Qué tengo que hacer, mami?


Miranda la ayudó a levantarse con cuidado, sin despertar a Dogoberto, y la llevó al baño mientras le explicaba:
—Primero te vas a bañar rápido, pero no te perfumés demasiado… a los machos como Dogoberto les gusta que sus nenitas huelan un poquito a la noche anterior. Después te vas a vestir sexy pero cómoda para la casa: tanguita, una camisola corta y medias. Nada de ropa normal de varón. Las novias buenas siempre están lindas y listas para su macho.
Mientras Camilita se duchaba, Miranda le siguió dando instrucciones desde afuera:
—Cuando termines, vas a preparar el desayuno para tu novio: café con leche, tostadas con manteca, jugo… lo que le guste. Se lo llevás a la cama con una sonrisa y le decís “buenos días, mi macho… acá te traigo el desayuno porque anoche me cogiste rico”. Las nenitas buenas agradecen así.
Camilita salió del baño envuelta en una toalla, todavía sonrojada. Miranda la ayudó a vestirse: le puso una tanguita blanca de encaje, una camisola corta y transparente negra que apenas le cubría el culito, y unas medias de red hasta el muslo. Le peinó el cabello largo con ondas suaves y le puso un toque de brillo labial rosado.

0 comentarios - Miranda y su cornudito 19-desvirgacion de nuentra hija trans